III. 3. LAS ÉTICAS CONTEMPORÁNEAS
1.
La Ética del presente.
“Siempre
es
grato pensar que todavía queda mucha filosofía moral por escribir.” (M.
Warnock, Ética contemporánea)
En
un pasaje que no nos resistimos a recoger resume
MacIntyre la herencia ilustrada: "Considero que ambos, el utilitarismo
de
la mitad y final del siglo XIX y la filosofía analítica de la mitad y
final del
siglo XX, son intentos fallidos de salvar al agente moral autónomo del
aprieto
en que lo había dejado el fracaso del proyecto ilustrado de proveerle
de una
justificación racional y secular para sus lealtades morales. He
caracterizado
este aprieto como aquél en que el precio pagado por la liberación
frente a lo
que parecía ser la autoridad externa de la moral tradicional fue la
pérdida de
cualquier contenido de autoridad para los posibles pronunciamientos
morales del
nuevo agente autóctono. Cada agente moral habló desde entonces sin ser
constreñido por la exterioridad de la ley divina, la teleología natural
o la
autoridad jerárquica; pero, ¿por qué habría de hacerle caso nadie?
Tanto el
utilitarismo como la filosofía moral analítica deben entenderse como
intentos
de dar respuestas concluyentes a esta pregunta; y, si nuestra
argumentación es
correcta, es precisamente esta pregunta la que ambos fracasan en
responder de manera concluyente. Sin embargo, casi todos, filósofos y
no filósofos, continúan hablando y escribiendo como si alguno de estos
proyectos hubiera tenido éxito. Y de ahí deriva uno de los rasgos del
discurso moral contemporáneo que he resaltado al principio, la brecha
entre el significado de las expresiones morales y las formas en que se
usan. Porque el significado es y se mantiene como habría quedado
garantizado si al menos uno de los proyectos filosóficos hubiera tenido
éxito; pero el uso, el uso emotivista, es el que cabía esperar ante el
fracaso de todos los proyectos filosóficos" [1]
Creemos
que el mundo contemporáneo es más rico en
teorías éticas de lo que este pasaje deja entrever. Aceptando que en un
planteamiento general debe hacerse abstracción de las matizaciones,
creemos
que, como mínimo, habría que añadir dos grandes corrientes, ninguna de
ellas
ajena a la herencia ilustrada. Consideramos, pues, que entre las
alternativas a
las "éticas ilustradas", aparte de las formas residuales, habrían de
destacarse las siguientes: el utilitarismo, que en gran medida recoge
el
proyecto ilustrado; las Éticas analíticas, refugiadas en la "asepsia"
del lenguaje moral; las Éticas existencialista-fenomenológicas y
la
nietzscheana. Y el cuadro no quedaría completo sin hacer referencia a
la
permanencia de corrientes éticas de inspiración aristotélica, tomista,
kantiana... Además, estarían esos "discursos sobre la moral", como el
de Marx y el de Freud, que sin ser catalogables como doctrinas ética
inducen hermenéuticas
de la moral que han influido poderosamente en la Ética contemporánea.
Queremos
decir, en definitiva, que la simplificación de
MacIntyre ayuda a la polémica, pero no a la clarificación. La Ética
contemporánea es muy compleja, y exige más generosidad en el inventario
de la
que suele ofrecerse. Además, como todo en nuestros días, está sometida
a una
fuerte aceleración. Tal cosa explica que dos textos generales sobre la
Ética
del siglo XX, ambos con gran éxito académico y editorial, como son los
de La
filosofía moral contemporánea, de W.D. Hudson [2]
y Ética contemporánea, de Mary Warnock [3]
no hagan la menor mención a Apel o a Habermas, que en
los últimos años se han convertido en referencias obligadas. Decimos
esto
porque somos conscientes de que son muchos los autores que se quedan
fuera, y
tal vez pocas las razones para incluirlos.
Hecha
esta advertencia, y puesto que no es éste el lugar
de abordar tan ingente tarea, nos limitaremos a reflexionar sobre
algunas
propuestas éticas, seleccionadas no por ningún criterio de mérito o
jerarquía
histórica, sino simplemente por ser aquellas que más nos han atraído
personal y
profesionalmente. Comenzaremos por la filosofía anglosajona tras la
primera
Gran Guerra, para después analizar las corrientes "continentales"
nietzscheanas, existencialistas y hermenéutica. Tanto en el caso del
utilitarismo como de la ética nietzscheana nos remontamos a los
clásicos; son tratados
como éticas del siglo XX porque, en rigor, siguen plenamente presentes
en el
debate contemporáneo.
2.
La Ética anglosajona de postguerra.
“(La
filosofía
moral contemporánea) no trata de descubrir en qué consiste una "buena
conducta" o una "buena persona", sino que la discusión se centra
ahora en la justificación de los enunciados éticos.” (E.
Guisán, Los
presupuestos de la falacia naturalista)
En
Inglaterra, en el segundo tercio del siglo XX, se ha
dado un peculiar florecimiento de la Ética, que debe ser valorado sin
ira.
Ahora, que ya es historia, tal vez sea el momento de un análisis y
comprensión
de sus propuestas sin adhesiones entusiastas ni negaciones estériles.
Comprender sus circunstancias históricas, determinar sus aportaciones y
valorar
sus resultados no sólo es la manera razonable de la crítica, sino el
método de
repetir ingenuidades y errores. Además, pensamos que esta Ética no es
ajena a
su época, especialmente a las grandes guerras y a sus efectos en la
conciencia
europea. Ante las mismas los hombres pueden optar, como Sartre, por
mirar cara
a cara al absurdo, a la náusea, es decir, enfrentarse al ser puro y
desnudo,
sin carga alguna de valor, en su asfixiante indiferencia al horror, a
la
justicia, al placer, a la virtud o a la verdad; o pueden optar por
disolver la
realidad en lenguaje, el mal moral en falacias lógicas, la inhumanidad
en
ambigüedades lingüísticas.
La
ética anglosajona de entreguerras nace como esfuerzo
por liberar a la Ética, y a la Filosofía en general, de su servidumbre
metafísica, en el sentido concreto de "servidumbre ontológica" que
hemos señalado más arriba. Se trata, en el fondo, de axiologizar el
ser, de dar
sustantividad a los valores sin apoyo ontológico. Y este empeño se
manifiesta
en la pretensión de fijar la autonomía de la moral. No es extraño,
visto de
este modo, que volvieran su mirada al siglo XVIII, donde Shaftesbury,
Hutcheson
y Hume [4 ]
les servían de
referencia y de autoridad.
Al
igual que los filósofos éticos del XVIII
comprendieron que no había lugar para una Ética autónoma y no
metafísica en el
marco de la nueva ciencia cartesiana, los del XX, con el afianzamiento
del
neopositivismo lógico, se vieron obligados a elegir entre renunciar a
la Ética,
aceptando que la moral es aquello de lo que no se puede
(científicamente)
hablar, o tipificar la moral como un objeto sui generis y, en
consecuencia, la Ética
como un cuerpo de proposiciones peculiares. Esta última opción era
tentadora,
porque ya el sentido común inducía a la distinción, y porque era un
hecho, y
los hechos deben ser respetados en la nueva racionalidad del empirismo
lógico,
que los hombres hablaban de la moral, emitían juicios, discutían. En
consecuencia,
se aceptó el supuesto aparentemente razonable, con visos de evidencia
empírica,
de que los juicios éticos tenían un carácter diferente de los juicios
propios
de las ciencias empíricas [5].
Por
tanto, no sólo se separaba a la moral respecto a las ciencias en cuanto
a su
objeto, método, etc., sino de forma más radical: se problematizaba su
carácter
cognoscitivo [6]
Se
puede decir que el pensamiento ético inglés, y aún
anglosajón, del segundo tercio de siglo se ha repartido casi al
cincuenta por
ciento en dos tipos de problemas. Por un lado, este que acabamos de
señalar, es
decir, el empeño en decidir la peculiaridad de los juicios morales, su
carácter
cognitivo o no cognitivo, su función descriptiva o prescriptiva, su
fundamento
naturalista, subjetivista o intuicionista, etc. [7].
Aunque ponen su origen en Hume, lo cierto es que no se
alinean en las posiciones del escocés [8]
Por
otro lado, el debate sobre el utilitarismo, a favor
o en contra, como la filosofía moral que ha ofrecido un principio ético
claro y
agresivo: identificación del bien con la felicidad del mayor número
[9].
Curiosamente, también en este caso las raíces se hunden
en el XVIII [10].
Pero los argumentos a
favor y en contra del utilitarismo en el siglo XX han sido fértiles y
variados [11];
no puede reducirse el utilitarismo a sus exposiciones
más toscas -aunque fecundas- como las de Bentham o Mill [12].
Por tanto, y sólo por razones de exposición,
trataremos por separado la corriente analítica y el debate sobre el
utilitarismo. Pero, previamente, analizaremos algunas cuestiones
comunes, como
su raíz ilustrada, el problema del fundamento, etc.
2.1.
La "falacia naturalista" y el
"giro lingüístico"
“La
filosofía moral tradicional supone un compromiso frente al mundo, las
creencias
y las prácticas morales. En lugar del principio de "neutralidad"
ética, postula el principio de "imparcialidad" ética.” (E.
Guisán, Los presupuestos de la falacia naturalista)
Durante
el siglo XIX la Ética estará dominada por la
corriente utilitarista, por desarrollos de la ética kantiana, por la
permanencia del aristotelismo y el tomismo, y por la irrupción del
pensamiento
crítico marxista. Con el nuevo siglo entrarían en escena nuevos
planteamientos.
Las guerras mundiales y sus efectos se reflejaron en la Ética.
Desbrozar
la rica proliferación de corrientes en nuestro
siglo no es nada fácil. No obstante, consideramos que pueden
distinguirse dos
grandes concepciones, con muchas diferenciaciones internas. Por un
lado, una
ética localizada de forma preferente en el espacio geopolítico
anglosajón, de
tendencia fuertemente analítica, enfrentada a todo naturalismo e
intuicionismo;
y una Ética continental, con más fidelidad a las líneas tradicionales,
con
mayor densidad filosófica y más sensible a los efectos de las guerras.
En este
apartado nos ocuparemos de la primera, con la advertencia previa de
que, por
sus mismos principios metodológicos, lo importante en ella son los
"detalles", es decir, precisamente aquello que queda ausente en una
sinopsis esquemática y en una valoración tan general como la que
ofrecemos.
La
filosofía de la ciencia, especialmente la del Círculo
de Viena, veía en Hume una de sus raíces. Si la fundamentación de la
ciencia
encuentra en el escocés un referente obligado, lo mismo ocurre, y tal
vez de
forma más acentuada, en la fundamentación de la Ética por lo que suele
llamarse
"Ética analítica". Es cierto que ni Moore [13],
ni Ross [14],
hacen referencia directa al famoso pasaje
"es"/"debe" del Treatise de Hume [15]
cuando hablan de la "falacia naturalista".
Pero Prichard [16]
lo
cita explícitamente. Y Ayer confiesa que su teoría ética se inspira en
la
lúcida afirmación de Hume de que el "debe" no se sigue del
"es". Por su parte, Hare declara explícitamente a Hume como su
predecesor y aliado [17].
Ha
sido Hare quien ha llamado "Ley de Hume" a esta imposibilidad lógica
de derivar "debe" de "es" [18]
Prestigiosos
especialistas de la Filosofía moral
contemporánea coinciden en afirmar que el llamado "giro lingüístico"
de la Filosofía supone un antes y un después en la concepción,
metodología,
problemas y alternativas de la Ética [19].
Este "giro lingüístico", considerado como
una "revolución en la filosofía" [20],
hunde sus raíces, sin duda alguna, en una nueva
sensibilización de la filosofía ante el problema del lenguaje, tanto en
su
forma científica como natural. Pero también, en cierto sentido, puede
entenderse como estrategia para dar un salto adelante en el desarrollo
de las
ciencias. Si en sus orígenes apareció lo que llamamos "desafío
cartesiano", ahora aparece el "desafío neopositivista". En ambos
casos la exigencia principal era liberar la ciencia de la metafísica:
en el
primero, se concretó en una exaltación de la experiencia; en el
segundo, en una
exaltación del lenguaje. Se trata, en rigor, más que de una liberación
de la
metafísica, de una "liberación de la ontología". Así
entendido, de
esa preocupación participan los analíticos y los continentales. Sartre
o
Nietzsche, en definitiva, tienden a la sustitución del ser por el
valor, a la
axiologización de la ontología. Su moral es una rebelión contra el ser,
y su Ética
una rebelión contra la Ontología. La tradicional tendencia a
identificar
Ontología con Metafísica hace que se viva esa rebelión como
antimetafísica,
cuanto en realidad es antiontológica. Porque, en rigor, los discursos
de Sartre
o de Nietzsche, como el de Moore, son profundamente metafísicos. Y, en
este
sentido, lo son también los fenomenismos y fisicalismos de Carnap
[21]
y los vieneses. Y la ética analítica, como la filosofía
analítica en general, puede entenderse como la culminación del proceso
de
sustitución de la metafísica del ser por la metafísica de la conciencia
o de la
mente, que en sus orígenes reducía las sustancias a fenómenos, a
sensaciones, a
ideas, y, poco a poco, por exigencias metodológica y a medida que se
liberaba
de la metodología psicologísta, las sustituiría por las palabras: del
análisis
de la mente se pasó al análisis del lenguaje.
Se
trata, por tanto, del último asalto a la metafísica
clásica, a la metafísica del ser y, por tanto, a las dos grandes
concepciones
clásicas de la Ética: el naturalismo, o hegemonía del ser natural, y el
objetivismo, o autonomía de los valores. Efectivamente, el "giro
lingüístico" en Ética se monta como alternativa al naturalismo, a la
tendencia a deducir los valores del ser, a toda pretensión
descriptivista de la
Ética. De ahí que sea razonable poner en la base del "giro
lingüístico" la famosa cuestión de lo que Moore, en su Principia
Ethica,
llamara "falacia naturalista", que en rigor ya había sido observada
por Sidwick [22],
y que Hume expusiera
por primera vez con envidiable lucidez en el famoso pasaje "es/debe"
[23]
Efectivamente,
si las normas morales deben derivarse de
la naturaleza empírica del hombre, como tendencias y exigencias de la
misma que
deben ser rigurosamente respetadas, dichas reglas se reducirán a meras
descripciones o propuestas estratégicas condicionales; si se rechaza
todo
modelo a realizar de naturaleza humana que inspire las normas y las
legitime,
incluso como violencia contra el ser empírico en nombre del ser nouménico,
dichas normas se mantendrán en el nivel de las disciplinas teóricas. En
ese
contexto acabará imponiéndose el criterio de que la moral se reduce a
la
prudencia, de que de los juicios fácticos no pueden derivarse
legítimamente, es
decir, lógicamente, juicios morales.
La
alternativa parecía establecida con fuerte
radicalismo: ¿en nombre de qué establecer el deber? Si era en nombre de
la
naturaleza empírica, la única salida coherente parecía la "moral del
deseo" de Hobbes, reduciendo lo "bueno" al nombre de aquello que
deseamos y en tanto que lo deseamos. Hasta Kant aceptará este estrecho
marco,
aunque con la pretensión de buscar un fundamento objetivo a unas normas
éticas
universalizables. Su rechazo de toda moral heterónoma, que le lleva a
negar
cualquier posibilidad de derivar las normas morales sea de la
felicidad, sea de
la voluntad de Dios, debe situarse en ese contexto.
No
deja de ser curioso que dicho principio, que se irá
afianzando progresivamente en la filosofía moderna, según el cual los
juicios
morales no pueden derivarse legítimamente de los juicios empíricos,
tiene un
neto origen en la silogística escolástica. Efectivamente, responde a la
máxima
según la cual no puede aparecer en la conclusión nada que no estuviera
contenido en las premisas. En consecuencia, ningún elemento o contenido
valorativo podía aparecer en los juicios derivados de premisas
puramente
fácticas. Por tanto, el proyecto de una ética naturalista, como era en
buena
medida el ilustrado, parecía condenado al fracaso.
En
contra de lo que piensa Macintyre, creemos que la
máxima "ningún debe de un es" no es necesariamente una conclusión de
las éticas ilustradas. A.N. Prior sostiene que tal máxima no es
universal [24].
Considera que de "él es un capitán de barco"
puede deducirse un juicio de valor del tipo "él debe hacer cuanto un
capitán de barco debe hacer". Podrían hacerse dos objeciones. Primero,
el
de la "premisa moral oculta", es decir, que junto a la presunta
premisa fáctica se oculta otra premisa valorativa: "todo capitán de
barco
debe hacer ciertas cosas", que junto a "él es un capitán de
barco" permite la conclusión. La verosimilitud de la conclusión procede
de
la coincidencia generalizada en aceptar que todos los capitanes de
barcos
tienen unos deberes que cumplir. En segundo lugar, el del "deber no
moral", o sea, que no todos los juicios en que aparece "debe"
son morales; muchos son meramente funcionales, como es el caso del
ejemplo del
capitán. En el concepto de capitán se incluye que debe hacer ciertas
cosas,
como en el de "buen termómetro" que debe marcar correctamente la
temperatura.
Ambas
objeciones son correctas e irrebatibles desde un
concepto de moralidad que excluye toda contaminación de cualquier
contenido
funcional. Pero es obvio que no toda moral tiene que excluir contenidos
funcionales;
de hecho la aristotélica los incluía. La idea aristotélica de
naturaleza humana
incluía en ésta unas funciones esenciales. "Bueno",
"aristós", en sus orígenes se aplicaba funcionalmente: el buen
guerrero,
el buen gobernante, el buen padre..., lo eran por contenidos y
funciones
inconmensurables. La analogía aristotélica entre la relación del hombre
con la
vida buena y la relación del artista con tocar bien el arpa, es
ejemplar al
respecto [25]
¿Podían
los ilustrados formular una filosofía práctica
de este estilo? Consideramos que este fue su proyecto: convertir en
norma moral
aquello que la costumbre había hecho arraigar como funcional, como
eficaz, como
conveniente, y que de forma genérica llamaban "bueno". Y en cierta
manera lo consiguieron, sin bien con carácter efímero. Es cierto que la
dimensión funcional de la moral aristotélica estaba fuertemente
determinada por
el orden social. En Grecia, como en todas las culturas clásicas, el ser
derivaba del pertenecer [26].
Uno
era ateniense, soldado, clérigo, maestro en un gremio.... Esas
funciones
definían sus derechos y sus deberes, sus virtudes y sus normas de
conducta
adecuadas. Y ese modelo se reprodujo -aunque con tendencia decadente-
el siglo
XVIII, e incluso en el XIX. De su mantenimiento dependió la
sobrevivencia de la
ética ilustrada; con su hundimiento, ésta se avocó al más efímero
sentimentalismo.
Es
cierto, con todo, que dicho modelo de ética funcional
estaba en contradicción con el surgimiento de las nuevas
instituciones
políticas y económicas. Se ha dicho que la modernidad conlleva la
aparición del
"individuo", es decir, un sujeto en sí independiente en sus derechos
y normas de sus adscripciones cívicas, que pasan a ser accidentales; o
sea,
aparece un ser sustancial y previo a devenir abogado, francés, noble,
ciudadano... Y es comprensible que la ética funcional, subdividida en
una
pluralidad de códigos gremiales o institucionales, cediera el paso a
una ética
universal y abstracta como el concepto mismo de su nuevo sujeto.
En
resumen, el proyecto ilustrado de ética y, en
general, de vida humana, sería un esfuerzo fallido porque el orden
económico-social que estaba arraigando desbordaría el modelo de vida
individual
y social que diseñaron; ellos no fueron el origen del emotivismo, como
afirma
reiteradamente MacIntyre, sino una alternativa frustrada al mismo. O,
para ser
más precisos, una alternativa inestable, prontamente desbordada.
2.2.
Naturalismo y racionalismo tras la
máscara
“la
falacia
definicionista es el proceso de confundir o identificar dos
propiedades, de
definir una propiedad por otra o de sustituir una propiedad por otra.”
(W.E.
Frankena, La falacia naturalista)
Durante
el siglo XVIII la discusión filosófica sobre la
ética giró en torno a un problema: ¿es la Ética cuestión de sentimiento
o de
razón? [27]
El problema puede ser
visto como una concreción de un debate filosófico más profundo: el
debate sobre
el papel de la razón y de la experiencia en la fundamentación del
conocimiento.
Pues, en rigor, en la filosofía del XVIII las pasiones, los
sentimientos, los
deseos, eran considerados como sensaciones o impresiones internas,
llamadas por
los empiristas de "ideas de reflexión" [28]
Por
tanto, la Ética estaba sometida a una crisis, a una
revisión crítica, similar a todo el sistema del saber. Y no es extraño
que al
igual que en la teoría general del saber se reivindican los sentidos,
la
experiencia, como origen del conocimiento científico y control del
mismo, así
en el dominio de la Ética las escuelas filosóficas en líneas con los
nuevos
tiempos relegaban a la razón como instrumento del conocimiento ético y
apostaban por algún "moral sense" o "moral sentiment" como
vía de fundamentación [29].
De la
misma manera que en las ciencias naturales la razón aceptó su sumisión
a la
experiencia, en la Ética se pretendió que los juicios de valor, como
los
estéticos, como los empíricos en general, no eran racionales. No se
sostenía
que la razón no tuviera un lugar en Ética; pero sí que se afirmaba que
dicho
lugar no era el de reina, sino el de esclava de las pasiones.
Las
éticas naturalistas coinciden en derivar o
subordinar la ética a la "naturaleza humana" y, de forma particular,
a la psicología. La ética hobbesiana, que define lo bueno como lo
deseado, es
una versión del naturalismo ético. Las de Hume o Smith, que fundan la
ética en
la simpatía, considerada como un sentimiento clave de la naturaleza
humana, es
otra versión del naturalismo ético [30].
Obviamente,
las posiciones naturalistas en éticas tienen
dos obstáculos que vencer. Por un lado, y si se insiste en una noción
de
"naturaleza humana" fuerte, biológica, está el riesgo del
subjetivismo, dada la indudable peculiaridad del deseo; por otro, si se
insiste
en una noción de naturaleza humana más histórica, el del relativismo
cultural.
Y en ambos casos, tanto en claves hobbesianas como humeanas, el
problema
añadido de explicar cómo lo estrictamente natural, y por tanto
necesario, puede
ser "moral", cuya condición es la libertad.
Es
decir, los dos problemas graves del naturalismo ético
son el de la universalidad de sus normas y valores y el de su
moralidad. El
primer obstáculo puede allanarse postulando, como Hobbes, una
naturaleza humana
abstracta, uniforme, ahistórica, regular en sus tendencias,
propensiones y
deseos; o bien, cuando se asume el naturalismo con perspectiva más
sociologista, considerar con Hume que la diversidad irreductible o la
uniformidad entre los hombres es, por un lado, similar a la existente
en la
naturaleza en general, por otro, cuestión hermenéutica. O sea, podemos
acentuar
las diferencias o resaltar las semejanzas entre hombres, pueblos o
culturas:
hay razones para ambas perspectivas; y ni más ni menos razones que las
reinantes en otros órdenes de cosas [31]
El
problema de la "moralidad" es más complejo.
Para quienes reducen la ética a la moral, ni la hobbesiana, ni la
utilitarista
son doctrinas éticas tout court. Serían simplemente
estrategias
prudenciales. Los menos militantes aceptarían que son una forma de
moral:
"moral prudencial", con lo cual ensanchan el concepto de moral hasta
convertirlo en doctrina racional de la conducta. Es obvio que el
utilitarismo
es una "ética prudencialista"; el problema es si, como toda opción
naturalista, basada y subordinada a una psicología, en este caso
egoísta, puede
ser a un tiempo "ética moral".
Los
filósofos de la moral del XVIII abordaron el debate
entre la razón y el sentimiento con una metodología fuertemente
psicologista,
al igual que hicieran en el debate empirista en general. D.D. Raphael
ha
señalado, refiriéndose a este debate, que actuaban como si la pregunta
en
disputa fuera: "¿Es el conocimiento el resultado causal de la razón, o
de
la percepción sensorial?" [32].
Y
buena parte de los argumentos se usaban en este sentido de mostrar la
capacidad
de una u otra para generar las ideas, los deseos, los sentimientos.
El
debate se prolongaría a lo largo del XIX con marcados
acentos psicologistas. El nivel netamente epistemológico lo adquiere en
el
siglo XX, con el Empirismo o Positivismo lógico. La tesis que
posibilita este
cambio metodológico la había formulado Condillac [33],
rompiendo con la doctrina lockena que establecía la
idea como signo de la cosa y la palabra como signo de la idea, siendo
ésta el
contenido del pensamiento y la palabra mero medio de comunicación del
mismo.
Condillac comprendió que el lenguaje no era mero medio de expresión y,
por
tanto, innecesario al pensamiento, sino condición de posibilidad del
mismo. La
idea y la palabra son las dos dimensiones del conocer, de tal modo que
es
imposible el pensamiento sin el lenguaje. En rigor, el pensamiento se
objetiva
en el lenguaje, siendo la "idea" mero efecto psicológico, algo así
como su dimensión afectiva.
Pues
bien, esta tesis, olvidada durante más de un siglo,
será enarbolada por el Positivismo lógico [34],
lo que permitiría un análisis del conocimiento sin
residuos psicológicos, meramente lingüístico. Es comprensible que, en
este
nuevo horizonte, pierde efectividad la genealogía de las ideas para ser
sustituidas por el significado de las expresiones lingüísticas
[35]
Se
comprende que, en el ámbito de la Ética, el debate
del XVIII sobre la razón y la pasión devenga en el siglo XX un problema
del
significado de los juicios morales. Las distintas formas de naturalismo
y
racionalismo, ahora se convierten en diversidad de teorías del
significado del
lenguaje moral [36]
La
primera versión del "neonaturalismo" toma
la forma de Teorías descriptivistas, que consideran que los juicios
morales
"describen" sentimientos. La forma más trivial del descriptivismo es
la autobiográfica. Consiste en considerar que juicios como "Picar a los
toros de lidia es malo", dicho por Ana, equivale a que Ana dijera
"Desapruebo que piquen a los toros de lidia", o "Siento
desagrado al ver picar a los toros de lidia". Raphael llama a esta
posición "Teoría Individualmente Subjetivista del significado de los
juicios morales."
Esta
teoría, que permite traducir los juicios de valor a
juicios de hecho, a expresiones de sentimientos de agrado o desagrado,
de
aprobación o desaprobación, tiene sus limitaciones. Una de ellas es la
de
querer eludir el principio de no contradicción, válido en el campo de
los
juicios empíricos. Parece razonable, de acuerdo con el sentido común y
con las
reglas que rigen en lenguaje de la ciencia, que si en dos juicios
empíricos se
afirma y niega un mismo predicado de un mismo sujeto, ambos juicios son
contradictorios. Así, si Ricardo dice "picar a los toros de lidia es
bueno", nos parece que ha formulado un juicio obviamente contrapuesto
al
anterior. En cambio, traducido al lenguaje subjetivista diría "Apruebo
que
piquen a los toros de lidia" o "Siento placer al ver picar a los
toros de lidia". Este juicio, dicho por Ricardo, no es contradictorio
con
el anterior de Ana, del mismo modo que no es contradictorio que Ricardo
sea
rubio y Ana sea portuguesa. Son, simplemente, biografías diferentes
[37]
Es
obvio que, en el uso habitual, tal desacuerdo
respecto a una acción es vivida y pensada como contraposición: por eso
se razona,
se argumenta, se debate... y se insultan los participantes. Claro que
siempre
cabe contestar que los contendientes se engañan: si fueran ilustrados y
supieran que simplemente manifiestan sus diferencias personales,
comprenderían
que no hay motivo para discutir. Ni para hablar.
Tal
posición extravagante correspondería a un
positivismo lógico duro, inspirado en el Wittgenstein del Tractatus,
donde la
ley del lenguaje científico instaura el reinado de la semántica, y aún
de la
sintaxis, despreciando la pragmática [38].
Esta "Teoría individualista y subjetivista del
significado" hace abstracción del "uso normal" de los juicios
morales, según el cual pocos, muy pocos y recalcitrantes, se atreven a
pensar
que "Tal cosa es justa" equivale a "Estoy de acuerdo con tal
cosa".
Una
corrección de esta teoría constituye la segunda
forma del "neonaturalismo", que podemos llamar estadística. Está en
línea
con el segundo Wittgenstein, el de las Investigaciones, y echaría mano
de ese
"uso normal" que hemos mencionado. Desde tal perspectiva, decir
"Picar a los toros de lidia es malo" se traduciría ahora por "La
gente desaprueba que piquen a los toros de lidia". Aquí se mantiene el
fondo subjetivista del contenido moral, ya que reside en última
instancia en la
aprobación, en el sentimiento de agrado o desagrado; pero se corrigen
los
efectos del individualismo recurriendo a la estadística. Raphael la
llama
"Teoría socialmente subjetivista del significado de los juicios
morales".
Aunque
Raphael [39]
pone un ejemplo para mostrar la insuficiencia lógica de
la teoría, la consideramos más razonable que la primera. "La eutanasia
para quien la desea es moralmente justa, aunque la mayoría de la gente
de mi
sociedad la desapruebe" es un juicio moral con sentido, dice Raphael.
Traducido al sentimentalismo social diría su primera parte: "La mayoría
de
la gente de mi sociedad desaprueba la eutanasia para quien la desea" y
la
segunda quedaría igual: "aunque la mayoría de la gente de mi sociedad
la
desaprueba". De tal modo, traducido todo el enunciado, diría: "La
mayoría de la gente de mi sociedad desaprueba la eutanasia para quien
la desea,
aunque la mayoría de la gente de mi sociedad la desaprueba". Así
resulta
una teoría contradictoria, lista para rechazar. Obviamente, Raphael
comete una
falacia: elige como punto de partida un juicio contradictorio.
Una
segunda versión del neonaturalismo estaría
representada por las Teorías emotivistas. La expuso brillantemente A.J.
Ayer en
Language, Truth and Logic (1936). Raphael prefiere llamarla
"Teoría
expresiva", y no le falta razón, pues el matiz que introduce Ayer es
que
los juicios de valor, morales y no morales, "expresan" sentimientos,
en lugar de "describirlos".
Las
ventajas lógicas son evidentes. Si ante los toros de
lidia Ana dice "¡Fuera!" y Ricardo "¡Bravo!, no cuentan su vida
íntima; simplemente, manifiestan, expresan, un sentimiento, una
emoción. Y
estas expresiones, al contrario que las descripciones, ni se oponen ni
se
excluyen. Pero estas ventajas alejan la teoría del sentido común y de
la realidad
empírica. La "Teoría del Up-and-down" es hábil, pero no resuelve el
problema real. Incluso los gritos de "Viva" o "Go on"
expresan más que sentimientos o actitudes opuestas. Prueba de ello es
que los
insultos en el campo de futbol pueden luego contrastarse, legitimarse,
argumentarse... Expresan unas ideas de bien, de justo, de deber, y no
simplemente frustraciones o deseos.
El
neo-racionalismo ético, por su parte, defiende la
existencia de algunas verdades éticas absolutas, de que los valores
morales tienen
un fundamento metafísico, cósmico, divino, trascendente a la naturaleza
humana.
Esta objetividad y universalidad afecta fundamentalmente a los valores
morales,
y no necesariamente a todos los valores, más relativizables. La
universalidad
está asegurada en las éticas racionalistas por la trascendencia de la
fundamentación, por su indiferencia respecto a la naturaleza humana.
Hay cosas,
acciones y sentimientos buenos y malos de forma absoluta, y no por mera
contingencia.
El
obstáculo principal de las éticas racionalistas es
dar cuenta de un hecho: las discrepancias frecuentes respecto a los
juicios de
valor. Han insistido especialmente en resaltar la semejanza de los
juicios de
valor con los de las matemáticas, construidos sobre evidencias claras y
deducciones
lógicas, olvidando un hecho importante: a diferencia de las
matemáticas, que no
regulan ninguna realidad, los juicios morales regulan la conducta, y
hay
situaciones en que entran en conflicto. Por ejemplo, dado que el juicio
"Todos los hombres deben cumplir las promesas" es considerado
evidente por el racionalismo ético, y dado que "He prometido a Laura
acompañarla al cine esta noche", parece razonable concluir que tengo la
obligación moral de acompañarla. Pero si al ir a recogerla me encuentro
con un accidente
de tráfico, y pienso que tal vez necesiten que les ayude a transportar
a los
heridos al hospital, ¿qué debo hacer? Porque tan evidente como el
principio moral
que manda cumplir las promesas es el principio moral que manda ayudar a
un
herido. Por tanto, si entran en conflicto, quiere decir que no son
absolutos,
que su necesidad y universalidad tienen excepciones; al menos las
impuestas por
conflictos entre principios. Se abre así la problemática de la
jerarquía de los
principios morales....
Las
teorías racionalistas tienen la pretensión de
considerar los valores como "hechos" de un tipo especial, no
asequibles a los sentidos ni al sentimiento, sino al entendimiento. Es
decir,
tiene una pretensión irrenunciablemente metafísica, considerando los
valores
como realidades en sí. Para un racionalista el enunciado "el dolor es
malo" enuncia una verdad, describe un hecho real. Más aún, el
racionalista
piensa que, si es malo, debe ser evitado: el "deber" se deduce de la
naturaleza misma del "ser".
Bien
mirado, el racionalismo es una forma del
"naturalismo". En rigor, sería la forma más radical del naturalismo,
pues deduciría la moral de la Naturaleza. Claro que esa "Naturaleza"
es siempre una idea racional, metafísica. El racionalismo es un
naturalismo
metafísico. En todo caso, el problema de la "falacia
naturalista" se
plantea en el racionalismo con la mayor intensidad. Lo que ocurre es
que en el
racionalismo metafísico todas las contraposiciones pueden ser disueltas
en la
unidad de los contrarios: basta eticizar el
cosmos, moralizar el ser.
En
la época clásica la Ética ha tendido a ser
racionalista. La spinoziana, y la kantiana, y la scheleriana, son
ejemplos de
ello. Pero el racionalismo ético tiene representantes en el siglo XX,
incluso
dentro de las corrientes analíticas.
Una
versión moderna del racionalismo es la de R.H. Hare
en The Language of Morals (1952) y Freedom
and Reason (1963),
con su teoría prescriptivista. Ahora se interpretan los enunciados
morales no
como descripción de un hecho o relación objetiva, ni como descripción
de un
sentimiento, ni como expresión de un deseo, sino como exhortaciones. La
aventura del "significado" en los juicios de valor es apasionante. De
ser enunciados de hechos objetivos, pasaron a subjetivos, luego
devinieron meras
exclamaciones y, por fin, meras órdenes. De esta manera la Ética se
convierte
en una cortesía del poder. El "Haz tal cosa" se pone en forma moral
como "Debes hacer tal cosa".
Tal
vez la teoría ética racionalista más antigua se
disuelve en las doctrinas del derecho Natural, en las cuales los
principios
morales se identificaban a leyes, o sea, a órdenes universales. El
mismo Kant
se expresó en un lenguaje muy "legislativo". Los juicios morales eran
para el filósofo alemán "imperativos categóricos", al igual que los
de la prudencia eran "imperativos condicionales". El racionalismo
leía el deber en el ser, trascendente o trascendental.
Pues
bien, Hare sigue en cierto modo esa línea,
reduciendo los juicios morales a "órdenes universales". La
universalidad es, precisamente, la característica de la moralidad, como
en
Kant; la universalidad es lo que distingue un juicio moral de una orden
prudencial o meramente fáctica. El prescriptivismo, por tanto, es una
ética del
deber. Los valores pueden ser traducidos a deberes. Una acción, buena o
justa,
es una acción que debe hacerse. Cuando se trata del bien funcional
(un buen
reloj) la traducción es más difícil, pero no imposible. Decir de un
reloj que
es "bueno" equivale a recomendar (no ordenar) que si uno se
compra
un reloj elija aquél. Pero ¿por qué se recomienda? Porque reúne las
cualidades
que comúnmente se aceptan como definidoras de un buen reloj.
¿Y
si se trata de una persona a la que llamamos
"buena"? Aquí se aconseja imitarlo. ¿Y al decir un "buen"
aviador? Se invita a admirarlo, emularlo... En cualquier caso, los
juicios de
valor no describen el mundo, sino que prescriben acciones o
comportamientos. Se
relacionan con los hechos... pero de modo pragmático. En el fondo la
Ética ha
seguido los pasos de la filosofía analítica: de la sintaxis a la
pragmática,
pasando por la semántica. Ya Ayer y su prescriptivismo implicaban un
cierto
desplazamiento hacia el pragmatismo; Hare emprendió el paso definitivo.
2.3.
El concepto pragmatista de
"valor"
“La
palabra
"bueno" funciona sólo como signo emotivo que expresa nuestra
actitud... y que quizá evoca actitudes similares en otras personas o
las incita
a acciones de una clase u otra.” (Ogden & Richards, The
Meaning of
Meaning)
La
corriente analítica no es homogénea, sino
diversificada en varias Ética, unidas por cierta actitud filosófica
general y,
en particular, por la fidelidad a un mismo método: "el análisis del
lenguaje moral" [40].
A
efectos de nuestra reflexión agrupamos las Éticas analíticas en dos
grandes
corrientes: la descriptivista, únicamente interesada en clarificar el
uso de
los términos y enunciados morales; y la normativista, que aunque
limitada al
análisis del lenguaje aspiraba a dar cuenta de la legitimidad, sentido
y
posibilidades de las normas morales [41].
Ambas, como decimos, son fruto de los que se ha dado
en llamar "giro lingüístico" o "revolución en la filosofía"
[42],
y que efectivamente expresa la cara ética de un
desplazamiento global al lenguaje huyendo de la cosa en sí
[43].
Moore, Russell, Wittgenstein y los hombres del Círculo
de Viena serían los símbolos de ese corrimiento. De todas formas, bajo
la
figura de la asepsia analítica esta filosofía moral expresa, incluso en
su
deseo de ocultarlo, una posición ética que puede y debe valorarse
[44]
El
aspecto más destacado de esta filosofía moral es la
estrategia manifiesta: situarse en el punto de vista de la metaética.
De forma
consciente y explícita renuncian a "moralizar", a tomar posición ante
las normas y valores, para limitarse al análisis; consideran como su
objeto la
Moral como disciplina expresada en un lenguaje, cuya lógica, usos,
juegos,
sentidos, significados se intenta enunciar y clarificar. No es difícil
identificar
esta posición "metaética" con las "figuras" de conciencia
con que MacIntyre caracteriza nuestra época, la del "esteta", la del
"gerente" y la del "terapeuta". En todos ellos la asepsia
meramente funcional, eludiendo el compromiso, el roce grosero, sucio y
sangriento de la cosa en sí. Porque, obviamente, si la guerra puede
pensarse
como el resultado de un error, como el efecto de conflictos entre
categorías,
de falacias, ambigüedades y sofismas; si del hombre sólo puede ser
juzgado su
lenguaje, e incluso sin ánimo de corregirle, entonces se encuentra el
refugio
contra el horror al que nos hemos referido. Así los hombres eludirían
tener que
verse autores de los horrores de guerra, tener que afrontar la
presencia del
mal en su naturaleza, en su ser.
La
filosofía analítica hunde sus raíces en la vieja
teoría del valor, de finales del siglo. La preocupación por el
"valor" es tan antigua como la filosofía misma. Hobbes, Spinoza,
Hume, Bentham, Mill..., en línea naturalista, cultivaron el tema. Pero
la forma
moderna de plantearse el problema, ceñido al campo de la Ética,
comienza, como
es sabido, con el famoso debate entre Alexius Meinong y Christian
Ehrenfels, a
finales del siglo pasado. Ambos coincidían en considerar el valor como
la
propiedad de un objeto, pero mientras que para Ehrenfels lo que
proporcionaba
valor a un objeto era el hecho de que alguien lo deseara o pudiera
desearlo,
para Meinong el valor residía del objeto residía en la expectativa o
posibilidad del placer que producía.
El
debate Meinong-Ehrenfels culmina en la obra de R.B.
Perry, General Theory of Value (1926),
tal vez el tratado más
sistemático y completo del tema. Definía el valor como "any object of
any
interest". Usaba "interés", como mediando entre el
"deseo" de Ehrenfels y el "sentimiento" de Meinong. Por
tanto, situaba la Ética en el dominio de la actividad interesada,
frente a la
meramente contemplativa o cognitiva.
En
absoluta coincidencia hay que situar el libro de D.W.
Prall, A Study in the Theory of Value (1921). De
hecho se asociaban
ambos nombres en la llamada "teoría Perry-Prall". Aunque, en rigor,
la posición de Perry se acerca mucho a la teoría del valor-deseo de
Ehrenfels,
mientras que la de Prall se desplaza a la del valor-sentimiento de
Meinong. Frente
a Perry y los realistas americanos, tomaba posición John Dewey y la
escuela
pragmatista [45].
Su monografía Valuation,
redactada para la Encyclopedia of Unified Science,
expresa su posición
ante el tema. Para Dewey el valor de los objetos viene definido por la
"situación", especialmente la "situación social", de las
personas que actúan o son afectadas por la acción. El problema del
valor surge
con el conflicto social. Todo conflicto es malo; el restablecimiento de
la
armonía es bueno.
A
diferencia del subjetivismo, el pragmatismo señala que
la "satisfacción" no es un estado mental, sino una situación objetiva
de armonía e integración. Para Dewey el "interés" no es algo
subjetivo y personal, puramente cognitivo, sino una relación social:
interés de
las mujeres, de los profesores, de los mineros...
Tanto
Perry como Dewey coinciden en su oposición al
subjetivismo, en su preferencia conductista. Por eso consideran que la
teoría
del valor es algo que permite y exige observación, hipótesis y
experimentación,
como cualquier otra rama de la ciencia.
No
así el positivismo lógico, que enfatiza la privacidad
de los juicios de valor y acentúa su diferencia e irreductibilidad
respecto a
los enunciados científicos. Criticarán la posibilidad de verificación
de los
juicios morales, aunque aceptarán la posibilidad de medir su
instrumentalidad
por su capacidad de armonización, vía la persuasión.
3.
Alternativa utilitarista
3.1.
El utilitarismo y la Ética clásica
“como
quiera
que sea, nosotros no establecemos la ciudad mirando a que una
clase de gente
sea especialmente feliz, sino para que lo sea en el mayor grado posible
la
ciudad toda.” (Platón, República)
Se
puede razonablemente afirmar que el mayor problema de
la Ética ilustrada era un problema epistemológico. Su preocupación no
provenía
tanto de definir e instaurar nuevos valores cuanto de fundamentar la
moral.
Porque, en rigor, buena parte de la moral tradicional, una vez liberada
de su
fundamentación teológica y teleológica, y compensando su ascetismo,
fruto de su
pesimismo antropológico, con una defensa firme de la vida y el placer,
propios
de una antropología humanista, podía ser fácilmente reciclada.
Hume
había aportado una alternativa fecunda, basada en
una fundamentación débil de lo moral, como hemos visto. En rigor, había
asumido
buena parte de los elementos clásicos. Así, partía de un hombre
existente, de
una naturaleza originaria indigente; en segundo lugar, aunque no
admitía ningún
modelo final, aceptaba la perfectibilidad de esta naturaleza originaria
y, de
hecho, en sus comparaciones y alusiones a los salvajes y a los
orientales se
ponía al hombre occidental como modelo. Es decir, que si en teoría se
renunciaba al modelo final, en la práctica se usaba como referente. Por
último,
aunque desprovistas de su legitimidad racional, Hume aceptaba la
existencia de
normas morales, conquistadas y asumidas por los hombres a lo largo de
los
tiempos, que debían ser respetadas.
Por
tanto, el rechazo del teleologismo no impedía la
fundamentación de la moral. Esto era posible en el hábito.
Tal fundamentación
era perfectamente coherente con el principio que definía la posición
ilustrada:
el de la mayoría de edad del hombre. Este no sólo debía pensar por sí
mismo,
sino erigirse en fuente de la moralidad. Hume, no obstante, y dado su
pesimismo
escéptico, sin duda conectado con su educación y su ambiente en la
religión
presbiteriana, optó por la intersubjetividad: lo moral era aquello
aceptado
como bueno en una comunidad.
La
opción de Hume no eliminaba el gran peligro de la
filosofía moral moderna, el subjetivismo, e introducía otro, el del
relativismo
histórico. Un fundamento débil de la moral puede ser teóricamente
suficiente y
satisfactorio a nivel práctico para philosophes,
para conciencias
ilustradas; pero no parece aceptable por entusiastas, sistemáticos,
iluminados
y vulgo, por utilizar expresiones usuales de la época. Estos, de
mentalidad más
cartesiana, exigían mayor radicalismo en la fundamentación y más
claridad en la
aplicación.
Una
respuesta a esta carencia, pero en el horizonte
diseñado por Hume, la ofrece el proyecto utilitarista. Podemos
interpretarlo
como si Bentham hubiera intentado reconstruir el fundamento al modo
clásico:
recuperando el telos. Claro que había de hacerlo desde las
posibilidades
teóricas y los condicionamientos sociales de su tiempo. Así, buscó en
la
naturaleza empírica el fin: y encontró el placer como objetivo de la
vida. Le
parecía obvio que todos los hombres tendían naturalmente al placer: era
un
hecho, un dato de la naturaleza humana. Y, descubierto este fin
natural, tenía
ante sus ojos el bien: el bien era el fin, como en Aristóteles; por
tanto,
"bueno" era todo cuanto favorecía la marcha hacia ese fin. Y se
comprende que, definido el fin y el bien, era fácil deducir el deber:
las
normas morales contaban de este modo con un criterio de legitimación,
que no
sólo permitía deducirlas, sino jerarquizarlas; el nuevo fin, el nuevo
bien, en
suma, el nuevo criterio, permitía seleccionar y corregir el conjunto de
normas
morales que se disputaban la dirección de la conducta.
El
proyecto, pues, era atractivo, e incluso de regusto
clásico. Sería relativamente fácil mostrarlo mediante una selección
adecuada de
pasajes claves. Por ejemplo, si comparamos el principio de Bentham: "La
mayor felicidad del mayor número es la medida de lo justo y de lo
injusto", con la idea de Platón: "como quiera que sea, nosotros no
establecemos la ciudad mirando a que una clase de gente sea
especialmente
feliz, sino para que lo sea en el mayor grado posible la ciudad toda",
es
fácil observar las afinidades.
Se
trataba de encontrar un único criterio de moralidad,
que garantice la universalidad de la misma, su unidad, su
sistematicidad, su
objetividad, alejando todo peligro de subjetivismo o historicismo; y
había que
encontrarlo conforme a un método y una racionalidad acuñados por la
nueva
ciencia, es decir, con cierta base empírica, con fundamento
naturalista. El
utilitarismo se presentaba como una alternativa encuadrada en todas
estas
exigencias. De todas formas, no faltaban las dificultades teóricas.
El
problema filosófico del utilitarismo era justificar
cómo de una constatación empírica, del egoísmo psicológico, puede
pasarse a la
formulación de la tesis utilitaria, es decir, a formular el deber de
buscar la
mayor felicidad para el mayor número. Tal problema, puesto en términos
logicista,
no parece tener solución, con lo cual el utilitarismo quedaría sin
fundamento.
Pero la idea de Bentham no es gratuita. Le parece que toda mente
ilustrada es
capaz de distinguir entre sus deseos y sus intereses, así como
comprender que a
veces éstos se consiguen sacrificando aquellos. Es decir, para Bentham
una
mente ilustrada no tiene dudas respecto a esta tesis: el interés
propio, la
máxima felicidad y satisfacción personal, se consiguen mejor y más
establemente
consiguiendo la felicidad de los demás, satisfaciendo a los otros.
La
Ética utilitarista no está tan lejos de la
aristotélica como ciertos neo-aristotelismos dan a entender. Es posible
que el
contenido de la felicidad en ambos casos haya variado, cosa inevitable
por
condicionamientos teóricos y sociales; pero incluso esa distancia no es
tan
dramática si no se desvirtúa el benthamismo. Basta tener como referente
la
versión de Mills para que, efectivamente, la distancia se acorte.
El
utilitarismo de Mill es más suave y diverso. Su
distinción entre placeres elevados e inferiores [46],
y su concepción de la libertad como capacidad creadora
del hombre, cuyo aumento servía para medir la verdadera felicidad,
propiciaba
una idea de hombre que permitía un más amplio aprovechamiento de las
normas
morales tradicionales, muy amenazadas por el reductivismo benthamita.
Pero,
todo hay que decirlo, Mill eliminaba, o reducía, el peso del
teleologismo que
Bentham había intentado restaurar; y, con ello, opta por una versión de
la
teoría utilitarista más del gusto "liberal", más subjetivista, más
"plural". Es decir, que desde el principio se daba esta paradoja en
el utilitarismo, a saber: o se formulaba en sentido benthamiano, lo que
generaba ciertos rechazos ideológicos, o en sentido milliano, con lo
cual se
debilitaba la unidad y sistematicidad de la moral. Pero la opción no
era
meramente teórica; como siempre en estos casos, la línea triunfante
viene
impuesta por las condiciones sociales. Los vientos de la historia
soplaban a
favor de Mill, con acentos más subjetivistas.
Esta
vía acaba con Sidgwick [47],
quien de forma definitiva renuncia a restaurar la
estructura teleológica de la ética por imposible, es decir, renuncia a
toda
fundamentación naturalista, sea cosmológica o biologista. Ello es así
porque
Sidwick fue el primero en sacar todas las consecuencias del pasaje
humeano sobre
el "es/debe". Para Sidwick del egoísmo psicológico no sólo no es
posible derivar la máxima utilitarista de maximización de la felicidad,
sino
que ni siquiera es posible extraer una norma que nos obligue a nosotros
mismos
a buscar nuestra propia necesidad. Considera que las creencias morales
básicas
son, por un lado, irremediablemente heterogéneas, imposibles de reducir
a ningún
principio único, como el de la felicidad o utilidad; por otro, son
inargumentables, no pueden darse razones de las mismas, son
"intuiciones".
Su confesión es ejemplar: busqué el cosmos y encontré el caos. Fue
Sidwick, y
no Moore, quien comprendió la imposibilidad de una fundamentación
trascendente
de la moral.
Ante
la imposibilidad de referirnos de forma particular
a cada una de las corrientes en el seno del utilitarismo, nos
centraremos en la
más clásica, la de Bentham, que ha sido la más polémica y la más
criticada; y
que, sean cuales sean sus efectos en la moralidad, es la Ética más
sistemática
y coherente entre las utilitaristas.
3.2.
La ciencia del legislador
“Respecto
a
la educación individual, que hace al hombre bueno absolutamente,
determinaremos
luego si pertenece a la política o a otra ciencia, pues, quizá, no sea
lo mismo
en cada caso ser hombre bueno y ser buen ciudadano.”
(Aristóteles, Ética
Nicomáquea)
Hay
filosofías que se conciben en diálogo con otros
discursos filosóficos; las hay, en cambio, que surgen estrechamente
ligadas a
problemas epistemológicos, de fundamentación o de aplicación de alguna
disciplina positiva. En el caso de Bentham los momentos filosóficos de
su
discurso responden a la necesidad de defender o fundamentar su proyecto
de
reforma jurídica general, y particularmente de reforma de la ley penal.
Si los
ilustrados franceses (y en especial Helvétius, de forma
relevante en su De
l'Esprit [48]),
y
los no menos ilustrados filósofos escoceses (y
particularmente Hume y A. Smith [49])
aspiraban a poner en la cabeza y en el corazón del
déspota una Ciencia de la Legislación, es decir, una Moral, entendida
como
Pedagogía, Bentham no hace sino concretar el proyecto y diseñar un
"Arte
de la legislación", que en su época equivale a un "arte del
gobierno". La importancia histórica de ese proyecto es en sí
incuestionable. Los "utilitaristas" destacaron por su lucidez y
combatividad en la defensa de sus programas de reforma institucional:
reforma
de instituciones penitenciarias, del sufragio (incluido el de
la mujer), del
libre mercado, del gobierno colonial, de la educación pública gratuita,
de la
libertad de prensa, de la sanidad, de la medicina preventiva, de la
justicia,
del control de nacimiento [50].
No
hubo parte del derecho, desde los códigos constitucionales a las ramas
más positivas
y a los procedimientos, que escapara a su atención. Por eso no nos
parece
exagerado equiparar, como se ha hecho [51],
a Bentham y a Marx, calificándolos como los más
grandes reformadores de todos los tiempos [52].
No obstante, el reconocimiento histórico siempre se vio
oscurecido por la sospecha respecto al "principio filosófico" que
inspiraba su programa y que, en definitiva, garantizaba su coherencia y
su
racionalidad. El principio utilitarista parecía -y sigue pareciendo-
moralmente
grosero y políticamente cínico: en su seno no habría lugar para una
"ética
individual", de la propia excelencia, y la ética pública se diluiría en
la
política, o al menos en la mera norma prudencial.
Hay
razones para pensar que en la crítica crónica al
utilitarismo clásico hay mala fe, o, al menos, "limitada
benevolencia" [53];
pero
también es posible que en algunos casos las sospechas y reticencias se
deban a
cuestiones hermenéuticas, en especial, al olvido, a la hora de
interpretar su
filosofía, del proyecto benthamita. Creemos, con Smart [54],
que la insalvable diferencia filosófica entre
liberales y benthamita convive con una amplia coincidencia en las
propuestas
prácticas. Este hecho, empíricamente incuestionable, nos hace concebir
alguna
esperanza en alcanzar, si no una "situación ideal de comunicación",
al menos la confianza entre amigos. Tal es el propósito de esta
reflexión.
Para
establecer los límites, el sentido y el valor que
Bentham otorga a la ética individual y a la libertad del individuo hay
que leer
detenidamente el capítulo XVII de su Introducción a los Principios de
la Moral
y la Legislación, y valorar su sentido en un texto con el que intenta
solucionar el problema de la racionalidad del castigo. Esta debe
extenderse
tanto a la dimensión punitiva de la ley (para Bentham la
dimensión hegemónica,
dado el ambiente liberal con dominio de una idea de justicia negativa)
como a
la tarea judicial. Debe haber coherencia entre el objetivo del
legislador y el
del juez; debe haber universalidad y simetría en la aplicación
casuística de la
ley [55].
Y todo ello requiere
un criterio racional de actuación política
Este
criterio racional no sólo debe ser común al juez y
al legislador, sino que debe ser coherente y adecuado a la conducta del
ciudadano, es decir, debe posibilitar, e incluso favorecer, el
"autogobierno del individuo", su determinación y su acción dirigida a
satisfacer sus intereses. Y no se trata de deducir el principio moral
de una
psicología hedonista y utilitaria. Bentham no cae en la "falacia
naturalista", pues la norma de buscar la mayor felicidad para el mayor
número ni es naturalista (pues no describe una situación
fáctica) ni se
infiere de una antropología egoísta. Entre el reconocimiento fáctico de
nuestra
sumisión a dos soberanos [56]
y el
deber de maximizar la felicidad del mayor número (no de uno
mismo) no hay
conexión lógica, simplemente hay consistencia existencial. Y si dichos
dos amos
no sólo determinan lo que hacemos, sino lo que deberíamos hacer, es en
el
sentido obvio de que lo que debemos hacer no puede ir en contra de
nuestra
propia naturaleza. El principio moral ha de ser existencialmente
consistente
con nuestra naturaleza, como las "conjeturas" popperiana con los
hechos, sin que por ello haya que asumir la existencia de un vínculo
lógico,
como pensaban los positivistas. Por eso Bentham insiste en que "el
Principio no es demostrable ni necesita demostración: porque aquello
que es
usado para probar las demás cosas, no puede ser probado; una cadena de
pruebas
debería tener su comienzo en alguna parte. Dar tal prueba es tan
imposible como
innecesario" [57].
Y
Mill argumenta la misma idea [58]
.
Bentham
busca un criterio racional de actuación política
que permita la construcción de una comunidad regida por la armonía
artificial
de intereses [59].
Rechaza así las ingenuas creencias en la "armonía natural", abandona
cualquier lastre del ejemplarismo de los "Espejos de Príncipes", y
asume en positivo la idea moderna que ve en la política el arte de
administrar
el deseo, aspirando simplemente a que dicha administración sea
racional. Y como
la racionalidad moderna es adecuación de los medios a los fines, ha de
definir
el fin último: y elige la felicidad del mayor número posible. Una
elección
moral, un principio, por tanto no demostrable; pero una elección
razonable y
defendible [60]
La
opción por este principio, y el sentido preciso con
que es usado, deben valorarse en el marco del proyecto benthamita de
búsqueda
de un criterio de acción racional que haga posible la armonía
"artificial" de intereses. Por eso en el texto Bentham aborda el
problema
en el marco de su distinción entre lo que llama "ética privada" y
"arte de la legislación", que en el fondo es una forma clásica de
plantear la relación entre Ética y Política, como clásica es su
respuesta.
Cuando Platón diseñaba la ciudad justa, es decir, perfecta, su
preocupación no
era conseguir para cada uno la mayor felicidad imaginable, sino lograr
la
ciudad máximamente feliz [61].
Y
aunque en su jerarquía de las formas de vida la más perfecta es la
contemplativa, no dejará de afirmar el deber del sabio de renunciar a
esa vida
para dedicarse a la política, aunque sólo sea para evitar que los otros
lo
hagan peor.
El
mismo planteamiento encontramos en Aristóteles, en
su Ética Nicomáquea [62],
cuando tras distinguir entre justicia universal y particular dice que
"Respecto a la educación individual, que hace al hombre bueno
absolutamente, determinaremos luego si pertenece a la política o a otra
ciencia, pues, quizá, no sea lo mismo en cada caso ser hombre bueno y
ser buen
ciudadano" [63].
La
filosofía clásica, pues, distingue netamente entre educación y moral
pública y
educación y moral privada: la primera tiene como fin formar ciudadanos
útiles a
la comunidad; la segunda se propone conseguir la perfección del hombre,
el
desarrollo armónico de sus cualidades, es decir, la propia excelencia.
Pero
ambos objetivos pertenecen a la moral. Bentham, como los clásicos, daba
una
clara primacía a la moral pública; pero también como ellos concede su
lugar a
la moral privada. El desequilibrio entre ambas que se advierte en el
texto es
una determinación del proyecto. Mill, advertido de ello, no dudaría en
dar el
relieve necesario a la búsqueda de la propia excelencia [64]
3.3.
Ética y jurisprudencia
“todo
lo que
puede esperar hacer (el gobernante) es incrementar la
eficacia de la ética
privada, dando fuerza y dirección a la influencia de la sanción moral.”
(J.
Bentham, An
Introduction to the Principles of Morals and
Legislation
La
distinción de Bentham entre "ética privada"
y "arte de la legislación", hecha de forma concisa y ligera,
simplemente para justificar tipologías jurídicas, presenta ciertas
ambigüedades, pero podemos sistematizarla con toda fidelidad. Considera
a ambas
"dos ramas de la misma ciencia", sendas regiones de la Ética en
general, que define así: "Ética en sentido general puede ser definida
como
el arte de dirigir las acciones de los hombres hacia la producción de
la mayor
cantidad posible de felicidad para aquellos cuyos intereses están en
juego" [65].
La Ética en general
coincide con la Política en general, con la Filosofía práctica, en
cuanto que
ésta consiste en el arte de dirigir a un fin racional las acciones
humanas [66].
Son nombres de la misma cosa.
La
Ética, o la Política, como artes racionales de la
conducta, tiene dos dominios: la "ética privada" o "arte del
autogobierno", que es la "Ética en cuanto arte de dirigir la conducta
propia" [67],
y el
"arte del Gobierno" [68],
que
suela llamarse "Arte de la Legislación", que tiende a dirigir las
conductas de los otros. Ambas comparten el mismo fin general y el mismo
criterio de racionalidad; ambas se ocupan de la felicidad de las mismas
personas, de dirigir la conducta de los mismos individuos; presentan
una fuerte
identidad, pues los actos en que deben concretarse son "en gran medida
los
mismos".
No
obstante, dice Bentham, "no son perfecta y
absolutamente los mismos" [69].
Bentham describe una diferencia en el campo de aplicación de ambas: "No
hay ningún caso en que un hombre privado no deba dirigir su propia
conducta
hacia la producción de su propia felicidad y la de sus semejantes; pero
hay
casos en los que el legislador no debe (al menos de forma
directa y por medio
de castigos aplicados inmediatamente a estos particulares individuales)
intentar dirigir la conducta de los diversos miembros de la comunidad"
[70].
Es decir, al individuo le está siempre permitido
realizar cuantos actos prometen ser beneficiosos para la comunidad;
pero el
legislador no debe obligar (al menos de forma coactiva) al
individuo a cumplir
todos y cada uno de esos actos. Del mismo modo, cada individuo debe
evitar
cualquier acto pernicioso para la comunidad; no obstante, el legislador
no debe
impedirle (al menos de forma coactiva) hacer todos y cada uno
de tales actos.
En
el fondo Bentham, sin explicitarlo, juega con una
tipología funcional, que le permite distinguir al individuo en tanto
que
hombre, en tanto que ciudadano y, ocasionalmente, en tanto que
legislador. Las
dos primeras funciones caerían bajo lo que llama "ética privada". En
la misma distingue dos regiones: por un lado, cuanto tiene que ver con
el
control y dirección de aquellas acciones de un hombre que sólo
repercuten sobre
él, es decir, los deberes para consigo mismo, lo que constituye el arte
de la
prudencia; en segundo lugar, el control y dirección de las acciones que
repercuten en los demás, o sea, los deberes con los otros o deberes con
el
prójimo, cuyo arte llamamos probidad, cuando se trata de deberes
negativos, y
beneficencia, si son deberes positivos. La "ética privada", en
cualquier caso, tiene una región individualizada, cuyo objeto es la
propia
excelencia, y una región social, que llamaremos “ética social”, cuyo
objeto es
compartido con el arte de la legislación o ética pública. Para un
proyecto de
reforma penal interesa fundamentalmente la ética pública y, en segundo
lugar,
aunque a mucha distancia, la dimensión social de la ética privada; en
cuanto a
la prudencia, parece razonablemente marginal en una teoría del castigo.
Cuando
el discurso ético tendía al diseño positivo de modelos ejemplares a
imitar
-como en el estoicismo y el cristianismo-, la prudencia se convertía en
el
centro de la Ética; en una fundamentación teórica de la sanción su
puesto ha de
ser secundario. Por tanto, su escasa presencia en el texto no debe
valorarse
como menosprecio de la misma.
La
tipología funcional benthamita es fecunda, pues no
sólo permite individualizar los deberes del hombre para consigo mismo,
cosa
relativamente menos problemática, sino también distinguir entre los
deberes
para con la comunidad respectivamente del ciudadano y del legislador
(el
gobernante, el funcionario...). Ambos dominios éticos tienen como
objeto la
dirección de las conductas de los miembros de la sociedad; ambos tienen
como
finalidad la racionalidad de dichas acciones, racionalidad que en
claves
utilitaristas se traduce por felicidad general; ambos son
intervenciones de los
hombres dirigidas a corregir sus propias acciones o las de los otros.
Pero la
posición diferente de los agentes introduce distinción y límites entre
ambas.
El mandato genérico es el mismo, pero como los respectivos métodos de
acción no
son idénticos, como las sanciones que aplican son cualitativamente
distintas,
surge el desplazamiento en el campo de aplicación: el de la ética
social (probidad
y beneficencia) cubre todo el campo de las acciones sociales; el de la
política
(para Bentham la legislación) es más restringido. En
conclusión: no se pueden
convertir en ley todas las normas morales; hay un campo de obligación
moral
exento de obligación legisladora.
El
legislador debe perseguir la maximización de la
felicidad con su método específico, la sanción legal, hasta un límite.
¿Por qué
este límite? No porque haya una esfera de la conducta ontológicamente
específica, sino porque hay una esfera en la que la sanción legal no
puede
cumplir el principio de utilidad. Más allá del mismo se ha de confiar
en la
eficacia de la sanción moral ejercida por la comunidad, es decir, en la
ética
del ciudadano. Como máximo al legislador le está permitido incidir
indirectamente, mediante la educación de las costumbres o la
persuasión. Con
sus propias palabras: "todo lo que puede esperar hacer es incrementar
la
eficacia de la ética privada, dando fuerza y dirección a la influencia
de la sanción
moral" [71].
Queda,
por tanto, de manifiesto la preocupación de
Bentham por la "ética privada", incluso por la región de la misma que
trata de la propia excelencia, que llamaremos "ética individual". Su
distinción entre "ética privada" y "arte de la legislación",
que en el fondo es la distinción entre la "ética social" y la
"ética pública", expresa su preocupación por la libertad individual,
por evitar la invasión de lo legal en lo moral.
Ciertamente,
esta preocupación se da dentro de sus
principios. Bentham no puede establecer la diferencia en base a la
existencia
de un dominio privado, de libertad individual, de una esfera de
derechos
individuales inalienables. Podrá establecerla únicamente en base al
criterio de
utilidad. Y es lo que con coherencia hace: el arte de la legislación
extiende
su campo hasta donde le es posible actuar con eficacia, dejando así un
campo
exclusivo de la ética privada, no por otra consideración sino por su
mayor
eficacia en el mismo. En la práctica ocurre que lo que se niega como
fin último
se afirma como medio excelente. Por ejemplo, Bentham considera la
libertad y
los derechos individuales como medios eficientes para el fin último,
con lo
cual defenderá las políticas que los respeten y defiendan, coincidiendo
así, a
nivel práctico, con el liberalismo. La irreductible diferencia
filosófica, que
hace que los mismos objetos sean fines para unos y medios para otros,
no impide
la identidad práctica, impuesta por la vida. Como diría Hume, en esta
como en
las otras cosas importantes, la sabia naturaleza no ha dejado la
decisión
última en manos de las veleidades de la razón.
Es
comprensible que, cara a una Ciencia del Legislador
en claves utilitaristas, sea fundamental el criterio de demarcación
entre la
ética privada y la pública. Sería irrelevante si la "política"
tuviera un fin diferente a la "ética"; si, por ejemplo, su fin fuera
hacer cumplir los contratos, mantener el orden y estabilidad, etc. Pero
si el
fin común es la mayor felicidad para el mayor número, ambas son
complementarias
y la demarcación de sus respectivos campos debe hacerse desde un
criterio
coherente con el fin que comparten. Es decir, debe ser el criterio de
utilidad
el que marque los límites entre ambas, el que decida las situaciones
que exigen
la intervención del hombre en tanto que ciudadano y no en tanto que
gobernante;
en definitiva, el que establezca el dominio de la ley y el reino de la
moral.
En
contra de creencias tópicas, Bentham es muy sensible
al riesgo de intromisión legal en el deber moral, con el consecuente
recorte de
las libertades de los sujetos y a costa de castigos en masa sin
provecho alguno [72].
Es sensible a estos peligros e intenta fundamentar los
límites de cada una, sus zonas de independencia y de colaboración.
"Ética
privada enseña cómo cada hombre puede disponerse a sí mismo para
conseguir el
camino que mejor conduzca a su propia felicidad por medio de motivos
aplicados
por ellos mismos; el arte de la legislación... enseña cómo una multitud
de
hombres, constituyendo una comunidad, puede ser dispuesta a perseguir
el camino
que es el más adecuado para que la totalidad consiga la felicidad de la
comunidad, por medio de motivos aplicados por el legislador"
[73]
Con
este enfoque la línea de demarcación entre ética y
legislación, que es lo que siempre cuesta concretar en quienes
defienden el
carácter moral de la política, deja de ser problemática. Puesto que los
fines y
contenidos son los mismos, difiriendo en los procedimientos de
intervención, es
decir, en las formas de aplicar sanción, el límite entre ambas vendrá
dado por
las circunstancias que determinan la mayor o menor eficacia de uno u
otro tipo
de sanción. Pues hay circunstancias claras en que el castigo no debe
ser
utilizado por no ser racional, es decir, por no responder al principio
de
utilidad [74].
Bentham,
recordémoslo, señalaba cuatro casos. El primero, la falta de
fundamento,
o sea, cuando el acto a castigar no es socialmente perjudicial. En tal
caso no
está justificada la intervención ética ni la política, es decir, ni del
ciudadano ni del legislador. El segundo, la ineficacia,
o sea, cuando se
ve que el castigo no incidirá en la conducta. A veces, en tales casos,
especialmente si la ineficacia no se debe a la naturaleza misma del
acto, la
intervención ética puede ser favorable. El tercero, cuando el castigo
promete
ser no provechoso, no favorable a la felicidad
general, o sea, cuando el
mal derivado del castigo se presente como superior al del acto que
pretende
corregir, cuando el mal de la pena exceda al de la ofensa. En tales
casos hay
un amplio margen para la acción ética [75].
Nos
parece, pues, suficientemente argumentada la
presencia en Bentham de una clara preocupación por la "ética
privada", como región particular de la Ética, como "arte del
autogobierno". Preocupación que, lejos de ser contingente, consideramos
fuertemente enraizada en el uso que Bentham hace del Principio de
Utilidad, e
incluso en la ambigüedad con que lo formula: a veces diferenciado y a
veces
confundido con el Principio de felicidad, aspecto que merece una
detenida reflexión.
3.4.
Utilidad y Felicidad
“Por
principio de utilidad se entiende aquel principio que aprueba o
desaprueba
cualquier acción según la tendencia que parezca tender a aumentar o
disminuir
la felicidad del grupo cuyo interés está en cuestión.” (J.
Bentham,An
Introduction to the Principles of Morals and
Legislation).
El
propio Bentham parece consciente del problema, y así
lo explica en nota a pie de página [76]. Bentham
identifica "principle of utility" con "greatest happiness
principle" o "greatest felicity principle". Y
explica su contenido: establece el deber de buscar la
felicidad de todos aquellos cuyos intereses pueden ser afectados por la
acción.
En su literalidad el Principio de Utilidad no es plenamente
identificable con
el Principio de Felicidad, como el propio Bentham reconoce al señalar
que la
palabra "utility" no refleja con tanta claridad como "happiness"
y "felicity" las ideas de "pleasure" y "pain";
además, el Principio de Utilidad, definido por su fin, "la producción
de
felicidad por medio de la razón y de la ley" [77],
parece despreocuparse del "número" de los
intereses afectados, con lo cual se amputa una dimensión fundamental
del
utilitarismo. De todas formas, el Principio de Utilidad
presenta
ventajas importantes, cara a su operatividad práctica, respecto al Principio
de Felicidad, e interpretado en su contexto y en el espíritu
de la letra,
como aquí haremos, se corrigen las diferencias de contenido.
Bentham
lo define así: "Por principio de utilidad
se entiende aquel principio que aprueba o desaprueba cualquier acción
según la
tendencia que parezca tender a aumentar o disminuir la felicidad del
grupo cuyo
interés está en cuestión; o, lo que es lo mismo en otras palabras,
promover o
dificultar esa felicidad" [78].
Y
deja bien claro que se trata de cualquier tipo de acción, "no sólo de
cada
acción de un individuo particular, sino de cada medida de gobierno". Su
insistencia en el aspecto social y político de la acción es manifiesto.
El
principio de utilidad tiene como campo de aplicación propio la acción
social, o
sea, las acciones en tanto que tienen efectos sociales.
Una
ventaja del principio de utilidad respecto al
principio de felicidad es que el primero aprueba una acción según su
"tendencia" a producir su felicidad, es decir, no pone como condición
la actualización de la felicidad, no exige su aumento, sino que se
conforma con
la "tendencia". Esto es importante, porque abre el campo de la acción
moral racional a la política económica, a la producción de objetos,
métodos,
bienes, servicios, medios de producción..., es decir, a todo cuanto de
forma
mediata pueda ser susceptible de consumo placentero. Lo cual tiene dos
efectos
importantes: primero, facilita la decisión, ya que hace abstracción de
los
efectos finales (la felicidad), los estados mentales o
afectivos de los
sujetos, cosa que en la práctica hacía en rigor la opción imposible,
estéril o
peligrosa; segundo, fuerza un espacio importante entre la producción de
objetos
útiles, cuya determinación es razonablemente fácil de decidir, y el
consumo
efectivo de los mismos, es decir, la conversión de su "utilidad" o
"placer potencial" en felicidad. Este espacio permite al agente
cumplir su fin moral sin el efecto perverso de obligar a ser feliz; más
aún, le
permite cumplir su fin liberándolo del obstáculo de la heterogeneidad
de los
sujetos.
No
obstante, no estamos ante dos principios ajenos.
Prueba de ello es que han sido considerados sinónimos. Lo cierto es que
hay una
relación objetiva entre utilidad y felicidad, y que ésta determina la
relación
entre los dos principios. "Por utilidad se entiende aquella propiedad
de
los objetos por la cual tienden a producir beneficio, ventaja, placer,
bien o
felicidad..., o, lo que es lo mismo, a prevenir acontecimientos de
daño, dolor,
mal o infelicidad al grupo cuyo interés es considerado" [79].
No hay identidad entre utilidad y felicidad, aunque la
primera es condición de la segunda; y tampoco entre sus principios, que
mantienen semejante relación. El de utilidad es una norma instrumental,
estratégica y objetivo asequible al legislador; el de felicidad es un
fin
último, objetivo alcanzable sólo por los individuos. Aunque el fin
último de la
acción moral sea la felicidad, el fin que puede proponerse el agente
social es
la utilidad. La felicidad parece algo excesivamente subjetivo y privado
para
poder ser perseguido por una estrategia racional y universal; en cambio
la
utilidad, como propiedad de los objetos de producir directamente
felicidad o
condiciones favorables para la misma, parece un fin perseguible
racionalmente.
El
individuo, en tanto hombre y ciudadano, seguirá
teniendo la felicidad como objetivo; pero en tanto legislador debe
tener la
utilidad como horizonte. No ignoro que esta tesis no está explicitada
en
Bentham, pero presumo que es coherente con su pensamiento: el
legislador
renuncia a realizar la felicidad de los individuos de la sociedad,
tomando como
fin, como su deber, la maximización de la utilidad. Con ello no se
aparta del
principio, en la medida en que lo útil es aquello que produce la
felicidad,
pero deja la materialización de este fin en las manos del individuo. El
límite
de la ley, por tanto, es el campo de la utilidad, es decir, de la
producción de
bienes, instrumentos, medios, servicios, condiciones... e incluso
sensibilidad
y carácter, es decir, todo aquello que históricamente se necesita para
ser
feliz. El resto, el consumo de lo útil, su traducción a felicidad, es
tarea
individual: es el lugar de la "prudencia".
Siempre
podrá decirse que si la idea de felicidad es
vaga y subjetiva, la de utilidad no está exenta de los mismos vicios. Y
de nada
serviría definirla con referencia a otras ideas como la de "interés",
pues con ello simplemente se delegan los problemas. Tal observación es
correcta, y buscar protección a tal crítica suele conllevar peores
resultados
que los que se intentan enmendar. Es claro que, como dice Bentham,
"Interés" es una palabra que, por no tener género, no puede ser
definida. El "interés de la comunidad" es entendido por Bentham como
"suma de intereses de los miembros" [80].
El interés del individuo es constante y, bajo sus
diversas formas, se reduce siempre a lo mismo: aumentar la suma total
de
placeres del individuo, o disminuir la suma total de sufrimientos. Por
tanto,
en la medida en que el interés del individuo es siempre poseer medios o
gozar
de condiciones en las que pueda ser feliz a su manera, es decir, en la
medida
en que el interés está ligado a la felicidad; y en la medida en que si
bien la
felicidad como estado mental individual es difícilmente conmensurable,
los
objetos o situaciones que permiten a los diversos individuos ser feliz
son más
constantes, objetivos y uniformes..., se comprende que hablar de
"interés" y de "utilidad" como fines políticos, como
deberes públicos, es más práctico que hablar de felicidad.
Pero
no se puede ir más lejos; y Bentham no va. Porque
definir el "interés" desde las "preferencias"
subjetivamente manifestadas, bajo la apariencia de un método más
objetivo introduce
la hegemonía del deseo. Y para Bentham la felicidad no es la
satisfacción del
deseo.
Bentham
no dudará nunca que el fin último es "la
mayor felicidad para el mayor número". Nunca desplazará a la felicidad
de
este lugar eminente. Al contrario, conviene recordar que Bentham fue el
primero
en declarar a la felicidad derecho positivo. Hasta él los filósofos la
ponía
como fin deseable [81],
y
los textos constitucionales, como máximo, hablaban del "derecho a
buscar y
conseguir la felicidad" [82].
El principio
de felicidad, al instaurar la obligación del gobernante de procurarla,
instaura
el derecho positivo del ciudadano a la misma. No obstante, la
obligación
absoluta del legislador a procurar la felicidad de la mayoría no le
adjudica el
derecho a usar cualquier medio para conseguirla; en especial, no le
autoriza a
usar la ley sin límites, es decir, no debe obligar a ser feliz. ¿En qué
se basa
este límite? En que para Bentham el fin no justifica los medios: sólo
las
consecuencias lo justifican. Y la aplicación de la ley, como hemos
dicho, en
determinados campos no es racional, no es eficaz.
Si
esta interpretación es correcta, el utilitarismo no
sólo dejaría espacio a la moral y excelencia privadas, sino que sería
su
condición de posibilidad. La propia excelencia no quedaría marginada ni
degradada, sino desplazada por las exigencias del proyecto, pues poco o
nada
tiene que ver con la legislación. En cualquier caso, permanecería como
fin
último de la vida moral.
Más
aún, y en respuesta a la crítica constante que pone
en cuestión la sustantividad de la moral utilitarista, considerándola
mera
norma prudencial, otro pasaje del libro nos permite afianzar más
nuestra tesis.
Bentham se plantea, y responde, de forma directa la pregunta clave de
la
filosofía moral: ¿por qué ser moral? O, lo que es equivalente, ¿cuál es
el
fundamento de la beneficencia y la probidad? [83]
No es problemática la prudencia, obviamente. Tampoco lo
es el deber del legislador o la obediencia a la ley del ciudadano. La
dificultad reside en explicar por qué, si no somos forzados por la ley,
y dado
nuestro egoísmo natural, habríamos de preocuparnos de nuestros vecinos.
La
respuesta benthamita, bien conocida, nos parece
razonable y clara: "el propio interés". No hay otro motivo, otro
fundamento empírico o racional, que el interés. Con lo cual la ética
individual
parece quedar reducida a norma prudencial, negando la posibilidad de
cualquier
preocupación por los otros que no sea comercial. Hay que reconocer que
Bentham,
y el utilitarismo en general, dan mucha importancia a la "moral
prudencial", cosa que nos parece muy razonable. A fin de cuentas, para
la
vida social pacífica, para la convivencia feliz, lo principal es la
conducta
objetiva, y cuentan menos los sentimientos que la acompañan. La
sinceridad no
es una virtud ilustrada; la vida civil exige más bien cortesía,
ceremonia,
ritual. No obstante, Bentham deja una puerta abierta a una moral tout
court
al señalar que no hay ocasión en la que los hombres no tengan algún
otro motivo
para buscar la felicidad de los otros: sea el motivo puramente social
de la
simpatía o la benevolencia, presente en toda circunstancia, sea el
motivo
semisocial de deseo de amistad (love of amity)
y deseo de
reconocimiento (love of reputation),
presentes en muchas ocasiones. Y
matiza que en la presencia de estos últimos influyen poderosamente las
cualidades subjetivas del agente, como la capacidad intelectual, la
firmeza y
rectitud de su mente, su sensibilidad moral, etc. Bentham recoge la
herencia de
Hume, a quien tanto debía [84],
que
el escocés expuso magistralmente en su teoría de la génesis del
sentimiento
moral [85].
No hay duda, por
tanto, de la hegemonía en el utilitarismo de una moral prudencialista,
que no
es una "moral inferior" desde el punto de vista ilustrado; pero
tampoco de la presencia de una moral fuerte, como areté.
Lo que ocurre
es que, como filósofos empiristas, pensaron las normas y sentimientos
morales
como resultado de la génesis de la humanidad, a través de la selección
de
experiencias exitosas, cristalizadas en hábitos y travestidas en
sentimientos [86].
Una vez más, a nivel práctico todos de acuerdo: el
sentimiento moral es una realidad. La diferencia, una vez más, en los
presupuestos filosóficos: para unos efectos de una facultad o sentido
moral,
para otros efectos del hábito y de la generalización de experiencias
útiles [87]
3.5.
Utilitarismo negativo
“El
objeto
general que toda ley tiene, o debería tener, en común es el de aumentar
el
total de la felicidad de la comunidad, y, por tanto, en primer lugar,
eliminar,
en la medida de lo posible, todo aquello que tienda a decrecer esta
felicidad;
en otras palabras, a excluir cualquier daño.” (J. Bentham, An
Introduction to the Principles of Morals and Legislation)
Por
fin, no faltará quien resalte la total ausencia en
Introducción a los Principios de Moral y Legislación de
cualquier modelo
positivo de virtud, de vida buena. Queremos hacer al respecto una
reivindicación del "utilitarismo negativo", que Popper [88]
ha insinuado y D. Farrell [89]
criticado tenazmente. A nuestro entender es fácil
defender la dimensión negativa del Principio de Utilidad desde un texto
como
éste, dedicado a la teoría de la sanción racional. Pero, para ser
justos y
consecuentes con nuestro análisis, hemos de reconocer que aquí también
es
pertinente la llamada a tener en cuenta la determinación del discurso
por la
especificidad del proyecto. Ante un objetivo como el de fundamentar una
teoría
racional del castigo, es obvio que se acentúe la dimensión negativa de
la
norma. Ante el problema de la sanción racional el legislador o el juez
[90]
han de buscar la "minimización del dolor".
Minimización del dolor en el sujeto del castigo, porque todo exceso de
castigo,
sea por desproporción con la ofensa, sea esterilidad de las
consecuencias, es
innecesario e injusto; y minimización del dolor de la comunidad, sea
por el
efecto disuasorio, sea por el efecto en el carácter y hábitos sociales.
Helvétius,
que no hablaba al "legislador" sino
al "déspota", esperando del mismo que administrara racionalmente las
pasiones de los hombres, especialmente de los "hombres de mundo",
estimulándolos a grandes y nobles empresas mediante recompensas y
reconocimientos, minimizaría el papel de los castigos y convertiría los
premios
en el instrumento para dirigir las pasiones a los más nobles fines
[91].
No dudamos, por tanto, de la dimensión positiva del
utilitarismo.
Bentham
reconoce que también la beneficencia forma parte
de la Ética, como los premios del arte de la legislación. Por otro
lado, es
obvia la relación dialéctica entre ambas dimensiones, ya que la forma
eficaz de
disminuir el dolor es con frecuencia producir bienestar. El problema no
es,
pues, la elección entre un utilitarismo positivo y otro negativo, pues
ni en
los clásicos aparece tal distinción, ni entre los modernos filósofos
utilitaristas parece formularse tal opción. El problema es más bien
determinar
la dimensión dominante, cuestión ni trivial ni aséptica.
Si
hay algún lugar en el que Bentham se inclina por la
dimensión negativa del utilitarismo es aquel en que trata directamente
del
castigo. Cuando dice "El objeto general que toda ley tiene, o debería
tener, en común es el de aumentar el total de la felicidad de la
comunidad, y,
por tanto, en primer lugar, eliminar, en la medida de lo posible, todo
aquello
que tienda a decrecer esta felicidad; en otras palabras, a excluir
cualquier
daño" [92],
el problema queda
magistralmente planteado: el objetivo filosófico general es positivo,
la
felicidad, pero el objetivo estratégico que la norma asigna al
legislador es
negativo, la eliminación del dolor.
Así
se entiende que Bentham considere que "todo
castigo es en sí malo" [93],
pues
según el Principio de Utilidad sólo puede ser admitido en la medida que
evite
un mal peor. Nótese que Bentham no dice en la medida que proporcione un
bien
que lo compense en exceso. La ficción del "castigo al inocente" es un
caso extravagante [94].
Bentham manifiesta que el placer o satisfacción de la parte
injuriada, o de
otras partes indirectamente excitadas es algo meramente colateral al
castigo.
Si tal satisfacción resulta "gratis", mejor que mejor; pero el
castigo nunca se justificaría por esa finalidad solamente "porque el
placer que produce nunca compensa la pena" [95]
Esta
distinción entre objetivo filosófico y objetivo
estratégico de la norma encaja perfectamente con nuestra anterior
reflexión
respecto a la relación entre felicidad y utilidad, y con la
articulación de los
espacio s de la ética pública y la ética privada. Por ello sospechamos
que es
viable una defensa del "utilitarismo negativo" así entendido, es
decir, como dominancia relativa de la dimensión negativa. Y ello no por
razones
de contenido, que también; sino por permitir mayor coherencia al
discurso
utilitarista.
En
conclusión, una lectura benevolente del utilitarismo
permite constatar que no es en modo alguno incompatible con la ética,
con la
excelencia moral, con la libertad de los individuos... ni con los
derechos del
hombre e incluso la teoría del contrato. No es incompatible
prácticamente. Como
no es incompatible ni con el laissez-faire ni con el socialismo. Y ello
porque,
en el fondo, más que una propuesta ética o política sustantivas el
utilitarismo
es una nueva metodología de lo social [96].
Aunque, como todo metodología, no es neutral.
3.6.
Los "prejuicios" de la crítica
“(el
utilitarismo es) la teoría axiológica que afirma la bondad de la
búsqueda de la
felicidad y de la máxima realización de los deseos y preferencias de
los
individuos, por lo que sólo puede aplicarse en un régimen democrático.”
(J.M.
Colomer, El utilitarismo)
Somos
conscientes de que poco o nada se puede hacer
contra los frecuentes prejuicios a la hora de analizar y valorar la
doctrina
utilitarista, excepto recomendar con la misma insistencia la lectura
sosegada
de los textos. Por tanto, eludiremos en lo posible entrar en los
mismos.
Intentaremos, en cambio, afrontar críticas filosóficas de fondo, que
cuestionan
legítimamente la consistencia o la eficacia de la teoría. Nos
limitaremos a
ellas en lo posible, si bien somos conscientes de que mantienen con las
críticas
provenientes de los prejuicios una relación de feed-back
difícil de
romper.
Nuestro
primer argumento se centra en el hecho de que se
haya infravalorado las muchas aportaciones éticas y políticas
progresivas del
Utilitarismo y, en cambio, se hayan resaltado y sobredimensionado sus
carencias
de forma tan pertinaz que no puede ser explicado por limitaciones
hermenéuticas. El Panoptikon [97]
de Bentham no es sólo una propuesta de reforma
carcelaria, sino una concreción de un complejo programa de reforma de
las
costumbres. Como ha señalado Colomer, Bentham llega a sugerir la
extensión de
"algunas soluciones técnicas del proyecto a hospitales, fábricas y
escuelas" [98].
El Essay
on Representation [99]
de
1778 le llevó a ser reconocido por la Asamblea Nacional de Francia como
"ciudadano de honor", por su defensa del sufragio universal [100].
Su Constitutional Code (1822) ofrece una
propuesta de reforma radical necesaria para la instauración de una
"democracia pura representativa" [101].
Bentham defendió la renovación anual del Parlamente,
el voto secreto, y toda una serie de medidas que evitasen la perversión
de los
gobernantes, corrigiesen sus abusos y protegiesen al ciudadano. Y estas
medidas, que parecen absolutamente racionales y coherentes con una
concepción
de la naturaleza humana desde el egoísmo psicológico, le han procurado
críticas
tan incomprensibles como las de Hart, que lo acusa de considerar a los
gobernantes como sospechosos, como grupo de delincuentes en potencia [102]
Parece
como si todas estas aportaciones fueran
insignificantes o ajenas a la teoría; como si ésta fuera meramente una
teoría
del placer; más aún, una apología del placer carnal. En su History
of
Economic Analysis [103],
J.A.
Schumpeter aún afirma que el placer en la teoría utilitarista es
considerado en
su forma grosera de "eating beefsteaks"
[104].
Carlyle caracterizaba el utilitarismo como una
"pig philosophy". En general, era calificada de "epicúrea",
es decir, como apología de los "placeres de la carne". Pero, como
bien dice H. Hazlitt [105],
nadie que haya leído a Bentham, sobre quien recaen las acusaciones más
ácidas,
puede encontrar una sola excusa para hacerlo. Efectivamente, hay dos
argumentos
que nos parecen definitivos al respecto. El primero de ellos es que, en
su
elaborada enumeración y clasificación de los placeres, Bentham incluye
ciertamente los placeres de los sentidos, y los derivados de la
conquista y
disfrute de las riquezas y del poder; pero también figuran entre los
mismos
otros placeres tan poco groseros y tan razonables como los derivados de
la
salud, del ejercicio de la memoria y la imaginación, los de la amistad,
el buen
nombre, la piedad, la benevolencia, la buena voluntad.
Cuando
Bentham se plantea el problema de comparar, medir
y evaluar los placeres, señala nada menos que siete circunstancias a
tener en
cuenta: su intensidad, su duración, el grado de certeza, su proximidad,
su
fecundidad (o capacidad para hacerse seguir de sensaciones
del mismo tipo), su
pureza (o capacidad para no ser seguido de sensaciones
opuestas) y su
extensión (o número de personas a las que afecta. Esas
"circunstancias" ponen de relieve la distinción benthamiana de la
"cualidad" en el placer. No le preocupa sólo la
"intensidad". En su cálculo hedonista se intenta valorar la
"cualidad", que se introduce a través de la duración, la pureza, la
fecundidad. Su filosofía no es una apología de la "autoindulgencia":
al contrario, es una llamada al hedonismo disciplinado, racional. En
Bentham se
encuentra constantemente la llamada a no sacrificar el futuro al
presente: todo
su cálculo, al margen de sus debilidades y extravagancias, expresa una
preocupación constante por conseguir que el hombre se autodetermine,
autoadministre sus posibilidades de felicidad. En Bentham hay un
constante
reconocimiento de la heterogeneidad de las personas
[106].
La idea de que el utilitarismo menosprecia la libertad
y la diferencia, y postula la uniformización, no es seria, aunque
autores tan
prestigiosos como D. Long [107]
o
L.J. Hume [108]
la mantengan
especialmente a la luz de nuevos escritos benthamianos
[109]
Parece
obvio que el criterio de utilidad no permite un
cálculo certero; pero también debería parecer obvio que es
"menos malo
que todos los demás"; y, sobre todo, que "la fuerza de la hipótesis
utilitarista deberá estimarse, pues, por la fecundidad en inferencias
lógicas
que demuestre y por las respuestas que a partir de ella sea capaz de
dar a las
concretas cuestiones prácticas y sociales que ya históricamente
suscitaron su
formulación" [110].
En
definitiva, que el utilitarismo debe ser evaluado esencialmente desde
su
pretensión originaria: la de ser una guía para evaluar las políticas
públicas
no por su fidelidad a unos principios generales sino por las
consecuencias
obtenidas; y, además, que a la hora de su estimación se ha de tener en
cuenta
la existencia o no de propuestas alternativas más coherentes, potentes
y
eficaces.
El
segundo argumento se basa en el olvido de la
"obra" de Bentham, sustituida por un sólo texto. Las críticas a
Bentham se centran en sus tesis de la Introducción a los Principios de
Moral y
Legislación. Es lamentable que se ignoren sus otros textos, su
"evolución", las matizaciones que fue introduciendo. Sin entrar en
los múltiples problemas que una hermenéutica histórica plantea, debemos
señalar
que autores de prestigio, como D. Lyons
[111],
han señalado la existencia en Bentham de una
importante evolución que aparecería clara en su Deontology
(1834).
Dicha evolución, que afectaría profundamente a su idea de felicidad, se
concretaría -por lo que interesa a nuestro objetivo- en un progresivo
abandono
de la búsqueda de una aritmética moral, que "suponía la posibilidad de
medición y comparación de los placeres y dolores de las distintas
personas" [112].
Con
ello quedarían en suspenso algunos de los "escandalosos" efectos del
Utilitarismo, como la opresión de las minorías, el castigo del inocente.
Sin
entrar en el análisis de esta evolución, decimos, es
obvio que el juicio histórico sobre el Utilitarismo, para poderse
mantener con
dignidad y credibilidad, debería entrar a la valoración de estos
textos. Porque
resulta paradójico que no se intente revisar la teoría a la luz de las
reivindicaciones prácticas que sus principales teóricos defendían: no
sólo la
democracia y la justicia, sino la defensa de todos los grupos
minoritarios (y
no tan minoritarios), como mujeres, disidentes religiosos, indigentes,
esclavos, pueblos colonizados, homosexuales, etc.
Colomer
ha caracterizado esta evolución benthamiana como
el abandono de una "teoría moral sustantiva sobre el bien y el mal que
pudieran administrar los gobernantes" para instalarse en una mera
"teoría axiológica que afirma la bondad de la búsqueda de la felicidad
y
de la máxima realización de los deseos y preferencias de los
individuos, por lo
que sólo puede aplicarse en un régimen democrático"
[113].
Tal evolución parece coherente con su desplazamiento
desde posiciones de despotismo ilustrado, en que el gobernante debía
realizar
el cálculo de la felicidad legitimador de sus políticas, a posiciones
democráticas, en las que el cálculo es sustituido por la mera
agregación de preferencias
individuales mediante las técnicas del voto o sucedáneos. Pero Bentham
siempre
fue escéptico respecto a la "armonía natural de intereses". Se
inclinaba siempre por la intervención ilustrada. Lo que ocurre es que,
a la
hora de elegir entre dos males, entre dos perversiones (la
perversión que en
el interés general introduce el voto como expresión del interés
particular y la
perversión introducida al sustituir el interés general por el interés
de una
minoría de gobernantes corruptos), optó por la menor, como era de
esperar de su
fidelidad al Principio utilitarista.
3.7.
El debate contemporáneo
No
está
lejos el día a partir del cual nunca más volveremos a oír hablar del
utilitarismo.” (B. Williams, "A critique of utilitarianism",
en Utilitarianism.
For & Against).
Se
equivocó B. Williams al profetizar el final del
utilitarismo. Desde 1973, fecha en que escribiera estas palabras [114],
el utilitarismo no sólo no se ha olvidado, sino que se
ha revitalizado. La crisis de la filosofía analítica, de las pasiones
metaéticas, que dominaron el tercer cuarto del siglo, ha abierto el
gusto por
las éticas normativas. Y el utilitarismo, aunque renovado, aunque en
fuerte
debate interno, ha buscado un lugar y una expresión apropiados para los
nuevos
tiempos.
El
renacer del utilitarismo contemporáneo va ligado a la
obra de Smart, al comienzo de los sesenta
[115].
Su éxito, como diría Maquiavelo, se debió en partes
iguales a su virtú y a su fortuna. La primera,
porque Smart supo retomar
los argumentos clásicos del utilitarismos y tratarlos con el nuevo
aparato de
análisis, proporcionado por la metaética, la teoría de los juegos, de
la
elección racional, etc.; la segunda, porque apareció precisamente en
los
momentos en que la hegemonía de la pasión metaética, la crisis del
análisis del
lenguaje moral, en suma, el agotamiento del emotivismo, generaba nuevas
posibilidades a las éticas sustantivas, normativas, realmente prácticas.
Durante
medio siglo dominó la actitud definida en 1903
por G.E. Moore en su Principia Ethica: la tarea del
filósofos moral,
según él, es esencialmente la del análisis y presentación neutral de
los
términos de las teorías éticas, como "bueno", "deber",
"justo", etc. Este análisis de los términos es paso obligado para
proceder a la justificación de los juicios éticos. Sólo si sabemos qué
decimos
cuando hacemos un juicio moral y qué significa tomar una decisión en
asuntos
éticos, podemos legítimamente pronunciarnos sobre los juicios morales y
apoyarlos en razones pertinentes.
Aunque
Moore ofreció en el último capítulo de su libro
una ética normativa, este capítulo sería pronto olvidado. La metaética
se
situaría en posiciones mucho más radicales que las de Moore, de la mano
de A.J.
Ayer y C.L. Stevenson [116].
Ayer, con su talante militante neopositivista y antimetafísico será el
teórico
del emotivismo radical [117].
Su
tesis central es que las expresiones morales, como todas las
metafísicas, no
tienen significado, expresando simplemente las emociones del hablante.
Por su
parte, Stevenson propone un emotivismo moderado
[118],
más descriptivista, propone a la Ética una tarea
meramente clarificadora de los significados neutrales de los conceptos
y
juicios tal como son usados, distinguiendo lo que hay en ellos de
descripción,
emotividad, persuasión, etc.
Pero
la figura más importante de la ética analítica de
la postguerra es Richard Mervyn Hare. Su inspirado El
lenguaje de la moral [119],
y su profundo Libertad y razón
[120],
estuvieron en el centro de la reflexión ética de las
últimas décadas. Para Hare la tarea del filósofo moral está limitada al
conocimiento preciso de las reglas lógicas que presiden el uso de los
predicados éticos. El analista acaba su papel donde el moralista
comienza [121].
De este modo, la ética renuncia a toda normatividad:
su terreno es el lenguaje.
El
auge de la metaética [122]
implicaba,
lógicamente,
el debilitamiento de las éticas normativas. En especial, dado que el
análisis
ético arraigó de forma especial en el mundo anglosajón, el utilitarismo
sería
la ética normativa más afectada, por ser una ética también
tradicionalmente de
ese ámbito. Pero, como decimos, esta caída del utilitarismo no se debió
a su
postergación por otra ética negativa, sino al rechazo de todo
normativismo
implicado en las posiciones emotivistas y metaéticas de la analítica
del
lenguaje moral. El relativismo, el escepticismo y el liberalismo
implícito en
estas posiciones, preocupado por rechazar toda moral absoluta, única,
"totalitaria", se presentaba como una defensa de la conciencia moral
individual frente a toda coacción. El periodo de entreguerras, y el de
la
segunda postguerra, fue sensible a todo totalitarismo, incluso en el
terreno de
la moral.
Ahora
bien, parece como si el utilitarismo renaciera
periódicamente, las últimas décadas de cada siglo. Gozó de una fecunda
época
clásica con Bentham [123]
y
Mill [124] en
el tercer cuarto del XVIII, con formulación
naturalista. Tuvo una reactivación o refundación intuicionista con H.
Sidgwick [125]
y G.E. Moore [126],
en el tercer cuarto del siglo XIX. Esta refundación no
sólo aspiraba a evitar los graves problemas derivados de la "falacia
naturalista", sino a conciliar sus tesis con la preferencia por los
placeres superiores, relacionados con la estética y con la amistad, que
el
utilitarismo clásico había igualado a los demás.
Tras
la etapa emotivista, relativista y subjetivista, en
la que cada sistema ético valía como los demás siempre que cumpliera
las reglas
lógicas el lenguaje moral, en la que no tenía sentido pretender un
sistema
ético, sino que la moral se adecuaba al gusto de cada uno, el
utilitarismo
volverá a resurgir con la propuesta de Smart, gozando de una amplia
aceptación
a partir de los años setenta [127].
Smart, como hemos dicho, no volvió al utilitarismo clásico o al
intuicionista,
sino que aceptó los efectos de la analítica del lenguaje moral. Por
ejemplo, no
defenderá que el utilitarismo sea el único sistema legítimo de ética
normativa;
simplemente defiende que, entre todos los posibles de acuerdo con la
metaética
al uso, el utilitarismo le parece el más satisfactorio.
De
todas formas, Smart propone una vuelta al normativismo.
La tarea del filósofo ético, para él, no puede quedarse en el análisis
lógico;
debe responder directamente a las preguntas sobre el bien, sobre el
deber,
sobre lo justo. Esta vuelta al normativismo no favorecerá únicamente al
utilitarismo; pero en el ámbito anglosajón será la doctrina ética con
más
desarrollo en los años setenta.
El
"giro al normativismo" de los 70 es un
hecho. El propio Hare, en Moral Thinking, lo ha
reconocido y lamentado.
Le parece que el proceso tiene dos aspectos. Por un lado, una
recuperación de
los temas sustantivos y prácticos de la ética, olvidados o relegados
por el
análisis; del otro -y es lo que más lamenta- el silencio sobre las
viejas
cuestiones metaéticas respecto al significado de los términos morales,
sin
dedicarlas una sola palabra aunque sea para demostrar que no son
importantes [128].
Creemos que Hare acierta en el diagnóstico; y
compartimos su melancolía, pero no su sorpresa: la filosofía siempre se
empeña
en volver al principio, renunciando a cualquier pretensión de convertir
el suyo
en un conocimiento acumulativo, a aprender de los errores de la
historia. Es
justo llamar la atención respecto a que el emotivismo y la metaética
fueran
reacciones justificadas, que constituyeron un progreso, que activaron
la
reflexión ética; es justo advertir que olvidar esa experiencia nos
llevará a
repetir la historia, a reiniciar un discurso ingenuo. Pero, como
decimos, las
cosas no parecen tener este rumbo [129]
La
propuesta de Smart es inimaginable sin Moore, sin
Ayer, sin Stevenson, sin Urmsom [130]
y sin Hare. Su teoría de un utilitarismo no naturalista
y no cognitivista, sólo puede salir de un diálogo fecundo con esa
tradición
analítica. Smart admite el fracaso histórico y la imposibilidad lógica
de una
fundamentación naturalista, positivista, del utilitarismo; y admite,
igualmente, la inaceptabilidad de un fundamento intuicionista. Por
tanto, su
apuesta por el utilitarismo, por un "utilitarismo del acto no
cognitivista" no puede tener una fundamentación racional, sino
práctica:
es una toma de posición razonable, "una recomendación" que expresa la
adhesión al principio de la "benevolencia generalizada"
[131].
Un utilitarismo que presupone la autonomía de la
ética, su diferencia con la ciencia, de tal modo que no necesita ni una
fundamenta natural ni intuitiva; un utilitarismo, por tanto, liberado
de
residuos dogmáticos de implicaciones liberales o paternalistas, en
suma,
liberado de aquel supuesto "ilustrado" de la teoría clásica, según el
cual las prescripciones utilitarias, en la medida en que se trataba de
una
ética científica, bien fundada, debían obedecerse y podían instaurarse
al margen
de las decisiones o elecciones, de las preferencias personales, de los
individuos.
3.8.
El momento actual
“El
argumento más persuasivo empleado en favor del utilitarismo ha sido que
los
dictados de cualquier ética deontológica conducen siempre, o al menos
en ocasiones,
a formas miserables de existencia que podrían haber sido evitadas sobre
bases
utilitaristas.” (J.J.C. Smart, An Outline of
a System of Utilitarian Ethics)
Las
dos últimas décadas, en crisis definitiva el
emotivismo, el debate no se ha montado sobre el evolucionismo ético, o
el
relativismo, o el nihilismo, o las éticas existencialistas, o las
éticas
teológicas; el debate se ha centrado sobre el utilitarismo. A veces con
posiciones negativas, sin más objetito que negarlo; otras, con
posiciones
críticas razonables, señalando sus límites y aspirando a una ética
adecuada a
la actual vida de los hombres. La ola antiutilitarista ha sido -y sigue
siendo-
extensa e intensa; pero ello sin duda expresa que el utilitarismo sigue
siendo
la ética normativa con más peso teórico, frente a la cual la filosofía
ha de
ajustar cuentas.
Entre
las diversas propuestas antiutilitaristas merecen
destacarse, por el impacto que han producido en el pensamiento político
y moral
contemporáneo, las de J. Rawls [132],
R. Nozick [133],
R. Dworkin [134],
todas ellas muy conocidas en nuestro país, por estar
sus obras traducidas y sus ideas ampliamente difundidas. Pero hay otras
propuestas, como las de T. Nagel [135],
S. Hampsphire [136]
y N. Rescher [137],
entre otros autores, que a pesar de su hasta ahora
menor fortuna en su difusión [138]
merecen la mayor atención por su calidad teórica.
Considerándolas
en conjunto, podemos decir que en todas
ellas aparece una cierta tendencia "neo-intuicionista" o
"cripto-intuicionista". Rechazan el utilitarismo por
consecuencialista y por poner la felicidad, o la satisfacción del
deseo, o las
preferencias como criterio; y considera que hay otros requisitos que
una teoría
ética no puede dejar de cumplir, como garantizar la equidad, los
derechos
adquiridos, los derechos de las personas, las motivaciones
altruistas... Rawls
ha sido, tal vez, el mejor defensor de una ética de la equidad en los
últimos
años [139].
Aunque, en rigor, la
equidad era un tema preferido del utilitarismo clásico
[140],
como el altruismo o la benevolencia.
De
todas formas, la crítica más dura al utilitarismo es
la de Williams [141],
que
ha insistido en las limitaciones del utilitarismo ante la conciencia
humana. El
utilitarismo, según él, supone una concepción estrecha y podre del
hombre [142].
Esta ha sido la crítica más frecuente en los últimos
años: el utilitarismo vería al hombre como un sujeto sin identidad, sin
estructura de preferencias sólidas y continuas, sin proyecto, sin
creencias y
valores; es decir, un hombre que se mueve por reacciones instantáneas,
guiadas
por la promesa de placer, sin raíces, sin personalidad.
Pero
las críticas han tenido respuestas. Además de
Smart y de Hare [143],
otros autores han reformulado la doctrina, conscientes de que no basta
con
refugiarse en el criterio de la mayor felicidad para el mayor número.
Tal
fórmula parece actualmente insuficiente, dados los problemas de
cuantificación,
de fijación del contenido de la felicidad, etc., que plantea. Se ha
buscado en
los deseos racionales, las preferencias, los intereses, unos sustitutos
a la
"felicidad" más idóneos para la racionalización de la teoría.
En
los 70 destaca el trabajo de John Harsanyi, con un
"neo-utilitarismo" fuertemente inspirado en problemas, conceptos y
modelos de la ciencia económica, en especial de la teoría de la
decisión
racional y la teoría de juegos [144].
Los trabajos de Harsanyi ofrecen una versión desarrollada
y renovada del neo-intuicionismo [145].
Harsanyi relaciona la moralidad con las preferencias,
no con la felicidad. Pero sólo con ciertas preferencias. Para
determinar cuáles
son éstas, recurre a lo que llama "modelo de equiprobabilidad". Dicho
modelo, como reconoce el mismo Harsanyi, es una reformulación de la
tesis
clásica de Adam Smith, por la cual el juicio moral requiere el punto de
vista
de un "espectador imparcial y simpatético". Esta tesis, en sustancia,
también la recoge Rawls con su teoría de la "posición originaria" y
el "velo de la ignorancia". Por tanto, lo esencial respecto al
criterio clásico, es que no todas las preferencias han de ser tenidas
en cuenta
para la maximización.
Otra
revisión del utilitarismo es la de Hare, en este
caso en línea no cognitivista [146].
Su esfuerzo es poner el utilitarismo como conclusión
de su análisis del funcionamiento lógico de los conceptos éticos. Para
ello ha
tenido que evolucionar mucho su posición desde Libertad y Razón (1963),
donde
no veía posibilidad para decidir entre diversas teorías éticas
formalmente
legítimas. Ahora considera que el utilitarismo es la teoría normativa
que
constituye la aplicación consecuente de la prescriptividad y la
universalidad,
que son los requisitos lógicos esenciales del uso moral del lenguaje.
Por
tanto, defiende que su teoría sobre el significado de los términos
morales
puede ser el fundamento de una teoría del razonamiento moral normativo:
y esa
teoría normativa es el utilitarismo.
Hare
señala analogías estructurales entre la ética
kantiana y el utilitarismo; su propuesta, pues, es acortar distancias
entre
utilitarismo e intuicionismo. Hare acepta un nivel de pensamiento
intuitivo en
moral, que coincide con las decisiones y evaluaciones usuales en ética;
pero
hay también otro nivel de pensamiento crítico, que es donde entra en
juego la
teoría utilitaria. Este es el nivel ideal: una especie de lenguaje
perfecto,
que entra en juego cuando las intuiciones fallan, cuando los principios
tradicionales entran en crisis y se necesita una justificación
maximizadora.
Como
Harsanyi, considera que el criterio utilitarista
tiene que ver con las preferencias, no con la felicidad. Pero,
obviamente, no
todas las preferencias. Hare rechaza que se hayan de tener en cuenta
las
preferencias actuales de cualquier individuo, Desarrolla una teoría de
la
selección de las preferencias relevantes en base a su criterio de
universalidad. Se trataría de considerar imparcialmente las
preferencias
nuestras y de los demás: sin exigencias de egoísmo ni de altruismo.
Hare
distingue fuertemente entre prudencia y moralidad: la prudencia
comporta el
interés de cada uno en la satisfacción futura de las propias
preferencias; la
moralidad significa adquirir un interés efectivo por la satisfacción de
las
preferencias de las otras personas reales
[147].
La universalidad implica considerar imparcialmente las
preferencias nuestras y de los otros.
Por
último, otra propuesta neo-utilitarista, cercana a
las dos anteriores, es la de Richard B. Brandt, expuesta en su The
Theory of
Good and Right [148].
Tal
vez sea la versión más actualizada del utilitarismo. Su preocupación es
la
misma que en los dos casos anteriores: cómo individualizar las
preferencias
relevantes. Para ello define el utilitarismo como la propuesta de
maximizar la
satisfacción de los deseos racionales. Para seleccionar los "deseos
racionales" hay que pasar por una psicoterapia cognitiva
[149].
Si el utilitarismo clásico partía del placer y el
dolor inmediato, Brand llega a los "deseos racionales" tras una
terapia en la que la información y la crítica permiten la selección.
Con ello
Brandt consigue una propuesta con menos puntos débiles para la crítica
de los
intuicionistas y contractualistas, en especial frente a la acusación de
cuidar
poco la idea de persona. Los "deseos racionales" de Brandt implican
una concepción sólida de la persona como ser complejo, estructurado,
con
identidad, con valores, con intereses a largo plazo
[150]
Como
se ve, la línea de los utilitarismo nuevos, que no
son los únicos [151],
tiene una constante: no tomar en cuenta todas las preferencias, sino
las
seleccionadas, aportando criterios razonables de selección. Sea la
"benevolencia generalizada" de Smart, el "modelo de
equiprobabilidad" de Harsanyi, la "universalidad" de Hare, los
"deseos racionales" de Brandt..., el objetivo es el mismo: aplicar,
previo al cálculo, una selección de las preferencias pertinentes. Tal
vez sea
oportuno pensar que hoy la ética se mueve hacia una época en que,
superadas las
teorías unilaterales contrapuestas, se esfuerza en construir
concepciones
pluralistas e integradas que, sin eludir la crítica como método, se
atenga más
a resolver los problemas morales que a dilucidar las carencias de las
teorías
rivales. Y, el utilitarismo, parece haber renunciado a su fidelidad
absoluta al
Principio de Utilidad para integrar nuevos contenidos que la vida
práctica
reclama.
4.
Éticas analíticas
4.1.
De Bradley a Moore
“No
creo
que el mundo o las ciencias hayan suscitado en mí problemas
filosóficos. Han
sido cosas que los filósofos han dicho sobre el mundo o sobre las
ciencias lo
que me ha creado problemas filosóficos.” (G. Moore, An
Autobiography).
Los
Principia Ethica [152]
de G.E. Moore, publicada en 1903, suele considerarse
la obra señera de esta nueva actitud analítica. Su tesis de que "no es
tarea del filósofo la de aconsejar o exhortar a la moral", define la
actitud, convirtiéndose en el principio regulativo de esa corriente que
se
autocontempla como "moralmente neutral" [153],
que hace bandera de no suscribir código moral alguno y
que establece como tarea de la Ética el estudio de los juicios y normas
morales
y su distinción de los no normativos.
Moore,
pues, es considerado el punto de partida [154].
Como dice Ph. Foot, "Cabría decir que los
problemas que nos inquietan hoy son precisamente los que preocupaban a
Hume.
Sin embargo, de manera más directa, ha sido el profesor G.E. Moore
quien
dispuso el tinglado en nuestro favor, no obstante que el nombre de Hume
no
aparece siquiera en el índice de sus Principia Ethica"
[155].
Moore ha pasado a simbolizar la actitud neutralista y,
al mismo tiempo, a expresar en la Ética la nueva preferencia por el
análisis
del lenguaje, que arraigaría en los medios de las universidades
inglesas de
Oxford y Cambridge, promocionada por filósofos como Wittgenstein y
Austin [156],
así como por el Círculo de Viena [157]
Es,
pues, casi un tópico comenzar a hablar de la obra
de George Edward Moore atribuyéndole el papel de protagonista en una
revolución
en el terreno de la filosofía, y en particular en el de la ética. A dar
cuerpo
a este tópico han contribuido, amén de cierta historiografía
interesada, un
conglomerado de factores, en realidad bastante ajenos a la obra y a las
opiniones del propio Moore. Entre ellos cabría citar una excesiva
asociación de
su figura a la epistemología y a la filosofía del lenguaje de su
coetáneo y
amigo Bertrand Russell, o el no menos importante hecho de que el
"Círculo
de Viena" lo incluyese -especialmente Schlick- en su santoral de
precursores antimetafísicos.
Como
todos los tópicos, tiene algo de cierto; y, también
como todos, silencia y oculta buena parte de la verdad [158].
Lo cierto es que, fundamentalmente, el tópico ha
propiciado una interpretación de Moore desde el lado de acá, desde el
"desenlace". Tal cosa no sólo oscurece el verdadero lugar e Moore en
la historia de la Ética, sino que dificulta la comprensión de su
filosofía y,
por tanto, obstaculiza su fecundidad. Creemos que a Moore hay que verlo
desde
su presente, e incluso desde su pasado; hay que verlo desde el
idealismo en que
dio sus primeros pasos filosóficos. O, como mínimo, hay que verlo desde
Bradley.
Partiremos,
pues, de Bradley. Y lo haremos no sólo por
conocer mejor el sentido de la filosofía de Moore, cosa que es en sí
misma
importante, dado su papel en la filosofía ética contemporánea, sino
también por
aprovechar la ocasión y acercarnos a Bradley. Porque, salvando las
distancias,
Bradley ha jugado en la Ética contemporánea un papel formalmente
semejante al
de Wittgenstein: su filosofía, más que sus ideas sobre la Ética, ha
ejercido
una poderosa influencia.
Desde
luego, Moore es impensable sin el análisis de
Bradley y, en general, sin situarlo en el panorama filosófico inglés de
finales
de siglo, fuertemente teñido de un renacimiento idealista y
neohegeliano que
vivía en Gran Bretaña de prestado, cuando hacía ya bastante tiempo que
en su
patria de origen, Alemania, estaba ya en desuso. Las primeras obras de
Moore se
sitúan justo siguiendo esta corriente. Así ocurre en su primera
publicación
"In What Sense, if Any, Do Past and Future Time Exist?" [159],
donde estaba completamente de acuerdo con las tesis de
F.H. Bradley, la figura más destacada junto con T.H. Green y Bosanquet
del
idealismo británico. Otro tanto cabe decir del artículo publicado un
año
después bajo el emblemático título de Freedom [160]
donde también en línea idealista Moore expone su
acuerdo con matizaciones, no ya con Bradley, sino con Kant. Sin
embargo,
generalmente, suele comenzarse las referencias a la obra de Moore -en
parte
siguiendo el tópico antes mencionado- por "The Nature of Judgment" [161],
donde nuestro autor exponía una suerte de
"realismo absoluto" incompatible con Kant y sus conclusiones
críticas.
Se
agudiza así, desde el mismo inicio, lo que será el
posterior enfrentamiento de Moore con el idealismo, situando el origen
de su
pensamiento en la reacción contra esta tendencia [162].
Se suele olvidar también que, justo al final de este
artículo, Moore intentaba, a pesar de sus conclusiones, compatibilizar
éstas
con el método kantiano de exposición. Con frecuencia, incluso, se parte
del
Moore de Principia Ethica y de The
Refutation of Idealism [163],
poniendo en ellas el origen de la revolución mooreana
en filosofía moral.
Ocurre
que con esta interpretación forzada, e
históricamente no rigurosa, se pretende hacer de Moore un
"revolucionario" en filosofía; y si de hecho lo es, si Moore y su
obra resultan "revolucionarios" -lo que ya algunos de sus
contemporáneos pusieron entre paréntesis [164],-
se debe a su raíz idealista. Una revolución
conceptual en filosofía implica una ruptura con los principios
tradicionalmente
aceptados; y, en Inglaterra, éstos son los propios del empirismo. El
idealismo
absoluto era más bien algo "exótico", por lo que la crítica de Moore
al idealismo no puede considerarse "sensu estricto" revolucionaria,
sobre todo si consideramos que para realizarla utiliza argumentos
extraídos de
Berkeley o Hume. Lo curioso es que sí podría serlo en tanto que Moore
rechazara
igualmente lo que él solía denominar "empirismo psicologizante", cosa
que hace en base a razones extraídas del idealismo y de la crítica
Kantiana al
empirismo.
En
términos generales, la argumentación que intentaremos
desarrollar en las páginas que siguen será tendente a mostrar la
reflexión
filosófico-moral de Moore, más como una crítica -en el sentido
kantiano- que
como un cambio sustancial por aporte de elementos teóricos genuinamente
novedosos. Igualmente intentaremos mostrar el fondo sobre el que se
realiza
esta crítica, en qué consiste y cuáles son los límites que dibuja [165]
Al
inicio de estas páginas hacíamos mención de los
vínculos que en el comienzo de su actividad académica unieron a Moore
con el
idealismo y el neohegelianismo que inundó las universidades inglesas a
finales del
siglo pasado. A este respecto podría decirse que quienes conocieron a
Russell y
Moore en sus primeros años de Cambridge (éste último iba
algunos cursos por
delante) no habrían dudado en calificarlos como hegelianos desaforados
y
secuaces fogosos de Bradley. En su Autobiografía
confiesa Moore que, de
entre sus maestros de entonces, ninguno influyó tanto en él como
McTaggart, y
bajo esa influencia dedicaría a Bradley su primer trabajo, "En qué
sentido, si alguno, existen el pasado en el futuro", donde podían
leerse
cosas como ésta: "El tiempo, tanto en su continuidad como en su
discreción, ha de ser totalmente rechazado si hemos de formarnos una
adecuada
idea de lo real ... Pasado, presente y futuro no existen, si por
existencia
queremos dar a entender la asignación a los mismo de plena realidad y
no la
existencia como mera apariencia" [166]
Por
aquel entonces Moore no se contentaba con afirmar la
inexistencia del tiempo, los dogmas de las relaciones internas y los
universales concretos o el principio que identifica la realidad con la
ausencia
de contradicción. Entonces el que llegaría a ser denominado el filósofo
"del sentido común", no tenía ningún empacho en afirmar que cuando
conclusiones tales como las que acabamos de ver contradecían a éste,
era obvio
que el sentido común se hallaba simplemente equivocado.
Si
pensamos en las obras posteriores de Moore y en la
valoración, más o menos generalizada que se hace de ella, es muy
probable que
nos planteemos qué es lo que podía encontrar tan atractivo en el
sistema de
corte idealista aquel joven Moore de apenas veinte años. La respuesta a
esta
pregunta no es simple, pero en ella cabe citar dos factores decisivos:
(1) La
crítica de Bradley al psicologismo empirista y utilitarista, y,
derivándose de
ésta, (2) la distinción entre la forma gramatical y la forma
lógica de los
juicios. A Bradley no sólo no le eran desconocidas las posiciones
empiristas,
sino que sentía por ellas más que aversión, un desprecio absoluto [167].
Cuando
Moore plantea en su obra la indefinibilidad de
ciertos objetos del pensamiento, y en particular del concepto de bien,
tendrá
en su horizonte argumentativo la exposición y algunas de las
características
del Absoluto bradleiano. Para Bradley, el conocimiento es conocimiento
de lo
Absoluto, y la significación de este Absoluto sólo puede ser universal.
No
puede haber verdadero conocimiento de ideas particulares, de ideas
concebidas a
la manera de los empiristas: "Para el filósofo empirista, (el
pensar en
un caballo) es prácticamente equivalente a tener en la mente una imagen
de un
caballo. Pero según Bradley, una concepción semejante pasa por alto el
punto
principal de la cuestión. Porque, aun cuando sea verdad que siempre,
por
ejemplo, que pensamos en un caballo, tenemos la imagen mental de un
caballo,
pensar no puede ser exactamente tener esa imagen. Es, más bien, usar
esa imagen
para referirla otros objetos. Podemos describir cualquier imagen
mental. Al
hacerlo, describimos lo que ella es. Pero además, hay también lo que
ella
significa: y lo que significa es siempre algo distinto de lo que es.
Dicho en
términos generales, la idea que estudia la psicología no es la misma
que la que
estudia la filosofía o la lógica" [168]
Para
Bradley lo universal, las ideas "sensu
estricto" no tienen nada que ver con las ideas tal y como las conciben
los
empiristas, esto es, como hechos psíquicos: tienen que ver con las
ideas como
significados y en este sentido no tienen fecha ni historia, son
contenidos
ideales y por consiguiente abstracciones. El conocimiento no puede,
tampoco,
generase de lo particular a lo general, ni siquiera de lo particular a
lo
particular, como diría Mill. Para Bradley la influencia sólo es posible
basándose en los universales y presupone juicios y contenidos ideales,
que a su
vez presuponen generalidad y universalidad.
Como
consecuencia de todo esto se sigue que el punto de
partida de toda filosofía no puede ser la idea o concepto, sino el
juicio o
proposición. En todo juicio la distinción real entre sujeto y predicado
no se
encuentra, según Bradley, en la relación de un contenido ideal a otro,
sino en
la relación de un contenido real complejo con la realidad a la cual se
refiere.
Hay de hecho una distinción entre la forma gramatical y la forma lógica
en todo
juicio: "En el juicio, por consiguiente -argumentaba Bradley- un
contenido
ideal es referido a una realidad existente más allá del acto del
juicio. El
sujeto real de un juicio es, por tanto, con mucha frecuencia, distinto
del
sujeto gramatical de la frase, como puede verse en el siguiente
ejemplo: `Un
círculo de cuatro ángulos es una imposibilidad', donde el sujeto real
no es un
círculo de cuatro ángulos, puesto que no puede darse tal realidad, sino
la
naturaleza del espacio" [169]
Lo
Absoluto, vale decir la singularidad absoluta e indiferenciada,
está más allá de los límites del pensamiento y forma un todo. Las ideas
psicológicas no pueden captar ese todo, entre otras razones por su
diferencia
natural, por su particularidad, por su puntualidad. Son un mero
acontecimiento
en nuestro cerebro. También en consecuencia las ideas lógicas
construidas sobre
la base de las anteriores tampoco pueden proporcionarnos la verdadera
realidad
singular. El juicio, el juicio lógico también, disecciona y separa
artificialmente la realidad traicionándola. Sólo podemos acceder a ella
en la
inmediatez de la experiencia y el Absoluto es experiencia, es la
situación
originaria de la realidad única, infinita e indivisible; absolutamente
real. La
conclusión está clara como nos recuerda Wollheim: "los
sujetos y sus
propiedades, los términos y sus relaciones, e incluso el pensamiento y
la
realidad se funden, queda restaurada la antigua inmediatez del
sentimiento,
aunque a un nivel más alto. Esta obscura condición, conocida por
Bradley como
el Absoluto, es a todas luces la muerte del pensamiento, aunque
también, nos
asegura Bradley, su consumación; y, por consiguiente, no puede ser
descrita con
precisión ni de un modo comprensible para el pensamiento tal como lo
conocemos" [170]
En
la experiencia de la inmediatez de lo Absoluto de
Bradley está inscrito el "negativo" del intuicionismo de Moore. No
es, sin embargo, el único elemento constituyente de su imagen
definitiva, pero
sí va a proporcionarle un fondo de referencias con el que intervenir en
la
cuestión más debatida de la filosofía moral británica de principio de
siglo
entre naturalistas éticos y no naturalistas. El "naturalismo"
presupone, como es sabido, que los términos morales como "bueno" o
"justo" son definibles en términos de propiedades naturales
(o relaciones
"reales" de propiedades). Cuando Moore se propone refutar esta
posición, representada, según él, por los empiristas o los
utilitaristas en los
Principia Ethica, tiene presente tanto la
crítica al psicologismo como
los postulados de la teoría del significado de Bradley. Lo mismo, pero
dicho de
otra manera: los naturalistas éticos creían que los términos morales
significan, esto es, se refieren a ciertas propiedades naturales de las
acciones o de las situaciones (que constituyen el referente)
y que tales
propiedades pueden ser observadas por algunos sentidos -o algún sentido
específico. En cambio los no-naturalistas (y, en cierto
sentido, aquí estarían
tanto Bradley como Moore) pensaban que los términos morales
significaban, esto
es, se referían a propiedades no naturales que sólo pueden ser
aprendidas por
la intuición moral. La diferencia entre Bradley y Moore, al respecto,
se
manifiesta en que, según este último, le es aplicable al primero una de
las
variantes del argumento con el que Moore rechaza el naturalismo ético,
la "falacia
naturalista".
4.2.
Génesis de los Principia Ethica
Uno
no se debe ser un mero fragmento sino un miembro de
un todo; y uno debe conocerse y quererse a sí mismo en cuanto
tal.” (A MacIntyre,
Historia de la Ética).
Para
intentar exponer no sólo como se manifiesta esta
diferencia, sino también como se genera -recordemos que el punto de
partida de
Moore eran Bradley y McTaggart- y en qué consiste, tal vez sea más que
conveniente referirse a la evolución de la obra de Moore.
En
su segunda obra publicada, Freedom, ya se
había roto el acuerdo con Bradley y ahora era Kant quien lo inspiraba.
Había,
sin embargo, más que matices: el Moore de 1898 seguía a Kant en el
método de la
exposición trascendental y en la doctrina de las verdades sintéticas
necesarias, pero, de acuerdo con sus presupuestos anteriores,
consideraba que
Kant sostenía prejuicios psicologizantes. Por ejemplo, Moore considera
equivocada la concepción kantiana de la libertad en términos de
voluntad, que
es un concepto psicológico. Esta debía ser explicada, según él, en
términos de
la idea de libertad trascendental básicamente porque en ella no caben
las
relaciones temporales.
Aquí
la ruptura con Bradley aún no se había producido,
pues sigue al idealismo. Tampoco se produciría en la nueva posición
filosófica
que adopta Moore en The Nature of Judgement (1899),
pero sí aumenta la
inercia a la separación frente al idealismo al radicalizarse su interés
precisamente por uno de los aspectos ya referidos de éste: la crítica
al
psicologismo. En efecto, en esta obra, y siguiendo a Bradley en su
análisis del
juicio, al que nos hemos referido, Moore afirma que todo lo que podemos
pensar
o percibir con la sensibilidad son universales cualitativos o conceptos
adjetivos. Con ellos se generan las proposiciones, los objetos
materiales, las
ideas, en fin, todo. Los universales existen y constituyen la
experiencia, la
única experiencia a través del tiempo, razón por la que estos
universales son
denominados "universales y proposiciones empíricas"
Aquí
no sólo no hay acuerdo con Kant -aunque él sí lo
creía- sino que Moore sostiene algo que podría calificarse de "realismo
absoluto", con lo que habría roto definitivamente con el monismo
absoluto
de Bradley, pero no con su crítica del juicio ni con la ética que él
deriva de
su metafísica. Para que la ruptura sea definitiva habrá que esperar a
la Refutation
of Idealism, publicado el mismo año que los Principia
Ethica con una
escasa pero significativa anterioridad a éstos. Tanto el método, como
el
sistema conceptual de Moore, aparecen ya casi completamente formado en
estas
dos obras y con un carácter propio. Sin embargo, aparentemente, sus
presupuestos epistemológicos no parecen representar un salto
cualitativo (p.ej.
cuando sostiene que enunciados del tipo de "pienso X" describen tanto
actos mentales como objetos relacionados con ellos, pero distintos de
ellos)
con respecto a su obra anterior; pero eso es sólo aparentemente. John
O.
Nelson, en su breve pero excelente estudio sobre Moore, describe muy
acertadamente esta situación: "La filosofía genuina de Moore se parece,
por tanto, al realismo absoluto de The Nature of Judgment.
Sin embargo,
existe una diferencia metafísica fundamental entre las dos posturas. La
diferencia estriba en el hecho de que el realismo absoluto de Moore en
1899 es
reduccionista, opinando que todo puede resolverse en universales
cualitativos,
mientras que el realismo que anunció en 1903 y después es, al menos en
su
intención, no reduccionista. De este modo, dentro del ámbito de las
cosas que
son, Moore incluía ahora tanto los particulares, por ejemplo, las cosas
materiales, como los universales, y, a pesar de que no tenía muy claro
qué
fuera un particular o un universal, él no quería sostener ni que los
universales pudiesen resolverse en particulares, ni que los
particulares
pudieran resolverse en universales. Su nuevo punto de vista era que
cada clase
de cosa es lo que es y nada más (o, con palabras de obispo
Butler, citado en
la portada de los Principia Ethica, "Toda cosa es
lo que es y no
otra cosa").
La
diferencia más significativa y acusada entre el
filosofar anterior a 1903 y el filosofar genuino de Moore no estriba,
sin
embargo, en la doctrina, ni siquiera en la mecánica del método
(a pesar de que
las diferencias en este aspecto sean marcadas), sino que estriba en la
actitud
y en el estilo de su filosofar" [171]
Esta
actitud y estilo de filosofar va a encontrarse, paradójicamente,
muy próxima a la del imperialismo: Moore parece especialmente empeñado
en
llegar a unas conclusiones que sean fruto de un análisis detallado tras
el cual
debe encontrarse lo que es el caso y lo que no lo es, por oposición a
lo que
simplemente se piensa o no que sea el caso. Lo que le preocupa
básicamente es plantear
problemas, no crear soluciones: si las hay, están incluidas en el
correcto
planteamiento del problema y se pueden alcanzar mediante análisis del
mismo.
Pero tal vez será mejor que dejemos hablar al propio Moore, pues sus
palabras muestran
a las claras en que consiste esa actitud de la que ahora hablamos: "No
creo que el mundo o las ciencias hayan suscitado en mí problemas
filosóficos.
Han sido cosas que los filósofos han dicho sobre el mundo o sobre las
ciencias
lo que me ha creado problemas filosóficos. He estado (y
continuo estando)
profundamente interesado en muchos de los problemas suscitados en este
sentido,
siendo los problemas en cuestión de dos clases sobre todo, a saber, en
primer
lugar, el de aclarar qué demonios `quería decir' cualquier filósofo al
decir lo
que dijo, y, en segundo lugar, el problema de descubrir si lo que quiso
decir
era verdadero o falso. Creo haber intentado durante todo mi vida
resolver
problemas de este tipo y ciertamente (pienso) no haber tenido
apenas éxito en
resolverlos como hubiera deseado" [172]
De
todas formas, la idea que tenía Moore acerca de lo
que estaba haciendo tiene su origen en dos presupuestos
epistemológicos. Por un
lado, el que afirma que las sentencias del tipo "Pienso X" y
"Percibo X" designan actos de conciencia y objetos relacionados con
estos actos. Por el otro, el principio de que todo objeto de conciencia
o bien
es simple, en cuyo caso no puede ser analizado, o bien compuesto, en
cuyo caso
siempre posee una conciencia definible en términos de la cual es la
cosa que es
y no otra clase de cosa. Es a partir de estos dos presupuestos que
puede
afirmarse que el universo consta de una mayor porción de objetos de
conciencia
de la que muchos están dispuestos a considerar que forma parte de la
constitución objetiva del universo. Estas entidades, por otra parte,
por muy
complejas que sean, son definibles en términos simples. Si esto es así
y el
conocimiento de lo que hay es algo tan abierto a la conciencia ¿cómo es
posible
el desacuerdo y la confusión entre los diversos filósofos? Para Moore
está
claro: el error, la confusión, sólo es explicable en base a la falta de
atención a los objetos de su propia conciencia por parte de los
filósofos o a
la falta de claridad y precisión en sus aserciones y preguntas. Esto es
precisamente lo que le ocurre a Bradley y a los idealistas cuando no
son
capaces de distinguir entre los hechos de conciencia, los objetos
relacionados
con ellos y esas relaciones mismas; también cuando mantienen posturas
anti-psicologizantes
contra el sentido común, por ejemplo, cuando desprecian la "realidad
ordinaria" postulando un Absoluto en el que todo está relacionado con
todo
y, si eso es así, -dice Moore- nada está relacionado con nada [173]
Para
evitar todas estas desagradables y, a su entender,
estériles discusiones, Moore desarrolla un método que neutralice las
causas de
error y confusión que antes había diagnosticado. Este procedimiento
podría
resumirse, como lo hace J.O. Helson, del modo siguiente: "En primer
lugar,
Moore deseaba determinar qué tipos de entidades o propiedades caen
dentro del
área de su investigación particular, por ejemplo, la ética, la teoría
de la
percepción; clasificar estas entidades (donde se juzgara
necesario) como
simples o como compuestas, y analizar la esencia de las compuestas. En
segundo
lugar, y siempre como un proyecto subordinado al primero, deseaba o
bien
dirigir la atención del lector hacia los objetos de conciencia que
pertenecen a
la investigación que se está llevando a cabo, o bien poner al desnudo
las ambigüedades
o las faltas de claridad de los términos habitualmente usados por los
filósofos
en conexión con la investigación del caso, y suministrar definiciones
"precisivas" de los términos que tenía intención de usar" [174]
Este
será el método que se aplique a los Principia
Ethica, y que en parte anticipa el argumento central de este
texto,
"la falacia naturalista". No ha de olvidarse, empero, que este método
ha surgido en la crítica del idealismo, para salvarlo de confusiones
más que
para refutarlo, desde la consideración de los problemas que plantea más
que de
la negación de legitimidad de su planteamiento posible. Veamos ahora su
aplicación.
En
los Principia Ethica, Moore afirma que su más
importante descubrimiento en materia de moral es que "ese objeto o
idea", que la palabra "bueno" generalmente denota, es
indefinible, y esto como resultado del intento de aclarar el
significado del
término y después de las razones pertinentes para demostrar la verdad o
falsedad de éste. Nosotros ya podemos suponer que esta indefinición del
bien,
según Moore, tiene que ver con el planteamiento de Bradley. En efecto,
también
para Bradley plantearse la definición del bien carece de sentido por
las mismas
razones que carece de sentido definir lo Absoluto, esto es, porque toda
definición
es una determinación, toda determinación una negación y la negación de
lo
Absoluto carece de sentido. Uno puede integrarse en lo Absoluto, puede
tener
una intuición de él, no una definición. Añádase a esto que Bradley
llegará
incluso a afirmar que una pregunta como "¿por qué debo ser moral?" [175] es
incorrecta por el
simple hecho de que sugiere la existencia de una meta más allá de la
moralidad,
en relación con la cual el ejercicio de la virtud no es más que un
medio.
Cuando
nos planteamos cuestiones como ésta, cuando nos
preguntamos en qué consiste el bien, nos damos cuenta de forma
inmediata de que
la moralidad tiene un fin que no va más allá de ella misma, sino que
consiste
precisamente en ser ella en su más alta realización: la comprensión del
propio
yo como un todo. Esto es la identificación con lo Absoluto. Para Moore
la
pregunta por la moralidad ha de ser también una pregunta por lo que sea
el bien
en sí mismo, y si realmente la Ética es posible, ha de constituir un
"objeto". Para Bradley como para Moore la moralidad no puede tener
como referencia propiedades naturales de las acciones o situaciones
particulares, o de los fines particulares o colectivos que las orientan
y
generan. Para él, el individuo descubre sus metas y deseos desde dentro
de un
conjunto de relaciones que lo vinculan con los otros y que están
gobernadas por
leyes. Sus metas están determinadas en parte, tiene que decidirse y
evaluar sus
deseos pero la naturaleza de metas y deseos no es presocial: es social
porque
lo social lo es todo -a la manera de Hegel-. Alasdair MacIntyre
sintetiza, así,
la posición de Bradley a que nos referimos: "Comprendo mi propio y en
cualquier elección entre alternativas: primero, en la medida que tengo
conciencia de mí mismo con independencia de las dos alternativas y
frente a
ellas, y, segundo, al elegir conscientemente una alternativa e
identificarme
con ella con lo que llevo toda la mismidad a la existencia en forma
concreta.
Bradley da a esto la denominación de "universal concreto". Es el
juicio de alcance universal que se vuelve concreto en la actividad
comprendida
del individuo concreto. El propio yo se desarrolla hasta el punto en
que se
comprende totalmente a sí mismo al considerarse como una parte en un
todo
infinito y al trascender así sus propios límites finitos. Al ser
limitado y no
ser una totalidad, la dificultad reside en cómo extenderse de modo que
se
llegue a ser un todo. La solución está en ser miembro de un todo. Aquí
el yo
personal, la propia finitud, deja de existir como tal y se convierte en
la
función de un organismo. No se debe ser un mero fragmento sino un
miembro de un
todo; y uno debe conocerse y quererse a sí mismo en cuanto tal" [176]
La
razón por la que Moore rechazará las implicaciones
éticas de la metafísica de Bradley vuelve a tener que ver con la falta
de
precisión y claridad en su exposición, más que con los presupuestos que
el
idealista inglés expone. La autorrealización que Bradley propone como
esencia
de la moral en cuanto que identificación con lo Absoluto, es rechazada
no por
esa identificación, sino porque su formulación la contradice. Esto es,
se
define el bien por algo tan exterior a él como puedan serlo las
propiedades
naturales. En este sentido Bradley comete una variante de la misma
falacia que
descalifica a los empiristas. Los idealistas no son los únicos que
influyen en
la gestación de los planteamientos de Moore, ni los únicos en no estar
en su
lista de agradecimientos.
4.3.
"La falacia naturalista,
una "open question"
“cualquiera
que sea la definición escogida puede preguntarse con sentido del
complejo
definido si es a su vez bueno.” (G. Moore, Principia
Ethica).
Moore
no sólo dialogó con Bradley y el idealismo. Hay
otra corriente de pensamiento que intenta integrar en moral las
posiciones
empírico-utilitaristas con las intuicionistas, como hace el mismo Moore
-por
más que se le petrifique con el calificativo de intuicionista- y que,
como
veremos, es un referente importante y, al menos en parte, no
suficientemente
reconocido. Dos nombres sobresaldrían en esta corriente: Sidgwick y R.
Price.
Su aportación consistirá precisamente en sostener la indefinibilidad
del bien
en base a un elemento central de la exposición mooreana como es "la
falacia naturalista".
En
el prólogo de los Principia Ethica, Moore nos
dice lo siguiente: "He intentado distinguir con claridad entre dos
tipos
de preguntas a que han pretendido siempre responder los filósofos
morales (...)
por más que casi invariablemente las hayan confundido entre sí y con
otras
cuestiones." Esas dos preguntas son: "¿Qué cosas merecen existir por
sí mismas?" y "¿Qué acciones merecen ser realizadas por
nosotros?". Sólo sabiendo la respuesta a estas dos preguntas estaremos
en
condiciones de saber sobre qué género de justificación, si la hay,
descansan
nuestros juicios morales, y de averiguar qué clase de proposiciones
éticas son
susceptibles de prueba o no. Las líneas generales de la respuesta de
Moore son
las siguientes: (1) Aquello de lo que podemos afirmar que merece por sí
mismo
la existencia, es lo que llamamos intrínsecamente bueno. Pero su
definición no
es posible porque se trataba de una característica simple e
inanalizable.
Podemos reconocer lo "bueno", pero no definirlo. (2) Cuando
nos
planteamos, en cambio, qué acciones merecen ser realizadas por
nosotros, la
respuesta es susceptible de comprobación empírica. Ya que, según Moore,
debemos
realizar siempre la acción que comporte mayor bien, la verificación de
que ésto
es así será la constatación de que, en efecto, se ha dado un nexo
causal entre
aquella acción y tales o cuales resultados.
En
ambas cuestiones se trata de saber qué es lo
intrínsecamente bueno. En el primer caso es obvio, pero en el segundo
lo evidente
es la necesidad de que sepamos distinguir que consecuencias son
intrínsecamente
buenas antes de realizar una demostración de que una acción tiene en
efecto
tales y cuales consecuencias. Si lo que queremos es definir, a pesar de
lo
dicho antes, el término "bueno" (esto es, responder a la
pregunta
"¿Qué es bueno?") caeremos en una falacia, básicamente porque no
podemos responder a la pregunta que implica a la definición.
Moore
distinguía tres tipos de definiciones [177].
Las dos primeras eran la estipulativa y la léxica
respectivamente. Por una parte, cualquiera podría lógica y
empíricamente
atribuir a "bueno" un significado por su cuenta, y, por la otra, si
mirara en un diccionario vería que hay reglas comúnmente aceptadas para
el
significado de esa palabra por su uso. La definición estipulativa
propiamente
respondería a una pregunta que no es la general "¿Qué es bueno"?,
sino más bien a preguntas del tipo "¿Qué es un buen reloj",
"¿Qué es un buen coche?", preguntas que requieren una respuesta
particular en cada caso, y no por el "bien" en todos los casos.
El
segundo tipo de definición tampoco nos responde, ya
que decirnos en qué forma es usado algo, no nos dice nada acerca de lo
que ese
algo es. La pregunta requeriría en este caso una respuesta general
consistente
en afirmar que un cierto tipo de cosas es bueno, por ejemplo "el placer
es
bueno" o "lo bueno es la autorrealización". El tercer tipo de
definición vendría a describir "la naturaleza real del objeto o noción
denotado por una palabra, y... no se limitan a decirnos para que se usa
la
palabra" [178].
Se trata, pues, de una definición propiamente dicha.
Moore solía ejemplificarlo así: "Puede darse una definición de caballo,
porque un caballo tiene muchas propiedades y cualidades diferentes que
pueden
ser enumeradas. Pero cuando se han enumerado todas, cuando se ha
reducido un
caballo a sus términos más simples, estos términos no pueden ya
definirse. Son
simplemente algo que se puede pensar o percibir, y a quien no pueda
pensarlos o
percibirlos no es posible hacerle conocer su naturaleza por medio de
ninguna
definición" [179]
Si
podemos describir a las demás cosas que éstos nunca
han pensado o percibido sólo podremos hacerlo en base a la composición
de cosas
que sí conozcan y que se componen entre sí de manera igualmente
conocida.
Ejemplificando lo dicho para el caso de "bueno", Moore añade lo
siguiente: "Por tanto, "bueno", si por ello queremos decir
aquella cualidad que afirmamos que pertenece a una cosa cuando decimos
que ésta
es buena, es incapaz de definición en el sentido más importante de este
término. El sentido más importante de definición es el sentido en el
que una
definición anuncia cuáles son las partes que invariablemente componen
un cierto
todo; y en este sentido, "bueno" carece de definición porque es
simple y carece de partes. Es uno de esos innumerables objetos del
pensamiento
que son incapaces de definición, porque son los términos últimos por
referencia
a los cuáles debe definirse todo lo que sea capaz de definición. Que
debe haber
un número indefinido de tales términos parece obvio tras una reflexión,
pues no
podemos definir nada excepto por medio de un análisis que, llevado tan
lejos
como pueda llevarse, nos referirá a algo que es simplemente diferente
de
cualquier otra cosa, y que por esta diferencia última explica la
peculiaridad
del todo que estamos definiendo: ya que un todo contiene partes que son
comunes
a otros todos. No hay por consiguiente, ninguna dificultad intrínseca
en la
afirmación de que "bueno" denota una cualidad simple e indefinible.
Hay otros muchos ejemplos de tales cualidades" [180].
El
ejemplo que aduce Moore a reglón seguido es el de
"amarillo"; al igual que su significado no se puede explicar a nadie
que no conozca el color, tampoco se puede explicar qué es la bondad.
Ciertamente
todo lo amarillo puede producir una determinada vibración en la luz, de
la
misma manera que lo "bueno" puede producir sentimiento, o tal vez
placer. Sin embargo, "amarillo" no significa "lo que produce una
cierta vibración en la luz", y así "bueno" no significa "lo
que produce placer".
Moore
reconocía que el cometido de la ética es también
establecer qué otras propiedades, además de la bondad, poseen las cosas
buenas,
pero criticaba a los filósofos que había creído que cuando nombraban
estas
propiedades estaban definiendo realmente "bueno". Para denominar este
error, Moore aplicó el término "falacia naturalista". De todo esto se
sigue que lo que Moore considera falaz, aquí, es más bien el intento de
obtener
cualquier definición de bueno, antes que el de definir específicamente
un
objeto no natural en términos de un objeto natural [181].
De hecho, si alguien confundiese entre sí dos objetos
naturales y tratase de definir al uno en términos del otro, incurriría
en el mismo
tipo de falacia que el que intentase definir "bueno", con la única
diferencia que no le aplicaríamos el adjetivo de "naturalista". Este
viene al caso porque en la definición de bien lo que se suelo confundir
son dos
clases de objetos, naturales unos y no naturales los otros; pero la
auténtica falacia
es definir lo indefinible [182]
Para
terminar de centrar su exposición, Moore, echará de
nuevo mano del arsenal de temas idealistas y utilizará la distinción
kantiana
entre proposiciones analíticas y sintéticas. Estas primeras son
verdaderas por
referencia a las definiciones de los términos usados en ella
(por ejemplo, un
soltero es un varón no casado); en cambio las sintéticas no, y según
Moore
"las preposiciones sobre el bien son siempre sintéticas y no
analíticas" [183].
La distinción entre analítico y sintético corre
paralela a la que Moore hacía entre el sustantivo "bien" y el
adjetivo "bueno". El "bien", lo que es "bueno",
es aquello a lo que se aplica el adjetivo "bueno", y si esto es así
es que a lo que se aplica el adjetivo debe ser distinto del adjetivo
mismo.
Finalmente
el análisis de la significación del término
"bueno", contempla dos posibilidades únicas: por un lado que
"bueno" sea "un todo dado, complejo, sobre cuyo análisis
correcto puede haber desacuerdo"; por otro, que "bueno" no
significa nada y que no puede haber una disciplina como la ética [184].
La primera de estas opciones es compartida por
idealistas e empiristas, y la segunda es obviamente el nihilismo ético.
Respecto a la primera, Moore intentará la reducción al absurdo mediante
lo que
se conoce "el argumento de la pregunta abierta": "cualquiera que
sea la definición escogida puede preguntarse con sentido del complejo
definido
si es a su vez bueno" [185].
El desarrollo de este argumento sería el siguiente:
tómese una definición de "bueno", por ejemplo, "el bien es lo
que produce placer". Si la definición es correcta, dado que el definiendum
es igual al definiens, según lo anterior podrá
decirse: "Produce
placer lo que produce placer". Pero, aunque el placer siempre estuviera
asociado a lo "bueno", resulta obvio que dudar de que lo que produce
placer sea bueno sigue teniendo sentido, y no así dudar de que lo que
produce
placer produzca placer. Sea la que sea la noción que empleemos para
hacerla
equivaler a "bueno", será evidente que estamos ante nociones
distintas.
La
pregunta abierta (open question) aplicada
a
la segunda opción tiene un efecto igualmente disolvente: "Quien
considere
atentamente lo que tiene realmente ante su mente cuando se pregunta
"¿es
en definitiva bueno el placer (o lo que sea)?" podrá
fácilmente
convencerse de que no está meramente preguntándose si el placer es
placentero.
Y si intenta este experimento con cada una de las definiciones
sugeridas,
acabará reconociendo que en cada caso tiene ante su mente un objeto
único sobre
cuya conexión con cualquier otro objeto puede hacerse una clara
pregunta. De
hecho, todo el mundo entiende la pregunta "¿es bueno esto?" y al
pensar en ella su estado mental es distinto del que sería si se
preguntara
"¿es esto placentero, o deseado, o aprobado?" [186].
En definitiva lo que está haciendo Moore es recurrir
ahora de nuevo a la intuición, esto es, al sentimiento de diferencia
entre la
bondad y otras cosas; pues quien lo siente así no puede dejar de pensar
al
mismo tiempo que para que esto sea posible debe haber "un objeto
único" ante su mente [187].
O, lo que es lo mismo, el objeto de la ética. De todas
formas, se añade la fuerza de la lógica con reminiscencias kantianas:
nadie
puede darse cuenta de esta diferencia si no está sobre aviso de ella,
nadie
puede darse cuenta de lo que no puede darse cuenta.
Sin
embargo, ahora Moore ya no puede sostener, ni
sostendrá, un intuicionismo idealista; no quiere salirse fuera de sus
zapatos y
afirmar en qué consiste la intuición, ni realizar proposiciones a este
respecto:
"Querría que se observara que, cuando llamo a tales proposiciones
(esto
es, a las proposiciones que se refieren a qué clases de cosas deben
existir por
sí mismas) "intuiciones", solamente pretendo afirmar que no admiten
prueba; no implicó nada en cuanto a nuestro modo de conocerlas ni en
cuanto al
origen de nuestro conocimiento" [188].
La
intuición del bien está ahí para acertar o equivocarnos según nos
plazca. Moore
sólo nos avisa, ya al final del camino, de que eso es así.
En
conclusión, el objetivismo intuicionista de Moore
rompía toda referencia con Hume y negaba cualquier fundamentación
naturalista
de la Ética: tanto si se trataba de la naturaleza humana, es decir,
desde la
subjetividad, como si trataba de la naturaleza exterior, a través de la
experiencia [189].
Su "objetivismo" era una alternativa nítida
a las tendencias subjetivistas en Ética, y su "intuicionismo" evitaba
buscar la objetividad en la experiencia. De este modo la Ética quedaba
afirmada
como conocimiento objetivo, pero con un tipo de objetividad ajena a la
estándar
de las ciencias naturales. Los juicios morales no eran ni asimilables
ni
comparables a los de las ciencias empíricas; el lenguaje de la Moral
tenía su
irreductible especificidad [190]
El
intuicionismo ha sido siempre persuasivo, pues se situaba
del lado del sentido común. La razón, como dirá Hume, es impotente para
fundar
las creencias, pero la naturaleza se encarga de ello. El intuicionista
viene a
decir que, sean cuales sean las razones para no creer, para no poder
fundamentar racionalmente los juicios morales, lo evidente es que al
fin de
cuentas no podemos dejar de "ver" que ciertas cosas son buenas y
otras malas. No podemos demostrarlo, pero nadie duda de las mismas. Por
tanto,
habrá que asumir la capacidad humana para aprehender el bien como un
dato
obvio: "vemos que así debe ser".
Autores
de tanto prestigio en filosofía moral como Ross [191]
y Prichard [192]
han
mantenido estas posiciones: los sistemas éticos pivotan sobre alguna
intuición,
de la que participan los hombres. Buscar razones para la misma es un
despropósito: dicha intuición es principio, base de la fundamentación,
y por
tanto evidente en sí misma. Por tanto, los intuicionistas reconocen la
no
racionalidad de los sistemas éticos, o, al menos, un punto original
oscuro.
Pero la filosofía siempre se ha resistido a dejar agujeros negros en
sus
sistemas, y ha exigido la racionalidad como criterio de legitimidad.
La
filosofía de Moore significaba a un tiempo el rechazo
del naturalismo y la garantía contra el subjetivismo. No es de
extrañar, por
tanto, que su obra fuera "redescubierta" con pasión tras la
profiláctica del neopositivismo. Obras como la de Ogden y Richard, The
Meaning of Meaning (1923), que acentuaban la
distinción entre significado
emotivo y significado empírico, empujaban a los seguidores de Moore
hacia el
emotivismo. Si para Moore el "bien" era algo indefinible, para
Richards lo era el "significado emotivo". Cualquier partidario de
Moore que fuera riguroso, con el rigor analítico que exigía el
neopositivismo,
se daría cuenta de que su maestro no era convincente al afirmar el
"bien" como una cualidad no natural y predicable de los hechos o los
objetos. Entonces, si el partidario de Moore seguía pensando en la
peculiaridad
de los juicios de valor, en su no empiricidad, fácilmente acabaría
aceptando
las razones emotivistas de Richards, reduciendo la palabra "bueno" a
simple signo de nuestra actitud.
4.4.
Wittgenstein y la imposibilidad de la Ética
“La
ética
no puede ser una ciencia... Lo ético no se puede enseñar.”
(Wittgenstein, Tractatus)
La
Segunda Guerra Mundial supone un punto de inflexión
en la filosofía moral inglesa. Antes de la misma, ya se daba la
tendencia a
dedicarse a los problemas el lenguaje, pero, en general, tendía a
pensar que
los predicados éticos carecían en absoluto de sentido; en la
postguerra, en
cambio, si bien la actitud lingüística permanece, el objetivo cambia:
aparece
el esfuerzo por legitimar la Ética, por sentar la significatividad de
sus
enunciados. Aunque, obviamente, aceptando la crítica positivista, dicha
significatividad había de ser de nuevo tipo, peculiar, específica.
La
actitud de entreguerras era efecto de la hegemonía
del neopositivismo en filosofía, cuyo criterio del significado arrojaba
a la Ética
al campo de lo sin-sentido, de la metafísica, es decir, de lo no
verificable.
El "intuicionismo" de Moore servía al neopositivismo para mostrar la
absoluta irreductibilidad de la Ética a la Ciencia; aquella quedaba
reducida,
según el Tractatus [193]
de Wittgenstein, a lo indecible; o sea, en rigor, al
silencio.
Suelen
relacionarse estas dos etapas con las "dos
filosofías" de Wittgenstein. La del Tractatus, publicado en 1922,
determinaría fuertemente la filosofía analítica dura, neopositivista,
que toma
como modelo el lenguaje de la ciencia y aspira a su completa
estructuración
lógica; y la etapa de las Investigaciones filosóficas [194],
publicada en 1953, pero que recogen curiosamente sus
reflexiones de los años 1936 a 1945, de su docencia en Cambridge, y en
las que
flexibiliza su actitud ante el lenguaje, se desplaza hacia los
lenguajes
naturales, se acepta el sentido de los usos lingüísticos y, en fin, la
Ética,
sin pasar al campo de la racionalidad, deja de ser el dominio de lo
irracional [195]
Sin
cuestionar ni un sólo punto la fuerte influencia de
las dos filosofía de Wittgenstein [196],
llamamos la atención sobre el hecho de que ambas pertenecen al antes y
el
después de la Guerra. Es difícil resistir la tentación de sospechar que
ésta
constituye la condición, la determinación, de tal cambio. Porque si
para el
Tractatus el lenguaje o era descripción del mundo o era mera expresión
de lo
irracional y sin sentido, en las Investigaciones ese mismo lenguaje no
pretende
ya ser espejo de la realidad [197],
sino instrumento de trabajo. Por tanto, junto al
significado descriptivo del lenguaje científico, caben otros
significados, de
los diversos "juegos lingüísticos"×
Tal cosa legitima la dedicación
del filósofo a la moral, para clarificar el lenguaje, describir sus
sentidos y
contrastar los juicios morales. Eso sí, sin superar el nivel aséptico
del
analista: el filósofo de la moral no es un moralizador.
O
sea, la nueva orientación tiene su límite en la
"falacia naturalista", que ya detectara Hume. O, lo que es lo mismo,
se sienta como principio la autonomía de la moral, en línea con el
XVIII. Entre
el lenguaje de las ciencias y el de la moralidad no hay traductibilidad
posible, no hay convertibilidad, no hay puente. Así, Wittgenstein
confluye con
Moore, quien ha hecho de la "falacia naturalista" un presupuesto
definitivo [198].
Esta exigencia antinaturalista de la Ética exige que
la bondad se predique de una acción, cosa o persona sin tener en cuenta
las
cualidades empíricas de las mismas. Y, a nivel técnico, exige renunciar
a
derivar los juicios éticos de los juicios empíricos. Tal marco ha sido
aceptado, con excepciones, de forma general.
Wittgenstein
escribió poco sobre ética: algunos
aforismos del Tractatus, todos ellos relativos al
carácter no empírico
-y, en consecuencia, sin significado- de las expresiones éticas, y una
"Conferencia de ética" que no se publicó hasta 1965 [199].
El efecto de Wittgenstein en la Ética contemporánea no
viene de estas escasas páginas, sino que su teoría de la ciencia y del
lenguaje [200],
especialmente de la forma en que fueran divulgadas por
Ayer [201].
No obstante, consideramos oportuno comentar la
"Conferencia sobre ética", que nos permitiría comprobar cómo
proyectaba el propio Wittgenstein sobre la Ética las consecuencias de
su teoría
del lenguaje.
La
tesis de Wittgenstein sobre la Ética se expresa en
unas cuantas frases metafóricas: "ir más allá del mundo" [202],
"ir más allá del lenguaje significativo" [203],
"arremeter contra los límites del lenguaje" [204],
""arremeter contra las paredes de nuestra
jaula" [205].
Todas ellas implican dos tesis: (1) "la ética no
puede ser una ciencia" [206],
o sea, lo que dice la Ética no añade nada, en ningún
sentido, a nuestro conocimiento, en la medida en que surge del deseo de
decir
algo sobre el sentido último de la vida, sobre lo absolutamente bueno y
valioso; y (2) "Lo ético no se puede enseñar" [207],
pues para ser enseñable necesitaría una teoría, y
entonces no tendría valor, sería mera descripción del mundo.
Las
dos tesis, a su vez, se derivan de un principio: el
del significado. La teoría del significado
positivista, exigiendo que
las proposiciones, para ser tales, para tener sentido, fueran empírica,
implica
que "no puede haber proposiciones éticas" [208].
Dado que el mundo es como es, y en él todo sucede como
sucede, no cabe lo ético: lo ético es una actitud contra los límites
del mundo.
En el mundo no cabe el valor; las expresiones de valor no pertenecen al
mundo.
Por tanto, lo propio de las expresiones éticas es que no tengan
sentido; pero no
se trata de que carezcan de sentido porque estén incorrectamente
formuladas: se
trata de una carencia de sentido que constituye su verdadera esencia [209],
la condición de su valor.
Wittgenstein
llega a decir que "si un hombre
pudiera escribir un libro de ética que realmente fuera un libro de
ética, este
libro destruiría, como una explosión, todos los demás libros del mundo [210].
Es decir, la ciencia usa el lenguaje como recipiente
que sólo pueden contener significado y sentido naturales; tienen, como
las
tazas de té, una capacidad limitada, tal que no aumentan su volumen por
mucha
agua que se añada. Por tanto, si se escribiera un libro de ética sería
un libro
de lo sobrenatural.
Las
tesis de la Conferencia de ética expresan las
posiciones del Wittgenstein de la primera época, aunque por la fecha en
que fue
redactada debería tener otro contenido
[211].
En esa primera época, la del Tractatus, su
reflexión gira en torno al criterio del significado. El rigorismo del
criterio
dejaba fuera de lo decible -condenado al silencio- todo lo no empírico,
sea
metafísico, ético o estético. Pero mientras que en ciertos círculos
positivistas esa condena al silencio implicaba un menosprecio, hemos de
resaltar que en Wittgenstein lo ético, lo "místico" en general, es
decir, todo aquello que traspasa el mundo y que, en consecuencia, va
más allá
del lenguaje, le preocupó. Es decir, su tesis apunta a dejar la ética
fuera del
lenguaje (del lenguaje científico, del lenguaje sobre el
mundo). En el
lenguaje cabe poca ética; no cabe nada de ética. Al contrario, la ética
es una
rebelión contra el lenguaje. Es una rebelión contra la razón: ésta es
el lugar
de lo condicionado, de lo relativo, de lo contingente; aquella es el
lugar de
lo absoluto. Por eso un libro de ética haría estallar el mundo, es
decir,
nuestra representación del mundo.
4.5.
Schlick: la Ética entre la Lingüística y la
Psicología
“la
mera
formulación del concepto de bien moral, de ningún modo puede
conceptuarse como
la tarea última de la ética, sino más bien como una mera preparación
para la
misma.” (M. Schlick, Fragen der Ethik).
El
neopositivismo sitúa el valor en el sentimiento,
reviviendo a Meinong. Pero si éste entendía el valor como algo en el
objeto,
aunque activado por el sentimiento, el neopositivismo lo considera algo
en el
sujeto. Toda referencia del mismo a la objetividad o trascendencia
queda
lógicamente desautorizada.
De
entre los miembros del Círculo de Viena, quien
incidió de forma más directa en el giro de la Ética fue Maurice
Schlick, quien
trasladó al dominio de la moral las exigencias lógicas y metodológicas
que el
Círculo estableció en el análisis del lenguaje científico [212].
Schlick, por tanto, fue de los primeros en extender a
la Ética las consecuencias de la concepción wittgensteiniana de la
filosofía
expuesta en el Tractatus. Antes que Ayer, con su
peculiar fuerza
emotiva, divulgara la teoría y se convirtiera en punto de referencia,
Schlick
había expuesto con lucidez la tarea asignada al filósofo moral tras el
giro
lingüístico. En un breve crucero por las costas de Dalmacia tuvo tiempo
de
escribir su Fragen der Ethik (1930), que
condensa una posición ética
hedonista y utilitarista, con antecedentes en Hume, Bentham y Mill.
Identifica
el valor con el placer, y pone como objetivo de la Ética, como criterio
de la
misma, la maximización del placer y la minimización del dolor.
Su
Fragen der Ethic
[213]
es tal vez el texto más lúcido de la visión
neopositivista de la Ética. Esta queda amenazada en su identidad y su
autonomía, escindida en una tarea meramente analítica, que la empuja al
ámbito
de la lógica o la lingüística, y una tarea sustantivamente
cognoscitiva,
explicativa, que la conduce al seno de la psico-sociología.
La
preocupación de Schlick, obviamente epistemológica,
se centra en establecer bajo qué condiciones la Ética puede ser
considerada una
ciencia, así como en la posibilidad de reunir tales cualidades.
Cualquier otra
pretensión, ajena a la verdad, le parece indigna y filosóficamente no
relevante. El requisito esencial, desde el punto de vista del criterio
de
verificación, es que "los problemas de la Ética tengan sentido", pues
si tal cosa sucede parece obvio que tendrán solución, y dichas
soluciones
constituirán un "sistema de proposiciones verdaderas" acerca de un
objeto: y eso es precisamente una ciencia [214]
La
ciencia, por tanto, tiene por meta la verdad: es
puramente teórica. Si la Ética es posible como ciencia, nada tiene que
ver con
su aplicación práctica, en caso que sea posible: tal dominio no
pertenece a la
Ética. La Ética, en cuanto ciencia, "nunca tiene otra meta que la
verdad" [215];
las
cuestiones prácticas no son de su ámbito. Mientras el filósofo ético
esté
interesado por los problema teóricos de la Ética, es decir, por los
problemas
cognoscitivos, "debe olvidar que tiene un interés humano", pues
"para él no hay peligro mayor que pasar de investigador de la ética a
moralista, de investigador a predicador"
[216]
Aunque
"el investigador y el profeta" puedan
ser la misma persona, los fines de ambos no pueden ser servidos al
mismo
tiempo: la objetividad, neutralidad y asepsia que requiere la
investigación,
según Schlick, exige superar los sentimientos, los deseos, los
proyectos, los
ideales, que dan sentido al predicador. Lo que está en juego, pues, no
es la
moral, sino la Ética; es decir, no la dignidad e importancia de las
creencias,
valores y sentimientos morales, sino la actividad filosófica que
pretende
establecer sus formas, sus leyes y sus relaciones.
Schlick
constata los "muchos nombres" del
objeto de la Ética: "moralidad", "valor",
"norma", "deber", "bien"... Todos, en rigor, son
nombres de lo mismo; y entre ellos el más generalmente usado, y el más
clásico,
es el "bien". Por tanto, podemos tomar el "bien"
como nombre del objeto de la Ética. Esta pretende "conocer el bien",
y nada más. Su tarea, eminentemente teórica y cognoscitiva, es ajena a
la
realización del bien, a su materialización, a decretarlo como deber; ni
siquiera es su misión construir la idea de bien; se reduce a conocerla:
"No tiene la tarea de producir el bien, ni en el sentido de darle
realidad
en el actuar humano, ni en el sentido de que tenga que estipular o
decretar lo
que esté "bien". No crea ni el concepto ni los objetos que caen bajo
ese concepto, ni proporciona la oportunidad de aplicar el concepto a
los
objetos. Todo eso lo encuentra en la experiencia de la vida, del mismo
modo que
cada ciencia encuentra los materiales sobre los que trabaja" [217].
La Ética, por tanto, se limitará a la descripción de
la idea de bien, de las creencias empíricamente constatables sobre lo
bueno y
lo malo, sean formuladas explícitamente, sean descubiertas a través de
los
comportamientos, actitudes y opiniones.
El
error histórico de la Ética, según Schlick, ha sido
el de buscar la "definición del bien" en lugar de buscar el sentido
de la expresión "moralmente bueno" en el lenguaje ordinario. Al
buscar definiciones, se podía optar por dos alternativas. Una de ellas,
la de
definir los términos con otros más sencillos: tarea de clarificar el
significado del lenguaje. Tal tarea, que se reduce a enunciar el
significado de
las palabras, es el objeto de la "ciencia del lenguaje", como
señalara Moore en su Principia Ethica. Por tanto, o
bien se admite que
la Ética es un apartado de la Ciencia del Lenguaje, o bien se admite
que el
objeto de la Ética no es el de esclarecer el significado de las
palabras.
La
otra alternativa consistiría en entender que el
objeto de la Ética es proporcionar un concepto de "bien", crearlo,
como si antes de tal operación existiera la palabra "bueno" pero no
su concepto. Tal objetivo escapa a la Ética como ciencia, como
conocimiento, y
sería cumplido de forma absolutamente arbitraria
[218].
Para
Schlick, para que la Ética tenga sentido y
viabilidad, debe entenderse como una tarea de explicación del
conocimiento de
lo "moralmente bueno", lo que presupone que el significado del
concepto es ya conocido, y que posteriormente se relacionará con otras
cosas,
se ordenará en conexiones más generales. Para formular una definición
ética no
se puede proceder de forma arbitraria, sino adaptándose a las normas
existentes. En conclusión, "la mera formulación del concepto de bien
moral, de ningún modo puede conceptuarse como la tarea última de la
ética, sino
más bien como una mera preparación para la misma"
[219].
Sin despreciar esta tarea, no debe quedarse en ella.
Schlick
ha establecido una interesante distinción entre
"definir" y "caracterizar" el bien. Si la definibilidad
puede ser cuestionada, bajo el argumento de que es algo simple, no así
su
caracterizabilidad: basta describir cómo podemos conocerlo, es decir,
señalar
exactamente las condiciones en que se aplica la palabra "bueno". Tal
cosa es posible. Por tanto, el bien es caracterizable. Y, según
Schlick, lo es
de dos maneras: mediante características formales y mediante
características
materiales [220]
La
caracterización formal tópica es la de Kant: lo bueno
aparece siempre como lo exigido, y lo malo como lo prohibido. La
característica
formal del bien es, pues, para Kant, su obligatoriedad: es aquello que debemos
hacer. Pero, ¿cuál es la causa o razón de esa obligatoriedad,
de la ley
moral que la enuncia? La respuesta puede ser doble. O se toma por razón
al
origen o autor de la ley moral, normalmente Dios o la Sociedad; o se
toma por
razón alguna propiedad intrínseca del bien, sea bajo la forma del
imperativo
categórico o de la felicidad, etc... Pero, sea cual fuere la opción,
siempre
queda abierta la cuestión, pues podemos preguntar:
¿por qué hemos de
tomar por "bueno" lo que Dios o la Sociedad desea?; ¿por qué hemos de
admitir que el bien es la felicidad propia o la felicidad general?;
¿por qué
aceptar como "bueno" el imperativo categórico?
Una
vez conocemos que "bueno" es lo que se exige,
lo que debemos hacer, podemos preguntarnos qué es lo que se exige o
debemos
hacer. De este modo entramos en la caracterización material del bien.
Por
tanto, hemos de preguntarnos por el "deseo" del autor de la ley
moral. Pero ¿cómo conocer sus deseos si no lo conocemos? La propuesta
de
Schlick es partir de los deseos que hallamos en las "normas morales
vigentes" en los distintos pueblos en los diversos momentos. Buscaremos
lo
común en ello, lo constante: estos rasgos coincidentes son las
características
de lo "bueno", forman su contenido. Esto nos permite conocer el
contenido material de la moral y, desde el mismo, tal vez sea posible
inferir
la autoridad legisladora [221]
Esos
contenidos comunes, esas características
coincidentes, que expresan un grupo de acciones llamadas "buenas", se
formulan en una regla o norma.
Pero no se trata de una
"norma normativa", sino de una "norma" que nos da las
circunstancias bajo las cuales una acción o una actitud mental o un
carácter,
son efectivamente señalados como "buenos", esto es, son evaluados
moralmente" [222].
Por
tanto, formular las normas equivale a determinar el concepto de lo
bueno. Las
normas se ordenan en clases, se comparar y articulan, se formulan reglas
generales que resumen un conjunto o clase de reglas. Así, en
el límite, se
llegaría a una regla o norma superior, de máxima generalidad, que sería
la
definición de lo bueno y expresaría su naturaleza universal. Sería un "principio
moral" [223]
Tal
proyecto, así construido, agotaría el objetivo de la
Ética. Se habría llegado a disponer de un sistema de reglas, ordenadas
y
jerarquizadas, que aplicada a cada acción o situación establecerían la
corrección o incorrección de éstas. La bondad o moralidad de un acto
quedaría
definida por su adecuación a una regla. Y la bondad o moralidad de una
regla,
por su adecuación a una regla superior y, en general, al principio
(o
principios) moral. Para quien considera a la Ética una ciencia
normativa, aquí
acaba su misión. El principio o norma general no puede ser justificado
de esta
manera.
Una
Ética normativa de este tipo sólo justifica una
acción de forma hipotética y relativa. Hipotética, en la medida en que
corresponde a una norma, cuya justificación es también hipotética, pues
el
Principio es un estado de cosas. Relativa, en la medida en que se trata
de
reglas y principios extraídos de los hechos. Por tanto, decir que algo
es
"bueno" equivale a decir que ese algo "es considerado
bueno". Las pretensiones de la ética moderna, de fundamentación
categórica
y absoluta, es decir, de justificación de las reglas y principios más
generales, no es viable.
Para
Schlick, fiel empirista, las normas últimas
"deben extraerse, en calidad de hechos, de la naturaleza humana y de la
vida humana" [224].
La
Ética no puede estar en contradicción con la vida: si tal cosa ocurre
es que el
investigador de la Ética equivocó su tarea, de que "inconscientemente
se
convirtió en moralista" [225].
La
Ética, aun siendo normativa, nunca deja de ser una ciencia fáctica: "La
Ética tiene que ver por entero con lo real: ésta me
parece ser la más
importante de las proposiciones que establecen su tarea. Es extraño a
nosotros
el orgullo de aquellos filósofos que consideran los problemas de la
Ética como
los más nobles y elevados, precisamente porque no se refieren a la
realidad
ordinaria, sino al puro "deber ser""
[226]
Por
tanto, Schlick considera como tarea de la Ética la
de "reconocer lo moralmente bueno", para lo cual es necesario contar
con un sistema de principios o reglas. La Ética, en consecuencia, es
una teoría
de las normas morales, las cuales describen el significado del concepto
"bueno". No trata de conocer lo bueno, sino de establecer las reglas
lingüísticas del uso del término "bueno". Los excitantes problemas de
fondo, que son metafísicos o existenciales, quedan fuera de su alcance.
Pero
esa Ética nos da una especie de
"pseudo-conocimiento", que llamamos "justificación": las
acciones desde las normas más concretas, éstas desde las más generales,
y así
hasta los principios: éstos no son justificables. Aunque, en rigor, no
son
éstos los que necesitan una justificación: los que necesitan y pueden
ser
explicados son los hechos de dar reglas, de establecer principios. Pero
así
saltamos del ámbito de la Ética normativa como "teoría de las
normas", que da cuenta de la validez o no validez de una norma o acción
de
conducta, a la Ética cognoscitiva que responde a la pregunta: "¿Por qué
es
válida una norma de conducta?" [227].
Y aquí las respuestas consisten en explicaciones
causales de nuestro comportamiento moral. Explicaciones que, en el
fondo, nos
llevan más lejos: a la explicación general de nuestra conducta, a los
motivos
de nuestro actuar, de los cuales el "actuar moral" sería una parte [228]
Se
comprende así la conclusión de Schlick de que el
problema central de la Ética es sólo el interrogar acerca de la
explicación
causal de la conducta moral. Los otros problemas, como el de los
valores y las
normas, son laterales. De este modo la Ética como ciencia descriptiva,
cognoscitiva, que busca conocer los motivos y leyes de la conducta
moral, se
disuelve en la psicología. Aparte del orgullo del filósofo ético por
tener una
disciplina propia, no ve Schlick ninguna razón para oponerse a esta
reducción
de la Ética en la Psicología. Al contrario, lo encuentra en línea con
el
"filósofo auténtico" de nuestra época, que diluye las fronteras entre
los conocimientos. "Por consiguiente, si establecemos que el problema
fundamental de la ética: "¿Por qué obra el hombre moralmente?" sólo
puede resolverlo la psicología, no vemos, en esta subordinación de la
ética a
la psicología, degradación o daño alguno para la ciencia sino una
simplificación feliz de la concepción del mundo. La ética no busca la
independencia, sino únicamente la verdad"
[229]
4.6.
A. Ayer: la Ética como Retórica
“Sabemos
que la filosofía ética consiste, simplemente, en decir que los
conceptos éticos
son pseudo-conceptos, y, por lo tanto, inanalizables.” (A.J.
Ayer, Lenguaje,
verdad y lógica).
Aún
más resonancia que el texto de Schlick ha tenido el
libro Language, Truth and Logic
[230],
de A.J. Ayer, profesor del New College de Oxford.
Aunque después matizaría ligeramente su tesis
[231],
defendió con absoluto radicalismo la carencia de significado
de los juicios morales. Para Ayer sólo tienen significado nuestros
enunciados
sobre el mundo; como los juicios morales no enuncian hechos, sino
deberes, no
cumplen tal requisito. No tienen significado porque no transmiten
información
alguna sobre el mundo, por lo cual no puede controlarse su verdad o
falsedad.
Dos
breves trabajos de A.J. Ayer, "Crítica de la
Ética y de la Teología" [232],
de
1936 y "Sobre el análisis de los juicios morales"
[233],
de 1949, han bastado para definir una posición
metaética de enorme influencia. Ayer, "Crítica de la Ética y de la
Teología" [234],
de
1936 y "Sobre el análisis de los juicios morales"
[235],
de 1949, han bastado para definir una posición
metaética de enorme influencia. La agresividad y claridad de su
posición ha
servido para convertirlo en punto de referencia obligado de la Ética
contemporánea, y en el más expresivo representante de la actitud del
positivismo lógico ante la Ética. Ayer mismo, en el "Prólogo" a Lenguaje,
verdad y lógica, se sitúa en la "great line" que nace en
Berkeley
y Hume, pasa por Wittgenstein y Russell, se establece con el
positivismo lógico
del "círculo de Viena" [236]
y culmina en el propio Ayer [237].
Una línea caracterizada por distinguir dos tipos de
proposiciones: las relativas a "relaciones entre ideas" y las
referentes a "realidades". Las primeras, propias de la lógica y la
matemática pura, son analíticas, o sea, no son refutables por la
experiencia;
en consecuencia, son necesarias y ciertas. Las segundas, referentes al
mundo
empírico, son hipótesis, o sea, pueden ser comprobadas o reprobadas; en
consecuencia,
pueden ser probables, pero nunca ciertas.
Es
decir, una línea filosófica que hace del
"principio de verificación" [238]
el criterio para decidir, en primer lugar, las
proposiciones con significado; y, en segundo lugar, su comprobación
empírica.
Pero la función filosófica de este principio se muestra en el primer
nivel:
"Si una proposición no logra satisfacer este principio, y no es una
tautología, entonces sostengo que es metafísica, y que, al ser
metafísica, no
es verdadera ni falsa, sino literalmente carente de sentido" [239].
Con ello Ayer condena a la "metafísica" a
una gran parte de la filosofía: a todo aquello que no sea análisis.
La
filosofía, puesto que no es un conocimiento sobre el mundo, o se reduce
en la
analítica del lenguaje -en rigor, a la Lógica- o asume su status
metafísico y,
por tanto, según Ayer y los positivistas lógicos, su no tener sentido.
La
Ética, obviamente, no podía quedar al margen, como el
resto de proposiciones metafísicas. Su "Crítica de la ética y de la
teología" es la aplicación a estas materias de la tesis formulada por
el
principio de verificación [240].
Su
punto de partida es, por tanto, el siguiente: o bien los "juicios de
valor" son significativos, en cuyo caso se trata de descripciones
científicas ordinarias, controlables por el criterio empirista del
significado,
o bien se trata de expresiones del sentimiento, del deseo, las cuales
en cuanto
meramente mostrativas no pueden ser ni verdaderas ni falsas [241]
Considera
cuatro tipos de actividades en la Ética, que
se corresponden con cuatro tipos de proposiciones. "Ante todo hay
proposiciones que expresan definiciones de términos éticos, o juicios
acerca de
la legitimidad o posibilidad de ciertas definiciones. En segundo lugar,
hay
proposiciones que describen los fenómenos de la experiencia moral, y
sus
causas. En tercer lugar, hay exhortaciones a la virtud moral. Y, por
último,
hay verdaderos juicios éticos" [242].
Para Ayer sólo la primera actividad es auténticamente
filosófica: la tarea analítica. La segunda es psicología o sociología
de la
moral, y, por tanto, se trata de una ciencia empírica
[243].
La tercera, que suele considerarse la actividad moral
por excelencia, no tiene nada que ver con la filosofía: no emite
proposiciones,
sino mandamientos o incitaciones. ¿Y los juicios éticos? De entrada
dirá que,
al no ser ni definiciones ni proposiciones sobre el lenguaje, no
pertenecen a
la filosofía ética.
De
las dos tareas de la Ética en tanto que filosofía, a
saber, la sistemática, o tarea de reducir los
términos éticos a uno o
dos fundamentales, y la fundamentadora, o tarea de
reducir los términos
éticos a términos no éticos, a Ayer le preocupa la segunda. Rechaza el subjetivismo
ético, que reduce el significado de "recto" o "bueno"
al de "ser aprobado" o "ser deseado". Lo hace por una razón
lógica: no son contradictorios los enunciados "Apruebo X" y "X
no es recto"; por tanto, se pueden decir ambos. Y rechaza el utilitarismo,
porque no es contradictorio decir simultáneamente: "la acción Y
producirá
la mayor felicidad para el mayor número" y "la acción Y no es
justa". Por tanto, ni la felicidad, ni el sentimiento, determinan la
validez de los juicios éticos. Y lo mismo pasaría si el bien se
proyectara en
la virtud, en el conocimiento o en la otra vida. En consecuencia, la
validez de
los juicios éticos "debe ser considerada como absolutamente
o intrínsecamente,
y no empíricamente calculable" [244].
En nuestro lenguaje no hay posibilidad de establecer
una equivalencia entre las proposiciones que contienen términos éticos
o
normativos y las que los contienen no éticos o descriptivos. No hay,
pues,
posibilidad de derivar juicios de valor de juicios empíricos.
Por
otro lado, tampoco el intuicionismo es una
opción: sus afirmaciones, al ser inverificables, no tienen significado.
Las
"intuiciones" de las personas son inconmensurables. En caso de
divergencias o conflictos no hay criterio alguno de decisión. Por
tanto, las
teorías éticas intuicionistas, que con las subjetivistas y las
utilitaristas,
incluyendo sus diversas variantes, cubren la mayor parte de las
doctrinas, no
satisfacen el criterio del significado: no son científicas
ni analíticas.
Los
conceptos éticos son inanalizables: pero lo son
porque son "pseudo-conceptos" [245].
Entre "Usted robó el dinero" y "Usted
obró mal al robar el dinero" no hay diferencia significativa alguna: el
juicio moral no ha añadido al empírico ninguna información nueva
respecto a la
acción enunciada, respecto al robo; únicamente ha incluido una
desaprobación
moral por parte de quien lo enuncia, una mera expresión de indignación
o
rechazo. Pero no añade información alguna sobre el hecho. Por eso
"Robar
dinero es bueno" y "Robar dinero es malo" no son juicios
contradictorios: son las actitudes ante el robo de dos personas, o de
una misma
persona en dos momentos distintos.
Ayer
funda así el emotivismo, es decir, la teoría
metaética que considera que los juicios éticos no son ni verdaderos ni
falsos,
por no ser significativos, sino expresiones de sentimiento. Un
emotivismo que
aparentemente parece de tipo "prescriptivista", ya que acepta que en
parte expresan sentimiento y en parte mandatos: "Están calculados
también (los
términos éticos) para provocar sentimientos y para estimular así a la
acción" [246];
pero
que, en su justo sentido, es de tipo "induccionista", es decir, más
que prescribir la obligatoriedad de una acción tiende a inducir a su
realización, a persuadir de la conveniencia de la misma, a configurar
actitudes; en suma, un emotivismo retórico, cuyo
objetivo es convencer y
seducir.
Por
tanto, la imposibilidad de encontrar un criterio de
validez de un juicio ético no viene de su carácter absoluto, de su
misteriosa
independencia de los sentidos, "sino porque no tiene validez objetiva
de
ninguna clase" [247].
No
declaran nada, no describen nada: son inverificables por la misma razón
que lo
es un grito de dolor, un insulto o una orden: porque no son auténticas
proposiciones. Son meros recursos retóricos al servicio de la seducción.
¿En
qué se diferencia el emotivismo del subjetivismo? En
opinión de Ayer, el subjetivista considera que los juicios de valor son
empíricos: expresan proposiciones acerca de los sentimientos del
sujeto,
describen su estado de conciencia, etc.; por tanto, son empíricos. Y,
en
consecuencia, deberían ser verdaderos o falsos, es decir, verificables;
podrían contradecirse. En cambio, según el emotivismo,
eso no es
posible, pues no se considera que los juicios éticos expresen algo
sobre los
sentimientos de su autor, sino que simplemente "evidencian" o
"manifiestan", "muestran", en suma, "dejan ver"
sus sentimientos. Por ejemplo, si una persona dice "La tolerancia es
una
virtud", para un subjetivista está diciendo algo sobre sí mismo, de
modo
que puede contradecírsele contestándole "Usted es un cínico"; para un
emotivista, que entiende que tal enunciado no dice nada sobre los
sentimientos
del autor, sino que sólo muestra esos sentimiento, no hay posibilidad
de
contradecirlo.
Esta
distinción entre "expresión" o
"mostración" y "afirmación" o "enunciación" de un
sentimiento es uno de los puntos más importantes de la teoría, pues ha
servido
de criterio de demarcación de las corrientes éticas analíticas. La
complicación
del tema nace del hecho de que la afirmación de un sentimiento va
siempre unida
a la expresión del mismo, pero no a la inversa. Al afirmar "Yo estoy
aburrido",
simultáneamente expreso mi estado de aburrimiento. Pero el aburrimiento
se
puede expresar por gestos, tono de la voz, expresiones no afirmativas,
etc., en
cuyo caso la expresión del mismo no va acompañada de la afirmación. Y
esta
distinción sirve para separar las doctrinas éticas subjetivistas de las
emotivistas: "Porque, mientras el subjetivista sostiene que las
declaraciones éticas realmente afirman la existencia de ciertos
sentimientos,
nosotros sostenemos que las declaraciones éticas son expresiones y
estimulantes
de los sentimientos que no implican, necesariamente, ninguna
afirmación" [248]
La
ventaja que tiene esta distinción de Ayer, y a cuyo
objetivo obedece la misma, es que así se evita la crítica de la que, en
cambio,
es susceptible el subjetivismo ético, basada en que la validez de los
juicios
éticos, tal como se entienden comúnmente, no está determinada por la
naturaleza
de los sentimientos del autor. Efectivamente, el subjetivismo
ético
propone para los juicios éticos un criterio de validez alternativo al
usualmente considerado moral; el emotivismo ético,
en cambio, sostiene
que los juicios éticos no tienen validez alguna.
El
emotivismo, no obstante, es susceptible de una
crítica que no puede eludir, si no quiere traspasar el uso del lenguaje
común,
que por principio no puede. Se trata de explicar cómo es posible
explicar el
hecho de las discusiones habituales sobre las cuestiones de valor.
Porque es un
hecho obvio que si dos amigos afirman respectivamente "La austeridad es
una virtud" y "La austeridad es un vicio", no callan a
continuación aceptando que cada uno simplemente ha expresado su
sentimiento,
sino que se enzarzan en una polémica respecto a cuál de los dos tiene
razón,
cuál de los dos juicios es válido.
Este
argumento, que utilizara Moore [249],
se usa tanto para refutar el subjetivismo cuanto el
emotivismo. Pero Ayer considera que el emotivismo no es afectado por
tal
argumento. Lo sería en el caso en que realmente se disputara sobre
cuestiones
de valor, como se da por supuesto en Moore, de acuerdo con las
apariencias.
Pero estaría a salvo si sobre lo que se disputa son cuestiones de
hecho. Y tal
cosa es lo que ocurre, según Ayer. Los dos compañeros no se reprochan
recíprocamente que digan mentiras; su discusión en el fondo versa sobre
los
datos y motivos que han llevado al uno y al otro a sus respectivas
valoraciones
de la austeridad. Y todo ello porque presumen que ambos se mueven en el
mismo
sistema de valores, por lo cual puede discutir sobre la coherencia de
ambas
tesis con el conjunto de esos valores, sobre las estimaciones de las
experiencias que les han llevado a sus respectivas afirmaciones, etc.;
si
llegaran a la conclusión de que se mueven en órbitas de valor ajenas,
darían
por zanjada la discusión por imposible
[250]
La
conclusión de este análisis de Ayer para la Ética no
puede ser más explosivo: ésta, en tanto que rama del conocimiento, no
es más
que "un apartado de la psicología y de la sociología". La clave de la
misma es el miedo: el miedo al enfado de un Dios,
el miedo al rechazo de
la sociedad. No es posible, pues, una Ética como ciencia. Y la Ética,
como rama
de la filosofía, debería ser metaética, es decir, análisis del lenguaje
moral.
Pero en este campo su labor está muy limitada: "Sabemos que la
filosofía
ética consiste, simplemente, en decir que los conceptos éticos son
pseudo-conceptos, y, por lo tanto, inanalizables". Con otras palabras,
Ayer llega a su punto de salida, al famoso slogan "De lo que no se
puede
hablar, lo mejor es callarse" del Tractatus
wittgensteiniano.
Posteriormente
Ayer retomaría el tema con alguna
matización a su teoría, aunque manteniéndola íntegra en lo fundamental.
Un
mayor y mejor conocimiento del análisis del lenguaje moral a través de
la obra
de Stevenson [251]
le
permitió distinguir entre "acción particular" y "clase de
acción", considerando que lo que realmente se aprueba o desaprueba en
moral, es decir, aquello sobre lo que versan los juicios éticos, no son
las
acciones, sino las clases de acciones. De esta forma pasó a entender el
juicio
ético como "una clasificación factual de una acción como perteneciente
a
una determinada clase de acciones, que suelen suscitar una cierta
actitud moral
en el que habla" [252].
Es
decir, emitir un juicio sobre una acción es clasificarla en un tipo de
acciones
con el objetivo de que sea aprobada o rechazada, ayudándose de una
situación
empírica que se conoce: el grado de aceptación o rechazo de esos tipos
de
acciones.
Hemos
de resaltar que esta corrección es en sí muy
importante, y podría haber tenido en Ayer más efectos de los que tuvo.
Desde
este enfoque, si un utilitarista dice "X es bueno", quiere decir que
"X" pertenece a la clase de las acciones que tienden a promover la
felicidad general, y lo dice para que dichas acciones se lleven a cabo.
Un
hombre religioso que diga "Z es bueno" quiere decir que "Z"
es una acción que pertenece a la clase de acciones ordenadas por una
autoridad
eclesiástica, y su fin es también inducir a la acción. Por tanto, "X es
bueno" o "Z es bueno" enuncian hechos empíricos, y, en
consecuencia, son susceptibles de ser valoradas como correctas o
incorrectas,
válidas o no válidas, verdaderas o falsas. En estos casos, concede
Ayer, se
trata de cuestiones de hecho encubiertas bajo una expresión lingüística
común
con los juicios normativos. O, si se prefiere, proposiciones que
enuncian
hechos verificables, pero cuyo fin no es la verdad, sino la persuasión:
proposiciones descriptivas con uso normativo. Ahora bien, consideradas
cuestiones de hecho, ya no pertenecen a la Ética. Es sólo en tanto que
consideradas proposiciones normativas que corresponden a la Ética. La
teoría
ética emotivista sigue siendo válida aplicada a los términos éticos
puramente
normativos.
En
"Sobre el análisis de los juicios morales"
el punto de partida es diferente. Tal vez constata Ayer que en pocos
años las
cosas han cambiado. De las posiciones rudamente positivistas que ponían
la
muerte de Dios, la liquidación de la objetividad del bien, y la Ética
absoluta
en el mismo saco, se había pasado a posiciones más comedidas. Se tendía
en general
a resucitar la Ética como "proposiciones de distinta clase que las
científicas", con "distinta evidencia", con "su propia
clase de lógica", etc. Es decir, se trataba de decir: toda la crítica a
la
Ética desde las exigencias de la ciencia positiva y su racionalidad es
estéril,
pues las proposiciones éticas son sui generis.
Las
tesis positivistas de Ayer chocaban con una
mentalidad nueva, con una conciencia lingüística diferente. Si la
filosofía
discute sobre el lenguaje, y en el lenguaje de un país es obvio que se
toman
las expresiones éticas como verdaderas proposiciones, que caracteriza y
describe una acción con predicados éticos y la gente se entiende, ¿cómo
seguir
afirmando que las afirmaciones éticas no son en realidad afirmaciones,
no
describen nada, no son verdaderas ni falsas, etc.?
[253].
Es obvio que algo ha pasado. La filosofía, al menos
una buena parte de la filosofía, parece despreocuparse de su deseo de
ser
"semáforo del lenguaje", parece renunciar a imponer al lenguaje
natural su exigencia de rigor lógico y de verificabilidad empírica para
conseguir el grado de saber científico, pasando así a aceptar una
función más
humilde: la de describir sus usos, sus significados diversos, sus
posibilidades.
Ayer
ha captado la nueva situación, pero cambiará poco;
más bien aporta argumentos para reafirmarse y cubrir sus flancos a la
crítica.
Reconoce que su posición anterior respondía a una pretensión razonable:
proponer a los hombres otra manera de hablar que evite las confusiones
de la
forma socialmente impuesta y aporte mayor claridad y eficacia. Y sigue
pensando
que tal posición es razonable, aunque ahora evite aquel énfasis que
ponía en la
afirmación del sinsentido de los términos y
(pseudo)proposiciones
éticas. Su posición aquí es la de aceptar que el lenguaje ético sirve
para
comunicarse y que, en tanto tal, sus proposiciones y su lógica son
diferentes.
Pero esa diferencia expulsa a la Ética de la filosofía. Insiste, por
tanto, en
la conveniencia de separarlas, a base de definir con claridad "hecho"
y "proposición", para mostrar no sólo que las proposiciones éticas no
pertenecen al conjunto de las proposiciones filosóficas, sino que "las
afirmaciones éticas caen fuera de la clase de proposiciones" [254]
La
única aportación relevante que Ayer hace en este
artículo, respecto a su exposición de la teoría en Lenguaje,
verdad y lógica,
es pasar de un simplificador "emotivismo expresionista" a un más
elaborado "emotivismo induccionista"; o sea, acentúa el carácter
retórico de la Ética. Es decir, ahora ve los juicios éticos menos
neutrales y
más retóricos; ahora acentúa más el "intento de influir moralmente
sobre
otra persona", o de "afianzarse en una actitud", o de incitar a
la imitación, a animar o desanimar a un tipo de acción, etc. Como dice
Ayer,
"Se presupone que es un juicio que ya de antemano tiene una influencia
sobre aquellos a los que va dirigido el argumento"
[255]
Ayer
considera que todos los errores y confusiones que
impiden ver este carácter retórico de la Ética proceden de usar
términos
normativos para describir experiencias. Es decir, podemos
acostumbrarnos a usar
"bueno", "virtuoso", "justo" para describir
cierto tipo o clase de acciones o situaciones, cierto tipo de
experiencias.
Hasta aquí nada hay que objetar, si se es consciente que se está usando
un
término "ético" de forma descriptivas, al mismo nivel que
"aburrido", "excitante" o "seguro". El problema
surge si ese término operacionalmente descriptivo pasa subrepticiamente
a
funcionar éticamente, normativamente, incitando a aprobar o desaprobar
una
acción, a actuar o a inhibirse. Así surge la falacia naturalista. Por
tanto,
hay que decidir entre, o bien aceptar que el término es descriptivo, y
entonces
no prescribe nada, o bien que es normativo, y en tal caso no puede
usarse
legítimamente para describir experiencias o hechos. "Nosotros estamos
todavía autorizados a decir que es desorientador que (el
intuicionista)
utilice el término-valor para designar el contenido de tales
experiencias;
porque de este modo se las arregla él para meter de contrabando un
juicio
normativo en lo que se pretende que sea una afirmación de hechos. Una
valoración no es una descripción de algo muy peculiar; sencillamente,
no es una
descripción" [256]
La
crítica de Ayer a todo objetivismo moral, a la
existencia de una esfera de objetiva de valores que se reflejan en las
cosas,
de los que éstas participan o con los cuales de forma misteriosa se
relacionan,
es terriblemente dura. Porque, si existiera, ¿cómo percibirlos? Si
alguien lo
consigue, ¿cómo saber que es el único mundo de valores objetivos
existentes?,
¿y cómo comunicarlos a los otros? Más aún, una vez descubiertos, ¿cómo
saber
que son ellos los valores buscados?, ¿cómo saber que son valores sin
poseer
previamente el criterio y el canon de valoración? La hipótesis de la
existencia
objetiva de los valores no funciona: no ayuda nada en absoluto. "No
cumple
ningún papel que no pueda ser cumplido igualmente sin ella" [257]
Dada
esta crítica radical al intuicionismo, que Ayer
hace extensible al utilitarismo y a cualquier ética naturalista, la
pregunta
final oportuna parece ser: ¿cuál es, entonces, el lugar de la moral?
Para Ayer
la respuesta es clara: "no estoy diciendo que la moral sea cosa trivial
o
sin importancia, ni que los hombres no deban preocuparse de ella" [258];
pero lo hacen como hombres. En cambio, como filósofos,
no es su misión sugerir comportamientos morales: la filosofía moral, en
cualquiera de sus doctrinas, es esencialmente neutra respecto a la
conducta.
"Para hablar técnicamente, pertenecen al terreno de la metaética, no a
la
ética propiamente dicha. Por eso es por lo que, para cualquier tipo de
filósofo, resulta necio, lo mismo que presuntuoso, proclamarse paladín
de la
virtud" [259]
La
escisión entre la filosofía y la vida, entre el
filósofo y el hombre, entre las necesidades de una y otra forma de
existencia,
quedan perfectamente condensadas en su famosa frase: "Analizar
juicios
morales no es en sí moralizar"
[260].
El filósofo ha de renunciar a guiar la conducta moral
de los hombres.
4.7.
Panorama de la Ética analítica de la postguerra.
Ética y
el lenguaje ético se pueden considerar como parte del proceso a través
del
cual, como miembros de una comunidad, frenamos nuestros impulsos y
moderamos
nuestras exigencias, en modo de hacerlos compatibles, en la medida de
lo
posible, con los de nuestros semejantes.” (S. Toulmin, The
Place of
Reason in Ethics).
La
reacción al primer Wittgenstein, a Schlick, a Ayer,
se dará fundamentalmente en la postguerra
[261].
Si algo expresa una guerra, es la debilidad de la
moral. La Segunda Gran Guerra fue vista como expresión cruda del nihilismo,
cosa que sensibilizó a la filosofía. Las tesis de Ayer, como las de
Nietzsche,
se revelaron como peligrosamente nihilistas, como cómplices del horror [262].
Pronto se denunció el peligro de la asepsia analítica
y neutralista, que se entendió como proyecto de "desacreditar la
moral" [263].
Si
los juicios morales eran meras exclamaciones, meros gestos irracionales
de horror,
desagrado, pasión...todo estaba permitido
[264]
La
obra de Ch. L. Stevenson, de la Michigan University, Ethics
and Language [265]
abre
una línea moderada de respuesta a Ayer y a Moore, simultáneamente, y
con
fidelidad a Richards. Se admite la tesis central de éste, es decir, la
carencia
de significatividad de los juicios éticos, pero se corrigen los
aspectos más
pesimistas de su conclusión, al sostener que dicha carencia no reduce
la moral
a meros gestos irracionales, sino que individualiza un área lingüística
propia
que merece un análisis particular y apropiado. Se abría así una nueva
etapa.
Stevenson
no puede comprender las razones de Moore para
renunciar a las tesis de Hume, según las cuales los juicios morales
expresan
sentimientos y actitudes interesadas. Pensaba Moore
[266],
acertadamente, que quienes dicen que una acción es
buena, correcta, equivocada, mala... no pretenden simplemente decir "no
la
apruebo" o "me desagrada", sino que intencionalmente la está
calificando con pretensiones de objetividad. Pero su defensa de esta
tesis no
era consistente. Decía que si alguien dice "X es correcto" y otro
"X no es correcto", uno de los dos se equivoca, uno de los dos, y
sólo uno, tiene razón.
Stevenson
puede responder que si traducimos los juicios
morales a lenguaje emotivista, los enunciados "Yo apruebo X" y
"Yo no apruebo X" no se contradicen cuando el "yo" se
refiere a dos personas distintas, o a dos instantes distintos de la
misma
persona. Lo cual es cierto, pero no resuelve el problema de fondo: los
autores
de dichos juicios consideran que se contradicen. Podemos decir: tal vez
lo
consideren, pero no tienen razón al hacerlo. No hay incompatibilidad
lógica.
Las "creencias" de los interlocutores no son entre sí
contradictorias; sólo las actitudes que éstas determinan son contrapuestas.
En
rigor lógico, es así, pues la contradicción se da
sólo en el ámbito de una teoría, no entre teorías. Pero si con ello se
disuelve
un problema, lo cierto es que aparece otro: ¿qué razones tenemos para
elegir
una u otra creencia? ¿Hay algún criterio racional? O sea, ¿es uno de
los dos
juicios más razonable que el otro? Porque, en definitiva, se trataba de
decidir
la racionalidad de la Ética [267]
En
esta línea destaca la obra de Stephen Toulmin, de la
Harvard University, cuya obra An Examination of the Place of
Reason in
Ethics [268],
de
1950, contribuyó a clarificar el dominio y las posibilidades del
razonamiento
moral. Su preocupación se centra en alejar el discurso ético del
peligro de la
irracionalidad. Le parece que los criterios de racionalidad para
convalidad o
falsar una teoría no deben establecerse en abstracto y de forma
universal, sino
descubrirse mediante el examen de los usos más propios de las
proposiciones de
dicha teoría. Las proposiciones éticas se utilizan, en su forma
principal, en
unas situaciones y actividades humanas determinables; podemos, pues,
conocer
esas condiciones, y podemos descubrir los tipos de cosas que sirven
como
argumentos en favor de una línea de acción. Considera que "la Ética y
el
lenguaje ético se pueden considerar como parte del proceso a través del
cual,
como miembros de una comunidad, frenamos nuestros impulsos y moderamos
nuestras
exigencias, en modo de hacerlos compatibles, en la medida de lo
posible, con
los de nuestros semejantes" [269]
Toulmin
se alinea en posiciones muy humeanas, lo que le
permite rectificar el subjetivismo sin recurrir al naturalismo o el
intuicionismo. Acepta que los juicios éticos tienen que ver siempre con
emociones y sentimientos, pero considera que al juzgar una buena acción
no nos
limitamos a expresar nuestras privadas reacciones,
sino que valoramos la
capacidad de la acción para facilitar una coexistencia armónica entre
los
miembros de la colectividad. O sea, la "subjetividad" no es ciega,
irracional, sino estructurada socialmente. De esta forma cobra todo su
sentido
la Ética como reflexión racional sobre las consecuencias de las
acciones.
El
problema viene cuando se trata de subjetividades que
han sido estructuradas de forma distinta, por distintas condiciones y
valores:
dos modos diferentes de entender la "vida buena". En tal caso, sin
fondo común, el debate parece indecidible. No hay manera de decidir
entre las
posiciones éticas de un cristiano y un musulmán: el fondo metafísico de
la
ética es irracional; el fondo social es racional
[270]
En
esta dirección también destaca la propuesta de
Richard Mervyn Hare, de la Oxford University, quien afirma que "no se
puede extraer ninguna conclusión imperativa válida de un conjunto de
premisas
que no contenga al menos un enunciado imperativo"
[271].
Hare acepta los límites de Ayer: distinción entre
describir y valorar, entre juicios de hecho y juicios de valor, entre
significado empírico y expresión de sentimientos... Pero aspira, como
Stevenson, a dar sentido al análisis del lenguaje moral, a revelar sus
significados, en suma, a legitimar el razonamiento moral
[272]
Hare
se desplaza del "emotivismo" al
"prescriptivismo", al entender que los juicios morales, tanto si usan
"bueno" como si usan "debe", sirven no tanto para expresan
sentimientos propios como para aprobar o loar una acción y recomendarla
a sí
mismo y a los otros. Decir "robar es malo" equivale a decirnos a
nosotros mismos y a nuestros interlocutores que no debemos realizar tal
tipo de
acciones.
Ahora
bien, además Hare considera que los juicios éticos
constituyen sólo un subconjunto de los juicios prescriptivos, a saber,
el de
aquellos que son universalizables. El juicio moral
no simplemente
prescribe una acción para alguien, aquí y ahora, sino que implica una
prescripción universal para todas las circunstancias afines: "Las
reglas
del razonamiento moral son fundamentalmente dos, correspondientes a las
dos
características del juicio moral, a saber, la prescriptividad
y la universalidad".
De esta forma, al no hacer depender la racionalidad del juicio moral de
su
significado positivo, de su contenido descriptivo, sino de unos rasgos
objetivos identificables, salva la racionalidad de la Ética respetando
las
exigencias analíticas.
Al
igual que Toulmin, reconoce que su propuesta no
resuelve todos los conflictos. Un racista fanático consideraría moral
(prescriptible
y universalizable) un juicio favorable a la eliminación de los judíos [273].
No
han sido éstas las únicas propuestas sobre la función
del discurso moral y las formas peculiares del razonamiento ético, pero
sí han
sido las más fecundas. Otras propuestas, como las de John Wilson [274],
David Pole [275]
y Alan Montefiore [276] coinciden
en considerar
los enunciados morales como descriptivos y laudatorios, y en sostener
que la
posibilidad de la racionalidad en Ética depende de que no entren en
juego los
sentimientos personales, que están en la base de los sentimientos
morales.
También
John Nowell-Smith [277]
se ha esforzado en mostrar que quien emite un juicio
moral no lo hace espontanea e irracionalmente, sino que se esfuerza en
aportar
razones. Por su parte, John Langshaw Austin
[278],
de la Oxford University, ha llamado la atención sobre
el tipo de acción que cumplimos al hablar, defendiendo la existencia de
un
significado "performativo" como el propio de aquellas frases que no
aspiran a constatar un estado de hechos, sino a otros tipos de
operaciones,
como expresar un deseo, prometer, congratularse, excusarse,
comprometerse. Este
"significado performativo" permite fecundas tipologías de los juicios
éticos [279].
Esta línea de trabajo
la han desarrollado G.C. Kerner [280]
y G.J. Warnock [281]
De
todas maneras, a pesar de la preponderancia de esta
corriente, ha habido pensadores de otras líneas. Por ejemplo, Alfred
Cyril
Ewing [282]
ha intentado, sin
abandonar el neutralismo y la actitud de búsqueda de racionalidad en
Ética, ir
más allá del lenguaje. Su neo-intuicionismo enlaza
con el de Moore,
Harold Prichard [283]
y
David Ross [284]
Con
la misma pretensión de superar los residuos
irracionalistas aparecen las obras de Philippa Foot
[285]
y Geoffrey James Warnock [286].
Pero en este caso cuestionan la "gran
división", la radical diferencia entre juicios de hecho y de valor. Por
tanto, asumen una posición neo-naturalista, de
corte empirista. Ph. Foot
liga los juicios morales con el placer y dolor físico de las personas
en juego;
Warnock, los refiere a las mejoras de las condiciones humanas. Por
tanto, se
abren al utilitarismo.
En
los mismos tonos se manifiestan D. Lyons
[287]
y J.J.C. Smart [288],
buscando renovar el modelo utilitarista de modo que
facilite el "cálculo" para guiar la acción humana. Ambos optan por el
"utilitarismo del acto". Frente a ellos aparecen los partidarios del
"utilitarismo de la regla", como John Rawls
[289]
y John Urmson [290].
Por su parte, Marcus George Singer
[291],
ha buscado criterios menos genéricos, condiciones de
decisión más precisas; en especial ha acentuado la necesidad de
universalizar
la decisión, acercando el utilitarismo a posiciones más kantianas. Y no
faltan
los más excéntricos, como John Niemeyer Findlay
[292],
que se alinea con Hegel y la fenomenología.
Los
argumentos de Moore contra el naturalismo, aceptados
de forma general por los emotivistas, no han estado exentos de
contradictores.
Moore usa con fervor la sanción de "falacia naturalista". Nadie tiene
derecho a afirmar que "el placer y sólo el placer es bueno", porque
tal enunciado es sintético, no analítico, y los enunciados sintéticos
no tienen
por qué ser universales. Por otro lado, nadie puede pasar del "es" al
"debe", nadie tiene derecho a traducir el "bien" a cualidades
naturales...
Franquena
[293]
ha salido al paso. Se pregunta por la
"falacia", que a su entender Moore no define. Distingue tres posibles
sentidos: (1) que consista en definir una propiedad natural, como la
bondad,
como si se tratara de algo natural. Pero Moore no ha sentado con
claridad que
la bondad sea una "propiedad no natural"; simplemente lo afirma;
(2)
que consista en definir una propiedad con los términos de otra. Tal
cosa exige
en cada caso demostrar que la bondad es distinta a las propiedades con
que se
intenta definir; y (3) que consista en definir lo
indefinible. Exige probar
que la bondad es una propiedad simple y, por tanto, indefinible.
Frankena
señala, además, que los emotivistas, como
Stevenson, han sido excesivamente cordiales con Moore, aceptando su
antinaturalismo, aunque renunciado a su intuicionismo. En el fondo,
piensa
Frankena, ello se debe a que están más próximos de lo que sospechan. Al
fin y
al cabo, ambos concuerdan en aceptar que los juicios éticos no se
someten a los
criterios y controles de las demás disciplinas científicas, con lo cual
pivotan
sobre una "evidencia" o "sentimiento" no racional.
5.
Éticas axiológicas
“El
moralismo de Kant significa, en definitiva, el establecimiento de un
primado
filosófico de la Ética y la fundación de una metafísica ética. Con ello
se abre
la vía de las metafísicas no ontológicas: del saber, del valor, de la
vida, de
la intuición, de la acción, etc.” (J.L. Aranguren, Ética)
Si
las Éticas analíticas enraízan con Hume, con la
metafísica de Bradley y con el método de Moore, las Éticas axiológicas
están
más ligadas a la tradición kantiana, al método fenomenológico de
Husserl y a la
axiologización ontológica de Nietzsche; si las primeras arraigaron de
forma
preferente en el espacio geopolítico anglosajón, estas otras
encontraron más
eco en el continente. Pero, sea Hume o sea Kant, lo cierto es que
heredan el
problema ilustrado: la crisis de la metafísica y la búsqueda de un
nuevo
fundamento de la verdad y del bien que pase por el reconocimiento de la
autonomía del hombre. La "mayoría de edad" de la razón que la
ilustración proclamara se concreta ahora en su liberación del ser, de
todo ser,
de Dios y de la cosa en sí, de la verdad y de los
valores objetivos. Tal
perspectiva pone como tarea principal de la Ética el pensar la
posibilidad de
que la razón ponga el sentido de las cosas: ponga el valor.
Las Éticas
continentales fenomenológicas y existencialistas giran en torno a este
problema: eliminado el ser hay que fundamentar el valor.
En
la historia han habido posiciones, como la de Spinoza
o la Escolástica, que parten de un "fin último" establecido por la
metafísica, y no se sienten obligadas a explicar la génesis de la
moral; en
otro momentos se ha hecho abstracción de la metafísica y se ha puesto
en el
origen un factum, caso del "yo" de Descartes, de la
"conciencia" de Kant, de la "naturaleza humana" de Suárez o
de Hume, y del "comportamiento humano" de Aranguren. Ahora bien, esta
alternativa aparecida históricamente viene a revelarnos que la Ética
supone
siempre una tensión entre la pasión metafísica y la pasión psicológica:
entre
una moral metafísica y una moral
psicológica. O, si se prefiere,
entre una tendencia a reducirla a teología y otra a experiencia.
Tal
vez haya sido Kant el filósofo que viviera y
planteara este problema de forma directa, dramática y fecunda, al
sentar
radicalmente la imposibilidad de una fundamentación metafísica y, al
mismo
tiempo, al poner como principal peligro de la Ética cualquier riesgo de
disolución en la psicología. En su Crítica de la Razón
Práctica renuncia
al fundamento metafísico (el ente como "bueno" y Dios como "summum
bonum" y la teoría de las causas finales), es decir, renuncia
a
deducirla de unos presupuesto metafísicos dogmáticos o pretendidamente
evidentes, y también renuncia a inducirla empíricamente,
psicológicamente. O
sea, aplica el mismo criterio que aplicara ya a su nueva fundamentación
de las
ciencias, formulado en su "revolución copernicana": busca un fundamento
en la estructura de la subjetividad.
"Buena
voluntad" es aquella que obedece a la
razón práctica, que independiente de inclinaciones y propósitos
establece lo
bueno como puro respeto a la ley. Y el origen de la ley y del deber es
la
conciencia moral, que pone la ley y es deber para sí misma. Preguntar
por una
instancia trascendente fundamentadora es regresar allí de donde Kant ha
salido:
hay que aceptar la conciencia como horizonte de moralidad. De lo
contrario se
regresa a la metafísica o a la psicología. Por eso la opción kantiana
tiene el
atractivo de presentarse como alternativa a la arbitrariedad y a la
impureza.
De entrada, pues, es innegable su grandeza, que sin duda le viene de
haber dado
a la Ética una nueva fundamentación filosófica. Como dice Aranguren "El
moralismo de Kant significa, en definitiva, el establecimiento de un
primado
filosófico de la Ética y la fundación de una metafísica ética. Con ello
se abre
la vía de las metafísicas no ontológicas: del saber, del valor, de la
vida, de
la intuición, de la acción, etc." [294]
La
opción kantiana era de difícil equilibrio. Fichte
enseguida regresa a la metafísica; otras éticas subjetivas pronto caen
en el
relativismo y el "subjetivismo". La ética de los valores ha aspirado
a un equilibrio tipo kantiano. El tema del valor es ya puesto por Kant
en su Metafísica
de las costumbres. Lotze, partiendo de él, lo tematiza.
Nietzsche perseguirá
una transmutación de los valores, un nuevo orden de valores. El
"valor" se convierte en el eje de demarcación de las diversas
propuestas éticas que, una vez roto el vínculo ontológico deben
explicar la
naturaleza y origen del valor. La crisis de la metafísica abre paso a
la
axiología.
5.1.
Nietzsche y la transmutación de todos los
valores
5.1.1.
"Zaratustra" el moralista
“¿Libre
de
qué? ¿Qué le importa eso a Zaratustra? Tu ojo debe manifestarme con
claridad:
libre ¿para qué?” (F. Nietzsche, Así habló
Zaratustra)
Interpretar
a Nietzsche implica correr un riesgo
superior al habitual. Su lenguaje no ayuda al análisis objetivo [295];
la coherencia no es una virtud que cultive, ni tampoco
la claridad [296];
y la
historiografía, con su apasionamiento y su militancia, en modo alguno
favorece
el oficio [297].
No obstante,
Nietzsche es un pensador con quien hay que medirse las fuerzas alguna
vez en la
vida: su pensamiento, en lo moral, es en gran medida un desafío. No un
desafío
hermenéutico, como un reto a su desciframiento -cosa que no nos
preocupa de
quien mostró tan poco interés en ser descifrado-; sino una provocación
a
dejarnos inundar por sus sospechas, a ponernos a prueba de la seducción
de su
retórica. Nietzsche siempre sugiere y hace pensar, aunque sea bajo el
signo de
la singularidad y la diferencia; Nietzsche nos reta a enfrentarnos con
el
riesgo de perversión que introduce en nuestra conciencia. No nos
importa, pues,
encontrar "la verdad" de Nietzsche, si es que la tuvo; nos interesa
únicamente afrontar la provocación particular que genera en cada uno de
nosotros, como un desafío a nuestras creencias.
En
Ecce homo escribe Nietzsche una reflexión que
puede considerarse sin arrogancia como el punto de partida de cualquier
estudio
sobre la ética nietzscheana. Dice: "No se me ha preguntado, pero se
debería habérmelo hecho, lo que significa en mi boca, en boca del
primer
inmoralista, el nombre de Zaratustra, pues lo que constituye el
carácter
formidable y único de este persa en la historia es cabalmente lo
contrario del
inmoralista. Zaratustra fue el primero en advertir, en la lucha entre
el bien y
el mal, el verdadero mecanismo de la marcha de las cosas. La
transposición de
la moral a lo metafísico, como fuerza, causa y finalidad en sí, es obra
suya.
Pero esta pregunta sería ya, en el fondo, la respuesta. Zaratustra creó
ese
error fatal que se llama la moral; por consiguiente, debe ser también
el
primero en reconocerlo" [298]
Aparentemente
se trata de justificar por qué Nietzsche
elige el personaje de "Zaratustra" para emitir su mensaje, o sea, por
qué se disfraza de "Zaratustra". Pero la respuesta condensa todo el
programa. Elige "Zaratustra" porque fue el primer moralista y, por
tanto, debe ser el primer inmoralista: debe reparar su error. ¿Quién
mejor que
él? [299]
La misma lucidez que
se necesita para establecer una metafísica que ha determinado la
conciencia de
sí de los hombres, se necesita para invertir esa conciencia, para
subvertir la
propia imagen.
Pero
Nietzsche dice más: nos relata aquél formidable
error de Zaratustra que ha dado sentido a la vida durante siglos, y que
ahora
se apresta a descifrar. Zaratustra supo ver que la vida es la lucha del
bien y
del mal, pero en lugar de aceptarla creó la moral y la disolvió en la
metafísica. Zaratustra fue quien escindió la vida humana en dos mundos,
el de
acá y el del más allá; fue quien dio a éste solidez, realidad,
perfección,
eternidad, valor, al tiempo que debilitaba y degradaba la
vida en la tierra,
lo temporal, el movimiento. Zaratustra creó a Dios con lo mejor del
hombre,
empobreciendo de paso a éste; Zaratustra creó el mundo ideal, el
platonismo,
como paisaje eidético, como lugar de la eternidad y el valor,
desvalorizando el
mundo real.
Dice
MacIntyre que "Según Nietzsche, el
cristianismo se encuentra en el corazón de los males modernos. ¿Por
qué? Porque
el cristianismo ha conducido a una desvalorización sistemática de este
mundo en favor de un mundo próximo, y así a una falsa espiritualidad.
Ante
todo, porque el cristianismo ha encarnado valores que resultan
destructivos
para todos los valores morales, incluso los propios"
[300].
Y nos parece correcto, pero dando a la crítica
nietzscheana una dimensión menos antireligiosa y más antimetafísica. Su
rebelión es, en el fondo, contra Platón; rechaza a Jesucristo en tanto
que
platónico. Cualquier religión que distinga dos mundos, cualquier
metafísica, es
para Nietzsche una forma de platonismo, cuya perversión consiste
siempre en un
doble pecado: el de crear un mundo imaginario, y el de crearlo como
superior,
como modelo y a costa del real, es decir, crear un mundo ideal a costa
del real
y someter ésta a aquél. Pues dicha reproducción imaginaria se hace de
tal
manera que el ideal se construye con lo noble y valioso que hay en el
mundo
real, por lo cual éste queda privado, vaciado, propiamente de ello: si
acaso se
le concede la posibilidad de participar de aquél, como fantasmas,
imágenes o
sombras.
Zaratustra,
pues, está en el origen del error, y ahora
viene a enmendarlo. ¿Por qué? Porque Zaratustra es veraz, más veraz que
los
demás, y debe corregir su error: debe suprimir esa metafísica y la
moral en
ella apoyada [301].
¿Por
qué ahora? ¿Por qué ha llegado su momento? Porque es ahora cuando
Zaratustra,
por fin, ha descubierto el gran error, ha llegado a la verdad.
Zaratustra debe
abandonar su retiro y venir a predicar a los hombres una nueva
filosofía y una
nueva moral adecuada a la misma; o, para ser más precisos, debe bajar a
la
tierra, a la caverna, para declarar a los hombres la nueva verdad:
"Dios
ha muerto". Todo el mensaje de Zaratustra parte de esta nueva
situación:
Dios ha muerto, por consiguiente, los hombres deben iniciar una nueva
vida, ya
que hasta ahora su vida ha sido un tremendo error, ha estado guiada y
subordinada a la existencia de Dios, de un mundo trascendente, de unos
valores
ideales y eternos, de unos deberes fijos, de unos fines inalterables [302]
Dos
problemas surgen de forma inmediata ante esta tesis
de Zaratustra. El primero es: ¿por qué sabe que Dios ha muerto? La
respuesta no
está explicitada, pero el texto non permite entender que Zaratustra
afirma la
muerte de Dios porque ha descubierto la "voluntad de poder" como
esencia del mundo. Una voluntad que está en el mundo real, en el mundo
del
movimiento y del tiempo, del cambio, de la pasión; una voluntad que
explica el
mundo, la vida en la tierra, haciendo innecesario y absurdo -más aún,
desenmascarando el hechizo- de un trasmundo de ideas y valores eternos.
Ya
Schopenhauer [303]
había arremetido contra lo "en sí" kantiano,
contra el "noúmeno", afirmando la "voluntad" como esencia
del mundo. Este expresa un movimiento ciego, sin sentido, sin fines,
sin
valores: el mundo es voluntad, o mero esfuerzo de ser, de seguir
siendo, de
vivir, de reproducción de la especie. El hombre schopenhaueriano es
mera
voluntad de ser: su carácter es fijo, inalterable, y sus fines son
determinaciones naturales de esa voluntad de vivir. Por tanto, toda
filosofía
que intenta encontrar sentido en el mundo y, en particular, toda
filosofía
práctica que busca dar sentido a la existencia humana, se funda en un
error: el
de creer en la posibilidad de modificar la naturaleza humana [304].
El egoísmo, la crueldad y la compasión, móviles
básicos de la naturaleza humana, son inalterables. La única esperanza
es la de
disminuir la crueldad y el egoísmo cultivando la compasión o piedad: es
decir,
inhibiendo el deseo, debilitando la voluntad, matando el deseo de
vivir,
caminando hacia la nada.
La
"voluntad de poder" nietzscheana, es un
concepto muy diferente del usado por Schopenhauer. Aquí no es la
"nada" el objetivo, sino la superación de todos los límites, el fin
de la vida ascética, el despliegue del poder creador de la voluntad. De
todas
formas, a pesar de su radical diferencia de contenido, funcionalmente
juega un
papel similar como alternativa a la metafísica platónica: equivale a
decretar
el fin, la muerte, de toda trascendencia; a establecer su gratuidad y
arbitrariedad, su error y su espejismo. La "voluntad de poder", por
tanto, es la idea clave de una nueva filosofía que permite liquidar la
metafísica de los objetos ideales y, con ella, la moral de valores
absolutos.
El
segundo problema derivado de la nueva situación,
creada por la "muerte de Dios", es el de la alternativa. Zaratustra
no ha venido a decir a los hombres simplemente algo que ya saben, al
menos a
nivel práctico: ya viven como si Dios hubiera muerto. El mensaje de
Zaratustra
debe contener algo más, que convierte su misión en oportuna y épica.
Efectivamente, viene a decir a los hombres cómo pueden salir de la
situación en
que se encuentran por la muerte de Dios: viene a ofrecerles una
alternativa.
Viene a decir: "Dios ha muerto. Tenéis la siguiente alternativa: seguir
en
vuestro estado actual, consecuencia de la muerte de Dios, en el nihilismo
pasivo; o aspirar a una nueva moral. En definitiva, podéis
continuar
interpretando "el último hombre", o podéis aspirar al
"superhombre".
Aquí
se ve de nuevo la importancia de la "voluntad
de poder", clave de la nueva filosofía: la misma es absolutamente
necesaria para la opción por el "superhombre". Sin ella, el
conocimiento de la muerte de Dios lleva al escepticismo, a esa vida
aburrida,
mediocre y gris del último hombre [305]:
una vida que no quiere nada, que quiere "la
nada"; una vida en la que, con palabras de Nietzsche, "el hombre no
dispara ya la flecha de su anhelo por encima del hombre, en la que la
cuerda de
su arco ha olvidado estar tensa...".
Sólo
armado de la nueva filosofía de la "voluntad
de poder" puede descender Zaratustra a predicar su mensaje, pues así no
dirá lo que los demás ya saben, sino que les ofrecerá una alternativa:
sólo con
una nueva moral puede Zaratustra equilibrar su error al crear la moral
del
esclavo; sólo con una nueva filosofía puede nivelar su error al crear
la
metafísica de los dos mundos [306].
Sólo
así puede ofrecer al hombre escindido una nueva unidad.
5.1.2.
Estética y "nueva moral"
“Os
conjuro, hermanos míos, a que permanezcáis fieles a la tierra y no
creáis a los
que os hablan de esperanzas ultraterrenas. Son envenenadores,
lo sepan o no lo
sepan.” (F. Nietzsche, Así habló Zaratustra).
La
"muerte de Dios", por tanto, no es la idea
central del mensaje de Zaratustra, no es un descubrimiento
nietzscheano: es una
situación, la situación que da sentido al mensaje de Zaratustra. Es la
situación que hace que Zaratustra abandone su retiro de la montaña,
mientras
que el santo solitario del bosque sigue su aislamiento sea porque sigue
creyendo que Dios está vivo, sea porque no tiene nada que decir a los
hombres.
Zaratustra, en cambio, tiene una nueva doctrina, una nueva moral: la
del superhombre,
a la que ha accedido desde su nueva filosofía de la "voluntad de
poder". Tiene algo que decir. Y lo que tiene que decir es
"moral": "¡No arrojes al héroe de tu alma! ¡Mantén sagrada tu
suprema esperanza!".
Incluso
podría pensarse que Zaratustra no baja de la
montaña para "corregir un error", para saldar su deuda con los
hombres como creador de la moral. Podría pensarse, decimos, que
Zaratustra
-pese a Nietzsche-, baja de la montaña cuando una moral ha fracasado,
cuando el
hombre se ha hundido en el nihilismo. Su vuelta es para predicar una
nueva
moral. Ciertamente, no puede regenerar la vieja: Dios ha muerto
efectivamente y
la metafísica platónica ha devenido literatura. Pero sí puede predicar
una
moral nueva con la grandeza de la vieja: una moral en la que los
valores
vuelven a ser definidos de acuerdo con las exigencias de una
topología
diferente. En la vieja moral, los valores fueron puestos por el hombre
fuera
del hombre, inseguro de su virtud, para guiarse por ellos, y acababa
esclavo de
los mismos; en la nueva moral, el hombre asume su valor y se dispone a
ejercerlo libremente, confiado en sí mismo. La vieja moral se instaura
desde un
acto de conocimiento, en el que se instaura una ley moral a la cual
queda
sometida la actividad y la vida del hombre; en la nueva moral se
rechaza la
primacía del conocimiento y se instaura la preferencia de los valores
estéticos,
afirmando con ello la dimensión poética y artística, creadora, del
hombre. En
la vieja moral el hombre se superó a sí mismo con la creación ideal de
un mundo
platónico de ideas y valores que asumió como normas; en la nueva moral,
Zaratustra también afirma que "el hombre es algo que debe ser
superado", es decir, reprocha al "último hombre" del nihilismo
que se acepte a sí mismo, que prefiera volver al animal en lugar de
superar al
hombre; aunque aquí el hombre supere sus límites mediante la creación
artística.
El
"gran inmoralista", por tanto, puede
entenderse como predicador de una nueva moral. Esta nueva moral
requiere
teóricamente la muerte de Dios, el fin de todo ideal ascético, para que
el
hombre pueda asumir su libertad creadora y dar sentido y valor a las
cosas.
Nietzsche, entusiasmado con la nueva moral, entenderá la muerte de Dios
como
una victoria, como la liberación del gran obstáculo. Y, en su
apasionamiento y
exaltación, a lo que contribuye su talante "hímnico", declarará la
guerra a sus residuos. Declarará la guerra a la moral, se declarará el
primer
inmoral. Aunque, a nuestro entender, las declamaciones no consiguen
encubrir un
fondo no sólo "moralista", sino "moralista clásico". El
nuevo hombre es vestido de nobles valores: los del artista.
El
mensaje de Zaratustra, por tanto, se escinde en dos
dimensiones. Por un lado, una dimensión negativa, auspiciando el fin de
una
época y poniendo en juego toda su retórica para contrarrestar las
"fuerzas
reactivas", los deseos de mirar y volver al pasado: "Os conjuro,
hermanos míos, a que permanezcáis fieles a la tierra y no creáis a los
que os
hablan de esperanzas ultraterrenas. Son envenenadores, lo
sepan o no lo
sepan" [307].
Por
otro lado, una dimensión positiva, exhortando a elegir y ofreciendo una
salida
hacia adelante al describir el camino hacia el nuevo orden, las
sucesivas
transformaciones.
Uno
de los momentos más significativo de este mensaje se
recoge en el primer discurso de Zaratustra
[308],
en que se dibuja la transformación liberadora del
hombre de la autoalienación a la libertad creadora. "Os voy a hablar de
tres transformaciones del espíritu: de cómo el espíritu se convierte en
camello, y el camello en león, y el león, finalmente, en niño" [309].
Si analizamos estas metamorfosis descubrimos, a
nuestro entender, y a pesar de la interpretación más extendida de
Nietzsche,
que éste siente una profunda e inconfesada admiración por el
"camello". Porque, en rigor, el "camello" simboliza un modo
de ser humano grande y noble, incluso heroico: el hombre que crea a
Dios, es
decir, la ley moral, y se somete a ella. "¿Qué es lo más pesado, oh,
héroes? Así pregunta el espíritu sufrido, para tomarlo sobre sí y
alegrarse de
su fortaleza..." [310].
Este
hombre tiene para Nietzsche -y no podía ser de otra manera-, un aspecto
elogiable:
se hace a sí mismo, aunque se haga esclavo de sí mismo, de su propia
creación.
Es un hombre que quiere algo grande, quiere llevar el mayor peso; no
quiere lo
fácil, sino probar su fuerza y su grandeza con la obediencia, con su
capacidad
de carga [311].
La grandeza del
"camello" es su ley: el deber.
Nietzsche,
pues, admira al "camello" en tanto
que representa un ideal de hombre que niega la mediocridad, el
gregarismo, el
conformismo. El camello acepta su carga voluntariamente, para probarse
y
superarse: para autonominarse. El camello elige su
carga: y es una carga
noble, por encima del hombre. Nietzsche, aun rechazando esta figura
moral,
parece otorgarle el reconocimiento de su elevación: es mejor que el
nihilismo.
El
camello y su carga parecen tener un destino
insalvable: el desierto, es decir, la negación de la vida, el más allá
de lo
vivo. La moral del deber desemboca inexorablemente en su esterilidad,
en su
nihilidad. Nacida para ennoblecer la vida, acaba negándola y
sustituyéndola por
la renuncia, por la ascesis. Y, como la moral del camello era veraz, es
decir,
respondía a altos ideales, no puede aceptar esa nihilidad, no puede
aceptarse a
sí misma: se rebela contra sí, negando su "ser camello" y abriendo
las puertas a una nueva figura: la el "león".
El
"león" representa la negación de la moral
objetiva, de los valores y normas externos al hombre. El "león" dice no
a la carga, no a la autoalienación del hombre, no
a la metafísica
idealista, no al mundo inteligible, no
a toda voluntad externa al
hombre, no al deber. De esta manera conquista su
libertad; pero sólo su libertad
negativa. Consigue salir de la existencia autoalienada al
liberarse de la
trascendencia de los valores, pero nada más. La negación no es
alternativa:
negar el "yo debo" sólo conduce al "yo quiero". Pero este
"yo quiero" no satisface a Nietzsche, quien ve esta negación como un
paso adelante únicamente por su perspectiva dialéctica. La negación, la
"moral del león", en sí misma es menos noble que la "moral del
camello"; sólo en el esquema dialéctico, como paso hacia el final, se
legitima como superior.
Es
normal que así sea, pues el "yo quiero" de
la voluntad en la figura moral del "león" no expresa en rigor el fin
de los valores: sólo expresa el fin de los valores ideales y
trascendentes, que
son subrepticiamente sustituidos por otros más ruines y mezquinos, más
inconfesables y no menos esclavizadores, propios de la miseria del
nihilismo.
Se trata de una voluntad sometida a sí misma: en lugar de querer
libremente,
quiere quererse, es decir, quiere el egoísmo, cuyos valores son ahora
su juez.
Esta
voluntad no podía satisfacer a Nietzsche, para
quien el hombre debe proyectarse espontáneamente hacia fuera, debe
hacerse a sí
mismo, superando sus límites, teniendo como fin propio la negación de
todos sus
límites. Es muy sugestiva la observación de Deleuze, cuando afirma que
"no
nos queda más elección que entre vidas mediocres o pensadores locos" [312].
Para Nietzsche esta era la alternativa: y no podía
optar por la mediocridad. Si en la "moral del camello" los límites
eran puestos por los valores trascendentes, en la del "león"
reaparecen los límites puestos por el egoísmo. En las dos figuras el
hombre ha
errado su fin: en ambas es esclavo de sí mismo, en ambas se pone
límites, en
ambas renuncia a ser para simplemente ser algo.
De
ahí que necesite una nueva transformación, en la
figura moral del "niño", que toma de Heráclito. Con ella se recupera
la afirmación, "un santo decir sí". Ahora la voluntad no quiere
algo; simplemente quiere. De ahí la metáfora nietzscheana del juego: la
voluntad del niño es juego creador, inocente e indiferente afirmación,
sin
límite alguno y, por tanto, sin destino alguno. Se trate de recuperar
el
origen, de regresar a aquella situación originaria, antes de la
creación, para
iniciar el camino, para decir y poner libremente nuevos valores. La
muerte de
Dios nos ha vuelto al origen: hay que empezar de nuevo, con desenfado y
la
alegría de quien no tiene ningún lugar adonde ir, ningún fin que
perseguir,
ninguna ley que respetar, ningún deber que cumplir. El "niño" expresa
esa situación originaria: ha negado la negación, es ajeno a ella; su
ser es
pura positividad.
El
"niño" es el fin del "filósofo".
Este había pasado de "fisiólogo" o "médico" a
"metafísico"; había dejado de ser "poeta" para convertirse
en "profesor público". A partir de entonces, como interpreta Deleuze,
"la filosofía ya no es más que el recuento de todas las razones que el
hombre se da para obedecer" [313].
El filósofo ha invertido los valores: valora la vida
según su aptitud para soportar cargas, para soportar el peso de los
valores
superiores trascendentes. Ha sometido la poiesis al
logos. De
este modo se esteriliza la vida, se condena al desierto. El "niño"
viene a recuperar el desenfado original, a descargar la vida, a
aligerarla de
peso, a sustituir en ella el deber por la creación, la obediencia por
la
afirmación, la sumisión por el poder. "Crear es aligerar, es descargar
la
vida, inventar nuevas posibilidades de vida. El creador es
legislador-bailarín" [314].
El
"niño" es el artista. Nietzsche reivindica al artista frente al
filósofo, la creación frente a la lógica, el juego frente al deber, la
estética
frente a la ética. Su moral es el fin de la ética y a manos de la
estética.
La
grandeza del "niño" nos advierte del secreto
rechazo nietzscheano del "león" y de su fondo moralista. La
"Muerte de Dios" es condición de posibilidad del nuevo hombre, pero
no es razón suficiente. La liberación del deber, la libertad negativa,
no
devuelve al hombre su ser creador [315].
Para Zaratustra la verdadera libertad no consiste en
escapar de un yugo: "Hay muchos que han perdido todo su valor cuando
rechazaron su servidumbre" [316].
Es decir, liberados de Dios y de la ley moral el
hombre asume el riesgo de una mayor degradación: la liberación del yugo
no es
su salvación, sino su libertad negativa. Pero ésta no sirve para un
moralista
como Nietzsche sino como mera condición de salvación. "¿Libre de qué?
¿Qué
le importa eso a Zaratustra? Tu ojo debe manifestarme con claridad:
libre ¿para
qué?" [317].
La
libertad negativa que sobreviene a la "muerte de
Dios" es una definición abstracta de un acontecimiento, que necesita
rellenarse de sentido y de valor. Este es el gran mensaje nietzscheano:
el
hombre es quien pone el sentido y el valor a la vida. El artista no
actúa según
reglas ni morales, ni lógicas ni técnicas: su actuación es siempre
moralmente
inocente, lógicamente ingenua y técnicamente indiferente.
Es
el mensaje de Zaratustra tanto al "último
hombre" como "al hombre que quiere perecer"; es decir, a la
conciencia que sabe la muerte de Dios pero que la vive como pérdida, al
hombre
que interpreta la situación de forma pesimista: "¡todo es en vano!
¡mejor
nada de voluntad!"; y a la conciencia que asume la "voluntad de
nada" [318].
Zaratustra enseña que hay una salida del nihilismo, que es posible una
nueva
moral, que la misma consiste en la "transmutación de todos los
valores", pero que para que sea posible hay que pensar al hombre como
el
legislador de la moral. Y esta idea la proporciona la nueva filosofía:
la
filosofía de la voluntad de poder.
5.1.3.
La voluntad de poder
“La voluntad de poder es el ser
y es la nada en la alianza originaria del
movimiento.” (E. Fink. La filosofía de Nietzsche)
Ya
Kant había puesto el mundo como una construcción
humana; pero Kant dejaba un "en sí" que actuaba como frontera y
límite al poder creador del hombre. Romper esa barrera fue la tarea de
la
"filosofía de la libertad", que el idealismo, de diversas formas,
intentó reiteradamente. Pues bien, Nietzsche puede ser entendido en el
marco de
ese proyecto, como una tentativa más, perfectamente diferenciada.
Desde
el punto de vista de la filosofía práctica se
trataba de eliminar a "Dios", en sentido metafísico, como reino
ideal, como verdadero ser y, por tanto, como ley moral. Sin eliminar
toda
prescripción trascendente la libertad quedaba yugulada: "Si hubiera
dioses, dice Zaratustra, ¿cómo soportaría yo no ser Dios?" [319].
La
"voluntad de poder" en Nietzsche no es lo
mismo que el "deseo de poder". Este es un concepto ligado a una tesis
o descripción psicológica, que define una antropología empírica: el
hombre
concebido como sujeto de deseos de fines concretos, exteriores a la
voluntad,
sea la riqueza, el poder político, la gloria. Tal concepción es
contradictoria
con la filosofía de Nietzsche que venimos exponiendo, pues, en el
fondo, ese
"deseo de poder" expresa la sumisión de la voluntad, del
"querer", a unos valores fijos y externos, socialmente determinados.
La "voluntad de poder", en cambio, es una tesis metafísica, que
Nietzsche menciona de formas diferentes como la esencia del mundo, como
al
decir "la esencia del mundo es la voluntad de poder", o bien "la
esencia más íntima del ser es voluntad de poder". Compartimos
plenamente
la interpretación de Deleuze al respecto, quien ha sabido distinguir
con
lucidez entre "lo que la voluntad quiere" y "lo
que
quiere en la voluntad" [320].
La
voluntad de poder en Nietzsche no significa que la voluntad quiera
el
poder o desee dominar, poseer, controlar, etc. En
tal caso la voluntad
no sería libre, sino subordinada a los valores establecidos en la
sociedad
concreta, valores que definen las condiciones para ser reconocido como
poderoso. La "voluntad de poder" en Nietzsche es un principio moral:
el principio de evaluación de nuestras acciones, de nuestras leyes, de
nuestros
hábitos, de nuestros valores. La voluntad no quiere el poder, sino que
el poder
-la fuerza creadora, la vida- "quiere" en la voluntad, es
decir,
lleva a ésta a desear, a actuar; es decir, la voluntad de poder no es
deseo de poseer
sino de dar y crear. La
voluntad de poder es el principio de la
vida, al mismo tiempo principio ontológico y moral: da el ser a las
cosas y con
ello les otorga el valor.
Dicho
en otras palabras: la voluntad de poder es la
apuesta por el deseo productivo, creador, liberador. Porque en el
hombre se dan
simultáneamente el deseo de afirmar y el de negar, de crear y de
destruir, de
ser Dios y de entregarse al nihilismo, de la vida y de la muerte, del
goce y de
la ascesis... Pues bien, en ese juego de la voluntad o deseo interviene
la
"voluntad de poder" como principio moral que prescribe apostar por el
"poder", a favor del poder, es decir, a favor de la capacidad de
crear, de dar, de contagiar, y resistir a las fuerzas reactivas, a los
residuos
de la vieja moral, a la voluntad de nada, al nihilismo, a la
degeneración, a la
"vida enferma".
La
"voluntad" en Nietzsche sustituye al
"ser". Tradicionalmente, la representación clásica de la voluntad ha
hecho de ella en realidad una sustancia metafísica o, más a menudo, una
facultad del sujeto; por otra parte, ha visto en ella la causa, la
fuente de
nuestros actos; en resumen, la concibe como una unidad, una identidad.
En
Nietzsche no es así: la voluntad es explosión del ser, negación de su
orden y
su ley. Por eso ha dicho "no hay voluntad", en el sentido de que el
individuo no tiene una voluntad que desee. La
voluntad es pluralidad de
instintos, de pulsiones, de luchas. Es el lejano eco de un combate en
el ser.
El "querer" es un síntoma: la victoria de una de las fuerzas en
conflicto.
Bien
mirado, nos parece que la teoría de la voluntad de
poder viene a ser la sustitución de la metafísica del ser por una
metafísica
del valor. La muerte de Dios, que implica la necesidad y posibilidad de
una
nueva vida, es el resultado del hundimiento de la metafísica platónica;
no es
extraño, pues, que la voluntad de poder, que viene a proponer una nueva
estructura de la vida, configure una nueva metafísica (aunque
fuera su
ausencia). Además, es un hecho que Nietzsche expone su doctrina frente
a
la metafísica tradicional; más aún, es un hecho que Nietzsche insiste
en que la
liberación del dominio de esa metafísica no se consigue meramente con
repudiarla.
Por tanto, todo lleva a ver la voluntad de poder como una nueva
metafísica del
valor.
En
Ecce homo dice Nietzsche que "El invento
de la moral cristiana es un acontecimiento sin precedentes, una
verdadera
catástrofe" [321].
Nietzsche opone "Dionisos contra el Crucificado". Dionisos es la vida
bifronte, hecha de bien y mal, de sufrimiento y placer, de afirmación y
destrucción, de creación y muerte. El Crucificado es símbolo de una
vida
ultraterrena, perfecta, uniforma, y de una moral hostil a la vida.
Pero, en
rigor, el Crucificado es símbolo de Sócrates, de Platón, de la
tradición
filosófica dominante, basada en una metafísica que ha empobrecido este
mundo al
crear otro externo e indiferente a él y elaborado con lo bueno del
mismo.
Esto
nos lleva a situar a Nietzsche frente a la
metafísica clásica, en la metafísica del ser, lo que haremos siguiendo
de cerca
a E. Fink, quien ha abordado este tema con profundidad
[322].
La metafísica en su estudio del ente, del ser en sus
limitaciones, del ser determinado, se hace cuatro preguntas
fundamentales: (1)
por el ente en cuanto ente; (2) por la estructura fundamental
del ente; (3)
por el ente supremo; y (4) por el desvelamiento del ente. Las
preguntas
parecen surgir al hilo de nuestras habituales distinciones entre el ser
y la
nada, entre ser y devenir, entre ser y apariencia y entre ser y pensar.
"Cuando la interpretación del ente va guiada por la relación entre el
ser
y la nada, se pregunta por el ente en cuanto tal; cuando es la relación
entre
el ser y el devenir la que señala el camino a recorrer, se pregunta por
el
movimiento y, por tanto, por la conexión de totalidad de todo lo que se
mueve;
cuando las cosas quedan iluminadas por la luz de la diferencia entre
ser
auténtico y ser inauténtico se plantea la pregunta por el ente de rango
supremo
como criterio del ser; cuando, finalmente, se prepondera la conexión
tensa
entre ser y pensar, se pregunta por la verdad del ente y, en
consecuencia, por
el nombre de esa verdad" [323].
Se trata de los cuatro trascendentales de la filosofía
clásica: ens, unum, bonum,
verum.
Creemos,
con Fink, que la doctrina de la "voluntad
de poder" puede verse como una respuesta a esta metafísica. Nietzsche
rompe con la idea de los entes como realidades fijas, singulares,
quietas y
finitas. Los "entes" son momentos pasajeros del juego de la voluntad
de poder, meros "quamtum de poder". Las cosas no son limitadas y
fijas: están en constante movimiento, rompiendo incesantemente sus
límites. No
son "ilimitadas", pues no les abandona el límite, pero sí
indeterminadas,
en el sentido de movilidad absoluta. La nada que habita en el ente no
es un
límite: es el movimiento del límite, o sea, como presencia del dominio
de la
diferencia sobre la identidad [324].
Por tanto, como dice Fink, "La doctrina de la
voluntad de poder es la respuesta de Nietzsche a la pregunta metafísica
por el
ente en cuanto tal, es su decisión en el ámbito del ser y la
nada. La
voluntad de poder es el ser y es la nada en la alianza originaria del
movimiento" [325]
También
compartimos plenamente la tesis de Fink según la
cual la doctrina del "eterno retorno" es la respuesta de Nietzsche a
la pregunta por la relación entre ser y devenir. Nietzsche ha afirmado
el
movimiento como esencia del todo; pero, además, ha afirmado que el todo
temporal y en movimiento precede al cambio, no es
un efecto del cambio.
Y, para poder explicar cómo el todo puede preceder al cambio recurre a
la
doctrina de la repetición, del eterno retorno, en la que aquí no
insistiremos [326]
Tampoco
insistiremos la interpretación de la
"muerte de Dios" como respuesta al problema ontológico de la relación
entre ser y apariencia, aunque es obvio que la muerte de Dios, en el
marco
metafísico, es decir, Dios como mundo ideal, implica el fin de la
visión del
mundo empírico como sombra o apariencia devaluada del mundo ideal. Nos
detendremos, en cambio, en la doctrina del superhombre como respuesta
al
problema metafísico de la relación entre ser y pensar.
5.1.4.
El "superhombre"
“Si
hubiera
dioses, dice Zaratustra, ¿cómo soportaría yo no ser Dios?.” (F.
Nietzsche,
Así habló Zaratustra)
Nietzsche,
en su lucha contra la metafísica, en su
victoria sobre la misma, queda irremisiblemente preso en ella. Así lo
ha visto M.
Heidegger, en su penetrante trabajo sobre Nietzsche
[327].
Para Heidegger, nuestro autor queda prisionero de la
metafísica, sin que logre salir a un nuevo amanecer del mundo. La
"voluntad de poder" pasa a ser la nueva idea del ente; el eterno
retorno es la manera de pensar el ser del ente; la muerte de Dios y la
dialéctica Apolo-Dionisos son su versión del ente supremo, la nueva
forma de
pensar la creación de las cosas. Pero, además, la axiologización de la
metafísica, la sustitución del ser por el valor, hunde sus raíces en la
misma
filosofía platónica. Para Platón el Bien es la idea de las ideas, la
idea
suprema, lo más digno de saberse y de ser enseñado. La idea de Bien
(agathon)
es la que, como el sol, proporciona a las demás su perfección y su
cognoscibilidad.
El bien es el concepto supremo de la filosofía platónica: por el Bien
son
"buenas" las cosas; por el Bien son "buenas" las ideas.
Para
Platón el Bien es una realidad ontológica;
Nietzsche, en cambio, convierte el bien en valor, es decir, lo pone
como
relación del sujeto con sus objetos, con los entes. Con ello Nietzsche
simplemente se pone en línea con la filosofía moderna, que había
"subjetivado"
el mundo y los valores. Del mismo modo que el mundo devino un "para
sí", mera "representación", los valores perdieron todo estatus
de objetividad y trascendencia para devenir estimaciones subjetivas.
Los
valores son "valoraciones" de alguien y para alguien.
Ahora
bien, los dos procesos se dan al mismo tiempo: el
de conversión del mundo en sí en mundo para
sí, y el de conversión
del valor en "valoración". En el mismo acto la metafísica se
desvanece y su moral objetiva se subjetiviza: se trata de un proceso de
doble
axiologización de la metafísica. Si en la metafísica clásica las ideas
de las
cosas y de los valores tenían una existencia objetiva y trascendente, y
los
valores pertenecían al ser, pues ser equivalía a perfección, ahora ese
mundo de
ideas desaparece y la realidad queda simplemente como un juego entre un
mundo
de cosas puras, desnudas, sin sentido, sin finalidad, y una voluntad de
poder
que las proyecta, que pone el sentido y el valor. En el fondo, también
para
Nietzsche ser es igual a valor: pero ahora se trata
del ser en la
tierra, determinado por la voluntad de poder que lo atraviesa y lo
mantiene:
por tanto, es la voluntad de poder, en la medida en que pone el ser, la
que
pone el valor.
Para
Heidegger, la obra de Nietzsche, más que en la
superación de la metafísica consiste en la culminación de la metafísica
moderna. La antigüedad tendría una noción de verdad como iluminación,
como
mostración de las cosas. En cambio, la modernidad, presa de la
metafísica
platónica, entiende la verdad como certeza: es
decir, como un estado
subjetivo del hombre al contemplar las ideas, al mirarlas desde fuera.
Le parece
a Heidegger que la percepción subjetiva del ente es al mismo tiempo un
impulso
representativo y una representación impulsada
[328].
Es decir, como diría Schopenhauer, al mismo tiempo
"voluntad" y "representación". La voluntad es lo que mueve
a la representación; y la representación consiste en hacer de algo un
objeto, o
sea, es una voluntad de poder que crea el objeto. Todo lo que es, es un
objeto
para el sujeto; por tanto, todo lo que es, ha sido hecho objeto por la
voluntad
de poder. Todo es voluntad de poder, concluirá Nietzsche. Y Heidegger
afirma
que, de este modo, lleva a su fin la metafísica moderna, para la cual
la
sustancia es appetitus y perceptio,
como en la mónada
leibniziana, fuerza y representación.
Desde
esta perspectiva se entiende bien la idea del
superhombre no como algo del futuro, sino como algo presente en nuestro
ser,
aunque no desplegado. El superhombre es la idea de Dios del hombre
puesta como
fin del hombre; una idea en que conocer y crear se unifican, como en
Dios, como
en el arte. El superhombre es, en esencia, el hombre no escindido, no
alienado,
no subordinado a nada trascendente, cuyo hacer no se realiza mediante
su
adecuación a normas o ideales eternos a su vida; un hombre en el que
ser y
pensar, ser y deber ser, se unifican en la creación.
El
superhombre no es, al contrario de como se describe
en algunas vulgarizaciones de Nietzsche, el tipo fuerte del futuro, el
hombre
que vence al nihilismo. El "superhombre" es, ante todo, el opuesto al
"último hombre", al nihilista pasivo, entregado a su ser animal
gregario, feliz en su uniformidad, en su igualdad, en su homogeneidad.
Pero
también es el opuesto al dominador. El "superhombre" no es "el
hombre superior", preso en su ideal, aunque sea un ideal terrestre. Ni
siquiera
Zaratustra es el "superhombre", pues se declara su portavoz, su
profeta. Y si bien es cierto que no queda claro si el "superhombre"
es la fase final del hombre, o el ser no humano que deviene a la muerte
del
hombre, no hay duda de que el superhombre nietzscheano no es el
dirigente o
dominador de las masas. El superhombre no es una figura política: no
hace las
veces dl "gobernante" sino las del "sabio" socrático.
La
lectura de los textos nos lleva a pensar que
Nietzsche contempla una estabilización del nihilismo, de la humanidad
gregaria
entregada a la búsqueda de la felicidad; es decir, contempla el
mantenimiento
del último hombre. Pero también contempla que aparecerán los nuevos
"dominadores", que destruirán a "martillazos" los viejos
valores y realizarán la "transmutación de todos los valores". De
todas formas, el "hombre supremo", el "legislador del
futuro", que impone la ley y se impone su propia ley, no es el
superhombre, sino un ensayo de la voluntad de poder en esa dirección.
Parece,
por tanto, que el superhombre no dominará a la
humanidad nivelada. Nietzsche lo describe como dulce, austero, aislado,
sobrio,
poderoso, parecido a un "dios de Epicuro", sin preocuparse por los
hombres. Por tanto, no será un dominador, ni un legislador; no será un
político, ni un misionero; no se dedicará a la "gran política" ni a
la acción directa. El "superhombre" nietzscheano es un artista.
Los "amos de la Tierra" modelarán las masas gregarias como hacen los
artistas con la sensibilidad de los hombres. Los dominadores, los
legisladores,
los hombres fuertes, les servirán de instrumento.
Ahora
bien, el surgimiento del "superhombre"
requiere la transmutación de todos los valores. Para ello debe darse
una
revolución radical en el seno de la voluntad de poder, tendente a
eliminar lo
débil, lo negativo, para hacer valer la afirmación y la jerarquía. En
esa
transmutación de los valores se da la batalla final entre la verdad
y el
arte. Para Nietzsche es la última batalla
contra Platón, que consagró la
supremacía del conocimiento sobre la creación artística. Nietzsche cree
que,
regresando al origen, se recupera el orden de las cosas: el arte fue
antes que
el conocimiento, siendo éste siempre derivado. La ciencia es para
Nietzsche el
arte congelado en conceptos descoloridos y exangües, en esquemas y
formas
abstractas. El regreso al origen es el regreso a lo que Vico llamaría
el hombre
poético, que es artista sin saberlo. De este modo es comprende el
moralismo de
Nietzsche y su lucha contra la moral: se trata de una lucha contra la
forma que
ha tomado la moral subordinada a la verdad y al ser; se trata de la
reivindicación
de una moral de valores estéticos. Su nueva moral es una estética: ésta
le
permite llamar al hombre a trascenderse como creador, como artista, en
vez de
una trascendencia moral y metafísica alienantes.
5.1.5.
La filosofía del martillo
“Pero
ahora
mi martillo se ensaña cruelmente con su prisión. Saltan pedazos de la
piedra,
¿qué me importa a mí eso? Quiero acabar la obra, pues una sombra se ha
acercado
a mí. La belleza del superhombre se ha aproximado a mí como una sombra:
¿qué me
importan ya los dioses?” (F. Nietzsche, Más allá del bien y
del mal)
Así
habló Zaratustra
es el libro positivo de Nietzsche: en él expresa sus doctrinas de la
muerte de
Dios, del eterno retorno, de la voluntad de poder, del superhombre. Las
obras
siguientes están orientadas fundamentalmente a la crítica. Parece
razonable que
así sea. Si debe venir el superhombre, si éste es el futuro del hombre,
parece
razonable dedicarse a destruir la humanidad, es decir, lo que del
hombre ha
hecho la cultura occidental; parece razonable, en resumen, destruir esa
tradición, declarar la guerra al platonismo y al cristianismo. A partir
de
ahora Nietzsche usa el "martillo" para destruir la modernidad, para
eliminar el dogmatismo de los valores absolutos y trascendentes. Lo
hace para
que pueda salir el superhombre, para abrirle paso, para que su imagen
deje de
dormir en la piedra y salga a la vida: "¡Ah, que esa imagen tenga que
dormir en la piedra más dura y más tosca! Pero ahora mi martillo se
ensaña
cruelmente con su prisión. Saltan pedazos de la piedra, ¿qué me importa
a mí
eso? Quiero acabar la obra, pues una sombra se ha acercado a mí. La
belleza del
superhombre se ha aproximado a mí como una sombra: ¿qué me importan ya
los
dioses?" [329]
La
"filosofía del martillo" se aplica en Más
allá del bien y del mal, en La genealogía de la
moral, en El
ocaso de los ídolos, en El anticristo, en
Ecce homo, de forma
sucesiva, abordando uno tras otros los valores de la cultura occidental
moderna. Aquí únicamente comentaremos algunos aspectos de las dos
primeras, que
nos parecen, como ha señalado Thomas Mann, las obras en que el genio de
Nietzsche llegó a su culminación [330].
En
Más allá del bien y del mal (1886)
se
enfrenta a la filosofía, a la religión y a la moral. Ve la filosofía
como
"síntoma": "Poco a poco se ha ido revelando lo que hasta el
momento ha sido toda gran filosofía, a saber: la autoconfesión de su
autor, una
especie de `memorias' involuntarias e inadvertidas; y también me he
dado cuenta
de que los propósitos morales (o inmorales) constituían el
verdadero germen
vital de toda filosofía, del cual brotaba siempre la planta entera..." [331].
Toda la filosofía anterior, con su estructura
antológica, pasa a verse en claves axiológicas; bajo cada concepto,
oculto en
cada principio, Nietzsche encuentra el instinto de vida decadente. La
filosofía, en su conjunto, es vista como una constante fuga de la vida,
del
mundo real, hacia un trasmundo imaginario. O sea, toda la filosofía es
un
síntoma de la depreciación del mundo, de la vida en la tierra, una
máscara de
las relaciones de dominio, de la voluntad de poder.
Su
reflexión sobre la moral tradicional se condensa en
una serie de apartados brillantes. En "Para una historia natural de la
moral", donde ésta es vista como "lenguaje de signos de las
pasiones". La jerarquía de valores es vista como inversión del orden de
los instintos. Todo sistema moral tiende a re-organizar las pasiones;
el
sistema de moral tradicional las re-organizó en el orden inverso a la
voluntad
de poder, de ahí sus efectos: "La moral es hoy en Europa moral de
animales
de rebaño" [332]
En
"Qué es lo noble" distingue entre
"moral de señores" y "moral de esclavos". Creemos que no se
trata simplemente de una distinción de conductas (exaltación
o debilitamiento
de la vida), sino también de actitudes (exaltación de la
jerarquía o de la
nivelación). La moral de esclavos es "voluntad de igualdad"; la de
señores, "voluntad de diferencia". En ésta, lo "bueno" es
cuanto aumenta el poder (creador) del
individuo: es una moral de
virtudes guerreras, caballeresca, noble. Aquélla está dominada por el
instinto
de venganza y el resentimiento, glorificando lo bajo, lo débil, lo
enfermo, lo
apacible. La moral de señores incita a crear, a hacer; ésta a perdonar,
a
compadecer. Los señores crean valores; los esclavos los tienen ante sí
y los
aceptan.
En
La Genealogía de la moral Nietzsche radicaliza
su axiologización de la metafísica. Como dice E. Fink, de su pregunta
por
"la verdad del valor" pasa a la pregunta por "el valor de la
verdad". "Es un espectáculo notable el ver cómo Nietzsche reduce
todas las anteriores ideas de la verdad a la voluntad de poder y a los
puntos
de vista axiológicos dictados por ésta, y cómo no es capaz, por otro
lado, de
esclarecer, en su peculiar modo de verdad, el descubrimiento de la
voluntad de
poder" [333]
Para
Nietzsche toda moral tendría un grado de moral,
definido por su ajustamiento a la voluntad de poder, a la vida. Todo lo
existente estaría guiado por el lema spinoziano de "perseverar en el
ser": todo tiende a vivir, en lo inorgánico, en el mundo vegetal, en el
hombre. Cada moral, por tanto, debe ser valorada por sus efectos en ese
proceso
de vida. Habrá "morales de la vida ascendente", y "morales de la
vida descendente": la vida, pues, se convierte en el canon de los
valores.
Nietzsche
reconoce que siempre ha sido así, que siempre
ha habido morales de señores y de esclavos, que rebosan y prodigan la
vida o
que la vacían y enferman. Pero esa moral de señores era "ciega": los
señores no sabían lo que eran, no sabían por qué eran señores. Ahora,
con la reflexión
nietzscheana, con la filosofía de la voluntad de poder, esa moral
deviene autoconciente:
surge el auténtico señorío. Ahora el señor sabe por
qué es señor: no por
su sangre, por su rango, por su dominación, sino por su "poder", por
su capacidad de hacer y de hacer que se haga, por su potencia e vida,
de
creación de sentido y valores.
Pero
tal vez lo más destacado de La Genealogía de la
moral sea su terrible crítica a la moral cristiana, a los
ideales
ascéticos. Nietzsche distingue dos posiciones diferentes dentro de la
moral de
señores: la del guerrero, que ensalza las virtudes del cuerpo, y la del
sacerdote, que inventa el espíritu. Los sacerdotes son "los odiadores
más
llenos de inventiva". Ellos han conseguido la inversión de todos los
valores: sólo los miserables, los pobres, los impotentes, los enfermos,
los que
sufren, los deformes [334]
son
buenos. Esta inversión es vista como la rebelión de los esclavos: el
comienzo
del cristianismo. El cristianismo es para Nietzsche "moral de
esclavos", es decir, aceptación por el hombre de unos valores ante él a
los que voluntariamente se somete. Por tanto, expresa el olvido
del hombre
de sí mismo como creador de valores y la renuncia a
la vida, que es
dar sentido y valor al mundo.
El
cristianismo consiguió su logro más perverso al crear
la "mala conciencia", manifestación del instinto de crueldad.
"El hombre que, por falta de enemigos y obstáculos eternos, encerrado
en
la opresora estrechez y regularidad de las costumbres, se despedazaba
impacientemente a sí mismo, se perseguía, se roía, se sobresaltaba, se
maltrataba, ese animal que se lastimaba al chocar contra los barrotes
de su
jaula, ese animal al que se quiere "domesticar", ese hombre
abstinente y que está desgarrado por la añoranza del desierto y que
tenía que
hacer de sí mismo un aventurero, un lugar de suplicios, una selva
insegura y
peligrosa; este loco, este prisionero añorante y desesperado, se
convirtió en
el inventor de la mala conciencia"
[335].
Así se inventa la culpa: así el hombre se carga con la
culpa, una forma nueva de negar la vida.
Esta
"filosofía del martillo", en la que
ciertamente Nietzsche brilla más que en la exposición de su
alternativa, la
moral del superhombre, es menos una crítica e la moralidad que una
crítica de
los valores culturales en general. De todas formas, constituye su
herencia: una
herencia que la Ética de nuestros días debe asumir sin complejos. La
aceptación
acrítica del discurso nietzscheano en las últimas décadas ha estado
posibilitada y potenciada, a nuestro entender, por la debilidad de la
conciencia moral contemporánea y, en especial, por la crisis de la
moral
racional, universalista e igualitarista de raíz ilustrada. El
"hombre" de nuestra época es muy vulnerable al discurso estetizante y
a esa moral que no le exige identidad, coherencia, universalidad,
responsabilidad, consenso..., sino todo lo contrario. El "artista"
como figura de moralidad es la expresión del culto a la impunidad. Toda
reflexión ética actual que no mire a Nietzsche cara a cara, sin
complejos ni
prejuicios, nos parece condenada a la esterilidad del anacronismo.
5.2.
La propuesta axiológica de Scheler
“Originariamente
lo inferior es poderoso, lo superior es impotente. Toda forma superior
del ser
es, con respecto a las inferiores, relativamente inerte, y no se realiza
mediante sus propias fuerzas, sino mediante las
fuerzas de las
inferiores.” (Max Scheler, El puesto del hombre en
el cosmos)
Sugiere
el profesor Aranguren, y a nuestro juicio con
razón, que la teoría de los valores no es ajena al apogeo de la
Economía. El
"valor" es cualidad no confundible con el objeto real, los bienes.
Los bienes tiene un valor, pero no son un valor; el valor, tanto el de
uso como
el de cambio, se relacionan con la subjetividad, no con el objeto real.
Un "valor"
es también una relación jurídica, de propiedad: una acción,
una obligación.
Como señala Aranguren, aunque Nietzsche, Brentano, Wundt, Rickert...
Max
Scheler lo ignoraran, sus preocupaciones eran "deudoras" del
desarrollo de la ciencia económica y, en general, de la importancia de
la
economía en la determinación de la vida.
La
Historia de la Ética, si bien hace constar que otros
antes que él, como Brentano, hablaron de valores, reconoce a Max
Scheler el
puesto de honor de la "Ética de valores". Su tesis central gira en
torno a la objetividad de los valores, ofreciendo una Ética alternativa
a las
de fundamentación metafísica y al inmanentismo ético. Scheler lleva a
cabo una
dura crítica al "formalismo ético" de corte kantiano, en defensa de
una "ética material", y, por otro lado, elabora una "ética de
los valores".
Scheler
sitúa los valores en una esfera objetiva, junto
a las verdades y las experiencias; y afirma una facultad específica que
los
aprehende, los sentimientos intencionales, que hacen el papel del
intelecto y
de la percepción. Su tabla de clasificación de los valores es compleja:
de
personas y de cosas; materiales y espirituales; propios y extraños; de
actos,
de función y de reacción; de disposición de ánimo, de acción y de
éxito;
vivencias intencionales y valores colectivos; valores por sí mismo y
por
referencias.... Pero todo queda en una jerarquía de cuatro órdenes o
series: (1)
serie de lo agradable y desagradable; (2) serie de los
valores vitales; (3)
serie de los valores espirituales: estéticos, de lo justo e injusto, y
los
filosóficos (puro conocimiento de la verdad); y (4)
serie de los valores
religiosos.
No
hay una esfera de los "valores morales" (no
confundirlos con lo justo-injusto), porque no tienen materia propia: su
realidad consiste en realizar los demás según su justo orden y
jerarquía. Ante
los valores hay un acto de conocimiento, que
establece una preferencia (este
acto aún no es bueno o malo, no es moral) y un acto de
voluntad, de
decisión por la realización del valor elegido (es el acto
propiamente moral).
Vemos
que la materia de la voluntad es siempre un valor
extramoral. Ser bueno quiere decir realizar el valor elegido. Pero si
convertimos esta realización en fin de nuestra acción, es decir, si
perseguimos
ser buenos, no lo somos: tomar como objetivo la realización de un valor
por el
hecho de que ha sido establecido como preferente, para así hacer un
acto moral,
para así ser buenos, implica olvidarnos del valor material de dicho
valor,
implica que buscamos aparecer, como buenos ante nosotros mismos,
implica el fariseísmo.
Al contrario que Kant, la opción moral, la opción por un valor, debe
hacerse
por el contenido de ese valor.
Pretende
la ética de los valores que éstos son esencias
que incumbe a la persona realizar, convertir en existencia; son ajenas
a la
metafísica, como un neo-platonismo. Y ven en ello un progreso respecto
a la
ética de los bienes.
Hartmann
sigue a Scheler, pero parte de la debilidad de
éste: el apriorismo de los valores. ¿Quién garantiza que no son meros
prejuicios? De ahí que busque mostrar la objetividad de los mismos. Un
punto
atractivo de su doctrina es su distinción en los valores entre
"fuerza" y "altura". Es decir, considera que realizar un
valor menos elevado puede ser moralmente superior si el mismo es
presupuesto de
otros más elevados. Así, la cultura puede ser un valor más elevado que
la
comida, pero moralmente es preferible sacar al hombre de la miseria que
enseñarle teología.
El
Traité de Morale Générale (1942) de
René Le
Senne es muy posterior a la Ética (1925)
de Hartmann, pero sigue esta línea.
Admite una metafísica, una teoría del ser, pero no la escolástica
identidad
entre ser y bien, entre ens y bonum.
Cree que el ser está ahí, y
sólo hay que descubrirlo mediante el conocimiento; en cambio, el bien
debe ser
instituido y creado. Considera que fundamentar la moral en la
metafísica, como
ha hecho la ética clásica, es someter el futuro al pasado. Considera
que
Rousseau y Kant liberaron, emanciparon la moral del conocimiento, y
particularmente
del conocimiento metafísico. Con ello defiende que la moral, como el
arte, la
ciencia o la religión, son modos de proceder autónomos, originales,
diferentes.
5.3.
La Ética "ontológica" de la postguerra
“...
¿qué es más
lógico que sostener que un pensar que niega los valores debe
tenerlo todo
por sin-valor?” (M. Heidegger, Carta sobre el
humanismo).
La
postguerra ha constituido una época fecunda para la Ética.
Ciertamente, la experiencia era inmejorable para tal empresa. Los
hombres
pudieron ver y sentir de forma estremecedora el precio del dominio de
la
pasión, del interés, del fanatismo y del odio. Creemos que toda la
Ética de la
postguerra está atravesada por el horror de haber visto que 2.500 años
de
progreso de la razón no habían servido para neutralizar el deseo de
destrucción
y la crueldad de los hombres. La Gran Guerra fue el espejo donde los
hombres
contemplaron la naturaleza humana, donde se contemplaron a sí mismos,
donde
vieron trazados en líneas de sangre ideales, modelos, criterios,
razones y
sinrazones.
Pero,
como espejo encantado, no todos leyeron lo mismo.
Aunque, salvo excepciones, todos reaccionaron de la misma manera: con
la huida.
La Ética de la postguerra es una Ética errante, que al principio huyó
del
horror y enseguida del recuerdo, buscando en la imaginación el olvido
de la
historia.
Ciertamente,
no fue igual para todos. Mientras los
Estados Unidos recogieron el impulso de la guerra (desarrollo
industrial,
tutelaje de la reconstrucción, cerebros emigrados...), Alemania vivía
su
destrucción, su despoblación, su vacío de científicos e intelectuales,
su
ocupación y su sentimiento de culpa. La culpa será
no sólo el elemento determinante
de la conciencia, sino el objeto preferido de reflexión. Dos textos
magistrales
revelan este hecho: la "declaración de culpabilidad de Estocolmo"
(1945)
de la Iglesia Evangélica, y La culpa de Alemania [336],
de K. Jaspers. Mientras la Iglesia evangélica
lamentaba no haber testimoniado, rogado, creído y amado suficiente
durante el
nacismo, Jaspers, tras recuperar su cátedra de Heidelberg tras el
nazismo, se
preguntaba si era culpa de unos cuantos o una "culpa colectiva" del
pueblo alemán. Así ponía en primer plano y de forma radical la
responsabilidad
moral de los hombres.
Para
Jaspers la guerra, la derrota y la destrucción
constituían los efectos de un grave error: sustituir la grandeza
espiritual e
intelectual por el poder económico y militar. Lo que estaba en juego
era la
moral del hombre y su capacidad para vencer el deseo de poder: su
ensayo La
bomba atómica y el destino del hombre
[337]
es una apasionada llamada a asumir la culpa y la
responsabilidad moral. Fiel a sus principios filosóficos, llamaba a
sacar las
consecuencias de esa situación límite de la guerra, y de la no menos
límite de
la amenaza atómica, tal vez la última amenaza del hombre. La obra de
Jaspers,
tomando posición ante todos los problemas del mundo contemporáneo, de
la
cultura a la política, de la ciencia a la técnica, de la historia a la
religión, parece expresar esa "culpa" de una época que permitió, tal
vez por falta de compromiso, que la humanidad desembocara en el horror.
Consciente de que el fracaso provino de la coincidencia del
escepticismo de
unos y el fanatismo de los otros, su pensamiento moral, bellamente
expresado en
su Autobiografía filosófica, es una llamada a
evitar los dos vicios
extremos de la moralidad
Heidegger
opera un "giro ontológico"
radical, rompiendo con la tradición y aspirando al regreso al origen.
Kant, el
pragmatismo, la ética de los valores, Moore, Sartre... son opciones
éticas que,
con mayor o menor acierto han buscado liberar la ética de la
metafísica. Pero
no han faltado defensores de éticas ontológicas, como los
neo-escolásticos y
Zubiri, quienes defienden la subordinación de la Ética a la Metafísica.
Siguiendo el principio tomista de que es imposible que exista un ser
bueno que
no sea un ente, consideran los valores como meros trascendentales
separados
idealistamente del ser. Considera que "valor" es tan equívoco como
"bien"; y su realismo no es una tara, sino su mérito.
De
todas formas, sería Heidegger quien encabezara las
críticas a la Ética de los valores en las últimas décadas. Heidegger
entiende
el valor como el más espurio descendiente del agathon
platónico.
Interpreta que el bien como idea platónica, que no era sólo bien moral,
sino
modelo, fin, canon y logos, acaba reduciendo su contenido a mero bien
moral, y
así pasa a ser llamado valor. La idea de Platón está más allá del ser:
pero más
allá del ser está sólo lo que aún no es y debe ser. Es el "deber" en
Kant. En el XIX se necesita justificar el deber: y se hace recurriendo
al
valor. Llegará a decirse que la historia es la realización de los
valores. Heidegger
considera que de este modo el hombre occidental ha acabado por poner la
verdad
de los entes en las ideas, por apreciar lo real según los valores
(como en la
economía).
No
rechaza que las cosas tengan valor; lo que señala es
que, aprehendidas por su valor, reducidas a valor, acaban perdiendo su
dignidad
óntica, subordinándose a la estimación humana. Esta valoración es una
subjetivación:
no deja al ente que sea y nada más, sino que le hace valer para el
hombre. Y
cuando se reduce a Dios a "valor supremo", se le otorga el más duro
golpe: pues éste no consiste en considerarlo incognoscible o
indemostrable,
sino en travestirlo en valor. Pensar en valor es la mayor blasfemia
contra el
ser.
Heidegger,
en rigor, se niega a la parcelación de la
filosofía en ramas o "ciencias" diferentes. Su Carta sobre el
humanismo es el texto idóneo. Para Heidegger la Ética
comienza a desgajarse
de la filosofía en la escuela de Platón, cuando el pensar comienza a
ser
ciencia. Los presocráticos nada sabían de ética. Se enfrentaban al ser
de las
cosas con lozanía e inocencia. La culpa, la sospecha, la falsificación,
surgen
de la mano del desdoblamiento del ser en mero ente, en existencia
incompleta,
inacabada, indigente y culpable, y en "idea", en deber ser, en modelo
a perseguir.
Para
Heidegger la Ética bien entendida trata de la
morada del hombre; pero la morada del hombre es el ser, el hombre es Dasein,
está en el ser, junto al ser, en su vecindad, como un guarda o pastor.
Luego la
Ética es Ontología. Y esto quiere decir: la moral de nada sirve si no
coloca al
hombre en otra relación con el ser: relación de abertura al ser.
Aunque
se plantee como una nueva Ética, lo cierto es que
se disuelve en la Ontología, se decreta su falsedad originaria, su raíz
en la
indigencia y la ficción. La llamada de Heidegger es a aceptar el ser
y a
ignorar el deber ser. Ahora bien, convertir al ser,
en lugar del hombre,
en protagonista de la historia, ¿no es eludir la responsabilidad moral?
¿Es
intrascendente que el "giro ontológico" de Heidegger tuviera lugar,
según él mismo nos cuenta, en 1946, dejando atrás su etapa humanista?
Convertir
al silencio en custodio del ser, en vez de la palabra, ¿no es una sutil
autodefensa?
Y
no nos referimos, en modo alguno, a las sospechas
sobre las posiciones políticas de Heidegger, sobre sus connivencias con
el
nazismo. Apuntamos a un aspecto más general y abstracto, que afecta a
pensadores nada sospechosos, como es el caso de Hans Georg Gádamer. El
"giro hermenéutico" [338],
que aspira a acabar definitivamente con toda filosofía
de la historia que de una u otra forma llame a la acción; el "círculo
hermenéutico" en el que el hombre se encuentra preso, según Gadamer, y
que
permite a éste verse sin la responsabilidad histórica; la llamada a la
dependencia inevitable respecto a la tradición... ¿no son formas de
justificar
esa culpa colectiva que sólo Jaspers parecía capaz de mirar cara a cara?
Hasta
El Principio Esperanza de Ernst Bloch,
confiando a la "utopía" la tarea de anticipar el mundo moral, parece
implicar la justificación de la culpa: ¿cómo exigir moralidad en un
mundo
marcado por la injusticia?, parece preguntarse. ¿Acaso todo elemento de
la
sobreestructura no lleva la huella de la estructura de que depende?
La
"Escuela de Frankfurt" no escapa a la
huella de la guerra, aunque su producción filosófica, hecha en el
exilio, se
engendrara fuera de Alemania. En forma de "sociología crítica", lo
que verdaderamente les une es la búsqueda a una respuesta: ¿cómo el
hombre
puede llegar a lo monstruoso? Todos buscan una "antropología" que
explique esa posibilidad; y todos parecen descargar sobre la "cosa en
sí" la responsabilidad.
Ya
el trabajo colectivo del Instituto, publicado en
París en 1936, sobre Autoridad y familia, expresaba
estas
preocupaciones. Más explícitamente son retomadas en otros trabajos
colectivos,
éste de 1950, La personalidad autoritaria. Se
trataba de definir las
fuerzas que mueven a los hombres, las energías y contradicciones que
los
animan, especialmente atentos a las tendencias totalitarias y a sus
formas publicistas.
Les preocupaba la "moderna locura totalitaria", fundada sobre
prejuicios étnicos y nacionalistas, sin muchas referencias a las
condiciones
económicas y sociales. Les preocupaba, en suma, la bestia interna del
hombre en
su dimensión psicológica y antropológica.
Tal
vez haya sido Max Horkheimer quien mejor ha
sintetizado las tesis de este movimiento
[339],
con su proyecto de una antropología filosófica. El Eclipse
of Reason [340],
y la
obra conjunta con Adorno Dialéctica de la ilustración
[341]
son dos textos ejemplares para conocer las claves de la
Escuela de Frankfort. El enemigo del hombre no está en lo empírico,
sino en la
racionalidad, en el propio lenguaje. El hombre es esclavo de su
instrumento, de
la fuente de su poder, de su ciencia, de su progreso. El mayor
esplendor de la
razón manifiesta, precisamente, la mayor alienación humana, su mayor
esclavitud,
su mayor peligro. La "sospecha" queda así institucionalizada: el
enemigo no está fuera, sino dentro de nosotros mismos. Es la propia
esencia de
la civilización occidental la causa del mal. Por tanto, nadie parece
ser
culpable...
De
todas formas, los autores que, en esta línea, han
influido más en la reflexión contemporánea han sido M. Heidegger y J.P.
Sartre.
Autores con un origen intelectual común, en la fenomenología
husserliana; con
una práctica diferente de la misma doctrina, el existencialismo; con
ambiciosos
semejantes proyectos metafísicos, El ser y el tiempo
y El ser y la
nada; con pertenencia a dos países enfrentados en la guerra,
Alemania y
Francia; con papeles desiguales en la guerra; en fin, con posiciones
políticas
e ideológicas divergentes.
Sartre,
con su teoría el "compromiso", con su
radicalismo al convertir en moral toda acción humana, parece dirigirse
a los
hombres que, por vacilación, inhibición, tibieza, miedo, conformismo...
buscaron un discurso que legitimara su radical y absoluta inmoralidad.
Su
filosofía parece dirigida a una única obsesión: cada uno es culpable
de
lo que ha hecho y de cómo se ha hecho; nadie escapa a su culpa.
Por
su parte, Heidegger parece apuntar en otra
dirección, con una metafísica que, en el fondo, es exculpatoria. De la
guerra,
de las miserias humanas, parece querer decir, no son culpables los
hombres,
sino la "Razón". La guerra expresa la crisis de la metafísica
occidental, de un mundo construido sobre la ciencia y la técnica. Nos
limitaremos, pues, a estos dos autores. Y nos centraremos en dos
respectivos
textos que, aunque son breves, constituyen verdaderos monumentos sobre
el
pensamiento moral de la postguerra: contrastaremos las tesis de la
heideggeriana Carta sobre el humanismo, con el
ensayo sartreano El
existencialismo es un humanismo. Sin duda en ellas residen
las claves del
pensamiento moral de dos de las mentes más potentes de nuestro siglo.
Y, de
forma velada, en ellas aparecen los deseos infinitos de inculpación de
ambos.
5.4.
Sartre: la moral del compromiso
5.4.1.
El ser y la nada
“El
existencialismo no es nada más que un esfuerzo por sacar todas las
consecuencias de una posición atea coherente.”(J.P. Sartre, El
existencialismo es un humanismo).
Le
Senne no veía otra metafísica que la del "tout-fait",
como él decía, o del "en-soi", en palabras de
Sartre. Pero
Sartre cree que es posible esa otra metafísica, con lo que el problema
a
resolver es el de la manera de integrar la ética de los valores en
ella. Es lo
que intenta Sartre, quien dota a la moral de una fundamentación
metafísica [342],
pero despoja a los valores de toda determinación
ontológica. Su punto de partida es la distinción en el ser de dos
regiones: lo en
sí y lo para sí. Frente a Hegel, elimina
la nada del ser. Opta,
pues, por Parménides frente a Heráclito: "el ser es
y la nada no
es" [343].
Su
opción se hace en base al principio racionalista: "el ser no necesita
en
absoluto de la nada para concebirse"
[344],
mientras que la nada, que es negación del ser,
necesita de éste: "Su ser depende del ser"
[345]
El
gran problema de esta metafísica es el de explicar la
aparición de la nada, su venida al mundo. Sartre lo consigue de la mano
de un
ser especial: el hombre. "El hombre es el ser a través del que la nada
viene al mundo" [346].
El
hombre, por tanto, es un ente peculiar: pone la nada
en el mundo. El
hombre tiene el poder de introducir la nada en las cosas, de reducir
las cosas
a la nada, de anonadarlas, de negarlas.
El hombre es, para
Sartre, el ente que anonada, el ente que niega. Tal cosa exige que la nada
forme parte de su ser, que lo constituya; es, en definitiva,
esencialmente
negatividad. Las cosas para ser no necesitan no ser; el hombre, para
ser,
necesita no ser. Las cosas son ser sin no
ser: son en sí,
idénticas a sí mismas, sin poder devenir para sí.
El hombre, en cambio,
es para sí.
Como
se ve, las dos regiones del ser son el ser en sí
y el ser para sí, incomunicadas entre sí [347],
caracterizadas respectivamente por la identidad
y la diferencia. Sartre radicaliza así el dualismo,
la total incomunicación.
Lo en sí es originario, increado, cerrado sobre sí,
idéntico a sí mismo,
opaco, macizo, compacto, lleno de ser, lleno de sí, inconsciente,
encerrado en
sí mismo, incapaz de relacionarse con nada, ni siquiera consigo mismo,
incapaz
de percibirse y de juzgarse: incapaz de general la nada en su seno, la
diferencia, la conciencia. Lo para sí es conciencia
(la
"diferencia" es "conciencia"), poder de percibirse a sí
mismo y de juzgarse, de aprobarse o condenarse.
A
partir de esa distinción entra en juegos su relación.
Sartre considera que ser (en el sentido
de ser algo) equivale a aparecer.
Toma, pues, el "esse est percipi" de Berkeley, y lo
lleva a
sus consecuencias: el ser es siempre un aparecer, es decir, es ser para
una
conciencia. Por tanto, el ser lo da la conciencia.
Como
hemos dicho, Sartre radicaliza al extremo esta
distinción; así, del mismo modo que el en sí está
tan encerrado y
aislado en sí mismo que ni siquiera le corresponde en rigor la relación
de
identidad, el para sí es tan poco idéntico a sí
mismo, está tan abierto
al mundo, que siempre está fuera de sí, en fuga de sí mismo [348];
es decir, que la conciencia, el ser del hombre, es
pura negatividad.
La
relación entre ambos es asimétrica: el ser en sí,
reconoce Sartre, no necesita de nada para sí; necesitaría de lo otro
para
aparecer ante sí, para conocerse, pero, como hemos dicho, esta
necesidad no
pertenece a su ser. Por tanto, el mundo no implica al hombre. En
cambio, el para
sí necesita del mundo para ser, no puede prescindir de él. De
aquí surge la
principal objeción a la metafísica sartreana: la relación entre ser y
conciencia queda sin fundamento. Sartre no puede aceptar que la
conciencia sea
un momento del en sí para conocerse, cosa que
exigiría poner en el
origen el en sí y la conciencia,
el ser y la nada, y que llevaría
a una perspectiva panteísta: un ser consciente de sí y causa de sí, o
sea,
Dios; no puede aceptar que la especie humana sea un mero "espejo"
creado por el Universo para que este Universo se contemple a sí mismo [349].
Tal cosa supondría negar la subjetividad humana, su
esencial libertad y particularidad, para disolverla en la subjetividad
absoluta; tal cosa equivaldría a decir que no es el hombre quien habla,
sino el
mundo; tal cosa equivaldría a eliminar al hombre como sujeto moral.
Esta
metafísica establece los límites de la Ética
sartreana. En línea con Kierkegaard, quien de forma radical ponía al
hombre
como el autor de la moral, Sartre instaura al hombre como origen del
sentido
del universo. Entre el ser en sí y el ser para sí no cabe nada: no cabe
Dios.
Dios es una noción contradictoria que resulta de la unión del en sí y
del para
sí. Pero el en sí absoluto no puede tener conciencia de sí, y el para
sí
absoluto es una contradictio in terminis porque el
para sí es conciencia
y la conciencia es siempre relativa: conciencia de algo. Por tanto, la
primera consecuencia
es la necesidad de sostener el ateísmo.
Sartre
es un ateo coherente [350].
No hay Dios quiere decir que no hay absoluto alguno:
no hay valores, no hay Bien y Mal exteriores a nosotros. Sartre cumple
el
programa ilustrado: asumir que, muerto Dios, no debemos caer en la
tentación de
sustituirlo por los valores, sino enfrentarnos con la cruda realidad de
que por
encima del hombre no hay nada, nada de nada, más que la libertad. Eso
es todo
lo que hay fuera de nosotros: un mundo de cosas indiferentes en las que
ejercer
la libertad. Una libertad que, paradójicamente, nos exige tener la
valentía de
inventar nuestros propios valores. La vida no tiene sentido a priori;
nosotros
debemos darle un sentido, cada cual el que elija.
Por
tanto, la ética existencialista no es ética de los
valores, aunque, como ésta, separe ser y valor.
Mantiene la
distancia interior en el hombre, su no coincidencia consigo mismo. La
conciencia, "agujero en el ser", según Hegel, hace que el hombre sea
lo que no es y no sea lo que es. Pasa así con la conciencia
psicológica: es en
cierto modo lo que conoce, lo que quiere, lo que busca..., pero no lo
es
realmente. Y pasa igualmente con la conciencia moral, si bien de forma
más
radical: se separa de su ser presente y se proyecta sobre su ser
posible, sobre
el porvenir.
5.4.2.
Existencialismo y humanismo
en
el
fondo, lo que asusta en la doctrina ¿no es el hecho de que deja una
posibilidad
de elección al hombre?" (J.P. Sartre, El
existencialismo es un
humanismo)
Sartre
no escribió una Ética, como había anunciado
[351],
y que había de seguir a su El ser y la nada.
Por tanto, sus reflexiones sobre moral se encuentran repartidas en los
últimos
capítulos de L'être et le néant, en algunos
trabajos publicados en Les
Temps Modernes, y, de forma central, en su ensayo de 1948
sobre L'Existencialisme
est un humanisme [352],
al
cual nos referiremos en esta reflexión. Es cierto que en los últimos
años
disponemos de sus Cahiers por une morale [353],
redactados entre 1947 y 1948, y los Carnets de la
drôle de guerre [354],
entre 1939 y 1940, editados por su hija adoptiva, y que contienen
preciosas
reflexiones sobre moral y política
[355].
De todas formas, y aunque estos textos sean muy
interesantes para comprender la evolución de Sartre, nos parecen menos
relevantes históricamente que su trabajo sobre el humanismo.
El
trabajo debe situarse en su contexto: una defensa de
Sartre de su filosofía existencialista, frente a diversas acusaciones,
especialmente católicas y comunistas. Hemos de añadir que las críticas
a que
responden son de carácter práctico; por tanto, afectan a la doctrina
moral
implicada en el existencialismo, a la conducta que parece derivarse de
su
concepción del hombre y de la vida.
Las
acusaciones se agrupan en torno a dos núcleos de
problemas. Por un lado, según los críticos, el existencialismo induce
al
pesimismo, a la inacción, a la lúcida desesperación; por otro, que la
doctrina,
al subrayar la crueldad y las miserias humanas, oculta y dificulta lo
bueno del
hombre, como su capacidad para la belleza o la solidaridad [356]
En
un plano más filosófico, la crítica acusa al
existencialismo de desembocar en el cinismo moral, al relativizar los
valores
por su aceptación de la "muerte de Dios": "se nos reprocha que
negamos la realidad y la seriedad de las empresas humanas, puesto que
si
suprimimos los mandamientos de Dios y los valores inscritos en la
eternidad,
sólo queda la estricta gratuidad, pudiendo cada uno hacer lo que quiere
y
siendo incapaz, desde su punto de vista, de condenar los puntos de
vista y los
actos de los demás" [357].
Seguramente Sartre vivía tales críticas con amargura, pues si algo era
constante
en su propuesta existencialista, como puede verse en su "Conclusión"
a Questions de Méthode, era el esfuerzo por mostrar
que el hombre ocupa
un "lugar privilegiado" entre los entes. Dicho lugar privilegiado
era, precisamente, su ser histórico, su ser su
propia praxis [358]
Sartre
sospecha, y no sin razón, que "en el fondo,
lo que asusta en la doctrina ¿no es el hecho de que deja una
posibilidad de
elección al hombre?" [359].
Esa
posibilidad de elección, en rigor, y de acuerdo con la metafísica que
acabamos
de exponer, esa "necesidad" de elección, esa condena del hombre a ser
libre, introduce el problema psicológico del "miedo"; pero también
pone sobre la mesa un tema complejo: el de la objetividad moral.
Porque, así
las cosas, el sentido común no parece poder contemplar otra alternativa
que el
"miedo" a equivocarse de quien aún piensa en la transcendentalidad de
la ley moral, o el "cinismo" de quien ha asumido que lo bueno es
bueno porque el hombre lo pone como bueno.
La
doctrina existencialista parte de la "subjetividad"
o, si se prefiere, del principio que afirma que la existencia precede a
la
esencia: esta es su regla indiscutible. Esta tesis, ciertamente, va
contra el
sentido común. Los hombres suelen creer que las ideas de algo preceden
a la
producción y existencia de ese algo. Esta creencia tiene su origen en
la
"visión técnica del mundo" [360],
es decir, se deriva de la experiencia en la
producción: primero se diseña el objeto y luego se produce. Esta
concepción se extiende
a la idea de creación: y se supone un Dios preexistente al mundo
creado, que
primero lo concibe, luego lo desea y, al fin, lo crea (aunque
en el caso de la
creación divina se suprima el tiempo).
Esta
idea espontanea, dice Sartre, fue parcialmente
superada por la filosofía ilustrada: se prescinde de Dios pero no se
prescinde
del modelo de la creación. Es decir, se declara el ateísmo pero se
sigue fiel a
la tesis de que la esencia, la idea, precede a la existencia, a la
cosa. El ateísmo
del XVIII acepta la muerte de Dios, pero sigue pensado en términos un
sistema
de valores ideales objetivos. Este modelo de pensamiento toma todo su
relieve
aplicado al hombre. Se piensa que hay una "naturaleza humana" que
está en todos los hombres, una esencia universal de la que cada hombre
es un
ejemplo particular [361].
Esta
esencia es previa a la existencia de cada hombre; más aún, el hombre
llega a
ser hombre en la medida en que acerca su ser a esa esencia.
Frente
a esta manera de pensar resalta Sartre la mayor
coherencia de "el ateísmo ateo que yo represento": "Declara que
si Dios no existe hay por lo menos un ser en el que la existencia
precede a la
esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún
concepto, y
que este ser es el hombre o, como dice Heidegger, la realidad humana" [362].
Para entender esto debemos recordar su ontología. El
hombre es originariamente pura negatividad: pura nada. Su ser algo le
viene de
su relación con el mundo: necesita el en sí para
ser, según dijimos. En
tanto que para sí, en tanto que conciencia, ha de
ser conciencia de algo.
Pero este "algo" procede de un ser en sí indiferente, que no necesita
del hombre porque no necesita ser "algo"
[363].
Es el hombre el que necesita las cosas, los
"algo": para ello ha de introducir en el ser del mundo su nada, la
diferencia, para que las cosas sean y, así, ser él mismo conciencia de
las
cosas.
Como
dice Sartre, antes de la existencia del hombre no
hay nada, ni siquiera la idea de "naturaleza humana". Para que dicha
idea existiera, sería necesaria una conciencia anterior al hombre, o
sea, Dios,
que la concibiera [364].
Pero
Dios no existe; por tanto, el ateísmo implica el existencialismo.
El
resultado es inapelable: si no hay una
"naturaleza humana", una esencia del hombre, no hay regla alguna que
el hombre tenga que cumplir, no hay modelo que deba imitar, no hay fin
al que
tenga que tender. En consecuencia, el hombre es absolutamente libre
para
hacerse a sí mismo. Pero no "libre" en el sentido de que no tiene
obstáculos para conseguir su fin, sino en el
sentido más radical de que
no tiene fin alguno: debe darse una finalidad, debe hacerse a sí mismo [365].
Más aún, no puede dejar de hacerse a sí mismo, pues
incluso con la inhibición toma posición, decide su ser. "El hombre no
es
otra cosa que lo que él se hace. Este es el primer principio del
existencialismo" [366]
Y
aquí comienzan las grandes cuestiones éticas. En
primer lugar, puesto que el hombre es un proyecto consciente hacia el
futuro,
"tiene más dignidad que la piedra o la mesa": puesto que el hombre es
lo que ha proyectado ser, "el hombre es responsable de lo que es" [367].
El existencialismo ha dotado al hombre de absoluta
libertad, ha puesto en su ser el poder de hacerse, es decir, ha puesto
su ser
bajo su poder: es dueño absoluto de su ser, está condenado a ser dueño
de su
ser, condenado a ser libre, condenado a hacerse a sí mismo. En
compensación, es
absolutamente responsable de sí mismo: responsable ante sí mismo.
Por
otro lado, el existencialismo considera que "el
hombre es responsable de todos los hombres"
[368].
Sartre liga indisolublemente esta responsabilidad
solidaria con la autoresponsabilidad antes señalada. Considera que
cuando el
hombre elige, se elige a sí mismo, pero a un tiempo elige a los demás [369].
O sea, en cada acto que el hombre realiza se hace un
poco a sí mismo, elige su ser; pero, al mismo tiempo, elige la imagen
del
hombre que quiere ser, el tipo de hombre que considera que debe
ser.
Elegir esto o aquello hace que el hombre sea esto o aquello, pero
también, simultáneamente,
da valor a esto o aquello. Elegir es dar valor, es convertir lo elegido
en
valioso, en deseable. Y como siempre elegimos bien, "porque nunca
podemos
elegir mal" para nosotros, lo que elegimos para nosotros es bueno para
todos. La imagen nuestra que modelamos es válida para todos, "para
nuestra
época entera" [370]
Sartre
considera que, en consecuencia, nuestra
responsabilidad es mucho mayor de lo que se podría suponer. Elegir un
sindicato
o un partido cristiano no es una acción individual intrascendente: es
una
elección moral, porque en ese acto estoy otorgando al cristianismo un
valor
superior que, por ejemplo, al comunismo, a cuyo sindicado doy la
espalda. Cada
acción individual compromete a toda la humanidad. Casarse o permanecer
soltero,
tener hijos o no, elegir una u otra profesión, defender éstas o
aquéllas ideas
políticas o religiosas..., todo ello es una elección para mí, para
hacer de mí
un tipo de hombre, pero también es una elección que se propone a los
otros como
bueno, valioso, justo. "Eligiéndome, elijo al hombre"
[371].
De ahí que, para Sartre, la vida es
"compromiso", compromiso total, constante, en cada acción, en cada
opción. La vida es un constante compromiso moral.
Este
carácter del hombre, autor de su ser, pero también
legislador universal, es el que explica la antropología
existencialista. La
"angustia", la "desesperación", son el resultado de
afrontar esa conciencia del compromiso universal. El existencialismo,
considera
Sartre, lleva a la angustia antes que al cinismo. Porque el
existencialista no
puede eludir la conciencia y refugiarse en el nihilismo. Aunque sabe
que es él
quien pone el valor en el mundo -y precisamente por eso-, está
condenado a la
angustia y a la desesperación, frutos de esa conciencia de su
responsabilidad
con la humanidad. Responsabilidad que no puede burlar: "hay que
preguntarse siempre ¿qué sucedería si todos hicieran lo mismo?" [372].
La "mala fe" puede llevarnos a encubrir la
angustia, pero en el hombre consciente aparece de forma inevitable lo
que
Kierkegaard llamaba la "angustia de Abraham"
[373].
Podemos intentar escapar a ella con argucias: ¿quién
me asegura que es un ángel?, ¿quién me confirma que se dirigió a mí? ¿Y
si fue
un sueño?, ¿y si un genio maligno? Sin embargo, dice Sartre, "estoy
obligado a cada instante a hacer actos ejemplares"
[374].
Cada hombre siente en él los ojos de la humanidad, siente
que debe obrar ejemplarmente, según esa máxima universal de la
moralidad que
implica la pregunta: ¿y si todos hicieran lo mismo?
5.4.3.
El hombre, condenado a ser libre
“Estamos
solos, sin excusas. Es lo que expresaré diciendo que el hombre está
condenado a
ser libre.” (J.P. Sartre, El existencialismo es un
humanismo)
El
centro de la moral sartreana gira en torno a la frase
de Dostoievski: "Si Dios no existiera, todo estaría permitido". Esta
frase, que para una conciencia kantiana sería suficiente para adherirse
al
supuesto de la existencia de Dios, que para la conciencia cristiana
describe
los efectos del ateísmo, que lleva a los intuicionistas laicos a
sustituir a
Dios por los valores objetivos, y que para la conciencia
cínica significa la
absoluta impunidad moral, en el existencialismo toma un significado
nuevo.
Sartre toma la cita de Dostoievski como premisa mayor, y añade, en
coherencia
con su ateísmo, "Dios no existe", con lo cual ha de concluir
rigurosamente que "Todo está permitido". Pero esta conclusión, que
horroriza al cristiano, para quien, como decimos, es la mejor prueba de
la
monstruosidad del ateísmo; y que entusiasma al cínico, para quien
significa la
impunidad universal, o la coartada a su mala fe; esta conclusión,
decimos, en
Sartre toma un sentido nuevo, coherente con su metafísica. "En efecto,
todo está permitido si Dios no existe y, en consecuencia, el hombre
está
abandonado, porque no encuentra en sí ni fuera de sí una posibilidad de
aferrarse. No encuentra, ante todo, excusas"
[375]
Es
decir: todo está permitido, incluso la "mala
fe". Pero, precisamente por estarle todo permitido, se ha quedado sin
excusas. El hombre, libre de toda sumisión, sin nada en que refugiarse,
lo
puede todo, y no tiene excusas para hacer lo que hace ni para dejar de
hacer lo
que no hace. Por tanto, "Estamos solos, sin excusas. Es lo que
expresaré
diciendo que el hombre está condenado a ser libre"
[376].
Ahora bien, esta absoluta libertad no es impunidad,
sino absoluta responsabilidad. El existencialista no tiene posibilidad
de la
"mala fe", es decir, de justificar sus actos como arrebatos
pasionales, como determinaciones biológicas o psicológicas, como
influencias
sociales. Por tanto, esa libertad que gana con la muerte de Dios, con
el
rechazo de todo código de valores objetivos, se convierte en su
inexcusable
responsabilidad, ya que ha negado simultáneamente al materialismo, y
por tanto
la posibilidad de excusar su conducta por determinaciones externas de
uno u
otro tipo. Esa liberación de todo deber respecto a instancias
trascendentes no
implica el fin de la moral o la impunidad de la inmoralidad, sino que
implica
una responsabilidad moral absoluta de la que el hombre de buena fe no
puede
eximirse.
El
fin de los valores morales absolutos simplemente
traslada el lugar y el orden de la moralidad: el hombre, condenado a
cada
instante a inventar al hombre [377],
es decir, a crear el hombre, se convierte en un ser
esencialmente moral. Todo su obrar es moral (o inmoral),
porque él mismo
decide en cada acto su ser y el de los otros, como hemos dicho.
Sartre,
con su propuesta, no sólo rompe con la moral de
valores trascendentes, sino con las morales del sentimiento. Este
aspecto es
importante y debe ser remarcado, porque con frecuencia el
existencialismo, al concebir
el hombre como libertad, se interpreta como legitimación de toda
conducta
sincera, que responda a los propios sentimientos. Sartre, en cambio,
hace una
crítica muy dura, y de fondo, a todo subjetivismo moral. Desde su
metafísica,
el sentimiento no es el motivo de una acción, sino el efecto de la
acción. Es
decir, no hay una "naturaleza humana" que, dotada de
"sentimientos morales", empuja al hombre a la acción, u orienta al
hombre en la elección moral. Por el contrario, los sentimientos que un
hombre
llega a tener y que caracterizan el estado actual
del hombre en un
momento determinado son el resultado de las acciones que han hecho al
hombre
ser así, sentir así. Por tanto, "no puedo ni buscar en mí el estado
auténtico que me empujará a actuar, ni pedir a una moral los conceptos
que me
permitirán a actuar" [378];
no
tenemos a disposición nuestra -si no obramos de "mala fe", si no
queremos engañarnos- ni sentimientos que nos justifiquen, ni un código
de
valores externos que nos legitimen. Pues, como dice Sartre, "elegir el
consejero es ya comprometerse" [379].
Nuestra acción debe justificarse a sí misma.
Condenados,
pues, a ser libre; condenados a inventar el
hombre; condenados a ser moral, porque nuestras acciones son
esencialmente
donaciones de valor. Al elegir un sindicato, un partido, un trabajo; al
optar
por la guerra o la paz; al favorecer la igualdad o la diferencia; al
apoyar
ésta o aquella ley, institución o función, estamos asignando valores.
Y, con
ello, no sólo nos hacemos este o aquel tipo de hombre, comunistas o
fascistas,
cristianos o ateos, déspotas o demócratas, sino que estamos
manifestando el
tipo de hombre que elegimos ser, y con ello somos responsables de
nosotros ante
nosotros mismos y responsables de los otros y ante los otros: pues al
elegir un
tipo de hombre estamos proponiéndoles un modelo a elegir, y no podemos
esquivar
la pregunta: ¿y si todos hicieran lo mismos?
Como
dice Sartre, la moral existencialista es
subversiva, pues pone a prueba la "mala fe" del hombre, su capacidad
para engañarse y ocultarse a sí mismo. Le parece a Sartre que toda
moral guiada
desde fuera es una consolación que la "mala fe" permite, pues una
metafísica que acepta a la existencia de Dios o de los valores
objetivos,
también aceptará la objetividad del ser, y de las determinaciones del
ser sobre
la conciencia, con lo cual todo hombre puede justificarse y legitimar
su
impunidad. El existencialismo, en cambio, pone al hombre frente a sí
mismo:
"el existencialista, cuando describe a un cobarde, dice que el cobarde
es
responsable de su cobardía. No lo es porque tenga un corazón, un pulmón
o un
cerebro cobarde; no lo es debido a una organización fisiológica, sino
que lo es
porque se ha construido como hombre cobarde por sus actos" [380].
No hay temperamento cobarde, pues la cobardía se
predica de los actos, no del ser: "porque lo que hace la cobardía es el
acto de renunciar o de ceder, y un temperamento no es un acto" [381].
Sartre,
que sin duda ha escrito este texto fuertemente
influido por la moral de combate, por su experiencia de la ocupación
nazi y de
la resistencia, por la actitud y el compromiso de los franceses ante
aquél
régimen de terror, es implacable con la inhibición o la cobardía, con
todo
intento de justificar la no militancia o el no compromiso. Y verá en el
"materialismo" y en la "moral absoluta" refugios para
justificar la evasión de sí mismo, para buscar consuelo a la angustia o
la
desesperanza, en definitiva, para la cobardía: "Lo que la gente siente
oscuramente y le causa horror es que el cobarde que nosotros
presentamos es
culpable de ser cobarde. Lo que la gente quiere es que se nazca cobarde
o
héroe... Y, en el fondo, esto es lo que la gente quiere pensar: si se
nace
cobarde, se está perfectamente tranquilo, no hay nada que hacer, se
será
cobarde toda la vida, hágase lo que se haga; si se nace héroe, también
se
estará perfectamente tranquilo, se será héroe toda la vida, se beberá
como
héroe, se comerá como héroe. Lo que dice el existencialista es que el
cobarde
se hace cobarde, el héroe se hace héroe; hay siempre para el cobarde
una
posibilidad de no ser más cobarde y para el héroe de dejar de ser
héroe" [382].
No hay, pues, justificación del propio ser: siempre se
está a tiempo de hacerse otro.
Por
tanto, la moral existencialista es ante todo una
"moral del compromiso". Parte de la subjetividad,
pero no por
"subjetivista moral", no porque reduzca los valores a los deseos
puntuales y "existenciales, caprichosos y arbitrarios, del individuo;
sino
porque la metafísica de la que se parte, que se considera basada en la
verdad,
así lo exige. Hay que partir del "pienso, luego existo" cartesiano,
dice Sartre, como la verdad absoluta de la conciencia captándose a sí
misma [383].
Esa es la verdad absoluta, pues toda otra verdad es
probable y requiere de la existencia de ésta: sólo es verdad
absolutamente la
evidencia del cogito.
Pero,
además de ser verdadera, además de está razón
teórica a favor del existencialismo, para Sartre hay otra razón o
argumento
práctico: el existencialismo es la doctrina que otorga al hombre la
mayor
dignidad, "la única que no lo convierte en un objeto"
[384],
al poner como fundamento metafísico la libertad.
Además, y como superación del cogito cartesiano, el
existencialismo
explica que el "yo pienso" no sólo nos permite captarnos a nosotros
mismos, sino captarnos frente a los otros y, de este modo, captar a los
otros [385].
No sólo los valores son humanos, radicalmente
distintos a los del orden natural, sino que no son individuales, sino
universales.
Este
es el punto más delicado de la reflexión sartreana,
pues a simple vista parecería que el existencialismo no podría saltar
del plano
individual al universal. Ahora bien, el hombre se capta a sí mismo en
el cogito;
pero tiene en el otro su condición de existencia.
Es decir, se da cuenta
de que no puede ser nada salvo que los otros lo reconozcan así. Toda
verdad
sobre mí pasa a través del otro, a través de su reconocimiento. Por
tanto, he
de reconocerlos yo a ellos como conciencias libres: como libertad que
se sitúa
frente a mi libertad. Es el descubrimiento de la intersubjetividad,
y
"en este mundo el hombre decide lo que es y lo que son los otros" [386]
Este
concepto de "intersubjetividad" permite a
Sartre abordar el tema de la "universalidad". Es fiel a su metafísica,
que niega una "naturaleza humana universal", como corresponde a la
primacía de la existencia sobre la esencia. Pero considera que hay una
"universalidad humana de condición"
[387].
Es decir, hay unos límites comunes a priori,
constantes y permanentes a través de los cambios de situación social e
histórica: ser en el mundo, estar entre los otros, ser mortal... son
sus determinaciones,
son su condición. Son límites "objetivos", en el
sentido que
se le imponen, que no puede librarse de ellos; son "subjetivos" en
tanto que su realidad sólo tiene lugar al ser vividos, es decir, que no
son
nada si el hombre no se determina con ellos, frente a ellos, en su
existencia [388].
Estos límites configuran la dimensión de
universalidad, pues son comunes a todos los hombres: todos se enfrentan
a ellos
para ampliarlos, para negarlos, para aceptarlos o para burlarlos... En
consecuencia,
todo proyecto humano tiene un "valor universal", y puede ser
entendido por los demás, por los chinos, los negros o los europeos.
Ahora
bien, se trata de una universalidad no dada, no
fijada, sino en constante construcción: "Construyo lo universal
eligiendo;
lo construyo al comprender el proyecto de cualquier otro hombre, sea de
la
época que sea" [389].
Tal
vez pueda parecer esta universalidad excesivamente frágil; pero en el
existencialismo todo ser y todo valor han de ser necesariamente
frágiles. De
todas formas, la propuesta sartreana de una moral, del humanismo, hay
que verla
desde su objetivo principal: "El existencialismo no es nada más que un
esfuerzo por sacar todas las consecuencias de una posición atea
coherente" [390].
Desde el ateísmo, la posibilidad de una moral, según
Sartre, pasa por declarar al hombre legislador de sí mismo y por
comprender que
"no es volviéndose sobre sí mismo", sino "buscando siempre fuera
de sí" los fines, la liberación, como "el hombre se realizará
precisamente en cuanto humano" [391].
Porque, en rigor, la propuesta sartreana no es la
salida manos mala a la "muerte de Dios", ni siquiera la salida
posible; en rigor es una propuesta con pretensiones de validez aunque
Dios
existiera, pues lo que realmente pretende no es cubrir el vacío de la
muerte de
la moral objetiva, sino hacer al hombre consciente de que "nada puede
salvarlo de sí mismo".
5.5.
Ética comunicativa: Apel y Habermas
“Si
fuese
posible negar con argumentos decisivos que las cuestiones de orden
prácticos
son susceptibles de verdad, la posición que defiendo sería
insostenible.” (J.
Habermas, Razón y legitimidad)
Como
ha dicho J. Muguerza, preocuparse filosóficamente
de la Ética es, en el fondo, preocuparse por la racionalidad [392].
Al menos es una forma de preocuparse por la Ética que
compartimos con él. Esto aparece con claridad en la Ética
contemporánea,
fuertemente dependiente del "giro lingüístico" que ha servido de
crisol a la reflexión filosófica de las últimas décadas. Porque el
"giro
lingüístico" no expresa simplemente la aparición y dominancia de la
filosofía analítica del lenguaje anglosajona; el "giro lingüístico"
ha tenido lugar en la filosofía contemporánea en general, en todas sus
escuelas, especialmente en las más consolidadas de los últimos tiempos:
la
fenomenología y el marxismo. Como dice Muguerza, "El caso es, pues, que
-aun si originariamente promovido por la filosofía analítica- aquel
giro lingüístico
se ha convertido hoy día en patrimonio de la filosofía sin más en su
conjunto.
Y enseguida veremos cómo otras dos corrientes filosóficas
contemporáneas -como
la fenomenología y el marxismo- participan del giro lingüístico
(siquiera sea
en versiones un tanto evolucionadas de las mismas, como la hermenéutica
o la
teoría crítica frankfurtiana) con no menos intensidad que la filosofía
analítica" [393]
Los
orígenes remotos de la filosofía analítica se
remontan a Kant. La concepción crítica kantiana llevaba a preguntarse
por la
posibilidad de los juicios "sintéticos a priori", fuera en la
ciencia, fuera en la moral, pues daba por obvia su imposibilidad en la
metafísica. Cierto es que Kant no tenía una noción de los juicios como
la
dominante en la filosofía analítica, pero este es otro problema. Lo
cierto es
que la filosofía se ha ido desplazando progresivamente desde el
análisis de la
conciencia al del lenguaje, de las ideas a las palabras. Si en Locke
las ideas
eran signos de las cosas, y las palabras signos de las ideas, de modo
que el
pensamiento era un momento diferenciado de su comunicación, el "giro
lingüístico" expresa la confirmación de la sospecha de Condillac de la
unión indisoluble entre pensamiento y lenguaje
[394].
De
todas formas, dentro del análisis del lenguaje
también se ha dado un fuerte desplazamiento, que suele describirse como
el paso
del primero al último Wittgenstein. Victoria Camps ha podido decir que
"De
las tres áreas clásicas de la semiótica -sintaxis, semántica y
pragmática-,
ésta era la Cenicienta, la que había despertado quizá no menos interés,
pero sí
mayor recelo por parte de los estudiosos del lenguaje. Por el
contrario, en la
actual filosofía dedicada al ejercicio del análisis lingüístico la
curiosidad
por la dimensión pragmática del lenguaje parece clara, gracias,
básicamente, a
la obra del que se ha dado en llamar último Wittgenstein..." [395].
Y Muguerza también ha destacado cómo se ha paso del
interés por el "esqueleto del lenguaje", que son "las relaciones
sintácticas entre los signos", a interesarse por el "sistema
nervioso", es decir, de las relaciones semánticas entre esos signos y
sus
significados, para desembocar en el interés por el "cuerpo entero", o
sea, por las relaciones pragmáticas, las relaciones entre los signos,
los
usuarios y el contexto [396]
Por
tanto, la fase final del "giro
lingüístico" está representada por el área de la pragmática, por la
dimensión comunicativa del lenguaje. Este desplazamiento ha servido a
la
filosofía analítica del lenguaje, al mismo tiempo, para liberarse de su
cinturón neopositivista y para confluir con otras corrientes
presuntamente
"metafísicas" para los carnapianos. O, dicho desde otra perspectiva,
el descubrimiento de la comunicación como lugar de la filosofía ha
permitido
"la generalización del giro lingüístico en la filosofía
contemporánea" [397].
No
es extraña esta generalización, pues ya en las
propias raíces fenomenológicas continentales se encuentran elementos
para su
explicación. Husserl había dado un paso irreversible al combatir el
falso
objetivismo y sentar el principio de que toda conciencia es "conciencia
de
algo", todo ser es un "ser para una conciencia" que le otorga
significación, que le otorga propiamente ser. Pero
su limitación residía
en su determinación de esa conciencia legisladora: el sujeto
individual,
cartesiano, solipsista. Este sólo podía crear su mundo, cada uno el
suyo, con
lo cual la "objetividad" quedaba reducida a mera vil subjetividad, y
la razón quedaba "sin esperanza" [398].
Ahora, en perspectiva comunicacional, esa conciencia
pasa a ser una conciencia colectiva, la subjetividad pasa a
intersubjetividad:
los sujetos, que necesitan comunicarse, se constituyen necesariamente
en una
"comunidad de comunicación". La vieja "objetividad"
metafísica, irremisiblemente perdida en su dimensión ontológica, queda
en
cierto sentido recuperada al ser sustituido el sujeto individual y
solipsista
por la subjetividad de una comunidad, por una intersubjetividad que
libera del
vil subjetivismo. La razón, de esta manera, recupera una puerta de
esperanza.
La corriente hermenéutica, de la mano de Gádamer y Apel, ha insistido
en los
últimos años en esta perspectiva: ellos han llevado la fenomenología a
su
dimensión lingüística pragmática.
Pero,
además de esta raíz fenomenológica, hay otras en
la tradición filosófica continental. En el marxismo, desde los
clásicos, se
distinguía en el seno de la praxis una doble
dimensión: la práctica
real, objetiva, de transformación del mundo natural por el trabajo, y
la
práctica social o política, generadora y transformadora de las
instituciones
sociales y de las relaciones de producción. Dos prácticas reales que se
correspondían con sus respectivas prácticas teóricas: conocimiento
positivo
natural y conocimiento o conciencia históricos
[399].
La llamada "teoría crítica" de Adorno y
Horkheimer, en esta línea, habían formulado esta distinción en términos
de una
"acción técnica", que regula el dominio del medio y del hombre por el
hombre; y una "acción comunicativa", indispensable en la relación de
los hombres entre sí; sus versiones teóricas serían la "razón
instrumental" y la "razón dialéctica". La teoría crítica, con
esta distinción, ofrecía una conceptualización que pretendía pensar la
sociedad
unidimensional presente como efecto de la subordinación absoluta, hasta
su
nihilización, de la razón dialéctica a la instrumental, de la acción
intercomunicativa entre los hombres a la relación de dominio entre
ellos. Habermas,
que partiera de estas posiciones, es quien ha llevado la teoría crítica
a su
forma pragmática, renovando la ida de "razón dialéctica", que para él
aún estaba fuertemente afectada de "racionalidad" abstracta.
No
es necesario insistir aquí, pues ya lo hemos hecho
anteriormente, en la influencia en este proceso de la filosofía del
último
Wittgenstein. Sólo destacaremos un aspecto, no señalado, y que es
apropiado en
este lugar. El Wittgenstein del Tractatus entendía
el mundo como
totalidad de hechos, y el lenguaje como totalidad de enunciados
significativos,
es decir, sobre el mundo, verificables. Entre estas dos totalidades
debía haber
una clara correspondencia, dado su isomorfismo: esa correspondencia era
la
verdad. Todo lo que quedara fuera de ese conjunto lingüístico era "lo
que
no se podía decir" (con sentido). Pertenecía, por tanto, al
dominio de lo
inefable.
Lo
de menos es si ese dominio era para Wittgenstein muy
querido o menospreciado: este tema sólo es relevante a la hora de
interpretar a
Wittgenstein [400].
Lo
realmente importante es que en el Tractatus se
declaraba la hegemonía de
la razón teórica y se silenciaba la razón
práctica. Por eso el
último Wittgenstein significa, fundamentalmente, la recuperación de una
vía de
esperanza para la "razón práctica". La teoría de los "usos
lingüísticos" venía a ampliar el campo del lenguaje significativo, a
través de la tesis del pluralismo lingüístico,
según la cual los juicios
morales y axiológicos en general tienen su sentido, su significación
interna al
código moral al que pertenecen; por tanto, éstos hacen las veces del
"paradigma" respecto a los juicios empíricos. Lo "inefable"
abre sus puertas al discurso. Pero, al mismo tiempo, conlleva un grave
obstáculo: de la misma manera que la racionalidad científica se define
interna
a un paradigma, la racionalidad ética queda
secuestrada en el seno de
cada código. Por tanto, la razón se dispersa en la subjetividad de cada
código,
paradigma o comunidad.
En
este contexto se entiende bien el significado del
salto a la pragmática. La filosofía parece haber reaccionado contra el
subjetivismo y relativismo generados por la crisis del neopositivismo,
preguntándose "si no será posible ejercitar un cierto tipo de
racionalidad
a la hora de comparar o preferir -racionalmente, se entiende- entre
distintos
códigos morales" [401].
Se
trata, por tanto, de una posición que busca recuperar una cierta
racionalidad
para la ética desde el presupuesto siguiente: esa racionalidad no puede
ser
absoluta ni trascendente a la subjetividad y no puede ser solipsista.
De ahí
que se busque en el lenguaje y, en particular, en la dimensión
comunicativa del
lenguaje, la respuesta a la posibilidad de la racionalidad en Ética.
Apel
y Habermas son los dos autores que más han
destacado en los últimos años en esta línea. Para Apel es posible una fundamentación
trascendental de la Ética. Le parece obvio que toda
comunidad, en la medida
en que se comunica, en la medida en que en ella es posible una
discusión
racional, tiene unas reglas, un código que regula los usos del lenguaje
y de la
comunicación. Y le parece obvio que entre las comunidades, como entre
los
individuos de cada una de ellas, es posible comunicarse. No cree
posible deducir
y axiomatizar los códigos ni los paradigmas, pues se necesitarían
supercódigos
y superparadigmas que los englobaran. Pero "donde no cabe una
fundamentación deductiva, cabe aún una fundamentación trascendental" [402]
Ese
"a priori" es la "comunidad de
comunicación", que constituye el fundamento pragmáticos de nuestros
usos
-científicos, morales, estéticos, lógicos- del lenguaje. La norma de
este
"a priori" sería la de "argumentar en cualquier situación de tal
manera que posibilitemos un consenso en materia de interés común". Este
"imperativo" es una exigencia de la comunicación una vez ésta deja de
ser expresión de un mundo trascendente, de una verdad objetiva, para
ser ella
misma la instancia que constituye el mundo y la verdad. Como ha
señalado A.
Cortina, "la idea kantiana de persona, como
individuo
autolegislador que comprueba monológicamente la capacidad
universalizadora de
sus máximas, se transforma en nuestra ética discursiva en la idea de un
ser
dotado de competencia comunicativa, a quien nadie
puede privar
racionalmente de su derecho a defender sus pretensiones racionales
mediante el diálogo" [403]
De
todas formas, los problemas filosóficos subsisten
bajo el apasionamiento suscitado por el atractivo de la propuesta
apeliana.
Como ha hecho observar Habermas, el problema reside en la manera de
aplicar tal
imperativo en "situaciones efectivas de diálogo"
[404].
En una sociedad cortada por la desigualdad y la
asimetría, el consenso parece que es imposible o perverso. Como máximo,
puede
operar como "causa final" que orientase nuestros esfuerzos. O sea,
viene a decir Habermas, la discusión racional requiere una situación
real de
diálogo, y ésta requiere la igualdad, el reconocimiento
mutuo; como no se
dan estas condiciones, la discusión racional debe presuponer que se da
una situación
ideal de diálogo. La misma es negada en la realidad, reducida
a mera posibilidad;
pero hay que hacer como si se diera, pues tal
supuesto es condición de
que el diálogo avance hacia la génesis de la situación real de diálogo.
Dice
Muguerza al respecto que de este modo "la reflexión trascendental
tendría
que doblarse en este punto de una reflexión dialéctica"
[405].
Cierto, pero también así se regresa a Kant y se pone
en la voluntad de diálogo la esperanza de la génesis de las condiciones
en las
que el diálogo sea posible.
5.5.1.
K.O. Apel: de la "norma
hermenéutica" a la "norma ética"
“La
filosofía analítica y el existencialismo no se contradicen en su
función
ideológica en general, sino que más bien se complementan: se apoyan
mutuamente
por una especie de división del trabajo, mientras que se reparten
respectivamente el dominio del conocimiento objetivo científico y el
dominio de
la decisión ética subjetiva.” (K.O. Apel, Transformación
de la
filosofía)
Si
tuviéramos que describir con una sola frase los
proyectos de Apel y de Habermas, de sus "pragmática trascendental" y
"pragmática universal", lo haríamos así: consisten en el esfuerzo por
dotar al sentido común de un fundamento del mayor nivel especulativo. Y
si
tuviéramos, también de forma abreviada y de urgencia, que buscar un
origen a
esta idea, tal vez lo más apropiado sería apuntar a Fichte. Este, como
ha
señalado A. Philonenko, consideraba que el discurso político personal
sincero
no puede pretender presentarse bajo la forma de verdad,
sino sólo como certeza;
para elevar el discurso a la verdad y la universalidad es necesario
sobrepasar
la certitud personal mediante el acuerdo político de las conciencias [406].
Creemos que éste es el eje de la ética comunicativa o
dialógica: desechada la metafísica y la teoría de la verdad como
adecuación o correspondencia
que fundamentaba, toda vía de esperanza en la razón pasa por conseguir
elevar
la certeza a verdad. En definitiva, asumir el mensaje de Hume.
Apel,
juntamente con Habermas, han influido
poderosamente en el giro "dialógico", "comunicativo",
"solidario" de la ética de nuestros días
[407].
Ha tenido la audacia de aspirar a una fundamentación
racional y última de la Ética en la era de la ciencia
[408];
ha tenido la audacia de defender la tesis de que
"sólo el intento de hallar una fundamentación filosófica última para
los
principios morales de una ética de la responsabilidad solidaria puede
garantizar a los hombres, no sólo la supervivencia -que incluso ella
está en
juego-, sino una supervivencia verdaderamente humana"
[409]
Su
Transformación de la filosofía
[410],
de inspiración kantiana, persigue una crítica del
sentido, para lo cual, kantianamente, se remonta al "a priori de una
comunidad de comunicación", que será el fundamento último del discurso
y
de sus pretensiones de validez universal
[411].
No se trata de un postulado metafísico, sino de un
postulado crítico, es decir, que pone a la "comunidad de
comunicación" como condición de posibilidad para una crítica del
sentido.
Para que la práctica humana pueda pensarse como dotada de sentido -y,
puesto
que los hombres se comunican y relacionan con sentido, la filosofía, la
crítica,
tiene que asumirlo y pensar su posibilidad- no hay más remedio que
recurrir a
esa "comunidad de comunicación", que se concibe como ilimitación de
derechos y ausencia de violencia.
Apel
ve en esta teoría una "fundamentación última
de la razón". Habermas coincide en esta pretensión: para que los
discursos
de los hombres tengan sentido han de tener una relación con la verdad;
pero
esta relación requiere la idea de verdad, la cual no es pensable -una
vez se ha
renunciado a la verdad como correspondencia- sino desde una "situación
ideal del discurso" en la que los sujetos adquirirían el reconocimiento
de
la verdad a la que pretenden.
En
Razón y legitimidad Habermas rinde un gran
homenaje a la Transformación de la filosofía de
Apel. Dice: "En
este ensayo fascinante en el que Apel resume su grandiosa tentativa de
reconstrucción, se desarrolla la hipótesis fundamental de la ética
comunicativa, según la cual "la investigación de la verdad, con el
presupuesto de un consenso intersubjetivo, debe igualmente anticipar la
moral
de una sociedad de comunicación ideal"
[412].
La "transformación de la filosofía" en manos
de Apel aspiraba a ser una nueva "doctrina de la ciencia" y una nueva
"fundamentación de la ética", en línea con la gran tradición
filosófica, y con talante kantiano.
Apel,
en su propia obra, ha puesto en práctica su
teoría. Ha "dialogado" con las corrientes, escuelas y autores, no ha
buscado explicarlos y fijarlos, sino incluirlos en una comunidad ideal
de
diálogo [413].
Ha puesto en práctica
los propios contenidos de la nueva "ética", sus prescripciones para
la discusión: ha asumido la "ley del argumento mejor"; ha buscado
clarificar
problemas y no clasificar posiciones; ha huido de la "feudalización"
del discurso, de las autoridades, del peso de las tradiciones. Si la
"ética de la comunicación" se presenta como una "ética de la
comunidad", no puede buscar la unificación de la especie humana, sino
la
articulación entre verdad y sociabilidad, entre universalidad y
mundaneidad [414]
Apel
parte de la "paradoja de la situación del
problema", de la paradoja que describen la necesidad e imposibilidad de
una ética de la responsabilidad solidaria
[415].
Considera que quien reflexiona sobre la relación entre
ciencia y ética en la sociedad industrial moderna planetaria, se ve
situado en
una situación paradójica. Por un lado, se manifiesta "la necesidad de
una
ética universal", de una ética que tenga carácter obligatorio para la
sociedad humana en su conjunto, cosa más urgente que nunca, pues la
unificación
resulta de las consecuencias tecnológicas de la ciencia
[416].
Por otro lado, la tarea filosófica de fundamentación
racional de una ética universal "parece no haber sido nunca tan difícil
como ahora", cosa que también es efecto de la ciencia, que genera el
prejuicio respecto a la validez de la intersubjetividad, especialmente
por la
"idea cientificista de la "objetividad" normativa o
axiológicamente neutra" [417]
Con
esta conciencia de la paradoja, el programa de Apel
queda bien establecido. El objetivo a perseguir es una "ética
universal" que responda a las exigencias de "una civilización
planetaria"; es decir, una Ética que obligue a la sociedad humana toda
entera. Una Ética que debe responder especialmente a la objeción de
dogmatismo,
protegiéndose contra la misma mediante una respuesta adecuada al
problema del
"pluralismo de los valores", tal vez incorporando el
"pluralismo" como valor, como "respeto de la diferencia" o
"salvaguarda de lo particular".
Además,
junto a esa pretensión universalista, la
propuesta debe salvar el obstáculo que la propia ciencia crea: al
constituir su
objetividad, condena al subjetivismo la filosofía práctica, y en
especial la Ética.
Para Apel la ideología de la ciencia realiza, en las democracias
occidentales,
un sistema de complementariedad, cuya lógica es
"... la lógica de
la alternativa de la ciencia objetiva y de la decisión moral subjetiva"
[418].
Esta "complementariedad" puede también verse
en la escisión teoría-práctica, en la separación Iglesia-Estado, etc.,
y sería,
según Apel, característica de occidente. La autonomía privada, el
individualismo (filosóficamente puesto como "solipsismo
metodológico"), el subjetivismo decisional (políticamente
expresado en el
privatismo del ciudadano), son para Apel idiosincrasias de la cultura
occidental, al contrario de la oriental, que ofrece una ideología
simétrica:
"La diferencia entre la aporía ideológica del Oeste y la del Este
reside
-a mi entender- en la circunstancia siguiente: en el primer caso, las
decisiones morales de conciencia de todos los individuos son
postuladas,
mientras que una validez intersubjetiva de las normas éticas y, por
tanto, una
solidaridad moral, no pueden ser fundadas; en el segundo caso, la
solidaridad
de la responsabilidad moral de la sociedad es postulada, mientras que
dicha
sociedad no puede ser mediatizada ni teóricamente ni
político-prácticamente por
las decisiones de conciencia de los individuos: estos, en el fondo,
devienen
superfluos, y a nivel de los efectos prácticos se encuentran confinados
en la
esfera privada tanto como en el sistema de complementariedad
occidental" [419]
O
sea, por un lado, el principio de una autonomía
individual sin ética de la solidaridad colectiva; por el otro, el
principio de
una solidaridad colectiva sin reconocimiento de la autonomía
individual. Por
tanto, el problema queda así planteado: ¿cómo reconciliar autonomía
y solidaridad?
Para Apel se trata de dos postulados que expresan dos momentos
separados en el
"sistema de complementariedad". En occidente, esa escisión se
manifiesta en el nivel ideológico en las dos grandes corrientes de
Ética
dominantes en nuestros días: la ética analítica y el existencialismo.
Apel
dice: "...parece que la filosofía moderna en la tradición occidental de
la
democracia liberal asume la función (ideológica) de una
antítesis con respecto
a la concepción marxista de una mediación dialéctica de la teoría y de
la
práctica y, por tanto, de la ciencia y de la ética. A la luz de la
paradoja
fundamental de la situación, que hemos problematizado a título
heurístico, esta
función deviene evidente si consideramos la diferencia entre la llamada
"filosofía analítica" y el "existencialismo", diferencia
que en occidente se acostumbra a ver como la contradicción más profunda
en el
interior de la filosofía moderna. A la luz de nuestra perspectiva
parece
incluso más claro que la filosofía analítica y el existencialismo no se
contradicen en su función ideológica en general, sino que más bien se
complementan: se apoyan mutuamente por una especie de división del
trabajo,
mientras que se reparten respectivamente el dominio del conocimiento
objetivo
científico y el dominio de la decisión ética subjetiva"
[420].
O sea, el sistema de complementariedad en el nivel
filosófico se constituye por la filosofía analítica y el
existencialismo, que
expresan el "instrumentalismo cientificista objetivista" y el
"decisionismo existencial subjetivista", que se complementan
perfectamente.
La
ciencia puede así radicalizar su pretensión de
objetividad y su neutralidad axiológica, su libertad respecto a los
valores; de
paso, deja éstos en la esfera de la subjetividad, de la decisión. La
filosofía
analítica aparece como legitimación del cientificismo, con su
pretensión de
objetividad, de neutralidad axiológica y de método "explicativo"
(situada
la explicación a nivel semiótico-lingüístico). Por el contrario, la
corriente
existencialista (fenomenología, hermenéutica) rechaza la
actitud objetivista
del analiticismo y renuncia a ella, al tiempo que tiende a sustituir la
explicación
por la comprensión, a través del lenguaje [421].
Por tanto, la contradicción entre existencialismo y
filosofía analítica es profunda, radical; pero deviene
"complementariedad", dice Apel, en cuanto nos ponemos en la
perspectiva de la fundamentación de la ética, pues, en tal caso,
aparecen las
coincidencias: concuerdan en admitir la no racionalidad de las
decisiones
éticas, es decir, la imposibilidad de demostrarlas o fundamentarlas.
La
tesis apeliana de la "complementariedad" no
sólo tiene aplicación en lo ideológico, en la filosofía contemporánea,
sino que
abre el camino a la crítica política de la sociedad occidental. Tiene
mucho que
ver con las reflexiones habermasianas
[422]
sobre "separación entre lo general y lo
particular, la complementariedad del tecnocratismo del Estado y del
privatismo
del ciudadanos, la disociación rígida entre legalidad pública y
moralidad privada,
la disyunción entre los procesos de socialización y de decisión
política y la
represión correlativa de un espacio democrático de formación discursiva
de la
voluntad para la elaboración de las normas, la substitución de las
formaciones
de consensos por universalización de intereses por las formaciones de
compromisos entre intereses particulares, el obstáculo que opone en
universalismo ético (formal) individualista a la
universalidad ética (comunicacional)
solidaria..., todos estos temas podían ser abordados en el mismo
"paradigma de la complementariedad" occidental y de su gestión por
las dos ideologías dominantes de la filosofía contemporáneas" [423]
En
consecuencia, la crítica de Apel es a la vez
filosófica y política. De este modo puede Apel situar su programa de
fundamentación
racional de la ética en el marco de la complementariedad ideológica
entre el
cientificismo instrumental y el decisionismo existencial. Tal
fundamentación,
que exige una transformación de la filosofía sobre bases
trascendentales, exige
poner el a priori de la "comunidad de comunicación" como "norma
fundamental de la ética".
El
problema que aborda Apel es el de superar la
disyunción entre una objetividad axiológicamente neutra de la ciencia y
una
moral privada subjetiva. El objetivo perseguido, por tanto, es el de
justificar
el derecho, la legitimidad, de una ética universal frente al sistema
complementario formado por el objetivismo cientificista instrumental y
el
subjetivismo decisionista ético existencial. En definitiva, se trata de
conseguir oponer a la ciencia un límite trascendental absoluto
, un "a
priori", que funde al mismo tiempo la validez y el sentido
de sus enunciados; y, al mismo tiempo, conseguir que ese límite, ese "a
priori", pueda constituir una norma fundamental de
la ética. Ese
doble objetivo, conseguido en el mismo intento, sería el golpe
definitivo al
"sistema de la complementariedad".
El
procedimiento que sigue Apel es el de la
confrontación sucesiva con el cientificismo y la hermenéutica. Primero,
y
contra Popper, contra su "conocimiento objetivo", se pregunta si el
mismo no requiere una "comprensión previa". Se apoya para ello en
Gádamer, quien ha insistido en que no es posible la explicación
científica sin
una previa comprensión hermenéutica. Así, el universo precientífico de
una
precomprensión hermenéutica aparece como condición de posibilidad de la
ciencia. Es el universo del lenguaje y del mundo vivido, de praxis
y poiesis,
de mímesis y mitos, que Ricoeur ha descrito con tanta sutileza [424]
Apel,
apoyándose en la hermenéutica, busca los límites,
la crítica, del objetivismo cientificista, para subrayar la necesidad
de una
precomprensión, que entiende como "intercomprensión", como
"comunicación", como "proceso de habla", que así adquiere
el carácter de primado trascendental. Ahora bien, distanciándose de
Gádamer,
defenderá que la comprensión es imprescindible no en cuanto mero
acontecimiento, sino como lugar donde el "ideal normativo" de la
comunicación puede ser realizado. O sea, rechaza la ontología del
"acontecimiento" y acentúa el protagonismo del "ideal normativo".
Le parece que "un progreso normativamente significativo de la
comprensión
en sentido hermenéutico no puede ser pensado sin que se necesite al
mismo
tiempo pensar un progreso éticamente significativo en la formación
social de la
humanidad en tanto que comunidad de interpretación y de interacción" [425].
O sea, la "hermenéutica normativa", en
sentido gadameriano, requiere previamente la "ética normativa".
Si
se admite que la "comprensión" en sentido
hermenéutico es previa a la explicación científica, hay que admitir que
la
misma es un proceso activo, que la determina; por tanto, este proceso
activo de
"comprensión" no tiene sentido si no está dirigido a posibilitar una
"mejor comprensión". De este modo, la "mejor comprensión"
deviene el principio normativo del proceso real de la comprensión. En
consecuencia, es necesario poner un ideal normativo
de la comprensión.
Un proceso de este tipo, orientado a la mejor comprensión, debe verse
desde el
paradigma del "progreso en la comprensión". El "progreso
normativamente significativo", en el que la norma es la mejor
comprensión,
no puede ser pensado si no se sitúa en el horizonte de toda una
comunidad de
interpretación y de interacción como es la humanidad misma, en su
proceso de
formación y socialización. De este modo la perspectiva se desplaza: el
progreso
en la comprensión no tiene solamente una significación normativa para
la
ciencia hermenéutica (comprender mejor), sino también una
significación ética
para la especie humana: mejor comprenderse, mejor conocerse.
Hay
que distinguir entre una "ética del
sentido" o "ética del orden", y una "ética de la
comunicación". Esta, en rigor, se constituye en torno a la norma del
"mejor comprender"; aquélla, simplemente en torno al deber de
"comprender". Si en cada acontecimiento hay que
comprender
algo, como postula la hermenéutica, estamos implicando una "deontología
oculta". Ante un acontecimiento que no encaje en la "estructura de
expectación codificada", es necesaria una "ética del sentido".
Dicho acontecimiento, por inesperado, es una violencia a la razón. La
historia
es una lucha de la razón con la violencia, es el relato de una razón
que no
renuncia a lo que no puede tratar: es el movimiento ético de la razón.
Por
tanto, todo proyecto de inteligibilidad es un proyecto ético.
Pero
Apel va más lejos del "deber-comprender"
de la ética del sentido o del orden; porque, además del ideal normativo
de
poner sentido u orden, hay que contar con el otro ideal normativo:
el de
"comprender mejor", que abre las puertas a la ética de la
comunicación. Este ideal de la mejor comprensión refiere a
una situación de
intercomprensión en el que las expresiones de los agentes, y ellos
mismos como
miembros de una comunidad de comunicación, sean plenamente reconocidos
en la
intersubjetividad. Pues progresar hacia este ideal hermenéutico de la
intercomprensión no puede ser pensado como simple progreso de la
ciencia, sino
que requiere progresar en el reconocimiento del otro. En consecuencia,
dicho
progreso no es meramente científico, sino también ético.
No
podemos pensar el ideal normativo del "mejor comprender", propio de
la ciencia, sin tener a un tiempo que pensar el ideal del "mejor
comunicar", propio de la ética. Tal es, a nuestro entender, la
propuesta
de Apel: la idea de una hermenéutica normativa introduciría la idea de
una
norma fundamental de la ética que es el ideal de comunicación.
Ahora
bien, podemos preguntarnos por la
"necesidad" de la argumentación que hemos establecido. Hemos dicho:
"si ponemos el ideal normativo de la ciencia
hermenéutica, entonces
ponemos un ideal ético para la humanidad". ¿Es tan clara la necesidad
de
la inferencia? ¿Es tan clara la necesidad del paso del ideal normativo
para la
ciencia al ideal ético para la humanidad? Desde luego, no se trata de
una
inferencia lógica; se trata de una reflexión en el campo de lo
trascendental, y
que postula la intersubjetividad.
El
argumento de Apel ofrece dos puntos débiles, dos
frentes de problema. En primer lugar, el paso de una necesidad teórica,
de
comprender mejor, a una necesidad práctica o moral, de comunicar mejor,
y así
de una comunidad de comunicación. Puede argumentarse que la idea de una
comprensión perfecta parece inseparable de una comunicación sin
violencia;
pero, en rigor, la necesidad teórica de un vínculo lógico no puede
confundirse
con la necesidad práctica de que la idea de una comunicación sin
violencia
debería imponerse a la conciencia moral como imperativo categórico.
Este
"paso" de la hermenéutica normativa a la ética normativa no puede
darse sin la mediación del reconocimiento de un valor moral. O sea, no
se puede
establecer una conexión necesaria entre la necesidad teórica de un
presupuesto
trascendental y la necesidad práctica de un imperativo categórico. El
"si...entonces" que establece Apel no resulta del todo convincente.
En
segundo lugar, su oposición al cientificismo
objetivista de la ciencia le lleva a oponer a la ciencia un ideal
ético. Su
pretensión de acceder al punto de vista de la Ética, que comenzara
tácticamente
apoyándose en Gádamer para así afirmar la necesidad previa de una
hermenéutica
ante la analítica, y enseguida distanciándose de Gádamer para imponer
una
concepción crítica de la hermenéutica normativa, parece llevarle a este
razonamiento: la ciencia presupone la hermenéutica, y ésta presupone la
ética.
5.5.2.
Habermas: racionalidad y competencia
comunicativa
“En
cuanto
a la intuición central que he intentado ilustrar un poco en mi Teoría
de la
acción comunicativa, soy deudor de la teoría del lenguaje,
tanto en su
variante hermenéutica como en la analítica.” (J. Habermas, Dialéctica
de la racionalización)
Estos
dos problemas son los afrontados por Apel en su
"fundamentación última de la razón", que es la tentativa propia de
Apel. Este, no obstante, lleva a cabo esta tarea de forma abstracta y
formal,
"libre de todo presupuesto". Pero, en realidad, se hace desde una
visión del mundo sin la cual no puede valorarse el proyecto. Y,
precisamente, esta
concepción del mundo que subyace a su proyecto nos la ofrece Habermas,
a partir
de su pensamiento sobre la modernidad
[426].
Efectivamente, la concepción del mundo que expresa la
teoría de la modernidad de Habermas es el telón de fondo necesario para
comprender
la tentativa de fundamentar la razón en un "a priori fundamental" que
es el de la "comunidad de comunicación", sin la cual la razón no es
nada.
El
programa de Habermas se orienta a justificar la posibilidad
de un discurso práctico racional. Esto es así especialmente a partir de
la
década de los setenta, con su "Introducción" a la segunda edición de Teoría
y práctica (1971) y con el "Postfacio" de Conocimiento
e
interés (1973). A partir de estos trabajos comienza
a alejarse de las
posiciones frankfurtianas de décadas anteriores y a diseñar su proyecto
de
"pragmática universal"; comienza a distanciarse de la
"sociología crítica" [427],
desengañado de ella y convencido de que para hacer
realmente crítica a la "crítica" se necesita superar la carencia
normativa de la Teoría Crítica, se necesita la pragmática. De ahí que
se separe
de Adorno [428]
y se vuelva hacia
Apel, amigo de muchos años, buscando en el concepto de comprensión
comunicativa, a través del lenguaje, una solución a esa carencia.
Habermas
define definitivamente su posición en los años
ochenta, con su Teoría de la acción comunicativa
(1981) [429].
A partir de ahora Habermas opera en la creencia de que
una teoría universal de la sociedad sólo puede justificarse desde la
ética
comunicativa. La fundamentación de la Ética se pone así en el primer
plano. La
vía metodológica es el análisis del lenguaje. Habermas dice: "En cuanto
a
la intuición central que he intentado ilustrar un poco en mi Teoría
de la
acción comunicativa, soy deudor de la teoría del lenguaje,
tanto en su
variante hermenéutica como en la analítica"
[430].
Esta nueva sensibilidad hacia el lenguaje está en la
base del giro comunicacional de la Ética habermasianas.
Ahora
bien, el problema de fondo, que ahora se intenta
reformular desde el lenguaje, era la racionalidad, la idea misma de
verdad que
los frankfurtianos habían mantenido. Le parece a Habermas que están
presos de
un concepto de razón propio de la tradición filosófica: de la misma
racionalidad que combaten en su crítica a la "razón instrumental". Esta
racionalidad clásica estaría caracterizada por su orientación a un
concepto
restringido de verdad, por su intención de verdad; para superarla, debe
volverse a Kant, partir de su arquitectónica de la razón. Debe
reconstruirse la
razón como articulación de las tres "Críticas" kantianas. Las tres
"Críticas" son tres formas de objetivarse una razón sustancial: la ciencia,
la moral y la estética. Se
trataría de tres dominios autónomos en
cuanto a validez y sentido; los tres constituyen la arquitectónica de
la
racionalidad moderna, las tres constituyen legalidades diferentes. La
nueva
razón "debe mostrar en su unidad los tres momentos racionales que han
sido
considerados de forma separada en las tres Críticas
kantianas: la unidad
de la razón teorética, del convencimiento práctico-moral y del juicio
estético" [431]
Por
este camino Habermas aspira a superar la
unidimensionalidad del pensamiento empírico-analítico, sin caer en el
negativismo frankfurtianos. Trata de construir un nuevo concepto de
racionalidad en que desaparezca la escisión, señalada por Apel, entre
el
discurso neutralista de la verdad y el discurso decisionista del deber;
una
razón que no excluya ni la verdad ni la normatividad en su seno, sino
que haga
de ambas partes indispensables de la misma.
Habermas
ha intentado superar el reduccionismo de las
ciencias sociales y el negativismo de una razón sustancial que no
consigue
emerger en positivo desde la razón instrumental. Y el medio usado para
ello ha
sido un nuevo modo de análisis del lenguaje, que se apoya tanto en el
uso del
mismo por la hermenéutica como en el uso propio de la analítica. Poco a
poco,
especialmente a lo largo de los años setenta, Habermas ha ido
realizando ese
desplazamiento, para llegar a lo algunos han llamado "cambio de
paradigma"
o "giro lingüístico": o sea, el cambio desde el paradigma de la
"filosofía de la ciencia", o del "sujeto", al paradigma de
la "filosofía del lenguaje", o mejor, de la "acción
comunicativa" [432]
Habermas
ha realizado este "cambio de
paradigma" a través de una confrontación permanente con la filosofía
contemporánea, especialmente con el racionalismo crítico popperiano,
con la
teoría de sistemas de Luhmann, con la hermenéutica de Gadamer, con las
teorías lingüísticas
de Chomsky, Austin, Searle y Toulmin, y de forma especial con K.O.
Apel, a
través de una estrecha y abierta relación. En concreto, dicho cambio de
paradigma se apoya en dos aspectos esenciales. Por un lado, la
"conciencia" se traduce en "lenguaje": la tendencia
habermasiana a plantear los temas filosóficos en término de
"conciencia" es sustituida por la tendencia a plantearlos en términos
lingüísticos. Así, los temas de la "reificación", pasan a
interpretarse desde la pragmática de la comunicación. Por otro lado, el
sujeto
solitario se convierte en intersubjetividad. En consecuencia, el cambio
de
paradigma puede concretarse como la sustitución del punto de vista de
la
"conciencia solitaria" por la "intersubjetividad
lingüística" [433]
Habermas
concreta el cambio de paradigma en su propuesta
de una "pragmática universal" [434].
Su origen remoto tal vez haya que buscarlo en Ch.
Morris, quien a las dimensiones sintáctica y semántica
del
lenguaje, propias del análisis lingüístico carnapiano, añadió la
dimensión pragmática.
Morris, de esta manera, proporcionaba otra dimensión de
significatividad: a las
relaciones entre signos, o entre signos y significados, añadía las
relaciones
entre signos y agentes del habla. Aparece así, en primer plano, como
campo de
reflexión filosófica, los "usos lingüísticos"; o, si se prefiere, al
lado del "lenguaje" se coloca el "discurso", junto a la
"enunciación" se pone la "comunicación".
Habermas
ha criticado la "falacia de la
abstracción" en la analítica neopositivista. Pero no lo ha hecho en
reivindicación de una pragmática empirista, es decir, desde la psico y
la
socio-lingüística; sino desde la reivindicación de una "ciencia
reconstructiva del discurso". Esta ciencia reconstructiva será la que
permita a Habermas superar el paradigma conciencialista y pasar al
pragmático-lingüístico [435].
Esta
"ciencia reconstructiva" designa la tarea de reconstruir
sistemáticamente un saber implícito, "preteórico", presente en los
hombres que usan el lenguaje sin conocer conceptualmente las reglas de
su uso.
La diferencia que Ryle estableciera entre "knowing how"
y
"knowing that", entre un saber hacer preteórico y un
saber que
se sabe, reconstruido ex post, es el horizonte de
la "ciencia
reconstructiva" habermasiana. Le parece obvio a Habermas que los
agentes
hablan y se comunican mediante el uso del lenguaje previamente y al
margen de
la conceptualización de las reglas, esquemas, criterios lingüísticos.
Por
tanto, le parece obvio que los hombres, los miembros de una comunidad,
pueden
hacer enunciaciones razonables, argumentaciones lógicas, teorías
coherentes...
sin saber que, al hacerlo, están aplicando determinadas operaciones,
poniendo
en práctica determinados criterios, implicando determinadas reglas. Por
tanto,
explicitar esos elementos y estructuras del "saber preteórico dominado
prácticamente" en "expresiones categoriales" es la tarea de la
"ciencia reconstructiva" [436]
La
"ciencia reconstructiva" del lenguaje
consiste en el "análisis reconstructivo del lenguaje", es decir, en
la descripción explícita de las reglas que el hablante competente debe
utilizar
para formar enunciados gramaticales y expresarlos en forma aceptable.
Pero esta
tarea reconstructiva se la reparten la lingüística y la
"pragmática
universal" o teoría de los actos lingüísticos. La primera presupone que
cada hablante adulto dispone de un saber implícito reconstruible ex
post,
en el que se expresa su competencia en producir enunciados, en usar las
reglas
lingüísticas; la teoría de los actos lingüísticos, en cambio,
postula una
competencia semejante, pero respecto a las reglas
comunicativas, es
decir, para el uso de los enunciados en situaciones comunicativas. Y de
la
misma manera que la lingüística presupone un "núcleo universal" en la
competencia de los hablantes, la teoría de los actos lingüísticos
presupone un
"núcleo universal" en la competencia comunicativa. Así, la teoría
general de los actos lingüísticos describiría precisamente ese
fundamental
sistema de reglas comunes a los hablantes adultos competentes.
Así
podemos ver la diferencia entre Chomsky y Habermas,
importante en la caracterización de la pragmática universal. Para
nuestro
autor, la competencia del hablante ideal no se debe atribuir solamente,
como
hace Chomsky, a la capacidad de producir y entender enunciados
gramaticales,
sino también a la capacidad de generar y comprender aquellos modos de
comunicación y aquellos nexos con el mundo externo que hacen posible el
discurso diario. Por otro lado, y a diferencia de los objetivos de la
psico- y
la socio-lingüística, que indagan las condiciones marginales
extralingüísticas,
empíricas y contingentes, de la comunicación efectiva, "la pragmática
universal pretende la reconstrucción sistemática de las estructuras
universales
que se presentan en todas las situaciones lingüísticas posibles y
sirven para
ordenar pragmáticamente las expresiones generadas por los hablantes
lingüísticamente competentes" [437]
La
Teoría de la acción comunicativa, según el
propio Habermas, responde a cuatro motivos fundamentales: proponer una
teoría
de la racionalidad, proponer una teoría de la acción comunicativa,
proponer una
teoría de la modernidad y, en fin, proponer un concepto de sociedad
capaz de
reunificar la teoría de los sistemas y la teoría de la acción [438].
El primer propósito, según Habermas, se enfrenta al
gran problema del irracionalismo contemporáneo y del renacer de
Nietzsche, así
como de la hegemonía de las diversas formas de relativismo. Habermas se
apoyará
en las teorías antropológica que consideran "cada cultura, cada
"forma de vida, cada juego lingüístico, es una totalidad cerrada en sí
misma
y se dota a sí misma de un criterio inconfundible de racionalidad
interna" [439].
Por tanto, defiende la tesis de que cada colectivo, en
su comunicación, en su discurso, supone una instancia de racionalidad
común a
todos y cada uno.
El
segundo propósito persigue mostrar sistemáticamente
cómo es posible utilizar fecundamente la teoría de la acción
comunicativa para
la teoría de la sociedad [440].
Considera que la analítica anglosajona, que tomara buen rumbo desde el
último
Wittgenstein, se ha ido autonomizando y aislando de la sociedad, hasta
devenir
abstracta. Inspirándose en Mead, Durkheim y Weber, persigue un nuevo
vínculo
entre ambas.
Además,
considera -y este es su tercer propósito- que
"los conceptos de la teoría de la comunicación sirven para desarrollar
una
teoría de la modernidad dotada de la
selectividad analítica que es
necesaria para individuar fenómenos de patología social, o sea, lo que
en la
tradición marxista se ha concebido como reificación"
[441]
Por
último, el cuarto propósito también le parece
asequible. Considera que la crisis de la teoría hegeliano-marxista, que
con su
concepto de dialéctica y de totalidad aspiraba a la conexión entre las
diversas
esferas de la vida humana, ha llevado a una progresiva atomización. Por
tanto,
subraya la necesidad de recuperar la mediación entre el sistema y la
acción
individual; y, de forma específica, entre la racionalidad teórica y la
racionalidad práctica
La
propuesta habermasiana, como vemos, es equivalente a
la de Kant: aceptar la subjetividad como fundamentación de la razón
teórica, la
razón práctica y la "razón estética", pero trascender la subjetividad
empírica y solipsista. Pero mientras que Kant buscó un "sujeto
trascendental", irreductible a la conciencia individual y a la
conciencia
social (costumbres), Habermas cree poder acceder a una
instancia "cuasi trascendental-cuasi
empírica", que se presenta como condición de posibilidad de la
comunicación entre los miembros de una comunidad, y que considera que
puede ser
aprehendida desde una teoría social crítico-reconstructiva,
tal como
Weber había esbozado; en tal caso, en lugar de afrontar la validez, se
afronta
la génesis de la razón. Habermas adopta esta perspectiva, y desde ella
da
entada a la teoría de la acción comunicativa. Su planteamiento, en
síntesis, es
el siguiente: las formas de la racionalidad moderna, constituidas en
los
dominios autónomos de la ciencia, la moral y la estética, tienen su
sentido y
su valor cognitivo no directamente en la experiencia originaria bruta,
sino en
experiencias previamente interpretadas en los
contextos comunicativos
vividos. Así, no es la experiencia del trabajo la que me permite
directamente
elaborar una ciencia de la naturaleza, sino esta experiencia mediatizada
por una reflexión equivalente a una interpretación previa, por decirlo
así,
"estabilizada en la intersubjetividad del lenguaje".
Por
tanto, para Habermas la "acción o actividad
comunicativa" es un presupuesto del concepto hermenéutico de
"comprensión previa". Dicha acción es como la matriz del sentido, de
la validez y de la racionalidad posible. Esta acción prefigura la
"razón
dura": en ella se puede descifrar la razón. Esta "razón
comunicativa", que en tanto que tal no se haya aún solidificada en
formas
objetivas de la racionalidad, es una "razón débil". No se expresa en
el sistema objetivo del conocimiento, de la moralidad, de la estética;
porque
aparece como principio productivo del "espíritu objetivo" al nivel de
lo vivido... Por tanto, más allá de sus expresiones objetivas, la razón
enraíza
en su actividad socialmente originaria de la comunicación.
Como
vemos, Habermas establece como "a priori"
fundamental de la razón el hecho de que los enunciados racionales en
general -y
los científicos en particular- no tienen sentido ni validez posible más
que
bajo el presupuesto ideal de la justificación que podría serle
atribuida en el
seno de una comunidad de argumentación y de comunicación. La razón
estaría
fundada sobre este a priori, que es la norma fundamental de la
argumentación:
el deber argumentar en las condiciones de una
situación ideal de habla,
es decir, en las condiciones de una "comunidad de comunicación
ideal".
Desde
aquí se comprende que Apel afirmara que la ética
comunicativa o de la argumentación es un presupuesto necesario de la
ciencia
misma. Así se comprende que pudiera oponerse la ética a la ciencia, al
mismo
tiempo que se ponía como su presupuesto. Apel creía que las ciencias
empírico-analíticas, axiológicamente neutras, presuponen una ética no
porque
presupongan operaciones del entendimiento en el sentido de una lógica
normativa, sino porque las operaciones monológicas de la ciencia
presuponen una
comprensión del sentido y una validación dialógicas en una comunidad de
comunicación [442].
O
sea, la ciencia implica la ética en la medida en que presupone la
lógica, pues
ésta tiene un papel normativo respecto a las ciencias, y el hecho de
tener que
someterse a esta norma, de deber respetarla,
tendría ya un significado
ético. Pero, además, la implica de otra manera, pues ésta no implica la
comunidad de comunicación, no sobrepasa el "solipsismo metodológico":
"La lógica normativa de la ciencia (cientificista) presupone
la
hermenéutica normativa y por eso mismo la ética normativa, porque "uno
solo" no puede hacer avanzar la ciencia y no puede, por
ejemplo, con la ayuda
de una lógica privada reducir a sus semejantes a meros objetos de
"descripción" y de "explicación"... Lo hace posible el paso
de la lógica (normativa) a la ética (normativa) es
para mí la superación del
solipsismo metódico, superación cuya vía ha sido abierta por tanto P.
Lorenzen
como por el segundo Wittgenstein" [443]
5.5.3.
Interés, conocimiento y diálogo
“La
razón
carece de autoridad dictatorial y su dictado nunca es sino el consenso
de ciudadanos
libres.” (I. Kant, Crítica de la razón pura)
En
los últimos años la reflexión moral y política ha ido
cristalizando en un ideal: el de comunidad racional.
En unos casos se ha
reivindicado contra la miseria del liberalismo, como aspiración a una
forma de
vida presidida por la "deliberación y la determinación colectiva de los
objetivos sociales" [444].
La
comunidad racional no es deseada como instrumento meramente
estratégico, como
"medio eficaz para alcanzar ciertos fines políticos deseables tales
como
la paz, el orden o la justicia distributiva. Se trata de una actividad,
una
experiencia, una reciprocidad de conciencia entre agentes racionales
moral y
políticamente iguales que libremente se congregan y deliberan con la
finalidad
de concertar sus voluntades en las propuestas de objetivos y en la
realización
de acciones comunes" [445].
Se
trata, pues, de una reivindicación positiva, en la que el diálogo, y
las
condiciones que lo posibilitan, se convierten en fin en sí mismo; al
menos, en
el fin propio de la Ética. Tal fin, tal ideal, que se define como
"comunidad racional", o "comunidad de comunicación", etc.,
es como el mínimo común denominador de las diversas propuestas éticas.
Para
algunos, como Muguerza, es suficiente y no se pude ir más lejos: "Más
plausible parece, en efecto, considerar el diálogo político como un fin
último,
esto es, como un valor social en sí mismo, que no como un medio para la
consecución de otros fines" [446].
Otros aspiran a más: a poner esa comunidad racional como
instancia de fundamentación de la verdad, de la justicia, o como
instrumento
del consenso.
A
Habermas hay que situarlo en esta preocupación general
de nuestra época. De ahí su preocupación por elaborar una teoría de la
acción
y, en particular, de distinguir entre "acción instrumental" y
"acción estratégica", de un lado, y "acción comunicativa" [447],
del otro. Los dos primeros tipos son la aplicación del
conocimiento científico al mundo natural y al mundo social,
respectivamente.
Ambos tipos de acciones se guían por la "racionalidad teleológica",
es decir, por la maximización de los medios, por los éxitos
conseguidos. En
cambio, la acción comunicativa, que nos e dirige al dominio del mundo
externo,
sino a la "comprensión intersubjetiva", tiene su propio conocimiento,
el conocimiento práctico, la Ética, y su propia racionalidad, la
"racionalidad comunicativa". Su plenitud pasaría por un ejercicio sin
trabas de la comunicación.
Ahora
bien, en la comunidad racional o de diálogo
habermasiana, los participantes han de ser los hombres concretos, con
sus
intereses particulares a los que aspiran irremisiblemente. Es
impensable
eliminar la contraposición entre ellos; a lo que se puede aspirar es a
que,
bajo las condiciones de libertad e igualdad, de ausencia de violencia y
de
asimetría, esto es, en las condiciones de diálogo, puedan abordar sus
problemas, reflexionarlos, discutirlos y consensuarlos; puedan, en
definitiva,
definir los intereses intersubjetivos, dibujar zonas de tolerancia,
etc. Y, en
el límite, Habermas parece aspirar a que de ahí saliera algo más: una
especie
de "moral universalista" que, como la "voluntad general" de
Rousseau, clausure definitivamente el largo divorcio entre intereses
individuales y colectivos. Para resolver el conflicto entre el individuo
y el ciudadano, dice Habermas, es imprescindible
que desaparezca
"la dicotomía entre moralidad interna y moralidad externa" y que
"la validez de cada norma pase a depender de la formación discursiva de
la
voluntad de los potencialmente interesados"
[448]
Se
trata, pues, de asegurar la universalidad y la
legitimidad de las normas: la "universalidad", a través del carácter
intersubjetivo de su elaboración; la "legitimidad", en base al
respeto a la autonomía de los agentes, a la ausencia de coacción, a la
participación
de los mismos. Tales características ponen el diálogo
como condición
esencial. Por tanto, sólo una "ética comunicativa", dice Habermas,
puede lograrlo.
El
punto dudoso de la propuesta habermasiana es su
postulación del "consenso racional" como resultado de la formación
discursiva de la voluntad". Ciertamente, la "voluntad" formada
en el diálogo aparece menos dogmática y abstracta que la "voluntad
general" rousseauniana, pues, al contrario que ésta, ha reducido la
objetividad
a subjetividad y la verdad al consenso, pero sigue siendo una exigencia
sospechosa: parece presuponer unos "intereses generales".
La
teoría del "interés", de Habermas, no sólo
es importante, sino que está en el origen genealógico de su teoría de
la
comunicación. En el fondo Habermas ha elaborado su nueva posición entre
Conocimiento
e interés [449]
y su Teoría
de la acción comunicativa
[450].
En la primera nos ofrece una sugestiva clasificación
de los "intereses cognoscitivos" en tres modelos: técnico,
práctico
y emancipatorio. Cada uno de ellos daría lugar a un
tipo de
conocimiento: el interés técnico es el propio del conocimiento de las
ciencias
naturales y de los conocimientos tecnológicos, los cuales sirven de
mediación
entre el hombre y la naturaleza; el interés práctico se aplica a la
comprensión
comunicativa, originando los conocimientos propios de las tradiciones
culturales y las ciencias del hombre y de la cultura, sirviendo de
mediación
entre los hombres, para su comunicación; en fin, el interés
emancipatorio se
corresponde con el conocimiento autorreflexivo, que persigue el
autoconocimiento, la autoconciencia, para liberarse de la falsa
conciencia: de
ahí su carácter crítico-emancipatorio.
La
teoría de los intereses cognitivos de Habermas, en línea
con su empeño en distinguir la racionalidad instrumental de la
comunicativa -y,
en otro nivel más general, en distinguir entre ciencias de la
naturaleza y
ciencias del espíritu, reivindicando la sustantividad de éstas e
incluso su
eminencia- ofrece más de un punto débil, como ya se ha señalado: "Sin
pretender hacer justicia a la teoría habermasiana del interés, cabría
decir de
ella que presenta más de un punto débil... Ni las ciencias naturales se
hallan exclusivamente
presididas por el interés en el control técnico de la naturaleza ni la
cultura
humanística se halla tampoco exenta, a su vez, del peligro de ver
degenerar el
interés práctico que la preside en un interés por el control social...
En
cuanto al interés emancipatorio compartido por las ciencias sociales y
la
filosofía de intención crítica, Habermas no explicita si se trata de
una
estructura trascendental o de un contenido histórico susceptible de
diversas, y
hasta ahora encontradas, determinaciones"
[451].
Para Habermas los intereses son meras orientaciones
básicas al trabajo, a la reproducción, a la interacción entre los
hombres.
Todos ellos son necesarios, pero los intereses técnico
(dominio del mundo) y
práctico (relaciones entre los hombres) sólo pueden llegar a
ser comprendidos
como "intereses rectores del conocimiento" cuando se entienden, a
través de la reflexión racional, en conexión con el otro interés: el
emancipatorio. La autonomía de los intereses técnico y práctico, su
funcionamiento al margen del interés emancipatorio,
se vuelve un
funcionamiento en contra.
Así,
pues, el "interés emancipatorio" o
"interés de la razón" tiene como fin propiciar la
"reflexión", es decir, un tipo de conocimiento que nos libere de la
ideología, de la falsa conciencia, del sectarismo y del parcialismo de
los conocimientos
aislados promovidos por los otros dos tipos de intereses. En resumen,
tienen
como fin culminar el ideal de la ilustración, que formulara Kant: el
paso de la
humanidad a la emancipación [452]
Ahora
bien, ¿cómo conseguir las condiciones de diálogo
que hagan posible ese final feliz? ¿Cómo conseguir ese punto cero a
partir del
cual el "interés de la razón" guiará los destinos de la comunidad
humana? Habermas, que sabe que la situación necesaria sólo se dará al
final, se
ve llevado a imaginar su anticipación. "Lo que nos saca de la
naturaleza
es la única cosa cuya naturaleza podemos conocer, a saber, el lenguaje.
En
virtud de su misma estructura, a través del lenguaje se instituye para
nosotros
anticipadamente la emancipación. Pues con
nuestra primera frase se
expresa ya de modo inequívoco la intención de alcanzar un consenso
universal y
libre de coerción" [453]
El
diálogo, pues, parece constituirse sobre esa
condición. Así, al menos, lo desarrolla Habermas en su trabajo "¿Qué
es
la pragmática universal?". Sostiene en ella que la
"pragmática universal"
consiste en identificar y reconstruir las condiciones de posibilidad de
la
comprensión o del entendimiento. Aunque no debe confundirse con la
"pragmática trascendental" de Apel, sus analogías son también
innegables. Apel persigue una exploración del lenguaje bajo el signo
típico del
método trascendental kantiano: buscar sus condiciones de posibilidad,
lo que
hace posible la comunicación intersubjetiva. Y postula como a priori
una
"comunidad ideal de comunicación".
Habermas,
por su parte, quiere huir de ese recurso a lo
trascendental; pero sabe que no puede recurrir a una deducción
empírica. Recurre a la teoría de Chomsky, y a su idea del conocimiento
tácito o
preteórico de la lengua por el usuario. Para Chomsky la teoría general
de la
gramática es una reconstrucción racional, aunque contrastable
empíricamente,
del conocimiento de la lengua. Habermas, del mismo modo, aspira a la
"reconstrucción racional", en el plano del habla, de la capacidad o
competencia de los hablantes para comunicarse
[454]
Habermas
incorpora así la teoría del lenguaje
"ilocucionario", o del contenido ilocucionario del acto de habla.
Esos contenidos, esenciales para la comunicación, responden a unas
razones, que
Habermas descifra. En concreto, su eficacia se apoya en que el hablante
y el
oyente comparten una serie de "pretensiones de validez" que son las
condiciones del sentido de los actos de habla y que, como tales, pueden
ser reivindicadas
en caso de su ausencia, pueden ser exigidas; o sea, pueden pensarse
como
obligaciones o normas.
La
"pretensiones de validez" de todo acto de
habla son, para Habermas, las siguientes: pretensión de
inteligibilidad
o de ser comprendido; pretensiones de verdad o de
descripción adecuada
de un hecho, pretensión de rectitud o de adecuación
a alguna norma de
conducta; y pretensiones de veracidad o de
sinceridad.
Como
se ve, son de diverso carácter. Para hacer valer la
"pretensión de inteligibilidad" no se sale del lenguaje: se
parafrasea el mensaje con expresiones más sencillas o felices. Para
hacer valer
la "pretensión de veracidad", podré insistir y, a lo largo de la
interacción, convencer al interlocutor de que no miento. Pero respecto
a las
pretensiones de "verdad" y de "rectitud" la cosa es más
complicada. Si se duda de las mismas de forma insistente, dice
Habermas, se
necesitaría o bien una "acción estratégica" (que no excluye
la
retórica, la fuerza, etc.), o bien, para no romper la "racionalidad
comunicativa", trasladar la interacción del nivel de la enunciación al
nivel del discurso, o lugar de la argumentación.
Por
tanto, para Habermas la idea central es ésta: las
pretensiones de validez deben de ser resueltas en un "consenso
alcanzado
discursivamente" siempre que se dé la "situación ideal de
diálogo". Y dice: "Llamo ideal a una situación de habla en la que las
comunicaciones no sólo no se vean obstaculizadas por influjos externos
contingentes, sino tampoco por las coacciones que resultan de la
estructura
misma de la comunicación. La situación ideal de habla excluye la
distorsión sistemática
de la comunicación. Y, ciertamente, la estructura de la comunicación
tan sólo
deja de generar coacciones cuando para todos los participantes en el
discurso
esté dada una distribución simétrica de las oportunidades de elegir y
realizar
actos de habla" [455].
Habermas
dice que esa "situación ideal de habla" no es un hecho empírico, sino
una construcción teórica, racional: una suposición inevitable que nos
hacemos
al hablar. Tal supuesto puede parecer contrafáctico, pero es operativo.
En
resumen, Habermas se mueve entre una tendencia a
entender la "verdad como consenso" y una tendencia a proponer el
"consenso en torno a la verdad". Y eso, cuando se aplica a la
"rectitud", se repite: Habermas llega a hablar de "verdades
éticas". De todas formas, como ya hemos sugerido, se parte de los
ilustrados y no se va mucho más allá de los resultados de aquéllos.
Porque, al
fin, aunque nunca fuera idea de Kant desarrollar una "teoría dialógica
de
la razón" [456],
ya
anticipó la importancia del diálogo en la construcción de la
racionalidad cuando
dijo en su Crítica de la razón pura que "la razón
carece de
autoridad dictatorial y su dictado nunca es sino el consenso de
ciudadanos
libres" [457]
J.M.Bermudo (1991)