II. LAS TEORIAS ÉTICAS Y SUS FUNDAMENTOS.
1.
Preguntas y respuestas.
“La
mayoría de nosotros... somos partidarios de la libertad, la igualdad y
el bien
común, pero no sabemos a ciencia cierta lo que esos conceptos
significan ni
cómo deberían formularse unos principios bien fundamentados; ni
siquiera
sabemos si se pueden defender razonablemente los principios morales.”
(D.
Lyons, Ética y Derecho).
No es fácil establecer el campo
de la Ética. De todas
formas, hay un conjunto de cuestiones que, con desigual presencia según
el
autor y la situación histórica, han pasado a ser consideradas de forma
usual
como pertenecientes a la Ética. Entre las mismas se cuentan tópicos
como los
siguientes: (1) Definir el bien moral, o la jerarquía de bienes si
fueran más
de uno, así como mostrar dicho bien como fin último;(2) Establecer las
bases de
la obligación moral, es decir, del deber, y en particular explicar por
qué debo hacer aquello que no quiero hacer; en definitiva, explicar
por qué debo ser moral;(3) Fijar la
facultad moral, es decir, la que reconoce el bien o el deber moral:
decidir
entre la razón y el sentimiento, entre el "moral sense" o la
conciencia;
(4) Definir la acción correcta, estableciendo si la misma coincide con
aquella
que pensamos sinceramente que debemos hacer, o si bien dicha acción es
algo que
debemos hacer realmente, coincida o no con nuestro juicio o
sentimiento; (5)
Establecer el criterio de distinción entre las acciones correctas y no
correctas. Por ejemplo, decidiendo si la moralidad de la acción es una
cualidad
intrínseca a la misma, o si depende de las consecuencias. Y, en este
caso,
fijando la manera de valorar las consecuencias: respecto a la
felicidad,
respecto a la salvación; (6) Analizar el lenguaje moral, el significado
y uso
de sus términos, el carácter de sus juicios, su función cognitiva,
emotiva o
prescriptiva.
No hay, en general, muchos
problemas en admitir que estas
cuestiones han pertenecido al cometido de la Ética. Habrá diferencia de
opiniones respecto a si todas ellas son susceptibles del mismo
tratamiento, e
incluso respecto a la posibilidad de cada una de ellas de ser abordada
con
metodología y resultados adecuados. Es decir, cada filósofo, en función
de sus
concepciones metafísicas, epistemológicas, sociológicas,
antropológicas, etc.,
dará mayor o menor preferencia a cada una de estas cuestiones,
desdeñará otra e
incluso considerará ilegítima o imposible alguna de ellas. Y todos
ellos, sin
duda, aportarán argumentos o consideraciones razonables, basados en sus
propias
concepciones filosóficas, en sus respectivos puntos de vista, y
contando cada
cual con esa extraña legitimación que proporciona la misma naturaleza
problemática de los objetos de la Ética. Es decir, las propias
dificultades de
la Ética como disciplina filosófica favorecen la diversidad de
actitudes ante
ella. Veamos algunas de ellas.
Es frecuente la defensa, desde
posiciones filosóficas muy
diversas, de la "no demostrabilidad de las proposiciones éticas".
Obviamente, la demostración en Ética parece muy difícil, muy lejana a
la
claridad de la demostración matemática, siempre modélica. Es cierto que
en la
demostración matemática se echa mano de las leyes lógicas y se acepta
la
legitimidad de los procesos de inferencia y deducción, pero tal cosa
parece
aceptable en la medida en que los mismos son intuitivamente percibidos.
Por
otro lado, la legitimidad de esos principios y leyes se muestra en su
aplicación
en las ciencias empíricas, donde la verificación
en el experimento los legitima. La Ética, donde no cabe ni la
"verificación" ni la "prueba lógica", dejaría sus
proposiciones sin la legitimidad racional propia de las demostradas o
verificadas; es decir, como expresiones de sentimientos o valoraciones
personales.
Otro problema de la Ética es
que sus cuestiones se
sobreponen e implican, de modo que todas ellas acaban dependiendo de
dos o tres
cuestiones centrales. Y como respecto a éstas hay desacuerdo, el mismo
se
extiende a todas las proposiciones derivadas. Por ejemplo, para los
griegos la
noción básica de la Ética era el "bien". La tarea de la Ética era
definirlo; no ponían énfasis alguno en el "deber", pues les parecía
obvio que el deber consistía en buscar el bien. En cambio, en la ética
kantiana, la noción central es la "obligación moral", preocupándole
fundamentalmente la definición de la "buena voluntad".
En fin, los problemas del
significado de los términos, así
como las dificultades de delimitación estricta de lo ético, son motivos
añadidos al desencanto y a la diversidad de criterios y actitudes ante
la Ética.
Todo ello da como resultado la proliferación de doctrinas
éticas. Doctrinas que comparten de forma cruzada ciertas
tesis y criterios, pero que se diferencian y enfrentan en otros. Cada
conjunto
de respuestas selectivas y coherentes constituye una teoría ética. Como
los
elementos coincidentes son varios, las tipologías son muchas, según los
criterios de división.
2.
Las dos tipologías fundamentales
.
“La
capacidad de atracción del naturalismo radica, sobre todo, en que con
él se
evita la difícil problemática de la fundamentación de los enunciados
morales.” (F. von Kutschera, Fundamentos
de Ética).
Entre las diversas formas de
clasificar las doctrinas
éticas, según el criterio de demarcación que elijamos, hay dos
tipologías
generales que merecen una reflexión particular, por haber sido la
dominante en
la historia de la Ética. La primera, la distinción entre Éticas intuicionista y consecuencialistas;
la segunda, entre Éticas objetivas
y subjetivas.
Comentaremos ambas según el enfoque tradicional, es decir, según su
fundamentación metafísica y su estatus epistemológico respectivamente.
No
obstante ello, volveremos a retomarlas después, cuando abordemos la
clasificación con el punto de mira puesto en otra perspectiva
hermenéutica: las
teorías éticas como respuestas inducidas por retos científicos, en
particular
los retos metafísicos y epistemológicos.
En cuanto a la distinción entre
teorías intuicionistas y
consecuencialistas, la misma se apoya en la relación entre dos ideas
centrales
en la Ética: "correcto" y "bien". Según se otorgue primacía
a una u otra, se obtiene un criterio de moralidad u otro, y, por
consiguiente,
una teoría moral u otra. El intuicionismo pone en el centro la idea de
"correcto", que se percibe con claridad y evidencia, intuitivamente,
como perteneciendo al ser de las cosas; el consecuencialismo pivota
sobre una
idea positiva de "bien", entendiendo como tal un fin a perseguir, que
permite valorar las acciones y las cosas según tiendan al mismo.
Si se considera que lo correcto
en una acción, una
institución o un carácter, es una cualidad intrínseca, que capta la
razón, o
que hace evocar en la persona que contempla la acción un sentimiento de
aprobación, entonces estamos antes doctrinas intuicionistas. Hemos de
destacar
que esas "cualidades intrínsecas" de la acción deben pertenecerla al
margen
de las relaciones o circunstancias concretas; o sea, las posee per se. El intuicionismo gira en torno a
la idea de "correcto", que se capta intuitivamente. El
"bien" es aquello que es aprobado como correcto, o lo que produce o
favorece lo correcto.
En cambio, si la moralidad de
la acción se deriva de las consecuencias
de la misma, estamos antes
teorías consecuencialistas, entre las cuales la más extendida es el utilitarismo. Aquí el criterio no reside
en una característica intrínseca, ni en un sentimiento de aprobación
evocado,
sino en ciertos hechos o situaciones observables, cuya evaluación se
hace desde
un concepto del "bien". Todas las teorías del campo consecuencialista
toman como tarea importante la definición del bien. Para el
utilitarismo el
bien, "la mayor felicidad para el mayor número", es el eje de su
reflexión ética; lo "correcto" se define subordinado al
"bien": es correcto aquello que favorece el máximo bien, es decir, la
maximización en cantidad y extensión de la felicidad.
En cambio, la distinción entre
teorías subjetivistas y
teorías objetivistas se centra en la concepción que se tenga de los
juicios
éticos; en concreto, según se considere que las proposiciones que usa
la Ética
son juicios subjetivos o juicios objetivos. Por juicio subjetivo
entendemos
aquella proposición que nos expresa la experiencia del agente, es
decir, lo que
está ocurriendo en el sujeto, su estado de ánimo, su punto de vista, su
valoración de unos hechos. Obviamente, no nos referimos sólo a los
juicios
subjetivos con forma subjetiva, como "yo creo que el Barca ganará la
Liga", cuya identificación es trivial; sino también a los que se hacen
con
forma y pretensiones de objetividad: "el año económico ha sido un
desastre".
La característica de los
"juicios subjetivos" es
que no se contradicen. Así, afirmar que "el año económico ha sido
satisfactorio", no contradice la valoración del juicio anterior, a no
ser
que fuera emitido por la misma persona [1].
Cada uno expresa el sentimiento del hablante que lo ha formulado. Los
sentimientos que originan los respectivos juicios son diferentes, pero
en tanto
que situaciones de hecho no mantienen entre sí relaciones lógica y, por
tanto,
no son contradictorios.
Podríamos decir, con razón, que
si en sí mismos no se
contradicen, porque afirman hechos diferentes, en cambio expresan o
inducen
actitudes contrapuestas. Es decir, si a nivel teórico no se
contradicen, en
cambio a nivel práctico se contraponen. Y podría también decirse que,
para un
espectador de ambos, que asumiera la tarea de decidir su acción o
actitud, es
decir, de formular su juicio sobre el año económico 1991, dichos
juicios, ahora
abstraídos de sus sujetos, serían contradictorios: no podrían ser
formulados simultáneamente.
Ahora bien, los "juicios
subjetivos" no mantienen
siempre una indiferencia como la manifestada por el ejemplo que hemos
puesto.
Habría sin duda quien reconociera que "el año 1991 ha sido
satisfactorio
en lo económico, aunque para mí ha sido fatal". Es decir, que la
subjetividad es una escala, cuyos límites van del más puro emotivismo a
la
"objetividad" científica.
Ciertamente, si se asume como
modelo de objetividad el de
los juicios matemáticos, entonces los juicios morales, e incluso los
juicios
empíricos de las ciencias, quedan irremisiblemente del lado del
subjetivismo.
La filosofía ha tendido siempre a radicalizar las opciones, y llamar
"objetivo" al conocimiento absolutamente evidente, como el de las
matemáticas. Esta objetividad prima facie,
propia de juicios como "2+5=7", desde nuestro punto de vista, ocupa
un extremo "objetivo" de la escala. En el extremo
"subjetivo" se situarían los juicios subjetivos prima
facie, como "me gustan las fresas". Y a lo largo de
la escala se situarían convenientemente los demás juicios. Por ejemplo,
"esta película es aburrida" se situará en posiciones cercanas al polo
subjetivo; otros, como "la temperatura de la habitación s de 18º C.,
estará más desplazado hacia el objetivo.
La posición en la escala de los
juicios no depende de su
verdad. Puede darse el caso de que sea más ajustado a la realidad el
juicio
"esta película es aburrida" que "la temperatura de la habitación
es de 18ºC", dado que este último puede ser absolutamente falso. Por
tanto, lo que distingue la
objetividad-subjetividad de los juicios no es su valor de verdad, sino
el
método de verificación. El segundo, sea verdadero o falso,
cuenta con una
forma generalmente aceptada de decisión: la medida de la temperatura
mediante
aparatos adecuados. El primero, en cambio, o bien carece de ese método,
o el
mismo no es tan fiel ni tan universalmente aceptado.
Veamos ahora como se manifiesta
este problema de la
objetividad y la subjetividad en los juicios éticos. Ante juicios como
"esta acción es correcta", "el carácter de este hombre es
bueno", "salvar a un niño en peligro de perder su vida es un deber de
todo hombre", surge la cuestión de si dichos juicios enuncian una
propiedad intrínseca de la acción, del carácter o del deber, o si, por
el
contrario, enuncian meras opiniones de la persona que juzga. En el
primer caso,
las acciones, caracteres o deberes poseerían una cualidad, la
"rectitud"; en el segundo, bajo la forma objetivista "esto es
una acción correcta" realmente se expresa la actitud subjetiva "esta
es una acción que apruebo". Es decir, en este caso se piensa que
"bueno" y "recto" no son términos con significado objetivo;
simplemente son maneras retóricas de decir "deseo" o
"apruebo".
La versión subjetiva, a su vez,
puede originar dos
posiciones diferenciadas, según la manera de entender la subjetividad.
Si la
pensamos como una determinación biológico-psicológica, naturalista,
entonces el
"bien" se confunde con aquello a lo que por razones
biológico-psicológicas tendemos, lo que nos causa placer, lo que
deseamos.
Llamaremos esta teoría subjetivismo
psicológico.
Pero a veces se considera que
la conciencia, la
subjetividad, es el fruto de la historia. Es decir, que reglas y
valores
vigentes en una sociedad se han ido fijando en sus miembros y
descendientes,
fijándose en su "segunda naturaleza", de modo que acaba perdiéndose
su origen y pasa a verse como natural lo que era a todas luces social.
En esta
teoría, que llamaremos subjetivismo
sociológico, bueno es aquello que aprobamos o deseamos, pero
entendiendo
que dicho contenido es una costumbre fijada en instinto.
Si la doble tipología, intuicionista-consecuencialista
y objetivista-subjetivista, la
cruzamos término a término, obtendremos un repertorio de posiciones
éticas
ilustrativo. Así, el intuicionismo ético afirma que las acciones son correctas y las cosas buenas
al margen de sus consecuencias.
Pero esta tesis puede complementarse con otra, sea objetivista o
subjetivista.
Si se complementa con la tesis que afirma que las acciones son
correctas y las
cosas buenas en sí mismas, al margen de que sean o no deseadas o
aprobadas por
una persona o grupo, estamos ante un intuicionismo
objetivista (Ética de Moore o de Scheler); si se complementa
con la tesis
por la cual las acciones son correctas y las cosas buenas porque una
persona o
una colectividad así lo creen, estamos ante un intuicionismo
subjetivista, respectivamente psicológico (escuela
del "moral sense") o sociológico (evolucionismo de Spencer). En el
intuicionismo objetivista las acciones son aprobadas porque son
morales; en el
segundo, se dicen morales porque son aprobadas.
Igualmente, hay un consecuencialismo
objetivista, para el cual las mejores consecuencias pueden
ser valoradas y
establecidas objetivamente (como en el utilitarismo),
y un consecuencialismo subjetivista,
que considera como mejores consecuencias aquellas que son deseadas,
bien por el
agente (caso del nihilismo ético),
bien por el colectivo (caso del preferentismo
o relativismo ético social).
Por último, hemos de decir unas
palabras sobre la moral nihilista y
moral inefable. Un
punto de vista interesante en Ética es aquél que pone en cuestión la
significatividad de los términos éticos y, por tanto, de los juicios
éticos. La
significatividad, pues, determina posiciones diversas. Una posición
polémica,
presente a lo largo de la historia de la Ética, sostiene la no
significatividad
de los términos y enunciados éticos. Y dentro de la misma caben dos
opciones:
considerar que la no significatividad convierte la Ética en una tarea
filosóficamente estéril, por no cognitiva; o bien considerar que la no
significatividad no afecta al conocimiento, sino a su comunicabilidad.
En este
caso lo que se pone en cuestión no es la Ética, sino la enseñanza, el
diálogo,
la comunicación de la misma. Es decir, se trataría de una experiencia
única,
incomunicable, inefable.
No debe confundirse con el nihilismo ético. Esta es una teoría
subjetivista, psicologista y
consecuencialista, que niega la validez de las nociones éticas.
"Bueno" y "correcto" es meramente aquello que satisface el
deseo. Por tanto, la obligación moral, el deber, carece de base
racional; la
moral es una racionalización instrumentalizadora, de lo ascético o lo
confortable. El universo es neutral, la razón es neutral: no hay base
alguna en
la naturaleza de las cosas para fundar la conducta, ni en el cosmos, ni
en la
naturaleza humana, ni en la experiencia social.
La moral
inefable
no es el nihilismo. Aquí los términos y enunciados éticos no son
significativos, y por eso no son comunicables, pero tienen sentido para
el
agente. La Ética es posible, pero reducida al silencio. Pues "los
problemas
filosóficos surgen cuando el lenguaje está de vacaciones" [2]
3.
La Ética ante los retos de la ciencia
.
“Si
llega a nuestras manos un volumen de teología, de metafísica...,
preguntémonos:
¿Contiene algún razonamiento abstracto sobre la cantidad o el número?
No.
¿Contiene algún razonamiento experimental sobre materia de hechos o de
existencias? No. Lanzadlo entonces a las llamas, ya que no contiene
otra cosa
que sofistería e ilusión.” (D. Hume, An
Enquiry concerning the Human Understanding).
Una de las tareas de la
Metaética es la de distinguir y
analizar las diversas teorías ética, en base a los distintos criterios
de
demarcación. La Metaética hace discursos sobre la Ética; en este
sentido,
pertenecen a la Metaética tanto la Historia como la Sociología o la
Psicología
de la Ética, pues todas ellas contribuyen a la "conciencia de sí" de
la Ética, conciencia cuya ausencia puede tolerarse a otras disciplinas,
pero no
a la Ética en cuanto que "filosófica". Es decir, es propio de las
disciplinas filosóficas incluir entre sus tareas las propiamente
"reflexivas": además de conocer su objeto deben conocer la
legitimidad de ese conocimiento, o sea, deben conocerse a sí mismas. Si
el
objeto de la Ética como conocimiento es, en sentido lato, la moralidad,
como
conocimiento "reflexivo", filosófico, añade al objeto la propia
conciencia de si. Por tanto, tiene a la Moral y a la Ética como objeto.
Una manera de esclarecer la
confusión tal vez sería la de
distinguir entre Ética sistemática
y Ética académica, siempre que
seamos
capaces de entender académico en el mejor de sus sentidos, es decir,
como
exigencia de rigor, de autoconciencia, de exigencia de
autojustificación.
Decimos "académica" porque es obvio que la tradición académica ha
establecido unas tareas y campos a la Ética, como se percibe en los
programas
de investigación y en los planes docentes, entre los cuales hoy no
pueden estar
ausentes tareas como las de la Metaética, las de la Historia de la
Ética, las
de la relación de la Ética con otras disciplinas, etc. Estas tareas,
hoy
ineludibles, no pueden considerarse incluidas en la "Ética
sistemática", pero sí en la "Ética académica".
Con todo, acostumbra a llamarse
"Metaética" sólo
una dimensión de esta tarea reflexiva, la más epistemológica, la
dirigida al
análisis del lenguaje, del método y de los presupuestos o fundamentos
lógicos,
gnoseológicos y metafísicos. Y, como una parte de esta tarea, sobresale
la
distinción, análisis y valoración de las diversas teorías.
Un texto reciente que ha
abordado de forma bastante
sistemática la caracterización de las diversas teorías competitivas en
Ética es
el de Franz von Kutschera, Fundamentos de
Ética [3].
Por su parte A. Cortina ha ofrecido también una clasificación de las
"éticas", teniendo en cuenta a Kutschera, en su Ética
sin moral [4].
Por nuestra parte vamos a asumir el catálogo, pero introduciendo
nuestra
reflexión sobre los criterios y aportando un principio hermenéutico que
evite
ver estas clasificaciones como mero ejercicio taxonómico y presente las
diversas teorías como propuestas nacidas de retos teóricos planteados
por la
ciencia, en definitiva, por la misma razón.
El principio hermenéutico a que
aludimos puede ser formulado
de la siguiente manera: las grandes alternativas éticas, las
clasificaciones
"omniabarcantes", al menos las que parecen exigir opciones
excluyentes, surgen como respuestas diversas a retos epistemológicos y
ontológicos derivados del desarrollo de las ciencias. Podríamos matizar
más
este principio, incluyendo la sospecha de si realmente el reto procede
de la
ciencia, o más bien mediatizado por la filosofía de la ciencia; pero
este
aspecto, interesante a otros niveles, no es aquí relevante.
Ante los citados retos suelen
surgir tres posiciones
centrales, al margen de otras menos relevantes u originales. Una
alternativa
siempre presente es la que parece estar inducida y preferida por la
filosofía
de la ciencia: disolver la Ética, reducirla a discurso imposible,
proponiendo
que la moralidad, como mera expresión ideológica y sentimental, sea
objeto de
disciplinas descriptivas, como la psicología de la mente, la sociología
del
conocimiento, etc. Otras dos, las cuales cada una a su manera
constituyen la
vida misma del pensamiento ético, que apuestan por mantener la
especificidad de
la Ética, pero con perspectivas desiguales. En un caso, asumiendo en lo
posible, a veces retórica o sofísticamente, los criterios de la
ciencia; o,
para ser más exactos, de la filosofía de la ciencia; en el otro,
defendiendo
contra todos la irreductibilidad de lo moral y la legitimidad de la
Ética.
Es difícil contener la
imaginación, que nos sugiere,
curiosamente, que esta batalla de la ciencia contra la Ética es, por un
lado,
similar o parte de la batalla eterna de la ciencia positiva contra la
filosofía [5];
por otro, que a menudo la batalla no es entre ciencia y filosofía, sino
interna
a la filosofía (en nuestro caso entre filosofía de la ciencia, o del
lenguaje,
y Ética). Nos parece al respecto una observación nada trivial que los
científicos a menudo pueden convivir, y hacerlo fecundamente, con la
filosofía;
incluso practicándola. Y, por supuesto, su convivencia es aún más
fácil, y
creemos que más fecunda, con la Ética. El "enemigo" parece que lo
tenemos dentro: se trata de esa "negatividad" de la razón, que es a
un tiempo su grandeza y su miseria.
Podemos añadir que todos estos
retos, aunque pueda
encontrárseles un origen y desarrollo histórico, son obstáculos
constantes que
la Ética debe recorrer una y otra vez, y que el filósofo debe recorrer
individualizadamente. La respuesta a los mismos, las diversas
respuestas,
constituye la Ética como disciplina filosófica.
Por último, estos diferentes
retos, que constituyen como
criterios de demarcación de posiciones diferenciadas, parecen estar
ligados
entre sí, como si tuvieran un fin común: decidir si la Ética es teórica
o
práctica, descriptiva o normativa; es decir, decidir qué tipo de
conocimiento
es, decidir su racionalidad. Y, consecuentemente, si el ético tiene
como
objetivo la pura conciencia especulativa o la transformación de la vida
humana.
O sea, todo parece estar enfocado a decidir si la Ética sobrevive o
desaparece,
si apuesta por ser práctica o se deja seducir por la especulación; en
suma, si
decide ser Ética o resuelve su disolución en lo otro. La Ética, por
tanto,
incluye entre sus tareas la de decidir constantemente sobre su ser,
sobre su
manera de ser y sobre su propio destino. Es también el precio de su
dimensión
filosófica.
De todas formas, hay un
criterio fundamental y previo, que
mediatiza todos los demás: el criterio "subjetivo" de la actitud del
autor. La contraposición más profunda y operativa en Ética es la que se
formula
en términos de normativismo/descriptivismo. ¿Por qué? Porque es la que
define
la actitud final del filósofo ético. Claro que esta actitud en el seno
de una
disciplina filosófica no es espontanea ni refleja, sino reflexiva; es
decir, se
da en la medida en que las condiciones de la racionalidad lo permiten,
y
siempre respetando esas condiciones. Por eso iremos viendo todas las
demás
alternativas a la luz de su incidencia en ésta.
Queremos decir que, si bien un
agente puede decidir
voluntariamente, en función de sus sentimientos, conciencia o pasiones,
oficializar de "moralista" o de "cínico", un ético en tanto
que filósofo sólo podrá decidir por una u otra opción en el marco de
las
exigencias de la racionalidad. Aunque tuviera una voluntad previa, la
opción
final debe estar justificada racionalmente; por tanto, no puede obviar
el debate
ontológico y epistemológico. De este modo se comprende que su
"actitud" final, que operativamente es la que cuenta, debe estar
mediatizada por las respuestas a esos retos de los que venimos hablando.
4.
El "descriptivismo" ético.
“Hay
ciertas maneras de comportarse que son describibles en términos
perfectamente
neutrales, y que nos hacen recomendar a las personas diciendo, por
ejemplo, que
son valientes.” (Hare, Descriptivism).
La Ética, en tanto que filosofía práctica en general, habla
sobre las normas y juicios de valor, sobre códigos morales, sobre
modelos de
conducta, etc. Pero puede hacerlo de diversos modos. Es obvia la
diferencia
entre los dos siguientes enunciados: "la libre asociación es un derecho
de
todos los hombres" y "la Constitución española consagra el derecho a
la libre asociación". En el primer caso hacemos una evaluación mediante
un
juicio normativo: afirmamos, establecemos una norma o nos adscribimos a
ella;
en el segundo caso hacemos una descripción de un hecho, a saber, que la
Constitución española establece tal norma. Ambos hablan de normas
morales, pero
de forma distinta. Tenemos, pues, dos tipos de enunciados sobre normas
y
valores: enunciados ético-descriptivos
y enunciados ético-normativos. Son
dos posiciones que caben dentro del discurso ético, al menos de la
Ética como
disciplina filosófica. Pero ¿son dos tipos de teorías éticas?
Debemos distinguir con claridad
entre "Ética
descriptiva",y"Descripciones de la Ética". En el
primer caso estamos ante una disciplina que, junto a su rival, la
"Ética
normativa", constituyen dos posiciones o actitudes posibles del autor,
respectivamente especulativa y práctica. En el segundo caso estamos ante
toda una gama de ciencias que toman por objeto la Ética en todas sus
formas y
variaciones, descriptivas o normativas; que hablan de la Ética, de su
lenguaje
o de su contenido, de lo que dice y lo que oculta. Se trata, es bien
cierto, de
ciencias descriptivas. Más aún, y de aquí viene la confusión, se trata
de
ciencias que habitualmente, académicamente, practica el mismo filósofo
ético,
porque son lo que hemos llamado la "dimensión reflexiva" de la Ética.
Enunciados del tipo "la
Constitución española consagra
el derecho a la libre asociación", aun siendo descriptivos, y aun
siendo
habitualmente formulados por la Ética como disciplina filosófica, no
deberían
considerarse los propios de la Ética
descriptiva, como hace Kutschera [6].
Los mismos pertenecen a discursos externos, a investigaciones empíricas
(sociológicas, etnológicas, antropológicas, históricas...) sobre
sistemas de
normas o moralidades existentes. En rigor, y si usamos un concepto de
Historia
amplio, como el pretendido por Marx, o el defendido por Vico, que
incluiría
elementos de explicación global, hoy diversificados más o menos
convencionalmente en una diversidad de disciplinas (biología,
sociología,
economía, política....), dichos enunciados pertenecían a la Historia de la Ética, en ese sentido de
historia global señalado. Esta Historia de la Ética, descriptiva y en
gran
medida empírica, que no es propiamente una disciplina filosófica, que
no se
confunde con la Ética como disciplina filosófica y práctica, constituye
no
obstante una parte esencial de la Ética como proyecto de reflexión y de
investigación. Tal vez porque la Ética, en tanto que filosófica, está
obligada
a la "autoconciencia", la cual es conciencia de su historia, de su
origen y devenir, no puede excluir de su seno esa parte "descriptiva"
que es la Historia de la Ética.
A las razones teóricas que
acabamos de aportar hay que
añadir los argumentos empíricos, el peso de la tradición. Textos como
los de E.
Westermarck [7] y de F. Brentano [8]
sobre el origen y evolución de la moralidad son ejemplares; nadie
discutiría su
conveniencia en cualquier proyecto de estudio general sobre la Ética.
Otros
autores más recientes muestran que la tradición sigue viva, que la
Ética necesita
constantemente pensar-se, explicar-se [9].
Es, pues, razonable considerar
que tanto la ética comparada [10],
como las explicaciones de la moral de tipo psicológico [11],
o antropológico [12],
o biológico [13],
constituyen parte de la Ética, al igual que es hoy difícil analizar
cualquier
otro aspecto de la filosofía (epistemología, cosmología, teología...)
sin
recurrir a las condiciones históricas, es decir, a las ciencias
sociales. De iure estos discursos
externos sobre
la Ética no la constituyen; pero de facto
la reflexión ética hoy -y más aún la académica, ligada a la docencia-,
si no
quiere caer en la mera analítica del lenguaje, no puede obviar hacer
suyo estos
discursos sobre sí; en definitiva, no puede renunciar a su autoconciencia.
Ahora bien, esta Historia
de la Ética no agota toda la parte descriptiva de la misma.
Toda una línea
de pensamiento, conocida como descriptivismo
ético, emergente en diversos momentos de la historia, ha
aspirado a hacer
de la Ética sistemática una ciencia meramente descriptiva; es decir, ha
considerado los enunciados éticos como empíricos, como relatos del
alma.
Podíamos citar como ejemplo de oro la Theory
of Moral Sentiments de Adam Smith, o las más recientes obras
de autores
como Stevenson.
Esta Ética
descriptiva
es la que aquí nos interesa como posición interna a la Ética, posición
crítica
y fecunda, protagonista de buena parte de la reflexión moral y sobre la
moral
contemporánea. Esta ética, que usa el enunciado "la libre asociación es
un
derecho de todos los hombres" en el sentido descriptivo "deseo que
todos los hombres tengan derecho a la libertad de asociación", se
contrapone netamente a la Ética normativa,
aquella que considera que el enunciado "la libre asociación es un
derecho
de todos los hombres" establece una norma moral que obliga a todos a
cumplirla y hacerla cumplir, sin reducirla a un deseo o sentimiento
personal,
sin describir ningún estado de conciencia ni ninguna situación fáctica;
simplemente, como máxima que establece un deber.
En el anterior ejemplo podemos
apreciar la diferencia entre
el "descriptivismo ético" y las "descripciones de la Ética".
En éste caso se trata de convertir enunciados de forma normativa como
"X
es bueno" en otros de forma manifiestamente enunciativa como "S dice
que X es bueno"; en el
descriptivismo ético, en cambio, no hay conversión del enunciado; hay
simplemente
una traducción de su significado, pasando, sin perder su forma, a
significar
"S aprueba X".
Bien mirado, el "descriptivismo
ético" reduce la Ética
normativa a simple Psicología de las pasiones. Pero no es esta la
intención de
sus defensores: no pretenden defender que los juicios éticos en el
fondo son
formas de enmascarar y embellecer los deseos de los hombres. Tal
posición sería
el psicologismo ético. Los
defensores
del descriptivismo ético no han llegado a sus posiciones motivados por
la
sospecha psicologista, sino como resultado de una larga tradición de
críticas a
la legitimidad y fundamento de los juicios normativos. Es este origen
el que, a
nuestro entender, convierte el "descriptivismo
ético" en una teoría ética, y no en una teoría sobre (o
contra) la Ética,
como el psicologismo.
A Kutschera una "Ética
descriptiva" en sentido
fuerte le parece una contradicción en los términos. A. Cortina [14]
opina algo semejante, pues se limita a menospreciar este criterio de
distinción
de teoría éticas diciendo que "me ahorraré la primera clasificación,
porque, a mi juicio, la ética es mediatamente normativa
y, por tanto, no hay sino ética normativa". Por
nuestra parte manifestamos nuestras dudas al respecto.
Consideramos que el debate en
torno al carácter descriptivo
o normativo de la Ética con frecuencia está viciado por no tener claro
el
criterio en base al cual se plantea la alternativa. Por eso nosotros,
en el
título de este apartado, hemos hablado de la "actitud del autor".
Porque, así considerado, el problema tiene solución: hay actitudes,
posiciones,
"descriptivistas" y "normativistas", al margen de los
resultados prácticos. Es decir, hay quienes creen que los juicios
morales en el
fondo describen pasiones humanas, y quienes consideran que enuncian
verdades
axiológicas; hay quienes, en base a esas creencias, asumen su tarea con
asepsia
y neutralidad, y quienes, por las mismas razones, hacen apologética; y
hay,
obviamente, muchas posiciones intermedias. Pero son eso, posiciones,
que no
siempre son eficaces, es decir, que no siempre se traducen
existencialmente.
Porque es obvio que el más puro y exquisito descriptivismo no dejará de
-aunque
sea de forma mediata, como dice A.
Cortina- posibilitar o facilitar una u otra opción; como, por otra
parte, la
más apasionada apologética tal vez genere, en lectores ilustrados, una
inesperada indiferencia.
Podríamos decir, con todo, que
las posiciones
prescriptivistas y normativistas no son meras "actitudes", sino, en
todo caso, actitudes fundadas en principios más profundos sobre el
lenguaje,
sobre el conocimiento, sobre los valores, sobre cuestiones
ontológicas...Estamos de acuerdo. Aquí hemos planteado lo
que podríamos llamar el debate descriptivismo/normativismo subjetivo, es decir, directamente
determinado por la posición
ética, o estética, del autor. Es posible, no obstante, que dicha
posición se
deba a fundamentos más básicos, ontológicos o epistemológicos. En ese
supuesto,
la distinción normativo/descriptivo es derivada. A medida que vayamos
exponiendo los criterios fundamentales, sobre los que se puede fundar
la
alternativa sobre el normativismo de los juicios morales, iremos
caracterizándolo.
Porque si este debate quiere considerarse fundamental, y no derivado,
entonces
el criterio debe ser la "actitud", sin ir a otros fundamentos que los
éticos o estéticos.
5.
El "descriptivismo" metaético .
“Existe
una rama de la Ética que supervisa
a
la ética normativa con el
fin de clarificar sus
problemas y terminología y, en especial, con el fin de examinar las
clases de
razones en que pueden apoyarse sus conclusiones. Se llama ética analítica, aun cuando circula también
bajo nombres tales como metaética, ética crítica....” (C.L. Stevenson, Facts and Values).
Hemos visto un enunciado moral,
su uso normativo y
descriptivo; y hemos visto también un enunciado sobre la moral,
descriptivo, histórico. Estos no
agotan el discurso
de la Ética. Caben otros tipos de enunciados sobre el lenguaje, sobre
la fundamentación
de las teorías éticas. Los mismos, como los históricos, no serán en
rigor
"éticos", pero forman parte de la Ética. Serán enunciados lingüísticos
o metodológicos, sin contenido moral, pero con contenido teórico
científico.
Constituyen una rama de la Ética que suele llamarse Metaética,
y a veces Ética
analítica (e incluso "Ética crítica" y "Ética
teórica"). El bello libro de Sidgwick sobre Methods
of Ethics sigue siendo el modelo de este tipo de discurso,
inseparable de la reflexión Ética en nuestros días.
Ya hemos dicho que en el
entorno de la Ética sistemática,
dentro de los dominios de la Ética académica, cabe el
"descriptivismo". Con todo, no deberíamos deslumbrarnos por las
pretensiones de rigor y neutralidad científica de estas prácticas
"para-Éticas".Aunque de forma mediata, las valoraciones
históricas, sociológicas o metaéticas no sólo son posible, sino
frecuentes.
La Ética, al igual que no puede
renunciar a investigar sus
fundamentos históricos (sociales, biológicos, políticos, psicológicos,
culturales...), tampoco a sus fundamentos teóricos ni a explicar el
significado
de su lenguaje. Es el precio de ser una disciplina filosófica. Como
señala
Kutschera, "la tarea de los éticos es distinta de la de los asistentes
sociales o de la de los "pastores de almas", cuya labor es la de
ayudar a los demás en dificultades concretas mediante consejos
prácticos. El
filósofo moral no puede limitarse a promulgar normas, sino que debe
esforzarse
también en formularlas con precisión y fundamentarlas con exactitud.
Debe dar
claridad a su trabajo e interesarse por la validez y la eficacia de sus
métodos. No puede atribuir a otros esta tarea y decir que tales
reflexiones son
cosa de filósofos, puesto que el filósofo competente es, en este caso,
el mismo" [15].
Totalmente de acuerdo en esta
apasionada defensa de la Metaética,
pero extendiendo igual
criterio a la Historia de la Ética.
El ético no puede dejar que su autoconciencia se la dicten otros. Y,
por
supuesto, no puede hacer de "metodólogo" y de "historiador"
a costa de olvidarse de su tarea principal: ayudar a los hombres a
elegir una
vida razonablemente buena. Porque en las últimas décadas se ha
renunciado con
excesiva frivolidad a esta tarea y se ha ensalzado en exceso la
actividad
"metaética". Un texto de éxito en las últimas décadas, como la Ética de P.H. Nowell-Smith [16]
(texto, por lo demás, brillante) hace gala de no contener ni un sólo
enunciado
normativo. Y podemos compartir que el filósofo de la moral no ha de ser
un
"director espiritual", pero entre la catequesis y el cinismo caben
actitudes y figuras de indudable nobleza, como la solidaridad, la
amistad (en
los sentidos "interesados" que señala Aristóteles), e incluso esa tan
denostada de "profesor", todas ellas comprometidas en conseguir que
los hombres vivan bien.
Por otro lado, y sin necesidad
de recurrir a la fecunda
reflexión sartreana del "compromiso", cada día es más notorio que el
"metaeticismo" esconde una posición ética. Es cierto que se puede ser
utilitarista tanto en base a una metaética naturalista como a otra
intuicionista, e incluso por supuestos teológicos; pero no es menos
cierto que
no todas las posiciones éticas caben dentro de cualquier metaética, ya
que
éstas configuran familias de Éticas posibles. Por tanto, el
"neutralismo
metaético" es una ficción. Es semejante a la defensa de la tesis
tecnocrática, que llama a que la política la diseñen los ingenieros. La
misma
encubre ya una perversión del fin que a veces pasa inadvertida.
Pero tampoco sería razonable
declarar la guerra al
"metaeticismo". No vemos incompatibilidad entre un exquisito cuidado
a las cuestiones de fundamento y significación del lenguaje de la Ética
y el
más convencido esfuerzo en favor de la normatividad de la Ética. Si
históricamente el predominio de una corriente ha ido acompañada por la
debilidad de la otra, las causas son sociológicas, o psicológicas, no
teóricas.
Por tanto, como no concebimos su incompatibilidad, no podemos
menospreciar la
exigencia de rigor y de autoconciencia metodológica que la pasión
metaética ha introducido
en la Ética (y en la filosofía en general). Hemos de aceptar el
supuesto de que
el rigor analítico y el autocontrol metodológico no pueden estar en
contradicción con el carácter práctico de la Ética. Porque si así fuera
habríamos de elegir entre la filosofía y la apología; y no es este el
caso.
Hay que convenir en que con
frecuencia las discusiones
acerca de la valoración moral de una acción, una norma o un agente son
meramente verbales. Se parte de criterios morales diferentes,
inconmensurables.
Las disputas, por ejemplo, sobre la justicia de una ley, con frecuencia
no
provienen de que gobierno y oposición esperan consecuencias diferentes
de la
aplicación de la misma sino de que valoran de forma diferente dichas
consecuencias. Por tanto, se evitarían muchos debates si se aclarara el
significado de los términos morales.
La posibilidad de comparar
teorías éticas diferentes y
enfrentadas pasa por la homologación de sus expresiones, o al menos por
la
traducibilidad de los términos de una a los de la otra. No sólo
términos
clásicos como "bueno", "valioso", "justo", sino
"preferencia normativa"/"preferencia subjetiva", "bien
moral"/"bien prudencial", etc.
Además del análisis del
significado de los términos hay que
esclarecer los problemas epistemológicos de las teorías. ¿Son los
juicios
morales enunciativos, es decir, verdaderos o falsos, empíricos? Si en
cuestiones como éstas no hay claridad, el discurso ético se condena a
la
oscuridad y la incomunicación. No obstante, hay que tomar con prudencia
estas
pretensiones cartesianas de "claridad y distinción", pues no siempre
dan su fruto. Y, mientras tanto, como diría Spinoza a Descartes,
mientras se
determina el método, y para determinarlo, hay que seguir pensando...
Es cierto que la Ética sólo
podría ser considerada una
disciplina científica cuando puedan fundamentarse sus enunciados, y que
dicha
fundamentación esté controlada intersubjetivamente. Pero esa
fundamentación no
puede exigir unanimidad en los principios, reduciendo las diferencias a
contingencias
factuales decidibles. Hay que obviar el "doble riesgo": el de la mera
fundamentación subjetiva, que condena la Ética a discurso emotivo
trivial; y el
de la fundamentación absoluta, que la condena a un dogma estéril o
perverso.
¿Hay una tercera vía? Como mínimo cabe una tercera actitud: la de
buscar sin
exigencias ni entusiasmos, pero sin renuncias, la mayor objetividad e
intersubjetividad posible.
Es fácil constatar la
dependencia entre el problema del
significado y el de la fundamentación de los juicios morales. Muchas
veces la
posibilidad o no de la fundamentación depende de la definición de los
términos,
de su significado. Si consideramos que los juicios morales no son
enunciados,
no son ni verdaderos ni falsos, no necesitan ni pueden ser
fundamentados. Si
creemos que los términos normativos pueden traducirse a otros
naturales, la
fundamentación de los juicios normativos se convierte en fundamentación
de los
nuevos enunciados empíricos, biológicos o sociológicos. La cuestión
sería si
esto cae o no dentro de la Ética...
6.
El criterio "epistemológico"
del significado.
6.1.
El reto de la Filosofía de la ciencia
“No hay mayor peligro que
el de pasar de filósofo a moralista, de investigador a predicador...;
por
supuesto que el profeta y el investigador pueden ser una y la misma
persona;
pero no se pueden servir a la vez ambas finalidades, porque quien
mezcla ambos
problemas no resolverá ninguno.” (M. Schlick, Fragen
der Ethik).
La metaética sirve, entre otras
cosas, para distinguir,
comparar y valorar teorías éticas; así como para su legitimación
metodológica y
formal. El establecimiento de tipologías es útil para el análisis.
Estas
resultan del criterio de demarcación que se use. Uno de los criterios
más
fecundos es el criterio epistemológico
del significado, que se fija en la significatividad o no
significatividad
de los enunciados; en definitiva, en su valor de verdad. Así, la
Metaética, en
base a este criterio, distingue entre teorías
cognitivas y teorías no cognitivas.
En el primero caso se supone que los juicios morales son enunciados, es
decir,
afirman hechos, y por tanto son verificables, o sea, son verdaderos o
falsos;
en el segundo caso se considera que los enunciados no tienen
significado
empírico, no tienen valor de verdad, son inverificables.
Un enunciado sin significado es
un enunciado
"metafísico". En el fondo, sería preferible no llamarlos "enunciados",
porque parece razonable creer que los enunciados enuncian algo y, por
tanto,
tienen valor de verdad; es decir, de forma ordinaria, que son
verdaderos o
falsos. Las expresiones no enunciativas, que expresan una orden, un
deseo, no
tienen valor de verdad, pues ni afirman ni niegan nada. Por ello parece
más
razonable llamar a las expresiones no enunciativas de la moral "juicios
morales". Decimos que los juicios enunciativos o "enunciados"
tienen carácter "cognitivo", es decir, tienen la propiedad de señalar
la existencia de hechos; los no enunciativos, sin valor de verdad, se
dicen
"no cognitivos". ¿Cuál es el caso de los juicios morales?
La verdad es que este criterio
positivista del significado
se ha generado externamente a la Metaética, por la Filosofía de la
Ciencia, y
que su introducción en la Metaética genera cuantiosos problemas. En
rigor, tal
y como los positivistas lo formularon, condenaban la Ética a la
Metafísica, es
decir, al reino de lo que no se puede hablar, pues sus juicios no
serían verificables.
De todas formas, si bien este criterio puede ser aplicado a la Ética desde fuera, en cuyo caso la Ética
sistemática en general queda del lado de los "saberes no cognitivos",
aplicado internamente, y sin el rigor positivista, es decir, en el
fondo, sin
aceptar el criterio de significado, cabe la distinción alternativa. En
línea
con Kant, quien distinguía entre "conocer" y "saber", puede
defenderse una Ética que no sea "conocimiento" en el sentido
empirista, que Kant acepta, pero sí "sabiduría". Claro que aquí los
juicios éticos no son susceptibles de verdad o falsedad, como
"adecuación" a la experiencia; pero ahora el ser verdaderos o falsos
no es un mérito cognoscitivo, sino una limitación.
Efectivamente, el conocimiento
teórico, el dominio de la
razón pura, exige, en definitiva, cierta sumisión a la realidad, a lo
otro,
aunque sea de una forma tan débil como la postulada en el
trascendentalismo
kantiano, en su "revolución copernicana"; en cambio, en el dominio
práctico, la razón se expresa de forma autónoma. Sus enunciados son las
"normas": enunciados que no necesitan ser verificados. La necesidad
de la verificación se derivaba del hecho de que la razón pura, en su
uso
teórico, podía ser objeto de la ilusión. Y ello se debía a que no era
absolutamente
libre: no podía operar sin lo sensible (como el aire para la paloma).
Ahora, en
el uso práctico, la razón es absolutamente autónoma:
su acción no es ni verdadera ni falsa; es como debe ser. El saber
práctico
tiene el máximo de racionalidad: es todo racionalidad. Su regla no es
la verdad
o la falsedad, sino la corrección o no corrección, la validez o no
validez. Es
decir, su límite es la racionalidad, no la experiencia; su prueba es la
argumentación racional, no la verificación.
Nótese que aquí encontramos ya
una base epistemológica para
determinar objetivamente -y no por la mera "actitud" subjetiva del
autor- la alternativa entre las posiciones descriptivistas
y normativistas. Si pensamos que
los
juicios morales normativos no tienen significado, no son ni verdaderos
ni
falsos, no es posible una Ética normativa, por dos razones. Primero,
porque tal
teoría no tendría objeto, no habría
ningún hecho o realidad moral objetivos expresados por los juicios, tal
que
pudiera decirse que éstos eran conocimiento sobre tales hechos; en
segundo
lugar, porque tales juicios moralesnormativos no podrían fundamentarse,
ya que fundamentar un enunciado es
probar su verdad. En consecuencia, la Ética se reduciría a la Historia
(Sociología, Psicología...) de la Moral y a la Metaética. Se conserva,
tal vez,
su función profesional, pero el ético ya no puede hablar legítimamente
al
hombre de la calle que, simplemente, es susceptible de ser ayudado a
llevar una
vida mejor. Todo lo que podría decirle sería: tal esfuerzo no tiene
sentido,
pues los juicios morales expresan sólo nuestras inclinaciones privadas,
o
nuestros deseos de persuadir a los otros... A no ser que recurriéramos
a un
cognitivismo no regulado por el criterio de significación empirista, a
un
cognitivismo de tipo kantiano... En todo caso, se ve cómo la opción
entre
cognitivismo y no cognitivismo es lógicamente anterior a la opción
descriptivismo-normativismo.
Hemos dicho que el
no-cognitivismo se centra en la tesis
"Los enunciados normativos no son en realidad enunciativos"; o, si se
prefiere, "los juicios morales no son enunciados". Se parte de un
hecho: la dificultad de fundamentar la moral; y se supera el obstáculo
declarando la imposibilidad de la misma, e incluso la no necesidad de
fundamentación. Más aún, de estas conclusiones, que serían dudosas, se
deduce
algo insólito: la alternativa emotivista.
En su favor tienen el "criterio
empirista del
significado". Efectivamente, Carnap y Ayer se basan en este punto: los
enunciados normativos, por no ser empíricos, comprobables
observacionalmente,
descriptivos de la realidad, no son verificables, no tienen
significado. No
tienen valor de verdad; y, por tanto, no pueden ser fundamentados.
Ahora bien, la fe en el
principio de verificación es ya un
acontecimiento del pasado; dicho principio ha fracasado en las teorías
empíricas, en los enunciados descriptivos. Por tanto, su autoridad ha
desaparecido. De hecho, la autoridad de que gozó en Ética fue
ilegítima, pues
exigía al lenguaje moral lo mismo que al lenguaje científico, con la
agravante
de que después se vería como impostura.
Otra fuente de apoyo es la
teoría analítica del lenguaje. Es
obvio que los enunciados normativos tienen un componente de significado
expresivo y evocativo innegable. Decir "X es bueno pero yo no apruebo
X" es interpretado como una incoherencia. Por tanto, la Ética ha
acertado
en subrayar estos contenidos de sus enunciados.
Ahora bien, la presencia de los
mismos no exige la ausencia
del componente descriptivo, no se implica que los juicios morales no
sean
enunciados. De la misma manera que en los enunciados naturales puede
haber un
contenido expresivo y evocativo. En "La rosa es roja" se incluye
"y yo la creo roja", e incluso "cómprala".
Un tercer argumento se basa en
la supuesta falta de
contenido descriptivo de los términos normativos. Aquí también hay
confusiones.
"Descriptivo" se usa unas vecescomo "no normativo", como "natural";
otras veces se
usa como sinónimo de "cognitivo", en oposición a
"expresivo" o "evocativo". Esto crea confusiones. Por ejemplo,
"Me agrada el cine" es un enunciado no normativo, pero es no
cognitivo, porque expresa un deseo. Pero la tesis emotivista viene a
sostener
que todos los enunciados normativos son no cognitivos.
Tampoco el argumento de Hare a
favor de su prescriptivismo
es del todo convincente. Viena a decir que una pregunta practica del
tipo
"¿qué debo hacer?" sólo puede tener una respuesta imperativa:
"Haz tal cosa". Por un lado, tal vez sea arbitrario reducir la Ética
a responder tal pregunta. Por otro, el imperativo será una respuesta a
la
pregunta, pero no la respuesta filosófica, que debe incluir las
razones. Lo
otro es reducir la Ética a un recetario.
6.2.
El reto de la filosofía del lenguaje .
“Los
problemas tradicionales de la filosofía son pseudoproblemas que
surgieron de no
haber entendido la lógica de nuestro lenguaje. Las proposiciones de la
filosofía no son falsas, sino sin-sentido.” (Wittgenstein, Tractatus).
La distinción que la Metaética
establece entre éticas
cognitivas y no-cognitivas es una aplicación al lenguaje moral de la
teoría
general del lenguaje. Es decir, se basa en tesis sobre el lenguaje
moral
derivadas de la teoría general del lenguaje. En especial se basa en la
"teoría de los actos de habla" de J.L. Austin [17]
y J.R. Searle [18].
Esta teoría se inspira, por un lado, en la distinción saussuriana entre
"parole" y "langue", aludiendo la primera a una actividad y
la segunda al lenguaje como sistema; por otro, en la teoría del
lenguaje como
"actos de hablar" propuesta por Wittgenstein en sus Investigaciones
Lógicas, en que desvió
el punto de vista sintáctico-semántico del Tractatus
al enfoque semántico-pragmático, concretado en el significado como
"uso".
Como decía Austin, se trata de
hacer cosas con palabras.
¿Qué cosas? Comunicar, recomendar, predecir, bautizar, promulgar...
Estas
funciones prácticas constituyen el sentido
ilocucionario, que unas veces se manifiesta en las
formulaciones
lingüísticas, ("posiblemente" expresa suposiciones;
"aunque" expresa réplica; "porque" expresa fundamentación),
y otras muchas, las más de las veces, en el contexto: "hace frío"
puede significaruna recomendación,
"ponte el abrigo al salir", o una orden, "enchufa la calefacción"...).
Es decir, las expresiones
enunciativas no sólo enuncian -y
ya "enunciar" es una tarea compleja, pues incluye comunicar, suponer,
responder, narrar, aprobar, explicar, describir, confirmar...- sino que
ordenan, previenen, preguntan, etc.
K. Bühler, en su Teoría
del lenguaje [19],
distinguió tres componentes de
significado dentro de esta teoría de los actos de habla: el expresivo, el descriptivo
y el evocativo,
correspondiendo cada uno respectivamente al hablante, al mensaje y al
oyente.
El componente "expresivo" incluye cuanto expresa el hablante sobre sí
mismo al hacer el enunciado, como sus sentimientos, deseos,
intenciones,
opiniones... Esto se refleja a veces en los términos: "gabacho",
"bofia"; otras veces en el contexto. Pero nunca incluye las
informaciones
sobre el hablante que puedan extraerse de los aspectos físicos del
habla: por
ejemplo, su nerviosismo o miedo apreciado a partir de los titubeos,
indecisiones, etc. Tampoco incluye, pues no son "ilocucionarias", las
informaciones sobre sí mismo explicitadas por el hablante: por ejemplo,
"me gusta el Barça".
El componente "evocativo" del
significado es
aquello que pretende una reacción en el oyente. En las órdenes y
preguntas está
claro; a veces es más contextual, como en "es una situación
peligrosa".El componente evocativo no incluye, en
cambio, los efectos reales o pretendidos en el oyente, ni las
intenciones
manifiestas del hablante. Por último, el componente "descriptivo"
incluye lo que el enunciado dice sobre el objeto o hecho del que se
habla.
Pues bien, de acuerdo con la
teoría de Bühler, estos
componentes están desigualmente presentes, e incluso pueden estar
ausentes, en
los distintos enunciados. "¡Huye!" no tiene componente descriptivo ni
expresivo, sólo evocativo. Además, estos tres componentes se
corresponden con
los tres tipos más importantes de actos de habla: expresión,
exhortación y afirmación.
Veamos los efectos de esta
teoría en el análisis del
lenguaje moral. Lo primero que aparece es que las diversas teorías no
cognitivas interpretan de diferente manera el sentido ilocucionario de
los
enunciados normativos; sus diferencias nacen de esta diferente
interpretación.
Y todas ellas difieren igualmente de la interpretación de las teorías
cognitivas. Es decir, podemos analizarlas desde las formas de
interpretar los
enunciados, o mejor, desde su contenido ilocucionario.
Partamos del enunciado "X
es bueno". El cognitivismo
dirá que se trata de un enunciado en el que el hablante afirma,
describe, una
cualidad moral del objeto o acción X. El emotivismo
o expresivismo, en cambio, dirá que
es un enunciado que expresa una valoración, opinión o sentimiento del
hablante.
No se "afirma" nada, sino se "expresa" un estado de ánimo.
El prescriptivismo o evocativismo
dirá que en dicho enunciado
el hablante insta al oyente a que apruebe, realice, estime... a X. Es
también
posible una interpretación mixta, expresivo-evocativa,
para la cual el enunciado expresa la aprobación del hablante y exhorta
al
oyente a su aprobación.
Por todo lo antes dicho, una
teoría no cognitivista no se
limita a afirmar la presencia de componentes de significados expresivos
y
evocativos. Esto no es suficiente, pues cualquier cognitivista sabe y
acepta
que los enunciados normativos se usan a veces como recomendaciones,
consejos, etc.
El cognitivismo otorga valores de verdad a los enunciados, pues los
considera
descriptivos, enunciativos, afirmativos; pero sin excluir posibles usos
expresivo-evocativos. Por tanto, el no cognitivismo necesita, para
distinguirse, afirmar la ausencia en los enunciados normativos de todo
componente descriptivo, o, al menos, aceptar una presencia tan
irrelevante que
pueda ser desestimado para el análisis.
Ahora bien, esto ya da entrada
a la posibilidad de una
distinción interna en las posiciones no cognitivistas. Y así ha
ocurrido en la
realidad. Desde Hume, el no cognitivismo hay sido la tentación de la
Ética. El
famoso libro de C.K. Odgen y I.A. Richard, The
Meaning of Meaning [20]
generalizó el uso de "bueno" en sentido exclusivamente emotivo.
"Es bueno" estaría desprovisto de cualquier función simbólica, a
diferencia de "es rojo", para ser simple signo de nuestra actitud o
para evocar similares actitudes en otras personas [21].
El positivismo del Circulo de
Viena, especialmente R. Carnap
en su Philosophy and Logical Syntax of
Language [22],
aportó toda su fuerza analítica y su prestigio en el análisis de los
lenguajes
científicos al sostén del emotivismo. Incluso B. Russell acepta que los
juicios
morales carecen de significado empírico, no siendo susceptibles de
verdad o
error, debiendo ser considerados como meras expresiones de nuestros
deseos [23].
Es decir, todos ellos adoptaron una posición netamente expresivista.
De todas formas, el texto
canónico del emotivismo radical es
el de A.J. Ayer, Language, Truth and Logic.
Su radical defensa de que la presencia de términos éticos en los
enunciados no
añadían nada a su contenido fáctico, de tal manera que decir "Obraste
mal
gastándote el dinero" significa absolutamente igual que "te gastaste
el dinero", constituyó el punto de no retorno de una teoría avocada al
subjetivismo. Al afirmar que decir que un cierto tipo de acción es
buena o mala
no es decir nada fáctico, ni siquiera sobre el estado de mi propia
mente, el
subjetivismo se desplaza definitivamente hacia un emotivismo sin
retorno. Desde
entonces los juicios morales no son significativos, no son
"enunciados" propiamente dichos, no son ni verdaderos ni falsos, no
son verificables, no son "genuinas proposiciones" [24].
La crisis del positivismo
verificacionista, del Wittgenstein
del Tractatus, y el auge de la
filosofía analítica blanda, del Wittgenstein de la Investigaciones
Lógicas, tuvo también sus consecuencias en la
historia del emotivismo. C.L. Stevenson, en el texto ya citado de Ethics and Language, acepta que
enunciados
como "X es bueno" pueden tener contenido descriptivo, pero
subordinado al emotivo, que será el principal. Es decir, asume una
posición
mixta, emotivo-evocativa. El "X
es bueno" equivale a "Apruebo X, procura hacerlo". En un sentido
similar, aunque diferenciado, se alinea R.M. Hare en su artículo
"Descriptivism" [25].
Para Hare el "X es bueno" se traduce en "Procura hacer X".
Ya que la función de los principios morales es guiar la conducta, le
parece
razonable pensar el lenguaje moral como meramente descriptivo.
Hare ha tendido elaborar una
"lógica del
imperativo". En el fondo consiste en decir que de un imperativo moral,
de
un juicio normativo, y un conjunto de juicios empíricos, pueden
derivarse otros
juicios normativos. Esto es cierto, pero el problema sigue siendo el de
las
premisas normativas. No basta decir, como hace Hare, que no necesitan
demostración por ser por definición axiomas. Esto tiene sentido en el
descriptivismo, en el que tales axiomas son -al menos se pretende-
evidentes.
Pero en el prescriptivismo esto es un obstáculo insalvable.
La posición de P.H. Nowel-Smith
es tal vez la más compleja,
y tal vez la más coherente. Su libro se llama Ética,
pero se limita a ser análisis: no hay ni un solo enunciado
normativo. Considera que la Ética, como ciencia práctica, debe
responder a la
pregunta "¿Qué debo hacer?". Pero esta cuestión no tiene respuesta.
Lo más que la Ética puede hacer es dibujar modelos de vida ideales,
como
Platón, y preguntarse cuál de ellos realmente le agradaría elegir.
Porque del
tipo de vida que se prefiere depende del tipo de hombre que uno es. Por
tanto,
el filósofo debe limitarse al análisis y dejar que cada uno responda a
las
preguntas: "Qué debo hacer. ¿Qué principios morales debo elegir?". O
sea, no responder la pregunta, sino suministrar herramientas técnicas
para que
cada uno la responda lo mejor posible. Para este filósofo "X es
bueno" expresa en primer lugar la actitud de aprobación del hablante
hacia
X; pero también expresa que la actitud de la mayoría de la gente hacia
X es de
aprobación; e incluso que se cumplen ciertas condiciones fácticas que
determinan esa actitud general positiva. Por tanto, los enunciados
normativos
tienen también el componen de significado descriptivo o afirmativo, con
presencia desigual, que en algunos casos es importante. Nowell-Smith,
en
definitiva, sostiene una variedad de usos en el lenguaje moral, y la
irreductibilidad
del "X es bueno" al "Apruebo X". De todas formas, el
componente expresivo es el fundamental [26].
Es, cuando menos, una opción lúcida: la Ética emotiva es un suicidio
ético.
Aunque sea una muerte dulce.
Las implicaciones generales del
no cognitivismo, cara a
reducir la Ética a una rama de la Psicología, no han sido resueltas por
la Ética
analítica contemporánea. La situación que Ayer describió con crudeza y
sin
reparos, sigue agitándose sobre nuestro tiempo: "Encontramos que la
Filosofía moral consiste simplemente en decir que los conceptos éticos
son
pseudoconceptos y por tanto inanalizables. La posterior tarea de
describir los
diferentes sentimientos que los diferentes términos éticos acostumbran
a
expresar, y las diferentes reacciones que acostumbran a provocar, es
una tarea
para el psicólogo. No puede haber algo como una ciencia ética si por
tal se
entiende la elaboración de un verdadero sistema de moral" [27].
Y aunque no todos los cognitivistas acepten tal pronóstico, la verdad
es que la
amenaza del emotivismo sobre la Ética es real.
Podemos pensar que, de todas
formas, los sentimientos que
expresamos y que tratamos de proyectar sobre los otros no son
gratuitos, sino
que varían con el progreso de los conocimientos y con las formas de
vida. Es lo
que sugiere Stevenson [28].
Pero esa línea reconduce a Hume, y para algunos así se huye del
psicologismo
para reducir la Ética a Historia (a sociología, a antropología...).
7.
El criterio "ontológico": naturalismo e intuicionismo.
“La única prueba que
puede darse de que una cosa es realmente visible es que la gente la
ve...; de
la misma manera, me parece, la única prueba que puede darse de que algo
es
deseable es que la gente lo desea.” (J. St. Mill, Utilitarianism).
Aunque esta tercera tipología
puede -y suele- plantearse
desde un criterio epistemológico, como el de la traducibilidad
o reductibilidad de los enunciados, la verdad es que
descansa sobre unos presupuestos ontológicos: la existencia o no de
uniformidad
sustancial de los seres. Es decir, las opciones surgen en torno al
supuesto de
homogeneidad ontológica. La traducibilidad o no de los lenguajes es una
consecuencia de la existencia o no de esa homogeneidad.
Así, se consideran éticas
naturalistas aquellas que reducen lo moral a otros fenómenos,
sociales,
psicológicos o antropológicos; y éticas
no naturalistas o intuicionistas
aquellas que consideran lo moral como una realidad autónoma. Y según
conciban lo moral de una u otra
manera, pensarán la Ética, los
discursos sobre lo moral,
reductibles / traducibles o no.
Lo que está en juego es la
independencia de la moral. Ahora
bien, ello no depende, como parece afirmar Kutschera, de que el lenguaje moral sea irreductible,
intraducible, a otros lenguajes. Tal cosa supone sustituir un problema
filosófico por un problema técnico. Cuando el naturalismo establece que
"todos los enunciados normativos pueden traducirse a enunciados no
normativos"; o bien, "todos los términos normativos pueden definirse
mediante términos no normativos", simplemente está estableciendo una
norma
presuntamente exigida por su metafísica. En el fondo no hace sino
imponer la
regla que orientó el método de la nueva ciencia: lo natural es aquello
que se
somete al método de las ciencias naturales, y que se expresa con el
mismo
lenguaje. La "mathesis"
universal no fue un sueño del racionalismo del XVII, fue su regla: no
un
objetivo a conseguir, sino una norma a imponer. Por tanto, que los
lenguajes
sean traducibles es una forma de garantizar que la regla se cumple: que
el
reino de los seres comienza y acaba en la naturaleza, y que la
naturaleza es
aquello que habla y responde en el lenguaje de las ciencias naturales.
Por tanto, si la Ética quería
ser aceptada como
conocimiento, había que mostrar que lo ético era una manifestación más
de la
Naturaleza. Muchos aceptaron esta exigencia, y dirigieron sus esfuerzos
a
convencer de que, efectivamente, la Ética cumple tales requisitos; y
tuvieron
que hacerlo entre la resistencia y las sospechas de muchos. Otros, en
cambio,
optaron por defender una Ética "no naturalista", es decir, optaron por
suponer que había un reino de seres no naturales, que era posible
conocer esos
seres, que era posible un discurso racional sobre dichos seres.
Nótese que el naturalismo ético
no se propone necesariamente
reducir la ética a biología,
fisiología o física; ni siquiera a psicología. Tales alternativas no
serían Éticas.
Se proponen simplemente mostrar que la Ética cumple los requisitos de
las
ciencias de la naturaleza. Lo que, en definitiva, equivale a confesar
que lo Ética
habla de cosas naturales, de seres de este mundo. De ahí que la gran
prueba a
superar por el naturalismo ético son las críticas derivadas de la
"falacia
naturalista".
Como es bien sabido, fue Hume
quien por primera vez de forma
rotunda planteó la cuestión del "es/debe". Se apoyó en que no hay
relación analítica entre enunciados normativos y no normativos; por
tanto,
concluyó, tampoco entre sus términos. Moore, que se inspiró en esto,
como en
otras muchas cosas, en Sidwick, defendió su famoso "Open question
argument",
que más o menos venía a decir que "sea cual sea la definición
propuesta,
siempre se puede preguntar, de forma significativa, de lo definido si
es en sí
mismo bueno". En definitiva quería decir, como Hume, que las
equivalencias
entre enunciados normativos y no normativos de los naturalistas pueden
ser, en
todo caso, empíricas, pero no analíticas.
Desde entonces se ha insistido
en que los conceptos morales
son indefinibles, que los atributos morales son de distinta clase que
los no
morales, por lo cual con unos no pueden definirse los otros, etc. Con
todo, hay
autores que consideran que los argumentos basados en la "falacia
naturalista" son insuficientes para desautorizar de forma definitiva el
naturalismo. Incluso se niega que haya realmente "falacia". Otra cosa
es aceptar las "traducciones" de los naturalistas. Habría que revisar
caso por caso. Por otro lado, el atractivo del naturalismo es obvio:
permite
una fundamentación cómoda de la moral.
Es decir, también aquí la
teoría y la metodología científica
plantearon -y plantean- a la Ética un reto. Buena parte de la Ética
contemporánea puede entenderse como respuesta a ese reto [29].
Aunque la forma más atractiva
del naturalismo ético la
recogen las teorías subjetivistas, aquí nos interesa únicamente el
naturalismo
objetivista. Uno de sus rasgos definidores es que, al traducir los
enunciados
no normativos a normativos, no se sirven de enunciados de preferencias.
Es
decir, el deseo de los individuos no se usa para fundamentar la
moralidad de lo
deseado. Por el contrario, se buscan cualidades cuya bondad trascienda
la mera
subjetividad de los individuos. Se recurrirá a la biología, a la
sociología, a
la teología, al derecho..., pero obviando siembre, en lo posible, la
fundamentación psicológica.
Unas veces, como en el caso del
objetivismo biológico, la
cualidad moral se deriva de las ventajas
para la vida de la especie, para su conservación o evolución, por
considerar
éste el único valor intrínseco [30].
Sin negar que la conservación de la especie se algo bueno,
especialmente al
tratarse de la especie humana, tampoco se puede establecer una
correlación
precisa entre formas evolucionadas y moralidad. No es demostrable que
la
evolución se dirija a formas cada vez más morales: el progreso moral no
se
subordina al progreso biológico. Aunque puede aceptarse que el progreso
en
general crea mejores condiciones de moralidad, la relación no es
causal: la
selección natural pude mejorar la raza, pero no es defendible su
moralidad. En
este aspecto es conveniente distinguir entre "condición de posibilidad"
y "causalidad". El progreso es una condición, en líneas generales y
con sus matices, del progreso moral de los hombres. Pero la moralidad
no se
mide por el progreso.
Otras veces, como en el naturalismo
sociológico, la cualidad moral se deriva de las ventajas
sociales [31].
Aquí caben las reflexiones hechas al naturalismo
biológico, con las ventajas añadidas de que una sociedad
incluye una
diversidad y complejidad que hace difícil hablar de "progreso" en
general.
En fin, en el naturalismo
teológico la cualidad moral se deriva de la fidelidad al
cumplimiento de la
voluntad divina. Como supone una creencia religiosa, en la que se cree
en un
Dios bueno y preocupado por los hombres, que sólo ordena lo correcto,
que el
mal es apariencia..., podría pensarse que estas preocupaciones afectan
sólo a
los creyentes. Pero hay naturalismos teológicos "laicos". Por
ejemplo, el positivismo jurídico,
que
identifica lo correcto con lo legislado y con las costumbres vigentes.
Al no
exigir la "legitimidad" del poder legislativo, sino aceptar como
poder fáctico, "natural" el vigente, que actúa, legisla y sanciona
con autoridad "cuasi divina", puede ser considerado naturalismo
laico. Muchos poderes
absolutos han actuado así, como poderes naturales; e incluso se han
revestido
de "naturalidad" al identificarse con la voluntad divina, o al
absorber la ley natural.
También el derecho
natural, tan abiertamente opuesto al positivismo
jurídico, pertenece a la misma matriz de naturalismo
cuasi teológico. Aquí se considera la existencia de unos
derechos del individuo, previos a su existencia social, y por tanto
límites del
poder del Estado. Aquí la ley debe subordinarse a los derechos, siendo
éstos el
canon de legitimidad. Como se supone que tales derechos derivan de la
naturaleza del hombre, su normatividad es incuestionable. Las leyes
serán
justas si quien las promulga tiene derecho a hacerlo y si respetan y
defienden
los derechos naturales.
8. El criterio "antropológico": la razón y el deseo.
“El psicoanálisis nos ha
descubierto la íntima conexión entre el complejo del padre y la
creencia en
Dios.” (S. Freud, El malestar en la cultura).
Se acostumbra a definir las teorías subjetivistas como aquellas que
hacen depender la validez
del enunciado moral de la valoración subjetiva, bien se trate del
individuo tal
cual (subjetivismo individual) o del
grupo social (subjetivismo social).
Kutschera considera que son una variante de las teorías naturalistas [32],
y que se basan en el siguiente principio: "Todos los enunciados
exclusivamente normativos pueden traducirse a enunciados sobre
preferencias
subjetivas". Del mismo modo las teorías
objetivistas atribuyen los valores morales a las acciones y
situaciones
objetivas, al margen de las preferencias, respondiendo al principio:
"Entre los enunciados exclusivamente normativos y los enunciados sobre
preferencias no existe ninguna relación analítica". El deber nada tiene
que ver con el querer.
Conviene, en primer lugar,
señalar que el debate
"subjetivismo / objetivismo" no es exclusivo de la Ética, sino que ha
afectado a toda la ciencia, que es un obstáculo al que constantemente
la
filosofía de la ciencia debe dar respuesta; y, por otro lado, también
conviene
llamar la atención sobre la manera peculiar de manifestarse ese
problema en el
dominio de la Ética, con aspectos bien diferenciados respecto a otras
disciplinas, como enseguida veremos.
El problema de la
objetividad/subjetividad de los
conocimientos, cuya historia es paralela a la del escepticismo, como es
sabido,
se agudizó en la era moderna. Cuando arraigadas creencias de siglos son
por fin
abandonadas, cuando las "cualidades secundarias" son definitivamente
subjetivadas
por el prisma de Newton, cuando la racionalidad exige aceptar como
verdadero lo
que va contra el sentido común y la experiencia diaria (por ejemplo,
que la
Tierra gire), se multiplicaron las "razones para el escepticismo"
tanto respecto a la razón como respecto a los sentidos. Hume es un
magnífico
exponente de esa situación. Y un expresivo representante de la
respuesta de la
ciencia: entre el saber absoluto, tejido sobre la necesidad y la
universalidad,
y el escepticismo, medido por la debilidad de la razón y la
inestabilidad de
los sentidos, cabía una esperanza, a saber, un conocimiento como
experiencia
intersubjetiva, como creencia generada por la repetición, legitimada en
la
probabilidad y protegida por su propio antidogmatismo. En resumen, la
ciencia
se legitimó sin absolutos; asumió su vida entre la imperfección.
En el dominio de la Ética,
tradicionalmente mucho más
vulnerable a este problema, la "crisis pirrónica" con que se abrió la
era moderna constituyó todo un desafío. Más que nunca la voz de
Trasímaco
parecía resonar en la conciencia de la filosofía como destino
inevitable de la Ética.
Porque en ella el debate reactivado y moderno sobre
subjetivismo/objetivismo no
se centraba en los límites y agujeros de la razón teórica y de los
sentidos,
sino en las sombras y perversiones de la razón práctica y de los
deseos. Si no
podemos conocer el bien, ¿no será éste la voluntad del más fuerte?
Incluso si
pudiéramos llegar a conocerlo, de la mano de Descartes y Spinoza, ¿cómo
dominar
y determinar con él el deseo.
La modernidad había sustituido
el "alma"
platónica, equilibrio de razón, pasión y coraje; e incluso su versión
aristotélica y cristiana, en las que el alma seguía teniendo
profundidad,
niveles, facultades. En su lugar había instaurado una mera res cogitans uniforme y plana, tan
aséptica y espiritual que todo
lo otro del alma quedaba adjudicado a la "res extensa", al
"animal máquina". Un alma convertida en pensamiento puro es, por
definición, inextensa y prácticamente estéril. El mismo Descartes, que
en sus Meditaciones metafísicas se
atreve a
proponer que la voluntad sigue necesariamente al conocimiento (aunque
no se
sabe cómo, a no ser por la garantía divina), lo que conllevaba a
convertir el
pecado en error, o sea, a eliminar la culpa y la responsabilidad moral,
en sus Principios de Filosofía se
ve obligado a
reconocer la fractura: no basta conocer el bien para desearlo. Spinoza,
cuya Ética es el mayor esfuerzo que
jamás los
hombres hayan hecho para mostrar la posibilidad de una Ética racional,
es
decir, para demostrar el papel determinante del conocimiento en la
moral, salda
su esfuerzo heroico con una cierta melancolía: la razón no puede
determinar el
deseo. La responsabilidad fue de Descartes, de la metafísica
mecanicista.
De esta forma, Hume no fue el
martillo de la Ética tradicional.
Al contrario, simplemente trató de ofrecer, como ya lo estaban haciendo
diversos miembros de la denominada "Escuela escocesa del sentido
común", una salida coherente, en el marco de las exigencias de una
razón
tan "pura" que se había negado a sí misma todo poder práctico [33].
El problema práctico derivado
del debate epistemológico
entre subjetivismo y objetivismo ya lo planteó Kant con su pregunta:
¿por qué
debo obrar moralmente? [34]
¿Por qué debo si no quiero? A veces nos sorprende el dramatismo con que
Kant lo
planteó, su presunción de un divorcio radical entre el deber y el
poder, entre
la moral y el deseo. Tal vez ese radicalismo pueda explicarse en parte
como
condicionamiento ideológico, biográfico; pero nos parece que, además,
hay que
tener en cuenta la propia escenografía: el problema heredado por Kant
era el de
dar una respuesta a esta escisión, y la misma sería tanto más válida
cuanto
mejor respondiera a la situación más límite. Tras Descartes, Pascal,
Hobbes,
Spinoza, Rousseau y Hume, la escena había de ser terriblemente
dramática.
Es obvio que podemos pensar en
la posibilidad de que el
hombre llegue a preferir lo que la norma manda. Platón y Sócrates así
lo
entendieron: nuestro conocimiento moral determina nuestro carácter,
nuestro
comportamiento, o sea, nuestras disposiciones y nuestras preferencias.
Y
Aristóteles acentúa esta posibilidad: en la obediencia a la ley se
acaba por
ser un hombre capaz de conocer y amar la ley. Esto era posible por una
visión
antropológica positiva y optimista, fundada en una idea muy flexible y
rica de
la naturaleza humana. Pero Kant no podía contemplar esta posibilidad,
al menos
no podía convertirla en significativa: su tiempo y las características
del
debate filosófico le exigían situar la reflexión en un contexto teórico
en el
que el deseo y la razón no sólo aparecieran irremisiblemente separados,
sino
incomunicados; por tanto, con principios, fines y reglas indiferentes,
que en
la práctica llevan a individuo al desgarramiento, a la dramática
tensión entre
la luz y la sombra, entre el ángel y la bestia, entre la necesidad y la
libertad.
¿Por qué debo cumplir la norma?
Si la pregunta la hago
objetivistamente, resulta trivial: porque la norma es lo que se debe
hacer. Es
una tautología, dice A. Prichard en su célebre "Does moral philosophy
rest
on a mistake?" [35].
Si hago la pregunta subjetivistamente, en el sentido de por qué debo
preferir
hacerla, la respuesta es menos clara, si no lo deseo previamente, si no
tengo
un motivo para preferirla [36].
8.1.
Subjetivismo y egoísmo
“Mientras que el
subjetivista sostiene que los enunciados éticos afirman efectivamente
la
existencia de ciertos sentimientos, nosotros sostenemos que los
enunciados
éticos expresan y suscitan sentimientos, sin implicar necesariamente
aserción
alguna.” (A.J. Ayer, Language, Truth
and Logic).
Aunque con frecuencia se
confunden, en el exigible rigor
filosófico deben diferenciarse netamente. Si el subjetivismo se opone
al
objetivismo, en función de una antropología dualista que permite
determinar relaciones
de prioridad entre la razón y la pasión, el egoísmo se opone al
altruismo, como
una caracterización interna al subjetivismo. Es decir, esta
caracterización se
da en el seno de la misma antropología dualista, y dentro de la opción
subjetivista. Una vez se ha optado por dar primacía a la tesis del
hombre como sujeto
de pasiones, cabe un planteamiento en el que dichas pasiones apuntan al
mero egoísmo,
junto a otro en el que, con distintos grados, conviven pasiones
egoístas y
altruistas. O sea, junto a Hobbes cabe Rousseau, y entre ellos Hume y
Mill, por
ejemplo. El siglo XVIII puso en primer plano el debate antropológico.
El debate
sobre la naturaleza humana fue rico y profundo, al ser pensada fuera
del marco
de la religión, recogiendo los contenidos de las ciencias naturales y
la
literatura de viajes, etc., y al comenzar a surgir teorías
antifijistas, e
incluso evolucionistas. Y la Ética no podía sino recoger -o sufrir-
este nuevo
reto y revisar sus supuestos. Y, como siempre, al hacerlo surgía en su
seno una
nueva diversidad.
Es obvio que el resultado
potenciaba una idea de la
naturaleza humana distinta. Aunque aparentemente se mantenía la idea
cristiana
del dualismo alma/cuerpo, se tendió a "dar al cuerpo lo que es del
cuerpo". También, desde el punto de vista teórico, el cartesianismo
tuvo
su efecto en esta cuestión: al desplazar los sentimientos y las
pasiones al
mundo de la extensión, conseguía purificar y espiritualizar el alma,
pero a
costa de naturalizar cualidades y funciones (sensitivas,
vegetativas...) que
antes le pertenecían. Y si antes, al pertenecer al alma, tenían un
significado
moral, siendo expresiones del "mal", ahora, al cambiar de lugar y
pasar a pertenecer al cuerpo, se convierten en meras expresiones de la
naturaleza, y, en consecuencia, moralmente neutras. Las pasiones
aparecen ahora
como algo "natural", y por tanto no condenables. No son vicios o
debilidades del alma, sino cualidades cuerpo, incluso cualidades
privilegiadas
del mismo, ya que expresan la perfección de éste y su diferencia
específica
respecto a otras especies animales. De este modo, hasta el egoísmo es
comprensible
y aceptable. Como máximo se rechaza el "amor propio", por lo que
tiene de peligro para el interés; pero el "amor de sí" es tolerado y
bueno. Y no siempre antisocial.
Llamamos "egoísta" a aquella
persona cuyas acciones
se orientan exclusivamente al interés propio, sean cualesquiera los
resultados;
al contrario, la denominamos "altruista" cuando actúa teniendo en
cuenta sólo los intereses de los demás. En ambos casos la
caracterización es intencional, es
decir, seguirá siendo egoísta
o altruista sean cualesquiera que fueren los resultados de su acción.
Ahora bien, junto al "egoísmo
práctico", como mera
actitud fáctica, como tendencia natural del hombre, está el "egoísmo
teórico", que es el que aquí nos preocupa. Se trata de teorías que
pretenden describir o normativizar la vida de los hombres.Aparece como
mínimo en los supuestos de tres
teorías éticas diferentes, que enseguida analizaremos, inspirando sus
supuestos
y sus valoraciones, y, por tanto, sus análisis. Y hemos de subrayar de
nuevo
que ninguna de estas tres teorías "egoístas" se confunde con el
subjetivismo ético. El subjetivismo ético
es una teoría que pivota sobre un criterio acerca del significado de
los
enunciados normativos o morales. El "egoísmo ético", en cambio,
pivota sobre un criterio antropológico, o psicológico, en suma, sobre
la
concepción de la naturaleza humana. En Ética puede adoptarse una
posición
subjetivista y, al mismo tiempo, no compartir la tesis no egoísta, como
es el
caso de Schlick [37]
y, con matizaciones, de Hume.
El egoísmo
psicológico
es, en rigor, una teoría antropológica, y no ética. Se basa en la tesis
de que
los hombres al actuar persiguen en última instancia la satisfacción de
sus
intereses. Por tanto, es una tesis empírica, en principio susceptible
de ser
verificada, o al menos falsada. Sus máximos defensores históricos son
Hobbes,
en su Leviathan, y Mandeville, en
su Fable of the Bees. Ambos piensan
y
responden en el marco de nuevos retos de la ciencia; ambos están en los
orígenes de las ciencias modernas sobre el hombre, intentando extender
al
hombre los métodos, supuestos y criterios de las ciencias de la
naturaleza, del
modelo galileano-newtoniano.
Es conveniente hacer un
esfuerzo por valorar esta tesis
antropológica en sí misma, es decir, sin las connotaciones éticas que
indudablemente puede inducir. Porque, en sí misma, y aparte de su
potencia
descriptiva, es decir, su adecuación a la experiencia), destaca su
simplicidad,
su capacidad reductiva. Es un principio desde el cual se puede dar
cuenta
unitariamente de buena parte del comportamiento humano, desde el que se
puede
sistematizar buena parte de la experiencia en este campo. Sin duda esto
abría
una puerta decisiva al desarrollo de las ciencias del hombre, que así
salían
del indeterminismo generado por teorías que partían de una naturaleza
humana
indeterminada, como pura posibilidad de autodeterminarse, en suma, del
supuesto
del libre albedrío. Es obvio que las ciencias
empíricas del hombre debían liberarse, o al menos superar, el
gran
obstáculo de la influencia del presupuesto metafísico del "libre
albedrío", que convertía la conducta humana en indescifrable. Y es
comprensible que, bajo esa necesidad y sometidos al entusiasmo
reductivista del
mecanicismo, la Ética se viera afectada, jugándose una vez más su ser:
su ser
ciencia o su ser especulación.
Como decimos, el egoísmo
psicológico no es una teoría ética; pero se ha usado, desde
posiciones
naturalistas, para derivar una Ética legitimadora de dicho tipo de
actuación.
Aquí sí que se cumple rigurosamente el dicho de "hacer de la necesidad
virtud", pues se pasa a definir como bueno aquello que necesariamente
se
desea. Desde los criterios habituales de la ciencia moderna, parecía
sensato
que si había algún fin común a todos los hombres, y por tanto propio de
la naturaleza
humana, este había de ser sacado de la experiencia: y ésta ponía de
relieve que
el egoísmo, el deseo de posesión, en suma, de vivir y e poseer todo
aquello que
ayude a prolongar la vida, era lo más común entre los hombres.
La fuerza de esta teoría reside
en su carácter profundamente metafísico
bajo su apariencia profundamente
empírica. Efectivamente, parece ser una generalización inductiva de la
conducta
frecuente de los hombres; pero, en realidad, y dado que la inducción no
sería
una fundamentación definitiva, se formula como principio de la
naturaleza
humana. Es decir, se aprovecha de la experiencia, pero para ir más allá
de
ella, para traicionarla. Por otro lado, ese carácter metafísico
inmuniza la
teoría de toda falsación, haciendo posible su confirmación exhaustiva,
porque
escapa a todas las anomalías: toda conducta anómala, incluso las más
sinceramente altruistas, pueden "explicarse" como motivadas por
causas egoístas inconfesables y ocultas. La caridad, la solidaridad, la
amistad... son fácilmente reducidas a tenebrosos instintos egoístas
desde esta
"filosofía de la sospecha". Al no versar sobre las
"intenciones", que, con toda su dificultad, podrían ser contrastadas,
sino sobre profundas, ocultas e inescrutables causas o razones, el
egoísmo psicológico
es, como toda teoría metafísica, no falsable.
El carácter metafísico de la
teoría le otorga esa fuerte
resistencia a toda falsación; por otro lado, su coherencia con una
experiencia
humana extensa, en la que el egoísmo parece la cosa mejor y más
repartida del
mundo, otorga a la teoría visos de empiricidad y, por tanto, cierra la
puerta a
la crítica de los supuestos metafísicos. En conjunto, pues, se
constituye como
una teoría sumamente persuasiva, que parece adecuarse a las exigencias
de la ciencia
y fundarse en principios universales.
Este egoísmo psicológico, no
obstante, es susceptible de
diversas críticas. Por un lado, la que ya adujera Hume, indicando que
la
potencia de la teoría, la mera posibilidad de explicar toda conducta,
incluso
las de más clara apariencia altruista, en base a motivos egoístas, no
era una
demostración de la existencia real de tales motivos. Es decir, Hume
advertía
que aunque el egoísmo psicológico escapara a la falsación (que no es el
caso),
ello no le otorgaría la verificación. La opción por el mismo, por
tanto, no
sería una opción absolutamente fundada; estaría apoyada por la
probabilidad,
pero no tendría fundamento racional definitivo. Por otro lado, Hume,
como es
sabido, se inclinaba a pensar que, aun siendo el egoísmo una constante
del
obrar humano, no siempre regia de forma incondicional la conducta: era
posible
una "benevolencia limitada" [38].
El error de Hobbes habría sido identificar "egoísmo" con cualquier
acción deseada. Porque, por un lado, puede desearse el bien de los
otros, en
cuyo caso se actúa por deseo..., pero no egoístamente; y, además, puede
actuarse por interés propio pero, al mismo tiempo, teniendo en cuenta a
los
demás...
El "egoísmo psicológico", como
teoría científica
fecunda, planteaba un fuerte y radical reto a la Ética: ponía a debate
la
posibilidad de la misma. Para unos, la tesis de que el individuo era
irremediablemente egoísta, llevaba a la Ética a la pérdida de todo su
sentido.
Para otros, al contrario, la Ética era posible en la medida en que el
individuo
era naturalmente egoísta, porque si fuera naturalmente altruista sería
"espontáneamente
bueno": estaría obligado naturalmente a ser bueno. La Ética, pues,
pensada
como resistencia a una tendencia natural, frente a la cual se
constituía, no sólo
era compatible con el egoísmo, sino que exigía a éste como su
condición. Y
entre estas opciones había otras con diversos matices. Como siempre,
los
grandes retos significaban la fecundidad en el desarrollo de
concepciones
éticas.
El egoísmo
racional,
en cambio, es una teoría lógica, una teoría de lo que se ha llamado la
"elección" o "decisión racional". Se basa en el principio,
establecido por definición, que afirma que todas las acciones
racionales
tienden a la satisfacción del interés. Se supone que hay unas formas
más
racionales que otras en la satisfacción del deseo, que no pasa por la
obediencia inmediata y sin condiciones al mismo. Es decir, se asume
como
finalidad la satisfacción del propio interés, y se define como
racionalidad la
adecuación de los medios a este fin. Este criterio actúa como normativo
de
todas las acciones; es un supuesto para entender y guiar la conducta.
Nótese que no necesariamente
está conectado con el egoísmo psicológico,
aunque de hecho con
frecuencia así sea: actuar siempre conforme a los deseos o preferencias
no
conlleva actuar egoístamente, pues uno puede hacer suyo el objetivo
altruista.
La falacia se comete porque se confunde "interés" con "interés
particular". Y si es razonable asumir el principio de que los hombres
siempre actúan por interés, es falaz suponer que siempre actúan por
interés
propio: en este caso el egoísmo racional
se contagia de egoísmo psicológico [39].
El "egoísmo racional" no es una
teoría ética, pero
tiene efectos fulminantes en la Ética. Tal vez no se haya valorado de
forma
suficientemente satisfactoria el efecto de la teoría de la elección o
decisión
racional en la Ética. Entre el riesgo de sustituir la Ética por una
acción
racional que acepta positivistamente el interés como fin de la acción
humana, y
el de sentar el "deber ser", la obligación moral, al margen de ese
interés, de espaldas a la naturaleza humana; es decir, entre el riesgo
de
reducir la Ética a la alcoba, a la intimidad privada, y el de la
estéril
pretensión de moralizar el mercado, creemos que caben posiciones
razonables. En
todo caso, que es un reto que la Ética debe asumir: el de definir su
espacio y
su forma de intervención sin renunciar ni a su exigencia de
racionalidad, como
disciplina filosófico, ni a su idealidad antipositivista, como
disciplina
práctica.
En fin, el egoísmo
ético es propiamente una teoría ética tout
court. En el fondo resulta de convertir la tesis
antropológica del egoísmo psicológico
en normativa: de
decir "todos los hombres actúan de
facto egoístamente", se pasa a decir "es legítimo actuar
egoístamente".
O, en otro aspecto, resulta de asumir como legítimas y morales las
actuaciones,
decisiones y elecciones "racionales".
En rigor, esta teoría tiene
escaso interés especulativo; más
bien es una renuncia a la dimensión filosófica de la Ética. Más aún,
una
renuncia a la Ética misma. Pues si es cierto que el egoísmo
psicológico, como tesis antropológica que describe el ser
humano, tiene mucha fuerza persuasiva, no lo es menos que la Ética
surge
precisamente al mismo tiempo de lo que hay de verdad en esa tesis y de
lo que
hay de ilusorio en ella. Es decir, como sostenía Kant, la Ética tiene
sentido
en tanto que aspiración a superar el egoísmo: carecería de sentido si
los
hombres fueran natural y genuinamente altruistas. Es la necesidad
social de la
convivencia y la cooperación la que pone la aspiración Ética como
objetivo
humano irrenunciable, la que exige controlar en uno mismo su ser
egoísta y
autodeterminarse como ser moral. Por tanto, la Ética toma su necesidad de ser de la constatación del
egoísmo
de la naturaleza humana, surge como respuesta al egoísmo. Pero, al
mismo
tiempo, toma su posibilidad de ser,
de ser práctica, del carácter limitado y limitable de ese egoísmo: sólo
en la
medida en que en la naturaleza humana cabe la posibilidad de fijar
sentimientos
altruistas, sólo en la medida en que el ser humano pude
autodeterminarse
libremente, tiene sentido la Ética.
Como hemos dicho, las teorías
subjetivistas se basan en el principio de traductibilidad de
los enunciados
normativos a enunciados de preferencia subjetiva. Es fácil ordenar en
escala
las preferencias subjetivas: basta observar el comportamiento de las
gentes. Y
si se consigue definir y legitimar las "preferencias normativas"
desde las "preferencias subjetivas", se habría conseguido un
fundamento empírico a la Ética. El problema está, pues, en el acceso al
"orden moral" desde unas preferencias fácticas cuya ordenación no es
nada fácil, pero no teóricamente imposible. Que las dificultades del
subjetivismo ético son grandes se prueba en la diversidad de
alternativas
surgidas y en la insatisfacción de sus propuestas.
La más radical es el subjetivismo
ético individual. Resuelve el problema por disolución: cada
orden de
preferencias individuales es elevado a orden racional e instituido como
ordenación
moral. Es decir, se niega cualquier orden axiológico trascendente a la
estructura de preferencias individuales, al deseo inmediato,
contingente y
efímero.
Una alternativa más razonable,
más "ética", es el subjetivismo ético racional.
Aquí el
orden axiológico se hace coincidir con la estructura de preferencias
racionales, es decir, de intereses objetivos del individuo, a veces
distanciados de sus deseos o preferencias puntuales. Además, como se
tiende a
creer que esos "intereses objetivos" de cada hombre tienden a
coincidir, las máximas morales serían máximas de racionalidad. El
"egoísmo"
quedaría legitimado en "egoísmo ilustrado" al coincidir el interés
individual y el general. En suma, el orden axiológico que se postula se
funda
en el sujeto individual, si bien por armonía divina coincide con el
orden de
preferencias genéricas.
Nótese que no se trata, de
ningún modo, de un orden
axiológico construido sobre preferencias estadísticas, en cuyo caso se
antepondría el interés de la mayoría al de los individuos. Aquí la
fundamentación del orden de preferencias normativas sigue siendo la
estructura
de intereses del individuo; la coincidencia con el interés general es
teóricamente irrelevante. Porque si no fuera así, si el orden moral
fuera el
resultado de la agregación de preferencias de los miembros del grupo,
se
trataría de un subjetivismo ético social.
Esta tercera forma pone la intersubjetividad, construida
estadísticamente, como
racionalidad, y como base de la moralidad. La intersubjetividad ofrece
un
criterio flexible, histórico, pero más abstracto y desligado del
inmediato
deseo.
Por último, la cuarta forma es
el subjetivismo ético altruista. En
este caso se sigue aceptando las
preferencias individuales como base de la ordenación axiológica, pero
se acepta
que entre las preferencias fácticas del individuo pueden figurar las de
contenido altruista. Y como éstas serán comunes en todos los hombres,
constituirán propiamente las preferencias morales. En esta teoría la
coincidencia
entre preferencias individuales y orden axiológico se sigue
manteniendo, pero
ahora desde una selección de esas preferencias, las "altruistas".
Exceptuando el subjetivismo
individual, en parte defendido
por Hobbes y Spinoza, que es la negación de toda Ética, las tres formas
restantes coinciden en aspirar a una justificación racional, que
trascienda el
deseo inmediatista. Son las formas racionales del subjetivismo.
Coinciden
también en apoyar, aunque de diferente forma y con distinta intensidad,
la Ética
sobre las relaciones sociales: surge en la vida social. De ahí que en
buena
parte se reduzca a Teoría de la Justicia. No porque no haya otras
virtudes,
pero la justicia es el centro de la reflexión. Trataremos a
continuación por
separado estas tres formas de subjetivismo racional.
El subjetivismo
racional nace y se estructura durante la Ilustración; es
decir, nace con la
cultura moderna, con la ciencia moderna y con las nuevas relaciones e
instituciones sociales modernas. En especial nace con la nueva idea del
individuo, de su relación contractualista con la sociedad, de su
libertad de pensamiento,
de su ser sujeto moral, religioso, político, etc. En especial este subjetivismo racional está fuertemente
condicionado por los presupuestos filosóficos empiristas, por el papel
que la
ilustración otorga a la razón y por la conciencia de que todo el orden
social,
incluido lo moral, es obra de los hombres, siendo su fuente de
legitimidad la
razón humana, sus convenciones, sus pactos, sus contratos, su
"naturaleza".
El presupuesto genérico del subjetivismo racional es que la moral
-como la política, como la
religión...- es y debe ser una manifestación de la racionalidad. Y esta
racionalidad se entiende como una ordenación de lo real subordinada a
la
satisfacción óptima de las necesidades y deseos humanos, es decir, como
satisfacción de los intereses del hombre. Así, puesto que los hombres
viven
necesariamente en sociedad, deben cooperar, es razonable que lo hagan;
y esta
cooperación exige establecer convenciones y pactos que se cumplan, que
permitan
a cada uno saber las reglas de juego a las que ha de atenerse. Por
tanto, los
individuos cumplirán esas reglas o convenciones si tal cumplimiento es racional, es decir, si con ello sirven a
sus intereses.
La racionalidad de una regla,
por tanto, no se mide por su
adecuación puntual a un deseo. La racionalidad exige un cálculo más
global y a
largo plazo: uno la considerará racional aunque su cumplimiento le
suponga
perjuicios momentáneos, o aunque con ello pierda oportunidades
concretas, si ve
que de su cumplimiento se derivarán situaciones globalmente y a largo
plazo más
favorables que su incumplimiento.
De momento, pues, lo que se
pone como exigencia primera es
la racionalidad de la norma. Su
"moralidad" se deriva de su racionalidad, cuando no queda meramente
reducida a ella. Ahora bien, esta exigencia de racionalidad de las
reglas, de
las que depende su "autoridad moral", o sea, su fuerza persuasiva,
recoge contenidos de moral que nadie dudaría en clasificar como
"morales".
La racionalidad de la regla exige superar el egoísmo puntual y
estrecho,
sustituir la pasión por el interés. Esto se aprecia en los fundamentos
de las
reglas.
Una condición de racionalidad
en el establecimiento de una
regla, que a los modernos teóricos de la elección racional gusta de
ilustrar
con la teoría de los juegos, es que
su establecimiento se haga de tal manera que el peor situado quede lo
mejor
posible. Esta condición nos parece razonable, y desde luego no es
inmoral; otra
cosa es que sea condición suficiente de moralidad. Pero ¿cómo se
garantiza tal
condición en un pacto en el que se supone que cada uno, que no puede
saltar
sobre su naturaleza egoísta, se comportará racionalmente, es decir,
intentará
maximizar sus posibilidades? La argumentación habitual es suponer que
las
reglas sociales se establezcan en lo que se denomina situación
de incertidumbre. Es decir, la garantía de que las reglas
beneficiarán a todos, y especialmente a los menos afortunados, se apoya
en la
presunción de que quienes elaboran las normas, padeciendo la
incertidumbre
respecto al papel que les tocará jugar a ellos, se esforzarán en que
los
destinados a cumplir los más sacrificados papeles estén compensados,
por si
acaso les toca a ellos.
Desde luego, es una
argumentación razonable y coherente con
los presupuestos subjetivistas. Más razonable, sin duda, que la
alternativa de
Platón, intentando eliminar los peligros del eros
con un comunismo extravagante de las clases dirigentes; y más
coherente que la propuesta por Hume, silenciando las pasiones de los
gobernantes a base de convertir a los funcionarios en una clase
satisfecha y
conservadora, que defendiera la propiedad de los otros como garantía
del orden
socio-político gracias al cual vivían plenamente satisfechos.... Y,
también, más
realista que el "espectador imparcial" de Adam Smith, confiando en
una subjetividad que, en el silencio de las pasiones, parece actuar
objetivamente. Y que el "velo de la ignorancia" de Rawls, que
exigiría una amnesia excesiva del legislador.
La condición de incertidumbre
como garantía de la
racionalidad, y por tanto de la moralidad, no es satisfactoria; pero
tiene su
atractivo por una seductora apariencia de realismo. Puede argüirse en
contra
que la situación de incertidumbre es imaginaria, o al menos imperfecta,
porque
los "papeles sociales" no son tan inestables y aleatorios como se
presume. Es decir, la posibilidad abstracta de movilidad social en una
sociedad
abierta no puede ocultar la realidad concreta, que muestra que los
roles y
privilegios sociales suelen tener cierta estabilidad, ligados a
talentos
naturales, a sexo, a profesión, a genealogía... La vida da muchas
vueltas, se
dice; pero parece darlas siempre por el mismo sitio.
Puede objetarse, también, que
si bien la situación de
incertidumbre es más verosímil cuanto mayor sea el espacio de tiempo
previsto
en el cálculo, dado que la imprevisión, la incertidumbre, crece con la
amplitud
del ciclo considerado, no obstante no parece razonable basarse en el
largo
plazo. Como dice el sentido popular, a la larga todos muertos. Es
decir, no es
previsible que el legislador sea imparcial, y mucho menos moral, por la
hipótesis de los cambios posibles en un futuro remoto. Incluso podría
dudarse
de la racionalidad en base a que no todos tenemos las mismas
preferencias, no
todos valoramos igual el riesgo, etc... Por tanto, la regla
"maximin" no es absolutamente satisfactoria. Y
aunque se intentaran más garantías, como hace Rawls con el "velo de
ignorancia", no creemos que se consiguiera realmente mayor
racionalidad.
Ahora bien, estas deficiencias
¿justifican su rechazo? Nos
parece que justifican la crítica, justifican el distanciamiento de
cualquier
adhesión fanática, justifica la actitud de alerta para introducir
correcciones... pero no su denigración o rechazo cuando no se ofrezca
una
alternativa más razonable. La Ética ha de aceptar este reto de la
racionalidad
práctica, ha de asumir que no puede dar la espalda a la exigencia de
eficacia
material en el obrar humano. Y asumir tal reto no es entregarse al
nihilismo,
sino aceptar que, como obra humana, debe constituirse según la realidad
humana.
Ha habido revoluciones, o profundos cambios, en la ciencia, en la
filosofía, en
las religiones. Todas ellas han aceptad la necesidad de ser
humanas, es decir, de adaptar su función a las condiciones
humanas. La Ética debe ser sensible a este principio para seguir siendo
discurso racional y práctico.
8.2.
Condiciones de racionalidad del deseo
.
“La lógica es una moral
del pensamiento, como la moral es una lógica de la acción.” (J. Piaget, Le jugement moral chez l'enfant).
Hay dos normas que se reparten
en gran medida el dominio del
subjetivismo racional. Por un
lado,
la ya señalada "regla de decisión bajo incertidumbre", que garantiza
que "el mínimo de las ventajas para los menos favorecidos en el juego
será
el mayor posible". Aquí se supone una desigualdad en el origen y una
cierta justicia distributiva garantizada no tanto por la simpatía sino
por el egoísmo:
la consideración de que la vida da vueltas...., lo que motivará a los
legisladores proteger las situaciones desgraciadas, asegurar un mínimo de seguridad social. O sea, la
justicia distributiva se fundamentaría en el hecho de actuar bajo riesgo.
La "regla de incertidumbre"
funciona fundamentalmente
bajo el supuesto de desigualdad original, y tiene la función de
unificar los
intereses bajo esas condiciones de desigualdad. Confía, pues, en que la
incertidumbre en el mantenimiento del status privilegiado vuelva
razonables (es
decir, prudentes) a los hombres y les haga desear cubrir los riesgos de
una
posible inversión del status.
Si, por el contrario, suponemos
una situación de cooperación
diferente, caracterizada por la "igualdad de oportunidades" en el
origen, es obvio que aquí los intereses coinciden. Por tanto, no
funciona la
"regla de incertidumbre" sino la "regla de utilidad", que
simplemente basa su racionalidad en que "la suma de los resultados,
positivos y negativos, sea la mayor posible". No se opone a la primera,
que parece racional en situaciones generales, ya que no perjudica a
nadie y
favorece a los más débiles; por el contrario, la sustituye en aquellos
casos en
que la igualdad de oportunidades es el punto de partida y la
complementa en los
casos en que sea la desigualdad el punto de partida.
Ambas reglas, pues, se
presentan como racionales; y ambas
se pretenden justas. Más aún: ambas
constituyen la racionalidad y la justicia.
Una racionalidad instaurada como maximización, y una justicia concebida
como
"equilibrio de intereses". Si, por el contrario, se distinguiera
entre "intereses legítimos y no legítimos", es decir, morales y no
morales, las reglas resultarían insuficientes. Tal cosa no puede hacer
el
subjetivismo, que aspira a decidir la moralidad en base a la
racionalidad de
las preferencias, pero de todas las
preferencias. Se comprende que si su objetivo es, partiendo de las
preferencias, buscar su ordenación racional, para así definir la
moralidad y la
justicia, no puede comenzar por distinguir entre las preferencias las
legítimas
de las ilegítimas, lo que equivaldría a contar ya con el criterio de
moralidad
que se intenta establecer.
Es decir, la racionalidad,
entendida como regla maximin, no
funda la moralidad. Puede
considerarse racional que cada hombre, incluidos los sádicos, aspiren a
que sus
preferencias sean tenidas en cuenta; no podría decirse, en cambio, que
tal
pretensión fuera moral. Y nótese que esto se relaciona con problemas
cotidianos
de gran gravedad: ¿debe la democracia aceptar en su seno a partidos
fascistas?;
¿deben aceptarse o tenerse en cuenta las preferencias de los
terroristas?
En definitiva, los criterios de
justicia del subjetivismo
racionalista no son válidos en todos los casos; la racionalidad no
siempre
coincide con la justicia. Hobbes ya lo suponía, y recurría al poder del
Estado
para garantizar la adecuación. Pero tal vía conseguía la identidad de
la
racionalidad con la ley, no con la justicia.
Esta sospecha ha arraigado
entre los mismos partidarios de
la teoría, que han intentado correcciones y adecuaciones más o menos
exitosas,
pero que merecen alguna mención. Así, J.C. Harsanyi [40],
desde posiciones utilitaristas, en lugar partir de una supuesta
igualdad de
oportunidades, parte de una no menos supuesta "situación
de imparcialidad", cuya garantía sería, en
definitiva, una igualdad de oportunidades (de lo contrario habría que
renunciar
al postulado del "egoísmo"). Harsanyi considera, como en el
"espectador imparcial" de Smith, que la condición de imparcialidad
garantiza los juicios correctos sobre la justicia. En tal situación,
las
preferencias racionales, que serán utilitaristas, al ser imparciales
serán
morales. En suma, la moralidad de unas decisiones vendrá dada por la
imparcialidad de las mismas. Racionalidad y moralidad coinciden en esta
situación. Y como los afectados tienen las mismas preferencias, el
orden
axiológico racional es un orden axiológico moral intersubjetivo.
J. Rawls [41],
por su parte, ha intentado mostrar que el orden de preferencias morales
puede
derivarse del orden de preferencias subjetivas si la situación, en vez
de ser
una situación de incertidumbre, o una situación de imparcialidad, fuera
una situación de ignorancia. La
"original position" de Rawls proporciona la situación de
imparcialidad que reclama Harsanyi. Pero Rawls funda esa imparcialidad
en la incertidumbre, mientras
Harsanyi en el riesgo [42].
Lógico, porque el riesgo se corre bajo la base de la igualdad de
oportunidades;
fuera de ésta, el elemento determinante es la incertidumbre, sin duda
más
conservadora.
Como se ve, no hay grandes
novedades. Las "situaciones
imaginarias" y el supuesto de que todos los agentes tienen las mismas
preferencias subjetivas, son dos puntos débiles de la teoría. Además,
no
explican por qué los agentes habrían de responder de la misma manera
desde una
situación imaginaria que desde una real. Es decir, queda el problema de
siempre: ¿por qué ser morales? ¿Por qué he de actuar conforme a lo que
yo
mismos, en condiciones ideales, puede considerar como bueno? [43]
La teoría del subjetivismo
social, como hemos dicho, pretende derivar el orden moral de
las preferencias
subjetivas, pero entendidas en un plano de cooperación social. La
dificultad
central se plantea en cuanto a la manera de reducir las preferencias
individuales a colectivas, o sea, en la construcción del concepto
"preferencia social". En las últimas décadas esta problemática ha
tenido un amplio desarrollo, especialmente en las ciencias económicas,
lo que
ha motivado su distanciamiento de la Ética. De todas formas, aunque hoy
la teoría de la elección racional
constituye un campo de reflexión autónomo, en muchos casos alejado de
la
problemática moral, creemos que no puede ser ignorado por la Ética.
Sería muy
ingenuo que, en nuestro empeño de mostrar las insuficiencias de los
esfuerzos
por reducir la moralidad a preferencias racionales, cayéramos en la
tentación
de silenciar el proyecto de la teoría de la elección racional por el
mero hecho
de que parece haber renunciado a tal proyecto, es decir, porque no
confiesa
objetivo alguno de fundamentar una conducta moral, sino simplemente una
elección satisfactoria. Y decimos que sería ingenuo porque esa
"apariencia" no evita unos resultados reales: la elección racional se
instala como la elección legítima, y subrepticiamente como acción
buena. Con lo
cual se consigue el viejo sueño del subjetivismo ético pero sin haber
vencido
en la batalla filosófica de fundamentación de lo legítimo y lo bueno en
las
preferencias.
En definitiva, la Ética actual
debe hacerse eco del debate
suscitado por teorías como las de Kenneth J. Arrow en su Social
choice and individual values [44],
R.C. Jeffrey en The Logic of Decision
[45],
A. Sen en Collective Choice and Social
Welfare [46],
entre otros muchos [47].
El subjetivismo social supone
que es razonable, a la hora de
tomar una decisión, tener en cuenta las preferencias de los demás. Y
tenerlas
en cuenta de la forma más extensa y mejor cuantificada. Una forma de
hacerlo,
intuitivamente, es pensar que todas tienen más o menos nuestras
preferencias,
de modo que así podemos establecer los valores que otorgan a cada
estado o
situación. Claro está, tal hipótesis es inverificable.
Otra manera de hacerlo es
mediante la observación de su
comportamiento. Podemos imaginar que dos personas que tengan similares
preferencias, otorgarán similares valores a los mismos estados. También
así la
hipótesis permanece inverificable e infalsable, porque las preferencias
no
pueden deducirse de sus opiniones ni de sus comportamientos. Restará,
simplemente, como más o menos plausible.
Dadas estas dificultades, y
conscientes de las mismas, los
partidarios de estas teorías tratan de establecer condiciones para
corregirlas
en lo posible y aumentar el grado de plausibilidad de nuestras
asignaciones de
valor. Exigir, por ejemplo, imparcialidad,
que las preferencias de una persona no cuentan más que las de otras, es
razonable y ético. También parece razonable la condición de unanimidad u optimalidad
de Pareto. Parece razonable que la unanimidad sea
preferida; y también que si unas personas quieren un cambio y nadie se
opone a
ello, el mismo es racional. O, de otra forma, parece racional cualquier
medida
que beneficia a algunos y no perjudica a nadie.
Y también parecen razonables
los principios de "ningún
dictador", el "teorema de la imposibilidad" de Arrow [48],
el "teorema de la imposibilidad paretiana del liberalismo", de A. Sen [49].
O el "principio de liberalidad", que permite a cada individuo decidir
él mismo sobre las cuestiones que solamente le afecten a él.
De todas formas, algunos de los
criterios, bajo su
plausibilidad, ocultan ciertas deficiencias. Por ejemplo, la regla de la mayoría, que aconseja optar
por la opción mayoritaria, parece racional, e incluso moral. Pero a
veces
muestra imperfecciones, especialmente si las opciones son más de dos.
Es
entonces posible que el más votado no tenga la mayor preferencia
social. Las
"segundas vueltas" en elecciones políticas revelan ese problema.
La regla
de utilidad,
a su vez, es una de las relaciones de preferencia social más discutida
en la Ética.
Declara que un estado social es óptimo cuando la suma de beneficios
individuales es máxima o superior a cualquier otro estado. De su
racionalidad
-definida ésta como maximinim-
parece
no haber duda. Más discutible es la decisión de tomar como criterio de
racionalidad la maximización (cosa discutible en sí, aunque
generalmente
aceptada) y, sobre todo, de identificar la racionalidad así
caracterizada con
la moralidad. Por otro lado, esta regla es susceptible de otras
críticas: es
cuestionable, por ejemplo, que el "reparto justo" se derive de los
beneficios marginales de los interesados, en lugar de fundarse en las
"pretensiones o derechos legítimos".
Los argumentos contra el
utilitarismo han sido muchos. Entre
las críticas más razonables destacan las que apuntan a los "derechos de
la
minoría", por considerar que la teoría utilitaria maximiza el beneficio
general a costa del de unos pocos, cosa que no parece justo. Otro
frente de críticas
se centra en el riesgo del "castigo del inocente", o sea, en que no
asume o defiende con fuerza el principio moral de "la inviolabilidad de
los derechos individuales". Y un tercer frente denuncia la injusticia
del
criterio de la "utilidad marginal decreciente" o de los "actos
superrogatorios", que obligaría a un individuo a repartir sus bienes
entre
los menos ricos, aunque no pobres o necesitados.
La regla
de igualdad,
con ser aparentemente la más coincidente con la moralidad, tiene sus
detractores y es también otra de las reglas más debatidas. Nadie
defenderá la
desigualdad como moral; y todos aceptarán que cierta igualdad es
inseparable de
la vida moral. No obstante, se introducirán límites y matizaciones. Por
ejemplo, no se acepta la igualdad a cualquier precio; en particular, se
la
cuestiona si es un obstáculo al progreso de todos. También se considera
que no
puede aceptarse como justo un reparto sistemáticamente discriminatorio
para los
mejor situados, para los más abnegados, para los más exitosos. Entre
dos
enfermos graves, y ante la escasez de medicamentos, no debe
administrarse al
más pobre, sino al que le sea más beneficioso. Y si la cantidad del
medicamente
sólo sirve para salvar a uno ¿es preferible repartirlo
igualitariamente, sin
esperanza de que sobreviva ninguno, a optar por la salvación de uno de
ellos?
¿Es más moral repartir bienes escasos, como las becas y ayudas a la
investigación, entre todos, igualitariamente, o entre aquellos que,
siendo
necesitados, estén más dotados y prometan mejores resultados?
En el fondo, la igualdad es un
valor generalmente aceptado
actualmente. Las correcciones que se ponen apuntan a la necesidad de
articular
dicha igualdad con la eficacia, pues no parece razonable una defensa
abstracta
de la igualdad en la miseria. En el último ejemplo puesto, todos
aceptarán la
justicia de la selección de los más dotados entre los sin recursos:
pero
seguirá defendiéndose que, en el universo elegido, la asignación o
distribución
se realice con criterios de igualdad.
Estos criterios que acabamos de
ver son entre sí
complementarios. Ninguno por sí mismo parece ser suficiente para
establecer un
orden de preferencias sociales racional, y mucho menos que cumpla las
exigencias de la moralidad.
8.3.
Teorías objetivistas
“Por
el momento, tenemos que hacer una cosa y solamente una: encontrar lo
que se da
en la mente del hombre ordinario.” (F.H. Bradley, Ethical
Studies).
Hemos visto las dificultades
para correlacionar de manera
satisfactoria lo que queremos, lo que preferimos, es decir, nuestros
intereses,
con lo que debemos hacer, con lo que debemos preferir, en definitiva,
con
nuestros deberes morales. Por tanto, parece que "querer" y
"deber" son órdenes diversos, que los juicios preferentistas y los
juicios normativos morales no son homologables.
El objetivismo se apoya en
estas dificultades. Reconoce que
los contenidos de los juicios normativos son "objetivos" en tanto que
nos obligan, se nos imponen, se enfrentan a nuestros deseos y aún a
nuestros
intereses. Además, son contenidos "universalmente válidos", pues
tenemos conciencia de que no sólo nos obligan a nosotros, sino a todos
y cada
uno. Es decir, que la validez de los mismos no se identifica con la
coincidencia en el interés general. Tal vez haya más probabilidad de
que los
juicios morales coincidan con el interés general que con un interés
particular,
pero será coincidencia externa, que no hay que despreciar, pero que no
supone
la identidad.
Todo esto es cierto: la
objetividad y la validez universal
de los valores morales es un supuesto razonable. Ahora bien, estas dos
características no son definidoras del objetivismo.
Ya Hume, nada sospechoso de objetivista, sostenía que la característica
o
peculiaridad del sentimiento moral era el "desinterés". El objetivismo
lo hemos caracterizado por confrontación al subjetivismo, es decir,
como la
teoría que se apoya en la no traducibilidad de los enunciados sobre
preferencias y normativos entre sí. Pero, dentro de este principio,
caben diversas
posiciones teóricas, distintos tipos de objetivismo. Puede haber
objetivismos intuicionistas o aprioristas y naturalistas
o empiristas, según admita o no que
los enunciados normativos pueden deducirse de los descriptivos.
Para el objetivismo apriorista
la regla de oro es: "son
posible los conocimientos morales sintético a priori", que es como
decir
que existen enunciados normativos que son verdaderos o falsos, y que no
necesitan ni fundamentación analítica ni empírica. El objetivismo
empirista, en
cambio, dirá que los juicios normativos pueden ser sintéticos, y por
tanto
verdaderos o falsos, pero con contenido de experiencia. Esta es
necesaria y
suficiente para fundamentar los enunciados normativos.
Las teorías objetivistas e
intuicionistas pueden ser teleológicas
y deontológicas, que a efectos
prácticos se confunden con las
empiristas y las apriorísticas. Un principio empirista de
fundamentación está
siempre unido a una concepción teleológica, si bien Scheler defiende
una ética
apriorista y teleológica... Y las Éticas apriorísticas son siempre
deontológicas. Los juicios a priori son reglas generales, que hacen
abstracción
de cualquier referencia concreta, por lo cual normativizan "tipos de
acción".
9.
El criterio "económico" del
pragmatismo
“Dos criterios dirigen
nuestras acciones: lo que queremos
hacer, es decir, nuestras preferencias subjetivas, y lo que debemos hacer, es decir, las exigencias
que se siguen del orden moral de los valores.” (F. von Kutschera, Fundamentos de Ética).
Aparentemente al menos, este
criterio tipológico se basa en
la teoría de la acción, en la mayor o menor importancia que se asigne a
uno u
otro de sus elementos. Pero, en rigor, se basa en una concepción moral,
ya que
de ella depende esa jerarquía, en torno a la cual obtenemos una
división de las
teorías éticas que ha polarizado los debates morales a lo largo de los
siglos.
Efectivamente, si se determina
el valor de la acción por las
consecuencias, estamos ante teorías
éticas consecuencialistas o teleológicas;
si el valor de una acción se establece en base al "tipo" de acción
que es, lo que presupone que previamente las acciones están catalogadas
moralmente, según la "regla" o "norma" que cumplen, tenemos
las teorías éticas deontológicas.
Para nosotros son las dos grandes opciones en torno a este criterio.
Kutschera
añade otra alternativa, las teorías
éticas intencionales, en las que la acción se valora
exclusivamente en base
a las "intenciones" del agente. Pero consideramos más coherente tomar
los "motivos" o "intenciones" del agente como expectativas
o "consecuencias esperadas", con lo cual se trataría de una
concreción o variante del consecuencialismo.
Esta escisión en la Ética va de
la mano de la ciencia
económica y, en particular, del afianzamiento de los criterios
económicos como
referencias de la racionalidad social. Mientras se pensaba que la
ciudad era el
lugar de realización del hombre, la condición de su posibilidad de
llegar a
realizar su fin, el orden social, la sociedad justa, estarían valorados
en base
a unos criterios derivados de esa idea de hombre. Para Platón y
Aristóteles,
convencidos de que la perfección del hombre era funcional, es decir,
peculiar a
cada estatus, sobre el supuesto de que cada uno encontraba su
perfección y
felicidad en cumplir dicha misión específica, los deberes, las reglas a
cumplir, vendrían derivadas de esas virtudes o cualidades propias de la
función: del gobernante, del padre, del guerrero... En la Ética
cristiana, que
pensaba la virtud y el deber de forma universal y uniforme para todo
hombre, de
acuerdo con su idea de la igualdad de los hombres ante su creador,
surgirían
nuevas reglas generales definidoras del bien. Pero siempre el supuesto
era el
mismo: existían unas virtudes y unas reglas para la perfección del
hombre, y la
ciudad debía subordinarse a las mismas para cumplir su función de
moralidad o
de redención.
Cuando con la modernidad se
pasa a concebir la sociedad como
un instrumento ajeno a la salvación y a la perfección moral, como un
medio
puramente de sobrevivencia, es definitiva, como un contrato,
las cosas cambian radicalmente. No es que esta idea fuera
nueva; como hemos dicho, estos retos de las ciencias son reincidentes.
En este
caso particular, ya la había expuesto Platón en la República.
La diferencia está en que en el XVII y XVIII esta idea
pasó a ser dominante, porque por primera vez comenzaron a construirse
órdenes
sociales "como si" su origen fuera el contrato libre y voluntario de
los individuos.
Si la sociedad es un contrato,
ello quiere decir que su
función es meramente económica, en sentido general: los hombres lo
establecen
para vivir, o para vivir mejor. Sus normas y valores, pues, deben
establecerse
en base a las consecuencias que del mismo se derivan. Además, si es un
contrato, quiere decir que cada hombre en el mismo salva su libertad e
individualidad: compromete de sí mismo lo mínimo posible, para
conseguir lo
máximo. O sea, en el contrato se dan todos los supuestos de la
"racionalidad económica" o instrumental.
La irrupción del pragmatismo
como criterio de legitimación
de la vida social, incluso de las acciones individuales, fue un proceso
complejo y variado. Pero inapelable. Y pronto la Ética tuvo que asumir
este
reto: ¿oponerse a la racionalidad, entendida como racionalidad
instrumental, es
decir, definida pragmáticamente?; ¿ceder a la misma, extinguiéndose al
ritmo de
extinción de la función redentora, humanizadora, de la ciudad?;
¿adecuarse a
ella, interviniendo de alguna manera en la determinación de los fines,
introduciendo en el cálculo otros valores compensadores? Todas eran
opciones
posibles; y todas fueron de una forma u otra defendidas. Más aún, pues
el reto
permanece: todas son opciones abiertas a la elección y a la síntesis.
Es obvio que la Ética adecuada
a la nueva situación y, por
tanto, la mejor pertrechada filosóficamente, fue el consecuencialismo.
También es cierto que la adecuación siempre
parece ser vivida como renuncia a la pureza, lo que origina constantes
rechazos
y resistencias. De ahí que sea el consecuencialismo, con una larga
lista de
variantes, la doctrina más fértil, y la que más reflexión negativa ha
generado.
Y conviene subrayar esta fecundidad, pues debido al apasionamiento del
debate
no siempre ha sido bien comprendida ni equilibradamente valorada.
Por ejemplo, con frecuencia se
la identifica erróneamente
con el "utilitarismo", que es sólo una de sus concreciones, una de
sus variantes, aunque la históricamente más fecunda e importante. Es
evidente
que el utilitarismo es una doctrina ética en sentido fuerte, mientras
que el
consecuencialismo, en cambio, no pasa de ser una mera posición
metaética, que
sin duda tiene sus efectos prácticos, pero siempre mediatizados por las
concreciones doctrinales en el seno de sus principios.
Valorar una acción por sus
resultados tiene un gran
atractivo pero genera repulsas. El atractivo procede de su coherencia
con la
racionalidad instaurada y aceptada espontáneamente; su repulsa, de una
cierta
idea, difícil de superar, y según la cual la moralidad, por un lado,
tiene que
ver con las "intenciones", que parecen ser propias del individuo
libre, y no con los resultados, a veces ajenos a la voluntad del
individuo; y,
por otro, no se deja reducir a productividad. Podríamos decir que hay
buena
disposición para asumir este criterio en diversos campos de la Ética,
como la
prudencia, la política, pero no así para los valores estrictamente
morales. Es
decir, parece un criterio más aceptado en la teoría
de la elección racional que en la moralidad.
En el fondo, como hemos dicho, la resistencia viene de
la amenaza a la Ética de quedarse sin objeto al ser reducidala
moralidad a pura "elección
racional".
En la medida en que no se fijen
los contenidos de valor y
nos mantengamos en el consecuencialismo abstracto, hay pocos argumentos
en
contra de esta teoría. Nadie puede dejar de desear y de valorar
positivamente
las "buenas consecuencias". Claro que incluso en este nivel abstracto
surgen problemas, como el de la posibilidad de "calcular" todas las
consecuencias, inmediatas y mediatas, de una acción. No obstante, esta
es una objeción
práctica, que no debe afectar a los fundamentos de la teoría. Que las
valoraciones sean difíciles, e incluso humanamente imposibles, no
conlleva que
sean erróneas.
Incluso la aparente
irreconciabilidad con las teorías deontológicas
pierde fuerza si se
analizan desapasionadamente. Efectivamente, éstas derivan el valor de
la acción
concreta del valor asignado al tipo de acción a que pertenece; es
decir, de su
adecuación a una "regla" aceptada como buena. Su argumento principal
es que en las comunidades humanas, por ser el hombre un ser cuya
conducta no
está absolutamente determinada por instintos o condicionamientos
externos, es
posible y conveniente una regulación de su conducta, un código de
normas que
guíen su conducta. Ahora bien, se ha de destacar que la argumentación a
favor
de esta conveniencia de la regla puede tener un carácter muy diverso.
Puede
hacerse en base a razones pragmáticas y utilitarias, aludiendo a la
necesidad
de cooperación, la cual es favorecida por reglas uniformizadoras, que
orientan
a cada agente en cada situación, que le garantizan que los demás
actuarán de
forma similar, etc. Sin saber cómo van a actuar los demás, o cómo están
actuando, es imposible la vida social.
Podría decirse a favor del
deontologismo que las reglas son
más útiles que los principios abstractos del teleologismo, que éstos
postulan
como criterio la búsqueda de un fin último (por ejemplo, la utilidad),
pero
siendo poco "útiles" al agente a la hora de calcular y decidir en
cada situación los medios y acciones más favorables a ese fin, los
objetivos
intermedios adecuados, etc... Es decir, se reivindicaría, a nuestro
entender
con acierto, que las reglas deontológicas son más orientativas y
"útiles" que la mera enunciación del fin moral último.
Ahora bien, hemos de resaltar
que con este argumento se
desautoriza únicamenteal utilitarismo
más rudo e indefendible, que nos atreveríamos a decir inexistente.
Además,
paradójicamente se le desautoriza con "criterios de utilidad". En
rigor, no hay posición utilitaria que no valore positivamente las
reglas de
comportamiento, en la medida en que las mismas recojan y formulen modos
de
actuación consolidados como positivos en una gama de situaciones. La
distinción
que se acostumbra a hacer entre "act"
y "rule" utilitarismos es
ficticia, y sólo se apoya en casos extravagante. En todo caso, el del
utilitarismo más "actualista", defenderá siempre la conveniencia de
las reglas, si bien dejará abierta la posibilidad de poner en cuestión
la norma
cuando haya evidencia de su ineficacia o inadecuación. Tal posición es
coherente; el fetichismo de la norma sería en sí mismo extravagante.
Es decir, si el utilitarismo es
razonable, y aprecia
utilitariamente la regla, y el deontologismo no es fundamentalista, y
aprecia
las reglas por su "bondad" social, aunque ésta no se mida
exclusivamente por la "utilidad", las posiciones tienden a acercarse
en lo teórico y a confundirse en las opciones prácticas, que en
definitiva es
lo que cuenta. El "deontologismo" razonable no es antagónico del
"rule utilitarism", como
luego veremos. Sin caer en una defensa tan netamente utilitaria de la
regla,
ésta puede apoyarse en criterios prudenciales y bienestaristas, como
hemos
visto al señalar la necesidad social de la misma. También en la tesis
de que el
comportamiento moral debe ser enseñado y aprendido; tal cosa exige la
existencia de reglas claras y precisas, practicables. Además, como
señalaba
Smith, las reglas son un buen apoyo contra la presión de las emociones
y
pasiones circunstanciales, en cuyas condiciones la decisión en base al
cálculo
se vuelve problemática.
Vemos, pues, que esta defensa
de las reglas, e incluso de
las meramente convencionales, no son exclusivas del deontologismo. En
la medida
en que pueden ser reivindicadas utilitariamente, no son argumentos
estrictamente deontológicos. Para ver el contenido y los límites del
conflicto
entre consecuencialismo y deontologismo recurramos a dos ejemplos
tópicos.
El primero es el caso
de la mentira piadosa. Ya se lo planteó Platón, tratando de
la justicia.
¿Puede el médico (o el padre, o el político, o el abogado) mentir a un
paciente
para así ahorrarle problemas psicológicos, desánimos, que dificultarían
su
voluntad de curación y, por tanto, afectarían a su curación? En su
formulación
abstracta la cuestión planteada es si una regla, "decir siempre la
verdad", puede ser incumplida en determinadas circunstancias para
intentar
conseguir unos resultados considerados deseables y buenos. Un
consecuencialista
de tipo utilitarista no lo dudaría: aun aceptando la regla de "no
mentir" como valiosa en la mayoría de las situaciones, en la medida que
la
acepta por la frecuencia de sus resultados positivos, no tiene duda en
violarla
en aquellas situaciones en que su cumplimiento determine resultados no
deseable. De todas formas, incluso este utilitarista, si en lugar de
este caso
"extravagante" se plantea otro más normal, en el que una mentira
conlleva un beneficio de quien la hace, a la hora de decidir su
aceptación incluiría
en el crisol del cálculo la "corrupción" que el hábito de mentir, así
potenciado, conllevaría para la sociedad. Y muy probablemente llegaría
a la
conclusión de que no debe violar la regla, aunque sea con el fin de
obtener un
beneficio puntual seguro.
Un deontologista, en cambio,
deberá decir que la regla nunca
debe ser violada. Y si es un deontologista radical, como Kant,
simplemente
creerá que es imposible o trágica esa desarmonía metafísica entre la
regla y el
bien. Y no podría salir de aquí, pues argumentos como: "si el médico
miente el paciente perderá en el futuro su fe en él, se perderá la fe
en los
médicos...", "si es legítimo mentir en determinadas circunstancias,
el criterio moral ya no es el deber, sino los resultados, con lo cual
en cada caso
se justificará el incumplimiento...", etc. Tales argumentaciones, en
contra del "utilitarismo", son en el fondo "argumentaciones
utilitarias", que un "utilitarista de la regla" apasionado
podría hacersuyas sin escrúpulos.
El segundo tópico es el caso
del polizón. Imaginemos un periodo de fuerte sequía que
obliga a la
autoridad pública a restringir duramente el consumo de agua,
autorizándose
únicamente el consumo para beber, cocinar y lavar. Imaginemos un vecino
que,
pensando utilitaristamente, concluyera: "si los demás respetan la
norma,
el suministro está asegurado... aunque yo la viole regando por la noche
el
césped de mi jardín; si los demás piensan como yo, entonces sería
absurdo que
yo cumpliera la norma, pues no serviría para nada, pues los depósitos
se
agotarían igualmente. Luego, no es razonable que cumpla la norma".
No sólo los éticos
deontológicos, sino cualquier hombre,
incluso si profesa el utilitarismo, condenarían la conducta insolidaria
del
avispado vecino. ¿Por qué? Porque su cálculo es falaz: no ha calculado
bien el
riesgo ni las intenciones de los otros. Podía haber pensado: " Si todos
hacen el mismo razonamiento que yo, vamos al fracaso. ¡Y todo por un
jardín!
Sólo se eliminan los riesgos si cada uno decidiera acatar la norma.
Luego la
acato. ¿Y si los demás no lo hacen? ¡Qué más da! Si la incumplen al
final se
secarán todos los jardines. Incumplirla yo tampoco me traería ventajas".
De todas formas, como diría
Sidgwick [50],
el insolidario y avispado vecino habría de hacer su reflexión en
silencio. Es
decir, tal interpretación de la ética utilitarista es inconfesable,
pues la
publicidad iría contra su viabilidad. Que es tanto como decir que sólo
en
secreto podrían practicarse tales conclusiones, o sea, que son unas
conclusiones que se apartan de las propias reglas utilitaristas. Porque
es
obvio que los riesgos crecen en proporción al número de gentes que
violen la
regla; por tanto, cada uno, con su decisión egoísta de violarla,
incrementa sus
propios riesgos. Es un mal cálculo.
De todas formas, las éticas
deontológicas tienen dos graves
problemas, que debemos destacar. Por un lado, no pueden renunciar a la
"ponderación" de los resultados, con lo cual, a su pesar, se alejan
del deontologismo y se acercan al utilitarismo o, al menos, al
consecuencialismo;
por otro lado, en caso de conflicto de deberes o reglas, carecen de un
criterio
de decisión ágil. ¿En base a qué norma habríamos de decidir cuando la
situación
nos forzase a incumplir una norma para cumplir otra? Porque entrar a
ponderarlas,
a jerarquizarlas, es entrar en la pendiente del utilitarismo.
O sea, el deontologismo se ve
muy forzado, tanto al
establecer sus reglas -si han de ser operativas, y no meramente
formales-, como
al jerarquizarlas en caso de conflicto, a introducir ponderaciones que
tienen
en cuenta los resultados, las consecuencias. Si a esta necesidad
añadimos que
el utilitarismo del acto, a su vez, es indefendible en base a los
propios
objetivos utilitaristas, con lo cual inevitablemente se afianza el
respeto a
las reglas, nos encontramos en la siguiente situación: algo así como si
el
utilitarismo de la regla fuera el punto de confluencia de ambos,
expresando la
racionalidad práctica. Ciertamente, siempre podrá decirse que en teoría
el
deontologismo y el utilitarismo de la regla son esencialmente distintos
e
irreconciliables, dado que éste último asume la regla porque es útil y
en tanto
que es útil... Es cierto, pero, a efectos prácticos, lo que importa es
que se
asuman las mismas reglas: tal cosa es ya una coincidencia significativa.
Estas dos tendencias, que se
acaban imponiendo a nivel
práctico, reducen el problemas consecuencialismo/deontologismo a dos
ideas
reguladoras, cuya tensión es útil. Al fin y al cabo, si la Ética es
práctica,
lo que cuenta no es tanto la coherencia lógica de sus juicios sino la
capacidad
de los mismos para ir resolviendo el problema moral.
10.
El criterio "lógico" de la
consistencia .
“El crítico práctico de los
razonamientos, como de la moral, no puede adoptar la postura olímpica
del
matemático.” (S.E. Toulmin, The Uses
of Arguments).
Es curioso constatar que una de
las primeras batallas
filosóficas en la historia fue entre "monistas" y
"pluralistas". Se daba en torno a la "filosofía natural", a
la hora de decir si los elementos constitutivos de la realidad eran uno
o
varios. Allá la exigencia de sistema, de unidad, que desde Kant parece
la
esencia del conocimiento, forcejeaba con la exigencia de coherencia: el
pluralismo se imponía, pero sería una victoria momentánea.
Algo parecido pasa con las
teorías monistas y pluralistas en
el campo de la filosofía moral: junto al atractivo monista surge la
mayor
adecuación a la experiencia del pluralismo moral; pero, como su sombra
negativa, aparece la dificultad de evitar las contradicciones. Y en
este
dominio de la Ética la situación es clara: no es posible una teoría que
proponga como universales dos principios o reglas que puedan forzar al
agente a
una situación aporética, o a violar una para cumplir la otra. Es la
exigencia
de consistencia en la moralidad.
Toda teoría ética aspira a
ofrecer un orden axiológico lo
más completo posible; es decir, aspira a ser de alguna manera una teoría monista. Esto es una exigencia
puesta por el carácter práctico de la Ética, que conlleva la necesidad
de
situaciones existenciales en las que las normas entran en conflicto. No
es aquí
relevante si el monismo es de "principios" -como la ética kantiana,
montada únicamente sobre el imperativo categórico, o la ética
utilitarista,
sobre el principio de máxima felicidad para el mayor número- o bien de
"valores" -el hedonismo, poniendo como único valor el placer; o el
mismo kantismo, que pone como valor único la "buena voluntad" [51].
Ahora bien, la legítima
aspiración de las teorías éticas a
contar con un orden axiológico no implica la necesidad del monismo.
Muchas
veces éste se consigue gracias a confusiones y ambigüedades
conceptuales. Es el
caso, por ejemplo, de la Ética hedonista.
El principio del hedonismo es axiológico: "sólo el placer es
intrínsecamente
bueno". Ahora bien, con frecuencia hay ambigüedad al usar como
sinónimos
de "placer" conceptos como "felicidad",
"bienestar", "satisfacción". Además, estos términos, cada
uno de ello, es susceptible de una semántica variable. El saber produce
satisfacción, y tal vez felicidad, y así se llega a verlo como
placer... Es
decir, los términos más que ser sinónimos son ambiguos, solapándose en
sus
extremos los campos semánticos respectivos [52].
Cuando el "placer" se entiende
en sentido estricto,
estamos ante el egoísmo ético hedonista,
fundado en el principio de que sólo el placer propio es intrínsecamente
bueno.
Nótese que es un principio normativo, es decir, moral; no es
equivalente al
"hedonismo psicológico",
que es una tesis antropológica, descriptiva de una supuesta constante
de la
naturaleza humana: buscar siempre el propio placer.
El egoísmo
ético
hedonista se apoya en el hedonismo
psicológico y en el atractivo filosófico que tiene el
naturalismo. ¿No se
ve más razonable una norma ética que parece respectar, adecuarse, e
incluso
potenciar una determinación natural, que una norma ética que exija
enfrentarse
y negar dicha determinación? Además, del hecho empírico de que el
hombre
considera bueno para él aquello que persigue, lo que desea, y siente
satisfacción, bienestar, al conseguirlo, al satisfacer el deseo, pasa a
afirmar
que sólo desea el placer, y que el placer es lo único bueno. La
inferencia
resulta más que sospechosa.
Las cosas no son tan simples. A
veces elegimos el menor
entre dos males: ese mal menor ¿puede ser considerado placer? Además,
con
frecuencia el placer es el resultado de realizar nuestros fines: pero
no
constituía tales fines. Muchas veces el placer es un subproducto.
Reducir el
bien a lo que los hombres desean, es una falacia; más aún, el que todos
los
hombres deseen algo no implica que lo deseado sea bueno. Muchos
filósofos de la
moral, entre ellos los de talante utilitarista, han cuestionado estos
argumentos falaces del egoísmo ético hedonista [53].
El hedonismo
ético puede adoptar una forma
altruista, es decir, afirmar la bondad intrínseca del placer y postular
la
conveniencia de su generalización. Pero estaríamos en los dominios del
utilitarismo. J. St. Mill intentó justificar la legitimidad del paso
del egoísmo
psicológico, según el cual para el individuo sólo el placer propio es
intrínsecamente bueno, al utilitarismo como hedonismo altruista, basado
en que
la felicidad general es lo único intrínsecamente bueno para la
humanidad. Los
resultados no fueron muy satisfactorios, como muestran las críticas de
Sidgwick [54]
y de Broad [55].
Como es sabido, Butler y
Sidgwickdescribieron la "paradoja hedonista",
que dice así: cuanto más exclusivamente
deseo el placer, más difícil me resulta alcanzarlo". Incidían en la
crítica ya expuesta de que normalmente el placer es un subproducto de
la
realización de otros fines. R. Nozick ha descrito esta paradoja
brillantemente,
sugiriendo que si conectados a una máquina de placer pudiéramos
recibirlo de
ella en cantidad y variedad ilimitada, el mismo no sería deseable.
J.M.Bermudo