I . CONCEPTO, MÉTODO Y
FUNDAMENTOS DE LA ÉTICA
1.
Tres ideas directrices.
“La
cuestión "¿por qué debo ser moral?", declarada por muchos escritores de
ética como totalmente ilegítima, después de todo tendrá una respuesta:
debo ser moral porque no puedo obtener lo que realmente deseo sin
serlo." (W.H. Walsh, La ética hegeliana).
En
uno de sus escritos de juventud György Lukács defendía la tesis de que
la moralidad sólo era posible al final de la Historia. Con ello quería
decir que sólo cuando los hombres superan el reino de la necesidad,
tanto natural como social, cuando devienen dueños de sí mismos, libres
y liberados, tiene sentido la exigencia moral. Lo menos importante para
nuestra reflexión es que ese final de la Historia fuera entendido como
superación del capitalismo, al tiempo que el más allá de la Historia,
la sociedad en la que es posible la existencia moral, fuera pensada
como el comunismo. Lo verdaderamente atractivo es la idea lukacsiana de
que a una existencia humana desgarrada, alienada, determinada por la
dura necesidad, no puede exigírsele moralidad [1].
La conciencia moral, la
conducta moral, pertenece a la vida humana,
y ésta sólo es compatible con unas condiciones sociales en las que el
hombre ha superado la Historia, o sea, la lucha por hacer-se hombre,
por devenir dueño de sí, y ha conquistado el status de sujeto
moral.
Esta
idea lukacsiana nos parece aceptable trasladada a unas nuevas
coordenadas, aplicada al más acá del final de la Historia y traducida
a, o interpretada como, exigencia de racionalidad. Nos parece un error,
cuando no una perversión, suplantar la moralidad por la racionalidad;
pero nos parece una ingenuidad y un voluntarismo estéril pensar la
moralidad sin condiciones. Si la Ética tiene hoy sentido práctico, si
no quiere dejarse reducir a mera analítica del lenguaje o a bello ideal
angélico, ha de asumir este criterio: que la moral es cosa
humana,
y ha de diseñarse y exigirse con escala humana; y, en particular, que
la exigencia moral requiere, como su condición de posibilidad, un orden
social racional. Por tanto, la tarea de la Ética no es sólo la de fijar
las normas morales y definir las virtudes según criterios universales;
debe asumir esta tarea, y llevarla a cabo con rigor, sin caer en la
tentación de tomar como "universal" lo que realmente suelen ser meras
abstracciones de valores y formas de vida anacrónica, posiblemente
idealizadas. Pero no debe limitarse a ello. La Ética ha de pronunciarse
también sobre los criterios de racionalidad y sobre los modelos de vida
actuales y posibles, pues ellos marcan los límites de la moralidad
exigible a los hombres. La Ética ha de encontrar criterios razonables
para la "administración del deber".
Nietzsche, en su Más
allá del bien y del mal,
reconociendo que las intenciones morales o inmorales están en la raíz
de toda filosofía, dirá que todo sistema moral es el esfuerzo por
encubrir y legitimar un impulso biológico. La Filosofía, y la Ética
como su germen, no serían sino la forma más sofisticada del instinto
tiránico, la forma más sutil y ambiciosa del deseo de poder, a saber,
el deseo de crear el mundo. Los
filósofos, "adoradores
de Dionisos", es decir, agentes del más cruel tirano, serviles y
comediantes, cumplirían en sus pretensiones morales su vil papel de
dominar la vida. Bajo su "instinto de conocimiento" ocultarían el
fisiológico "instinto de dominio" que dicen querer dominar.
Esta
idea de Nietzsche también nos resulta fecunda para definir nuestra
actitud metodológica ante la Ética, en tanto nos revela dos tentaciones
del hombre nada triviales: la propia de los "filósofos del miedo",
denunciados por Nietzsche, que en su secreto deseo divino de ser
demiurgo, de crear ex nihilo,
postulan una moral ajena
a la naturaleza y a la vida, cuando no enfrentada a ellas; y la de los
"filósofos del peligro", que añora Nietzsche, y quienes de viles
"adoradores de Dionisio" pasan a ser retóricos imitadores. Dos
tentaciones humanas, dos morales que se nos ofrecen como opciones
irreconciliables y exclusivas: una moral del
resentimiento y una moral del
superhombre. Tal vez dos formas de eludir la Ética, como conciencia de sí de la moral.
Estas
dos opciones configuran una topografía que nos proporciona una clara
referencia de dos vías sin salida, y que nos advierte que la Ética es
posible en la medida en que se venzan esas tentaciones, para lo cual es
muy favorable la conciencia de la recalcitrante tenacidad de las
mismas. La Ética es posible si entre ambas cabe otra moral, tal vez la
moral simplemente humana, la que no apunta a aquello que en el hombre
pueda haber de ángel o de bestia, sino a lo que hay de hombre. Y el
esfuerzo de la Ética, si no renuncia a su dimensión de filosofía
práctica, debe ser pensar esa posibilidad, para lo cual necesita
apoyarse en la razón. Entre la perversa ocultación del deseo de ser
Dios y la cínica ostentación del puro deseo de ser ("perseverar en el
ser" spinoziano, "deseo de vivir" hobbesiano, "deseo de poder"
nietzscheano...) cabe y es legítima la pretensión de ser hombre. Y esta
es una noble misión de la Ética: decir qué es ser hombre, sin someterse
al dictamen de los dioses ni al de
los daimones,
sin ceder a ninguna de las imposturas de la pasión o la imaginación,
sino en base al uso de ese instrumento específicamente humano, que
mejor o peor ha tejido el ser del hombre, aunque sea en una tarea
penelopeana de constante reconstrucción. Mientras no se acabe el
bordado, sigue abierta la esperanza, siguen controladas las pasiones,
sigue habiendo ese equilibrio en que tal vez consista la conducta
moral.
Kant, en su Crítica
de la razón práctica,
nos ofrece la tercera lección. En ella defiende la objetividad de los
contenidos morales, separando netamente entre el deber y el querer,
entre la moral y el interés; pone la libertad del hombre como condición
de la vida moral, ya que las normas morales se dirigen a seres libres,
que pueden elegir incluso contra
sus deseos; y
establece la autonomía de la moral, su independencia de toda finalidad
trascendente, sean los mandatos divinos, las leyes del Estado o las
tradiciones sociales. En fin, en ella demuestra que los enunciados
normativos deben fundamentarse a priori,
que la Ética es deontológica y que la moral debe legitimarse como
exigencia de la razón.
Ante la potencia de la
reflexión kantiana uno siente el mismo hechizo que Hegel ante la Ética
de Spinoza; y también la misma sospecha: ¿qué pasaría si no aceptáramos
sus definiciones y axiomas? ¿Qué nos obliga a ello? Es razonable pensar
que, si las leyes morales han de ser obligatorias, deben ser necesarias
y universalmente válidas; y como la experiencia no proporciona tales
cualidades, han de ser
a priori.
Los sagaces analíticos han aireado la falacia. Por qué no concluir en
un "no es posible la moral". Claro que, para Kant - y es la lección que
recogemos-, tal conclusión es existencialmente inconsistente: no
podemos renunciar a la Ética, como no podemos renunciar a la Física.
¿Por qué? Porque es obvio que o bien se supone que en el mundo natural
los fenómenos están sometidos a las leyes, o de lo contrario habríamos
de guardar silencio sobre el mundo. De la misma manera, la moral es un
dato, y la misión de la Ética no es determinar si existe o no existe,
si es legítima o no es legítima. La Ética, como rama del conocimiento
filosófico, debe limitarse a su tarea: aceptar la existencia positiva
de la moral, suponer la posibilidad de la moral racional y establecer
las condiciones de esa posibilidad. A la razón, en su uso
práctico,
no le está permitido "dudar" de la moral; al contrario, este uso
práctico le exige suponerla y limitarse a establecer, puesto que
existe, las condiciones que hacen posible esa existencia racional. Ni
siquiera podemos renunciar a, o cuestionar que, las leyes morales sean
necesarias y universales. La filosofía no puede renunciar a ello sin
condenarse al silencio. La tarea de la Ética para Kant, insistimos, no
es decidir si es posible o no es posible la ley moral, sino asumir su
necesidad y establecer las condiciones de su posibilidad.
El
interés para nosotros de esta tesis radica en que nos evita a entrar en
los complejos problemas metafísicos referidos a las cuestiones de
existencia, donde la duda puede reproducirse indefinidamente. Nuestra
preocupación no es tanto la de si existe o no la moral, si es legítima
o no esa existencia; sino la de establecer las condiciones que hacen
posible la moralidad, tanto empírica (y aquí nos separamos de Kant)
como racionales, así como sus contenidos, límites y funciones
históricamente determinados.
Tres
autores que nos han permitido un primer acercamiento al tema, tres
ideas rectoras que nos han ayudado a fijar una actitud general, tres
ocasiones para unas primeras tomas de posición, tres reflexiones
iniciales que describen una concepción metodológica. No son tres citas
de autoridad, no son autores avales; se trata simplemente de unas
referencias reguladoras del marco en que situamos nuestra
investigación. Podrían habernos servido igualmente otros autores y
otros textos.
2.
El campo de la Ética: êthos y éthos [2].
“No
se ha de buscar el rigor por igual en todos los razonamientos.”
Aristóteles, Ética
Nicomáquea).
La
filosofía clásica carecía del complejo de la libertad propio de la
mentalidad moderna. El hombre-sujeto es una idea de nuestra cultura
occidental. Para los griegos el ser del hombre le venía de su
pertenencia a una polis; más
concretamente aún, el ser propio de cada hombre era una determinación
de su función en la polis.
Esto, lejos de verse como una limitación u obstáculo a su autonomía, se
pensaba como legítimo y conforme a su naturaleza. Hasta la virtud, en
sus orígenes, se entendía como relativa a una función: no se exigía
valor a la mujer o al comerciante, ni prudencia al guerrero, ni piedad
al gobernante. El agatós, dice
MacIntyre, "se limitó originalmente al desempeño de un papel, lo mismo
sucedió con duty" [3].
Efectivamente, no se hablaba de la virtud del hombre, sino de la virtud
de un médico, de un soldado, de un gobernante; como se hablaba de los
deberes de un funcionario, de un administrador, de un padre o de un
propietario.
Lo
"bueno" en abstracto, como el "deber" en abstracto, son ideas
relativamente recientes. En el momento clásico el pensamiento era más
concreto, al menos el pensamiento ético. En buena parte porque se
trataba de una filosofía sin complejos; tal vez ingenua, pero sin
complejos. Aristóteles no problematizaba la esclavitud [4],
como Platón no dudaba en el uso del mito de las almas de metal para
fundamentar la desigualdad de la naturaleza humana. En ningún momento
la filosofía griega se problematizó la legitimidad de educar a los
hombres. ¿Qué otra cosa podía ser la filosofía sino paideia
[5]?
Aceptado que el hombre tiene como fin el de realizar su esencia, la
forma de su especie, el papel de la Ética quedaba perfectamente
definido: establecer la vida buena.
Y como
esa vida buena es una vida en sociedad, la función de la Ética se
concretaba en el establecimiento de las condiciones (de las normas, de
las instituciones, de los criterios) que hacen posible una sociedad justa [6].
Para
Aristóteles la Ética era un saber nada sospechoso, en absoluto
problemático, que ni siquiera estaba afectado por obstáculos
epistemológicos particulares, más allá de los propios de su método y de
la naturaleza de su objeto. Se trataba de un saber acerca de la
práctica de los hombres y, como tal, tenía el status y el método
apropiados al objeto, pues "no se ha de buscar el rigor por igual en
todos los razonamientos" [7]. El objetivo
de la Ética
no era el establecimiento de verdades apodícticas, como en las ciencias
[8], ni establecer las reglas
de la acción productiva o poiesis,
propio de las artes, sino conseguir en el hombre una "disposición
racional apropiada para la acción" [9]. Por supuesto,
contaba con
una antropología filosófica idónea, que le permitía confiar a la paideia
y a la ley, al hábito y a la obediencia, la generación de esa
disposición, de ese carácter o modo de ser adecuado a la vida buena. La
Ética aristotélica, y la griega en general, tenía bien claros y fijos
tanto el objetivo como el objeto.
El análisis etimológico [10]
de los términos griegos (êthos-éthos),
así como el latino (mos)
permiten ciertamente dar los primeros pasos en la tarea de caracterizar
el objeto de la Filosofía Moral. Pero el análisis etimológico
acostumbra a darse sobre una antropología que, como ya hemos dicho,
ayuda lo suyo a la hora de establecer significaciones. El campo de la
Ética sería en rigor "el modo o forma de vida" humana, ese conjunto de
acciones en que consiste el proceso de realización del hombre. El
carácter (êthos) es el nombre de la
manera de ser, de
relacionarse con las cosas, de situarse ante las circunstancias, en
suma, consiste en la manera de vivir; el hábito (éthos),
en cambio, es el nombre de una manera de actuar, de formas de
comportamiento codificados. Por muy sofisticado que sea el análisis
etimológico, difícilmente puede culminarse sin echar mano de la
antropología. Esta permite pensar el êthos
como segunda naturaleza del hombre, construida en el actuar, a través
de la praxis y por mediación del éthos
[11]. Esta "segunda naturaleza"
sería el resultado de la fijación sobre el pathos
o temperamento, sobre las determinaciones psicobiológicas del hombre en
tanto que ser natural, de esas otras determinaciones que son los
hábitos, las conductas sociales codificadas, originando así una manera
de ser práctica, social.
Para
los griegos en general, y Aristóteles de forma explícita, la Ética
versa sobre el carácter entendido como "segunda naturaleza", producto
de los hábitos, de la praxis humana [12].
Es producto de los hábitos, pero también fuente de los mismos. Y en
esta ambigüedad de ser causa y efecto de los actos morales reside el
sentido de la Ética, como esfuerzo por pensar ese problema.
Los latinos tenían una sola
palabra, mos, para traducir las dos
griegas. El término incluía el pathos
(sentimientos), el éthos (hábitos)
y el êthos (carácter). De hecho, en
la filosofía escolásticas mos acaba
por significar "consuetudo", es decir, éthos,
costumbre o hábito, los vicios y las virtudes, pero no ya el
"carácter", como modo de ser del hombre. No es extraño que así fuera,
pues la "vida buena" ya no se pensaba sustantivamente, como realización
de las perfecciones propias de la naturaleza humana, sino que se
pensaba como medio adecuado a una finalidad trascendente: la "otra
vida". En rigor la vida humana ya no podía ser "vida buena"; si acaso,
"vida santa", definida por su sumisión a la ley divina. El cristianismo
imponía una Ética de deberes, de mandamientos, subordinada a la
Teología. Y aunque en ella cabían las virtudes, éstas se definían como
cumplimiento de la ley, como sumisión a la palabra divina. Al contrario
que en los griegos, que afirmaban una Ética de virtudes sustantivas,
como plenitudes o perfecciones del hombre, siendo los deberes los
subordinados a la consecución de la virtud [13].
La
Ética clásica tiene por objeto la realización de la naturaleza humana.
Se instaura, de este modo, como el saber práctico por excelencia. Las
dificultades que puedan surgir en su objetivo, que son muchas, no
afectan en nada a la legitimidad de su saber. La Ética no exige para su
realización el cumplimiento de su objetivo, sino la entrega al mismo.
No es equivalente "ser bueno por naturaleza", es decir, estar inclinado
a hacer el bien -cosa que, por otra parte, Aristóteles nunca tomaría en
serio-, que "ser deliberadamente bueno", incluso contra las
inclinaciones, que supone la mediación de la conciencia y la asunción
del deber. Según Aristóteles, la moral es obrar con vistas a un agathôn[14];
para Cicerón, la moral es
el modo de conducir la vida [15],
un constante "quehacerse"; incluso para Heidegger, la metafísica, y
también la ética, debe ocuparse del ser. Es decir, en los tres casos la
moral consiste en "dar sentido a la vida".
Pero,
¿qué sentido? La respuesta inmediata sería: el bien, conducir la vida
humana hacia el bien. ¿Qué bien? ¿La felicidad? Sin duda alguna, pero
no sólo eso. En rigor el fin último ha de ser la perfección humana,
como plenitud de sus facultades. Ese estado, que equivale a estar en
posesión de las virtudes, va naturalmente acompañado de la felicidad.
Pero la felicidad no es el fin, aunque se presuponga que acompaña
necesariamente al cumplimiento del fin [16].
Si la felicidad fuera el fin supremo, el criterio de la moralidad,
sería muy difícil justificar acciones que exigieran renuncias,
sufrimientos, ascesis. Y, sobre todo, sería imposible definir el
contenido de la felicidad: el placer sensible, el goce intelectual, el
estético, el moral... En cambio, si la felicidad se define como efecto
intrínseco de la perfección, su contenido queda perfectamente
delimitado: el modelo de felicidad se define desde el modelo del hombre
perfecto [17]. Y la perfección se
entiende como el despliegue de sus potencialidades, la actualización de
todas las posibilidades de su ser.
Cuando
Platón ofrece una base moral para la sociedad, es decir, cuando muestra
que la justicia es tanto perfección de la sociedad como del individuo[18],
nos ofrece una sugestiva propuesta, en la que muestra cómo la
Antropología, la Ética y la Política confluyen en el mismo ideal, en la
misma norma. La Antropología le permite afirmar que cada individuo
está, por naturaleza, especialmente dotado para un tipo de acción, de
función y de producción[19].
Además, el cultivo de esa facultad específica equivale a su perfección:
es su deber moral. Y, con la conquista de esa virtud, con el ejercicio
de esa facultad, al mismo tiempo que alcanza su perfección consigue
también su felicidad: felicidad por hacer lo apropiado a su naturaleza,
y felicidad máxima por el virtuosismo que adquiere en la misma [20].
Ahora
bien, la armonía entre Antropología y Ética se amplía a la Política, ya
que resulta que las cosas están ordenadas de tal manera en el mundo
humano que procurando cada uno su propia perfección y felicidad es como
mayor ayuda presta a los otros, como mayor es su contribución al orden,
la paz y el bienestar social. Pues esa perfección se traduce en
división racional del trabajo, en la que cada uno produce en aquello en
que es más habilidoso y mejor dotado, consiguiendo mayor rentabilidad[21].
Una sociedad con una división tan racional del trabajo es, sin duda, la
más eficaz posible. Y con ese bienestar, con esa racionalidad, y con la
justicia que supone que cada uno haga aquello para lo que está dotado,
aquello que constituye su perfección y felicidad, se garantiza el orden
más estable.
Como
puede observarse, el optimismo platónico de este pasaje parece
inaceptable en nuestros días. Pero tal vez no por culpa de la
ingenuidad de Platón, sino por nuestra vejez intelectual. Para asumir
desenfadadamente el compromiso ético se necesita, tal vez, una actitud
más fresca y despreocupada. Las sospechas que la historia de la
filosofía ha acumulado en su evolución constituyen el obstáculo
principal [22].
De ahí que la Ética
moderna, desde Kant al menos, se convirtiera en una "ética mínima"[23],
e incluso una "ética desconfiada". Ya no se aspira a ayudar al hombre a
alcanzar su vida buena; sólo se aspira a alcanzar la fidelidad a uno
mismo, que incluso está amenazada. Ya no se aspira a determinar la
naturaleza humana, ni a forjar el carácter de los otros, sino a
determinar las leyes de la voluntad del hombre, las leyes del deber. De
las virtudes, propias de una ética
anclada en una metafísica del ser, llegamos al deber,
preocupación propia de una ética subordinada a la convivencia. Cuando
esto sucede, cuando no es la plenitud ontológica, sino la mera sumisión
a unas obligaciones mínimas compatibles con la vida social, es porque
algo profundo ha pasado. Cuando la Ética renuncia a decir el bien, y se
limita a enunciar el deber, es porque aquella antropología optimista ha
sido abandonada, porque aquella cosmología cerrada ha sido sustituida
por el universo infinito.
Cuando A. Cortina, con voz
de presente, dice que "La cuestión ética no es de modo inmediato ¿qué debo hacer?, sino ¿por
qué debo hacerlo?
La cuestión ética consiste en hacer concebible la moralidad, en tomar
conciencia de la racionalidad que hay ya en el obrar, en acoger
especulativamente en conceptos lo que hay que saber en lo práctico"[24],
parece enunciar la gran preocupación del presente: la añoranza de
aquella Ética sin complejos. Cuando la pregunta obligada es la de
Warnock, es decir, una pregunta sobre si tiene sentido que un ser
racional sea moral, si tiene sentido que acepte normas y principios
morales, es decir, si la moralidad implica la racionalidad [25];
cuando parece no causar sorpresa, sino al contrario, la pregunta "¿por
qué debo ser moral?"...; cuando esto ocurre, decimos, no hay más
remedio que reconocer que estamos muy lejos, y no sólo en siglos, de
aquella forma gaya de practicar la Ética por los filósofos clásicos[26].
3.
La Ética como filosofía negativa.
“la
prudencia
aristotélica representa... el azar y el riesgo de la acción humana. Es
la primera y última palabra de este humanismo trágico que invita al
hombre a querer todo lo posible, pero solamente lo posible, y a dejar
el resto para los dioses.” (P. Aubenque, La
prudence chez Aristote).
Aunque
en filosofía estas cosas no nos sorprendan, no deja de ser relevante
que después de dos siglos y medio de reflexión filosófica sobre lo
moral las grandes cuestiones sigan pendientes: ¿Por qué creer en la
moral? ¿Qué debemos hacer? ¿Por qué prohibir? ¿Cuál es la legitimidad
de la obligación? ¿Por qué ser moral? O, si se prefiere, ¿qué es la
Verdad moral?, ¿qué es el Bien?, ¿qué son los valores?, ¿cómo decidir
moralmente? Y lo curioso es que esta pertinaz actualidad de las
preguntas no expresa, a nuestro entender, la miseria de la filosofía,
ni su impotencia; al contrario, expresa su riqueza, su plenitud y su
poder, su capacidad de sobrevivir, que en definitiva es la capacidad de
los hombres de no renunciar a la tarea de devenir hombres, de vivir
como hombres, de desear ser hombres. Porque, en el fondo, la función de
la filosofía no es proporcionar a los hombres conocimientos -misión que
cumplen las ciencias positivas- sino ocasión de pensar, de pensar cada
vez más y con más rigor, de ejercitar al máximo esta praxis, la praxis
más noble de los hombres por ser la praxis más característicamente humana. Como decíamos más arriba, lo
verdaderamente prometeico, o sea, humano, no es ser moral, sino seguir
buscando razones para ser moral, continuar intentando el fundamento de
la moralidad; lo otro, ser moral, es algo trivial y, en gran medida,
accidental.
Más
aún, incluso podría decirse sin impostura -con la condición de que no
se interprete como una apología de la ignorancia- que la misión de la
filosofía es impedir el conocimiento,
para que los
hombres sigan preguntándose "¿por qué creemos lo que creemos?", "¿por
qué hacemos lo que hacemos?". Como si, bajo el engaño de la promesa de
un conocimiento absoluto la astuta razón consiguiera su verdadero fin:
obligar a los hombres a recorrer por sí mismos el camino, teórico y
práctico, que los hace hombres. Ese al menos parece ser el camino de la
conciencia; y ese es el camino
de la autonomía, es decir, del
hombre señor de sí mismo, del hombre libre: del hombre en condiciones
de devenir moral.
J.
Muguerza, comentando la propuesta apeliana, cuya "situación ideal de
diálogo" incluye imperativo la búsqueda de consenso por los miembros de
la comunidad, dice: "Ahora bien, haya o no consensos o convenciones finales, lo cierto es que parece haberlos
iniciales, pues sin ellos ni
tan siquiera cabría hablar de lo que normalmente entendemos por ciencia
o por moral, llámense paradigmas científicos
o formas de vida.
Y, tanto en un caso como en otro, la razón que un día contribuyera -si
lo hizo- a instaurar esos paradigmas o esas formas de vida acostumbra a
ceder su puesto, con el tiempo, al dogma pura y simplemente sustentado
en la autoridad. El cometido más urgente de la razón en tales
circunstancias no será ya el de apuntalar las viejas convenciones o los
viejos consensos, sino el de contribuir a minarlos propiciando la
inversión revolucionaria de nuevas teorías científicas o nuevos
contenidos morales, que darán a su vez lugar a nuevas convenciones y a
nuevos consensos susceptibles de degeneración dogmática y autoritaria.
Y así sucesivamente. Semejante tensión entre conformismo y espíritu
crítico, entre la adocenada supeditación de la razón a lo establecido y
su imaginativa puesta al servicio de la creatividad ha sido bautizada
-para el caso de la historia de la ciencia- como la tensión
esencial,
tensión a cuyo cargo correría la animación de la vida de la comunidad
científica. Y lo mismo vendría a ocurrir con la comunidad humana en
general..." [27].
Muguerza, pues, se contenta con la "tensión", con mantener en guardia
la razón: lo propio de ésta, tanto en el terreno teórico como en el
práctico, no es buscar y consolidad consensos, sino revolverse contra
toda aceptación de las creencias por meramente dadas. Muguerza se
rebela, incluso, contra la postulación de "una confortadora confluencia
entre el ser y el deber ser" [28], renunciando
a aliviar la
tensión, poniendo como objetivo el cultivo de la misma en equilibrio
difícil [29].
Entendemos
la Ética como "filosofía negativa" y como "filosofía práctica"; por
tanto, hemos de reflexionar sobre la posibilidad de que una reflexión
negativa sea práctica y sobre la peculiaridad de la misma. La idea de
una filosofía negativa procede de Descartes, tal vez a pesar suyo; y la
asumió y desarrolló Hume en su Tratado de la
naturaleza humana.
Unas reflexiones al filo de ambos pensadores modernos, con filosofías
teóricas y prácticas aparentemente tan diferenciadas y contrapuestas,
nos servirá para exponer nuestra tesis.
Descartes fue, según
nuestro criterio, quien situó la tarea filosófica a las espaldas de la
negatividad [30].
Es cierto que perseguía como objetivo la evidencia positiva, y que tal
supuesto no sólo predeterminaba el resultado, sino que determinaba
fuertemente el método y el desarrollo de la investigación; no obstante,
abría un camino que otros llevarían a sus verdaderos límites. La más
explícita prueba de que Descartes introduce la filosofía como tarea
negativa nos la ofrece en sus Principios de
Filosofía [31].
Los dos primeros principios que establece son elocuentes. En el primero
dice que "Para examinar la verdad es necesario, una vez en la vida,
poner todas las cosas en duda tanto como sea posible" [32].
Es, viene a decir Descartes, el precio para pasar de ser niño a ser
hombre, para pasar de la creencia ingenua, precipitada, a la reflexión
filosófica como vía de conocimiento, o sea, de creencia fundada en la
evidencia. Y si este primer principio exige dudar de todo, el segundo
lo radicaliza y dramatiza al afirmar que "Es también útil considerar
como falsas todas las cosas de las que se puede dudar" [33].
Aquí no sólo se
recomienda la duda, sino que se invita a rechazar cuanto sea
susceptible de ella.
Esta misma posición,
explícita en los Principios,
aparece implícita en sus Meditaciones
metafísicas y en su Discurso del
Método.
Aquí la evidencia aparece como impotencia de la duda; la evidencia, la
afirmación, sólo surge cuando la razón, lanzada a una duda sin límite,
encuentra un obstáculo insuperable. Desde Descartes, la filosofía
moderna no puede ejercerse, de forma consciente, sin incluir la duda,
el uso negativo del entendimiento, como método de reflexión; y sin
considerar la evidencia como mera derrota de la fuerza negativa de la
razón. Lo de menos es que unos filósofos crean que ese obstáculo
salvador de la verdad se ha de encontrar necesariamente; e incluso que
dicha creencia sea la que haga posible el encuentro del obstáculo que
hace surgir la evidencia; o que otros consideren que, elegido tal
camino, el obstáculo definitivo nunca surgirá, convirtiéndose la
filosofía en negativa, en tarea crítica infinita. Lo de menos, pues,
son las soluciones particulares de cada pensador; lo importante es
constatar que, a partir de aquí, sólo se puede aceptar como evidente,
como fundamento, como verdadero, aquello que resiste la crítica y en
tanto que la resiste.
Hemos
de decir, para acabar la reflexión sobre Descartes, que éste limitaba
sus consejos a la razón teórica, siendo mucho más prudente a la hora de
hablar de la razón práctica. Así, en el principio tercero dice que "No
debemos en absoluto usar esta duda en lo referente a la conducta de
nuestras acciones" [34],
la duda se aconseja en la actividad teórica, cuando la razón busca "la
contemplación de la verdad". Considera Descartes que "es muy cierto que
en lo referente a la conducta de nuestra vida estamos frecuentemente
obligados a seguir opiniones que sólo son verosímiles" [35].
Pero esta diferencia se debe exclusivamente al contenido de los dos
principios señalados: la práctica tiene unas exigencias temporales,
impone y exige unas respuestas puntuales a las circunstancias dadas, de
modo que "pasarían casi siempre antes que pudiésemos liberarnos de
todas las dudas" [36].
Es decir, el radicalismo de la duda exige la "moral provisional", pues
hace imposible la conquista de la evidencia ante la urgencia de las
respuestas.
Hume
parece recoger el reto cartesiano, y aplicarlo con más coherencia.
Aparentemente libera a la filosofía de toda finalidad práctica; ésta se
guiará por lo verosímil, como en Descartes, por las creencias que han
ido naciendo, seleccionándose y cristalizando a lo largo de la
experiencia de la vida humana. La vida práctica impone la necesidad de
creer como condición de la acción, y la satisfacción de esta necesidad,
que no está al alcance de la razón, está asegurada por la naturaleza:
"La naturaleza, por medio de una absoluta e incontrolable necesidad,
nos ha determinado a realizar juicios exactamente igual que a respirar
y a sentir..." [37].
Tales juicios, obviamente, no tienen valor gnoseológico: son prácticos,
enuncian el "deber ser" bajo la forma del "es". Son, en rigor,
manifestaciones de la voluntad y el sentimiento: "... la creencia es
más propiamente un acto de la parte sensitiva de nuestra naturaleza que
de la cogitativa" [38].
La naturaleza, por tanto, ha propiciado los medios necesarios para
resolver todas las exigencias de la vida práctica. Y lo ha hecho al
margen de la razón, como si no confiara en ella, como si supiera que
las cosas importantes, necesarias e inaplazables no pueden dejarse en
manos de la razón teórica, que para Hume está aquejada del mal de la
eterna indecisión. Por tanto, la naturaleza ha cubierto el hueco
abierto por la debilidad de la razón [39].
Por
otro lado, Hume distinguía entre un uso positivo o afirmativo,
dogmático, de la razón y un uso escéptico o negativo. El juego de
ambos, la oposición permanente, constituía la filosofía. Combate
necesariamente eterno, sin posibilidad de derrota absoluta, dadas las
características de los contendientes: "La razón escéptica y la
dogmática son de la misma clase, aunque contrarias en sus operaciones y
tendencias, de modo que cuando la última es poderosa se encuentra con
un enemigo de igual fuerza en la primera; y lo mismo que sus fuerzas
son en el primer momento iguales, continúan siéndolo mientras
cualquiera de ellas subsista: ninguna pierde fuerza alguna en la
contienda que no vuelva a tomar de su antagonista" [40].
No podía ser de otra manera, pues no se trata de dos facultades, sino
de dos usos de la misma facultad. Las razones para dudar y las razones
para creer dependen de la fuerza de la razón: por tanto, sus
desequilibrios sólo son existenciales, y así garantizan la eternidad
del conflicto. La filosofía no va a ninguna parte, no avanza hacia
ninguna parte; simplemente, escenifica el duelo interno de la razón [41].
La
imposibilidad de un final definitivo determina que no se consiga una
evidencia desde la que construir el conocimiento absoluto y, al mismo
tiempo, que no se consigan argumentos convincentes para el
escepticismo, para renunciar a todo conocimiento. De esta forma
garantiza la eterna marcha del pensamiento, condenado a seguir
escenificando su lucha. "Hay que agradecer a la naturaleza, pues, que
rompa a tiempo la fuerza de todos los argumentos escépticos, evitando
así que tengan un influjo considerable sobre el entendimiento..." [42].
En
el marco descrito por Hume la moralidad queda garantizada por la
"naturaleza", y su contenido por las costumbres, de forma
satisfactoria. Y la razón parece relegada de su función práctica; en
rigor, la razón es liberada incluso de toda tarea gnoseológica, pues la
ciencia, reducida a conocimientos empíricos y probables, quedaría con
el status de creencia, garantizada y determinada por la "naturaleza".
La razón, pues, entendida como filosofía, como fundamentación racional
de las creencias, sean ésta teóricas o prácticas, queda instaurada como
misión problemática; pero no como tarea estéril.
Aceptar
este juego de la razón puede producir melancolía, al tener que asumir
la imposibilidad del objetivo: "Un descubrimiento tal nos quita no
solamente toda esperanza de obtener alguna vez satisfacción en este
punto, sino que se opone incluso a nuestros deseos..." [43].
Más aún, al tener que asumir que el entendimiento, "cuando actúa por sí
solo y de acuerdo con sus principios más generales, se autodestruye por
completo, y no permite el menor grado de evidencia en ninguna
proposición, sea de la filosofía o de la vida ordinaria" [44],
conduce a la
desesperación. Parece realmente trágico tener que "elegir entre una
razón falsa o ninguna razón en absoluto" [45],
como dice Hume. Pero la naturaleza se ha encargado de prever esta
melancolía y este "delirio filosófico", y ofrecer remedios a la misma:
"He aquí que me veo absoluta y necesariamente obligado a vivir, hablar
y actuar como las demás personas en los quehaceres cotidianos" [46].
Hume,
pues, nos abre la puerta a la filosofía negativa, al uso negativo de la
razón. La misma no consiste en dar la espalda al conocimiento positivo,
en renunciar a las creencias, ni a la fundamentación de las mismas;
consiste meramente en una actitud metodológica, en una manera de
practicar la filosofía. Esta manera de filosofar parte, ciertamente,
del reconocimiento de la imposibilidad de decidir sobre la legitimidad
de los principios; parte, pues, de la renuncia a la exigencia de
evidencia. Pero no se propone como objetivo demostrar la imposibilidad
de la misma, no hace militancia escéptica; se limita a mantener
activada la lucha entre los dos usos de la razón, en combatir la
tendencia a afirmar y a creer. Le parece a Hume que la razón dogmática
o afirmativa es un esfuerzo por recuperar la creencia natural
espontanea, rota por la duda. Se trataría de restituir la fe ingenua
perdida mediante una fe fundamentada. Y frente a esta tendencia postula
seguir siendo filósofo, no cerrar la fractura que originó la filosofía,
reabrir constantemente la problematicidad de cualquier principio, de
cualquier teoría, de cualquier verdad o imperativo aceptados. De esta
forma la actividad negativa no se opone a las creencias, a la
aceptación de teorías científicas o éticas; al contrario, consciente de
que la "naturaleza" induce a aceptarlas, y así las garantiza como
exigencia práctica, asume la tarea de ponerlas constantemente a prueba,
de reafirmarlas, de revisarlas; es decir, les impone la exigencia
metodológica de legitimación permanente, pues su única fuente de
legitimidad proviene de su resistencia a la crítica, a la falsación.
4.
La Ética como filosofía práctica .
“La
teoría de la práctica, si cabe hacerla, ha de consistir más en la
rebelión contra lo que es, que en la prescripción segura y confiada de
lo que debe ser.” (Victoria Camps, La
imaginación ética),
Muchas
confusiones se habría evitado si en lugar de utilizar las expresiones
"razón teórica" y "razón práctica", que han posibilitado -e incluso
inducido a ello- la concepción de dos facultades, dos métodos, dos
tipos de criterios..., se hubiesen utilizado "uso teórico de la razón"
y "uso práctico de la razón", que era el verdadero sentido de la
distinción, como mostrara Kant. De esta forma, y a los efectos de esta
reflexión, el objeto de la misma es el "uso práctico" de la razón. Y,
en este horizonte, aún es posible y conveniente la distinción entre dos
acepciones, pues por "uso práctico" se entiende la razón aplicada a las
cosas prácticas, a las cosas humanas (que nos parece el sentido que
tenía la Ética en Aristóteles), pero también se entiende por "uso
práctico" de la razón la forma prescriptiva de la misma, es decir, la
razón en tanto que prescribe normas o enuncia deberes, o formula
juicios de valor, que son traducibles a deberes. Para nosotros la Ética
es "práctica", es una forma del uso práctico de la razón, en los dos
sentidos: trata de las cosas humanas y se expresa en juicios de valor.
¿Puede,
en este doble sentido, ser práctica una filosofía negativa? Si por
"filosofía práctica" se entiende la enunciación positiva, afirmativa,
del deber ser, de juicios normativos, tal vez sería imposible conciliar
su forma con el método negativo que acabamos de describir. En cambio,
si consideramos "práctica" toda reflexión filosófica que influye,
aunque sea indirectamente, en la conducta humana, entonces no vemos
obstáculo alguno a tal caracterización. Una filosofía negativa, un uso
negativo de la razón, tiene claros efectos en los "axiomas prácticos",
en las concepciones y creencias morales, jurídicas y axiológicas, en
estos códigos formalmente normativos y directamente prácticos que
regulan la acción humana. Una filosofía negativa, o sea, el uso
negativo de la razón, en la medida en que siempre se aplica frente al
uso positivo, tiene efectos prácticos al determinar los resultados, al
influir en las creencias aceptables.
Comprendemos
que esta forma de ser "práctica" de una filosofía negativa pueda
parecer insatisfactoria; ciertamente, no es la dominante en la
filosofía occidental y parece oponerse a las naturales pretensiones del
filósofo de ser demiurgo, rey o, al menos, consejero
de príncipes.
De todas formas, la creemos más coherente con las concepciones
antropológicas de nuestros días, en las que se ha afirmado un concepto
abierto e indefinido de la naturaleza humana. La diferencia sustancial
entre la mentalidad de los filósofos griegos y la nuestra es que ellos
consideraban la "naturaleza humana" como un fin, un estadio ontológico
a conquistar. El hombre podía llegar a ser humano, es decir, podía
llegar a desplegar todas sus potencialidades, a perfeccionar todas sus
cualidades, o bien podía quedarse en el camino, truncada su vida como
la de cualquier animal o planta que no ha cumplido el ciclo completo de
su especie, sin devenir fecunda y plenamente desarrollada [47].
Esta
concepción teleológica o finalista del universo y, en particular, del
hombre, es el fundamento de la Ética clásica, tanto platónica como
aristotélica [48].
Según la misma, el hombre tiene un fin, y este fin está ontológicamente
anclado. El hombre está ontológicamente determinado a perseguir ese
fin, determinado a devenir humano. La "vida buena", por tanto, es la
que se encamina a dicho fin, la que realiza la humanidad en el hombre.
No puede exigirse al hombre conquistar lo absoluto, ser Dios; pero
conseguir ser humano es suficiente. Como ha dicho Pierre Aubenque,
interpretando a Aristóteles, "A medio camino entre el saber absoluto,
que haría inútil la acción, y una percepción caótica, que haría la
acción imposible, la prudencia
aristotélica
representa... el azar y el riesgo de la acción humana. Es la primera y
última palabra de este humanismo trágico que invita al hombre a querer
todo lo posible, pero solamente lo posible, y a dejar el resto para los
dioses" [49].
Nótese
que no decimos la que "permite" al hombre realizar su naturaleza, pues
la vida no es una condición externa de esa realización, sino que ella
misma es propiamente la realización
de la naturaleza humana: la praxis del hombre
agota su ser.
En la medida en que ese fin es inmanente, no está subordinado a ninguna
otra motivación, ni teológica ni racional. O, dicho de otra manera, la
praxis desplaza a esas otras instancias de fundamentación de la "vida
buena", para darle sustantividad. Como ha dicho B. Russell, se trata de
conseguir "el bien en nuestra propia vida y en nuestra actitud con
respecto al mundo. La insistencia en la fe en una externa realización
del bien es una forma de autoafirmación, que, aun cuando no puede
garantizar el bien externo deseado, sí puede perjudicar el bien
interior que está en nuestro poder..." [50].
La Ética como filosofía
práctica supone la adopción de la tesis de que "el bien es aquello que
seamos capaces de crear" [51].
El
"mundo cerrado" ha dado paso al "universo infinito"; el "cosmos", con
su jerarquía natural y, por tanto, con su moralidad inmanente, ha
cedido el lugar a un espacio indeterminado, sin direcciones,
indiferente. Al no tener jerarquía ni lugares naturales, el hombre ya
no ocupa ninguna posición ni tiene ninguna orientación fija. El sentido
de su praxis debe ponerlo él, en el mismo acto de su acción. La
"filosofía práctica" obtiene así su autonomía, su independencia del
orden natural y, por tanto, del conocimiento racional. Es en estas
nuevas coordenadas donde la Ética debe definir e instaurar su discurso.
Como filosofía, no puede escapar a
los problemas epistemológicos peculiares de cualquier conjunto de
creencias [52]; como praxis,
como realización de la vida humana, no puede dejar de plantearnos las
cuestiones metafísicas y axiológicas esenciales [53].
Tan absurdo es pretender
reducir la Ética a analítica del lenguaje como obviar éste
trivializando la Ética [54].
Su carácter filosófico le exige tener en cuenta la problemática
epistemológica y metodológica que, inducida por las ciencias, se ve
obligada a asumir la filosofía; su carácter práctico le exige salir de
la mera formalidad y mancharse de
contenido, es decir, hundir sus reglas en la vida misma.
Entendemos,
pues, la Ética como filosofía a la vez práctica y negativa. Aunque aquí
no quede suficientemente claro el contenido de esta doble
caracterización, confiamos que al final de esta reflexión sea
manifiesto. Pensamos, como Aranguren, que lo importante es que el
concepto sea claro al final. En su Ética,
planteándose
el problema del objeto, en lugar de dar una definición, prefiere el
camino de la conquista: "Se trata de aprehender el objeto de la Ética.
Podríamos partir, como es usual, de una definición simplemente
recibida. Nos parece más filosófico conquistar esa definición... Esta
labor será lenta y habrá de ser cumplida paso a paso, porque son varios
y muy diferentes entre sí esos otros saberes frente a los cuales la
Ética tiene que ser delimitada" [55]. Confiemos,
pues, que al
final hayamos conseguido "conquistar" el objeto.
La actitud metodológica que
propugnamos se deriva de nuestra idea de la filosofía como el esfuerzo de la razón por vencer la constante
tendencia de la naturaleza humana a creer.
La idea, como hemos dicho, nos viene sugerida por Hume, quien considera
la tendencia a creer como una ley de la naturaleza humana
imprescindible para la vida, tan imprescindible que la naturaleza,
siempre sabia, no ha querido dejarla al arbitrio de las veleidades de
la razón. Tendencia a creer, pues, necesaria e inevitable, pero que de
forma igualmente inevitable se rompe ante la experiencia, ante el
entendimiento, surgiendo la duda y, con ella, el camino de la
filosofía. Tendencia que reaparece en ésta en la forma de las
"filosofía dogmáticas", afirmativas, que intenta recuperar la fe en
forma de conocimiento absoluto, racionalmente fundado. Tendencia, en
fin, que la razón negativa compensa y reequilibra para así conseguir
que el hombre siga siendo hombre, es decir, siga ejerciendo su cualidad
esencial: el pensamiento. Pues lo propio del hombre no es conocer, que
para Hume es creer, sino pensar. La creencia es propia y natural en los
niños, en los poetas y, de forma antinatural, en la filosofía
afirmativa: "Hay que disculpar a los niños por su edad; a los poetas,
porque confiesan seguir implícitamente su fantasía, pero, ¿qué excusa
daremos para justificar a nuestros filósofos cuando muestran su
debilidad?" [56].
Esta
perspectiva introduce directamente el conflicto en el hombre entre la
razón y la naturaleza; o, si se prefiere, introduce directamente en la
naturaleza humana el conflicto entre la razón y el deseo, que es sin
duda alguna el objeto preferido de la Ética. También D.D. Raphael
propone una caracterización similar de la filosofía: "En mi opinión, el
propósito principal de la filosofía, como se ha practicado en la
tradición occidental, es la evaluación crítica de suposiciones y
argumentos. Toda sociedad y todo grupo cultural tienden a aceptar sin
vacilación cierto número de creencias... La filosofía nos pide examinar
tales suposiciones, considerar si tenemos bastantes razones para
sostenerlas. Si resulta que las tenemos, entonces podemos continuar
manteniendo esas creencias, pero ahora con seguridad racional, no con
una aceptación ciega. Si resulta que no tenemos buenas razones,
entonces o bien debemos suspender el juicio o bien debemos buscar un
nuevo marco de fe" [57].
De
este modo queda caracterizada la creencia como una pasión, como algo
que se impone al hombre como condición de su relación con las cosas; y
la filosofía, como misión imposible, como esfuerzo porque dichas
creencias sean racionales. Por "racionales", obviamente, no queremos
decir "verdaderas", en cuyo caso estaríamos atribuyendo a la razón la
posibilidad de conquistar la
evidencia; por
"racionales" queremos decir únicamente, como en la perspectiva
epistemológica popperiana, que las teorías empíricas son razonables
mientras y en la medida en que no puedan ser falsadas [58].
La imposibilidad de verificarlas nos impide considerarlas verdaderas,
pero no afecta a su razonabilidad, a su fundamentación, que se mide por
la resistencia a la negación, a la contradicción, en suma, a la
falsación.
Esta
manera de entender la Ética resalta el carácter "artificial" -en el más
estricto sentido humeano y, por tanto, absolutamente opuesto a
"artificioso"- de la misma; o, por decirlo con otras palabras, el
carácter absolutamente humano. La Ética no es un "descubrimiento" de
unas normas inscritas en el ser de las cosas, sino una creación de la
historia humana, una escritura en la conciencia del hombre. No se trata
de un código de conducta inventado de forma arbitraria, subjetiva o
caprichosa, producto del deseo o de las relaciones coyunturales de
poder, sino tendencialmente racional, es decir, constantemente
reajustado a las relaciones entre los hombres. Esta "racionalidad
limitada" de la moralidad se garantiza precisamente por la Ética como
filosofía práctica y negativa, en la medida en que constantemente exige
coherencia, adecuación y eficacia entre las reglas y los fines, entre
éstos y las instituciones; entre todo ello y las posibilidades de la
naturaleza humana.
Por
tanto, la concepción negativa de la filosofía, y de la Ética en
particular, aun naciendo en la debilidad de la razón es, en el fondo,
la manera de maximizar la racionalidad, al someter constantemente a
revisión las creencias morales, sus supuestos metafísicos y
epistemológicos, su axiología [59],
su eficacia práctica. La Ética así concebida asume como posición
metodológica la falsación, la negación; no busca directamente
fundamentar una moral, sino que cumple su fin último de dotar a la
moral de fundamento mediante el método consistente en cuestionar sus
fundamentos, tal que el fundamento aceptado lo sea siempre de forma
provisional y solamente en tanto que resiste la crítica. Tal Ética
negativa es "práctica", es decir, no renuncia en modo alguno a guiar la
acción de los hombres, a incidir en la conducta humana. Pero, en lugar
de hacerlo mediante propuestas "ideales" de conductas fundamentadas, lo
hace a base de estrechar los límites del abanico de posibilidades de
las propuestas morales razonables. Es decir, deja para la "imaginación"
la propuesta de modelos de moralidad ideales, surgidos como respuestas
a las situaciones concretas, y se reserva el papel de juzgar dichas
propuestas, de analizar su contenido y expresión, su coherencia lógica
y su consistencia axiológica, su adecuación a los fines explícitos, su
posibilidad y eficacia práctica, su concordancia con los límites
puestos por las ciencias y las condiciones sociales [60].
Queremos
subrayar que esta actitud filosófica, que acentúa la resistencia a
creer, es sólo formalmente, metodológicamente escéptica; pero no por su
contenido ni por sus fines, ni tampoco por sus resultados. Incluso, en
el momento actual, en el que las posiciones éticas más cultivadas
adolecen todas de falta de confianza en la razón, podría valorarse como
antiescéptica. Se ha dicho que "No es función de la Ética solucionar
nada" [61].
Ciertamente, no es su función directa. Pero sí corresponde a la Ética
cuestionar las soluciones propuestas, someterlas a las pruebas
lógico-filosóficas (coherencia, fundamentación, claridad...) y
estrictamente éticas (universalidad, consecuencias...). Sí corresponde
a la Ética iluminar el camino de las soluciones, aunque nosotros
proponemos, por nuestra manera de entender la filosofía, que el camino
también se diseña con indicaciones negativas, con señales de
prohibición. La posición negativa en Ética, por tanto, por ser
meramente metodológica, no supone escepticismo moral; al contrario, es
compatible con la moralidad como la epistemología popperiana lo es con
el desarrollo de la ciencia.
Incluso
podríamos pensar que el escepticismo moral se deriva más bien de
posiciones metodológicas positivistas y de las reacciones subjetivistas
que ha provocado. El positivismo ético, al extender a la Ética los
métodos de la descripción y la explicación, propios de las ciencias,
ponen como objeto el ser, y no el deber ser, y así la privan de toda
posible normatividad. Los críticos al positivismo han advertido, con
razón, que el uso de estos métodos reduce la Ética a mero capítulo de
la psicología o la sociología; y han reivindicado el carácter
esencialmente normativo de la Ética. Pero ese carácter normativo de la
Ética, que parece tan obvio, que tan dispuestos estamos a asumir y
defender de forma espontánea, no es tan fácil de fundamentar. Se admite
que la Ética es y debe ser normativa. Enseguida se pregunta: ¿en base a
qué? Y comienzan los problemas, pues todas las formas clásicas de
fundamentar las normas parecen frágiles ante la razón: se rechaza
enseguida tanto el teologismo, el racionalismo, el naturalismo o el
intuicionismo. Y así parece que sólo quedan dos consuelos, con aspecto
geopolítico: refugiarse en la dulce calma del análisis del lenguaje
(como es el caso del emotivismo o el prescriptivismo), o confiar en el
no menos cálido ni suave horizonte del diálogo [62].
Esta
alternativa de una "Ética dialógica" se presenta a sí misma como
superación del subjetivismo, del relativismo, del nihilismo; como una
superación positiva e histórica, sin volver a tentaciones metafísicas e
intuicionistas. Por tanto, en la actualidad se presenta como atractiva [63],
pues no carece de
dimensión social, introduce en la metodología
elementos democráticos -que hoy, sorprendentemente, sirven para
legitimar métodos-, pivota sobre el lenguaje, prestigiado por la
filosofía de las últimas décadas, e incluso se apoya en la
comunicación, lo cual aporta novedad y materialidad a la reflexión.
Ahora bien, esta opción
aparece como "voluntad de creer", que diría W. James [64].
Supone que todos los esfuerzos de fundamentación de la Ética, sean en
fines trascendentes o inmanentes, sean en metafísicas objetivas o
subjetivas, han fracasado de forma irreversible. Supone que la razón ha
fagocitado todas sus propuestas. Podríamos decir: aunque se ve a sí
misma como opción fundamentadora, en el fondo expresa la aceptación y
entrega del triunfo del "uso escéptico de la razón". Por tanto, sea en
las formas positivistas, en las subjetivistas o en las comunicativas,
las corrientes contemporáneas de la Ética están atravesadas por el
escepticismo; surgen de la derrota de la razón y arrastran las señas de
la misma.
No
es aquí el lugar para mostrar nuestras reservas sobre la "situación
ideal de comunicación", sobre las propuestas terapéuticas de las
asimetrías, etc. Destacamos únicamente que la alternativa al
escepticismo que se propone es el más tosco de los escepticismos: la comunidad de la buena fe. Es como
sustituir la tensión y el riesgo de la construcción lógica por una
cálida tertulia de consensos.
Nuestra
propuesta de "filosofía práctica", en cambio, enraíza en un pensamiento
clásico, el ilustrado, que invitó al hombre a ponerse él mismo como
fundamento de todo. Pero sin caer en ninguno de los dos errores de la
modernidad: poner como fundamento la subjetividad individual y egoísta
o poner como fundamentación la voluntad general abstracta y formal. Es
una grave falacia pensar que la pérdida de fundamento absoluto equivale
a la pérdida del fundamento, e incluso a la pérdida del mejor
fundamento. Si lo absoluto era una ficción, su declive no es una
pérdida; es una liberación. Poner al hombre, a la razón humana, como
fundamento no implica una pérdida de fundamento. Rousseau, Kant,
Popper, han abierto caminos de esperanza.
Decíamos
que nuestra propuesta, formalmente escéptica, en contenido y resultados
lo es menos que la Ética dialógica. Efectivamente, nuestra actitud no
implica una llamada a abandonar el irrenunciable deseo de verdad que
regula el uso de la razón; no implica aceptar el principio del
pluralismo; no implica buscar el consenso ni esperar en él; no implica
renunciar al fundamento en sentido fuerte; lo único que implica es no
aceptar ninguna fase terminal. Implica, para decirlo con Kant -aunque
tal vez transgrediendo su horizonte-, la autodeterminación de la
voluntad por una regla propia: los hombres serán más libres y dueños de
sí mismo si desean serlo, si no renuncian a autodeterminarse, si se
rebelan contra cualquier determinación, contra cualquier estado
determinado. Nuestra idea de la filosofía como resistencia a creer es,
en el dominio de la Ética, la asunción del imperativo práctico de
resistirnos a ser.
Porque,
a fin de cuentas, podemos interpretar el imperativo kantiano como
definidor de un sistema cerrado, que gratifique nuestra conciencia con
el sentimiento del deber cumplido, o podemos entenderlo como queja,
como rechazo, como rebelión contra el ser: como un no debe ser, aunque
sea. "La teoría de la práctica, si cabe hacerla, ha de consistir más en
la rebelión contra lo que es, que en la prescripción segura y confiada
de lo que debe ser" [65].
5.
La Ética como creación histórica
“El
ideal de excelencia ética es la liberación simbólica del individuo de
sus condiciones de posibilidad como ser humano para elegirlas ahora
como dones y regalos, no por necesidad sino por sobreabundancia.” (F.
Sabater, Ética como amor propio).
Entendemos
que la Ética, como cualquier disciplina filosófica -y no sólo las de
funcionalidad práctica- ha de estar claramente abierta a la historia.
Somos muy conscientes de que si la filosofía en general, como diría
Hegel, tenía por misión "pensar el presente", la filosofía práctica
debe asumir esa tarea de forma inaplazable. No obstante, creemos que
hoy no es posible pensar el presente sin su historia: hoy no sabemos
pensar sino en claves históricas. Y no ya porque, como creyera el
propio Hegel, la explicación, el conocimiento de algo es siempre la
descripción de su genealogía, en lo cual tiene buena parte de razón.
Sin asumir una posición historicista, nos parece inimaginable una
filosofía práctica que no sea un dialogo constante con la historia. Y
por "inimaginable" entendemos la imposibilidad fáctica de pensar
filosóficamente el presente sino en un forcejeo con su historia. Tal
vez sea un límite hermenéutico; pero es nuestro límite.
Podemos
admirar las pretensiones heideggeriana de recuperar un contacto
primigenio con el ser, del que estaríamos separados por la historia del
conocimiento, por el desarrollo de la racionalidad; y podemos admirar
la pretensión cartesiana de eliminar imaginariamente el tejido de
lenguaje, de creencias y prejuicios, que se interpone entre la mente y
las cosas. Pero si abandonamos los jardines de las metáforas, que no
son los más aptos para la filosofía, nos encontramos con esta realidad:
no sabemos pensar el ser de las cosas sin la historia del conocimiento
de esas cosas. Podemos añorar un conocimiento intuitivo, absoluto y
atemporal, tan perfecto y admirable que habitualmente se lo atribuimos
a los dioses; y podemos, de este modo, al mismo tiempo que reconocemos
su inaccesibilidad, consolarnos imaginándolo meta ideal a la cual
acercarnos; pero si hoy alguien asumiera la tarea de pensar lo "bueno"
o lo "justo" sin dialogar, de forma explícita o encubierta, con lo que
sobre lo bueno y lo justo han dicho Aristóteles, Hobbes, Bentham, Marx,
Nietzsche... ¿qué diría? Nos tememos que la reflexión sería tan pobre
como la de cualquier hombre iletrado.
Pensamos,
pues, que el objeto de cualquier ciencia o disciplina filosófica es la
historia de ese objeto. ¿Cómo podríamos pensar hoy el objeto de la
filosofía moral o política, sea la vida buena, la sociedad justa, la
virtud, la felicidad, las costumbres, el deber, la acción
correcta....sin recurrir a lo que sobre esos temas dijo Platón, Hume,
Mill, Moore, Ross, Hare, MacIntyre..., sin dialogar con ellos, sin
analizar sus propuestas y sus argumentos? Más aún, dado que ellos
mismos hicieron lo propio, analizando las creencias de pensadores
anteriores y criticándoles que se hubieran entregado con facilidad a la
pasión natural de creer, sin suficiente análisis, sin suficiente
documentación, sin suficiente esfuerzo, ¿podemos dialogar con ellos
filosóficamente sin esforzarnos en descubrir en sus propuestas la
"pereza", sin intentar deslegitimar su entrega al reposo? Esta actitud,
que no excluye el respeto y el rigor, de resistencia a aceptar sus
alternativas, sus valores, sus normas, sus argumentos... es la que nos
parece más propia de la filosofía: y la Ética es para nosotros
eminentemente filosófica. Buscar en ellos consuelo o patronazgo es una
actitud comprensible, pero ajena a la filosofía tal como nosotros la
entendemos.
Incluso
si aceptáramos -que no es el caso- que el objeto propio de la filosofía
es el análisis de los enunciados en general, y el de la filosofía moral
el de los enunciados morales, sea en sentido sintáctico, semántico o
pragmático, siguiendo a Morris [66],
del lenguaje o de las creencias, ¿cómo podríamos hacerlo sin dialogar
con Wittgenstein, con Stevenson, con Habermas...? En contra de
Heidegger, que vería en la historia de la razón la historia de la
ocultación del ser, nos inclinamos a pensar que fuera de ese discurso
histórico sobre las cosas sólo hay indigencia ante la mirada humana. Es
cierto que la filosofía ha tejido entre nosotros y la cosa una compleja
e inextricable red de espejos mágicos, que fácilmente nos inducen a la
ilusión; pero no lo es menos que esa tupida red es lo único que hay del
ser: que los objetos de conocimiento están disueltos en la historia de
esos conocimientos, y que esa historia, como diría Vico [67],
está hecha por los hombres, con lo cual el lúcido napolitano podía
afirmar que conocer el mundo es lo mismo que conocer la mente humana.
La
Ética hoy, nos guste o no, tiene por objeto la historia de la Ética.
Porque lo ético es un producto humano, una creación humana, realizada
históricamente, genealógicamente, a lo largo del tiempo. Esa historia
de creencias, de juicios, de confrontaciones, al mismo tiempo que es un
obstáculo es también la condición de posibilidad de la filosofía
práctica actual: es, parafraseando a Kant, como el aire para la paloma,
cuya resistencia debe vencer y sin el cual no podría volar.
Por
otro lado, parece obvio que la moral, como "conjunto de normas y reglas
de acción destinadas a regular las relaciones entre los individuos en
una comunidad social dada", es un hecho histórico. Por tanto, la Ética
no puede sino tratarla como tal, abandonando la tentación de pensarla
como conjunto de principios absolutos y aceptando su pluralidad y su
historicidad. Porque, ¿quién podría razonablemente "criticar" a la
Ética griega que la caridad no
estuviera entre sus virtudes? ¿Puede pensarse la ética epicúrea fuera
de aquél ámbito cultural? [68]
Tal cosa sería tan arbitraria como una Ética actual que no se
posicionara ante el militarismo, la ecología o la ingeniería genética.
Esta
posición debe manifestarse desde los supuestos más elementales, como es
el problema del "origen de la moral". Se ha tendido a situar el mismo
en Dios (fundamento teológico), en la Naturaleza (conducta biológica) y
en el Hombre (esencia eterna racional). Se trata, para nosotros, de
colocarlo en la historia, y de hacerlo sin necesidad de asumir
posiciones historicistas. Kant, que no era sospechoso de alinearse con
ningún tipo de relativismo, hubo de reconocer que el "debe" supone el
"puede", lo que significa en concreto que las normas morales, la
obligación moral, sólo opera bajo determinadas condiciones de
posibilidad. Condiciones que no son sólo personales (educación,
libertad, conocimiento), sino fundamentalmente sociales.
Aunque
definiéramos la Moral como conjunto de normas y reglas para dirigir la
propia vida, parece obvio que hablamos de la propia vida en sociedad.
Si no, ¿por qué regularla? La Moral exige pensar al hombre como un ser
social, requiere la existencia social del hombre, en definitiva, la
vida social, pues así, y sólo así, tiene sentido su función de regular
las acciones libres hombre-hombre y
hombre-colectividad.
Ahora
bien, estas relaciones son inseparables de otras, nacidas de las
necesidades, del trabajo, del orden social. La moral no surge de
espaldas a las necesidades de la vida: de la producción, de la
cooperación, de las leyes y del Estado, de la conveniencia de defender
lo común. Al contrario, hunde su raíz en esa dimensión utilitaria, que
lleva indefectiblemente a considerar como "bueno" la unión y
cooperación, y como "malo" la escisión, el aislamiento, el egoísmo; que
determina el surgimiento de los deberes: de solidaridad, de ayuda y
defensa mutua, de cumplimiento de las promesas, de no mentir; y que, en
fin, cristaliza en valores: de altruismo, de beneficencia, de
disciplina, de amor a los hijos.
Por
ello en las comunidades primitivas apenas se desarrolla la conciencia
moral. La comunidad actúa como doble límite: externo (las normas valen
sólo en su interior, no frente a los enemigos)
e
interno (absorbiendo lo individual). Es una moral poco desarrollada, no
basada en la responsabilidad personal; ésta surgirá cuando las
condiciones sociales lo permitan. Es decir, la moralidad es una
"conquista" de los hombres, estrechamente ligada al progreso material y
espiritual, fundada sobre unas condiciones de necesidad y posibilidad:
factores tan diversos como un cierto distanciamiento de la lucha por la
sobrevivencia, la individualización, la libertad social, son
condiciones de la moral; al mismo tiempo, esa misma escisión
individuo/comunidad, y la competitividad entre los hombres, hacen a la
moral socialmente necesaria [69].
A la cooperación libre, a las relaciones de piedad, beneficencia,
altruismo, etc., se llega tras la escisión, tras la ruptura de la
identidad tribal. Y, podría sospecharse, que las mismas tienden a
desvanecerse por innecesarias e imposibles en un "Estado benefactor".
Aunque
parezca paradójico, la "moral comunista" sería posible previamente al
establecimiento de un orden social comunista: éste la haría
innecesaria, traduciría a ley el
deber moral.
Decimos
esto sólo a efectos de radicalizar el problema: ¿Es la moral una
necesidad social en general? ¿O es necesaria sólo en sociedades
atravesadas por la escisión, la asimetría y la injusticia? ¿Es la moral
una conquista de los hombres en su devenir humanos, o más bien un
recurso correctivo a sus errores y perversiones? ¿Tiene el mismo
sentido la moral en una sociedad liberal, en una democrática, en el
"welfare State" y en el "Estado comunista"? Son todas ellas preguntas
que apuntan a un hecho: la necesidad de un enfoque social e histórico
en buena parte de los problemas vivos de la Ética.
En unas páginas brillantes
de su conocido libro El puesto de la razón en
la ética [70],
Toulmin se plantea estas cuestiones, aunque con su manera peculiar y
siempre original. Considera que "el "deber" es inextricable de la
"mecánica" de la vida social y de las prácticas adoptadas por las
diferentes comunidades para hacer tolerable e incluso posible el vivir
juntos en sociedad" [71].
Más aún, sostiene que la Ética es "una parte del proceso por medio del
cual se armonizan los deseos y las acciones de los miembros de una
comunidad" [72].
De este modo la existencia de la Ética no sólo queda estrechamente
ligada a la vida social, sino subordinada a que en esta se den ciertas
condiciones. Para Toulmin estas condiciones consisten en lo que
denomina "disposición", pues el razonamiento ético sería innecesario y
estéril tanto en una comunidad de hombres con opiniones inalterables
como en una comunidad de ángeles: estéril entre los primeros e
innecesaria entre los segundos, a quienes se supone siempre la
disposición más eminente.
Queda
así bien establecida la "función social" de la Ética, su misión de
intervenir en las opiniones de los hombres para coordinarlas y
compatibilizarlas, es decir, para conciliar en lo posible la
satisfacción de los intereses propios con los de los demás [73].
Pero Toulmin va más lejos, acercándose más a las preguntas que antes
planteamos. Al abordar el tema del "desarrollo de la Ética" distingue
dos etapas, que pueden distinguirse tanto histórica como
psicológicamente, es decir, que configuran tanto una filogénesis como
una ontogénesis de la Ética. En la primera etapa se correspondería con
fases primitivas de la sociedad, o etapas infantiles del individuo.
Considera Toulmin que toda comunidad tiene como tarea principal impedir
los conflictos. La manera más atractiva de hacerlo consiste en
conseguir que todos los miembros tengan "los mismos propósitos, los
mismos intereses, los mismos deseos, esperanzas y temores: en realidad,
las mismas disposiciones" [74]. Esto es
bastante posible
en comunidades simples, como la familia o la tribu. "Por lo tanto, en
sus primeras etapas la
moralidad se reduce a hacer lo que está hecho,
y esto es verdad a la vez en la manera en que aprende un niño de sus
padres y, en la
prehistoria social, de los códigos morales" [75].Ciertamente,
la tesis concuerda con la imagen que nos transmite la antropología. La
Ética deontológica, de deberes rígidos, confundidos con costumbres, con
mandamientos, con tabúes, tiende a evitar los conflictos manteniendo la
identidad de disposiciones, condenando cualquier distinción. Quienes
ostentan la autoridad usan el lenguaje ético para forzar e imponer la
cooperación y la concordia. La moral apoya las prácticas sociales
fijadas, las tradiciones... [76].
No
nos interesa aquí entrar a valorar la versión de Toulmin, la usamos
simplemente como ejemplo de que en el campo de la Ética hay teorías que
se plantean la génesis de la misma, y por tanto su sentido y función,
en relación con la ordenación social. Y que, por lo tanto, tienen
sentido preguntas como las antes hechas: ¿puede pensarse un orden
social en el que la moral sea innecesaria?, ¿está llamada la moral a
desarrollarse históricamente?
6.
Ética, Moral y Filosofía moral
“Si
la reflexión moral se elabora en lenguaje prescriptivo o evaluativo, la
ética proporciona un canon mediato
para la acción a través de un proceso de fundamentación de lo moral.”
(Adela Cortina, Ética sin moral)
Cada
época tiene su propia noción de lo "moral". Es manifiesto que el
sentido del término en Aristóteles, en Hume y en Ayer, por ejemplo, es
muy diferente. En el XVIII la "filosofía moral" se repartía, con la
"filosofía natural", el dominio del conocimiento positivo. Incluía la
sociología, la economía, la psicología..., es decir, el campo de las
ciencias sociales. Vico la identificaba a la "ciencia civil", y la
consideraba "filosofía de las cosas humanas", de las cosas hechas por
los hombres. Kant reducía su objeto al "altruismo"; Condillac la
identificaba a la ciencia de las costumbres [77].
Unas veces se han puesto
las virtudes como contenido de la moral; otras, los deberes.
Es
comprensible que, del mismo modo, también se hayan dado diferentes
concepciones de la Ética a lo largo de la historia, tanto de su método,
como de su objeto y función. En los clásicos era ciencia del carácter;
en nuestros tiempos se identifica a "Filosofía moral"; unas veces se
confunde con "Axiología", otras con ciencia de las costumbres, y otras,
incluso, se la considera identificable a la "racionalidad práctica" en
general. Es decir, hay aún menos coincidencia en la determinación de la
Ética que en la caracterización de la moral. La influencia anglosajona
ha llegado a sustituir el término "Ética" por el de "Filosofía moral".
Pero incluso dentro de esta tradición se ha pasado de la reflexión
sobre la "conciencia moral" al análisis del "lenguaje moral". Tal hecho
no es neutro, ni mucho menos; antes bien, es coherente con la tendencia
de la Ética anglosajona a considerarse mera analítica del lenguaje,
"metaética", dirían algunos; en suma, con su pretensión de ser
"filosofía" en el sentido particular que de la filosofía se tiene en el
mundo anglosajón desde Wittgenstein y Russell: como análisis del
lenguaje. Es decir, otorgando a la Ética un lugar meramente teórico y
abandonando definitivamente toda pretensión práctica. De ahí que
amplios contenidos tradicionalmente considerados terreno de la Ética
hayan sido abandonados. Parece razonable, ante esta indecisión
terminológica, fijar un poco los conceptos y precisar el sentido en que
los usamos.
Admitimos, como es
habitual, la distinción entre "moral" y "filosofía de la moral" [78].
La Ética forma parte de la "filosofía práctica", que es una reflexión
filosófica sobre la moral, el derecho, la política, la religión, etc.
Como dice Aranguren, la Ética o "filosofía moral" es la "moral
pensada", distinguible de la "moral vivida" [79].
Después, según su contenido y método, podremos distinguir entre una
Ética de bienes y una ética de deberes, entre una ética analítica y una
ética intuitiva, etc. Pero no hay razón alguna para confundir entre un
hecho positivo y la ciencia o la reflexión filosófica sobre el mismo. Y
es indiferente que tal hecho positivo sea la conciencia moral, las
costumbres morales, las acciones morales, las creencias morales, o un
conjunto de reglas o normas morales. Según delimitemos la moral,
estaremos determinando la Ética; o, visto desde el otro lado, cada
posición ética implica una caracterización de su objeto, de la moral.
No obstante, nunca hay razones para confundir unas creencias y juicios
surgidos de forma directa en la vida práctica, como respuestas
satisfactorias para el equilibrio de la conciencia humana y de la vida
social, con la reflexión sobre la coherencia interna de dichas
creencias, su adecuación a otros supuestos lógicos y metafísicos, su
concordancia con las representaciones de la ciencia y con los valores
aceptados, etc.
Es
decir, aunque consideramos que hay una estrecha interdeterminación
entre la Ética y la moral, como corresponde a un sistema de
conocimientos y a su objeto, no hay razón para confundirlas ni para que
la Ética usurpe las funciones de la moral: "filosofar" no es, ni puede
ser de manera legítima, "moralizar", porque "conocer" no puede
identificarse con "querer". El filósofo de la moral no tiene por qué
"oficiar de moralista", como acertadamente nos recuerda A. Cortina [80],
en este aspecto fiel a las recomendaciones de Schlick, de Ayer, de
Stevenson. Pero, al mismo tiempo, pensamos nosotros, el filósofo
tampoco tiene por qué condenarse a sí mismo a militar en el nihilismo.
La indiferencia y el neutralismo no son intrínsecos a la filosofía en
ninguno de sus niveles, y especialmente en su dimensión práctica.
La
asepsia analítica en la que aspiran a refugiarse quienes reducen la
Ética a "análisis del lenguaje moral" es una figura de conciencia moral
histórica, que se corresponde con el "gerencialismo" económico y el
"tecnocratismo" administrativo, y del que es un magnífico ejemplo la
"teoría pura del derecho" kelseniana [81].
Entre la militancia moralista y la asepsia neutralista cabe una
posición razonable: la de una filosofía moral que es intrínsecamente
filosófica y mediatamente práctica; una filosofía que se ocupa de las
creencias y juicios morales con rigor y sobriedad emocional, pero que
sabe que su discurso incide en los mismos, tiene sus efectos en esas
creencias y valoraciones y, a su través, en la acción humana. Y
precisamente por eso, porque es consciente de su capacidad de
intervención en la moral, se autoimpone unos límites netos: los de
incidir sólo racionalmente en el ámbito moral. Es decir, resiste la
tentación de incidir retóricamente, o psicológicamente, y asume una
intervención tal vez leve pero legítima desde el punto de vista
filosófico.
No
deja de ser curioso que Hume, el filósofo que más ha influido en las
tesis de fondo de esta tradición analítica, especialmente con su tesis
de la razón esclava de las pasiones, en el fondo haya sido tan mal
entendido. Porque Hume reconocía dos formas de intervención de la razón
en el deseo: mediante los "juicios de existencia" y mediante los
"juicios estratégicos" [82].
Es lógico que así fuera. Hume era suficientemente razonable para, como
Spinoza, creer que el hombre no puede desear lo imposible. Por tanto,
una razón que niegue la existencia o realidad de ciertos objetos de
deseo, o que muestre su carácter inaccesible, influye en las pasiones;
y una razón que imagines objetos inexistentes y los ponga como fáciles
de poseer, también determina la pasión. Por tanto, el juego de la
razón, aunque sea un juego crítico, analítico, determinando lo que se
puede y no se puede creer, seguirá siendo un instrumento de la ética.
La Ética, como ha dicho Muguerza, de una u otra forma siempre tiene que
habérselas con la razón [83].
Aceptamos,
pues, que la "moral" es una actividad de "primer orden", como la
ciencia, mientras que la filosofía moral es de "segundo orden", como la
filosofía de la ciencia. Aceptamos, pues, la especificidad metodológica
y epistemológica de la filosofía moral, pero sin excluir de su función
de intervención en lo moral, de forma directa o indirecta. Aunque se
aceptara que el ser es indiferente al valor, contra lo que pensaba la
ética clásica y cristiana; aunque, incluso, se aceptara que la razón no
tiene "razones" para instaurar una axiología y jerarquizar los valores;
aun así, la Ética no puede renunciar a la evaluación lógica de las
creencias, lo cual supone de forma inmediata una ordenación de
preferencia: y la mera descripción o enunciación de una preferencia
ética es ya una propuesta de acción. Pero la Ética debe cumplir su
tarea con la estricta fidelidad a las exigencias de rigor lógico,
sistematicidad y racionalidad [84].
Por
otro lado, la identificación de la Ética y de la Filosofía moral exige
algunas matizaciones. Nos parece correcta la identificación siempre que
se trate de una filosofía de la
moral en la que ésta,
su objeto, se entiende de forma amplia, para dar cabida distintas
concreciones históricas. Por el contrario, si por filosofía moral se
entiende una corriente ética precisa, como es la ética analítica
anglosajona contemporánea, en tal caso no veríamos convincente dicha
identificación. La Ética, y cualquier expresión que pretenda
sustituirla, es para nosotros "filosofía práctica". Por lo tanto, dará
importancia a los juicios normativos, a las respuestas a la pregunta
kantiana "¿qué debemos hacer?". Pero no se limitará a ellos, a
establecer sus fundamentos y describir sus propiedades; además debe
abordar otras cuestiones, como el sentido de los términos normativos,
la naturaleza de los juicios normativos, problemas semánticos,
metodológicos y epistemológicos relativos al lenguaje moral y a la
lógica deóntica, etc. Todo eso es de su competencia, y si puede parecer
conveniente denominar éstas tareas con un nuevo nombre, el de Metaética,
ello no implica que deba ser otro "oficio". La "metaética" no puede
sino ser una tarea de la Ética: porque, en cierto sentido, es una forma
de su autoconciencia, y la Ética, como filosofía, aspira necesariamente
a la autoconciencia [85].
Pero
ni siquiera puede quedarse ahí. Hay otros problemas metafísicos,
científicos y prácticos a los cuales la Ética ha de dar una respuesta [86].
La Ética ha sido siempre la reflexión filosófica práctica, acentuando
en cada momento uno u otro de sus campos o dimensiones estructurales.
Desde sus orígenes aspiró a algo más amplio que la mera conciencia, el
lenguaje o la acción. Con Aristóteles, cuya Ética
Nicomáquea puede ser considerado como "el primer libro de
Ética y también el más importante que se ha escrito nunca" [87],
la Ética era ya la ciencia del carácter, incluyendo tanto el bien
"moral" como el "funcional", los deberes como las virtudes, la
conciencia moral como la norma justa, el análisis lingüístico como la
dimensión antropológica y política del hombre, la fundamentación
metafísica como los límites científicos.
7.
Ética y Metaética
“No hay una moral científica,
pero sí un
conocimiento de la moral que puede ser científico.” (A. Sánchez Vázquez,
Ética).
Este
amplio horizonte que la filosofía clásica asignaba a la Ética ha
padecido los vaivenes de la historia. En nuestros días la relación de
la Ética con la Moral, la demarcación de sus respectivos status
teóricos, así como el lugar y función de la metaética, aparecen como
una cuestión problemática [88].
Para ilustrar esta situación nos valdremos de las reflexiones de dos
filósofos de nuestro entorno, A. Sánchez Vázquez y J. Ferrater Mora.
Sánchez Vázquez [89],
por ejemplo, aborda el tema y nos ofrece un áureo ejemplo de su
complejidad: parece que hasta el simple hecho de plantearlo presente
serias dificultades. Distingue, cosa que nos parece aceptable, entre
"actos o modos de comportarse los hombres ante ciertos problemas que
llamamos morales" y "juicios con los que dichos actos son aprobados o
desaprobados moralmente". Además, añade que, en ambos casos, tanto los actos como los juicios,
presuponen ciertas normas "que señalan lo que se debe hacer". O sea,
ante los problemas prácticos de los llamados morales: "los individuos
recurren a normas, realizan actos, formulan juicios y, en ocasiones,
emplean argumentos o razones para justificar la decisión adoptada o el
paso dado" [90].
En esta formulación abstracta, la tesis nos parece aceptable, si
significa sólo que por un lado estaría la conducta moral (decisiones,
acciones, valoraciones de esas decisiones y acciones), y por otro
estaría una reflexión sobre ese comportamiento práctico. "Se pasa así
del plano de la práctica moral al de la teoría moral; o también, de la
moral efectiva, vivida, a la moral reflexiva. Cuando se da este paso,
que coincidiría ontogenética y filogenéticamente con los albores del
pensamiento filosófico, estaríamos ya propiamente en la esfera de los
problemas teórico morales o éticos" [91].
La
"idea" de diferenciar Ética y Moral acentuando el papel práctico de
ésta y el reflexivo de aquella nos parece, como ya hemos indicado,
aceptable y fecunda siempre que no se caiga en la tentación de una
distinción homóloga a la tópica entre teoría y práctica. Si se quiere
destacar la Ética por su dimensión filosófica, por su carácter
esencialmente reflexivo, por su dimensión de autoconciencia -cosa que
nos parece obvia-, al mismo tiempo se debe atribuir a la moral algo más
que vivencias, sentimientos y praxis: debería incluir también creencias
y juicios valorativos. Pues sólo así la Ética, que tendría por objeto
esas creencias, su fundamentación metafísica o positiva, su coherencia,
sus criterios, etc. etc., podría aparecer como disciplina filosófica,
ya que la Filosofía es siempre, necesariamente, un discurso de segundo
orden, reflexivo, que tiene siempre por objeto un lenguaje, sea éste de
palabras, de ideas o de imágenes, y nunca unos hechos.
Creemos
que Sánchez Vázquez muestra cierta ambigüedad en este aspecto. No
parece decidirse a considerar la Ética como Filosofía moral, es decir,
como la reflexión filosófica sobre la moral, siendo ésta el conjunto de
juicios y valores que dan cuenta o legitiman la conducta de los
hombres. No opta de forma resuelta por considerar la Ética como la
filosofía de la moral, en el mismo sentido que los clásicos
consideraban la Política como filosofía de la política. De este modo se
cierra el paso a considerar la moral y la política como saberes
teóricos normativos, surgidos en la vida práctica y con una
funcionalidad directa de intervención prácticas; saberes que, al mismo
tiempo, constituyen un hecho positivo, dado que otras disciplinas, en
este caso la Ética, la Política y el Derecho (o "Filosofía moral",
"Filosofía política" y "Filosofía del Derecho"), en tanto que
reflexiones filosóficas, teóricas o metateóricas, toman como objeto
propio.
Tal
vez lo que determina la posición de Sánchez Vázquez es su escrúpulo a
reducir la Ética a Filosofía moral, especialmente por el sentido
restrictivo que en la actualidad se da a esta materia -escrúpulo que,
en realidad, encontraríamos psicológicamente fundado. De todas formas,
si el problema proviene de la dificultad de contrarrestar la tendencia
a reducir la Filosofía moral a una forma histórica de la misma, que
parece haberse apropiado del nombre, siempre habría podido salvar este
obstáculo considerando la Ética como una reflexión más amplia que la
"Filosofía moral" en sentido particular y restringido, incluyéndola
como una de sus partes. Tal perspectiva no generaría incoherencias
respecto a las tesis centrales de Sánchez Vázquez, sino que, bien al
contrario, nos parece plenamente concordante con la mayoría de ellas.
Es coherente, por ejemplo, con su distinción de "las tres tareas de la
Ética" [92].
La primera de esas tareas consistiría en definir el Bien: y así
influiría indirectamente en la moral y en la conducta práctica; la
segunda consistiría en describir el comportamiento moral, sus límites y
rasgos, frente a otras formas de conducta, como la religión, el
derecho, la política, el arte, la ciencia; por último, la tercera de
las tareas perseguiría analizar los juicios éticos, sus reglas, sus
términos, su validez y fundamento, en definitiva, funciones metaéticas [93].
Es
también coherente con su llamada a distinguir la Ética por su
"universalidad", por su carácter abstracto. El individuo tiene una idea
de lo bueno y de lo justo, y la aplica en sus juicios y en sus
acciones; y también sabe argumentar y defender esa idea. Pero no tiene
por qué dedicarse a definir filosóficamente lo bueno en general, la
justicia en general, los fundamentos lógicos o metafísicos de los
mismos, etc. La generalidad sería una diferencia entre Ética y moral [94]:
los problemas éticos son, como todos los filosóficos, generales; los
morales son, como todos los existenciales, concretos y cotidianos,
particulares e históricos.
Ni
siquiera se opone -aunque no está implicada en ella- a su tesis de que
la Ética es práctica, pero no normativa. El carácter práctico lo
muestra Sánchez Vázquez resaltando los efectos que se derivan al poner
en relación el comportamiento moral y la posición social, o al
establecer lo bueno como distinto a mi interés personal. No obstante, y
a pesar de esos efectos prácticos de la Ética, considera que no es
normativa: "Ciertamente, muchas éticas tradicionales parten de la idea
de que la misión del teórico es, en este campo, decir a los hombres lo
que deben hacer, dictándoles las normas o principios a que ha de
ajustarse su conducta. El ético se convierte así en una especie de
legislador del comportamiento moral de los individuos o de la
comunidad. Pero la tarea fundamental de la Ética es la de toda teoría:
o sea, explicar, esclarecer o investigar una realidad dada produciendo
los conceptos correspondientes" [95].
La verdad es que esta distinción entre "práctica" y "normativa" es
posible, pero requeriría una reflexión más sostenida. En cualquier
caso, como para nosotros lo importante es destacar el carácter mediatamente práctico de la Ética, no
necesitamos de momento entrar en más pormenores.
Nos
tememos, no obstante, que el no normativismo de Sánchez Vázquez es un
"prejuicio", una idea preconcebida. Como tal, si bien no es
necesariamente falso, tampoco está lógicamente justificado. Es obvio
que algunas Éticas del pasado fueron, más que investigación o
esclarecimiento de la moral como comportamiento efectivo del hombre,
meras justificaciones ideológicas de una moral dada. Y es este análisis
el que parece radicalizar a Sánchez Vázquez llevándole a una exigencia
de asepsia normativa de la Ética. En definitiva, la Ética sería teoría
de la moral, teoría explicativa -no prescriptiva, no normativa- de esa
forma específica del comportamiento humano que llamamos moral: "El
valor de la ética como teoría está en lo que explica, y no en
prescribir o recomendar con vistas a la acción en situaciones
concretas" [96].
En
rigor, esas Éticas "ideológicas" (ideologías según el marxismo),
contaminadas de moral, pueden ser aligeradas de su carga normativa,
pueden ser reforzadas en sus exigencias de análisis, de racionalidad,
de reflexión, de universalidad... Pero una cosa es pretender una Ética
que no se reduzca a moral, y otra una Ética des-moralizada
junto a una moral des-eticizada.
Ni la moral es reductible a lo "vivido" ni la Ética a lo "pensado": una
y otra marchan juntas, y es su distinción y tensión el objeto sobre el
que cabalgan. La Ética es fundamentalmente conciencia
de sí de la moral.
El
mismo Sánchez Vázquez se da cuenta del problema y reconoce que, si bien
no es normativa, tampoco es meramente descriptiva y neutral, no es mero
"análisis del lenguaje y del razonamiento moral". Esta tendencia al
descriptivismo aséptico que, como reacción al normativismo, ha calado
en nuestros días, puede ser una tarea o parte de la ética, la
metaética:
pero no es toda la ética. La ética ha de explicar la moral, cada moral,
sus formas históricas, las diferencias entre las mismas.... "La ética
parte del hecho de la existencia de la historia de la moral; es decir,
arranca de la diversidad de morales en el tiempo, con sus
correspondientes valores, principios y normas" [97].
Lo
cierto es que los esfuerzos de Sánchez Vázquez por distinguir Ética y
moral como teoría y práctica no son del todo convincentes. El mismo
deja entrever que la moral no es un conjunto de hechos, sino que
incluye principios, reglas y normas de conducta, así como creencias,
opiniones, valoraciones de las mismas. El secreto está en que quiere
hacer de la Ética una ciencia en sentido fuerte, lo cual lleva como
correlato que deba hacer de la moral una realidad fáctica. Las
oposiciones praxis/teoría, ideología/ ciencia, constituyen la clave de
su análisis: "La Ética es la teoría o ciencia del comportamiento moral
de los hombres en sociedad"... "La ética es ciencia de la moral"
[98] .
De
ahí que subraye el carácter científico de la Ética: parte de hechos y
busca principios o leyes; construye conceptos, hipótesis, teorías;
aspira a la racionalidad y objetividad; aspira a proporcionar
conocimientos sistemáticos, metódicos y, en lo posible, verificables.
"Las proposiciones de la ética deben tener el mismo rigor, coherencia y
fundamentación que las proposiciones científicas.”.. "No hay una moral
científica, pero sí un conocimiento de la moral que puede ser
científico" [99].
Y
de ahí que aspire a que sea "práctica" sin ser "normativa": una cosa es
tener efectos en su objeto, la moral, al igual que las teorías
científicas tienen efecto en los comportamientos de los hombres, y otra
muy distinta ser un conjunto de juicios de valor.
Ferrater
Mora también aborda el problema de la demarcación entre moral, Ética y
Metaética. Decide usar "moral" y "ético" como sinónimos, tal como es
habitual. No obstante, manifiesta que tendrá en cuenta "en la medida de
lo posible, la distinción entre creencias o actitudes, normas o reglas,
y teorías" [100].
Con ello apunta a la necesidad de distinguir entre esos dos niveles: el
de las creencias y representaciones surgidas de forma directa e
inmediata en la vida social, con una funcionalidad inmediatamente
práctica, y el análisis filosóficos aplicado a las mismas. A su vez, en
el marco de la reflexión filosófica, reconoce la complejidad de temas:
"Los filósofos que se ocupan de cuestiones éticas (o morales) no se
limitan, por supuesto, a distinciones tan modestas. Introducen muchas
otras: entre juicios y prescripciones; entre prescripciones e
imperativos; entre prescripciones o imperativos y normas; entre normas
y reglas; entre varias clases de reglas y varias clases de normas;
entre razones que justifican adoptar una norma, o regla, o una variante
cualquiera de éstas, y razones que motivan o proporcionan motivos para
actuar de acuerdo con una norma o regla; entre dar razón para formular
un juicio ético y dar razón para justificar la acción, por un lado, y
justificar un juicio y justificar una acción, por el otro; entre
discutir si los juicios morales (o los imperativos morales, o las
normas o las reglas) son categóricos o hipotéticos, de una parte, y
debatir si, o por qué, hay que ser o no ser moral, o adoptar un punto
de vista moral, de otra parte, etc." [101].
Todos ellos parecen repartirse entre la Ética y la Metaética, aunque la
distinción entre ambos niveles del discurso no le parece
suficientemente precisa. Considera que cuando se distingue entre ambas,
entre la "Ética sustantiva o normativa" y la "Metaética", de forma
radical, se reproducen los problemas de frontera, aparecen nuevas
distinciones y sentidos en los términos, juicios, enfoques, generándose
una problemáticas que gana autonomía a costa de alejarse de la realidad
ética. "Uno acaba con la impresión de que en todas estas cuestiones
cada punto de vista puede ser sustituido por un punto de vista opuesto,
y cada argumento produce casi automáticamente un contraargumento" [102].
Compartimos esta llamada al
seny
de Ferrater Mora. En el terreno de la filosofía moral contemporánea se
ha caído en el mismo vicio que la escolástica del XVII al tratar de
problemas teológicos como el libre albedrío y la gracia: la envidiable
sutileza argumentativa embellece y oculta la carencia argumentativa. A
base de argucias dialécticas y subterfugios retóricos acaba tratándose
la moral como una realidad sin sujeto; con ello se consigue la ficción
de la "autonomía de la moral", pero una ficción sólo compartida por
quienes están dentro del juego. Visto desde la otra orilla, "una orilla
desde la que no se divisa bien en qué consiste la gracia del problema
de la gracia", como dice Ferrater, el espectáculo resulta esotérico e
inane.
Porque,
en definitiva, el punto de vista razonable consiste en (a) reconocer
que los seres humanos adoptan, o pueden adoptar, en diverso grado
actitudes morales; (b) que las mismas expresan creencias morales, más o
menos explicitadas; y (c) que la tarea de la Ética consiste en
dilucidar la legitimidad o justificabilidad de las mismas. Las dos
primeras tesis definen lo que hemos llamado "moral vivida", siguiendo a
Aranguren; la tercera, la Ética como disciplina filosófica, sin
presuponer el método que ésta asuma y los supuestos en que se base. Por
tanto, aunque Ferrater opte por usar indistintamente los términos
"moral" y "ética", la distinción conceptual está reconocida.
Ahora
bien, Ferrater Mora ha subrayado la dificultad de separar Ética y
Metaética. En el fondo, una Metaética en sentido amplio sería cualquier
discurso sobre la Ética: fuera un discurso lógico o epistemológico
sobre su método, sus criterios, su lenguaje, etc., o un discurso
psicológico, sociológico, biológico o histórico sobre la misma. Se
trataría, pues, de una reflexión que toma a la Ética como hecho, como
objeto. La misma podría realizarse desde fuera o desde dentro: pero tal
distinción es meramente extrínseca. No vale la pena entrar en el debate
gremial de si son los biólogos o los sociólogos o los filósofos a
quienes corresponde llevar a cabo esa reflexión. Preferimos que cada
cual haga la suya. Para nosotros es obvio que la Metaética forma parte
de la Ética, al menos como disciplina académica. Es decir, en tanto que
rama de la filosofía ha de ser "reflexiva" y "autoconsciente". Y la
Metaética entendida de forma laxa, como discurso sobre la Ética,
expresa la condición irrenunciable de autoconsciencia. La Ética no sólo
se preocupa de la legitimidad de las creencias y actitudes morales,
sino de sí misma, de su propia legitimidad, del status de sus
principios, criterios, supuestos, así como de sus determinaciones.
Entendemos, pues, la
Metaética como una actividad parcial de la Ética [103].
Y ello al margen de que de hecho dicha actividad metaética sea
realizada por el mismo filósofo ético. Por ejemplo, es obvio que la
"metaética" como análisis lógico del lenguaje ético parece más al
alcance del filósofo ético, y que puede incluirlo entre sus prácticas;
menos obvio es que pueda abordar con rigor psicológico la génesis de
los sentimiento morales; y menos aún que pueda tratar seriamente los
problemas bioéticos. No obstante, estas son limitaciones fácticas, que
no afectan a la idea de la Ética. Esta debe incluir la Metaética como
una de sus tareas imprescindibles; y el filósofo ético debe aspirar a
poder cumplir esta función en el marco de una división y cooperación de
la labor docente e investigadora que al mismo tiempo que fija límites
personales cada vez más estrechos proporciona condiciones sociales más
ventajosas para la superación de los mismos.
8.
Ética y filosofía del
derecho y de la política .
“...la
validez de un orden jurídico positivo es independiente de su
correspondencia, o de su falta de correspondencia, con éste o aquél
sistema moral.” (H. Kelsen, Teoría pura del
derecho).
Decía
Aristóteles que si hay algún fin que queramos por sí mismo, un fin al
cual estén subordinados los otros fines, un fin a cuyo deseo se
subordinen los deseos de las demás cosas, entonces "es evidente que
este fin será lo bueno y lo mejor" [104].
La existencia de ese fin se fundaba, para Aristóteles, en la necesidad
racional del mismo: la razón se veía obligada a postular este fin
último y supremo o a elegir el vértigo de la indeterminación, en una
cadena infinita que convertiría el deseo en algo vacío y vano. Y,
aceptada la existencia de ese fin por vía racional, la principal tarea
del pensamiento filosófico consistiría en "intentar determinar,
esquemáticamente al menos, cuál es este bien y a cuál de las ciencias o
facultades pertenece". O sea, por un lado, la naturaleza de ese bien,
y, por otro, la disciplina, el arte, la ciencia o la facultad que lo
tiene por objeto propio.
En
cuanto a esta segunda tarea, que es la que aquí de modo inmediato nos
ocupa, hay que suponer que debe tratarse de una disciplina eminente,
"suprema y directiva en grado sumo", sigue diciendo Aristóteles. Por su
objeto, "lo bueno y lo mejor", goza de mayor eminencia que las demás; y
por estar los objetos de éstas subordinados al de aquella, ejercerá
sobre las mismas su control y dirección. Pues "ella es la que regula
qué ciencias son necesarias en las ciudades y cuáles ha de aprender
cada uno y hasta qué extremo" [105].
Ella pone los límites y la dirección de las restantes ciencias; ella
usa para su fin las otras facultades, como la estrategia, la economía,
la retórica...
¿Cuál
es esa ciencia, o arte, o facultad, eminente por su objeto y que tiene
a todas las otras como subordinadas? Esta pregunta, hecha en nuestros
días, con toda probabilidad nos daría como respuesta casi unánime: la Ética. Aristóteles nos sorprende a
nosotros, aunque tal vez no a los hombres de su tiempo, al contestar
que se trata de la Política: "Esta
es, manifiestamente, la política". No tenía, pues, duda alguna: era
evidente, de sentido común.
Pero
esa diferencia en las respuestas tal vez sea sólo aparente. García
Gual, en nota a pie de página, se ve obligado a aclarar el sentido del
concepto aristotélico de "política": "En el sentido más noble y elevado
del término, es decir, la ciencia que tiene como fin fijar las normas
generales de la acción que aseguren el bien de los ciudadanos y, en
definitiva, de la ciudad" [106].
En rigor, literalmente no nos dice nada que no estuviera ya contenido
en la definición aristotélica como ciencia de "lo bueno y lo mejor".
Pero nos advierte de otros sentidos de la "política", usuales y
corrientes en nuestro tiempo, con los cuales nada tiene que ver el
concepto aristotélico. O, dicho de otra manera, nos sugiere que
Aristóteles está hablando de la política en sentido ético.
Efectivamente,
la Política y la Ética en Aristóteles se confunden. Mejor dicho, la
distinción entre ambas se consiguió siglos después. Para Platón y
Aristóteles eran nombres de la misma cosa: del "arte del buen
gobierno". La política como mero "arte del gobierno", haciendo
abstracción de la bondad del mismo, haciendo abstracción del fin, fue
un triste logro histórico. Al convertir la política en mera técnica,
instrumental, subordinada a unos fines que ya no le eran intrínsecos,
apareció la noción moderna de la política, y, en el mismo proceso, el
reino de los fines, de los buenos fines, de "lo bueno y lo mejor" como
fin, pasó a ser territorio de la Ética.
Cuando
Aristóteles consideraba que "puesto que la política se sirve de las
demás ciencias y prescribe, además, qué se debe hacer y qué se debe
evitar, el fin de ella incluirá los de las demás ciencias, de modo que
constituirá el bien del hombre" [107],
ponía como objeto de la Política un fin ético; al subordinar a su fin,
el bien del hombre, los fines de las demás artes, está afirmando la
subordinación de las artes prácticas a la Ética. La Política como arte
del buen gobierno, es la Ética, o sea, conjunto de normas que dirigen
la acción humana hacia el bien del hombre.
Para
cerrar esta reflexión al hilo de Aristóteles, y dado que en nuestros
días, fruto de esa idea abstracta de la política como mero "arte del
gobierno", aparece la escisión entre una "Ética social" y una "ética
individual", conviene insistir en que la política del filósofo griego
engloba ambas. Afirma que es el mismo "el bien del individuo y el bien
de la ciudad" y, además, afirma que "es evidente que es mucho más
grande y perfecto alcanzar y salvaguardar el de la comunidad; porque
procurar el bien de una persona es algo deseable, pero es más hermoso y
divino conseguirlo para un pueblo y para ciudades" [108].
Un griego no se veía a sí mismo como sujeto abstracto de derechos y
poderes; su ser, y su poder ser, le venían por la mediación de su
pertenencia a la polis. Un fin
propio fuera de la polis
es impensable para hombres cuya esencia es la pertenencia a un
universal, a una colectividad (tribu, ciudad, nación). La "ética
individual" surge tras la escisión de esa identidad, o sea, cuando los
hombres, desarraigados de su ser colectivo, se representan a sí mismo
como individuos, como totalidades acabadas, sustantivas, con derechos y
fines propios.
Por
tanto, la Política de Aristóteles absorbe y se confunde con la Ética. Y
ello es posible en la medida en que tiene por campo de aplicación la acción humana,
que es siempre una acción social, al menos en sus efectos. La
posibilidad de una "ética individual" implica el desplazamiento del
lugar de los ético de la acción al sentimiento (Volveremos sobre esto).
Desde
un plano más profesional y concreto, también encontramos razones para
unir la Ética y la Filosofía política. Nos resulta difícil
individualizar la filosofía moral de la filosofía política y de la
filosofía del derecho, si bien reconocemos que esa dificultad en buena
medida nace de nuestra propia concepción y práctica de la disciplina.
Es obvio que, en abstracto, pueden hacerse programas diferenciados. Y
es posible desarrollar dichos programas con mayor o menor recurso a las
disciplinas parientes. La práctica de una disciplina en unas
condiciones dadas -por ejemplo, la Filosofía del Derecho
[109] ,
inscrita en las Facultades de Derecho- genera sin duda unas tradiciones
de contenido, de método, de lenguaje... que acaban por separarla de
facto de las otras. Aceptamos la conclusión de D.D. Raphael quien, tras
describir esta situación de indefinición de fronteras y perfiles,
concluye: "Por ello, en este libro seguiré empleando, como lo ha hecho
la tradición, la expresión "filosofía moral", mostrando cómo las ideas
de la ética se conectan con problemas de la filosofía política y
jurídica"
[110] .
De
todas formas, esas determinaciones fácticas no se legitiman a sí misma.
Y si bien es posible una filosofía del derecho concebida como análisis
del lenguaje jurídico, o de los métodos y técnicas autónomos de la
legislación [111],
también es posible pensar el derecho en sentido más clásico, cuando aún
incluía el "principio moral". La ética hegeliana está expresada en su
"Filosofía del derecho", formando parte del sistema, e incluyendo la
moral y la política [112]. La
"moralidad", como dice
R.F. Atkinson [113],
el contenido de la moral, consiste en las creencias, opiniones y
argumentos vigentes en una sociedad sobre el carácter y la conducta de
los hombres, sobre lo que deben tratar de ser o de hacer. Unas veces se
confunden con las leyes y otras aparecen claramente diferenciadas. En
todo caso, son perfectamente distinguibles: una ley no pertenece a la
moral, a no ser que el legislador simplemente haya sancionado una norma
moral ya aceptada. En las sociedades en que el aparato político no está
desarrollado, la relación entre lo moral y lo jurídico es más estrecha
e inextricable [114].
Admitimos,
de todas formas, cierta confusión de fronteras. Para muchos la
"filosofía moral" es sinónimo de "ética", considerada como análisis
filosófico de las creencias sobre lo justo e injusto, bien y mal,
virtud y vicio, etc. Se distingue así el objeto "moral" (o "política",
o "derecho"), del estudio específico de ese objeto ("filosofía"), a
diferencia de otros estudios de esos objetos ("sociología" o
"psicología"). Pero a lo largo de la historia la Ética ha sido
considerada con diversos contenidos no excluyente. Como ya hemos
señalado, unas veces se acentuaba su dimensión de ciencia y guía del
"carácter"; otras de las "costumbres": a veces se insistía más en los
conceptos de "virtud", otras de "valor", y aún otras de "deber".
Por
nuestra parte, entenderemos "Ética" en el sentido más clásico, de
"Filosofía práctica", por diversas razones. Entre ellas por coherencia
con nuestro ya explicitado enfoque histórico de la Ética, en donde es
imposible la diferenciación académica actual. Además, hay razones
empíricas que, si no aportan legitimidad, sí suministran fundamento y
razonabilidad: en la actualidad la "ética pública"
(no
es lo mismo que "ética social") absorbe la atención de los filósofos,
escasamente preocupados por la "ética privada", por la excelencia
personal. Es patente que hoy preocupa poco a la filosofía moral los
deberes del ciudadano; a algunos, incluso, les parecería anacrónico e
insolente dictaminar en ese campo, que se ha acuñado como el de la
absoluta permisividad, en nombre de la libertad negativa [115]
reinante en nuestra cultura. Hoy los deberes son de los poderes
públicos; los ciudadanos tienen sólo derechos. Hablar hoy de moral es,
inevitablemente, hablar de la "moral pública". No queremos decir con
esto que la Ética pueda renunciar a uno de sus objetos más dignos: la autoexcelencia
del individuo; simplemente pretendemos señalar que en cada época
aparecen como más urgentes y activos unos campos de reflexión que
otros, y que nos parece razonable tener en cuenta esta realidad.
La
tarea teórica de demarcación entre Ética y Filosofía Política es
difícil y problemática, aunque la creencia tópica y, sobre todo, la
tradición institucional y académica lo presuponga. Lo
habitual es que encontremos argumentos como el de
Alan Brawn: "On
this basis we can distinguish two main branches of practical philosophy
-ethics (or moral philosophy) and politics (more accurately political
philosophy). Ethics is concerned with the individual: how ought he to
live his life: what values and ideals ought he to adopt, what rules
ought he to observe? Political philosophy is concerned with the social
side of this questions or, more precisely, with the problem of how
society ought to be organized " [116]
.
La
ética, por tanto, orientada a lo individual; la filosofía política,
orientada a lo público. La primera apuntaría al deber del individuo
ante cada situación de su vida: pero esta vida es social. Y la segunda
apuntaría al deber de las instituciones sociales para...la "vida" del
individuo. O sea, la facilidad con la que hoy espontáneamente
distinguimos ética y política no obedece a una claridad teórica, sino a
un tópico, a una creencia que merece ser analizada y criticada.
Rosmini, en su "Prefazione"
a sus Opere di Filosofia morale [117] diseña un programa
completo de la "Teoría della Pratica". El mismo está constituido por la
Filosofia della morale, Filosofia della politica y Filosofia
del diritto [118]. La
coincidencia de
Rosmini con Hegel ha sido ya muy destacada [119].
Y cuando se nos ofrece una "antología" de filosofía política tanto los
autores como los textos seleccionados ofrecen una clara muestra de la
dificultad de separar Ética y Política, al menos en su largo desarrollo
hasta nuestros días [120].
No
obstante, lo cierto es que tanto en la práctica docente como en la
investigación ambas disciplinas se han ido consolidando como discursos
diferenciados e incluso independientes. Desde el momento clásico de la
Filosofía política, representado por Platón y Aristóteles, esta
disciplina no gozó de pleno éxito y autonomía hasta el siglo XX. Tres
autores han sido los protagonistas de este relanzamiento: Eric
Voegelin, Leo Strauss y Hannah Arendt. Y, curiosamente, los tres eran
alemanes, los tres emigrados a Estados Unidos en los años 30 por
razones políticas e incluso, para más coincidencias, los tres
publicaron sus principales obras en la misma editorial [121].
Los tres, con metodologías y posicionamientos muy diferentes,
imprimieron a la Filosofía política un talante autónomo, diferenciado
de la reflexión más socio-cultural y global de la Escuela de Frankfurt,
igualmente arraigada en Estados Unidos en las mismas fechas, por los
mismos motivos y con el mismo origen [122].
Los tres, en definitiva,
contribuyeron poderosamente a la apertura de un espacio de reflexión
sustantivo y autónomo [123]. Muchos
han cedido al
encanto de una "ciencia de la política"; otros, como mínimo, han
reivindicado una "teoría política" [124]
pero siempre la tentación
dominante [125]
era la de separarse de la filosofía política, sin duda por estar
excesivamente emparentada, en método, problemas y lenguaje, a la Ética [126].
No
es aquí el lugar de abordar en particular el status de la Filosofía
política, interesándonos únicamente su relación con la Ética. Relación
que, como acabamos de ver, ha pasado de la identidad a la indiferencia.
Una buena perspectiva histórica y crítica de este proceso nos la ofrece
C.E.M. Joad en su libro Guide to the
Philosophy of Morals and Politics [127].
Joad, tras establecer el planteamiento tópico, diciendo que: "There are
two questions with which we are concerned..., first, the nature of the
good life for the individual; secondly, the nature of the principles
which (a) do govern, and (b) should ideally govern the association of
individuals in societies", tiene la lucidez de elevar el tema a un
planteamiento histórico, desde el cual puede establecer que estas dos
cuestiones eran para los griegos una y la misma, por lo cual no había
conciencia alguna de la diferenciación entre Ética y Política, es
decir, entre la "vida buena" para el individuo y la "organización
justa" de la sociedad [128].
El objetivo de la política, la sociedad justa, bien organizada, en la
medida en que estaba subordinado a la "vida buena" del individuo, se
confundía con el deber ético. La sociedad justa, buena, era aquella que
hacía posible la "vida buena" para el individuo. Pero, ¿cuál era la
"vida buena" para el individuo? No deja de ser curioso que Platón, ante
este problema, nos describe una ciudad ideal, una organización justa,
como si nos dijera que la "vida buena" del individuo es la adecuada al
"orden justo" [129].
Siguiendo
con la tesis de Joad, que compartimos sustancialmente, los griegos no
distinguían entre ética y política, considerando ambos campos como
aspectos del mismo problema: la vida del hombre en la polis. El
cristianismo rompería esa identidad con su teoría de las "dos
ciudades". La ambigüedad y diversidad de posiciones ante este tema
refleja, en el fondo, su importancia. En sentido general, la teoría
cristiana de la inmortalidad del alma, unida a la de la redención, del
pecado original, etc., contribuyó a romper la rica ambigüedad que
el concepto "vida buena" tenía para los griegos. Efectivamente, la
"vida buena" era, sin duda, vida en la justicia, pero también en el
placer; era vida respetuosa de los dioses, pero admiradora y
cultivadora del cuerpo [130]. Dicho de
otra manera, no
tenían conciencia del pecado y, por tanto, no vivían la virtud como
ascesis.
El
resultado fue que la "vida buena" quedaría segregada de la "buena
vida", asignándose a cada cual una topografía, un tiempo y un valor
diferentes. La "buena vida" quedó localizada en la tierra, en la
"ciudad de los hombres", en la política, y en el marco de la
escatología cristiana quedó no solamente devaluada, sino descalificada:
tal vida era, en el mejor de los casos, tránsito doloroso, ocasión de
purificación, espera..., y con frecuencia simple expresión de la
miseria y la culpa de los hombres [131].
De esta forma, la "política", en las versiones católicas, era un
instrumento al servicio de la virtud, de la purificación. La ciudad,
obra de la razón, lugar donde el hombre devenía humano, opuesto a la
vida natural, salvaje, cupidinea, expresión del errabundaje adámico...;
la ciudad, lugar de la política, era una ocasión, era la ocasión de la
redención. Por tanto, el orden social era un orden divino: era y debía
ser, pues el fin de ese orden era la salvación, el triunfo sobre la
tierra, sobre el cuerpo, sobre la naturaleza, sobre el placer [132].En
muchos casos, especialmente en la iglesia reformada, la distinción
llega a ser división e incluso contraposición. La "política" ni
siquiera tenía esa función redentora: el orden social, como todo en
esta vida, era un castigo divino. No tenía sentido preocuparse por el
orden justo, pues nadie merece nada y nadie puede salvarse mejor en el
orden justo que en el injusto. O mejor: todo es justo cuando se trata
de pecadores sin derechos ni méritos.
La "vida buena", en los
casos más extravagantes, es alejada de la tierra y situada en la otra
vida [133].
Y, cuando se la permite un lugar en este mundo, se sustrae a la vida
política y social: se convierte en "vida moral", que anida en los
intersticios de la política y el comercio, alojada en la conciencia
individual, abstraída de la vida real. A partir de ese momento ambas
disciplinas se especializan y van acuñando sus específicos problemas:
¿Hay un sólo bien, o muchos? ¿Hay un principio del bien y del mal en el
mundo, o son meros nombres dados a los objetos que nos agradan o
desagradan? ¿La acción correcta es la que obedece a un sentido moral,
la propia de una voluntad libre o la que tiene buenas consecuencias?
Son preguntas de la Ética. Por su parte la Política se pregunta por el
origen de la sociedad, la mejor sociedad posible, el fundamento de la
soberanía, el mejor gobierno, los fundamentos de la obligación, los
límites de la autoridad, los derechos del hombre, la relación individuo
y Estado, los límites de la obediencia... [134]
En el fondo, y como conclusión, podríamos añadir que esta fractura
acentúa la tendencia a ver la Ética ligada a la salvación, o cuando
menos a la virtud, mientras que la Política parece aplicarse a la
conquista de la felicidad, o al menos del bienestar. Joad considera que
esa fractura comienza a restañarse en el presente siglo. Entre los
filósofos se abre progresivamente paso la idea de la estrecha relación
entre ética y política, o, si se prefiere, se va estrechando el abismo
entre "vida buena" y "buena vida", se va acercando la ciudad de Dios a
la ciudad de los hombres, se va admitiendo la compatibilidad entre
"virtud" y "bienestar". Hay, pues, aparentemente un regreso al punto de
partida, al modo griego.
Si bien Joad
advierte contra la ilusión del origen y aspira más bien a una "negación
de la negación": "At the same time,
it is permissible to wonder whether contemporary thought in returning
to the Greek standpoint, which insists upon their fusion, has not shown
a tendency to adopt its perversion rather than its truth. That the good
life for man cannot be realized apart from society is no doubt true,
but that the good life for man can be realized only as a
part
of the good society is a palpable falsehood, leading to those
monstrosities of modern thinking which treat the individual only as a
means to the wellbeing of the State" [135]
. Este
planteamiento histórico nos sirve, cuando menos, para relativizar el
tópico de la independencia entre Ética y Política, así como para
problematizar su simple y voluntarista identificación. De todas formas,
si queremos profundizar un poco más, debemos ir a las propias
preguntas. La distinción en la pregunta
doble por la "vida buena" del individuo y por el "buen orden social" o,
si se prefiere, por la "sociedad buena", deja de ser metodológica o
meramente retórica, para convertirse en dos preguntas con dos
respuestas diferenciadas, cuando la "vida buena" se ha escindido en sí
misma y ha segregado de sí la "buena vida". En tal escisión, es
indiferente que se opte por la primera, en posición religioso-ascética,
o por la segunda, desde planteamientos nihilistas-libertinos: la
escisión entre Ética y Política se mantiene, como expresión de la
escisión entre individuo y sociedad. Y se mantendrá en tanto se
considere irreconciliable el bien individual y el bien común, el
interés privado y el interés público [136].
Y esta escisión se manifiesta hoy tanto en la política cínica del
liberalismo descarnado como en las versiones pseudo-humanistas del
comunismo.
9.
Ética, Antropología y Sociología .
“Tanto
los científicos como los humanistas deberían considerar la posibilidad
de que ha llegado la hora de sacar por un tiempo la ética de manos de
los filósofos y biologizarla.” (Edward O. Wilson, Sociobiology: The New
Synthesis).
La
tradición filosófica admite en general que un mismo objeto puede ser
estudiado, ser objeto formal, de más de una ciencia o saber; más aún,
esa diferencia "formal" suele constituir la base objetiva de
diferenciación de dicha ciencia. En particular, no hay grandes
problemas en aceptar que el hombre, o la conducta humana, pueden ser
estudiados "desde el punto de vista moral". Y en esa posibilidad
reside, y de ella depende su existencia y legitimidad, la Filosofía
moral como estudio diferenciado.
Ahora bien, ese "punto de
vista moral" da origen a ambigüedades y confusiones, como ha puesto de
relieve Ferrater Mora [137].
Sin duda ello se debe a que el "punto de vista moral" no se propone
como una lectura ingenua de la expresión daría a entender, a saber,
como "mero punto de vista", compatible con otros muchos y no
contrapuesto a ninguno en tanto que no aspira a traspasar su esencial
particularidad. Como señala Ferrater, el punto de vista moral aspira
secreta o manifiestamente a ser "el
punto de vista
moral", aspira a ser más que punto de vista, aspira a ser visión
global, total y exhaustiva; aspira a ser verdadero, a ser el único
verdadero. Aspira ineludiblemente a ser universal.
Tal
situación plantea muchos problemas. De entrada, parece razonable
aspirar a que la moral tenga un contenido, es decir, que la moralidad e
inmoralidad se predique de cosas, de situaciones, de acciones, etc.
Pero en tal caso es difícil aplicar con toda su coherencia la exigencia
de universalidad señalada. "No mentir" es una norma moral
razonablemente convincente; pero "no mentir" se convierte en problema
en situaciones especiales; incluso se convierte en rigorismo in-humano
y que repugna a la conciencia moral. Pero si para obviar estas
situaciones se libera de moralidad a las acciones -o sea, se libera de
contenido a la moral- y se centra en los "motivos" o "intenciones", se
desemboca en una moral muy estricta y formal, como la kantiana, en el
que sólo es plenamente buena la "buena voluntad". Este formalismo
moral, a su vez, lleva a situaciones poco satisfactorias [138].
Abordar
con cierto rigor el tema de "el punto de vista moral" exige pasar por
Kant. Se trata, en definitiva, de los fundamentos de la moral, de
decidir entre fundamentos externos o meramente internos, entre una
moral heterónoma o una moral autónoma. Se trata, por tanto, de decidir
la libertad de la voluntad. Kant, como sabemos, fue extremadamente
claro y rotundo al inventariar y rechazar todos los apoyos o
fundamentos externos de la moral, a los que llamaba "fundamentos de
determinación prácticos en el principio de la moralidad" [139].
Distinguía en primer lugar, los fundamentos prácticos materiales o
externos, que podían ser objetivos y subjetivos. Ejemplo de los
objetivos serían la educación (Montaigne) o las leyes (Mandeville); de
los subjetivos, la sensación o afección física (Epicuro) o el
sentimiento moral (Hutcheson). En segundo lugar, distinguía los
fundamentos prácticos internos, igualmente clasificados en objetivos y
subjetivos: ejemplo de los objetivos internos sería la perfección
(Wolff y los estoicos) y de los subjetivos internos la voluntad de Dios
(Crusius y moralistas teológicos). Pues bien, todos estos fundamentos
son inadmisibles: ninguno puede ser fuente de la ley moral. Esta sólo
puede residir en un "fundamento puro": en la razón práctica.
Como ya es sabido, Kant
comenzó a ser contestado en su propia época. De Hegel a Nietzsche,
pasando por Brentano [140], Mill [141], Scheler [142]
o Hartmann [143],
criticaron la moral del "imperativo categórico". En las últimas décadas
se ha activado este debate. Philippa Foot lo ha relanzado con una
brillante andanada crítica contra Kant [144],
proponiendo una ética como sistema de imperativos hipotéticos. A esta
autora le parece que la norma moral tiene un estatus similar al de una
norma de etiqueta. Pretender diferenciarlas con el argumento de que la
norma moral lleva en sí misma su propia razón, su legitimidad, no es
pertinente. Puede aceptarse que sean más estrictas, que tengan mayor
sanción, etc., pero estas son cualidades extrínsecas, no formales [145].
Ph.
Foot cuenta a su favor con una situación histórica en la que la
violación de ciertas normas de etiqueta parece más relevante (conmueven
más, tienen mayor impacto social) que la violación de las normas
morales. Su propuesta sitúa a los imperativos o reglas morales en una
serie extensa de imperativos hipotéticos, de igual rango formal, y cuyo
mayor peso o carga de obligación viene dado por su supuesto y confuso
punto de partida (obligatoriedad pura, mandato divino, sentido moral,
intuición a priori), pero que cuenta con una sanción social, una
determinación biosocial, una actitud prudencial, etc. Además, de este
modo las reglas morales aparecen como decisiones libres de los sujetos
humanos, determinadas por ciertas propensiones hacia cosas que se
llaman buenas, como la libertad, la paz, etc. La "moralidad" de la
norma moral residiría ahí: es adoptada libre y espontáneamente, sin
obligación, sin deber.
Ferrater
sospecha, y con razón, que bajo estas bellas reflexiones que ponen la
moralidad como fruto de la libertad del hombre se oculta un "coqueteo"
con una moral "débil", ajena a todo rigor y severidad, ajena al deber [146]. Y en cierto modo añora
aquella Ética Nicomáquea
aristotélica en que se describe cómo las "personas virtuosas se
complacen en la virtud", los justos en la justicia, los generosos en
practicar la generosidad [147].
Es decir, una Ética en la que no hay escisión entre individuo y
sociedad, entre moral y estética, entre conducta y carácter, entre
deseo y deber [148].
La
clave del problema es decidir si la moralidad, el llamado "punto de
vista moral", tiene su base en la obligación o en la adhesión; en otras
palabras, si las reglas morales son imperativos categóricos o
hipotéticos [149].
Dejando bien claro que las posiciones favorables al imperativo
hipotético no tienen por qué conducir -aunque en algunos casos así sea-
a un debilitamiento de la moralidad, reduciéndola a mera reacción
irracional y puntual. Es el caso de Ferrater, que confiesa su posición
"francamente pro-hipotética" [150].
Las
propuestas "pro-hipotéticas" contemporáneas, aunque a veces se formulan
en un lenguaje abstracto y logicista, responden a la misma problemática
que ya describiera Kant: la opción entre una moralidad autónoma o un
fundamento externo, sea éste social, biológico, antropológico,
cultural, de la moral. A lo largo de la historia esta tentación, antes
y después de Kant, ha estado siempre presente. Un breve repaso
histórico nos ayudará a recrear el proceso.
Si Platón moralizó la politeia,
y Aristóteles el cosmos, desde el positivismo creciente con la
modernidad se pretendió psico-sociologizar la moral. Si durante el XVII
y el XVIII se mantuvo la diferenciación entre filosofía natural y
filosofía moral, con la progresiva diferenciación del campo del saber y
la expansión del paradigma naturalista comenzarían los problemas para
la moral. Esto es sumamente explícito en Comte, quien derivaría los
valores morales de la presión social. Desde Comte, la tentación ha sido
permanente: unas veces se ha tendido a reducir la Ética a parte de la
Sociología; otras, de la Antropología o Psicología.
El
sociologismo ético tiene su mejor exponente en Durkheim, discípulo de
Comte, quien aplicó las tesis positivistas sin contemplaciones en su Les règles de la méthode sociologique:
la sociedad impone al individuo sus costumbres y creencias. Su tesis
central es que todo "hecho moral" es simplemente un "hecho social", que
como tal debe ser estudiado. La Ética deviene un apartado de la
Sociología. De todas formas, Durkheim parece consciente de que, a su
pesar, juega con un concepto más metafísico que positivista de
"conciencia colectiva", que parece anterior y superior a las
individuales, a las que se impone y determina. Por eso en su L'Education morale [151],
debe reconocer que la regla moral, en definitiva, la conciencia social,
es obra colectiva. Puede que recibamos de ella más que influimos en su
constitución, pero en cierta manera es nuestra. Obviamente, el hecho de
conocer esta relación de interdeterminación entre la conciencia
individual y la colectiva, es ya una liberación y autonomización. Como
decían los estoicos y Spinoza, la heteronomía, una vez comprendida,
deja de serlo y nos convertimos en los señores del mundo moral. Es
decir, si podemos tener una ciencia de la moral, aunque en ella se
reconozca la dependencia de la moral individual respecto a la sociedad,
dicha ciencia nos permite intervenir en la relación.
Lévy-Bruhl, en La
morale et la science des moeurs
considera, en línea positivista, que la ciencia de las costumbres es
meramente descriptiva. Pero reconoce que, una vez constituida, es
posible un "art moral rationnel" que, usando sus resultados, contribuya
a mejorar el orden social. Bergson aceptó los supuestos metodológicos
del positivismo. Pensaba que los miembros de la ciudad son como células
de un organismo: funcionan plenamente en función del organismo. Se nos
enseña a obedecer de modo que la ley social es vivida como ley natural:
"La obligación es a la necesidad lo que el hábito es a la naturaleza".
La obligación hace las veces de la necesidad física; el hábito hace las
veces de naturaleza humana. Por tanto, la moral responde a una presión
social. Pero, no obstante, se opuso a Durkheim, al considerar que esta
moral, mera determinación social, es la "moral cerrada", a la que
distingue de otra, la "moral abierta", propia de los héroes, de los
hombres que resisten la determinación del medio social, que alcanzan
sentimientos nuevos (como el de la caridad).
Si
el sociologismo moral pone el origen moral fuera del hombre, el
psicologismo lo pone dentro. Se trata de una concepción antropológica,
que intenta reducir a la Ética a una parte de sí misma. Conviene no
confundir el psicologismo con el subjetivismo (sea éste trascendental,
racionalista, del "moral sense"...). El psicologismo ético es una
doctrina naturalista, que intenta dar cuanta de la génesis de lo moral,
del desarrollo moral del hombre, entendiendo la moralidad
como una dimensión o cualidad más de lo humano. El subjetivismo, por el
contrario, es una posición epistemológica, que establece una
determinada concepción de los juicios éticos, del valor de verdad de
las teorías éticas, etc. La diferencia, pues, es nítida, aunque con
frecuencia ambas posiciones sean asumidas o rechazadas juntamente en
las teorías.
El
psicologismo dominó fuertemente en la filosofía empirista, que
convirtió la gnoseología en una explicación cuasi-psicológica del
conocimiento. De hecho la convirtió en una especie de "psicología de la
mente". Locke es un buen ejemplo, aunque en los temas de Ética, como en
casi todos, se mantuvo en la ambigüedad. Shaftesbury es más claro. Su A Letter Concerning enthusiasm, su Soliloquy, y especialmente su An Inquiry concerning Virtue or Merit
expresan la aplicación de la doctrina empirista
a la naturaleza humana, a los sentidos y pasiones.
Tanto
él como Hutcheson, como Butler, como toda la escuela escocesa del
"moral sense", adoptan la misma metodología: se trata de describir cómo
el hombre se convierte en espectador de sí mismo y de otras mentes, en
un desdoblamiento como ante un espejo, de tal que sea posible
"percibir" el surgimiento y la génesis de las virtudes, como la piedad,
la benevolencia, el altruismo, o sus contrarios.
No
sólo los empiristas, sino el existencialismo y el vitalismo, apoyaron
fuertemente la Ética sobre la Psicología. El mismo Ortega se movía en
estos planteamientos cuando confiesa su irritación por el vocablo
"moral", dado el abuso que se hacía del mismo, considerándolo como un
añadido a la vida y ser del hombre. Para Ortega la moral es una
dimensión vital del hombre, casi una manifestación de su psicología:
"Un hombre desmoralizado es simplemente un hombre que no está en
posesión de sí mismo, que está fuera de su radical autenticidad y por
ello no vive su vida, y por ello no crea, ni fecunda, ni hincha su
destino" [152].
Es decir, la moral se monta sobre la vida misma, es una perfección de
la vida misma. La moral se halla anclada en la psicología, e incluso en
la biología. Como en los clásicos, la Ética es ciencia del carácter, y
éste consiste en el temperamento educado, es decir, en lo
psicobiológico corregido y equilibrado por la educación práctica.
También Freud y la
corriente freudiana y freudmarxista han llevado a cabo la reducción
psicologista de la Ética [153].
Pero en ningún caso puede hablarse de un intento de fundar la ética
sobre la psicología, sino más bien de reducir la moral a mera
racionalización, como un elemento más de la ideología.
En
las últimas décadas se ha desarrollado fuertemente la llamada "teoría
del desarrollo moral del niño". Partiendo de los trabajos de Baldwin [154], autores como Piaget [155]
y Kohlberg [156]
han establecido las bases
científicas para dicho campo. Aunque respetamos fuertemente estos
estudios [157],
y aunque consideramos que deben constituir apoyos de la Ética, no caen
directamente dentro de nuestra concepción de la misma como disciplina
filosófica.
Para
acabar comentaremos las posiciones de dos autores contemporáneos y de
nuestro medio cultural: Aranguren-Zubiri y Ferrater Mora. La
posición de Aranguren ante el problema del naturalismo social o
antropológico en Ética se inspira Zubiri, asumiendo la propuesta de
éste aunque exponiéndola en su propia conceptualización. Por eso la
llamamos propuesta Aranguren-Zubiri. Sitúa la reflexión en torno al
problema del determinismo/libertad, donde Zubiri ha ofrecido una
conceptualización afortunada. Zubiri ha calificado a los actos humanos
como necesitados de justificación, mientras los del animal serían
naturalmente ajustados. Esta necesidad de justificación expresa,
precisamente, la libertad del hombre, su estar fuera del circuito de la
necesidad natural. La necesidad de justificación sería doble: como
"ajustamiento", es decir, adecuado a la realidad; como "justicia", es
decir, adecuado a la norma ética. En el primer caso estamos ante lo que
Aranguren llama una moral como estructura;
en el segundo, ante una moral como contenido
[158].
En
la moral como estructura destaca la libertad. Es el mismo sentido en el
que Ortega dice que "somos libres a la fuerza"; o Sartre que estamos
"condenados a ser libres". La disposición al ajustamiento puede variar:
estado psicosomático. Aquí tienen sentido expresiones como "bajo de
moral" [159], como indica Aranguren.
La
moral como contenido descansa sobre la anterior: dado que el hombre
tiene que hacer el ajustamiento a la realidad, puede exigírsele que lo
haga objetiva y racionalmente, según normas, según criterios. Por
tanto, el hombre es un ser moral, por esa antropología del
ajustamiento. La escolástica llama a esta situación "subalternación de
la Ética a la Psicología" [160].
La
"moral como estructura" y la "moral como contenido", y su estrecha
relación, sirven para conceptualizar el problema de la acción humana y
su doble determinación: la racionalidad y la moralidad, la eficacia y
la justicia. Croce distinguía dos niveles en la vida práctica: la
económica y la moral. Querer económicamente es querer un fin; querer
moralmente es querer un fin racional como universal. Pero también en
Croce obrar moralmente requiere obrar económicamente, pues no se quiere
lo universal sin quererlo como particular; aunque no a la inversa.
La
distinción de la Ética, como estructura y como contenido, permite
también esclarecer el problema del carácter teorético o práctico de la
Ética, sin incurrir en las ambigüedades habituales, como ha puesto de
relieve Aranguren [161] .
Como "estructura" es ciencia teorética; como "contenido", es ciencia
normativa y práctica. Los actos realizan posibilidades y preferencias.
Los realizan fuera pero también dentro de nosotros. El continuo
ajustamiento y apropiación va haciendo nuestra existencia, tejiendo en
hábitos y carácter nuestra segunda naturaleza. La moral es ir
produciendo nuestra vida, pero también la vida misma tal como va
quedando hecha: la incorporación o apropiación de las posibilidades
realizadas. O sea, la moral es algo físicamente
real,
es decir, auténtica segunda naturaleza. Nuestra realidad natural es
recibida; nuestra realidad moral es apropiada. Con nuestra acción vamos
formando nuestro êthos, carácter o
personalidad moral.
Por su parte Ferrater Mora
se plantea abiertamente el problema de la "noción de la Ética" [162].
Parte de unas frases provocativas del sociobiólogo E.O. Wilson, quien
ha afirmado que "los filósofos éticos intuyen los cánones deontológicos
de la moralidad consultando los centros emotivos de su propio sistema
hipotalámico-límbico", llegando a proponer "sacar por un tiempo la
ética de manos de los filósofos y biologizarla" [163].
Y se inclina a considerar conveniente la propuesta, dado que los
filósofos "la han manoseado tanto, y por lo común tan fuera de
contexto, o dentro de contextos tan enrarecidos, que no parece mala
idea que los biólogos -por lo menos algunos- se ocupen -por lo menos un
rato- de ella" [164].
Ferrater únicamente la matiza señalando que, si no "todos", sí
"algunos", y sugiriendo "bastantes". La reflexión de Ferrater toma su
fundamento en lo que podríamos llamar su "metafísica de los continuos" [165], en la cual la realidad
es pensada como constituida por entidades materiales o físicas, que se
agrupan mediante "procesos de autoensamblaje" originando seres
biológicos.
Este
"continuo físico-biológico" es el contextos en que se desarrollan las
actividades sociales, prolongándose sin solución de continuidad en el
"continuo biológico-social". En éste, algunas especies animales, y en
especial la humana, son capaces de autoengendrar productos culturales,
prolongándose así en el "continuo social-cultural". Esta metafísica, y
dado que la ética en sentido amplio (reglas y normas morales y teorías
éticas) forman parte de las producciones culturales aludidas, permite a
Ferrater afirmar que "las producciones éticas son resultado de
actividades llevadas a cabo por individuos de una especie biológica y
biosocial constituidos por ingredientes físicos", por lo que parece
razonable, a la hora de abordar los problemas éticos, tener en cuenta
"los factores biológicos, y específicamente los sociobiológicos o
biosociales, a su vez comprensibles dentro del contextos evolucionario"
[166].
Ciertamente
Ferrater no trata de "biologizar la ética"; tal cosa no es posible en
la medida en que requeriría un conocimiento empírico del cerebro que
permitiera entender la ética -y la psicología, y la matemática- como
aspectos de su lenguaje [167]. Más bien
trata de
"culturalizarla". En De la materia a la razón
ya elaboró una teoría de las "producciones culturales" u
"objetivaciones culturales", distinguiendo entre producciones
instrumentales, teóricas, prácticas y artísticas. Entre las
producciones prácticas hay que contar las "creencias, las actitudes y
las teorías llamadas éticas o morales", constituyendo una especie de
"subsistema" de las "creencias, actitudes y teorías sociales, o una
especie de prolongación de las mismas" [168].
Lo ético, por tanto, queda como una particularización de la cultura, y
de este modo indisolublemente ligado a ese continuo
físico-biológico-social-cultural. No hay lugar para la "autonomía de la
moralidad". Tal idea sería una idea socioculturalmente (y, por tanto,
biológicamente) anclada; sería como una hermosa ficción funcional: un
ideal ético, "respetable pero inalcanzable", una idea reguladora. Pero,
insiste Ferrater, una idea que sólo aparece y tiene sentido, es decir,
cumple una función, en un supuesto sociocultural determinado: "válida
únicamente para una hipotética sociedad completamente estable,
compuesta de hipotéticos individuos libres, autónomos, racionales,
imparciales, responsables..." [169].
La
carencia de autonomía de la moralidad proviene de su objeto. "Bueno" y
"malo" no son términos sin sentido propio y absoluto, pues definirlos
por "moral" e "inmoral" es incurrir en un razonamiento circular.
"Bueno" y "malo" son relativos a algo: a situaciones, a estados, a
resultados... sociales, biológicos, psicológicos. No sirven, pues, para
definir la moralidad como esfera autónoma. En cambio, dice Ferrater,
"podemos asentir a la idea de que ciertas creencias, ciertas actitudes,
ciertas normas, ciertos juicios pueden ser calificados de "morales"
porque se despliegan sobre un área en la cual caben disputas sobre si
son valiosos (preferibles) o no valiosos (preteribles)" [170].
Lo bueno y lo malo tiene sentido en el ámbito de lo social, donde caben
las disputas. La cortesía en una virtud social. La valentía, aunque
pueda ser considerada "virtud moral" en situaciones particulares, es
eminentemente social. La justicia, cuya moralidad nadie duda, es
inseparable de la vida social. Hasta el "respeto a uno mismo", la
virtud moral por excelencia y la más individual de todas, no tiene
sentido sino en la perspectiva del individuo social. Nada puede
llamarse "moral" si no es integrable en lo social. Los "problemas
éticos" son muy variados. Entre ellos se cuentan, por ejemplo, los
referentes a definiciones y aclaraciones de términos como "bueno",
"justo", "prudente", "virtud"; el análisis de normas o reglas morales,
su fundamento y su carácter absoluto o relativo; la valoración de las
teorías éticas en sus dimensiones lógicas y prácticas; la formulación
de normas destinadas a promover la equidad; la decisión entre
contraposiciones de derechos; la enumeración, jerarquía y límites de
deberes y obligaciones. Pero todos ellos tienen sentido únicamente como
problemas culturales en una vida social.
10.
Ética y Metafísica .
“El
sentido común ha de quedar fuera del mundo. En el mundo, todo es como
es y sucede como sucede; no hay en
él ningún valor y, si lo hubiera, carecería de valor.” (Wittgenstein, Tractatus).
La
relación histórica entre la Ética y la Metafísica merecería un estudio
extenso, el cual revelaría la historia misma de la razón. Toda gran
filosofía ha perseguido, en última instancia, la fundamentación de la
razón práctica, el uso práctico de la razón. Unas veces se ha
perseguido con optimismo, creyendo posible y legítimo fundamento la
metafísica o la naturaleza; otras veces, ese fundamento se ha buscado
en la subjetividad, o en la intersubjetividad: pero el "problema de la
metafísica" siempre ha estado en el fondo, al menos como tentación. Y
tenemos la sospecha que la renuncia a la misma, creciente desde la
ilustración, ha ido acompañada de la no menos creciente sospecha de la
falta de fundamento de la Ética. Porque el "fundamento débil" que nos
ofrece la post-modernidad, aparte de no ser nada novedoso, difícilmente
puede resultar satisfactorio.
10.1.
Ética sin metafísica .
“La
buena voluntad ao es buena por lo que efectúe o realice, no es buena
por su educación para alcanzar algún fin que nos hayamos propuesto. Es
buena sólo por el querer, es buena por sí misma.” (I. Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres).
Desde
Kant, y en buena parte inspiradas en él, han aparecido diversas
propuestas éticas, muy diferenciadas entre sí, pero con el denominador
común de liberar a la Ética de la metafísica. En esta perspectiva
podemos incluir corrientes tan diferenciadas como el pragmatismo, el
intuicionismo, el existencialismo o la moral nietzscheana. Para situar
el problema podemos partir de la distinción que hace Aranguren de un
doble sentido de la arkhé o
principio metafísico de la Ética: como "punto de partida" y como
"justificación última" de ese filosofar [171].
Nos abre así a la
posibilidad de distinguir, como ha hecho la filosofía de la ciencia,
entre el contexto de descubrimiento
y el contexto de justificación.
Podemos suponer que el primero coincide con el del ajustamiento,
según la distinción de Zubiri a la que ya hemos aludido. Es decir, en
el mismo se trataría de conocer la génesis de las morales, de los
modelos, en función del lenguaje (etimología), y de las determinaciones
externas (psicología, sociología, historia). Con la justificación, en
cambio, vendría el momento filosófico por excelencia, eminentemente
evaluador y justificativo, pero que requiere el primero como su
sustrato y su límite.
Ambos
niveles de reflexión parecen imprescindibles. Si se olvida o
menosprecia el primero, subordinamos la Ética a la Metafísica. Como ya
hicieran Spinoza o la Escolástica, se parte de un "fin último"
racionalmente establecido, y desde allí se legisla la vida empírica.
Ese fin viene determinado ontológicamente por la identidad entre "ser"
y "bien": el ser es bueno, la plenitud del ser es el bien sumo, la
carencia en el ser es imperfección. De esta manera se dispone de un
orden de los fines ontológicamente fundado. Por el contrario, si se
renuncia o hace abstracción de todo principio universal y, por tanto,
de todo soporte metafísico, y se sustituye por el factum, corremos el
riesgo de diluir la Ética en el relativismo y la provisionalidad [172].
Entre ambas posiciones extremas siempre queda la posibilidad de una
tercera vía intermedia, como la del "yo" de Descartes, la "conciencia"
de Kant, la "naturaleza humana" de Suárez o Hume, el "comportamiento
humano" de Aranguren, etc., que pretenden poner un fundamento
renunciando al salto a la metafísica [173].
En
cualquier caso, el problema de la Ética queda planteado como tensión
entre la pasión metafísica y la pasión psicológica: entre una moral especulativa y una moral
empírica.
Kant abordaría este problema de forma directa y fecunda, defendiendo la
imposibilidad de una fundamentación metafísica de la Ética y
resistiendo el peligro de su disolución en la psicología [174].
En su Crítica
de la Razón Práctica
renuncia al fundamento metafísico (el ente como "bueno" y Dios como
"summum bonum" y la teoría de las causas finales), es decir, renuncia a
deducirla de unos presupuestos metafísicos dogmáticos o pretendidamente
evidentes, desde la razón; y también renuncia a inducirla
empíricamente, psicológicamente, desde el trabajo del entendimiento [175].
Es decir, aplica el mismo criterio que en su nueva fundamentación de
las ciencias, simbolizado en su "revolución copernicana", buscando un
fundamento en la estructura de la
subjetividad.
No es extraño que así
fuera. En su Crítica de la razón pura
mostró la imposibilidad de la metafísica como conocimiento científico [176]; y en La
religión dentro de los límites de la mera razón
mostró que, lejos de servir de fundamento de la moralidad, la religión
era una exigencia de la misma. Desechada toda heteronomía, incluida la
teonomía, no queda otra posibilidad a la moral que ser autónoma. La
voluntad, y el entendimiento, deben darse la ley a sí mismos: eso es la
Ilustración. La conciencia asume su papel de legislador; la Ética pasa
a ser análisis "crítico" de la conciencia, con el objetivo de
establecer las condiciones de posibilidad de los juicios morales.
Tenemos, pues, dos puntos
centrales de ruptura de Kant. Por un lado, con la teoría del ens bonum:
Kant desplaza el centro de reflexión del objeto al sujeto, invierte el
orden de la reflexión; lo bueno deja de ser una propiedad de las cosas
o de las acciones para ser una cualidad del sujeto de la acción: el
único bien sin limitación reside en el hombre, en la voluntad [177].
De ahí que pueda afirmar que "ni en el mundo, ni, en general, tampoco
fuera del mundo, es posible pensar nada que pueda considerarse como
bueno sin restricción, a no ser la buena voluntad" [178],
la disposición para el bien por el bien mismo. Por otro, rompe con la
teoría de las causas finales, según la cual todo ser actúa por un fin,
incompatible con la ciencia y epistemología modernas [179].
No es que niegue que el
hombre pueda obrar propter finem,
tanto aprehensive (por inclinación)
como elective (por propósito): lo
que niega es que ese obrar propter finem
sea moral. Obrar por un fin es obrar por el "bienestar", no pura y
desinteresadamente por el bien moral [180].
Esta ruptura de Kant con
las dos teorías metafísicas que encuadraban la concepción tradicional
de la Ética, la del ens bonum y la
de las causas finales,
le exigen redefinir de nuevo el "bien", responder a la pregunta "¿qué
es el bien moral?". Su respuesta es inequívoca: el bien es la ley,
no tiene otra determinación que la ley. Pero, ¿qué ley? No se trata de
la ley natural, ni de la positiva; éstas dictarán los contenidos de
nuestras conductas biológica y social, pero no de nuestra conducta
moral. La ley que rige la conducta moral, si la moral es autónoma, es
decir, no reductible a ninguna determinación externa a sí misma, debe
hacer abstracción de todo contenido: debe ser un puro imperativo
categórico que no nos dice qué
hemos de hacer, sino cómo hemos de
obrar [181].
Hemos de hacerlo con "buena voluntad", o sea, por mero respeto a la
ley. "Buena voluntad" es aquella que obedece a la razón práctica, que
independiente de inclinaciones y propósitos establece lo bueno como
puro respeto a la ley.
¿Cuál
es el origen de la ley y del deber? La conciencia moral, que pone la
ley y es deber para sí misma. Preguntar por una instancia trascendente
fundamentadora es regresar allí de donde Kant ha salido: hay que
aceptar la conciencia como horizonte de moralidad. De lo contrario se
regresa a la metafísica del ser o a la psicología. Por eso la opción
kantiana tiene el atractivo de presentarse como alternativa a la
arbitrariedad y a la impureza. De entrada, pues, es innegable su
grandeza, que sin duda le viene de haber dado a la Ética una nueva
fundamentación filosófica. Como dice Aranguren "El moralismo de Kant
significa, en definitiva, el establecimiento de un primado filosófico
de la Ética y la fundación de una metafísica ética. Con ello se abre la
vía de las metafísicas no ontológicas: del saber, del valor, de la
vida, de la intuición, de la acción, etc." [182].
Es decir, libera a la
Ética de una metafísica realista, pero sustituyéndola por otra
metafísica, aunque sea no ontológica [183].
Curiosamente, sólo Fichte [184]
parece seguir esta línea y dar pasos adelante, convirtiendo la
"autonomía" de la Ética en "soberanía" e incluso "hegemonía". En cambio
Schelling, Hegel y, por otras razones, el positivismo y el marxismo
rectificaron o criticaron esta independencia [185].
En cambio, otras corrientes, mucho más alejadas de Kant por su
contenido y finalidad, continuaron la tendencia a instaurar una Ética
sin fundamentos metafísicos, como es el caso del pragmatismo. El
pragmatismo, a su manera, va en su favor al poner la acción como
instancia de evaluación del pensamiento, en vez de éste como rector de
la acción. Como diría Dewey, el pensar no busca certidumbre, sino una
hipótesis que dé resultados [186]. Pues la
verdad ya no es adaequatio, ni un
descubrimiento, sino un
invento. La ética pragmatista es una ética de la acción y del resultado
[187].
El
pragmatismo puede así verse como una reivindicación de la parte
olvidada por Kant. La ética kantiana era una ética de la "buena
voluntad", indiferente a los resultados; miraba únicamente a la
vertiente interna de nuestra acción: a la praxis, al agere
o actuar, a la formación de nuestro carácter. El pragmatismo, a su vez,
reivindica la otra vertiente, la dimensión productiva, de poiesis o facere.
Pero hace abstracción de la intencionalidad..., de toda metafísica.
Como dice Aranguren, cuando dominan las "morales de fracaso" (Jaspers),
la idea del hombre como "pasión inútil" (Sartre), un toque pragmatista
es sano. Al fin y al cabo, con palabras de Eugeni D'Ors, "tener éxito
es también un deber". En Aristóteles la ética del aristós,
en el cristianismo la ética de la gloria, en la ilustración la ética de
la felicidad... son éticas de triunfo. Las éticas de la buena
voluntad... expresan momentos de crisis, de desinstalación del hombre
en el mundo, de fracaso de su ajustamiento.
10.2.
Éticas de los valores: el triunfo de la "Economía"
“El
hombre es, según esto, el ser vivo que puede adoptar una conducta
ascética frente a la vida.” (Max Scheler, El
puesto del hombre en el cosmos)
La
opción kantiana era de difícil equilibrio. El idealismo enseguida
regresa a la metafísica; otras corrientes, huyendo de la metafísica,
pronto se desplazan hacia el relativismo y el "subjetivismo" [188].
Y en este contexto, ante la amenaza de disolver la moral o bien en la
sociología y la historia, o bien en la psicología, debemos situar la ética de los valores como aspiración a
restaurar un equilibrio de tipo kantiano. En rigor, el tema del valor
fue ya puesto por Kant en su Metafísica de
las costumbres,
aunque Lotze pase por ser su tematizador. Desde entonces, en
perspectivas diferentes, los valores han sido reivindicados como
fundamento de una moral autónoma. Nietzsche, a su manera, persiguió una
tabla o jerarquía de valores. Scheler, a la suya, elaboró su inventario
y su jerarquía.
De
todas formas, esta pretensión de la ética de los valores de trascender
las determinaciones sociales y psicológicas parece, paradójicamente,
una determinación psico-social. Efectivamente, la teoría de los valores
no es ajena al apogeo de la Economía; al menos así puede ser
interpretada. El "valor" moral pretende ser una cualidad no confundible
con el objeto real, con sus usos prácticos, en suma, con los bienes.
Los bienes tienen un valor, pero no son un valor. Del mismo modo, la
escisión bienes/valor es esencial en el mercado, bajo la forma "valor
de uso"/"valor de cambio". Así, tanto el valor moral como el valor
económico, es un "valor de cambio" no confundible con los "bienes" o
con el "valor de uso"; como tal, y en tanto desprovisto de realidad,
tiende a ser subjetivo, tiene su fuente en la subjetividad, no con el
objeto real. No decimos con ello que sea una determinación gratuita de
la subjetividad; puede, ciertamente, tener cierta "objetividad": pero
ésta no le viene del "objeto", sino de la "intersubjetividad".
Las
"éticas de los valores", por tanto, parecen alternativas determinadas
precisamente por aquello a lo que aspiran superar: por los
condicionamientos psicológicos y sociales. La reivindicación del "valor
moral" parece corresponderse, de forma sospechosa, con la hegemonía del
"valor de cambio" del mercado. Toda su realidad se agota en su "ser
realizado": la realización es su destino. La sociedad capitalista ha
puesto el "valor" como centro de fuerzas de su dinámica mercantil; y
también como clave de su ontología, pues las cosas
en
la producción capitalista son "valores". La fuerza de trabajo es valor,
la mercancía es valor. Incluso las relaciones jurídicas, como la
propiedad, son "valores", lo que se expresa de manera explícita cuando
se llaman "valores" las acciones,
las obligaciones,
y en general los títulos financieros. Aunque Nietzsche, Brentano,
Wundt, Rickert... Max Scheler lo ignoraran, sus preocupaciones eran
"deudoras" del desarrollo de la ciencia económica y, en general, de la
importancia de la economía en la determinación de la vida [189].
Con
ello no pretendemos restar méritos a esta corriente ética, que ha dado
fecundos frutos históricos, de los que aquí sólo comentaremos alguno.
Aunque anteriormente se hablara del valor (Brentano), es con Max
Scheler que el valor se afirma como objetivo [190].
Su propuesta es la de una Ética sin metafísica, en cuyo empeño coincide
con Kant, y sin peligro de caer en el inmanentismo ético. Pero, por
otro lado, Scheler [191]
aspira a una Ética de contenidos, a una "ética material", lo que le
lleva a realizar una dura crítica al "formalismo ético" de corte
kantiano. Por tanto, su propuesta nace en los aledaños de Kant, y como
ajuste de cuentas con la "ética del deber". Y se concreta en una "ética
material de los valores", que, entre otras virtudes, tiene la de ser
exquisitamente filosófica en unos momentos en que ya la filosofía había
iniciado su deserción de sí misma reconvirtiéndose en mero análisis.
Scheler,
siguiendo a Husserl, considera que para esclarecer los conceptos y
fundamentar el saber, sea moral o científico, hay que partir de la
intuición a priori de las esencias.
Pero Scheler, a
diferencia de Husserl, otorgaba a este método un sentido metafísico, y
no meramente fenomenológico [192]. Ello le
permite colocar
entre las esencias a los valores, cuya teoría desarrolla en El formalismo en la ética y la ética material de
los valores [193].
El tema de los valores es
tan clásico como la filosofía misma. Platón, en su Lisis,
se pregunta por lo "bueno" y lo "verdadero". Más aún, reconociendo el
carácter relativo de los valores, se pregunta por el valor supremo,
incondicionado, situado en el vértice de la pirámide. Y plantea la
existencia de este bien supremo
como condición racional absolutamente necesaria para que los valores
sean valores. Por tanto, Platón ya subrayó el a
priorismo de la cualidad de valor. En el Banquete
encontramos las mismas reflexiones, centradas en el eros.
Si el eros
expresa la tendencia a lo bello y lo bueno, es porque lo bello y lo
bueno son esenciales para la naturaleza humana. El eros nos hace
felices, porque nos sitúa en el camino de lo bello y lo bueno: la
felicidad proviene de la realización de nuestra naturaleza. Los valores
no son tales porque los amamos; al contrario, los amamos porque son
"valiosos", es decir, necesarios para la perfección ontológica.
A
diferencia de Platón, Aristóteles considera que el saber, el
conocimiento, no es un valor en sí: es axiológicamente neutral, es
decir, sirve para hacer tanto el bien como el mal. Aristóteles
autonomiza más la esfera de la voluntad, de la decisión de usar bien o
mal el conocimiento, de seguir o no a la razón. De ahí que los valores
dependan del êthos [194].
El "saber moral", las virtudes morales, no se confunden con las
virtudes teoréticas; aunque se relacionan y se determinan, no se
implican.
Toda la filosofía tomista
asumió el a priorismo
de los valores, expresados en la teoría de la ley moral natural. Sólo
Kant parecía oponerse a esa larga tradición y optar por el formalismo
trascendental. Por eso Scheler se revuelve contra Kant, y en cierto
modo enlaza su axiología con la ontología clásica. Para Scheler los
valores son una "cualidad del ser". Aspiramos a ellos porque son un
bien para nosotros; y los objetos que poseen esas cualidades son
valiosos por ellas mismas.
Scheler
sitúa los valores en una esfera objetiva, junto a las verdades y las
experiencias; y postula una facultad específica que los aprehende, a
saber, los "sentimientos intencionales", que hacen un papel análogo al
del intelecto y de la percepción en sus respectivos campos. Su tabla de
clasificación de los valores es compleja: de personas y de cosas;
materiales y espirituales; propios y extraños; de actos, de función y
de reacción; de disposición de ánimo, de acción y de éxito; vivencias
intencionales y valores colectivos; valores por sí mismo y por
referencias. Pero todos ellos quedan reducidos a una jerarquía de
cuatro órdenes o series: (1) la serie de lo agradable y desagradable;
(2) la serie de los valores vitales; (3) la serie de los valores
espirituales (que incluye los estéticos, los políticos-jurídicos o
valores de lo justo e injusto, y los filosóficos o valores del puro
conocimiento de la verdad; y, en fin, (4) la serie de los valores
religiosos [195].
No
hay, por tanto, una esfera de los "valores morales" propiamente dichos,
dado que la cualidad moral no tiene materia propia, no es una clase de
objetos o acciones. La realidad del valor moral consiste en realizar
los demás según su justo orden y jerarquía. Los valores morales, por
tanto, se acercan a las ideas o cualidades de relación: no se aplican a
cosas, sino a relaciones entre las mismas [196].
Scheler distingue dos fases
en la acción moral. En primero lugar se da un acto
de conocimiento,
en el cual se establece una preferencia, una cierta jerarquía. Este
acto aún no es bueno o malo en sí, aún no es moral. Posteriormente se
da el acto de voluntad, la toma de
decisión, la opción
por la realización del valor elegido: éste es el acto propiamente
moral. Aunque ambos actos sean inseparables, la moralidad reside en la
voluntad, como en Kant [197].
Pero, a diferencia de éste, la decisión de la voluntad no es de
"autodeterminación", sino de apertura consciente (previo acto de
conocimiento) a la determinación por el objeto (jerarquía objetiva de
valores).
Scheler considera la suya
una "ética material" porque la materia de la voluntad es siempre un
valor extramoral [198].
Ser bueno quiere decir optar por un valor objetivo y realizar el valor
elegido. Pero el fin de la voluntad ha de ser únicamente el de la
realización del valor: deber de realizar el valor. Si lo hacemos así,
si realizamos el valor, somos "buenos". De la misma manera que si un
financiero realiza sus valores de bolsa hace una buena operación, se
comporta como buen financiero. Pero el "ser bueno" es un resultado
derivado. Si lo convertimos en fin de nuestra acción, es decir, si no
perseguimos realizar el valor, sino que perseguimos ser buenos, siendo
la realización del valor mero medio para conseguir ese fin de ser
buenos, entonces no actuamos moralmente; más aún, entonces no somos
buenos. Siguiendo la analogía, si el financiero tiene como fin poseer
bienes, es decir, acumular dinero o bienes de uso, deja de ser un buen
financiero; la esencia de éste, su "deber", es jugar constantemente al
juego de la realización, seguir las reglas del valor de cambio. Para
ser buenos no hay que proponerse como fin ser bueno. Tomar como
objetivo la realización de un valor por el hecho de que ha sido
establecido como preferente, para así hacer un acto moral, para así ser
buenos, implica olvidarnos del valor material de dicho valor, implica
que buscamos aparecer, como buenos ante nosotros mismos, implica el fariseísmo. Al contrario que Kant, la
opción moral, la opción por un valor, debe hacerse por el contenido de
ese valor [199].
La
ética de los valores, por tanto, pretende que éstos son esencias que
incumbe a la persona realizar, valores de cambio a materializar, a
convertir en existencia. Los valores no son entidades metafísicas, al
menos así lo manifiestan, sino reglas de actuación, indicadores del
comportamiento moral. La analogía con el mercado, pues, llega hasta el
final. Si la ética de bienes parece ajustarse a la economía de trueque,
la de valores parece corresponderse con la economía de mercado. De
todas formas, lo tomamos como simple analogía, no como determinación.
La
propuesta ética de Scheler tiene un punto especialmente débil, y que
denota su enraizamiento en la problemática kantiana: el apriorismo de
los valores [200].
¿Quién garantiza que no son meros prejuicios? Hartman, en la misma
línea de pensamiento, intentará cubrir este flanco, esforzándose en
demostrar la objetividad de los mismos. Sin entrar en su planteamiento,
destaquemos un punto atractivo de su doctrina: su distinción en los
valores entre "fuerza" y "altura". Es decir, considera que realizar un
valor menos elevado puede ser moralmente superior si el mismo es
presupuesto de otros más elevados. Así, la cultura puede ser un valor
más elevado que la comida, pero moralmente es preferible sacar al
hombre de la miseria que enseñarle teología.
El Traité
de Morale Générale (1942) de René Le Senne [201],
aunque es muy posterior a
la Ética
(1925) de Hartmann, puede considerarse continuador de esta línea
metafísica no ontológica, aunque cabría hacer algunas matizaciones. En
realidad admite una teoría del ser, pero no la escolástica identidad
entre ser y bien, entre ens y bonum. Cree que el ser
está ahí, y sólo hay que descubrirlo mediante el conocimiento; en
cambio, el bien
debe ser instituido y creado. Considera que fundamentar la moral en la
metafísica, como ha hecho la ética clásica, es someter el futuro al
pasado: es aceptar la determinación. Considera que Rousseau y Kant
liberaron, emanciparon la moral del conocimiento, y particularmente del
conocimiento metafísico. Con ello defiende que la moral, como el arte,
la ciencia o la religión, son modos de proceder autónomos, originales,
diferentes.
Aunque
dentro de la misma problemática, la respuesta existencialista de Sartre
no puede alinearse sin más con la ética de los valores [202].
Le Senne no veía otra metafísica que la del "tout-fait", como él decía,
o del "en-soi", en palabras de Sartre. Pero es posible otra metafísica,
la del "para sí", de la conciencia, que introduce la cuestión moral y
plantea el problema de integrar la ética de los valores en ella. Es lo
que intenta Sartre, quien dota a la moral de una fundamentación
metafísica, pero despoja a los valores de cualquier contagio con el
ser. Parte de un ser en sí
originario, increado,
cerrado sobre sí, idéntico a sí mismo, opaco, macizo, compacto, lleno
de ser, lleno de sí. Un buen e indeterminado día, sin saber por qué,
como si se hubiera dado a sí mismo una modificación, como si se hubiera
producido en él una "descomprensión", un "agujero en el ser", una
segregación de nada en el interior
mismo del en sí... habría surgido
el ser para sí [203].
En el ser para sí desaparece la identidad o coincidencia consigo mismo,
reemplazada por la discordia y distancia de la libertad: ser lo que no
se es y por no ser lo que se es. La cerrazón sobre sí mismo es
sustituida por la esencial apertura de la conciencia.
Entre
el ser en sí y el ser para sí no cabe nada: no cabe Dios. Dios es una
noción contradictoria que resulta de la unión del en sí y del para sí.
Pero el en sí absoluto no puede tener conciencia de sí, y el para sí
absoluto es una contradictio in terminis
porque el
para sí es conciencia y la conciencia es siempre relativa: conciencia
de algo. Por tanto, es preciso sostener el ateísmo.
Sartre
es un ateo coherente. No hay Dios quiere decir que no hay absoluto
alguno: no hay valores, no hay Bien y Mal exteriores a nosotros. Sartre
cumple el programa ilustrado: asumir que, muerto Dios, no debemos caer
en la tentación de sustituirlo por una esfera de valores-normas
trascendentes, sino enfrentarnos con la cruda realidad de que por
encima del hombre no hay nada, nada de nada, más que la libertad. Eso
es todo lo que hay fuera de nosotros: la libertad. Una libertad que,
paradójicamente, nos exige tener la valentía de inventar nuestros
propios valores. La vida no tiene sentido a priori; nosotros debemos
darle un sentido, cada cual el que elija.
Por tanto, la ética
existencialista no es ética de los valores, aunque, como ésta, separe ser y valor.
Mantiene la distancia interior en el hombre, su no coincidencia consigo
mismo. La conciencia, "agujero en el ser", según Hegel, hace que el
hombre sea lo que no es y no sea lo que es. Ocurre así con la
conciencia psicológica: es en cierto modo lo que conoce, lo que quiere,
lo que busca..., pero no lo es realmente. Y pasa lo mismo con la
conciencia moral, aunque de forma más radical: se separa de su ser
presente y se proyecta sobre su ser posible, sobre el porvenir.
10.3.
Ética metafísica y Metafísica ética.
“ Si
se me pregunta: `¿Qué es bueno?', mi respuesta será que bueno es bueno
y no hay más vueltas que dar a la cuestión” (G.E. Moore, Principia
Ethica).
Kant,
el pragmatismo, la ética de los valores, Moore y Sartre son opciones
éticas que, con mayor o menor acierto han buscado liberar la ética de
la metafísica. Heidegger, la neoescolástica y Zubiri defienden la
subordinación. Los esfuerzos por autonomizar la Ética de la Metafísica
no siempre han sido respuestas lúcidas a la situación real. Con
frecuencia la fundamentación de la Ética en la Metafísica, y los
esfuerzos de emancipación de la misma, oculta la verdadera relación
entre ellas. Con frecuencia la relación de determinación ha estado
invertida: las metafísicas se han configurado ad
hoc
para posiciones éticas previamente tomadas. Tal vez por inercia del
método, del árbol de las ciencias, del orden de exposición... se ha
pensado siempre en términos de supremacía ontológica de la metafísica
sobre la ética. Nosotros queremos ahora llamar la atención sobre la
tesis opuesta: en el orden histórico, con frecuencia la primacía
corresponde a la ética, de tal modo que la asunción o no de una
metafísica, y el modelo de ésta asumido, responden a exigencias éticas [204].
Nos
parece obvio que el hombre asume una moral previamente a cualquier
formación filosófica. Y nos parece igualmente obvio que, al llegar a la
filosofía, esa posición moral influirá fuertemente, si bien de forma
distinta en cada pensador. Pero incluso esta diferencia en la
intensidad de la influencia sin duda se debe en gran parte a un motivo
moral: a su carácter, a su mayor o menor respeto a la verdad, a su
ecuanimidad, a su control del propio entusiasmo, a su prudencia, a su
dignidad. Kant es un buen ejemplo: la exigencia moral decide sobre la
existencia de Dios, la inmortalidad del alma, la teleología de la
historia. Y Fichte es aún más claro: la opción metafísica por el
idealismo o el materialismo se basa en razones éticas. El materialismo
implica la dependencia; el idealismo conlleva la libertad y la
responsabilidad. Fichte decía que "la clase de filosofía que se elige
depende del tipo de hombre que se es". Se refería al tipo moral, por
supuesto; tipo moral que no excluye el psicológico, pero que no se
reduce a él. Y Nietzsche creía haber ido comprobando poco a poco que
toda gran filosofía, todo sistema moral, es en el fondo el esfuerzo por
encubrir y legitimar un impulso biológico [205]
.
Aunque
convendría no hacer una generalización exhaustiva y sin matices, ya que
es obviamente una tesis insostenible -y mucho más en nuestro tiempo,
donde la forma académica de producción de la filosofía puede determinar
un inmanentismo técnico atemporal y hagiográfico-, consideramos no
obstante que esta perspectiva es fecunda. El mismo Platón describió el pathos adecuado del filósofo. Entendía
que la filosofía era una forma de vida (bíos
theoréticós), a la que correspondía un êthos.
Como ha habido un êthos
sofista, ilustrado, existencialista... Pero no sólo en la forma
exterior, sino en las cualidades. El filósofo platónico había de ser
noble, nada servil y nada vil, magnánimo, audaz, con fortaleza... Optar
por la filosofía era en Grecia optar por una forma de vida: era optar
por el noûs, por el concepto, en
lugar de optar por la doxa, por la
imagen estética o por la intuición religiosa. En definitiva, la
filosofía es una forma de existencia.
Sócrates
es un ejemplo de moral filosófica. Pero Séneca es otro, Fontenelle es
otro, Nietzsche es otro... Representan posiciones morales, formas de
vida, de ajustarse a la vida, de concebir y defender la justicia. Y
cada uno de ellos tiene una metafísica y una concepción del hombre
hecha a medida de su moral. En Epicuro esta situación resulta clara:
niega a los dioses por una razón ética, a saber, porque su existencia,
con su poder infinito, destruiría la libertad y el destino moral de los
hombres; niega a los dioses a fin de eliminar lo irracional en el mundo
del espíritu, para acabar con el miedo a los dioses.
La
"Profesión de fe del vicario savoyardo" de Rousseau es bien elocuente:
¿por qué, se pregunta, si en la filosofía cartesiana la razón se
justifica como instrumento humano de poder, de defensa, de felicidad,
hay que aceptar una razón que sitúa al hombre en la vorágine de las
determinaciones causales de la naturaleza? ¿Por qué obedecer a una
razón que no nos hace feliz, que no nos dignifica, que no nos declara
lugar privilegiado de la creación? [206]
Una
corriente de pensamiento ético tan brillante como el intuicionismo
surgido en los ámbitos analíticos del segundo tercio del siglo XX nos
ofrece un ejemplo paradigmático. Este intuicionismo surge bajo la
filosofía manifiesta de liberar a la Ética de la metafísica, de hacer
de la Ética una disciplina autónoma. Tal es el caso de H.A. Prichard [207],
para quien conceptos como "moral obligation", "duty", "right"... son
nociones intuitivas, evidentes como las nociones elementales de la
matemática, que no pueden ser fundamentadas por otras más simples ni
tampoco por los hechos. Prichard distingue entre orden
moral y orden de la virtud,
que constituyen dos formas de hacer el bien: en el primer caso por
deber u obligación y en el segundo por virtud (por carácter). Y
considera que la vida moral se centra en la obligación, no en la
virtud, al contrario de los libros de filosofía moral, siempre
orientados -según él- a la vida virtuosa. Aunque reconoce, no obstante,
que el mejor hombre es el que une moralidad y virtud.
Posiciones
intuitivistas semejantes han mantenido E.F. Carritt, muy en la línea
con su maestro Prichard, aunque en lugar de "good" prefiere hablar de
"right" [208].
C.D. Broad también se sitúa en esta corriente, aunque incorporando
ciertas perspectivas utilitaristas Para Broad, por ejemplo, la rectitud es adecuación, pero también
utilidad [209].
De todas formas, la figura
cumbre del intuicionismo es G. Moore, cuyo Principia
Ethica [210]
se ha convertido en un texto clásico. La pretensión originaria de Moore
fue la de establecer los prolegómenos de una Ética científica, en el
sentido de ciencia acuñado por Brentano o Husserl. Pero, en realidad,
su proyecto acabó en algo mucho más importante: en la apertura de un
método de análisis y de un programa de investigación cuya línea
dominará la ética anglosajona de las últimas décadas, centrado en el
análisis de los juicios éticos.
Moore
considera como principal actividad de la Ética la de analizar las
distintas formas de definir lo "bueno" a lo largo de la historia [211]. La pregunta clave de la Ética teórica será para él la siguiente: ¿Qué
quiere decir el predicado "bueno"? Por tanto, una pregunta netamente
diferente a la que ha dominado en la ética metafísica, a saber: ¿Qué
cosas o cualidades de las cosas son buenas en sí mismas? Y, asimismo,
de la pregunta propia de la ética práctica: ¿Qué debemos hacer o qué es
bueno que hagamos? De esta forma, mediante un desplazamiento de la
reflexión hacia el lenguaje, intenta evitar todo contagio metafísico.
Esta forma de huir de la metafísica tiene la ventaja de evitarla
realmente; y tiene la desventaja del duro precio que ha de pagar por
ello: el vacío de contenido. La ética de los valores, huyendo de la
metafísica del ser, acababa por introducir otra metafísica, la del
valor. Moore, más consciente, no cae en la metafísica, pero a costa de
quedarse en la lógica de la Ética. Huye de la "falacia naturalista",
que consiste en creer que lo bueno es algo real, objeto de experiencia;
y de lo que podríamos llamar "falacia ontológica", consistente en
suponer que lo bueno es un objeto real, pero no empírico,
suprasensible. Rechaza así tanto la ética naturalista como cualquier
Ética metafísica. Lleva a cabo una pulcra tarea metaética de profilaxis
antimetafísica: tanto de las metafísicas realistas (las proposiciones
éticas no contienen juicios de existencia, con sujeto y predicados
reales), como de las metafísicas idealistas de la voluntad o de la
autorealización. Y se instala en el lenguaje.
Este
intuicionismo "antimetafísico" es, en rigor, una nueva ontología, y
surge por exigencias de una posición Ética. Tanto en el caso de
Prichard como en el de Moore, y a pesar de representar opciones éticas
divergentes, el intuicionismo surge como reacción al naturalismo ético,
o a la fundamentación naturalista de la Ética: en el primero, para
salvar la ética racional, en el segundo, la para salvar el utilitarismo
No entramos aquí en sus detalles; bástanos para nuestro objetivo
subrayar la tesis de la subordinación de las metafísicas a la Ética.
Pero
tal vez sean Nietzsche y Heidegger los dos autores más representativos
de esta situación de entre los que han configurado unas posiciones más
influyentes en nuestros tiempos.
Nietzsche
hace de la filosofía mera ética, critica a la metafísica en nombre de
la Ética. En el caso de Heidegger, quien identifica Ética y Metafísica,
en el fondo lo hace por razones éticas: no por la verdad, no por el
contacto primigenio con el ser, sino por el redescubrimiento del ser
del hombre. El hombre ha olvidado el ser y caído en la "existencia
impropia".
La
crítica más dura a la metafísica, por sus efectos éticos, la lleva a
cabo Nietzsche. Podría calificarse la filosofía nietzscheana como un
esfuerzo permanente y radical por axiologizar la ontología. Le parece
que el gran error de la filosofía comienza con Platón, siendo el
cristianismo su heredero filosófico. Los presocráticos habían
distinguido entre lo Uno y lo múltiple, pero fue Platón quien convirtió
lo Uno en Idea trascendente al mundo, con lo cual éste quedaba como
sombra pálida del verdadero ser. Con Platón, pues, tiene lugar el gran
error de invertir los valores: las ideas, lo eterno, lo atemporal, lo
espiritual, queda instalado como el verdadero ser y como el bien; y, de
paso, el mundo real, lo sensible, el movimiento, lo perecedero, los
instintos y deseos, quedan degradados ontológicamente y devaluados
moralmente.
El cristianismo contra el
que Nietzsche se rebela es el de la filosofía
platónica. El Dios que combate Nietzsche es la idea que ha robado al
mundo su realidad, que ha empobrecido a los seres sensibles, y en
especial al hombre, al ser situado en otro lugar y declarado verdadero
ser, summum bonum. La rebelión
nietzscheana, pues, es
una rebelión contra una ontología imaginaria que ha instaurado unos
valores que reducen al hombre a ser miserable y sin sentido. De ahí su
mensaje de "transmutación de todos los valores", como única manera de
que el hombre, liberado tras la "muerte de Dios", salga de la
alienación y recupere su ser.
La
"moral de esclavo" es la moral que corresponde a un hombre alienado,
que ha aceptado una jerarquía de valores de acuerdo con una jerarquía
ontológica imaginaria. La nueva moral, la del superhombre, requiere la
muerte de Dios; requiere la muerte de Platón; requiere la muerte de la
ontología que pone el ser imaginario como ser absoluto y perfecto, y el
ser real como sombra o carencia del verdadero ser.
La
posición de Heidegger es, en cierto sentido, la opuesta, aunque
coincide con Nietzsche en poner en Platón, y particularmente en su
ontología, el origen del mal. Pero si Nietzsche pretendía axiologizar
la ontología, Heidegger se rebela contra los valores existentes,
arbitrarios en la medida en que no responden a un trasfondo ontológico:
en la medida en que se han constituido sobre y a costa del olvido del
ser. Considera el valor como el más espurio descendiente del agathón
platónico. El bien como idea platónica, que no era sólo bien moral,
acaba reduciendo su contenido a bien moral y así es llamado valor. La
idea de Platón está más allá del ser: pero más allá del ser está sólo
lo que aún no es y debe ser. Es el "deber" en Kant. En el XIX se
necesitaba justificar el deber: y se hizo recurriendo al valor. Llegará
a decirse que la historia es la realización de los valores. Heidegger
considera que de este modo el hombre occidental ha acabado por poner la
verdad de los entes en las ideas, por apreciar lo real según los
valores (como en la economía).
No
rechaza que las cosas tengan valor; lo que señala es que, aprehendidas
por su valor, reducidas a valor, acaban perdiendo su dignidad óntica,
subordinándose a la estimación humana. Esta valoración es una
subjetivación: no deja al ente que sea y nada más, sino que le hace
valer para el hombre. Y cuando se reduce a Dios a "valor supremo" se le
otorga el más duro golpe: pues éste no consiste en considerarlo
incognoscible, indemostrable, sino en travestirlo en valor. Pensar en
valor es la mayor blasfemia contra el ser.
Heidegger, en rigor, se
niega a la parcelación de la filosofía en ramas o "ciencias"
diferentes. Su Carta sobre el humanismo
es el texto idóneo. Para Heidegger la Ética comienza a desgajarse de la
filosofía en la escuela de Platón, cuando el pensar comienza a ser
ciencia. Los presocráticos nada sabían de ética, nos dice.
Para
Heidegger la Ética trata de la morada del hombre; pero la morada del
hombre es el ser, el hombre es Dasein,
está en el ser, junto al ser, en su vecindad, como un guarda o pastor.
Luego la Ética es Ontología. Y esto quiere decir: la moral de nada
sirve si no coloca al hombre en otra relación con el ser: relación de
abertura al ser.
11.
Ética, teología y religión .
“el
ateísmo ético ha sido una tremenda lucha contra Dios desencadenada en
nombre y defensa de una moral separada de la religión" (J.L. Aranguren,
Ética)
En
la medida en que la teología ha sido tradicionalmente considerada una
parte de la metafísica, su relación con la ética depende de la de
aquella. De todas formas, al menos en los últimos tiempos, se han
diseñado metafísicas no teológicas. Es obvio que, como en el caso de
Sartre, es posible una metafísica atea, en la que no cabe la teología,
pero sí una ética. En rigor no hay que ser ateo para negar la relación
entre ética y teología: basta negar el acceso a Dios por la razón.
El
mismo cristianismo ofrece diversas opciones contrapuestas al respecto.
En la línea tomista la conexión es posible; pero en la ockhamista no lo
es. Es un hecho que el cristianismo se apropió -para su desgracia,
diría Heidegger- de la metafísica clásica, de Platón y/o de
Aristóteles. Pero si ello fue así, dejando al margen posibles
violencias hermenéuticas, es porque sus ambigüedades lo permitían. Para
Aristóteles el objeto de la metafísica era el "ente en cuanto ente", el
todo del ente. Y esto puede entenderse como "el ente en general", en
común, o el "ente en su sentido más pleno", el ente divino. La
escolástica no tuvo problemas: Dios es el ens
realissimum, acto puro; los otros entes, en movimiento,
expresan su carencia, su imperfección.
Las
escuelas "teónomas" han sido varias en la Historia de la Filosofía.
Unas veces se ha subordinado la Ética a una Teología revelada. Es el
caso de los ambientes malebranchianos, que asumen una metafísica
ocasionalista, en la que Dios, plena Maiestas,
mueve
sin cesar los hilos de todos los seres. Esta metafísica es plenamente
coherente con la ética calvinista, en la que toda la moral se reduce a
la ley divina, a la palabra de Dios
revelada. La moral es la voluntad de Dios, la sumisión del hombre a
Dios. Ley moral equivale a Ley revelada.
También
Ockham y el voluntarismo medieval reducen la moral a la Voluntad de
Dios, una voluntad libre, incondicionada, absoluta, "irracional". Lo
bueno es lo que Dios prescribe; lo malo lo que prohíbe. La dificultad
está en conciliar esta tesis con la posibilidad de salvación y con la
existencia de una ley. Lo resuelven distinguiendo entre potencia
de Dios absoluta y potencia de Dios
ordenada.
Dios habría creado unas leyes, un orden, camino ordinario de salvación;
pero la potencia absoluta de Dios no queda ligada ni sometida a esa ley
sino en tanto que lo quiere. Dios puede hacer al margen de esa ley
suya, y contra ella, lo que quiera. ¿Podrá ir contra la recta razón?
No, porque la recta razón es su voluntad: lo que quiere y porque lo
quiere es lo justo y lo recto.
Otras
veces se ha subordinado la Ética a una Teología natural, caso de Santo
Tomás. Se trata de apoyar la Ética en dos fundamentos: junto a la Ley divina, expresión de la Razón divina, pone la razón
humana [212].
La bondad de una acción depende de la razón, pero sólo en la medida en
que participa de la Razón divina, de la Ley eterna. Santo Tomás decía
que para el teólogo el pecado es una ofensa a Dios; para el filósofo,
una ofensa a la razón.
Lo
difícil es el equilibrio, y la tendencia ha sido a acentuar uno u otro
aspecto: la Ley, la obligación del hombre, o la razón de éste. Santo
Tomás funde ley y razón; a partir del XIV la ley
comienza a pertenecer a la voluntad más que a la razón. De ahí que los
filósofos que quieren salvar el carácter filosófico de la ética se
alejen del concepto de ley y
recurran al de naturaleza racional,
al de la recta razón,
de sabor aristotélico. El proceso será complejo, pero la tendencia es
clara: partir de una "naturaleza racional" a la que, en virtud de su
propia esencia, le serán convenientes o no, adecuadas o no, diversas
cosas. No será ya de la ley, sino
de la esencia racional del hombre, de donde se derivaría la moral.
Suarez
sustituye la ley por la naturaleza racional, pero lo hace volviendo a
Aristóteles y a Santo Tomás. El bien honesto es el conforme a la razón.
No es la voluntad de Dios la que funda ontológicamente el orden moral,
sino el principio metafísico que afirma que las esencia son inmutables
y, por tanto, inmutables son las propiedades que las convienen o no. No
obstante, la Ley tiene un lugar: porque el hombre no tiene voluntad
indefectible del bien. La Ley divina, y la ley humana, tienen por fin
regular la voluntad del hombre: pero esto no constituye la moralidad,
sino que supone al hombre como ser moral.
Podríamos pensar que, de
este modo, se emancipa la Ética de la Teología. No es exactamente así:
se emancipa del Dios legislador,
pero no del Dios creador
del alma a su imagen y semejanza. Fundar la Ética en la naturaleza
racional del hombre es fundarla en el orden divino: Dios creó el alma
con poder suficiente para conocer el bien y obrar el bien; no podía no
querer prohibir a las criaturas hacer el mal.
Lo
que en la Edad Media eran cuestiones teológicas, en la modernidad se
vuelven religiosas: lo que se pierde en finura dialéctica se gana en
concreción e inteligibilidad. Ahora el problema es la relación entre
Moral y Religión: tema clave en un mundo en que se tiene la conciencia
de autoemancipación y en que se ha perdido aquella unidad de la
autoridad religiosa que servía de apoyo empírico de las ideas.
A
lo largo de la Historia se han propuesto todas las combinaciones
posibles entre Ética y Religión. Unas veces se ha afirmado la Religión
separada de la Moral, negando el valor de ésta; otras, se ha
considerado la Religión mera parte de la moral; a veces se han valorado
la Moral y la Religión como autónomas entre sí. Aranguren destaca que
"en el sentido de moral como estructura,
la religión,
la actitud religiosa, es también, necesariamente, como todo
comportamiento inteligente y libre, constitutivamente moral. Sin
embargo, en cuanto al contenido, la
religión y la moral difieren" [213]. Pueden
coincidir en
aprobar/desaprobar una acción, pero no se identifican sus contenidos ni
sus fundamentos.
Aranguren distingue una
tercera moral: moral como actitud.
La de Sócrates ante la muerte es diferente a la actitud religiosa de
Jesús. Los estoicos, más que el contenido, destacan por la actitud moral.
Kierkegaard ha destacado la actitud ética frente a la estética y la
religiosa. Actitud ética es el esfuerzo del hombre por ser justo y por
implantar la justicia. Es una actitud de suficiencia y ascenso; la
religiosa es entrega a Dios, receptividad, descenso... De ahí que se
hayan dado todas las posiciones posibles: separar ambas, subordinar una
a la otra, rechazar una a la otra.
Se sabe que Sócrates [214]
define el hombre religioso o piadoso aquel que sabe lo legal respecto a
los dioses (sabe y, por tanto, cumple). Todo el pensamiento griego y
romano otorga a la religión un carácter fuertemente jurídico. Para el
mundo clásico la felicidad radica, como decía Céfalos en la República,
en estar en paz con los dioses y con los hombres. La relación con los
dioses es una relación ética, es decir, objetivada y establecida, más
que "religiosa", como vivencia o interioridad.
En el Eutifrón
Platón retoma el tema. Parece que la religión trata de lo agradable
para los dioses. Pero, "lo que los dioses quieren, ¿lo quieren porque
es piadoso o es piadoso porque lo quieren? [215]
Ni que decir tiene que el nada voluntarista Platón opta por la primera:
la sustantividad de lo piadoso, que define como lo justo. Luego la
religión tiene que ver con la justicia para con los dioses.
El estoicismo
expresa la supremacía de la moral, subordinando a ella la religión,
como una parte. En los romanos, como Cicerón, la religión trata del
culto a los dioses: de la justicia en ese culto. Es justo quien cumple
sus obligaciones con los dioses y con los hombres. Pues éstos mantienen
con los dioses obligaciones jurídicas, en base a relaciones de
utilidad.
El
caso luterano es el más significativo en cuanto a diferenciar
radicalmente moral y religión. La tesis de Lutero es: la moral es útil,
necesaria, un deber...: pero en la esfera de lo terreno. La ilusión es
pretender hacer valer esta "moralidad" ante Dios. El hombre es incapaz
de cumplir la Ley divina: debe asumir su desgarro, su impotencia, al
tiempo que su necesidad, su deber de intentar cumplirla.
Junto al usus
sanctus o usus theologicus
de la ley está el usus politicus.
Pide a los hombres que sean justos: no ante Dios, cosa imposible, sino
ante los otros hombres, haciendo posible la comunidad política. Este
uso civil garantiza el interés de la moral. La moral es válida... para
este mundo. El pelagianismo toma de aquí su tesis de que el hombre
puede llegar a merecer moralmente la gracia, la salvación. Convirtió a
Dios en Juez equitativo, que daba a cada uno premios según sus méritos.
De aquí la utilidad religiosa de la moral; mejor, la superioridad de la
moral sobre la religión, ya que de aquella dependía el mérito.
Durante
la época medieval domina la opción inversa: se subsume la moral en la
religión. Los hombres, sumisos, aspiran a que Dios les dé la gracia,
sin confianza en sus propios méritos. Pero con la modernidad se
recupera la supremacía de la moral. El pelagianismo triunfa en las
teorías de la "religión natural", que en el fondo son puras morales:
existe un Dios supremo, le debemos reverencia, la mejor reverencia es
la virtud... Es la "religión filosófica" ilustrada.
Las
anteriores posiciones tienen de común que aceptan la necesidad de
justificarse ante Dios. Para el católico: justificación
religioso-moral; para el pelagiano: justificación ética; para el
luterano: justificación religiosa. El pensamiento moderno altera las
cosas: afronta únicamente la justificación ante sí mismo. Impone una
ética inmanente, ética autónoma, que hace de cada hombre juez de sí
mismo. Se trata del primer paso: de la justificación ante
Dios, a la justificación ante sí mismo; pronto se dará el segundo: la
justificación de Dios ante el hombre.
El
hombre moderno, ilustrado, se exige a sí mismo ser justo y ordenar su
vida; y enseguida se exige ordenar también la de los demás. El mal ya
no se explica por el pecado: el mal debe explicarlo Dios. La Teodicea
("justicia (o justificación moral) de Dios") de Leibniz pone el
problema. Cierto, salva a Dios, queda justificado: pero habrá otros
tribunales más contrarios.
Efectivamente,
Voltaire también llama a Dios al tribunal del Hombre, para que se
justifique. Si Dios es, por definición, justo, y el mundo creado por él
es injusto... ¿qué hacer? Rechazar la Providencia y dar entrada al deísmo:
Dios creó el mundo, pero no lo gobierna. La Ilustración barre la
religión del cristianismo y salva sólo la moral: Cristo es un maestro
de moral.
Kant
da un paso más y somete de forma definitiva la gracia a la justicia, la
religión a la moral. Ahora hasta la existencia de Dios se acepta por la moralidad. Dios es la garantía de
la moral en el más allá, dado que la tarea que esta impone es infinita.
En La religión dentro de los límites de la
pura razón,
Kant expresa, de forma acabada y crítica, esta actitud. No es "religión
de la razón", pues no se rechaza la Revelación, sino que se la reduce a
un medio posible, pero no imprescindible, para conocer a Dios; es
"religión en los límites de la razón", es decir, desde el punto de
vista ético. Kant deduce la necesidad de Dios y de la inmortalidad del
alma de razones morales: el cumplimiento del deber es una tarea
infinita..., luego se necesita otra vida; la virtud no es bien supremo,
sino que demanda felicidad; pero la felicidad exige la otra vida...
Es
el caso de Kierkegaard los dos reinos, el moral y el religioso, están
metafísicamente separados, e incluso incomunicados: del estadio ético
(primacía del deber y la ley) al religioso (relación privada con Dios)
no se pasa sino bruscamente. Son incompatibles. Abraham es éticamente
un monstruo; pero cumplía con su deber religioso obedeciendo la voz de
Dios, que sólo él escuchó.
Los
ilustrados decían que un Dios que gobernase el mundo tal como éste era
gobernando sería injusto. Bien, pero un Dios que se desentendiese de un
mundo injusto no era más justo. No había salida, a no ser el ateísmo.
Subrayemos que se trata de un combate contra Dios por razones
"morales": por respeto a la idea de Dios, por respeto a su esencia, se
niega su existencia. No por razones teóricas ni por razones "inmorales"
[216].
Los ateos contemporáneos, los personajes de Dostoievski, Nietzsche,
Sartre... no son escépticos, sino "enemigos de Dios". Dice Aranguren
que "el ateísmo ético ha sido una tremenda lucha contra Dios
desencadenada en nombre y defensa de una moral separada de la religión"
[217].
Desde
Epicuro se tiende a pensar que si Dios fuera todopoderoso y omnipotente
destruiría toda moral. Pero Epicuro se limitaba a limitar el poder de
los dioses, poniéndolos a escala humana; los modernos, en cambio, los
negaron. Algunos -Sade, Proudhon-, los interpretaron como el mal: "Dios
es el diablo", decía Proudhon; "Dios es el enemigo del hombre", decía
Sade. Al final, se decreta la muerte de Dios por exigencia moral. Pero,
dice Nietzsche, si Dios ha muerto, la moral no existe, no es necesaria:
todo está permitido. Nietzsche era preilustrado, teólogo al fin. Como
tal, piensa la moral como la huella de la vida de Dios en la tierra, la
señal de la presencia de la Idea de Dios. Si desaparece Dios, si se
descubre el carácter imaginario de la Idea de Dios, desaparece la moral
como contenido y como actitud; sobrevive, si acaso, la moral como
estructura.
¿Es
eso cierto? ¿Es posible la moral sin Dios? ¿Sin un Dios Legislador?
Probablemente sí. ¿Sin Dios Creador? Aranguren cree que no: "El ateísmo ético
se reduce, por tanto, a sí mismo al absurdo y, si es consecuente, tiene
que desembocar en el derrocamiento nietzscheano de la moral, en el
inmoralismo de André Gide, en la filosofía del absurdo de Camus, en el
tremendo desencanto moral de la filosofía de Sartre, en el nihilismo
que denuncia Heidegger como signo de nuestro tiempo" [218].
Dice
Aranguren que la actividad ética, con su origen en el racionalismo,
pasa por el ateísmo y cae en el absurdo. Su juicio sobre el
racionalismo, sobre la filosofía francesa, racionalista, frente a la
alemana, no atea, es arbitrario. La muerte de Dios es la culminación de
la Ilustración: es un reto para emancipar la moral, aunque en ello nos
vaya la vida... y la moral. Esa es la diferencia entre la muerte de
Dios para un ilustrado y para un teólogo, aunque sea un brillante
teólogo irreverente como Nietzsche.
La
historia de la filosofía ha sido, en buena parte, la historia de esa
batalla del hombre para conseguir la humanidad: arrodillarse ante Dios
o declararle enemigo público son figuras de la conciencia, que hay que
comprender desde la dificultad que entraña para el hombre reconocerse
como ser moral, es decir, como conciencia libre. El ateísmo ético no se
destruye a sí mismo, como cree Aranguren: es el antiteísmo religioso el
que se muestra incapaz de determinarse.
12.
El status teórico de la Ética .
12.1.
La Ética "abierta a las ciencias" .
“...
es propio del hombre instruido buscar la exactitud en cada género de
conocimientos en la medida en que la admite la naturaleza del
asunto...” (Aristóteles, Ética Nicomáquea).
La época moderna instauró
una nueva racionalidad [219].
Desde la misma la filosofía quedaba desplazada de cualquier pretensión
de cientificidad. Esto en sí no era importante, si el conocimiento
científico moderno se hubiera entendido como una forma, entre otras,
del conocimiento. Pero no fue así. El prestigio de la ciencia en la
época moderna [220]
propició la creencia en que la racionalidad científica era la única
posible; los demás conocimientos quedaban degradados. No es necesario
recordar el efecto del método cartesiano en todas las disciplinas
humanísticas, y particularmente en la Ética, ante el cual se alarmara
Vico [221].
Desde
entonces la filosofía no ha conseguido verse a sí misma como
conocimiento legítimo. La tentación más frecuente ha sido la de aspirar
a la cientificidad. En el caso de la Ética, han abundado los esfuerzos
en esa dirección. Así se ha manifestado A. Sánchez Vázquez, quien, con
un planteamiento de talante positivista, reconoce que en el pasado la
Ética estuvo ligada a la Filosofía, pero que ha llegado la hora de
aspirar a una Ética "científica": "aunque la historia del pensamiento
filosófico se halle preñada de este tipo de éticas, en una época en que
la historia, la antropología, la psicología y las ciencias sociales nos
brindan materiales valiosísimos para el estudio del hecho moral, ya no
se justifica la existencia de una ética puramente filosófica,
especulativa o deductiva, divorciada de las ciencias y de la propia
realidad humana moral"
[222].
El texto es explícito: la ética es -al menos intencionalmente- una
ciencia positiva, explicativa y afilosófica. Tendrá relaciones con la
filosofía (con la filosofía de la ciencia, no con la especulativa),
pero externas: puede y debe servirse de ella como de la psicología o la
medicina. Como cualquier ciencia, presupone unos principios filosóficos
generales sobre el mundo y el hombre, le son útiles ciertos aspectos de
la lógica y de la epistemología, como le son útiles las otras ciencias.
Por
ejemplo, la Psicología, instrumento indispensable para el
esclarecimiento de las condiciones subjetivas del acto moral, ofrece
las leyes que rigen las motivaciones internas de la conducta del
individuo, muestra la estructura del carácter y de la personalidad,
describe los mecanismos de los actos voluntarios, de los hábitos, de la
génesis de la conciencia y de los juicios morales [223].
Incluso como psicología
profunda, del subconsciente, se convierte en parte
indispensable del pensamiento ético: "Problemas morales como el de la
responsabilidad y el de la culpabilidad no pueden abordarse al margen
de los factores psíquicos que han intervenido en el acto con respecto
al cual el sujeto se considera responsable y culpable" [224].
Sánchez Vázquez, no
obstante, nos advierte de la conveniencia de no caer en el psicologismo ético.
La
Antropología y la Sociología son igualmente indispensables, en tanto
que el comportamiento moral tiene siempre una dimensión social. Pero,
nos advierte, para poder hablar de comportamiento moral de un individuo
"es preciso que los factores sociales que influyen en él y lo
condicionan sean vividos personalmente, pasen por su conciencia, o sean
interiorizados, pues sólo así podremos hacerle responsable de su
decisión y de su acción" [225].
O sea, "el estudio de la conducta moral no puede agotarse en su aspecto
social, y la ética no puede reducirse a sociología". Por tanto, una
nueva recomendación: la de no caer en el sociologismo
ético.
Compartimos
en líneas generales la utilidad de estas ciencias para la Ética.
Incluso no dudamos de que forman parte, si no de la Ética como
modalidad de saber, sí de la Ética como disciplina académica. Por eso
nos parece atractiva la propuesta de una "Ética abierta a la Ciencia".
Más aún, por nuestra función (de profesor) y formación metodológica (de
historiador del pensamiento) nos parece incluso más atractiva que una
"Ética abierta a la Religión", como propone A. Cortina [226]
en su Ética
Mínima,
propuesta que compartimos en los estrictos límites que la autora lo
plantea: estar "abierta a la Religión" en la sugerencia de A. Cortina
no apunta a su disolución en la teología. Del mismo modo, estar
"abierta a la Ciencia" no supone, en nuestra sugerencia, aspirar al
estatus de cientificidad, de positividad, de verificabilidad.
Apostamos,
pues, porque la Ética no pierda su esencia filosófica. Y si ello
implica no aspirar al status de cientificidad, tal como lo define la
ciencia moderna, es decir, como conocimiento racional, empírico y
positivo, no supone en cambio renunciar a la apertura a la ciencia. Por
"abierta a la ciencia" queremos decir que la Ética, por su pretensión
práctica, asume insertar su discurso en el marco de las posibilidades
humanas reales. La Ética seguirá aspirando a dictar lo que el hombre
debe ser, lo que debe hacer, lo que debe elegir; pero ese deber ha de diseñarse teniendo en cuenta
el poder,
o sea, lo que realmente el hombre puede ser, hacer o elegir. No decimos
que la Ética tenga que someterse y subordinarse a lo que se puede en un
momento concreto; sino que debe tenerse en cuenta las posibilidades
reales, para que la propuesta ética, aun trascendiendo los límites de
posibilidad empíricos, no se desentiendan de la vida.
Reivindicar
la esencia filosófica de la Ética, de espaldas a las ciencias, no es
tampoco una alternativa razonable. Convertir su "normatividad" en el
tema determinante, radicalizarlo, oscurecer su "abertura" a lo
positivo, puede ser tan indefendible como el sueño positivista. Es lo
que ocurre con autores como Brandt [227],
que huyendo de la positividad se refugian en las abstracciones de la
metaética. Brandt distingue entre "ética normativa" y "ética crítica",
como dos ramas de la "teoría ética". Esta se define como un conjunto de
teorías que tratan de los "enunciados éticos", que a su vez son
definidos como aquéllos que usan como predicados "términos éticos", los
cuales son palabras como "inmoral", "moral", "correcto", "vergonzoso",
"excelente", "bueno", "deseable", "malvado", "injustificable",
"pecaminoso"... y otras sinónimas, cuando son usadas en sentido ético.
Si la teoría ética versa
sobre los enunciados éticos, la ética
normativa y la ética crítica
o metaética
son dos formas de abordar y tratar dichos enunciados. La primera se
pregunta por la verdad y la validez de los enunciados, así como por las
razones o fundamento de esa verdad. Las respuestas que cada persona dé
a estas cuestiones constituyen su propia ética, su "teoría ética
normativa personal". Los filósofos, lógicamente, han tratado sólo un
campo de esos enunciados: los más generales y abstractos. Dice Brandt
que "lo que el filósofo busca, más o menos, es un conjunto general de
principios que tenga más o menos la misma relación con la totalidad de
los enunciados éticos válidos que la que poseen los axiomas y
postulados de Euclides con sus teoremas" [228].
Por ejemplo, el enunciado clave del utilitarismo, según el cual "una
persona debe realizar un acto determinado si y sólo si no existe otro
acto que pudiera realizar en su lugar que incrementase la suma neta de
felicidad del mundo más de lo que lo haría éste", es un enunciado
fundamental, de los que se ocupa la filosofía [229];
más general y abstracto, por ejemplo, que en enunciados, también
generales, como los siguientes: "si la esposa de uno le pide a uno que
vaya de compras, y si a ella le proporciona placer el que uno vaya,
entonces uno debería ir de compras con ella"; "Existe un derecho
absoluto a la libertad de expresión"; "La democracia es el mejor
sistema de gobierno"; "Los ingresos elevados están justificados"; "El gobierno
tiene
derecho a castigar a los ciudadanos por desobediencia a la ley"...
Ahora bien, la ética
normativa se ocupa de unos y de
otros. Se ocupa de los principios o axioma (ética
normativa fundamental), y se ocupa de la crítica y
justificación de enunciados que reflejan las instituciones sociales (ética normativa institucional).
"La ética normativa es, por tanto, como estudio filosófico, una
investigación dirigida a establecer y defender como válido o verdadero
un conjunto completo y simplificado de principios éticos generales y
también algunos principios menos generales que son importantes para lo
que podríamos denominar "proporcionar el fundamento ético" de las
instituciones humanas más importantes" [230].
Por su parte, la metaética
se ocupa, fundamentalmente, de la validez de las argumentaciones que la
ética normativa usa en su función de defensa y fundamentación de los
principios que defiende; y, en segundo lugar, del significado de los
términos éticos. Por tanto, la relación entre la metaética y la ética
normativa es similar a la que se da entre la filosofía de la ciencia y
la ciencia positiva. A ella le corresponde formular con precisión el
método correcto para justificar los enunciados y opiniones normativos,
o sea, "justificar el método de justificación"; y también del análisis
de los usos y significados de los términos, según sean enunciados
descriptivos, predictivos, explicativos, directivos, exclamativos,...
Una
caracterización como ésta puede resultar sospechosa de especulación y
esterilidad a pensadores como Sánchez Vázquez, y no sin razón. Si la
rama más práctica de la Ética, la que llama "Ética normativa", se
preocupa de la verdad de los enunciados y de los fundamentos lógicos de
esa verdad, podría pensarse que se ha disuelto en una rama de la
Filosofía del Lenguaje, y nada más. Por tanto, se ha convertido en una
reflexión especulativa. El carácter práctico se concretaría en los
"juicios morales", ahora reducidos a mera ideología. En resumen, entre
una "moral" meramente ideológica, y una "filosofía moral" meramente
especulativa, se comprende la pasión por una Ética científica,
simultáneamente alternativa y superación de la ideología y de la
metafísica. Se comprende, pero no necesariamente se comparte esa
pasión, pues caben otras alternativas: una Ética "abierta a la
Ciencia”, una Ética al mismo tiempo normativa y "abierta a lo
sensible".
Porque
"... es propio del hombre instruido buscar la exactitud en cada género
de conocimientos en la medida en que la admite la naturaleza del
asunto..." [231].
La cita aristotélica marca toda una actitud: la ética normativa tiene
una estructura lógica y una metodología diferente de la ciencia
empírica, sin que ello conlleve su esterilidad especulativa.
12.2.
La fundamentación científica de la Ética .
“Hemos
visto que las oraciones que sólo expresan juicios morales no dicen
nada... Son inverificables, por la misma razón que es inverificable un
grito de dolor o una palabra de mando, porque so expresan auténticas
proposiciones.” (A. J. Ayer, Lenguaje, verdad
y lógica)
La
Ética, como filosofía práctica, tiene una doble tarea, ambas
irrenunciables, y tal vez ambas interminables: la de fundamentarse a sí
misma y la de dirigir la práctica. Esta es la fundamental, sin duda
alguna; pero en la medida en que su influencia práctica es mediata,
la primera se convierte en principal, pues de su éxito depende en gran
medida su persuasión, su influencia en la voluntad. Por tanto, parece
una inevitable tarea de la filosofía moral la de justificar o
fundamentar la verdad o validez de los enunciados. Para ello, unas
veces se ha recurrido al temor y la coacción, otras a la retórica y la
persuasión, unas veces se ha valido de la espada, otras de la fe; aquí
de la ignorancia, allá de exaltación mística. Entre las muchas y
diversas formas de autolegitimación, la Ética siempre ha oscilado entre
las dos filosóficamente más dignas: la ciencia
y la autoridad. Veamos ambas por
separado.
Acabamos
de sostener que la Ética no debe aspirar a ser científica, pero ello no
implica la renuncia a ser conocimiento, a ser verdadero saber,
pues la razón no se agota en la racionalidad moderna. Esta posición, no
obstante, no debe servir para elogiar salidas irracionalistas: una cosa
es renunciar a la racionalidad de la ciencia positiva y otra muy
diferente renunciar a la racionalidad. Por tanto, la Ética debe estar
abierta a las ciencias positivas y a su racionalidad: debe tener respeto a la Ciencia.
Es obvio que un conjunto de
enunciados éticos consistentes y generales,
con ser dos características necesarias, no se consideran
automáticamente válidos o justificados. Y es fácil creer que pasa aquí
como en las ciencias: además de la consistencia se necesita la
verificación empírica. En suma, la justificación de los enunciados
éticos requeriría, además de la consistencia y la generalidad, la
conformidad con la observación y con los contenidos de las ciencias
empíricas [232].
Una
ética racionalista o teológica rechazaría esta condición; pero resulta
evidente la necesidad de este criterio para la mayor parte de la
filosofía moral contemporánea, de talante empirista. Lo problemático es
establecer en qué sentido son relevantes y si constituyen una prueba
definitiva de la validez de los enunciados éticos, especialmente dada
la hipersensibilidad ante el riesgo de caer en la "falacia
naturalista". Se trata, por tanto, de establecer la utilidad de la
ciencia para la Ética.
Hay que aceptar el límite
impuesto por la "falacia naturalista", a saber, que es formalmente
imposible
inferir racionalmente un enunciado ético únicamente desde observaciones
o experiencias empíricas (o desde enunciados de las ciencias empíricas
inferidos desde las observaciones). No es lógicamente posible deducir
ni inducir, desde enunciados que no contengan términos éticos, un
juicio ético, del "es" el "debe". ¿Quiere esto decir que los enunciados
éticos no son justificables en modo alguno? No, lo único que quiere
decir es que no son justificables de la misma manera que los de las
ciencias, es decir, con fidelidad a los principios de la lógica formal
y con la exigencia de empiricidad; es decir, no son justificables naturalistamente. Pero hay otras
alternativas, que no pueden ser rechazadas o ignoradas.
El
tema de fondo parece ser el siguiente: con los instrumentos de
fundamentación científica usuales sólo puede aspirarse a justificar los
enunciados descriptivos de hechos empíricos; por tanto, parece
concluirse, o los enunciados éticos son descriptivos o no son
justificables "científicamente". En consecuencia, los esfuerzos parecen
ir dirigidos a defender el carácter descriptivo, empírico, de la Ética
en su ser profundo, oculto bajo el ropaje lingüístico de la
normatividad. Con este presupuesto asumido, la tarea es meramente
técnica: buscar fórmulas que permitan traducir los enunciados
normativos a otros equivalentes y descriptivos. Si se consigue, la
Ética salva su legitimidad; si no, tendría que asumir su carácter no
científico y buscar formas de fundamentación metafísicas no
"homologadas".
Claro
que, puesto el problema con tal dramatismo, los resultados se deciden
subjetivamente, por la actitud del autor: en cuestiones de fundamento
cada uno encuentra, casi siempre, lo que realmente busca. Aunque a
veces el éxito es pírrico, pues conlleva la trivialización del
contenido y la función de la Ética, con lo cual la victoria conduce a
la melancolía.
Por ejemplo, el emotivismo
propone una interpretación descriptivista del significado de los
enunciados éticos, de modo que decir " X es valioso" equivalga a decir
"X me produce una experiencia placentera". De esta manera "X es
valioso" puede ser tomado como premisa observacional, científica. O
sea, que la ciencia contiene en realidad muchas premisas éticas [233]. Brand llama a esta
alternativa "neonaturalismo".
¿Hay
otras formas de fundamentación? Sí, otra opción es afirmar que hay
otros modos válidos de inferencia, ni deductivos ni inductivos, que
permiten la justificación. Pero la misma parece poco persuasiva, por lo
que será vista como no legítima desde el punto de vista de la
racionalidad, la cual está definida sobre el patrón de la ciencia.
Cabría
aún una tercera vía, que rechaza las dos anteriores. Consistiría en
negar que los enunciados informativos fácticos puedan ser éticos
(especificidad de lo ético) y, al mismo tiempo, negar cualquier tercer
modo de inferencia. Y, por supuesto, no admitiría la posibilidad de
inferir proposiciones éticas de las no éticas. No obstante, sostendría
que "no existe ninguna premisa ética que, en principio, no pueda ser
valorada mediante la observación y los métodos científicos" [234]. Brand llama a esta
posición contextualismo, siendo
semejante al pragmatismo, por la
semejanza con las epistemologías de C.S. Peirce y K. Popper.
El
contextualismo ético sostiene que, supuesto un conjunto de principios
éticos "no cuestionados" (primer requisito) y un conjunto de hechos
establecidos por la ciencia (segundo requisito), se puede conseguir un
juicio ético mediante procedimiento deductivo. También sostiene que
pueden resolverse las disputas éticas dados unos principios éticos
aceptados por ambos y unos hechos establecidos por las ciencias.
Como
se ve, se trata de situar los problemas en un contexto preciso, en vez
de plantearlos en abstracto. Las objeciones que pueden hacerse serían,
principalmente, sobre el primer requisito: ¿Tienen todas las gentes
premisas no cuestionadas? Si se exige una respuesta fundamentalista, es
decir, exigiendo que sean premisas "no cuestionables" se cae en la
circularidad, porque esos "principios" cuya existencia se supone como
premisa son precisamente aquellos cuya legitimidad se discute. Pero si
se acepta una respuesta "pragmática", el razonamiento es razonable.
Porque desde el punto de vista pragmático se puede aceptar que todos
los hombres tienen principios "no cuestionados". Más aún, puede
considerarse una exigencia racional para poder explicar tanto el
surgimiento de los debates éticos -cosa fáctica indudable- como la
posibilidad de su solución. Porque si los hombres no tuvieran
"principios no cuestionados" no surgirían problemas éticos: éstos
surgen al ser cuestionado un principio, un valor, una norma. Por otro
lado, surgida una disputa, no habría esperanza de solución racional sin
la existencia de principios no cuestionados comunes.
Por
otro lado, tenemos la evidencia empírica de que existen principios
bastante generalmente admitidos por la humanidad: no causar dolor a las
criaturas, cumplir las promesas, no mentir, fomentar la felicidad,
tratar a los demás como queremos que nos traten. A las exigencias
racionales, pues, se suman estas evidencias empíricas, constituyendo
una base fuertemente razonable para aceptar la tesis.
Por
tanto, el "contextualista" puede concluir que: a). En toda situación
problemática el individuo cuenta con premisas éticas no cuestionadas,
pues son las que hacen posible el problema y su solución; b). Estas
premisas éticas, unidas a la experiencia o la ciencia, sirven de apoyo
lógico a principios éticos apropiados para ser utilizados como guías de
solución del problema; c). Las premisas no cuestionadas en un contexto
pueden serlo en otro: ninguna es infalible, aunque tal vez existan
algunas nunca cuestionadas de hecho; d). Las disputas pueden ser
solventadas racionalmente mediante el uso de premisas comunes, o
mediante premisas distintas que junto a los enunciados científicos
lleven al mismo resultado.
La
propuesta contextualista es persuasiva, porque de hecho se recurre con
frecuencia a la ciencia para decidir problemas éticos: por ejemplo, si
queremos cumplir con nuestro deber de procurar que nuestros hijos
crezcan sin frustraciones, parece razonable acudir a las ciencias....
Por eso hemos insistido antes en la necesidad de una Ética "abierta a
la Ciencia". Ahora bien, este uso
frecuente no es una
legitimación en sí mismo. Es correcto, por tanto, exigir al
contextualismo un método general de validación, que sea en sí mismo
suficiente.
Partir
de premisas "no cuestionadas", que no es lo mismo que "conocidas" ni
que "absolutamente válidas", conlleva problemas lógicos: la conclusión
tal vez será absolutamente coherente, pero no necesariamente verdadera.
Para que fueran verdaderas se requeriría que las premisas "no
cuestionadas" fueran, además, ciertas. Pero ¿cómo garantizar esa
certeza? ¿Desde otra instancia de deducción? El proceso será infinito,
posiblemente, pues reintroducimos el problema de una fundamentación no
contextualista.
El
contextualismo libera a la Ética de esta tarea de Sísifo asumiendo la
suficiencia fundamentadora de las premisas "no cuestionadas". Es cierto
que a nivel teórico la sospecha puede ser eternamente reasumida. Pero
no lo es menos que, a nivel práctico, la duda total es ficticia;
incluso la de Descartes, la más metódica -y, en consecuencia, la más
noble de las dudas- lo fue. Por tanto, condenarnos metodológicamente a
dudar de toda instancia, dice el contextualista, es poco razonable.
Nunca quedaremos satisfechos si una teoría ética no consigue justificar
lo que de todos modos no ponemos en duda: ¿no demuestra esto la
imposibilidad de la duda absoluta? La imposibilidad práctica sí, sin
duda alguna, como ya mostrara Hume al describir cómo la naturaleza
sustituía a la razón, ante la debilidad de ésta para fundamentar la
creencia.
No
obstante, las creencias, por muy fuertes que sean, no son evidencias. Y
si es real la insatisfacción humana ante la impotencia de la razón para
fundar una teoría ética que la naturaleza nos fuerza a creer, no es
menos real la insatisfacción al creer en una teoría ética para la que
no encontramos fundamentos racionales. El hombre, por tanto, parece
moverse entre dos insatisfacciones. O tal vez no sea el hombre como
tal, sino el filósofo. Pues es cierto que se trata de dos
insatisfacciones igualmente exigentes e insistentes en la conciencia de
ciertas personas; pero no lo es menos que ambas exigencias son también
igualmente vulnerables y superables en otros hombres. Porque es obvio
que puede creerse con conciencia satisfecha, con ingenuidad y candor; y
puede asumirse la sospecha radical, la total indiferencia hacia los
contenidos y deberes éticos.
Podría
preguntarse por qué suele exigirse más a la moral que a la física. Al
físico no se le exige ponerlo todo en cuestión, ni una prueba
apodíctica de sus evidencias empíricas. Parece como si se limitase a
adoptar provisionalmente premisas no cuestionadas, sin negar que un día
sean revisables. Pero tal respuesta es desafortunada, pues las premisas
no cuestionadas del científico proceden de experiencias, y puede
hacerse de ellas una reconstrucción lógica; no así con las premisas
éticas
Brandt
señala la conveniencia de huir de dos tendencias atractivas y opuestas:
creer que todo problema moral se resuelve echando mano de la ciencia, y
creer que los resultados científicos no implican ni permiten deducir
proposiciones éticas. Pues de aquí fácilmente se infiere que la Ética
no puede ser científicamente fundamentada, ya que la ciencia trata de hechos y la Ética de valores.
12.3.
La Ética y el fundamento de autoridad .
“...todos
los hombres conocen la verdad hasta cierto punto, al menos por lo que
respecta a los principios comunes de la ley natural (ley moral)...
Luego la ley natural es común a todas las naciones.” (Santo Tomás, Summa Theologica).
El "respeto a la ciencia"
de la Ética se completa con el respeto a la
autoridad,
que es otra forma frecuente de justificación de los juicios éticos.
Consiste en recurrir a la "autoridad" de una tradición, sea ésta la
opinión pública, una institución, un líder o unos textos filosóficos o
religiosos, etc. Hemos de preguntarnos, por tanto, si tal justificación
es una prueba sólida de la validez de los juicios morales, y en qué
límites y situaciones.
Hay
tres actitudes tópicas ante la autoridad. La primera considera que
"suele ser" correcta en la mayoría de los casos, por lo que es deseable
recurrir a ella cuando sea necesario; la segunda, la considera
infalible y, por tanto, indispensable, en caso de conflicto; la
tercera, por último, considera que sólo ella es infalible y suficiente.
Las tres en conjunto constituyen lo que Brand llama una
teoría autoritaria de la
justificación. No obstante, en el primer caso hay un uso débil, en el segundo fuerte
y en el tercero dogmático.
Estas
tres actitudes pueden darse tanto ante una "autoridad laica" como ante
una "autoridad religiosa". Por tanto, deben valorarse de forma
diferenciada. No obstante, debemos advertir que hay formas de
"obediencia religiosa" de una autoridad laica; y, a la inversa, formas
de "obediencia laica" a fuentes de autoridad religiosa.
La teoría autoritaria laica y débil
de la justificación no presenta grandes problemas, pues es generalmente
aceptada la conveniencia de recurrir a los juicios ético comúnmente
aceptados. Es decir, se reconoce que la opinión pública, las
convicciones morales aceptadas del grupo al que uno pertenece, es
siempre un hecho de importancia relevante a tener en cuenta para
decidir con corrección. Es prudente, como las "reglas" para el
utilitarista, recurrir a la experiencia acumulada, histórica, como lo
era recurrir a la observación y a la ciencia.
En
esta línea, con sus matices, entrarían Hegel, Bradley o Burke, quienes
vienen a defender una "razón inconsciente", una razón astuta, que rige
el desarrollo de las instituciones y que garantiza que el statu quo
suele constituir, en cada momento, la forma de organización social
éticamente más defendible. No niegan que unos valores o deberes éticos
puedan entrar en conflicto con una época, pero tal cosa expresaría que
han devenido anacrónicos y anunciaría su fase de abandono o extinción.
La teoría autoritaria laica y fuerte,
que considera que es imprescindible conocer la opinión pública como
requisito de conocer la verdad en ética, es menos verosímil y más
problemática. ¿Por qué la opinión pública no habría de ser en alguna
ocasión errónea? A no ser que adoptemos una defensa pragmática: " x es
válido si, y sólo si, la opinión pública lo considera válido porque
"ser válido" significa únicamente que la opinión pública está a favor
de x". Aunque E. Durkheim se haya atrevido a sostener tal tesis, lo
cierto es que no deja de ser extravagante.
Nótese
que el problema no reside en reconocer la importancia de la autoridad
laica como apoyo o recurso de evaluación y decisión; tal cosa es
razonable y obvia. Lo cuestionable es afirmar la infalibilidad de tal
instancia. Y si se pasa a la teoría laica
y dogmática,
para lo cual sólo hay que añadir la necesidad absoluta de recurrir a
ella y sólo a ella, de la extravagancia se pasa a la impostura.
Efectivamente, si además de la infalibilidad se afirma la
imprescindibilidad de la misma, erigiéndola en única fuente de
fundamentación, de la verosimilitud y razonabilidad hemos pasado al
entusiasmo arbitrario y despótico.
Las
cosas son sensiblemente distintas en la versión religiosa de la teoría.
En ella, la actitud débil no es peculiar, ya que puede identificarse
con la homóloga de la versión laica. Efectivamente, es un hecho, y en
cierta manera razonable, que con frecuencia se recurre a postulados
religioso para fundamentar la ética. Y es innegable que los líderes
religiosos, Mahoma o Jesús, han hecho aportaciones sustantivas a las
tradiciones éticas de la humanidad, de modo que están presentes en la
conciencia pública.
En
cambio la actitud fuerte, y la dogmática, que en la versión laica eran
poco relevantes, aquí toman toda su fuerza. Con mucha frecuencia se
afirma que el conocimiento ético depende de nuestra familiaridad con
las doctrinas religiosas o teológicas. Ello es así porque se considera,
en primer lugar, que no es posible saber si un juicio ético es
verdadero a menos que se conozca alguna proposición teológica, en
especial la voluntad de Dios, o su naturaleza; y, en segundo lugar, que
es posible conocer las proposiciones teológicas relevantes para la
ética no mediante reflexión ordinaria, sino mediante la revelación (o
sea, a través de alguna persona competente en el asunto).
Aunque
la tesis segunda es importante, pues para tomar las proposiciones
teológicas como fundamento de la verdad de las proposiciones éticas
debe ser evidente la verdad de las primeras, nos interesa más la tesis
primera. A simple vista la misma ofrece dos creencias unidas. Por un
lado, se admite que hay enunciados éticos cuya justificación requiere
indispensablemente conocimientos teológicos. Parece obvio que sostener
"se debe descansar el domingo" requiere conocer que Dios existe, que
tiene tal deseo, que nos ha creado, que le debemos por tanto
obediencia. Pero esto quiere decir solamente que aquellos enunciados
éticos referentes a nuestros deberes para con Dios exigen tales
conocimientos teológicos. Pero los demás enunciados de la ética ¿por
qué? Es decir, tal supuesto afectaría a la "Ética religiosa", pero no a
las "Éticas laicas".
Por
otro lado, admitir la necesidad de tales conocimientos teológicos no
implica la posibilidad de deducir desde los mismos los enunciados
morales. Hay quienes han sostenido que no es posible explicar la
existencia de hechos éticos a menos que exista una mente divina que los
sostiene: "La moralidad en cuento tal presupone esencialmente la
existencia de Dios... Deseamos afirmar que los valores morales poseen
únicamente la realidad última que justifica la gravedad del orden
moral, de su majestuosa obligación, si están enraizados últimamente e
incorporados en la Persona Absoluta de Dios... Esto no significa, sin
embargo, que debamos poseer conocimiento de la existencia de Dios, ya
mediante la revelación o mediante la demostración racional (para los
fines de la ética)" [235]
Hay
que reconocer que, entre los mismos teólogos cristianos, la posición
dominante ha sido la que sostiene la posibilidad del conocimiento de
los juicios éticos sin necesidad de conocimientos teológicos. De esta
manera se hacía posible aquella idea de Bayle [236]
de una república de ateos morales. Suelen basarse en la célebre cita de
San Pablo: "Cuando los gentiles que no poseen la ley hacen por
naturaleza lo que la ley requiere, son ley para sí mismos, aun cuando
no posean la ley. Mientras tanto, lo que la ley requiere está escrito
en sus corazones". O sea, mientras su comportamiento es de acuerdo con
la ley, aunque sin conciencia de la misma, por dictado de su corazón,
su comportamiento es moral.
Otros
afirman la "autoevidencia racional" de los principios éticos básicos.
El propio Tomás de Aquino decía: "Los preceptos de la ley de la
naturaleza (ley moral) se relacionan con la razón práctica (razón
moral) como los primeros principios de la demostración con la razón
especulativa, ya que ambos son principios autoevidentes...Ya que, al
igual que la razón en las cuestiones especulativas procede
reductivamente a partir de algunos principios autoevidentes, el hábito
de lo cual se denomina entendimiento, así también debe la razón
práctica hacer sus deducciones a partir de algunos principios
autoevidentes (por ejemplo, que no se debe obrar el mal, que los
preceptos de Dios deben ser obedecidos...". Y más adelante: "Nadie
puede conocer la ley eterna tal como es en sí mismas, excepto Dios y
los bienaventurados que contemplan a Dios en su esencia. Pero toda
criatura racional la conoce conforme a alguna reflexión, mayor o menor.
Porque todo conocimiento de la verdad es un tipo de reflexión y
participación en la ley eterna...Ahora bien, todos los hombres conocen
la verdad hasta cierto punto, al menos por lo que respecta a los
principios comunes de la ley natural (ley moral)... Luego la ley
natural es común a todas las naciones" [237].
Es
decir, el pensamiento filosófico y teológico de línea cristiana ha
tendido a defender la posibilidad de una ética sin mediación de la
teología. No obstante, son muchos los que han defendido posiciones
radicalmente dogmáticas. Ya Ockham, y también Duns Scott, defendían que
las proposiciones éticas son verdaderas únicamente a causa de un acto
divino arbitrario, por lo cual no es posible conocer su verdad sin
conocer el sentido del acto divino.
Más
recientemente otros afirman que, dado que Dios nos ha creado, tiene
derecho absoluto sobre nosotros, y derecho a nuestra obediencia.
Debemos ser y actuar como desea. Las cosas son correctas porque Dios
las ordena [238].
Otros insisten en que siendo Dios creador de la ley moral, y no sólo su
guardián, el único bien es la obediencia a sus mandatos. El bien
consiste en hacer siempre lo que Dios quiere en cada momento
particular, sin que haya una ley de obediencia que Dios debiera
respetar o querer [239].
Esta
teoría autoritaria religiosa y dogmática es susceptible de críticas de
complicada respuesta. En primer lugar, los escépticos y ateos, que no
pueden conocer los principios y valores teológicos, tampoco podrían
conocer los éticos, como la amabilidad, la honestidad, la
generosidad..., cosa poco razonable. Además, en rigor sólo los
teólogos, y no todos, pues son los únicos que presumiblemente conocen
la teología, podrían conocer los valores éticos.
Otro
problema surgiría en torno a la circularidad del razonamiento. Si hay
algunas pruebas de la existencia de Dios basadas en la moralidad, en
supuestos juicios éticos "evidentes", y dichas pruebas son base de los
principios teológicos que fundamentan la moralidad, no se escapa al
círculo vicioso. Más aún, podría también argumentarse en contra que tal
tesis es estéril si no se demuestra racionalmente que las proposiciones
teológicas, primero, son en sí conocidas, segundo, desde ellas se
pueden demostrar las éticas. Porque, en rigor, las mismas dificultades
parece haber para demostrar la evidencia de los juicios éticos que la
de los juicios teológicos.
Por
último, aun aceptando la posibilidad de fundamentación teológica de la
Ética, se habría de demostrar también que no es posible ninguna otra
demostración; y hasta el presente nadie ha demostrado la imposibilidad
absoluta de una justificación no teológica de la ética. Decir que sin
la teología todo es relativismo, no es demostrarlo; y mucho menos es
demostración de la maldad del relativismo.
De
todas formas, los teólogos tienen una tarea más urgente y fundamental
que la de demostrar que no es posible una fundamentación no teológica
de la Ética, a saber, la de demostrar que es posible una fundamentación
teológica de la misma. ¿Pueden las premisas teológicas demostrar los
principios éticos? [240].
Parece
claro que sirven para demostrar las proposiciones éticas referentes a
Dios, es decir, acerca de los deberes religiosos; no está tan claro que
sean ellas mismas suficientes para, por sí sola, y con el mero uso de
reglas lógicas, poder derivar las proposiciones éticas. Por ejemplo,
que "Debemos ser agradecidos con Dios", se demuestra con la premisa
teológica "Dios nos ha creado, nos ha concedido cosas de valor", unida
a "Debemos ser agradecidos con nuestros benefactores". Pero esta
premisa no es teológica, sino que es ética. O sea, como ocurría con la
ciencia, las proposiciones éticas no pueden deducirse de proposiciones
teológicas solamente, sino de la unión de teológicas y éticas.
Veamos
otros ejemplos de Brand. Sean las dos premisas (P1): "Dios desaprueba
el matrimonio de los divorciados" y (P2): "Todo lo que Dios desaprueba
es incorrecto", y la conclusión (C): "Es incorrecto que se casen
divorciados". La (P2) es una premisa ética. Sin ella no parece ser
posible un razonamiento válido que condujera a un juicio ético. A no
ser que recurriéramos a alguna de las siguientes opciones: a). La opción contextualista, que no gusta a los
teólogos y que es susceptible de las críticas conclusivas ya señaladas
en el caso de la ciencia; b). La opción
naturalista que
traduce "x es incorrecto" por "Dios lo desaprueba". Tal vez debiera
llamarse teologicista o sobrenaturalista,
pues consiste en afirmar que los enunciados éticos son teológicos, y a
la inversa. Es difícil de aceptar por su parcialidad. Decir "x es
incorrecto" significaría para uno "Dios lo quiere", para otro "La ley
lo prohíbe", para un tercero "Si haces x serás castigado". Salvar el
sobrenaturalismo exigiría una definición del tipo dado por Brandt [241]:
"x es incorrecto" significa lo mismo que "x sería desaprobado por
cualquier persona que conociese todos los hechos relevantes, pudiese
discernirlos perfectamente y amase a todos los seres sintientes con
fuerza y por igual". Creemos que la misma aumenta la plausibilidad,
pero aquí lo teológico ha quedado muy menguado; y c). La opción
tercera vía,
que acepta que ni la inducción ni la deducción permiten derivar
proposiciones éticas de las teológicas, pero cree que hay terceras vías
de inferencia [242].
13.
El panorama actual de la Ética .
13.1.
Ética: virtudes y normas .
“La
experiencia moral contemporánea tiene, por tanto, un carácter
paradójico. Cada uno de nosotros está acostumbrado a verse a sí mismo
como un agente moral autónomo; pero cada uno de nosotros se somete a
modos prácticos, estéticos o burocráticos, que nos envuelven en
relaciones manipuladoras con los demás.” (A. MacIntyre, Tras
la virtud)
Si creemos en el
diagnóstico de A. Cortina [243],
sin duda bien informada del estado de la cuestión y capacitada para su
valoración, "la ética es una incomprendida y tal incomprensión la está
dejando sin quehacer, es decir, sin nada que hacer. Sencillamente,
porque nadie sabe bien a las claras qué hacer con ella" [244].
No es difícil encontrar
otros diagnósticos autorizados tanto o más desoladores. Victoria Camps [245] califica nuestra época de
"ética fragmentaria"; Muguerza [246]
habla de "época de razón sin esperanza"; Aranguren, de "época de una
razón neoilustrada, y no sólo en tanto que pura razón, fría y
desvitalizada, sino también en tanto que reduccionista, positiva y
meramente procedimental" [247].
Todo esto sería preocupante si no tuviéramos la sospecha de que la
visión pesimista de la filosofía, en cualquiera de sus ramas,
históricamente ha sido la expresión retórica de un impulso fecundo de
renovación. Cuando Bacon, Descartes, Spinoza, Hume, Mill, Nietzsche,
Wittgenstein... se decidieron a revolucionar la filosofía lo hicieron
siempre justificándose en el estado lamentable en que se encontraba y,
en muchos casos, en una crisis espiritual, en un momento iniciático, de
inspiración cuasi divina, como la de Sócrates. Son como dos figuras
retóricas constantes en los grandes pensadores, bien ajustadas a la
misión sobrehumana -divina, dijeron muchos- de la filosofía. Para negar
lo existente, para redimirlo o revolucionarlo, hay que creerlo
degenerado y, casi siempre, creerse con poder de regenerarlo. El propio
Stephen E. Toulmin, cuya obra El puesto de la
razón en la Ética [248]
se instala de pleno en ese fecundo y problemático momento de la Ética
dominado por la metodología y la analítica del lenguaje, se permitía el
lujo de añorar que Bacon no hubiera desarrollado más su breve estudio
sobre Acerca de los Colores del Bien y del Mal,
convencido de que, al no haberlo hecho, al no haber clarificado el
razonamiento moral como clarificó el inductivo, la Ética se condenó a
un retraso lamentable: "En este libro he comenzado el examen en el
punto en que Bacon lo dejó.... Los avances recientes en la comprensión
de estos temas no han sido expuestos en forma coherente y no hay
ninguno al que pueda remitir a los lectores" [249]
.
Si
nuestra sospecha es fundada, esos diagnósticos pesimistas deben
interpretarse como meros síntomas de que lo peor ya pasó, de que
estamos ante una nueva fuerza regeneracionista. La simple actitud de
menosprecio o condena de las prácticas de la Ética en las últimas
décadas significan, aunque sea sólo a nivel "ilocucionario", una toma
de posición ética fuerte y, por tanto, una actitud de esperanza para el
futuro próximo de la Ética. La misma A. Cortina, tras ese diagnóstico
pesimista, ofrece su propia alternativa, sugerente y fecunda,
suficiente para reestablecer un saludable optimismo moderado. Su oferta
de una Ética como filosofía moral, de fuerte contenido filosófico, que
reconociendo los aspectos positivos del análisis aspire al contenido,
que sin despreciar la atención a las normas recupere el interés por las
virtudes... no es la oferta del pesimismo, sino, como dice Aranguren
parafraseando en el "Prólogo", de la esperanza.
Está
apareciendo, pues, la conciencia de que el dominio de la "tradición
anglosajona" se resquebraja; es decir, la conciencia de que son
posibles otras salidas en Ética. Y las mismas se desean con tanto
entusiasmo que vale la pena prevenir contra la vehemencia y el
apasionamiento, que nunca es fecundo para la filosofía ni saludable
para la ética. No podemos evitar la impresión de que el regreso a la
"cosa" (a los bienes, a las virtudes, a los valores), liberados por fin
del rigorismo del método y del lenguaje, fácilmente puede convertirse
en el regreso a cualquier "cosa",
incluso a aquellas
de las que los filósofos huyeron, refugiándose en la epistemología y en
el lenguaje. Tememos que, ante el júbilo de la liberación, todo sea
aceptable, si es negación. Sería lamentable decretar también aquí el
"Si Dios (el análisis del lenguaje) ha muerto, todo está permitido".
Convendría
hacer un esfuerzo por pensar las cosas, el momento presente de la
Ética, en positivo, y no caer en la tentación de reconstruir
imaginariamente la verdad, la belleza, el placer o el bien como simples
negaciones del error, la fealdad, el dolor o el mal. La tentación
metafísica de sustantivar la ausencia, de cosificar la nada, es un
riesgo que lamentablemente debemos correr, pero no una opción a la que
debamos ceder. En matemáticas funciona la prueba por reducción al
absurdo: son los privilegios de servir únicamente al principio
de no contradicción; pero en el dominio de la existencia y de
la práctica se necesita, además, como viera lúcidamente Leibniz, el principio de razón suficiente. Hay, pues,
que servir a dos amos: la regla de oro de la filosofía ha de ser la
conciliación.
Estamos
aludiendo a una tendencia que apreciamos en el panorama de la Ética de
los últimos años. Junto a la persistencia de los diagnósticos
pesimistas -que interpretamos esperanzadoramente por las razones
dichas- han comenzado a aparecer valoraciones prometedoras, que recogen
el fruto. Las mismas se basan en una apreciación común: el apogeo del emotivismo y del despotismo de la filosofía del lenguaje moral
amaina. En el fondo, hizo crisis hace una década. Y aquí coinciden
tanto A. Cortina como Aranguren como MacIntyre. A. Cortina dice que
"Contemplar el panorama ético de nuestros días produce en principio, a
mi juicio, una cierta sensación de alivio. La ética analítica del
lenguaje ha dejado de hacer furor. Los éticos -también llamados
"filósofos morales"- ya no se empeñan tenazmente en reducir su tarea a
descubrir lo que hace la gente cuando utiliza ese lenguaje al que
denominamos moral: si con él intentamos aconsejar, prescribir la
conducta, expresar sentimientos o persuadir" [250].
Se comparte, pues, la apreciación de que aquella famosa tesis de R.M.
Hare, según la cual "La ética es el estudio lógico del lenguaje moral" [251]
ha dejado de protagonizar la práctica de la Ética. Y se vive esa
pérdida de hegemonía con contento, e incluso con euforia. Nos
atreveríamos a decir que, en algunos casos, como liberación. Con lo
cual se caen en tentaciones poco propicias. Unas veces, como hace
MacIntyre, entregándose a la añoranza, vendrá a decir que llevamos,
desde el XVIII, tres siglos de ilusión ética, de despropósitos y
absurdos, de empeños imposible y contradictorios, de fracaso, de
esterilidad..., por lo cual el fin de esa larga época es una vuelta al
origen de donde no debimos apartarnos.
La
tesis de MacIntyre, tanto por el autor, que ocupa un lugar de honor en
los estudios éticos, como por su contenido, a la vez audaz, original y
apasionante ("emotivo" diríamos, a pesar de su radical rechazo del
"emotivismo"), ha sido capaz de catalizar la negación y de generar una
esperanza. Su libro Tras la virtud [252]
bien pudiera significar el fin de una etapa, tal como él pretende.
Pero, si es así, no es tanto por su "verdad" al decretar "a posteriori"
el hundimiento objetivo de una corriente Ética, cuanto por su "fuerza"
práctica, su capacidad positiva para generar nuevas reflexiones, para
atraer hacia renovadas perspectivas la reflexión filosófica sobre lo
ético. Ahora bien, esta posibilidad fecunda y esperanzadora la vemos
ligada indisolublemente a que el pensamiento ético no caiga en la
tentación de la mera negatividad y aspire a ser práctico con la misma
audacia que la mostrada en el plano hermenéutico. Y es en este punto
donde surgen nuestras apreciaciones críticas respecto a MacIntyre.
Nos
apresuramos a confesar la más sincera admiración por el ingenio y la
potencia especulativa de MacIntyre en esta obra, así como nuestro
reconocimiento a su esforzada Historia de la
Ética [253],
que a pesar de sus lagunas sigue siendo más válida que otras más
recientes y del mismo género. Más aún, no queremos ocultar, a pesar de
nuestras discrepancias con los fundamentos filosóficos
de su reflexión, una sensible afinidad con su "historicismo"
metodológico. Su historicismo nos parece útil y fecundo. E incluso
-¿por qué no decirlo?- apreciamos fuertemente el entusiasmo contagioso
de su tesis, gozando con la perspectiva que nos abre. Pero, no
obstante, la pasión no es sólo peligrosa para la "moral", sino para la
"Ética"; no sólo para la "vida, sino para la "filosofía". Y MacIntyre
se ha dejado llevar por un entusiasmo que, si bien refrescante y
contagioso, a nuestro entender le ha impedido en este trabajo la
prudencia y la coherencia necesarias y a las que nos tiene
acostumbrados.
Estamos
ante la liberación de un despotismo: el de la analítica, el del
emotivismo. Pero su hueco no puede ser legítimamente cubierto por
cualquier alternativa. La salida del mismo no justifica por sí misma la
necesidad de desembarcar en el neoaristotelismo; como rechazar la
angustia de la "ética del deber" no justifica, como quieren algunos,
cualquier postulación, por infundada que sea, de una "ética de
virtudes"; como abandonar la ética de la satisfacción no fundamenta
cualquier ética de la perfección. Y ello porque la racionalidad, para
la filosofía, es un camino sin retorno, porque todo regreso es una
sinrazón, porque el reto es el presente. Tal vez la filosofía, a
diferencia de las ciencias, no conquiste nunca ningún conocimiento
sólido y estable; tal vez esté condenada a la provisionalidad
permanente; no obstante, aunque su camino no conduzca a ningún lugar,
no le está permitido el eterno retorno, los viajes de ida y vuelta.
Nada
tenemos que objetar a la reivindicación de un regreso a la Ética de
virtudes; pero creemos que debe hacerse con la conciencia histórica del
problema. El concepto que da sentido a la Ética es el de "bien". El
bien como cualidad de la vida humana, de la naturaleza humana, de la
conducta humana, de su voluntad o sus acciones, ha sido el centro de la
reflexión ética a lo largo de los siglos, antes de ser desplazado por
el "lenguaje moral". Esas opiniones sobre el carácter y conducta de los
hombres se han pensado de diversa manera a lo largo de la historia. Los
griegos, especialmente Aristóteles, las pensaron en términos de virtudes.
La justicia, la prudencia, el valor, la magnanimidad, la frugalidad...
eran pensadas por Aristóteles como cualidades del hombre, de su
carácter, manifestándose en inclinaciones a obrar bien. Hasta cierto
punto lo bueno se definía como aquello que elegía o hacía el hombre
virtuoso. Era difícil definir el bien sin referencia al hombre
virtuoso. Este servía de modelo y de canon. Era el hombre que actuaba
siempre como se esperaba, ejemplarmente. De ahí que el bien fuera
siempre referido a funciones: el buen guerrero, el buen padre, el buen
gobernante. Eran estos hombres los que establecían el modelo de
moralidad.
Obviamente, en la Ética
griega también había deberes. Pero, en rigor, el deber era un sustituto
de la virtud. El aristós
no obraba moralmente por deber, sino porque esa manera de obrar era
espontáneamente conforme a sus disposiciones, a su carácter. No era aristós porque cumplía con su deber, sino
que cumplía con su deber, con lo que se esperaba de él, de su concepto,
porque era aristós.
El deber se exigía a quienes aún no habían alcanzado la virtud, pero no
a quienes la poseían: éstos, porque en su naturaleza estaba fijada la
virtud como disposición a obrar del modo apropiado al concepto de la
misma, espontáneamente actuaban éticamente; más aún, su conducta era el
canon de la moralidad.
Esta
Ética de las virtudes expresa una concepción de la naturaleza humana
optimista, que pensaba al hombre naturalmente dotado para poder llegar
a realizar su fin, su perfección. La virtud no es lo extraordinario,
sino lo naturalmente humano: es el horizonte del hombre que cumple su
fin, que realiza sus potencialidades, que despliega la esencia de su
especie. Responde a una antropología confiada, a una idea de cosmos ordenado, suficiente, perfecto,
del cual forma parte el individuo sin desgarros, sin carencias
fundamentales.
El
estoicismo sigue esta línea, pero en su fase romana comienza a teñirse
de la moral del deber. No es extraño que en una cultura tan sensible al
derecho, es decir, a las reglas, la moral de las virtudes abriera un
hueco a la moral del deber. Los griegos recurren a los "legisladores"
en los casos de crisis, y siempre en la perspectiva de que recopilen y
sistematicen los usos y costumbres: las leyes son la forma de dar
fuerza y eficacia a los hábitos, es decir, la forma de mantener vivas y
activas las virtudes. Los romanos, en cambio, dada su estructura
imperial y la necesidad de implantar una cultura uniformadora, han de
recurrir a la ley: ésta, que expresa la razón, parece lo único que
pueden tener en común pueblos tan diferentes. Y si es lo único que pueden, sería lo único que deben
tener. Habrá una ley natural, un derecho natural, una moral natural,
que se piensa como norma a respetar para que sea posible la vida
humana.
El
cristianismo que nació en ese ambiente cultural, reflejó desde sus
orígenes la ambigüedad. El cristianismo, si bien contiene una Ética de
virtudes, e incluso añadió la "caridad", que no entraba en el catálogo
aristotélico, en el fondo respondía a otra forma de pensar la moral: en
forma de reglas. Ya los
"Mandamientos" expresan el
carácter jurídico de la moralidad: no matar, no jurar, no robar... El
Dios cristiano es el Gran Legislador. La Iglesia interpreta, conserva y
aplica la Ley divina. Toda la tradición iusnaturalista se alinea en
esta concepción de la moral. Los mismos ilustrados, que no sólo
asumieron en forma laica las virtudes cristianas, haciendo de la
"caridad" la "beneficencia" y
de la piedad
la "benevolencia", sino que rescataron la idea clásica de la Ética,
insistiendo, como es el caso de Hume, en una idea de la moral como
cualidades de la mente humana, como hábitos, como elementos del
carácter, etc...; los ilustrados, decimos, ya ven la Ética fuertemente
desplazada hacia el deber [254].
En
contra de lo que sostiene MacIntyre, los ilustrados supusieron en
general un esfuerzo por recuperar una Ética cívica, de integración del
individuo en la comunidad. De ahí la importancia que Condillac,
Helvétius, Diderot, Hume o Smith otorgan a las costumbres y los hábitos
en la génesis de la moral. Incluso Voltaire [255]
y Kant
[256] , tal vez los ilustrados más inclinados a
una Ética del deber, ilustran esta tesis.
La
distinción entre una Ética desplazada a las virtudes y otra desplazada
a los deberes es muy importante, aunque aparentemente no siempre se
aprecie debido a que toda virtud puede ser formulada en un juicio de
valor y en un juicio de obligación. Efectivamente, la virtud de la
templanza puede formularse en un juicio moral de obligación: "no
desearás la mujer de tu prójimo". Pero, en rigor, se trata de dos
formas de pensar la moral que responden a supuestos filosóficos e
ideales prácticos muy diferentes. La ética de virtudes cuida más la
excelencia personal; la de deberes, la conducta social. La ética de
virtudes es fundamentalmente positiva; la de deberes, negativa. Una
busca la perfección positiva del hombre; la otra, controlar su
desvarío. En fin, una expresa un orden de vida integrado; la otra, un
orden social escindido. La primera inspira y funda el derecho, que es
débil; la segunda es esencialmente jurídica.
Volviendo
a la propuesta de MacIntyre, hemos de confesar que no nos parece ni
siquiera coherente con el historicismo que el mismo MacIntyre profesa y
del que se enorgullece [257].
Como él dice, no existe "la moral", sino "la moral ateniense", "la
moral ilustrada", es decir, siempre situadas en un orden social e
histórico. Pero, por eso, precisamente por eso, nuestra tarea debe ser
esforzarnos en determinar la moral posible en el nuevo orden social que
se abre ante nosotros.
Su
esquema interpretativo consiste en una visión histórica centrada en la
Ilustración, como momento de fractura, que establece un antes y un
después que no se reconocen entre sí. El "antes" lo constituye la moral
clásica, que se extiende por los griegos, los romanos, los medievales y
las iglesias cristianas, todo ello reducido a unidad. El "después", la
loca carrera, producto de un error o perversión, hacia el emotivismo,
que incluye la moral ilustrada, las escuelas escocesas del "moral
sense", las corrientes utilitaristas y liberales, los intuicionismos y
existencialismos contemporáneos, las distintas corrientes analíticas...
Un "antes" y un "después" excesivamente complejos para ser
esquematizados por un sólo rasgo [258] .
De todas formas, comprendemos que el análisis histórico a veces
requiere estas simplificaciones.
Nuestras
discrepancias nacen de su concepción del momento de la ruptura; es
decir, de su idea de la moral ilustrada. Una discrepancia que no es
hermenéutica, sino que se funda en la ignorancia que MacIntyre muestra
de los textos ilustrados [259].
Porque sólo simplificaciones debidas a la ignorancia -y no los enfoques
metodológicos- permiten ver en la Ilustración el origen de un proceso
de reflexión moral que conduzca inevitablemente al emotivismo.
Da
la impresión que MacIntyre ha montado una interpretación que le permita
legitimar una llamada de retorno al aristotelismo; y como la
historiografía filosófica ha establecido que la modernidad surge de la
ruptura con el aristotelismo, ha puesto la Ilustración como principio
del mal. Y, en consecuencia, la juzga por sus "efectos": el
subjetivismo, el nihilismo, el sociologismo y el analiticismo,
perversiones de la moral contemporánea, estarían ya en la Ilustración.
Y su simplificación cuenta a su favor con la retórica del discurso
sobre el capitalismo, que identifica y coextiende este modo de
producción con la modernidad, con la sociedad burguesa, con el
relativismo de los valores, etc., todo ello convincente para un
historicista.
Nuestro
punto de vista histórico, en cambio, otorga más sustantividad a las
diferencias. Por ejemplo, creemos necesario distinguir entre
capitalismo y sociedad burguesa, entre capitalismo burgués, o sociedad
burguesa, y capitalismo del consumo, o sociedad tecnológica, entre
moral ilustrada y moral emotivista; y consideramos importante reconocer
la Ilustración como un movimiento plural: sólo así pueden caber
Helvétius y Voltaire, Kant y Montesquieu, Hume y Rousseau, Beccaria y
Diderot. Distinciones que nos permiten ver el emotivismo, en lugar de
como hijo de la Ilustración, como producto de un momento histórico,
socioeconómicamente determinado.
Plantear
las alternativas ahistóricamente es la forma del "historicismo vil",
que decía Croce: entregarse a la impotencia presente en toda época
histórica. Debatir entre opciones abstracta, entre ser "oficiante de
moral" o "aséptico analista"; entre cultivar una "Ética deontológica" o
una "Ética utilitaria", es la peor manera de practicar la Ética: la
manera estéril. Quienes realmente han hecho a la Ética una disciplina
filosófica digna y noble, atractiva, útil, han sido los Aristóteles,
los Hobbes, los Hume, los Sade, los Bentham, los Nietzsche, los Moore,
los Stevenson, los Hare..., es decir, todos los que consiguieron darle
un nuevo impulso (no importa en qué dirección), quienes pudieron atraer
y dirigir la reflexión en una u otra dirección, generar actitudes a
favor y en contra, ofrecer posibilidades y modelos de pensar, de juzgar
y de actuar [260].
Por
tanto, en posiciones popperianas, nuestra alegría por la esperada
crisis del emotivismo, que compartimos con MacIntyre, pero sin
sobredimensionarla, no se funda en el fin de una "mala moral"; se basa
únicamente en que así se acaba una fe, una pereza filosófica
enmascarada por la repetición, una conjetura que funcionaba como dogma,
y en que así es más fácil que surjan nuevas formas de practicar la
Ética, ya que toda refutación es un progreso, un enriquecimiento.
La
Historia es la manera que tiene una época de verse a sí misma, algo así
como la imagen dimensionada (frente a una posible imagen plana) de sí
misma. Por ejemplo, nos sentimos "herederos de la Ilustración", aunque
tal opinión sirva unas veces para designarnos "hijos de la noche", como
hacen Adorno y Horkheimer, y otras tantas "hijos de la luz", como
consideran Russell o Popper. Para que una imagen de sí misma en una
época sea útil debe ser simple. Por eso, la propuesta por MacIntyre
reúne todos los requisitos necesarios, al estar directamente referida a
la Ética. Se trata de pensar en el siglo XVIII como lugar de ruptura,
que define un antes y un después: antes, la coherencia: después, la
esquizofrenia. Como apéndice, el momento actual, con la esperanza en el
fin del viaje y en la inflexión.
13.2.
Ética privada y ética pública .
“En
el terreno de la virtud, cada cual es insustituible
y ninguna institución, por perfecta y persuasiva que sea, puede
dispensarnos en cada caso del riesgo de optar por nosotros mismos.” (F.
Sabater, Ética como amor propio)
Cara
a hacer un diagnóstico razonable de la situación de la Ética cabría
tener en cuenta algunos aspectos que no suelen mencionarse.
Consideramos que la vitalidad de la Ética como disciplina filosófica
práctica depende en alto grado de su eficacia práctica. Es decir, no de
su carácter formal práctico, consistente en que sus juicios sean
normativos, sino en su capacidad de incidencia real en la vida humana;
y esta eficacia de la Ética, a su vez, viene determinada por las
peculiaridades de la "conciencia social de la época". En líneas
generales, una "conciencia satisfecha" tiende a neutralizar la
exigencia moral y, de paso, a trivializar la reflexión ética.
En
la etapa burguesa del capitalismo, tanto en sus orígenes, cuando era
necesario fundamentar el nuevo orden social y las escisiones que
conllevaba, como en su fase de asentamiento, cuando seguía siendo
urgente dar cuenta y definir actitudes ante sus efectos más inhumanos,
la Ética tuvo brillantes desarrollos [261],
en respuestas al grito de
exigencia de moralidad, de justicia y humanidad, que brotaba de los
huecos del progreso [262].
En cambio, en las últimas décadas, cuando es posible, como diría
Marcuse, "el final de la utopía", cuando la sociedad de consumo cuenta
con los recursos suficientes para cubrir las necesidades, y cuando
realmente ha cubierto éstas en grado aceptable, la exigencia moral de
la conciencia parece silenciar su voz, y la reflexión ética se refugia
tranquila en los lánguidos espacios de la "metaética". El "emotivismo"
no es un error, no es un anacronismo; es la opción filosófica
correspondiente a una conciencia social satisfecha.
Cuando
decimos "conciencia social satisfecha" estamos haciendo un juicio
fáctico, y así debe ser valorado. Y aunque somos conscientes de que
toda generalización, especialmente en cuestiones sociales, siempre es
vulnerable, creemos que sentar este juicio en los límites de nuestros
estados occidentales no es una impostura. Aceptamos que hay una "ética
de la liberación", pero esta matización refuerza nuestra
interpretación: se da en aquellos lugares en que, por ser distantes a
nuestro mundo occidental, o por estar particularmente anclado en los
márgenes y grietas de estas sociedades de consumo, expresan las
No
ponemos en cuestión que un análisis social exhaustivo y riguroso, junto
a una conciencia moral exigente y crítica, encontraría mil motivos para
mostrar el carácter paradójico de la conciencia satisfecha. Pero, aun
así, no se vería afectado el hecho, ni las razones para partir del
mismo. En todo caso, lo cual es muy prometedor, nos llevaría a
investigar esa paradoja. Y tal preocupación podría ser muy fecunda si
somos capaces de neutralizar nuestra tendencia a cubrir o justificar la
impotencia de la Ética (tanto la impotencia de la conciencia como de la
reflexión éticas) con el recurso a la determinación objetiva, natural o
social. Porque, en definitiva, para concluir que nuestros males, y
nuestra insensibilidad ante los mismos, y nuestra miseria al pensarlos,
proviene de la "naturaleza humana" o del "sistema social", no vale la
pena iniciar el recorrido. Hablar de la Ética, pensar dentro de la
Ética, supone haber aceptado, como mínimo, la tesis de Maquiavelo, para
quien la mitad lo ponía la fortuna,
pero la otra mitad lo aportaba la virtù.
Si
somos capaces, pues, de asumir como principio que el cincuenta por
ciento de las miserias de la Ética, como disciplina filosófica, se
deben a nuestras miserias como filósofos de la práctica, el proyecto se
nos presenta como esperanzador. Pero ello exige no postular el
"emotivismo" ni como un error o perversidad de unas decenas de
pensadores, con geopolítica determinada, ni como una pura segregación
de una época con sistema social inmoral. Por el contrario, nos obliga a
una comprensión más matizada y serena.
Si
retomamos la perspectiva histórica, las éticas ilustradas, aunque en
diverso grado, seguían aspirando a mantener un equilibrio entre una
"ética privada", que definiera las virtudes y perfecciones
constitutivas de la excelencia humana, y una "ética pública" que
regulara las relaciones sociales, inevitablemente mercantiles, y
corrigiera los desajustes de las mismas [263].
El hombre ilustrado era, antes que nada, una "figura moral". Los
ilustrados intentaron, sin el éxito deseado, recuperar, como los
clásicos, las "Éticas profesionales". Por eso definieron una "ética del
comerciante", tan denostada (con razón o sin ella, no es aquí nuestro
tema) por la moral heroica de los románticos, que a su vez dibujaron
otra figura de la moralidad burguesa. Y una "ética del hombre de
letras". Y una "ética el gobernante". Las funciones claves de aquella
sociedad civil estaban reguladas por modelos éticos: para el padre,
para el "hereu", para el "amo", para el "tutor"...
No
ocurre así en la fase del capitalismo del consumo, donde apreciamos
unas tendencias que merecerían ser más estudiadas y documentadas. Por
un lado, el desarrollo de la sociedad de consumo tiende a diluir la ética privada,
reducida a mera "prudencia" o racionalidad en la elección. Incluso ésta
es vaciada de contenido: ¿por qué ser racional, y no situacional?; para
un "hombre-radar", en terminología de D. Riesman [264],
¿qué quiere decir "racionalidad"? Pues esta parece articularse como
adecuación de medios afines, pero este hombre del consumo no tiene
fines, los ha perdido. ¿Por qué habría de conservarlos? La aceleración
de la vida convierte el teleologismo en anacrónico e imposible; además,
de los fines ya se encarga la existencia, que en cada ocasión aportará
los estímulos. Y, como dice Rousseau de la libertad, uno se acostumbra
a vivir sin ella, se olvida de ella, y así deviene esclavo. Se puede
vivir sin fines, sin proyectos; y, por tanto, ¿cuál es el lugar de la
razón? Si acaso queda algo de ella es reducida a intuición inmediata, a
espontanea capacidad de satisfacción puntual del deseo. Pero, como bien
decía Hume, la racionalidad se define sobre el interés, no sobre la
pasión.
La situación actual
testimonia la corrección de esta primera idea: la ética
privada
ha sido sacrificada. Y lo ha sido porque el hombre del consumo ha
perdido su identidad, su ser en sí. La "identidad", en los ilustrados,
la ponía la memoria: y el hombre del consumo es un ser con creciente
pérdida de la memoria (que también es innecesaria y, como diría
MacLuhan, se embota al ser prolongada-sustituida por los medios
tecnológicos, en este caso las computadoras), sin historia, sin
genealogía.
Por
tanto, ¿para qué necesita hoy el individuo una Ética privada? Los
ilustrados consideraron como el mayor logro histórico de los hombres el
de llegar a la conciencia de que son sujetos morales. Y en el fondo lo
era, pues con ello nacía la posibilidad de la moral. Pero esta idea
tenía sentido en su horizonte filosófico, en su conciencia social,
desde donde se reivindicaba ese derecho individual para ejercerlo. En
el capitalismo del consumo, en cambio, ese compromiso se escinde. Y se
escinde entre dos tendencias igualmente nocivas y complementarias
respecto al desarrollo de la Ética.
Efectivamente,
el sujeto moral se constituía sobre una doble relación: una interna,
para con uno mismo; la otra externa, para con los otros. La interna,
que constituye la "ética privada" de la que venimos hablando, de compromiso deviene mero poder.
Es decir, del compromiso de la "propia excelencia" se pasa al mero
poder de autodeterminación. El individuo deviene para sí mismo una cosa
que posee [265] :
por tanto, puede hace de ella lo que quiera en cada momento, sin ningún
compromiso, sin ningún proyecto, cosas que supondrían una perversión
del derecho de propiedad, ya que el verdaderamente propietario de algo
no puede contraer compromiso alguno con su propiedad. Resultado: la
moral como propia excelencia es algo sobre lo cual la Ética no puede
hablar. Al menos no puede hacerlo con la aceptación de la conciencia
social, sin cuya legitimación se condena a la esterilidad. Es aquí
donde debe plantearse el tema de la crisis de la ética de las virtudes.
La segunda componente del
compromiso que subyace al "sujeto moral" es lo que hemos llamado ética pública,
es decir, la que aspira a regular las relaciones entre individuos o,
para ser más correctos, entre ciudadanos. Pues es una relación entre
ciudadanos, aunque sean "ciudadanos del mundo"; la ciudadanía supone
que la asunción de una legislación común, el compromiso de obediencia a
dicha legislación, sea positiva o natural.
Una
simple ojeada al proceso histórico nos convencerá de que la tendencia,
sumamente acelerada en los últimos tiempos, se ha orientado
irremediablemente a traducir los derechos y deberes morales a normas
jurídicas. No podemos en duda que tal proceso haya sido progresista,
que haya redundado en favor de los más débiles... Simplemente
manifestamos que el "estado de bienestar" ha acentuado la tendencia, ya
existente en el liberalismo conservador, a sustituir la Moral por el
Derecho. Por un lado, porque el Estado ha asumido buena parte de las
virtudes privadas, convirtiéndolas en innecesaria, e incluso en
sospechosas. La beneficencia (recordemos el debate sobre las leyes de
pobres en el siglo XIX en Gran Bretaña) al principio, luego la
solidaridad, al fin la igualdad de oportunidades, los derechos
humanos... Todas estas cosas hoy se han traducido a leyes; y si en
algún caso no es así, el compromiso moral ha sido delegado al Estado.
El sujeto moral de nuestros tiempos ha sido vaciado de contenido. Tanto
es así que el discurso ético cada vez más se ve dirigido
inevitablemente a la ley o al legislador; el individuo es considerado
impune.
Y
si analizamos el lenguaje de nuestros líderes políticos, nuestros
periodistas, nuestros ensayistas, en sus manifestaciones y valoraciones
ante los hechos de "corrupción", es muy elocuente que se hable siempre,
sea cual sea la actitud que se adopte ante los hechos, de
"responsabilidades legales" y "responsabilidades políticas", pero nunca
de "responsabilidades morales"
Esta
conciencia satisfecha, que caracteriza nuestra sociedad de capitalismo
del consumo, ha condenado a la Ética a arrinconarse en dos campos: el
análisis del lenguaje moral, y el la ética política o filosofía
política. Ambas corrientes han vivido décadas esplendorosas con la
postguerra. Podríamos, incluso, insinuar -pero sin arriesgarnos a
proponerlo como conjetura- que el desigual cultivo de ambas en los
diferentes espacios y tiempos está estrechamente ligado a la
geopolítica del capitalismo occidental. La analítica del lenguaje
parece convenir mejor a situaciones socio-políticas de máxima
satisfacción, al menos de máximo equilibrio. No obstante, hay que
desconfiar siempre de las analogías y del "sentido común", pues la
disolución de la Ética en la Filosofía política puede estar
sensiblemente favorecida por la unión de la "mala conciencia" a la
"conciencia satisfecha".
Por
último, debemos interpretar el origen de la esperanza, es decir, la
expectativa del regeneracionismo en la Ética, expectativa que es ya
expresión de una nueva fase. No es indiferente el hecho de que en los
últimos tiempos ha surgido en la sociedad, en el seno de esa
"conciencia satisfecha", una cierta inquietud. Ello se aprecia en una
serie de debates que si bien algunos tienen un origen en algunas
décadas, se han ido acentuado, agrandando, hasta convertirse en
preocupantes, especialmente al estar activados por otros, más nuevos y
desestabilizadores. Los problemas ecológicos, el tema del aborto, los
derivados de la ingeniería genética, la eutanasia, el pacifismo....
Todos ellos, por un lado, han contribuido a poner de manifiesto que el
orden social comienza a no ser tan satisfactorio como se creía, que su
eficacia puede ser a largo término irracional, al no estar encuadrada
en una cierta "ética".
El
clima de inseguridad, haya o no "razones objetivas" para ello, se ha
extendido poco a poco. Y con él, confirmando nuestra interpretación,
surgen de nuevo exigencias éticas, que se traducen en la revalorización
de las reflexiones de la Ética. Las nuevas perspectivas están acabando
con la "asepsia" dominante entre los éticos, forzando a tomas de
posición práctica inequívocas. Por tanto, se avecinan malos tiempos
para los epistemólogos de la moral.
Ahora
bien, no quisiéramos que esta explicación, fuertemente externalista,
llevara a equívocos. Especialmente no nos agradaría inducir a la
conclusión de que ha llegado el momento de ser de nuevo "moralistas
impenitentes". Creemos que, junto a esta interpretación externa y
sociológica, esta tesis de "sociología de la moral", habría que poner y
conectar la historia interna, teórica de la materia. Podemos defender
la tesis de que el predominio de la Filosofía moral analítica y
epistemológica se corresponde, está condicionado, por esa "conciencia
satisfecha", con estructura legal; pero, no obstante, esos filósofos de
la moral no llegaron a esas posiciones hablando la voz de su época,
sino recorriendo un camino filosófico, siendo fieles a unos criterios
de rigor y coherencia lógica, es decir, el propio estado de la teoría
ética lo permitió. Los problemas de la fundamentación, del lenguaje
moral, de la normatividad... que ellos abordaron y las soluciones que
ofrecieron, no pueden ser ignoradas. La Ética ha de responder a la
exigencia moral de la conciencia social, y lo hará necesariamente; pero
hay dos maneras de hacerlo: como quien cree que la razón procede de conectar
de forma mística o cómplice con la conciencia social; o como quien cree
que esa exigencia debe traducirse, conceptualizarse y responderse desde
el aparato teórico de la Ética, construido a través de la historia, que
evite repetir círculos estériles, paralogismos y falacias ilusorias,
trivializaciones ineficaces. Porque, en definitiva, si la Ética es
análisis y valoración de creencias, entre estas debe incluirse a sí
misma en sus diversas ofertas históricas. Es el precio de ser filosofía.
En
resumen, el "emotivismo teórico", como doctrina explícita, puede ser
menos peligroso que el "emotivismo práctico", es decir, la tentación de
practicar la Ética emotivamente. Entre otras razones porque aquél es
una doctrina histórica, que ya ha tenido su eficacia, y que ya estamos
vacunados de sus riesgos; mientras que el emotivismo práctico es una
tentación constante. Y una tentación que se apoya en su legítima
llamada a la Ética a ser práctica, a asumir compromisos, con lo cual
puede ponerse en peligro la tarea filosófica de la Ética, la que
realmente la hace práctica, es decir, su ser análisis y evaluación de
las creencias.
14.
Método de enseñanza y Método de investigación en Ética
"Lo
que, por proseguir en esta vena, nos podría conducir a preguntarnos
hasta qué punto el absoluto escepticismo y el anhelo de absoluto no se
alimentan mutua e inextinguiblemente" (J. Muguerza, Desde
la perplejidad).
Parece
razonable que, si no la única, sí al menos una de las tareas más
importantes e insustituibles de la docencia de la Ética consistirá en
preparar al alumno para la práctica idónea de esta disciplina. Y,
dentro de ese objetivo, su acceso al conocimiento y dominio de los métodos
usado en Ética debería ocupar un lugar relevante. Aunque se ha dicho, y
no sin razón, que la preocupación metodológica en las disciplinas
humanistas se ha convertido en una enfermedad, propagando el chiste de
que sólo las disciplinas que no pueden producir resultados hablan de
método, parece razonable aceptar que la conciencia y el dominio del
método es un apoyo estimable para el ejercicio de la disciplina. Por
tanto, asumimos como tarea de la enseñanza de la Ética, como parte de
su contenido, la de conseguir que el alumno domine el método -o los
métodos- de investigación en Ética. Tal cualificación se extenderá
tanto al conocimiento teórico del mismo, de sus supuestos, criterios,
técnicas, etc., como al uso práctico, aspirando al "uso espontaneo" y
ágil del mismo.
Tal
cosa requiere la tarea previa de identificación y selección del método.
A tal efecto nos parece suficiente y adecuada la oferta de A. Edel,
quien en su libro El método en la teoría ética
[266] distingue cinco tipos de
métodos: el método analítico,
que se ocupa del análisis de los términos y de los juicios, de la
clarificación de los conceptos, en definitiva, del lenguaje como
herramienta de la Ética; el método descriptivo,
atento a la descripción, clasificación e interpretación de las
cualidades, sentimientos, acciones... morales; el método
causal-explicativo, que aborda las causas y determinaciones
de lo moral; el método evaluativo,
que busca el establecimiento de normas; y, en fin, el método
comparativo,
que ayuda a la reflexión ética al contrastar distintas soluciones,
propuestas y criterios de las diferentes teorías. Creemos que esta
tabla de métodos recoge razonablemente bien las líneas metodológicas
dominantes. Pues si bien cada escuela ética -y, en el límite, cada
autor- hace un uso tan particular del método elegido que puede decirse
que cada una tiene su método propio, conviene distinguir entre el
método y su concreción práctica. Especialmente conviene no confundir el
método con la doctrina, aunque cada doctrina determine en buena manera
el método que se elige y, además, el uso particular del método elegido.
Por
ejemplo, no hay un método "subjetivista", ni tampoco hay un método
"prescriptivista", ni un método "intuicionista".... Se trata de
doctrinas éticas que, como tales, parecen adecuarse mejor, e incluso
exigir, un método descriptivo, o analítico, o explicativo, de los
cuales echan mano. Además, cada una adecúa el método a su doctrina, a
sus presupuestos, criterios y objetivos. Así, en unos casos se tiende
al análisis de la mente y en otros al análisis del lenguaje; en unos
casos se refuerza el interés por la causalidad empírica, o genética, y
otras por la implicación lógica.
Una
vez aceptada la clasificación de Edel, a la que consideramos válida en
líneas generales, debemos hacer unas matizaciones. En primer lugar, no
consideramos estos métodos objetivamente alternativos o excluyentes. En
rigor nos parece más correcto concebirlos como cinco écnicas
del mismo método, cinco prácticas parciales
de la reflexión e investigación en la Ética. El método sería el
resultado de la articulación de las mismas, de su combinación
asimétrica, de sus subordinaciones y limitaciones recíprocas. Los
distintos métodos generales, que caracterizarían una época de la Ética,
o una escuela, o incluso un autor, serían las distintas formas de
articular, jerarquizar, subordinar estas prácticas, su desigual
presencia o ausencia, su hegemonía o su sobredeterminación, su
orientación, su uso. Sólo tendencialmente, y de forma ideal, esas
técnicas devendrían método: cuando se dieran de forma pura y exclusiva,
sin presencia de las otras. Tales situaciones no son habituales ni
razonables; ni siquiera en las posiciones más dogmáticas se dan en su
pureza. Por ejemplo, el más agresivo y militante analiticismo tal vez
pueda eludir la evaluación moral, pero difícilmente conseguirá librarse
de la comparación. ¿Cómo analizar hoy el lenguaje moral sin hacer
referencia alguna a la manera como lo hicieron anteriormente
Wittgenstein, Moore, Stevenson, Hare o Searle?
Llamaremos a esta
concepción del método en la Ética ecléctica.
Con la misma no intentamos proponer un ideal, sino describir una
situación real: creemos que la reflexión ética, de hoy y de siempre, se
hace de este modo, a saber, combinando diversas tareas como las de
definir términos y conceptos, explicar el lenguaje moral o el
comportamiento moral, valorar ciertos criterios y ciertas acciones,
describir sentimientos y razonamientos..., o argumentar en contra de la
legitimidad de algunas de estas tareas. La concepción ecléctica del
método, pues, no es una propuesta sino una representación de la
práctica real de nuestra disciplina.
En
segundo lugar, esta concepción ecléctica del método como articulación
desigual y combinada de prácticas, que nos parece adecuada a la
realidad de la investigación ética, es decir, que representa o describe
el método usado en la Ética actual, al mismo tiempo nos parece una
concepción absolutamente necesaria desde el punto de vista de la
docencia de la Ética. Queremos decir que, en la docencia, conviene
evitar opciones marginales y excluyentes; conviene asumir como regla un
moderado eclecticismo que, además de ser pedagógicamente más
fructífero, se adecúe a los "deberes" marcados por la deontología
profesional. O sea, si a la hora de introducirnos en el conocimiento de
la Ética esta concepción ecléctica del método nos parece realista y
fecunda, a la hora de enseñar Ética, de ayudar a otros a introducirse
en este campo de conocimiento, dicha concepción se muestra como
insustituible, dado que el profesor de Ética no debe imponer el método
que más le agrade, aunque tenga razones objetivas para ello, sino que
debe asumir un modesto eclecticismo. Tal posición es pedagógicamente
más fructífera y, en cualquier caso, más moral.
Una tercera matización
afecta a la posibilidad de distinguir entre método
de investigación y método de
docencia
o exposición. Nótese que aquí hablamos de "método de docencia" para
enseñar la Ética y, en particular, para enseñar al alumno los "métodos
de investigación y reflexión habituales en la Ética". Podría
preguntarse si la concepción ecléctica (método de investigación) ha de
ser asimismo enseñada eclécticamente (método de docencia). Es decir,
podríamos preguntarnos cómo debemos enseñar ese método que deseamos
enseñar, objeto y contenido de una parte de nuestra docencia. Se trata
de distinguir el "método de investigación de la Ética" como contenido a
transmitir al alumno, como cualificación del mismo, del "método de
enseñanza de la Ética", como práctica docente del profesor.
Esta
distinción de los dos métodos nos parece conceptualmente correcta; y
cabe la posibilidad de describirlos como métodos diferenciados. No
obstante, en nuestro caso defendemos una total identidad. Y lo hacemos
fundamentalmente por las razones que nos ofrece un filósofo a quien
generalmente se reconoce una gran preocupación, y una sutil lucidez, en
cuestiones de método: Descartes [267] .
El, cuyo afortunado "Discurso del Método"
definió las condiciones de una nueva racionalidad, en textos menos
conocidos pero no menos fecundos y brillantes, como en su respuesta a
las amables críticas del Padre Mersenne a sus Meditaciones
Metafísicas, nos ofrece el problema, su topología y su
estimable solución. Es decir, aclara y distingue, y así convence.
Mersenne "critica" las Meditaciones,
junto con otros filósofos de la época, en un debate controlado. Estas
críticas debían pasar a Descartes que, tras hacer su defensa y su
respuesta, cerraría el ciclo y culminaría el proyecto. De este modo se
enviarían a la imprenta todos los documentos del debate: el texto
cartesiano, los textos de sus críticos y las respuestas del primero. En
este contexto, Mersenne, tras exponer algunas dudas sobre el texto
cartesiano, se hacía eco de una demanda general y le sugirió exponer
sus pensamientos "según el método de los geómetras", es decir, en forma
sintética. Tal cosa, dice
Mersenne, demostraría la coherencia o incoherencia de su reflexión.
Es
conocido que en aquellos momentos la Geometría era considerada modelo
de inteligibilidad, de evidencia, de claridad y de distinción; e
incluso criterio de racionalidad: sólo aquello que pudiera ser
demostrado según el modelo geométrico sería digno de ser considerado
absolutamente cierto. Descartes, magnífico geómetra, no podría ser nada
sospechoso desde el punto de vista de su actitud hacia los nuevos
criterios de racionalidad. Al contrario, podría decirse que Mersenne le
pide que sea generoso, que aplique los criterios de su método, los
definidos por él en el Discurso del método.
No le
pide, pues, nada ajeno a su propia filosofía. No obstante, su respuesta
resulta sumamente curiosa, y el análisis de la misma ayudaría a
replantearse muchos tópicos sobre el "método cartesiano", sobre el
método matemático y, en general, sobre el método moderno.
Descartes contesta
sorprendentemente que ya lo ha hecho, que ya ha expuesto su
pensamiento, en las Meditaciones metafísicas,
según el étodo de los geómetras. Tal afirmación sorprende fuertemente.
Aceptaríamos, or ejemplo, que Spinoza lo intentó en su Ética;
ero el discurso cartesiano en su Meditaciones
etafísicas, ¿qué tiene que ver con el "método de los
geómetras"? nseguida nos aclara el problema y disuelve la sorpresa al
decir que conviene istinguir entre el "método" y la "manera de
demostrar". Y os dice que "método" sólo hay uno, común al pensamiento,
y es igual ara todas las ciencias, para todos los saberes que aspiren a
ser saberes; y el ismo consiste en "seguir el orden de las razones".
Este método u orden de las razones" simplemente exige que toda
afirmación sea undada en enunciados ciertos previamente fundados. Ese
es el criterio único de erteza: la racionalidad del discurso. Da lo
mismo que sea ascendente o escendente; es indiferente su dirección; lo
único que exige es que el ecorrido sea siempre racional, es decir,
según el orden de las razones, umpliendo las exigencias lógicas.
Dentro de ese
único étodo, sigue diciéndonos, caben diversas "maneras de demostrar".
nas veces se va de lo particular a lo general, y se llama "método" analítico o "método"
ompositivo; otras de lo general a lo particular, y se dice "método" sintético, o "método"
resolutivo. Pero el rden de las razones es el mismo en una y
otra manera de demostrar, siendo quivalentes la vía ascendente y la
descendente. Por
último, como divinando la pregunta que el lector se hace respecto a
cuál elegir en cada aso, supuesta la equivalencia de ambos, Descartes
dirá que eso depende, que ada uno tiene sus ventajas e inconvenientes,
que ambos son buenos, que ambos e complementan, que cada uno expresa
una dirección legítima del curso de la azón. La manera de demostrar de
los geómetras, la sintética, tiene ventajas xpositivas y es útil para
mostrar la coherencia o incoherencia de los azonamientos: en este
sentido son acertadas las sugerencias de Mersenne. Es ecir, la forma o
manera geométrica de demostrar deja ver más fácilmente los allos y
falacias. Además, es más fácil para enseñar:
el autor trasmite de forma ágil y sintética las teorías, l lector ve su
consistencia y la acepta, la asume, se somete a ella. Pero
la otra manera sual, la analítica, usada por Descartes en sus Meditaciones Metafísicas, tiene a su vez
otras ventajas ompensatorias. En la misma el orden de las razones
reproduce el orden del escubrimiento. Es como una biografía del
pensamiento del científico, que escribe punto por punto todo el
recorrido hecho, los pasos hacia adelante y acia atrás, el surgimiento
de hipótesis, la comprobación de las mismas, la ceptación de unas y el
rechazo de otras... El lector se ve forzado a seguir on su pensamiento
los vericuetos que previamente ha seguido el autor, a hacer l mismo
recorrido, el mismo ejercicio, a pasar por las mismas dudas, las ismas
comprobaciones, las mismas alternativas y, al final, el mismo
resultado. e esta manera el lector ha producido su propia certeza
final: la verdad es tan uya como del autor, pues ha hecho el mismo
viaje, ha (re)descubierto lo mismo. arece, por tanto, que aquí la
evidencia final es igualmente absoluta. El sfuerzo ha sido mayor -y,
afirma, no todos están dotados para seguir el amino-, pero el resultado
tiene su ventaja: ahora la nueva verdad no se acepta omo la verdad de
otro, sino como propia. Es un método más idóneo para aprender.
Aquí el autor no trasmite una erdad, sino que fuerza al lector a seguir
sus pasos y descubrir su verdad, que s la misma. Siempre
nos ha arecido magnífica esta lección cartesiana. En el caso de la
Ética nos parece articularmente relevante, por el carácter práctico de
la misma. Entendemos que nseñar Ética, y enseñar Filosofía, y tal vez
enseñar en general, ha de ser enseñar a
aprender. La mejor manera de nseñar un método de
investigación es practicar ese método, conseguir que el lumno haga suya
la reflexión siguiendo los pasos del proceso, adquiriendo los ábitos
analíticos pertinentes, reproduciéndolos. Y eso exige un método de
ocencia que ponga en práctica el método de investigación, el mismo que
se uiere enseñar. Podría objetarse el iesgo
de caer en una reproducción mimética y rutinaria, ciega, no crítica". A
esta objeción debemos responder con dos consideraciones. n primer
lugar, habría que huir del tópico que induce a menospreciar, cuando o a
rechazar, la "mímesis" y el "hábito" tanto en la vida otidiana como en
la práctica científica o artística. Como decía Vico en su Ciencia Nueva, en el conocimiento rimero
es la tópica, luego la analítica; es decir, que en el orden del
onocimiento primero se percibe, luego se analiza y al final se
comprende. La entación de despreciar en la enseñanza cuanto huela a
repetición, a emorización, a reproducción, junto a la tendencia a
embellecer la creación, la maginación y la investigación, llevada a
extremos esnobistas, es estéril. La ímesis, el hábito, la repetición,
la reproducción mecánica, e incluso la utomatización de los procesos,
es indispensable en el aprendizaje de cualquier iencia. Es obvio que
así lo creían los clásicos, en especial Platón y ristóteles. Pero
también lo afirman los filósofos de la ciencia más modernos. ecordemos,
por ejemplo, las teorías de Kuhn sobre la "ciencia ormal", la cual se
constituye como un conjunto de preguntas y respuestas on sentido, que
se aprenden a hacer, en los límites de un paradigma. La iencia normal
se reproduce y transmite por hábitos mecánicos. Lo cual, es bien ierto,
no implica la imposibilidad de "revoluciones", de nnovaciones, etc. En
segundo lugar, esta ropuesta metodológica no es incompatible con la
conciencia crítica. Hay pocas écnicas metodológicas tan fecundas como
la de enseñar a percibir. En el
orden de lo estético la educación de los entidos -que la pedagogía que
inspira nuestro sistema de enseñanza olvida- es undamental. Pero lo es
igual en el aprendizaje de cualquier arte y, en eneral, de cualquier
método. Se trata de observar cómo lo practica un specialista, en
nuestro caso el profesor; de percibir
como lo ejecuta, como lo pone en funcionamiento. Aprender percibir es
simplemente una posición de espectador activa, consciente, que no ólo percibe, sino que interpreta lo ue
percibe, hace lo que los psicólogos del conocimiento llaman una percepción significativa. Esta
propuesta etodológica no es nada innovadora. En nuestras aulas sigue
funcionando la clase magistral". Y, en rigor, si realmente funciona -es
decir, si s realmente "magistral"- los resultados pueden ser
satisfactorios. A eces se ha condenado esta metodología docente por
culpa de su ausencia real, o e su pseudopresencia. Con frecuencia el
problema se deriva menos de que sean agistrales que del hecho de pasar
por magistrales, siendo meros y dudosos sucedáneos. er pintar a un buen
artista, operar a un buen cirujano, actuar a un buen ctor, leer a un
buen escritor... son formas muy idóneas de aprender. El roblema sólo
surge si la calidad de las representaciones es mediocre. Es ecir, que
entendemos que el carácter directivo de la clase magistral no es un
bstáculo. La
clase magistral, or tanto, si es "magistral", es una metodología
aceptable. Y se otencia su eficacia docente si el profesor, además de
dejarse entender, se sfuerza en dejarse "comprender". Es decir, si no
simplemente ejecuta u reflexión sino que la escenifica, la convierte en
un teatro o taller de prendizaje. Y para ello simplemente tiene que
unir al método de investigación que
ejecuta, que pone en escena, el análisis
sobre el mismo. O sea, simultáneamente r remarcando sus
partes, distinguiendo sus elementos, justificando sus ipótesis,
aclarando sus supuestos, valorando sus técnicas, comparando sus asos
con otros alternativos.... De este modo el método docente no es sino el
étodo de investigación elevado a conciencia y descrito en voz alta: el
método e investigación comentado, analizado, justificado. Queremos
decir con sto que practicando el método de investigación en Ética se
está enseñando icho método; y en la medida en que se practica
conscientemente y se justifican us pasos se están enseñando la
conciencia de dicho método. Por eso podríamos lamar a este método de
enseñanza de la Ética el método analítico
representado y argumentado. Es decir, es el método e
investigación analítico que: por un lado, es puesto en práctica,
epresentado en la clase por el profesor, forzando al alumno a seguirlo,
a ecorrerlo, a aprenderlo y automatizarlo; por otro lado, el mismo
método es simultáneamente nalizado, explicado, comparado, valorado,
elevado a conciencia. No hemos pretendido acer
una apología de la "clase magistral"; simplemente, creemos que l
profesor ha de ser realmente maestro, es decir, dominar perfectamente
su materia su método. Tampoco nos oponemos a lo que se presenta como su
alternativa, la clase participativa"; simplemente, creemos que la
participación en í misma no es garantía del conocimiento científico.
Por lo demás, la clase magistral", así entendida, no excluye la
participación: implemente la determina, establece sus condiciones,
límites y objetivos, la nmarca en un cuadro metodológico en que aparece
como bueno y fecundo nstrumento, no como fin en sí mismo. La "clase
magistral", en ambio", es buena en sí desde el punto de vista docente:
su mera ejecución a es fecunda. Si a su ejecución se añade el análisis,
la reflexión, la biografía
intelectual de la misma, forzando al ector, o al oyente, a que haga el
recorrido y vea la razón de cada paso, de ada opción, tanto de las
asumidas como de las rechazadas, entonces se onvierte en una
metodología indispensable. Y si, en fin, en el marco de esta egunda
tarea se da cabida al diálogo -siempre pensado como instrumento fectivo
de conocimiento, y no como "derecho político"-, entonces se ogra un
método satisfactorio. Subrayamos, pues, que n
este método docente como método de investigación reflexivo no excluye
el diálogo", ni el "debate": al contrario, insistimos en que os
consideramos posibles, convenientes, e incluso necesarios, pero en el
omento y en los límites de la escenificación. No lo excluye, pero lo
limita y o racionaliza: lo limita, pues exige el rigor y el
conocimiento, estar dentro el discurso; lo racionaliza, pues lo
convierte en instrumento interno y reciso. De lo que debemos huir es de
la tendencia retórica a postular el diálogo" como bueno en sí. El
debate puede ser afortunado si bjetivamente contribuye a perfeccionar
el método y a conseguir los objetivos uscados. Pero, para ello, debe
instalarse metodológicamente, entre las otras rácticas o técnicas,
subordinado a ellas, limitado por ellas. Ahora bien, el ebate también
puede ser irrelevante, estéril e incluso mixtificador. onvertirlo en
fin en sí mismo, o en medio absoluto, es puramente demagógico: s
cometer la falacia de convertir un valor político en valor científico.
Podría
aducirse una rítica que no pretendo eludir: este método, a pesar de las
matizaciones que emos hecho, podría ser sospechoso de "autoritarismo".
En la entalidad dominante, donde parece que cada individuo tiene
derecho a crear su ropia personalidad, sus propias ideas, sus propios
criterios..., podría sonar "directivo". Tal vez sí, pero honestamente
pensamos que esos alores individuales tienen vigencias en otras
dimensiones de la vida, no en as ciencias. En estas la "autoridad" y el
"hábito" son neludibles. Esto, que parece obvio en las ciencias duras,
no lo es tanto en as letras, y tal vez menos que en ninguna en la
Ética. Tal vez estemos ante un roblema (o pseudoproblema, dirán
algunos) insuperable. En todo caso, aquí no ablamos de habituar a los
alumnos a comportarse prácticamente de tal o cual anera, a creer tales
o cuales ideas, ni siquiera a usar tales o cuales métodos n la Ética,
sino simplemente de aprender a usar métodos razonablemente ceptados. El
aprendizaje de los mismos no fuerza a elegirlos en sus eflexiones e
investigaciones en Ética. En todo caso, renunciar a la autoridad ue se
deriva únicamente de la cualidad científica, es optar por la
rivialidad, y supone reducir la Ética a disciplina de té.
15.
Explicación y
prescripción en Ética .
“Hemos
de buscar juicios morales que podamos aceptar para nuestra ropia
conducta y universalizar para cubrir la conducta de otras personas
eales o hipotéticas.” (Hare, Freedom nd Reason).
La
explicación onstituye el eje del método científico. Conocer algo
equivale a explicarlo: ea una explicación causal sea una deducción
lógica. Siempre la explicación stá ligada a la categoría de
"necesidad": sólo lo que es necesario, en tanto que lo es, es
susceptible de conocimiento. Puede tratarse de ecesidad lógica, física
o metafísica, pero en cualquiera de sus formas es iempre el supuesto de
la explicación y, por tanto, del conocimiento. En
cambio, la rescripción o normatividad ha sido el eje de la filosofía
práctica. El deber ser" no sólo no exigía la necesidad para aplicarse,
sino que xigía su exclusión: sobre lo necesario no tiene sentido alguno
la rescripción. Por tanto, era la ausencia de necesidad y, en
particular, la ibertad, la condición o supuesto de la prescripción
práctica. La
necesidad" hasta Hume constituyó una categoría objetiva, que regía l
mundo natural y en buena medida el humano: la historia, fuera obra de
la rovidencia o del Destino, estaba regida por la necesidad. Incluso el
universo ecánico de los deístas era reino de la necesidad, aunque fuera
la necesidad ógico-matemática. Hasta Hume la "necesidad" era vista como
condición el conocimiento científico. El filósofo escocés emprendió la
tarea de escribir su génesis, o sea, su carácter ficticio, meramente
subjetivo: la sacó e la ontología y la emplazó en la subjetividad.
Kant, por su parte, la asimiló la universalidad, buscándole un lugar en
ese reino marginal de lo "a riori". Los lógicos la mantuvieron, pero
travestida en analiticidad", en implicación lógica; los fenomenólogos
la antuvieron aunque debilitada, sin más legitimidad que la
apercepción. En todo aso, tras Hume se hizo problemática, se cuestionó
su existencia y su reino: en a naturaleza, en alguna realidad
metafísica última, en las mentes, en los ábitos, en la lógica.
Paralelamente,
la prescriptividad" también tuvo su propia historia. Unas veces gozó el
más privilegiado de los asientos: el de la voluntad divina, que le
concedió a teología. Y, por extensión, el del alma humana, por su
origen divino. Pero, inalizada la época medieval, llegaron tiempos
difíciles para esta creencia. Se xigían nuevas cartas de legitimidad:
no bastaba ser obra de una voluntad, unque fuera la divina; se exigía
que fuera racional: tuvo que disfrazarse de dictamen de la razón" para
ser aceptada como legítima. E incluso ste aval resultaría insuficiente,
especialmente tras ser la razón declarada esclava de las pasiones". Sus
refugios no fueron dignos. Así, rropada en el deseo natural, no pasaba
de ser particular y efímera. Apoyada en l hábito, ganaba consistencia
pero no nobleza. Kant, también aquí, le dio obijo en la universalidad
de lo a priori. En fin, confiar en la reflexión ensata de la gente
honesta, que tal vez es el último refugio, no deja de ser na existencia
débil. A
no ser que, como eñala A. Edel, puesto que "una categoría sin hogar es
algo errible", tras vagar y suplicar puede encontrar "algún área
ilosófica perfectamente apacible y desquiciarla hasta que sea
desalojada" [268]. Es decir,
que la
prescriptividad" habría encontrado esa tierra de promisión en la Ética,
ue "se haya en peligro de volverse meramente prescriptiva o
redominantemente prescriptiva, meramente práctica o predominantemente
ráctica, si ha de darse crédito a la imagen proyectada en la teoría
ontemporánea" [269]. De ahí
que ncontrarle su
lugar, es decir, su espacio y sus límites, pueda ser beneficioso ara
que la Ética cumpla su función práctica sin dejar de cultivar sin
mpurezas su dimensión teórica. Es obvio que la
rescriptividad tiene unos lugares privilegiados en el siglo XX. Uno de
ellos s el "fenómeno" del intuicionismo fenoménico. Moore [270] consideró el bien omo una
cualidad intuible, inaprehensible sensorialmente. Hartmann [271] interpreta el valor omo un
deber ser que el observador capta directamente. Ross [272]
sostiene que la bligación
es una propiedad separada y directamente intuible. Edwing [273] considera la decuación
como un concepto fundamental que es captado en la aprehensión ntuitiva.
Otro
lugar favorable a sido la "regla". Desde Kant se tiende a creer que la
rescriptividad es una cualidad de las reglas o leyes morales, que se
anifiesta en el sentimiento de respeto o reverencia de la voluntad ante
la ley oral. Este carácter intrínsecamente obligatorio de las leyes
morales frente a as leyes no morales exige la distinción entre ambas.
Es lo que ha hecho C.I. ewis en Los
imperativos racionales [274], que le
permite efinir lo
moral del siguiente modo: "La crítica moral es aquella cuyas eglas
tienen prioridad en caso de conflicto con cualquier otra regla de
cción. Ese es el sentido en el que incluso los egoístas morales
entienden el érmino "moral": son egoístas por creer que las reglas de
prudencia on las que tienen prioridad". Por tanto, la prescriptividad
tiene su ugar natural en las reglas morales, y hace que éstas sean
aprehendidas como ecisivas en última instancia. Otro
lugar favorable s el de la adecuación de los medios a los fines. Nadie
negará que si un medio M) es indispensable para un fin (F), querer F
permite prescribir M. Algunos
filósofos incluso consideran que este es el nico lugar de la
prescriptividad. Si se piensa en un sólo fin último (el lacer, la mayor
felicidad para el mayor número), todo lo que parece razonable rescribir
son los medios instrumentales del fin propuesto. Pero si se aceptan
iversos fines irreductibles, el esquema permanece: se prescriben los
medios; y l orden de prescripción dependerá de la amplitud de fines a
la que sirva tal edio. Por ejemplo, para Hobbes era obvia la mayor
bondad de dos medios, la ley el orden social, como instrumentos que
servían al mayor número de fines. Dewey considera que odo
deseo o acción del hombre tiene lugar en una situación problemática más
o enos estructurada, en la que perseguir una meta es un medio para
resolver el roblema. De ahí que la prescripción radique en la
adecuación de los medios a os fines. Pero hay otros lugares ue
se postulan como idóneos o adecuados. Así Ayer la ha situado en la
fuerza xpresiva del lenguaje [275], y
Stevenson añade demás
el esfuerzo persuasivo del hablante [276].
La forma imperativa
ncubierta en "Es injusto" se revela en la lectura o traducción
emotivista el enunciado: "Yo desapruebo esto; desapruébalo tú". El
sentimiento la actitud expresada son los territorios de la
prescriptividad. La línea abierta por l
emotivismo iba, en rigor, directamente contra el sentido del juicio
ético. n el fondo se declaraba a éste sin contenido significativo, sin
valor de erdad, sin función descriptiva, es decir, que no decía nada,
limitándose a expresar algo. No se
juzgaba nada, no se nunciaba nada, sólo se expresaba la actitud del
hablante: su único significado ería autobiográfico. Esta tendencia ha
sido desarrollada por otros, que han centuado el carácter práctico del juicio" ético. Este
practicismo ha eliminado de la Ética toda retensión cognitiva,
convirtiéndola en mera expresión de tomas de posición, de ntervención,
de opción. Decir "Esto es injusto" no es ya enunciar un echo, o valorar
una situación, sino llevar a cabo una actuación moral. Hare lo a
expresado con rotundidez: pronunciar un juicio ético es meramente
realizar n acto decisional [277]. La Ética
no es un aber,
sino una actuación. El estudio del funcionamiento del lenguaje en
iversos contextos (rituales, ceremonias, foro, juegos, fórmulas
jecutorias...) sirvieron para ilustrar el funcionamiento del lenguaje
moral. Es
curioso que, en ste empeño, el practicismo coincidiera con el
existencialismo, con talante y etodología muy diferentes. Para el
existencialismo el conocimiento moral es ecundario y sus
recomendaciones reversibles. Lo que determina la rescriptividad es el
contexto personal, la situación individual e irrepetible el actor. La
moralidad se reduce al acto, a ese acto solitario y estremecedor e la
toma de decisión, del compromiso, que implica asumir la responsabilidad
bsoluta [278]. No
han faltado quienes olocaran la prescriptividad en la "sintaxis" [279], o en el "acto alorativo",
como posición intermedia entre el cognitivismo y el practicismo [280], o en lugares últiples,
como los dos propuestos por Bergson [281],
la pluralidad de
idelidades de Royce o diversidad de problemas de Dewey. Todo
ello nos lleva a na reflexión conclusiva: de una forma u otra se ha
intentado, y se sigue ntentando, dar cabida a la prescriptividad.
Aunque el éxito teórico sea iverso, o aunque el precio "cognitivo" a
pagar sea distinto, se anifiesta como problema clave de la Ética. Si
procedemos a xaminar las respuestas implícitas en las teorías antes
citadas y en conflicto, otamos que unas el criterio de decisión
consiste en la "certificación ntológica", mientras que en otras reside
en la "certificación pistemológica". Se trata, en definitiva, en pensar
que la legitimidad de a propuesta proviene de la legitimidad de la
ontología o epistemología en que e sustenta. El problema surge cuando
se pone en cuestión esta legitimidad del undamento. Un caso ejemplar es
el de Kant, quien se esforzó en mostrar las arencias del certificado
metafísico, pero que, en cambio, fue tolerante y poco rítico con el
certificado epistemológico. A Kant le parecía que el sentimiento e
respeto y obediencia que inducía la ley moral no debía confundirse con
una era reacción psicológica ordinaria, en sentido naturalista, ni con
el esultado del cálculo de interés. Pero no abordó en `profundidad el
problema el conocimiento de esa cualidad prescriptiva de la ley. Era
natural que la ilosofía abordara un día esa tarea pendiente, y se
preguntara si realmente el espeto se dirigía a la ley. Durkheim dirá
que el respeto no es hacia la ley, ino hacia el grupo, como resultado
de su presión sobre el individuo. Piaget, ue aborda en profundidad la
génesis de las leyes morales, distingue entre el respeto" y el
"constreñimiento" que caracteriza la elación del niño con los adultos y
el "respeto mutuo" entre éstos [282], pero
también la elación
con la ley se reduce a la relación entre las personas. Por tanto, es a
"personalidad racional", y no la ley, el objeto del respeto. De echo el
propio Kant apuntó a veces en este sentido, cuando formula el mperativo
categórico en la forma humanista: que cada hombre sea considerado
iempre como fin, y no sólo como medio; o cuando entiende la ley moral
como xpresión de la "autodeterminación de la voluntad". L o
que queda claro son as dificultades para apoyar la obligación moral en
el certificado ontológico o n el epistemológico. ¿Podríamos hacerlo en
la introspección? Moore lo cree sí, pero Hall lo intenta y no lo
encuentra. Ahora bien, que algunos no lo ncuentren ¿es razón suficiente
para desechar este certificado? Si no, ¿cómo onfiar en una
introspección personal? La inspección enomenológica
pretende aportar más objetividad, porque se libera de lo
enético-psicológico y se centra en la apercepción, pero sus resultados
no arecen definitivos. Por eso se ha buscado el certificado en el uso".
Hare, por ejemplo, ha subrayado la primacía en los juicios ticos del significado evaluativo práctico,
recomendativo), del significado descriptivo.
J.M.Bermudo