LA POLÍTICA EN LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA




EPÍLOGO

"La leyenda quiere explicar lo que no tiene explicación. Como nacida de una verdad, tiene que volver a lo inexplicable" (F. Kafka, Prometeo).

Comenzamos con un mito, el de la "Caverna", y acabamos con otro, el de "Ulises y las Sirenas", pero en la versión de Franz Kafka [1]. Dejamos allí al filósofo regresando a su lugar, a la caverna, a la ciudad, después de su aventura por el reino de las ideas; y nos encontramos aquí con una situación análoga. Ulises dejó su ciudad, abandonó la política, para cumplir con el deber definido por la filosofía especulativa. El Honor, la Justicia, la Gloria, las grandes ideas lo arrancaron de su caverna, de su oscura entrega a la política. Cumplido el viaje, satisfecha la conciencia, era el momento del regreso. La Odisea puede ser interpretada como una gran metáfora de la Filosofía Política, del regreso a la política tras el viaje por la filosofía; del regreso a la ciudad tras la experiencia de la metafísica y del escepticismo.

Todo son obstáculos para volver a la ciudad; Ulises se busca mil contratiempos para retardar el viaje. ¿Qué sentido tiene la polis cuando se ha vivido la infinitud del mundo? ¿Qué atractivo puede tener el regreso a lo cotidiano -representado por el trabajo penelopeano- a las pequeñas intrigas, a las miserables pasiones, cuando se ha gozado el contacto con el mundo, con sus secretos, sus inmensos poderes, su insondable misterio, su infinito atractivo?

Todo ese encanto de la filosofía, como obstáculo para la política, tan presente en la cultura clásica, queda magistralmente representado en la seducción de las sirenas. Se trata, en rigor, como la prueba reina, que simboliza a todas las demás, que plantea abiertamente la alternativa entre filosofía y política, entre vida contemplativa y vida activa. Ulises se decide a afrontar la batalla abiertamente: sólo si vence, sólo si resiste la belleza de la utopía, aceptará el regreso a la vida política. O, para ser más precisos, si vence al hechizo de las sirenas, aceptará la política como "arte de gobierno"; si no, se verá lanzado definitivamente a esa tentación de trascender la ciudad, de conectarla con las grandes ideas, de defenderla lejos de sus fronteras, en fin, de convertir la política en una tarea prometeica de divinización del hombre.

La leyenda nos dice que Ulises volvió, que venció a las sirenas. Y que lo consiguió recurriendo a su arte, a sus magníficas tretas de embaucador, a su astucia, la virtud más eficaz para la política penelopeana. Con unos simples recursos técnicos, con un poco de cera en los oídos y unas cadenas para amarrarse al mástil, venció la llamada de la belleza y del infinito. De este modo, en la leyenda, vivió su baño utópico, ascendió a las montañas de las ideas, abrió sus ojos a la luz, sin que le arrancaran de su alma su voluntad de volver a su ciudad. Ulises tenía que elegir entre la filosofía y la política, y eligió la política.

No deja de ser sorprendente que con elementos tan simples lograra vencer la seducción de las Sirenas. ¿Cómo es posible que nadie antes que él lo hubiera logrado? ¿Por qué todos los marineros habían de esconderse, alejarse, dar la espalda a las Sirenas, mientras que para Ulises fue fácil, sospechosamente fácil? Todos sabían que "el canto de las Sirenas lo traspasa todo, que la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas" [2], nos susurra Kafka. ¿Cómo pudo Ulises vencer? ¿Cómo logró el terrible botín de regresar sano y salvo, pero con el alma vacía?

Ulises era astuto, pero las Sirenas, por definición, son omnipotentes; nadie puede salvarse de sus cantos. El desenlace de la lucha de Ulises y las Sirenas es un gran enigma. Porque, además, como dice Kafka, "las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio" [3]. Nadie nunca, que se sepa, resistió su canto; pero, sobre todo, nadie nunca vencerá su silencio, su desprecio. Nadie excepto Ulises. A no ser que Ulises, el astuto engañador, nos engañara.

En efecto, "las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises" [4]. Así se vengaron de Ulises, de su miseria, de su espíritu tramposo, que quería vencerlas con medios tan ruines como la cera y las cadenas, que no quería conocer su voz, su mensaje, sino sólo ver sus formas externas. Ante tan bajos ardides, las Sirenas contestaron con su silencio, que hace imposible la vanidad. Ulises gozó el mayor placer concebible, el de la vanidad de haberlas vencido por sus propias fuerzas; pero las Sirenas se burlaron de él convirtiendo, con su silencio, la victoria de Ulises en imaginaria. No, no cantaron. ¿Por qué habían de cantar aquél día? ¿Qué interés podrían tener las Sirenas en seducir a quien se tapa los oídos con cera y se amarra al mástil con cadenas? No cantaron; se burlaron de Ulises, de su ilusoria victoria, de su perverso placer, pues éste no venía de la contemplación de su belleza, sino de la resistencia a su hechizo.

El burlador fue burlado. Ulises "no oyó el silencio", dice Kafka. Estaba convencido de que las Sirenas cantaban siempre, y creyó que cantaban. Pero las Sirenas despreciaron a Ulises. "Y, más hermosas que nunca, se estiraban y contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir; tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises" [5]. Querían que Ulises las viera e, imaginariamente, las oyera. Las Sirenas ofrecieron a Ulises el peor de sus desprecios, el arma más temible: el silencio. Ulises no fue digno de las Sirenas.

Pero si las Sirenas son infinitamente seductoras, Ulises es infinitamente astuto. "Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno" [6]. ¿Cómo consiguieron que no oyera su silencio, que imaginara su canto? Es otro gran enigma. Tal vez Ulises oyó su silencio, conoció su desprecio y su burla, y fingió oírlas para ocultar su vanidad herida; tal vez Ulises fingió su victoria ante un enemigo que, por desprecio, no le plantó cara. "Tal vez Ulises supo del silencio de las Sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera, a modo de escudo" [7]. Lo cierto es que Ulises regresó a Ítaca sin más mensaje que cerrar la aventura y volver a empezar. Aunque, bien pensado, ya nada podía ser igual.


J.M.Bermudo (1994)