“Veo, extranjero, que has hecho
un estudio profundo de las leyes de tu
país. Pero explícame eso mismo con más claridad. A mi juicio no
consideras que
un Estado está perfectamente ordenado, sino cuando su constitución le
da sobre
los demás Estados una marcada superioridad en la guerra.” (Platón,
Las Leyes).
Entre los griegos no había
distinción entre Ética y Política. Lo bueno para
el hombre y lo bueno para el Estado era, si no lo mismo, sí
absolutamente
interdependiente y subordinado. La "vida buena" sólo podía ser vivida
en el Estado; las excelencias del Estado se medían por sus habilidades
para
proporcionar la "vida buena" a sus miembros.
Con el fin de la época clásica
se quiebra también esta interdependencia.
Aunque la fractura se dio en un proceso complejo, desigual y
diversificado, el
resultado general era inapelable. El Cristianismo propiciaba la
diferencia, y
aún la confrontación: el "dad al César lo que es del César y a Dios lo
que
es de Dios", expresaba una distinción neutral entre dos órdenes de
vida;
pero el "mi reino no es de este mundo" jerarquizaba las "dos
ciudades".
Platón y Aristóteles fueron
ambos, indisolublemente, filósofos de la Ética
y de la Política. Es imposible comprender en ellos la Ética al margen
de sus
teorías políticas, o a la inversa. Pero en hombres como Maquiavelo,
Comte o
Scheler la separación no sólo es posible, sino exigible. Y cuando
abordan ambos
territorios, cosa frecuente, lo hacen reduciendo una a la otra: Hobbes,
Kant y
Sartre son dos ejemplos relevantes.
Si el Cristianismo propiciaba
la la escisión, acercando la Ética a la
teología y la "ciudad de Dios" y relegando la Política a la
"ciudad de los hombres", el capitalismo la impondría de forma
irremediable: la Ética se situaba en la privacidad, liberando así el
mercado de
cualquier normativa externa; y la Política se reducía al Estado mínimo,
sin fin
mesiánico ni humanista, como mero instrumento de orden.
Así, pues, el Cristianismo y el
Capitalismo acentúan la fractura, la
potencian y la consolidan. Sería absurdo, erróneo e injusto pensar que
en ambos
casos se postuló una radical y absoluta separación entre ambas esferas;
no fue
así, y se continuó manteniendo cierta conexión. Pero el mero hecho de
distinguir dos dominios de la Ética, la privada, personal, y la
pública, a la
que debía someterse la Política, es ya un golpe definitivo a la
identidad
originaria. Es cierto que tanto el Cristianismo como la ideología
liberal
propia del capitalismo clásico han postulado una Ética y una Política
justa; es
verdad que han defendido la individualidad, pero también cuidando la
colectividad. En la práctica, pues, la Ética y la Política no son del
todo
separada, excepto por los autores más extravagantes; pero en la idea
esa
escisión se consumó, y sus efectos han sido definitivos.
El Cristianismo sitúa la "vida
buena" en el más allá; con
frecuencia, incluso, no sólo se niega la posibilidad de una "vida
buena" en este mundo, sino que se considera a éste el reino del
demonio,
del pecado y de la culpa. Aquí, pues, no hay esperanza. Ni siquiera
tiene
sentido una evaluación sustantiva de esta vida, pues mero tránsito; su
valor le
viene de su aprovechamiento para ganar la otra. Por tanto, nada en ella
es
absolutamente bueno; todos sus valores son instrumentales.
Como consecuencia, el bien del
hombre no se relaciona con el del Estado,
sino con la salvación de su alma; su bien, su perfección, su felicidad,
no se
realizan en una sociedad política, sino en una comunidad celestial. Las
virtudes de los hombres son aquellas que sirven para ganar su
salvación, o sea,
las que se adaptan al dogma. Y tal cosa en el mejor de los casos, pues
hay
iglesias cristianas que niegan al individuo toda posibilidad de mérito,
subordinando la salvación a la gracia gratuitamente otorgada por Dios.
En estos casos el papel del
Estado es éticamente neutro; en las versiones
más humanistas, puede atribuírsele un papel: el de fomentar las
virtudes y la
forma de vida que favorezca la salvación. La historia está llena de
este tipo
de tentaciones: subordinación del Estado a la Iglesia, del derecho y la
justicia a la teología. Los modernos fundamentalismos han acentuado
esta
función.
Dejando de lado esas tendencias
a usar del Estado para la salvación, lo que
realmente han predominado han sido posiciones intermedias: la teoría de
"los dos cuerpos de Dios", defendiendo el poder temporal y el
espiritual, el Estado y la Iglesia, el Rey y el Papa, como dos
dimensiones del
mismo camino: el de la salvación; y la teoría de la "separación de la
Iglesia y del Estado", dejando al hombre que libremente decidiera en su
vida social sobre su propio destino, incluida su salvación.
Santo Tomás de
Aquino(1227-1274),
en el siglo XIII, y especialmente en los volúmenes II y III de su Summa Theologica, nos ofrece una
posición muy extendida. Su Ética es, como era e esperar, perfectamente
coincidente con la ética cristiana; pero su Política es original.
Partía de una situación
fáctica: la cristiandad era un todo, con unidad de
lengua, cultura, valores, religión. Y aceptaba un presupuesto
antropológico
cristiano: que el hombre era un ser espiritual. Esto, y dado que la
teología
cristiana afirmaba la existencia de otra vida, que cada uno debía
ganarse en
ésta, determinaba fuertemente las repuestas a la pregunta: ¿Cuál es el
papel de
la política en ese cuadro de creencias?. Si el hombre tiene un alma
inmortal
¿en qué y cómo debe someterse al Estado, como parece implicar el "dad
al
César lo que es del César"?. Si el deber del hombre está establecido
por
un "legislador celeste", si debe someterse a su voluntad y cumplir
sus mandamientos, ¿cómo puede estar sujeto a otro poder?. ¿Cuáles
serían los
límites de todo poder temporal?.
Santo Tomás ofrece una
respuesta filosófica muy consistente, aunque
discutible. Dirá que el hombre tiene "dos naturalezas": una, la
"naturaleza natural"; otra la "naturaleza sobrenatural" [178].
El hombre está instalado sobre ambas naturalezas y su salvación se
cumple
en el plano de la segunda, no de la primera.
El objeto del Estado es
promover el bien de los individuos que lo componen,
el cual es, en última instancia, la salvación de los mismos. Por tanto,
el fin
del Estado es preparar a los individuos para la salvación. Su autoridad
es
legítima en los límites y la medida en que se use para ese fin. La
recibe de
Dios, que es la autoridad máxima, y la extiende tanto al plano natural
como al
sobrenatural. Por tanto, es una autoridad delegada, que se mantiene en
la
medida en que es capaz de cumplir su función de promover el bien de los
ciudadanos.
Para ser más exacto, según
Santo Tomás, Dios inviste con su autoridad al
pueblo como totalidad. Por tanto, en el pueblo reside la soberanía. El
pueblo,
según las circunstancias, delega esta autoridad en uno(monarquía) o
varios(aristocracia) representantes, o incluso
gobierna como un todo(democracia). Con
esta teoría se sostienen dos tesis importantes. La primera expresa la
plena
subordinación de la política a la Ética al afirmar que el deber del
Estado es
el de realizar el bien del individuo; la segunda establece el contenido
de este
bien, identificándolo como aquello que es exigido por Dios.
La teoría es, en rigor, un poco
más compleja, dato que el hombre, además de
su dimensión natural, cuenta con otra dimensión sobrenatural, que
despliega
también en su vida en la tierra. En ésta, igualmente, la autoridad
máxima es
Dios. Y si en el plano natural el Estado lo representa, en el plano
espiritual
esta función corresponde al Papa. Con una diferencia importante: el
Estado
representa la autoridad natural de Dios sobre la tierra mediatizada por
el
Pueblo; el Papa, en cambio, lo representa directamente.
Ahora bien, ambas autoridades
son legítimas. En rigor, no deberían
contraponerse, aunque en la práctica puedan darse estos casos. Santo
Tomás no
duda en afirmar que en dichas circunstancias debe prevalecer la
autoridad del
Papa. De todas formas, hubo quienes, como Ockam, radicalizaban más la
separación y defendían una separación de funciones que hiciera
imposible la
confrontación.
No es aquí el lugar para entrar
en los matices de estas versiones sobre el
"origen divino del poder". Nos hemos referido a ellas con un sólo
objetivo: mostrar cómo la Ética cristiana de Santo Tomás, que no es, ni
mucho
menos, de las más rigoristas, acentúa la importancia del deber sobre la
virtud.
El Cristianismo se constituyó esencialmente sobre los "diez
mandamientos", que expresan la voluntad de Dios y que constituyen, por
tanto, los deberes de los hombres. Ciertamente, la moral cristiana
también
tiene un lugar para las virtudes, pero estimamos que de una manera
secundaria.
Por un lado, es obvio que las virtudes "cardinales" que recoge el
cristianismo no son exclusivas de esta religión, sino recogidas de
otras
tradiciones culturales. Las "teologales", más propias, tienen un
carácter fuertemente religioso, siendo más bien exigencias para la vida
del
creyente, actitudes apropiadas para a la salvación. Las "monacales",
a su vez, se construían sobre una base fundamentalmente ascética y
subordinadas
a un ideal de perfección no pensado para esta vida sino para conseguir
la
eterna. En conclusión, las virtudes cristianas definen un ideal de vida
que en
sí no tiene otro valor que ser medio de acceso a la vida eterna: no
definen,
pues, un ideal sustantivo. El bien que expresan se identifica con lo
que Dios
ha ordenado; por tanto, su función es la de dar cumplimiento a un deber
del
hombre de someterse a la voluntad divina.
El De
Monarchia(1310) de Dante(1265-1321) es un texto de gran
relevancia, y
poco estudiado en nuestras latitudes. En el mismo se aborda el problema
de la
relación entre el poder temporal y el espiritual, pero invirtiendo la
alternativa tomista, según la cual, en caso de conflicto y en última
instancia,
el poder temporal debía someterse al espiritual.
Para Dante el objetivo es la
separación radical de ambas esferas. Admite la
doble dimensión del hombre, admite que su salvación debe fundarse sobre
lo
espiritual, y admite que el hombre debe mirar fundamentalmente su
salvación
eterna. Por tanto, admite las tesis generales del cristianismo. Pero,
con una
visión del mundo más renacentista, comienza a reivindicar la
sustantividad de
esta vida, y, por tanto, la bondad de la misma, la sustantividad de sus
bienes
y valores.
Viene a decir que Dios ha
puesto ante los hombres dos paraísos: el
terrestre y el celeste, que deben perseguir cada uno de manera
específica. El
celeste, lugar de la vida eterna y del goce de Dios, se consigue en el
plano
espiritual; el terrestre, lugar de la vida humana y del propio poder,
es
consigue en el plano temporal.
Esta distinción es muy fecunda,
pues le permite definir al hombre según los
clásicos griegos, Platón y Aristóteles, como un ser social que persigue
la
realización de todas sus potencialidades y, particularmente, las
potencialidades del intelecto. Este fin es legítimo, bueno en sí mismo,
y
supone la cooperación con los demás, pues, para Dante, ningún hombre
sería
capaz de conseguir felicidad por sí mismo sin ayuda de los demás,
debido a que
necesita muchas cosas que en ningún caso podría conseguir por él mismo.
Por
tanto, el Estado es esencial: la vida en el Estado es la condición del
progreso
hacia el paraíso terrestre. Es decir, su existencia se justifica en sí
misma,
como condición de la vida buena en la tierra.
No tiene duda alguna en
conceder al papa la autoridad sobre la vida
espiritual; pero le niega toda autoridad sobre el estado, toda vez que
la
función de éste no es conseguir la salvación del hombre, es decir,
procurar el
paraíso celeste, sino su perfección natural, su paraíso terrestre.
Dante defenderá,
argumentándolo, la necesidad del Estado monárquico, e
incluso la necesidad del poder absoluto del monarca. Aunque se apoya en
reflexiones y principios filosóficos y teológicos, lo cierto es que
pesa sobre
él la conciencia del fraccionamiento y las constantes luchas internas
que
habían asolado Italia, y que seguían destruyéndola. Tal vez por eso
asigna como
primera función del Estado la de conseguir la paz, convirtiéndola en el
verdadero bien en política, por ser la condición de todos los bienes:
es
condición de posibilidad del conocimiento, que exige seguridad; del
comercio,
de la creación artística y científica, del trabajo.
Esta valoración de la paz como
bien natural supremo, y el pesimismo nacido
de la experiencia histórica, le lleva a proponer como única solución a
los
males temporales de los hombres, como instrumento imprescindible de la
paz, el
Estado Mundial. Tal vez las intuiciones de fondo apuntaran al sueño de
la
reconstrucción del Imperio Romano, reiteradamente buscado en la Edad
Media;
pero, en rigor, la propuesta de Dante de un Estado Mundial quedaba
implicada en
sus supuestos teóricos. Otros después que él, como Leibniz,
desembocarían en
similares planteamientos, aunque la concepción del mismo fuera
"federal", en lugar de una Monarquía absoluta: cada cual habla desde
sus límites históricos. Pero Dante piensa el poder absoluto y el estado
universal como dos condiciones absolutamente necesarias: su Estado
Mundial no
es sino la "Ciudad" platónica universalizada.
Como vemos, Dante, apuntando
hacia el Renacimiento, debilita el papel del
deber y recupera la positividad de las virtudes. Para ello hay que
regenerar la
vida humana, sustantivarla, aceptar el valor de las cualidades
naturales, dar
pleno sentido a las perfecciones de esta vida; en suma, recuperar el
"naturalismo humanista".
Pero tal vez el más
significativo exponente de la ruptura de la identidad
entre Ética y Política sea Maquiavelo (1469-1527). Ciertamente, son dos
siglos los que median entre el De monarchía
y el De Principatibus. Dos siglos
que han apuntado en una misma
dirección: recuperar la "dignidad" del hombre, la sustantividad de su
vida terrena, en suma, la independencia de la moral respecto a la
teología. Si
el cristianismo supuso, en buena parte, la escisión entre Ética y
Política, fue
a costa de subordinar la Política a la Ética, y ésta a la Teología. Con
el
Renacimiento, y de forma particular con Maquiavelo, se conseguirá
restituir a
cada disciplina su autonomía.
Las posibilidades de lecturas
diferentes de El Príncipe son muchas. Para
nuestro objetivo aquí vamos a destacar un aspecto, que no suele ser
resaltado.
Si algo destaca en la obra de Maquiavelo es esta idea: el Príncipe
moderno no
debe ya ser un "espejo de
virtudes" sino un "artesano". Es decir, su función no es
ejemplarizante, sino productiva: su tarea es la de conseguir un Estado,
construirlo, mantenerlo, mejorarlo, perfeccionarlo, engrandecerlo.
El príncipe
de la época feudal no
era, ni se sentía, autor de su Estado; ni, por consiguiente,
responsable de la
vida y problemas de sus súbditos. Tampoco éstos aspiraban a que
solucionara sus
problemas; si acaso, a que no agravara sus cargas. Los discursos,
laicos o
religiosos, sobre los "deberes" del soberano no pasaban en ningún
momento de meras propuestas de ejemplaridad. Incluso su papel de
representante
de Dios en la tierra le otorgaba esta única misión: ser ejemplo de vida
buena.
Con el Renacimiento, y
especialmente con Maquiavelo, el pensamiento recoge
la transformación que ya se había dado en la realidad. El Príncipe debe
tratar
su Estado, incluido su Pueblo, como un artesano la materia prima de su
trabajo:
debe conocer sus cualidades, aprovechar sus tendencias, corregir sus
malformaciones, prevenir su fragilidad... La Política deviene un
auténtico
"arte": sus reglas se tejen entre la finalidad del artista(la
conservación del Estado, su estabilidad,
su paz, su poder, su riqueza) y los medios con que cuenta(superficie,
materias primas, cualidades de
los súbditos, costumbres, creencias...).
El príncipe debe tratar a su
pueblo como el alfarero la arcilla: puede
manejarla a su antojo, romperla, moldearla, ocultarla... sin más
límites que
los puestos por sus propiedades físicas. ¿Qué lugar queda para la Ética
en un
proyecto semejante?. Un papel instrumental, como la religión: son
instrumentos
en manos del príncipe, que debe manejar diestramente para los fines del
estado.
Lo de menos es si Maquiavelo considera que esos fines son la obediencia
ciega,
la sumisión. Aunque así fuera, se trataría de su posición personal;
pero su
teoría permite otras diversas posiciones, pues la Política como
"arte", en el sentido indicado, es compatible con unos fines más
generosos y racionales: por ejemplo, con la democracia, con la
autonomía del
individuo, con los derechos de los ciudadanos...
Queremos decir que, como en
toda teoría innovadora, hay que distinguir
entre su valor universal y el uso particular que de la misma hace su
autor.
Este último nos interesa como historiadores; como filósofos nos atrae
sólo el
primero.
Vemos, por tanto, que en Platón
y Aristóteles el contenido del bien moral
era establecido por una idea sustantiva del hombre, que incluía a éste
como ser
social. Esta misma idea del hombre determinaba sus virtudes, tanto
personales
como sociales o profesionales. El "deber" era lo exigido por ésta
idea. Y como el hombre griego era siempre pensado en la "polis", no
había distinción entre deber moral y político: era el lugar de la
identidad
entre Ética y Política.
Hemos visto, con Santo Tomás,
que el contenido del bien se decide desde
fuera, por la voluntad de Dios. El "deber cívico" es un mero
incidente, siempre subordinado al "deber moral"; y éste, en
definitiva, se deriva de la Teología. Por tanto, las virtudes tiene una
función
subordinada y, en rigor, son bastante ajenas a la esencia del
Cristianismo,
aunque en su fase medieval, por contagio con otras tradiciones
culturales, se
asumieran. La moral cristiana es una moral del "mandamiento".
Dante nos ha permitido examinar
otra posición. En el fondo recupera la
visión clásica... pero asumiendo irremisiblemente el Cristianismo. El
resultado
es una vida dual, un doble paraíso, un doble código: el temporal y el
espiritual. La independización de la "vida terrena" respecto a la
vida espiritual le permite aspirar al modelo griego; pero la inevitable
necesidad de cultivar la otra vida, que si bien pertenece a otro plano
no deja
de ofrecer interferencias, y que, en todo caso, su exigencia de
individualidad
hace imposible aquella identidad presumiblemente griega. Sea como
fuera, y
dejando de lado la viabilidad de esta opción esquizofrénica, la
propuesta de
Dante retornaba una moralidad de las virtudes para la vida terrena;
pero
mantenía una moral de deberes, de mandamientos, también para esta vida,
aunque
en el plano del espíritu. Es como si Dante hubiera buscado la
re-re-conciliación, no la conciliación: mantendría la unidad entre
Ética y
Política en la ciudad de los hombres, y la subordinación de la Ética a
la
Teología en la ciudad de Dios. La propuesta es atractiva, pero la vida
real
permite mal estas distinciones.
Con Maquiavelo se establece la
radical autonomía entre Ética, Religión y
Política, estando las primeras subordinadas a esta última. La política
se
"desmoraliza". El Príncipe no tiene que salvar a sus súbditos; sólo
tiene que mantener el estado. En el esquema de Maquiavelo, aunque él no
se
preocupara de este aspecto, la Moral queda reservada al individuo: ni
el
Estado, ni Dios, le dictan su deber, le definen su bien. El nuevo
Príncipe
desacraliza su función y, en cambio, tecnifica su intervención. En
tanto que
Príncipe, está libre de toda moral; en tanto que hombre, como
cualquiera de sus
súbditos, puede definir su propia moral.
Pero, en este contexto, irrumpe
la Reforma. La Cristiandad medieval ofrecía
una cierta base unitaria: la misma religión, la misma lengua, la misma
moral,
la misma autoridad espiritual, la misma fuente de autoridad temporal, e
incluso
los mismos problemas filosóficos. Todos los hombres tenían los mismos
deberes
morales; todos sabían que la fuente de dicha obligación era la misma:
la
voluntad divina. La unidad de la Iglesia garantizaba esa unidad.
El protestantismo introdujo
fuertes cambios, aparte de los geopolíticos, de
por sí importantísimos. De entrada, acabó con la autoridad única: Roma
dejó de
ser el centro único de la vida espiritual, para ser uno entre otros. La
diversidad de autoridades religiosas engendró también diversidad de
interpretaciones de la voluntad divina: por tanto, morales
diferenciadas. Y si
tenemos en cuenta que el protestantismo negó la mediación de la Iglesia
entre
Dios y los hombres, así como defendió la libre interpretación de la
Biblia,
comprenderemos los importantes efectos en la moral. En el límite, cada
individuo establecería su deber, en su libertad de conciencia, según su
propia
inspiración; en la práctica no sería así. De todas formas, se relajó el
principio, se relajó la autoridad y se relajó el contenido de la moral.
Un efecto importante del
protestantismo en el orden moral fue la
revalorización de la idea de individualidad, de persona: el "hombre
como
fin en sí mismo", que resume las enseñanzas de Jesucristo, sería
asumido
por Kant como "imperativo categórico". Este principio se acoplaba
perfectamente a los modelos sociales del capitalismo liberal, que
acentuaba el
papel de la individualidad en la conducta económica y que defendía los
derechos
de los individuos en la vida política y social.
El protestantismo, en el fondo,
radicaliza la interpretación del principio
del deber: si éste consiste en cumplir la voluntad divina, ésta no
consiste ni
en lo que el Estado dice ni en lo que la Iglesia afirma, sino en lo que
le
dicta a uno mismo su propia conciencia. El Estado es el lugar en el que
el
hombre ha de realizar su vida temporal, e incluso donde ha de ganarse
la otra
vida; pero nadie tiene derecho a dirigirlo, nadie puede ni tiene
derecho a
intentar salvarlo, ni la autoridad del Papa ni la el Soberano. Su deber
se lo
dicta su conciencia, su corazón.
No es extraño, pues, que
surgieran las Ética el "moral sense",
del "moral sentiment". Fue el calvinista Rousseau quien, en medio de
los ilustrados, apeló a la moralidad natural, a la voz del corazón. El
Protestantismo, pues, interiorizaba la moral, convertía al hombre en
sujeto de
la moralidad: ésta devenía un quehacer y una responsabilidad privada.
En el fondo el Protestantismo
asume, como ya hiciera Dante, la tarea de
hacer posible una escisión de la vida humana. Ahora dicha fractura se
da entre
una vida civil, según las leyes del mercado, regulada por la dialéctica
entre
el deseo y el respeto a las leyes, en suma, ajena a la moralidad; y una
vida
moral, más o menos ligada a la práctica religiosa, que tiene su propia
autonomía y sus propias reglas.
Bien mirado, el Protestantismo
consagra la propuesta maquiavélica de
autonomía entre Política, Ética y Religión. La Política queda fuera de
la moralidad:
incluso se llegará a negar el derecho del estado a ejercer la
beneficencia. En
el fondo queda fuera de todo, pues el capitalismo liberal ve el estado
como un
instrumento exterior al individuo, una esfera puramente técnica. La
Sociedad
civil queda como reino de la privacidad, del deseo; y tiene sus propias
reglas:
las del mercado. La moral se refugia en la conciencia, y se ejecuta
privadamente, como en la beneficencia privada. Exceptuando las formas
calvinistas, en general el Protestantismo acabará aceptando la
independencia
entre Política y Teología, aunque las tentaciones de
instrumentalización no
dejen de dar muestras de presencia. En suma, el resultado global es el
fraccionamiento.
El protestantismo acentúa la
moral del deber. La visión rigorista de la
vida del puritanismo impide pensar la perfección humana aquí en la
tierra, e
inclina a menospreciar cualquier valor, cualquier mérito. Ni siquiera
se acepta
la posibilidad de que el hombre gane por sí mismo su salvación: ésta la
otorga
graciosamente la voluntad divina. El hombre queda condenado a cumplir
con su
deber... a cambio de nada. Sólo le queda obedecer y tener fe. Nada de
cuanto
haga es un bien, es un valor de cambio. Más que nunca el hombre es mero
sujeto
de deberes, entregado a la voluntad de Dios. En el catolicismo, en
cambio, se
actuaba como si hubiera habido un pacto entre Dios y los hombres: si
estos
cumplían su voluntad, conseguirían su salvación. Es decir, sus acciones
tenían
valor; las virtudes tenían contenido, aunque estuvieran subordinadas.
J.M.Bermudo