TRANSFORMACIÓN DEL VALOR EN PRECIO
V. OTRO OLVIDO DE LA DIFERENCIA. ENSAYO
NOTA
Tras las lecturas de las Secciones I y II del Libro III de El Capital, que podéis encontrar en este website, y a raíz de algunas conferencias sobre el problema de la transformación, consideré oportuno “cerrar” esas sesiones con una reflexión global que sirviera de base a la tesis que dichas lecturas me habían provocado. Se extendió más de lo previsto y acabó en este ensayo. Por eso he creído oportuno publicarlo completo con doble objetivo: como reflexión final tras la lectura de esos capítulos sobre valores y precios, asumiendo las inevitables reiteraciones y esperando que la tesis final compense, y como ensayo autónomo, con la esperanza de que las carencias en muchos puntos por dar supuestas las lecturas quede compensada con la posibilidad abierta de consultarlas.
Resumen
En el largo debate sobre la cuestión marxiana de la transformación de los valores en precios se sitúa el problema en la diferencia entre el valor de producción y el precio de producción debido a la intervención de la competencia y su determinación de la tasa de ganancia media. Me propongo aquí argumentar que todo obedece a un “olvido” de Marx y de los marxistas y antimarxistas que intervinieron en la confrontación: el olvido de la diferencia entre el concepto de valor-trabajo de Ricardo y el suyo propio. Olvido propiciado por el uso de las fórmulas tópicas (especialmente: p´= te/tn = p/v; g´= p/(c+v); p = g). En estas fórmulas, aplicadas a un solo capital, o al capital en general, es indiferente que se opere con el concepto ricardiano de valor-trabajo, que representaremos con Vpr o con el marxiano, con Vpm, pues la magnitud, que es lo efectivo en las fórmulas, es en este supuesto la misma. Pero cuando se opera en un escenario de varios capitales en confrontación, esos conceptos también varían la magnitud, pues en Ricardo la cantidad de valor es el tiempo de trabajo empírico empleado y en Marx el tiempo de trabajo social medio. Y este olvido de Marx, precisamente de una corrección a Ricardo de la que sentía orgulloso, está en la base de la confusión en torno a la crisis de la teoría del valor a manos de la tasa de ganancia.

Se ha dicho que “Desde Bortkiewicz [2] (1907) a Samuelson [3 (1971) la "ciencia” burguesa se ha sentido impulsada a mejorar, corregir o revisar a Marx sobre esta cuestión” [4].Tal vez sea excesiva la generalización, pero expresa bien el atractivo que las reflexiones marxianas sobre la transformación de los valores en precios han tenido para numerosos economistas; lo cual indica que en este problema “teórico” se juegan muchas e importantes cosas prácticas. Son 120 años de debate crítico sobre el problema de la transformación de los valores en precios que Marx provocara al día siguiente mismo de la publicación póstuma de su Libro III de El Capital. Pues de 1896 es la primera de ellas, de Eugen von Bohm–Bawerk [5], y dos años después las de V. K. Dmitriev [6]; luego fueron sucediéndose y ganando calado, como ocurrió con la ya citada de Ladislaus von Bortkiewicz, hasta llegar a un “punto de no retorno” en los años 1960 con la propuesta de P. Sraffa [7], que marcó un antes y un después, (especialmente tras la reformulación de su teoría por su discípulo Ian Steedman [8] en1977), a las que hemos de sumar la impulsadas por Maurice Dobb [9] y por P. M. Sweezy [10]. Un debate extenso y denso, de enorme pluralidad y no siempre con la deseada claridad de las posiciones metodológicas y políticas; un debate en que, curiosamente, o no tanto, la pretensión de corregir los errores del cálculo de Marx usurpaba, u ocultaba, la voluntad secreta de mostrar la falsedad y/o la esterilidad de la teoría marxiana del valor. Es decir, un debate en el que, si materialmente sólo estaba puesto en cuestión el método de transformación de valores en precios puesto en escena por Marx especialmente en el Libro III de El Capital, formalmente estaba en juego un órdago a la teoría marxiana en su parte más sagrada, la que revelaba y condenaba la explotación.
Entre los actores de este debate merecen ser destacados los trabajos de como A. Shaikh [11] y Roman Rosdolsky [12] en los años setenta. Continuaron el debate Duncan Foley [13] y Abdrew Kliman [14] en los ochenta, y más recientemente han hecho interesantes aportaciones autores como Alejandro Ramos [15], F. Moseley [16], Simon Mohun [17] y Daniel Villalobos [18], por citar algunos de ellos como muestra de posiciones bien diversas.
Miradas de cerca, buena parte de las “rectificaciones” a Marx, hechas con mayor o menor reconocimiento del marxismo, se presentan como una defensa de Ricardo, aunque sea de un ricardismo renovado; pero incluso las que más abiertamente pretenden apoyar la propuesta marxiana parecen indisolublemente ligados al manto de Ricardo. La confusión sutil entre Ricardo y Marx, y la consecuente incomprensión del método marxiano y de algunas de sus categorías, constituyen el background teórico de las propuestas críticas o hagiográficas de la mayor parte de los actores del debate sobre la transformación. A nuestro entender para llegar al fondo de la cuestión hay que revisar la revisión ricardiana llevada a cabo por Marx, una revisión que más que económica, aunque también lo fuera, nos parece ontológica. Si me permitís la ironía, el problema de la transformación es excesivamente importante para dejarlo en manos de los economistas.
Es obvio que con frecuencia los economistas piensan el trabajo como “substancia del valor”, tesis ricardiana asumida por Marx, tesis compartida por ambos en abstracto, es decir, aplicada al capital ensimismado, como totalidad cerrada. Pero avanzando en el inevitable camino hacia la concreción que ha de seguir el pensamiento en su voluntad de conocer, de apropiarse la realidad, hay que representarse el capital con mayor concreción, fraccionado y en lucha entre sus unidades. Y, cuando lo hacemos así, hemos de revisar los conceptos que antes, en la abstracción, parecían adecuados, pero ahora se nos revelan inapropiados. En este sentido, en un plano del capital más concreto, deberíamos ahondar la diferencia entre los conceptos de trabajo de uno y otro: lo que para Ricardo es mera magnitud, mera cantidad (física) de tiempo¸ que implica pensar el capital como cantidad de tiempo acumulado, para Marx es trabajo abstracto, incluso podríamos decir doblemente abstracto: a) en cuanto abstraído de su cualidad, de esa determinación técnica inherente al trabajo productor de mercancías, y por tanto de valores de uso concretos; y b) en cuanto abstraído de su cantidad, al menos de su cantidad física, de su tiempo físico empleado, para quedar reducido a esa magnitud abstracta del tiempo social medio.
Desde la perspectiva impuesta por el concepto ricardiano, hasta la explotación queda reducida a un hecho empírico dado, que se evidencia absolutamente en la cantidad de las ganancias, que sólo expresan en dinero las horas de trabajo no pagado. En cambio, en el espacio de representación instituido por la categoría marxiana de trabajo abstracto todo queda resignificado. El valor-trabajo se revela como una “relación social”, que no refiere al tiempo serial de Kronos sino al más indefinido de Kairós, que no sirve tanto para denotar el trabajo no pagado cuanto para connotar la forma en que se genera y se substrae. Implica toda una nueva ontología una forma siempre social, que exige pensar los capitales, y las variables que los estructuran y especifican, tanto cualitativa como cuantitativamente, como estructura de relaciones y determinaciones globales; o, lo que es lo mismo, exige pensar los capitales y las variables en que se expresan subsumidos en una forma común, formando parte de una totalidad que los sobredetermina en su propia esencia.
Ciertas “incomprensiones” de algunas categorías de Marx, como la del trabajo abstracto, están en el contexto del debate sobre los valores-precios; al menos es lo que nos proponemos aquí poner de manifiesto. Y dichas incomprensiones toman todo su relieve si, como nos parece, afectan al propio Marx. Sí, ya sé que parece una impostura decir que Marx se “in-comprendió” a sí mismo; me siento incómodo por el mero hecho de formular esta idea; pero no parece tan extravagante si lo entendemos como una situación fáctica en que, quien ha creado un nuevo concepto, o legitimado un uso nuevo del mismo, por inercia o por economía recurre al uso antiguo del mismo. En el lenguaje, en los conceptos, como en otros órdenes de la vida, no es fácil liberarse de los muertos; la victoria no hace desaparecer las heridas. Marx, aunque “enterró” para siempre ciertos conceptos de Ricardo, al menor descuido los usaba como antes de negarlos. Esta prolongación de la existencia de los conceptos, esta fuerza de inercia, determina que en el caso que nos ocupa el propio Marx, habiendo corregido a Ricardo, en algunos momentos y por esos factores exteriores a la teoría acabara hablando en ricardiano. Visto así, me parece, la tesis no es tan provocadora; no se trata de una nueva carga crítica contra Marx, la de ser inconsecuente con sus propias aportaciones (aunque nos parece que lo fue, y que nos habría ahorrado décadas de debate estéril). Sólo tratamos de explicitar lo que nos parece una confusión; además, trataremos de hacer visible las determinaciones teóricas y psicológicas que empujaban a la misma, cosa que diluirá la “culpa” en los hábitos y la rutina del proceso de pensamiento. Al fin se trata de un ligero y aislado deslizamiento hacia el vocabulario de la economía clásica, que aunque Marx estuviera recesando seguía hegemónico, seguía dominante.
Nuestra propuesta, por tanto, pivotará sobre el olvido contextual del trabajo abstracto. Tiene la osadía de pretender mostrar que el problema del debate sobre la transformación es, en rigor, un problema ontológico; o, para decirlo con más nitidez, un problema de incomprensión de la ontología de Marx. Como decíamos antes, también aquí se ha dejado en manos de los economistas la ciencia económica, que qua scientia, es demasiado importante para encomendársela a los expertos.
Una exposición completa de nuestra tesis debería hacerse en dos etapas. En la primera, la de su formulación, haremos una descripción y argumentación de la misma, al filo de una interpretación filosófica de los textos de Marx, y centrada en este particular “olvido de la diferencia”, el olvido, que incluso parece afectar a Marx inmerso en la ventolera del cálculo, entre los conceptos ricardiano y marxiano de valor; en la segunda etapa deberíamos abordar algunas de las críticas y alternativas aparecidas en el debate sobre la transformación y mostrar que con la reformulación de los conceptos conforme a la ontología marxiana se puede responder a las críticas y valorar las distintas propuestas; o, dicho de otra manera, que con la revisión ontológica se puede mostrar que la teoría marxiana resiste dichas críticas. Aquí abordaremos la primera etapa; la segunda la dejamos pendiente y subordinada a una condición: que toda la reflexión que aquí llevamos a cabo no descanse en algún error conceptual o de cálculo que, como el viejo topo, destruya sus fundamentos.
1.Planteamiento del problema y acercamiento a la solución.
Una estrategia apropiada para llevar a cabo nuestra tarea es sobrevolar los textos del Libro III, que en sesiones anteriores hemos seguido minuciosamente paso a paso, para ahora realizar una selección pertinente de algunos conceptos y reflexionar sobre los problemas que los circundan; así prepararemos el escenario teórico que nos ayuden a perfilar el “asalto final”.
En este asalto final la torre principal está representada por el valor de cambio, que guarda una relación esotérica con el valor. Es curioso que esta categoría, que aparece resplandeciente en el primer capítulos del Libro I de El Capital [19], ejerciendo pletórica de poderío su hegemonía sobre el otro valor de la mercancía, con quien compartía desigual inquilinato, el humilde y siempre amenazado “valor de uso”…; es curioso, digo, que avanzando aquel Libro I pierde presencia y casi desaparece del relato principal, poco a poco sustituida en su protagonismo por el “valor”. Tras aquel seductor juego descrito por Marx entre valor de uso y valor de cambio, los términos de la contradicción que daba vida a la mercancías y alimentaba el fetichismo en las subjetividades, sumergida ella misma bajo la forma del capital –deberíamos decir “subsumida”, pues es la relación que con más precisión y riqueza transcribe esa confrontación entre valores interno a la mercancía-, el valor de cambo se retiró de la escena como si hubiera cumplido su papel de secundario, brillante pero limitado a un momento del drama. Ahora, ya casi olvidado, reaparece y nos recuerda su origen, y se nos ofrece como posibilidad de servir a la solución del problema de la transformación; regresa del pasado para reivindicarlo y reivindicarse. Veamos si su resurrección ha valido la pena.
1.1. El planteamiento y la respuesta de Marx al problema de la transformación se encuentran en los primeros capítulos de la Sección II del Libro III. En ellos, sin renunciar a la ley del valor, da cuenta de la jugada del valor de cambio en el movimiento real del valor a través de los capitales. Echando mano de una distinción que estableció en el Libro I entre valor y valor de cambio, cuando argumentaba que “el valor de cambio es la forma fenoménica del valor”, extenderá ahora por analogía esta idea a los precios; es decir, del mismo modo que el valor de cambio es la forma fenoménica del valor, nos dice, los precios de intercambio de las mercancías son simples “formas transfiguradas” de los valores de cambio. Con lo cual, aunque se trate de una analogía, se establece cierta relación entre el valor de cambio y el precio de intercambio de las mercancías. Todo ello, claro está, en condiciones de equilibrio competitivo, o sea, cuando los capitales están en paz, con sus g´ iguales; cuando reina la g´m que ha guiado su armisticio.
Nótese que ese acercamiento semántico del valor de cambio al precio de intercambio en rigor le sirve a Marx para sostener lo que es una tesis irrenunciable para él, a saber, que el sentido de todos estos conceptos procede del trabajo abstracto, del “valor”; lo que nos dice es que del mismo modo que el valor de cambio sería incomprensible sin referencia al valor, así lo sería el precio sin el sentido que le aporta su relación con el valor de cambio. Pues el precio, al fin, es una transformación, la forma de expresión dineraria, del valor de cambio; y éste es sólo la manera cuantitativa de aparecer el valor en el momento del intercambio.
Napoleoni, cuya posición analizaremos después, ha visto con lucidez esta analogía de Marx, contra quienes ven posible, y conveniente, e incluso necesario, considerar el valor y el precio como realidades con existencias separadas, ninguno fundamento o premisa lógica del otro, sin conexión causal entre ellos, con vidas indiferentes paralelas. Y no es que sea imposible pensarlos así, como en un infinito discurrir equidistantes; como tampoco es imposible pensar los precios desde el silenciamiento, la indiferencia o la no existencia de los valores. Estas vías pueden llevarse a cabo, pero nada tienen que ver con la de Marx; y por eso provoca cierta perplejidad cuando defensores de estas posiciones se sitúan bajo el manto marxiano, inconscientes de que están arrojando el niño con el agua de la bañera. Pues prescindir del valor, en su sentido antes enfatizado de trabajo abstracto, y sea cual fuere la buena intención, equivale a vaciar el pensamiento de Marx, a perder al “niño”.
Pero es fácil la confusión. Cae en ella el propio Cl. Napoleoni precisamente en sus esfuerzos de defender una idea marxiana correcta e importante: “para Marx, nos dice, un valor que no tenga su propia expresión necesaria o forma fenoménica en el valor de cambio (o sea, en la relación entre valores, entre cantidades de trabajo abstracto objetivado), no es ni siquiera imaginable”. Efectivamente, pertenece a su concepto, a su esencia, pasar por esa “expresión fenoménica”. Pero reintroduce la confusión cuando, para enfatizar esta idea, se añade: “El valor es la forma que asume el producto en cuanto que es mercancía, esto es, en cuanto la sociedad se constituye sobre la base de la mediación de las cosas y no por relación directa entre los hombres; pero si el valor es necesariamente valor de mercancías, aún más, si el valor no tiene sentido sino en cuanto es aquello a lo que la mercancía es reducible, esto significa que el valor se realiza en la relación entre las cantidades de trabajo objetivadas en las mercancías, o sea se realiza, precisamente, como valor de cambio” [20].
Una cosa es decir que la mercancía es el cuerpo del valor, la forma o figura del capital por la que ha de pasar en sus metamorfosis para ser substancia del capital, para valorizarse, y otra decir que “el valor es la forma que asume el producto en cuanto que es mercancía”, que induce a pensar que el valor aparece en el mercado, que el producto del trabajo antes de llegar al mercado tiene otra forma y no la de valor…. No, no es correcto decir que “el valor es necesariamente valor de mercancías”. Es impreciso, se genera confusión. Lo propio y específico de la mercancía es que en ella el valor aparezca como “valor de cambio”, eso sí le es propio. De aquí que Marx en el primer capítulo del Libro I juegue con las dos formas de valor, el de uso y el de cambio, refiriéndose siempre a la mercancía; luego, cuando se centra en la producción, casi desaparece el término, excepto cuando se trata la mercancía. Por tanto, el valor no ha de acercarse tanto a la mercancía que lo confundamos con el valor de cambio; sin embargo, es oportuno que Napoleoni reivindique ese momento en que el valor se transfigura en valor de cambio, momento esencial del proceso y que consideramos importante enfatizar.
La verdad es que Napoleoni lo destaca con tanta fuerza que él mismo parece darse cuenta de su exceso, por eso inmediatamente añade para corregirlo: “Esto no significa negar que la categoría del valor tenga precedencia respecto a la del valor de cambio”. Entiende, siguiendo de cerca a Marx, que no es cierto, como afirma la economía burguesa, que "las mercancías tienen valor porque se cambian”, pues lo cierto es que "las mercancías se cambian porque son valores". Y en ese enfoque ratifica que sin el valor de cambio, o sea, sin la realización del valor en el mercado como conjunto de relaciones entre cantidades de trabajo, el valor ni siquiera existiría, porque los productos no asumirían la forma del valor.
Ahora bien, si es así (y parece indudable que así es para Marx), el problema de la relación con el "precio de producción" se plantea igualmente, porque también “el precio de producción es una relación de cambio” [21]. La matización es toda una corrección al concepto antes expresado; podría habérsela ahorrado si su intención de enfatizar la función del valor de cambio no le hubiera arrastrado hasta casi confundirlo con el valor. En todo caso, nuestra pretensión no es enmendar la plana a Napoleoni, sino todo lo contrario, usar un exceso retórico suyo para ilustrar la facilidad con la que en estos temas se cae en olvidos ontológicos.
Aclarado este punto, la idea que expresa la anterior cita nos parece de gran lucidez, en cuanto pone, en primer lugar, el valor de cambio como “forma” de la mercancía; ésta es un producto para ser cambiado, un producto cuyo valor de uso para el productor no es otro que su valor de cambio, su capacidad para cambiarse. Una mercancía no es pensable sin “valor de cambio”, pues no es mercancía sin demanda, y esta exige en el objeto tanto utilidad que la haga deseable por los consumidores como cambiabilidad constituyente de su valor. Podemos decir de la mercancía como figura del capital para ganar precisión: su ser es ser-valor, transportar trabajo abstracto, pero su modo de ser es el de ser-valor-de-cambio. Por ello, y aunque quede subsumida en este modo de ser, la mercancía contiene siembre valor de uso, utilidad, como vínculo ontológico natural con lo otro que garantiza su intercambiabilidad.
Con ser muy importante ese momento del cambio, la figura del valor de cambio no es la del valor, no agota la esencia de éste; una cosa es ser la forma valor de la mercancía, y otra la forma valor del capital. En rigor, y afinando los términos, el valor de cambio es una forma del valor-capital, la que corresponde al momento en que éste toma la figura de mercancía. Cuando cambia su forma a medios de producción, en la metamorfosis desaparece el valor de cambio, pues no están en el mercado, no se venden; los mismos productos en tanto interiores al proceso productivo no tienen valor de cambio; esta forma –como Cl. Napoleoni reconoce en la última cita- le adviene al entrar en el mercado. Mercancías, medios de producción, productos, dinero…, unos y otros, como figuras del capital, tienen valor, transportan valor; pero sólo cuando, en sus metamorfosis, el capital regresa al mercado y deviene mercancía, adquiere esta forma, con ella aparece el valor de modo nuevo y propio, como valor de cambio.
Lo que ocurre, y esto es lo propio de la ontología marxiana, es que aparece de tal manera que de esa aparición, de esa metamorfosis, depende nada más y nada menos que la confirmación “a posteriori” de que las otras figuras del capital (los medios, los productos) tuvieran valor, fueran realmente figuras del valor, antes de la realización del mismo en el mercado. Esta es la dificultas del concepto del capital como “valor que se valoriza”, que hasta que no se valorice (y esto se concreta en el intercambio) sólo virtualmente podemos considerarlo capital; lo conocemos realmente por sus efectos, por su obra, como exige Dios. A posteriori y solo a posteriori, tras la prueba del mercado, tras la manifestación del valor como valor de cambio, sabremos si aquello que considerábamos virtualmente capital, o sea, valor que se valoriza, era verdad (y no mera certeza), o era creencia ilusión (certeza sin objetividad).
La conclusión que queremos sacar de aquí es que el valor de cambio, aunque sólo sea un momento o figura en el ciclo del capital, no es un mero accidente, ni una forma secundaria; por el contrario, pertenece a la esencia del capital pasar por esa figura de mercancía en que el valor pueda realizarse bajo la forma de valor de cambio. Podríamos decir que es el momento de la legitimación, sin el cual los otros momentos, incluido el de su producción, devendrían estériles y sin sentido. Esta es, de nuevo, una peculiaridad de la ontología de Marx, que debemos enfatizar, y que entiende que el ser sólo es comprensible en una totalidad de movimientos en que aparece bajo diversas formas, cada una de las cuales determina radicalmente las otras en ambas direcciones: hacia adelante, forzándolas a ser o posibilitando su ser, y hacia atrás, hasta el punto de hacerlas ser lo que “fueron”. Esta necesidad del ser, que para ser lo que es ha de pasar por ser-para-nosotros, tal que sólo en el futuro se decide lo que realmente fue, es básica en la ontología marxiana. Puede ser complicada de entender e incluso generar rechazo, pero ignorar u olvidar estas peculiaridades de la ontología marxiana ha llevado a confusiones e ilusiones epistemológicas, casi siempre efectos del regreso o recaída en una ontología de las esencias (que si bien tiene su atractivo y su sentido, no carece de paradojas y confusiones, y que en todo caso nada tiene que ver con la marxiana).
1. 2. La figura de valor de cambio, por tanto, es un paso obligado del valor; en ese momento se realiza. El valor de cambio es la manifestación fenoménica de la realización del valor. Se realiza, pues, en un intercambio, donde se enfrentan los valores de cambio de las mercancías. Sin plantear ahora el mecanismo y las proporciones de este intercambio, lo que se pone de relieve es que, para Marx, se da entre valores que en ese momento toman la forma de valores de cambio. En consecuencia, no cabe en el marco conceptual marxiano eliminar o ignorar el problema de la transformación dejando de lado la categoría del valor; porque si bien es cierto que el valor de cambio es sólo expresión “fenoménica” del valor, es la única forma posible de su realización: es en el fenómeno, en la superficie, aquí el mercado, donde se visibiliza lo que ocurre en el interior, en las sombras, aquí en la producción. Será o no engañoso, será o no ilusorio, pero el fenómeno es el testimonio de lo que ocurre en la esencia, si se prefiere, en el en sí de la cosa, que no es lo mismo que en la cosa-en-sí, como sabemos; en el valor de cambio se revela el valor, aparece su realidad, valida su existencia pasada, en definitiva, hace posible y necesario que el valor exista para nosotros. Se comprende que así sea, pues lo que da el ser ontológico a algo es siempre su ser pensado.
No debiera extrañarnos, pues en una filosofía materialista no hay ser sin manifestación fenoménica alguna, del mismo modo que el mero fenómeno no es la realidad, sólo una señal de la misma. Por tanto, no hay valor sin aparición en el mercado, sin realización, y no hay realización sin mediación del valor de cambio. La desconexión valores/precios que pretenden algunos marxistas de buena fe, dejando los valores en la profundidad de la caverna, en la zona oscura del alma, y poniendo los precios como pobladores de la luz, del mundo sensible, es algo así como un nostálgico y positivista bye-bye definitivo al mismo tiempo al marxismo, cosa secundaria, y a la idea de explotación, cosa más preocupante y muy sorprendente en quienes siguen arropándose con el manto de Marx.
Para cerrar esta reflexión sobre el “valor de cambio”, y hacer visible el sentido de la misma en nuestra reflexión, anticipemos una idea que después retomaremos: el “valor de cambio”, determinación cuantitativa, fluida y fluctuante del valor, forma de aparecer éste, forma de existencia fenoménica del mismo, es el fundamento teórico de la g´m, pues fija y cuantifica las proporciones de intercambio; es como la base del pacto mercantil en que se deciden las ganancias. El valor se realiza transfigurándose en valor de cambio. O sea, la transfiguración afecta a la figura, como describe el nombre, y afecta a la magnitud. El paso de valor a valor de cambio implica una conversión, como en el cambio de monedas: ambas expresan lo mismo, el valor, pero modifican su magnitud. Tal vez podríamos describir el proceso como conversión del valor en precio. El ajuste en el reparto o redistribución del plusvalor se haría por mediación de esa figura de realización del valor que es el valor de cambio, figura que a pesar de su nombre ya no pertenece al mundo del valor sino al de los precios.
Y, mirado más a fondo, dado que esta g´m es la que determina el reparto del plusvalor, no es extraño que aparezca ahí, en la realización, en la conversión del valor en ganancia. Es decir, contra nuestra tendencia a pensar que las cosas del presente ya existían en el pasado, el valor que transportan las mercancías desde su producción no será su valor de cambio, sino que éste se crea en el intercambio, efecto de un nuevo reparto del valor global que trasportan todas ellas. Y ese nuevo reparto, que se hace equitativamente conforme a la tasa de ganancia media, se realiza aparentemente “a posteriori” de quedar fijado su valor de producción; en realidad el valor de cambio que concreta el intercambio bajo la competencia parece un ajuste o revisión de los valores de las mercancías, de ese valor que cargan desde su producción. Es como si fueran re-valoradas, como si re-calculara su valor con otro criterio, como en el cambio de moneda; en definitiva, como si se dijera a los capitalistas en el mercado: vuestras mercancías no tienen el valor que tenían, era ilusorio, las hemos contrastado y su valor real es este otro; no es vuestro Vp sino lo que nosotros llamamos Pp.
Quiero, por último, llamar la atención sobre la ilusión del Vp. La nueva valoración, el valor-precio, no es materialmente “otra” valoración; formalmente sí, pues obedece a otro cálculo. Pero el argumento no es “antes valía Vp y ahora vale Pp”. El argumento es: “antes creías que valía Vp, porque calculabas conforme al sistema de medida de la ley del valor, pero ahora sabemos que en realidad valía Pp, gracias a nuestro sistema de medida de la g´m”. Por tanto, la transformación es una forma de decir “a posteriori” el valor, el trabajo abstracto, que realmente cargaban las mercancías. El valor de cambio es la figura del valor que expresa a este conforme a la Tg, rompiendo su sueño de verse a sí mismo conforme a la Tv. Ahora bien, ¿cómo se justifica ese cambio de perspectiva y de medida? Reconocido el factum nos falta argumentar el ius.
Por otro lado, ¿se trata realmente de un cálculo a posteriori? Porque, bien mirado, parecería que realmente se realiza in real time, y que esa apariencia de cálculo “a posteriori” sólo es eso, una apariencia, un efecto fenoménico exigido por la ontología que, como hemos dicho, sólo dice lo que las cosas son cuando salen a la superficie y en relación con la totalidad; antes de ese momento su ser era incierto ilusorio. En definitiva, una ontología que nos obliga a reconocer que el valor efectivo de las mercancías, el que valoriza el capital, no lo fija el capital productor de las mismas sino el mercado, la totalidad en que está subsumido.
Ya veremos esto con más atención; de momento es suficiente para dejar sentado que, en perspectiva marxiana, hay muchas más razones para pensar los valores y los precios como diferentes figuras de lo mismo que considerarlos realidades, cosas, esencias, distintas, separadas; y que si se adopta esta perspectiva, ya es irrelevante –más allá de la subjetividad- que se los considere como mónadas virtualmente conectadas en un paralelismo neutral e indiferente, que se intente establecer entre ellos relaciones de subordinación o dependencia, o que definitivamente se olvide el valor y se centre la cuestión en los precios. Y es que, como ya hemos dicho, consideramos que el problema de la transformación ha de decidirse en la ontología, no en una metodología de cálculo económico.
Como temo que este recurso a los dominios ontológicos puede parecer una nueva huida a los Campos Elíseos, añadiré una última reflexión para mostrar que no tengo voluntad de desertar de los problemas. Ante el problema de la transformación uno se siente tentado a decir que el valor que transporta el capital bajo su figura de mercancía sufre un cambio, en más o en menos, al tomar la forma de valor de cambio. Sería un cambio enigmático, irreconocible en el reino de la ley del valor; pero un cambio exigido por la misma ontología del valor, que exige la realización de éste como vía de su movimiento, de su valorización; algo así como el “peaje” que ha de pagar el valor para ser valor, o sea, para valorizarse. Podríamos pensar ese instante en que el valor pierde-gana magnitud al transfigurarse en valor de cambio como un viaje secreto a otra parte, al reino de la ley de la tasa media de ganancia, reino de los precios, del que se vuelve renovado en su magnitud. El flujo global de los viajes de los diversos capitales no altera el volumen global, pero vuelve redistribuido en sus viajeros particulares. Podríamos decir que no regresa con su valor de partida, sino con su valor de regreso, al que llamamos su “precio”, pero sabiendo que su carga seguiría siendo valor. Si se me acepta, se regresa de ese viaje lúdico deportivo con más o menos grasa, pero sigue siendo grasa, no se ha producido una transustanciación en músculo.
Pues bien, mirado desde la producción y la teoría del valor, la carga final de valor medida por el precio-valor supone una pérdida o una ganancia, una ganancia negativa o positiva, una desviación entre lo que valía antes (Vp) y lo que vale después del viaje al mercado del valor (Pp); pero mirado desde el mercado y la ley de la tasa media de ganancia, no se ha perdido ni ganado nada, simplemente se ha hecho evidente la realidad positiva que entiende el valor de una mercancía no como lo que imaginariamente transporta según la ley del valor, que pertenece a otro mundo, sino como su valor de cambio, como valor realizado. Y así queda definitiva y claramente puesta la cuestión: ¿Cuál es el “verdadero” valor, si puede hablarse así, el Vp o el Pp? Y si se reconocen diferentes e irreconciliables, ¿cómo proceder en el cálculo?
2. El juego de las tasas.
Dediquemos unos minutos a comentar algunos otros juegos de las determinaciones, con la voluntad de poner de relieve que la realidad de la producción capitalista sólo puede ser pensada como una compleja estructura de relaciones subsumidas en la forma capital, en la que sus pobladores, sus conceptos, sensible a los movimientos de los demás, configuran una objetividad estable en su constante transformación.
2.1. Comencemos por comentar el juego entre las tasas p´ y g´, legítimos representantes de la contraposición entre valores y precios. Hay dos tasas, la de plusvalor y la de ganancia, que parecen apuntar respectivamente al valor y al precio, tal que podríamos sospechar que desvelando su relación podríamos revelar algunos secretos de las relaciones de éstos. Surge así la necesidad de esclarecer la relación entre esas dos tasas malavenidas, la p´ y la g´, que determinan dos realidades que los teóricos ven unas veces conectadas, otras en paralelo y otras, en fin, como indiferentes; surge la necesidad de esclarecer su extraña y oculta “identidad” bajo su manifiesta y sospechosa diferencia. Y, para un examen más exhaustivo, apremia la necesidad de esclarecer todos esos conceptos que dan sentido a esas variables del valor de las dos realidades, que se representan con g´m, Pc, Vp y Pp, entre otros, estando todos ellos construidos desde p´, g´.
La p´ tiene su reino en la producción; es allí donde nace y opera, donde toma todo su sentido. En ese ámbito de la producción parece regir incuestionable la ontología del valor [22]: ningún valor entra en producción que no salga como producto, y la diferencia entre lo que entra y lo que sale, el plusvalor, se sabe creado por la fuerza de trabajo, porque su valor no coincide con el valor que produce, parte del cual quedará impago. En este ámbito hay un solo señor, un solo propietario: tanto el valor que entra como el que sale pertenece al titular del capital, a su propietario particular. Aquí el juego está aparentemente descifrado; y lo estaría del todo sin la dificultad –tal vez la imposibilidad- de fijar la potencia creadora de la fuerza de trabajo por sí misma, sin referencia a otros elementos.
Ahora bien, cuando entramos en la circulación, esa transparencia en el circuito del valor tiende a desaparecer. Si consideramos un escenario realista, de una pluralidad de totalidades de capital que en el mercado se enfrentan, pasa lo que pasa en toda guerra, que las leyes de cada estado contendiente no se respetan; ni siquiera las del derecho internacional común. En la lucha de los capitales por maximizar su valorización, se quiebra la ley del valor, del intercambio según equivalentes de valor, y se impone la ley del más fuerte, de la mayor capacidad de rapiña. Como los contendientes están vivos, aprenden, innovan, se mueven, la guerra implica complejos movimientos del valor, que pasa de mano en mano, cual territorio de combate; hasta que, medidas y gastadas sus fuerzas, se llega a un equilibrio, a un simulacro de armisticio:
“En virtud de esta constante emigración e inmigración, en una palabra, mediante su distribución entre las diversas esferas, según que en una disminuya la tasa de ganancia y que en otra aumente, el capital origina una relación entre la oferta y la demanda de naturaleza tal que la ganancia media se torna la misma en las diversas esferas de la producción, y en consecuencia los valores se transforman en precios de producción” [23].
El resultado es el previsible: el capitalista llegó al mercado con un valor más o menos imaginario, calculado con la ley del valor, Tv, y tras la batalla le queda el que le queda, el que ha podido defender, el que ha realizado conforme a su valor de cambio, Vc, casi siempre menor que el soñado, a veces tal vez mayor que el esperado. Él piensa que las mercancías que como propietario lleva al mercado tienen un valor, Vp, que calcula en función de los valores de los elementos consumidos en su producción, el Pc, y del valor creado en el proceso productivo, gracias al plustrabajo no pagado, p. Pero sabe que el mercado es una aventura, un lugar por donde hay que pasar a riesgo de dejarse parte de la piel; y del mismo se saldrá con mayor o menor éxito, según los recursos y destrezas del otro, como en una jugada de póker; unas veces saldrá con más y otras con menos, según el Vc que consiga. Un problema añadido que tendremos que abordar después es que el valor de cambio sale a escena como precio de venta, Pv; y realmente coinciden en el estado de equilibrio, supuesto en el que tenemos anclado el análisis, pero no en la realidad sometida a subjetividades y contingencias. Tanto es así que podríamos considerar que el Vc es el Pv en condiciones de equilibrio, aunque comúnmente se le llame “precio de venta", porque se está acostumbrados considerar -cosa sana y razonable- que en la calle, y el mercado no es un laboratorio, siempre intervienen las contingencias en el intercambio. Pero el concepto queda así fijado: el valor de cambio es el precio de venta en condiciones ideales de equilibrio.
Como decimos, la redistribución definitiva del plusvalor en el mercado real, vía valor de cambio y ganancia media, en definitiva, la cantidad que cada capital se lleva a casa como ganancia definitiva obtenida, es “en última instancia” una determinación de la lucha en el mercado. Al menos así se percibe de modo espontáneo. Ahora bien, todo esto ¿es realidad o apariencia? De momento digamos que esta representación pertenece a la consciencia subjetiva del capitalista propietario. El economista, más frío y objetivo, más racional, tiene una representación diferente, una consciencia más racional, que atraviesa un poco la superficie, el fenómeno, y logra captar algo de lo que pasa en el interior. En la frialdad del análisis ve que en esa lucha han intervenido y jugado sus cartas, sin duda, los factores subjetivos (capacidad, habilidad y destreza, e incluso ingenio e inmoralidad) y la fortuna (contingencias internas y externas del mercado). Han intervenido con tanta fuerza que empuja a pensar que todo depende de ellas. Pero no es así, pues en la fijación de ese Pv, resultado de la batalla, también han intervenido las armas clásicas de combate, la potencia militar objetiva de los ejércitos, digamos el valor de las mercancías que llevaba cada uno. Tal que, haciendo abstracción de los factores subjetivos y contingentes, imprevisibles e incalculables racionalmente, en una batalla en la que sólo contara el valor de las armas, el resultado de la lucha por el plusvalor sería una redistribución de éste en base a esas determinaciones objetivas.
Cada capitalista se llevaría -insisto, sin factores subjetivos ni contingencias- una parte de p mayor o menor que lo que llevó al mercado. O sea, el Vp de sus mercancías en la “guerra justa” del mercado acabará convirtiéndose en Pp, que será mayor o menor que Vp, según como haya ido la batalla; el resultado es siempre una redistribución del plusvalor objetivamente determinada por esa diferencia del potencial bélico de los capitales, aunque el capitalista lo viva como factum ciego para él y ponga velas a la patrona.
Nótese que el Pp es un valor muy abstracto, pues resulta, como sabemos, de la suma Pc+gm, dos magnitudes que se le escapan de las manos. Una la conoce como precio, como Pc, pero ni la fija él ni conoce su valor, pues no sabe si lo compró caro o barato, por más o menos de su “justo valor”, del que cuesta producir esos medios; la otra, la gm, tampoco depende de él en su totalidad, será el resultado de la competencia y sólo la conocerá a posteriori, cuando firme el armisticio y realice la venta. Más aún, sabe o intuye que esta gm es el resultado de varias batallas muy diversas, en algunas de las cuales participa en confrontación con los demás capitales industriales, pero en otras la confrontación se le escapa más, pues se da entre todos los capitales de todos los tramos y esferas que participan en la lucha por el reparto del plusvalor global, sean comerciales o financieros, sean nacionales o internacionales. De hecho, para abarcar toda la complejidad del escenario habríamos de tener en cuenta el comportamiento de factores tan complejos como el Estado o el Comercio Internacional, esos ámbitos que Marx siempre introducía en su proyecto y que nunca llegó a abordar de forma exhaustiva y sistemática. Es decir, la g´m es difícil de determinar, y siempre se acaba haciendo de manera abstracta, seleccionando las variables que se consideran relevantes. Por tanto, no debiera mitificarse, no es más clara y nítida que la tasa de valor. Marx dice al respecto, haciéndose eco de esta complejidad:
“Si los límites del valor y del plusvalor están dados, resulta fácil comprender cómo la competencia de los capitales transforma los valores en precios de producción y, más aún, en precios comerciales, y el plusvalor en la ganancia media. Sin estos límites, no obstante, resulta absolutamente imposible comprender por qué la competencia reduce la tasa general de ganancia a este límite en lugar de reducirla a aquel otro, al 15% en lugar del 1500%. A lo sumo, podrá reducirla a un nivel. Pero no contiene absolutamente ningún elemento para determinar ese propio nivel” [24].
Cita que nos advierte del complejo problema de determinar la magnitud de g´m si no están dados los límites del valor y el plusvalor, es decir, si no está dada p´; sin conocer ésta resulta un misterio que la g´m se fije en una magnitud y no otra. Pero, ¿por qué ha de ser así? Al fin, podríamos pensar, si se trata de una lucha por el plusvalor, dependerá sólo de la potencia productiva de los capitales en competencia, y en cada caso la paz se firmaría en condiciones (marcadas por el criterio de reparto, esa ley general de la tasa media de ganancia) diferentes, función de sus respectivas potencias. El secreto estaría en la productividad de los capitales.
Pero las cosas no son tan sencillas, y debemos analizarlas por parte. Comencemos por una cuestión que nos interesa mucho: la idea de que los límites del plusvalor han de estar dados para poder calcular la tasa de ganancia. O sea, la g´m es un resultado empírico y su cálculo deriva de las magnitudes del valor y la ganancia, de p y de v. Y son precisamente estas magnitudes las que de forma estrecha e inmediata se relacionan cuantitativamente con la p´. Por tanto, la tasa media de ganancia nos remite a la p´ y al tratamiento que Marx, y sus críticos, dan a ésta en los cálculos.
Ese era el camino seguido por Marx, la puesta en escena de cuyo método es la siguiente. Parte de cinco esferas productivas con la misma p´ y con diferente q. Recordemos las conocidas fórmulas: g´= p/Ci y p´= p/v. De donde resulta vp´ = g´Ci, o sea, g´/ p´ = v/Ci, o también g´= p´/ (q+1). Es obvio que cuando q es diferente en las distintas esferas, los Ci iguales producen distinta plusvalía y ponen en marcha distinta cantidad de trabajo v = p/p´. El resultado es que la g´ de las diversas totalidades de capital es distinta en cada una de ellas. Y, lógicamente, en un mercado competitivo los capitales huirán de las de menor g´ a las de mayor, tendiendo a igualarse en torno a una tasa general media.
Como ya hemos dicho, el “incesante flujo y reflujo” de los capitales, pasando de una esfera a otra, van igualando las condiciones, movidos por la oferta y la demanda, regulados por la ganancia media; y así, igualando las ganancias, “los valores son convertidos en precios de producción”. Como los capitalistas venden sus mercancías al “precio de producción”, y no por su valor de producción, resulta que no obtienen la plusvalía producida en su unidad, sino unas veces aumentada y otras veces disminuida; la plusvalía global se ha repartido “solidariamente” entre los capitalistas, tal que la ganancia media sea homogénea.
Ahora bien, ¿es gratuito o contingente el valor de que se apropian, o sea, el valor correspondiente al Pp? Nada de eso. Por un lado, recuperan el capital adelantado, el Pc, sea cual fuere éste; por otro, se llevan un “beneficio”, una ganancia particular, que es una parte de la plusvalía global y que estará determinado por g´m. La ganancia definitiva de un capital particular Cz será: gz = g´m Cz, proporcional al capital invertido. O también gz = pg Cz /Cg, que expresa el reparto proporcional del plusvalor global o total entre los capitales, según la relación entre Cz/Cg, es decir, proporcional al capital que aportó al capital global de las esferas. De este modo quedan bien diferenciados los tres conceptos: el precio o costo de producción de las mismas, Pc = c + v; el valor de producción de la mercancía, Vp = c + v + p; y su precio de producción, Pp = c + v + gm.
Se comprende, pues, que las g´ particulares guardan una indudable relación de procedencia con los valores de las mercancías; esta relación garantiza la objetividad y concreción del concepto. De ahí que Marx pueda decir que la ganancia es una forma transmutada del plusvalor. Caracterización que se comprende fácilmente si se observa que en el dominio del capital global se mantienen las relaciones gg = pg, Vpg = Ppg, etc.; si a nivel de los capitales individuales ha variado es porque la “competencia” ha forzado a que se re-distribuyan la plusvalía como buenos socios, proporcionalmente a sus inversiones. Por tanto,
“la suma de las ganancias de todas las diferentes esferas de la producción debe ser igual a la suma de los plusvalores, y la suma de los precios de producción del producto social global debe ser igual a la suma de sus valores. Pero resulta claro que la nivelación entre las esferas de la producción de diversa composición siempre debe tender a igualarla con las esferas de composición media, tanto si corresponden exactamente al promedio social como si sólo corresponden a él en forma aproximada” [25].
Visualicemos de nuevo en un cuadro las correlaciones entre las variables de los cinco capitales entre sí y con el capital global que los subsume:
| c | v | p’ | p | tr | cc | g’% | g’m% | Pc | Vpr | Pp | Λ | |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| C1 | 80 | 20 | 1 | 20 | 4 | 20 | 20 | 22 | 40 | 60 | 62 | +2 |
| C2 | 70 | 30 | 1 | 30 | 7 | 10 | 30 | 22 | 40 | 70 | 62 | -8 |
| C3 | 60 | 40 | 1 | 40 | 6 | 10 | 40 | 22 | 50 | 90 | 72 | -18 |
| C4 | 85 | 15 | 1 | 15 | 5 | 17 | 15 | 22 | 32 | 47 | 54 | +7 |
| C5 | 95 | 5 | 1 | 5 | 5 | 19 | 5 | 22 | 24 | 29 | 46 | +17 |
| C1-5 | 390 | 110 | 1 | 110 | - | 76 | 22 | 22 | 186 | 296 | 296 | 0 |
| Cg | 78 | 22 | 1 | 22 | - | 15,2 | 22 | 22 | 37,2 | 59,2 | 59,2 | 0 |
Nótese que no hemos introducido en el cuadro ni al Pv, por ser contingente, ni al Vc, por ignorar de momento sus determinaciones, sus relaciones con otras variables del cuadro, en definitiva, su fórmula. De momento no hemos introducido ninguna novedad relevante respecto a los usados en la lectura del capítulo VII. Como p' = 100%, el protagonismo lo llevan q y tr, la primera por mediación de la q y el segundo por su incidencia en el Pc. Las λ marcan la redistribución, generosa con los capitales C4 y C5, muy tecnologizados, con potentes q (respectivamente 7 y 19), y onerosas especialmente para C3, con una baja q = 1,5.
Conviene siempre tener presente que el Pp no es igual al “precio de venta”, Pv, excepto en las condiciones ideales de equilibrio; en estas condiciones, por tanto, son idénticos en valor absoluto entre sí y con el valor de cambio, Pv = Pp = Vc, aunque no debamos confundir sus conceptos. Se ve con claridad que Pv es un valor empírico contingente, una mera determinación exterior; que Pp, por su parte, es una determinación interna del capital conforme a la fórmula Pp = Pc + g’m; y que el Vc, como hemos dicho, sigue siendo un enigma, pues aún no sabemos sus determinaciones, aún no podemos definirlo reduciéndolo a una fórmula que describa su génesis; en definitiva, aún nos falta su concepto.
En cierto modo el Pp es un concepto teórico, una herramienta de la teoría; actúa sólo como un “eslabón intermedio”, un referente regulador entre el Pv y el Vp. Lo importante es comprender que el Pv, el precio efectivo para el capitalista, gira en los mercados, día tras día, en torno al Pp, que es el referente que pone la objetividad del proceso, que permite la ciencia de la producción, y no en torno al Vp, pues éste siempre es corregido, indefectiblemente, por el juego de la competencia. O sea, el Pp proporciona un referente de estabilidad al precio de venta, y en el límite, en las condiciones ideales de equilibrio, le hace coincidir en valor. Por tanto, parece que todo gira en torno suyo, que fija el valor final y definitivo de la mercancía. Aun así, como concepto no ofrece una base sólida en la determinación de ese valor, pues la g´m de la que depende sigue apareciendo ante nosotros como carente de necesidad lógica. De este modo es la g´m la que parece estar en el puesto de mando.
Efectivamente, como g´m establece las proporciones de intercambio, parece que sea ella la que fija nada más y nada menos que la magnitud del valor de cambio. Si ese fuera el caso, si no fuera sólo apariencia, el Vc adolecería a su vez de insuficiente solidez científica; nuestras esperanzas de poder tomarlo como base de la solución del problema de la transformación se desvanecerían. Por ello, antes de renunciar a esa vía prometedora, nos dan ganas de invertir la relación y pensar que es el Vc el que determina y fija la g´m, el que la aporta objetividad e inmanencia. Al fin, si como hemos dicho el valor de cambio “determina” [26] a posteriori el valor que cargaban las mercancías, podemos entender esta determinación o visibilización del valor precisamente como fijación cuantitativa de la g´m, y mantendríamos abiertas las posibilidades de solución.
Lo cierto es que, de este modo, con esta hipótesis que pone el Vc en la base de la g´m, y por mediación suya del Pp, las cosas comenzarían a cuadrar, pues la g´m ganaría fundamento lógico, y el valor de cambio comenzaría a rebelarse como la vía de solución del problema. No hemos llegado aún, pero esta vía parece prometedora y habremos de seguirla. De momento ya es interesante constatar que al Pp, la variable reina del valor del capital, comienzan a salirle competidores. Se trata de descubrir si este rejuvenecido competidor, el viejo Vc constituyente de la mercancía, está exento de las limitaciones filoempiristas del Pp que le permitan erigirse en el fundamento de una interpretación de la Tg compatible con la Tv, con lo cual nosotros habríamos cumplido satisfactoriamente nuestro proyecto.
Hemos de precisar que estamos tomando el Pp aún de forma muy abstracta, pues lo estamos pensando como efecto de la g´m de una esfera de la producción, como suma del Pc y la gm. Un cálculo más ajustado del mismo exigiría hacer intervenir en esa batalla por la redistribución del plusvalor otros capitales, como el comercial, el financiero, así como la renta de la tierra, o el comercio internacional, e incluso la intervención fiscal del Estado, etc.
“En el desenvolvimiento del análisis científico, la formación de la tasa general de ganancia aparece como si dimanara de los capitales industriales y de su competencia, y sólo más tarde será enmendada, complementada y modificada en virtud de la injerencia del capital comercial. En el curso del desarrollo histórico, las cosas ocurren exactamente a la inversa” [27].
Constatada la complejidad del origen de la g´m, que exige mucha mayor concreción, nos aferramos a que en las exigencias analíticas de nuestro nivel de abstracción nos basta tener en cuenta la redistribución del plusvalor derivada de este concepto abstracto del Pp, función de la g´m, sin ser imprescindible la presencia de otras esferas, y mucho menos el requisito de respetar el orden histórico de su formación.
Para cerrar este apartado quisiera recordar lo ya dicho sobre la “distancia” en concepto y magnitud entre el Vp y el Pp, variables que delimitan los términos de la transformación. Esa distancia, dijimos, no rompe del todo el vínculo entre el valor y el precio. Al fin, aunque el Pp sea efecto de dos factores, el Pc y la g´m, estos dos factores remiten cada uno a su modo al valor. La g´m, obviamente, pues es la relación entre el plusvalor p y el capital global Cg; y el Pc, igualmente, porque es la transposición del Pp del proceso anterior, que a su vez remite a un precio de costo y una tasa de ganancia media del proceso anterior y así indefinidamente. Por tanto, los precios no pueden librarse de su genealogía del valor, lo llevan en su ADN, aunque las sucesivas mediaciones contribuyan a difuminarlo; y, sobre todo, aunque el eterno proceso de reproducción del capital haga muy difícil, si no imposible, el cálculo, el establecimiento cuantitativo de esas sucesivas modificaciones de la ley del valor por la ley de la tasa media de ganancia. Cierto, muchas dificultades para el cálculo si, como antes señalábamos, los límites del valor y del plusvalor no están dados.
El problema está ahí, en los “límites” del valor, particularmente en la determinación del valor de los Pc, condición sine qua non para calcular p, p´, g´ y Vp. Si lo conociéramos, sería posible conocer g´m y Pp, sería posible transformar los valore en precios. Pero por lo antes dicho esos cálculos son tanto más complejo cuanto más concretos los pretendamos; y, en estas cosas, o son concretísimos o ¿para qué el esfuerzo del cálculo? Si no se llega a esa precisión, podemos ahorrárnoslo y quedarnos simplemente con el concepto, con la representación ontológica. Si no es posible llegar a la cuantificación total, es preferible quedarnos con la mirada de totalidad, desde la cual reconocemos que la expresión en precio del capital global es cuantitativamente la misma que su expresión en valor. En esta mirada de totalidad se nos revela, primero, que la competencia del mercado solo redistribuye, que no crea valor; y, segundo, que por eso mismo la g´m tiene una determinación objetiva y se fija en función de p y de Cg, y no se juega ni a la rueda de la fortuna ni a la audacia o ingenio de las subjetividades.
2.2. Veamos ahora de cerca la diferencia, conocida pero poco analizada, entre p y g), el plusvalor y la ganancia. Hay que tener presente que, para Marx, la distinción entre plusvalor y ganancia no es sólo una determinación social del conocimiento, que lleva a dos maneras de decir o representar un mismo objeto o relación, sino también una determinación social de la realidad. Recordemos, la ganancia es el plusvalor mediado por la distribución; y esa mediación afecta a la esencia (aunque la ganancia sea plusvalor tiene un origen propio, y tiene su propia función y mecanismos de realización) y a la magnitud (de los capitales individuales, pues el global so queda afectado por la distribución, no está sometido a ella. Por tanto, bajo la relación conceptual, que en la consciencia teórica puede devenir contraposición, subyacen otras, las que se dan entre la fábrica y el mercado, entre la producción y la circulación, entre el reino genuino del valor y el reino de la ganancia, etc.
No deberíamos olvidar que p y g tienen la misma substancia, y que g sólo redistribuye p = ∑p1-n entre los n capitales individuales; pero tampoco deberíamos menospreciar su diferencia, tanto por su origen como por su función. Aquí, como en tantos otros lugares, el fetichismo amenaza el buen uso de las categorías. Nada de fetichismo del valor, como si en el culto se decidiera el futuro del marxismo y con él de la humanidad trabajadora; y nada de fetichismo de la ganancia, pues aunque para el capitalista particular es el momento de la verdad, la ocasión de verificar si todo su proceso productivo tuvo sentido, y aunque para el capital global significa el espacio de la “igualdad”, de los “derechos de los socios” y de la “ética solidaria”, el capital se juega en la producción del plusvalor.
El fetichismo de la ganancia frente al plusvalor es otro rostro del fetichismo de los precios frente al de los valores. Y lo que pretendemos argumentar en este apartado es que el culto al precio, cual vicio privado, es la mejor manera de servir al valor, la virtud pública. Ocurre algo parecido –y aquí estamos hablando de fetichismo- como en las grandes religiones monoteístas, que con lucidez soportan mejor la pluralidad de dioses y religiones que el ateísmo apasionado o el agnosticismo frío. Nuestro bien conocido Herr Kapital, dios del valor, sabe mucho de eso; y sabe que es preferible que sus ejércitos entreguen sus vidas en aumentar los precios, forma inequívoca de su progresiva grandeza, a que surgieran en ellos las dudas y se les ocurriera ir al mercado a defender sólo y exclusivamente su valor. Sería algo así como lo aludido en la idea de “comercio justo”, que en la media en que se corresponda con su concepto elimina la explotación y con ello la valorización. ¡Y con ello el capital! Excesivo para Herr Kapital, quien desde su profunda sabiduría sabe que la conquista del valor se logra en la batalla por los precios.
Veámoslo más de cerca. Marx ha insistido en que, por muchos argumentos que se aporten en favor de la identidad p = g, el capitalista, y el economista como su conciencia objetiva, no lo verán así, no considerarán nunca “la ganancia como idéntica al plusvalor, es decir, al plustrabajo impago”. Y ello por varias razones, que ya hemos comentado, unas más objetivas y otras meramente subjetivas, que de todo hay. Aquí retomaremos algunas que nos sirvan para profundizar en nuestro propósito actual de clarificar la relación valores-precios por la vía del valor de cambio.
Nos recuerda Marx que cuando el capital está en la circulación se olvida del momento de la producción, se olvida de que transitó por allí. ¿Para qué recordarlo? La circulación es el lugar y el momento de la cosecha, de la recogida del valor, mejor, la época de la realización; fácilmente se tenderá a pensar que, en definitiva, a efectos prácticos, el mercado es la prueba del algodón de la valorización, el lugar donde se decide el sentido y el resultado de la aventura productiva. Cierto, si tuviera un momento de paz y se parara a pensarlo, el capitalista recordaría y rendiría culto al momento sagrado de la producción, tiempo de los milagros; pero fácilmente olvidamos a los dioses en cuanto nos han protegido. Es una ilusión semejante a la de nuestro astrónomo antes aludido, que puede ver nacer una estrella millones de milenios después de su muerte; para los efectos, para nosotros, es como si volviera a nacer, pues es cuando aparece, cuando adviene a la existencia, en definitiva, cuando “a todos los efectos” (que no son otros que nuestros intereses) nace.
En el mercado, el capital –por mediación de la consciencia del capitalista- tiende a olvidarse de su origen; se siente nuevo, se siente en su lugar natal. Pero es cierto que no puede ignorar del todo su origen, ya que el mercado, lugar del intercambio, exige la exhibición; la forma del intercambio, su ritual, pasa por un desmedido exhibicionismo, en el que cada mercancía debe hacerse transparente, visibilizar todo su valor, tanto el que transporta como trabajo abstracto cuanto el que contiene como trabajo concreto, fuente del valor de uso. Pensemos en el ritual del regateo, más o menos sofisticado, unas veces recurriendo a su genealogía, al mucho trabajo que ha costado su producción, otras a sus virtudes, sus especiales cualidades para satisfacer necesidades. O sea, en el mercado, en el momento del intercambio, aunque sea un lugar del olvido, no hay que silenciar del todo el origen, fuente de legitimidad de las mercancías, garantía de su valor; y para ello hay que exhibir su genealogía (mostrar sus libreas, su ISO, su procedencia ecológica); de hecho el capitalista no se olvida de estas cosas en la retórica que pone en escena, que también forma parte de la redistribución, pero como elemento contingente y subjetivo. No, no se olvida de su origen, ha de usarlo como aval.
No obstante, en su entrega absoluta a la voluntad de recoger la cosecha, es comprensible que, siendo la circulación el lugar de recogida, el capitalista piense que buena parte del éxito depende de su actuación en el teatro mercantil, y actúe como si de facto fuera allí donde se produce la cosecha, donde se genera el valor que recogerá. Nos dice Marx: “Para él, la realización del valor de las mercancías -en la cual se incluye la realización de su plusvalor- equivale a hacer dicho plusvalor” [28]. Tanto más cuanto que, si no logra realizarlo, no sólo “perdería” ese valor, sino que en rigor conceptual no lo habría poseído nunca; su aventura productiva habría sido un fraude, un fracaso: pretendía producir mercancías y produjo no-mercancías, objetos para el desguace.
Dado que en la realización intervienen mil contingencias que determinan la cantidad real, e incluso la posibilidad misma, de la valorización, hay motivos fenoménicos que favorecen la fetichización del mercado, lugar sagrado del milagro de la multiplicación. Todo induce a ello, pues todo depende de dominar el mercado, de buenas estrategias de marketing, de jugar bien las cartas, de simular y disimular sabiamente como el príncipe de Maquiavelo, combinando con arte la fortuna y la virtú. Como en el fútbol, donde lo que cuenta es el gol, donde de nada sirve el “trabajo” en retaguardia si no se logra el regate y pase final afortunado, para el capitalista todo es estéril si no logra el “pelotazo”. Por eso Marx dice, completando la idea antes expuesta, que si bien es cierto que dados los límites del valor es posible conocer el Pp, los precios, ni siquiera ese requisito garantiza el precio definitivo, el Pv:
“dado el plusvalor para un capital variable determinado, aún depende en mucho de la habilidad comercial individual -sea del propio capitalista, de sus capataces o dependientes- el que ese mismo plusvalor se exprese en una tasa de ganancia mayor o menor, y por consiguiente que el mismo proporcione una masa de ganancia mayor o menor” [29].
Como la g´m que decide el plusvalor final de un capital no es sólo un referente abstracto, matemático, sino una determinación compleja de la totalidad de capitales reales, al capitalista le preocupa lo que le preocupa, pero no más; está más centrado en su tasa de ganancia formal, g´, definida por su p particular, el plusvalor que él produce, y en su tasa empírica, la g´e = Pv - Pc, dependiente de su Pv, que es la ganancia efectiva que afecta y decide el resultado, determinada por su eficiente participación concreta en la redistribución final. Por tanto, todo empuja al capitalista a creer que el plusvalor que recoge depende del mercado, y de su habilidad y destreza en el mismo. Su ganancia, se convence a sí mismo, no depende de la explotación (ley del valor), que ni quiere sopesar; ni siquiera de la tasa de ganancia media del mercado, que intuitivamente reconoce como mero contexto o tendencia; cree que todo dependen de sus cualidades y de las contingencias, de su virtù y de su fortuna, de su arte y de sus musas que rigen sus movimientos en ese territorio de disputa con los otros.
Aunque de facto sea así, estamos ante formas de fetichización de la vida mercantil. Sin duda son formas intrínsecas al modo de producción capitalista; incluso podríamos decir que son formas “transcendentales” de la producción capitalistas, al menos en el sentido preciso de ser sus condiciones de posibilidad. No obstante, el fetichismo siempre implica una representación ilusoria de lo real; su esencia es esa, “ilusionar”, mistificar lo real, en el caso que nos ocupa mistificar el precio. Y aunque todo parezca conjurado para sacralizar el precio, y difuminar su origen en el valor, hay poderosas razones epistemológicas y prácticas para defender el indisoluble vínculo entre plusvalor y ganancia, aunque haya que revisarlo en función de cada nivel de abstracción; aunque haya que redefinirlo en el largo camino hacia lo concreto. Y en este camino de desfetichización del precio, de pasada hay que explicitar no sólo que está en juego un conocimiento científico, objetivo, de la vida económica y social, sino también la legitimidad o no de unas relaciones sociales de producción.
Marx expone el problema de fondo con la célebre cita del Cap. VIII “sobre la transformación de la ganancia en ganancia media”, que ya hemos comentado pero que conviene aquí retomar; la reproducimos en extenso para que exhiba la argumentación, pero dividida en sus dos momentos.
“Hemos demostrado, pues, que en diversos ramos de la industria, en correspondencia con la diferente composición orgánica de los capitales y, dentro de los límites indicados, también en correspondencia con sus diferentes tiempos de rotación, prevalecen tasas desiguales de ganancia, y que también por ello, a igual tasa de plusvalor, sólo rige para capitales de igual composición orgánica -suponiendo tiempos de rotación iguales- la ley (de acuerdo con la tendencia general) de que las ganancias son directamente proporcionales a las magnitudes de los capitales, y que por ello capitales de igual magnitud arrojan, en lapsos iguales, ganancias de igual magnitud” [30].
Leamos la cita tomando como referentes las expresiones que he enfatizado en cursivas. Se afirma de manera contundente haber “demostrado" que en los distintos ramos de la industria, con p´ iguales en sus capitales, pero con q y tr heterogéneas, “prevalecen tasas desiguales de ganancia” en los capitales individuales. También se ha demostrado que si p´ es homogénea, capitales con igual q y en periodos de tiempo iguales obtienen ganancias iguales, como corresponde a la ley del valor, que afirma que “las ganancias son directamente proporcionales a las magnitudes de los capitales”. Por tanto, Marx ratifica que “lo expuesto vale sobre la base que, en general, ha sido hasta ahora el fundamento de nuestro desarrollo: la de que las mercancías se vendan a sus valores” [31]. Sobre esa base de vigencia de la Tv capitales desiguales obtienen ganancias desiguales y capitales iguales ganancias iguales. Ahora bien,
“Por otra parte, no cabe duda alguna de que, en la realidad, y haciendo abstracción de diferencias irrelevantes, fortuitas y que se compensan, la diferencia entre las tasas medias de ganancia para los diversos ramos de la industria no existe ni podría existir sin abolir todo el sistema de la producción capitalista. Por tanto, pareciera que la teoría del valor resulta incompatible, en este caso, con el movimiento real, incompatible con los fenómenos efectivos de la producción, y que por ello debe renunciarse en general a comprender estos últimos” [32].
Veamos la mayor. “En la realidad”, no en la teoría, y con algunas abstracciones “de diferencias irrelevantes, fortuitas y que se compensan” entre sí, teóricamente, conforme a la teoría de base, la Tv, no puede haber diferencias entre las g´m de los diversos ramos de la industria. Si en la realidad dichas diferencias existieran sería una falsación de la teoría, supondría “abolir todo el sistema de la producción capitalista”. Así de rotundo lo dice Marx. Si los productos con el mismo valor se intercambiaran como si tuvieran distinto valor, o sea, se compraran y vendieran a distintos precios, se incumpliría la Tv. ¿Se da esa situación?
Vayamos a la conclusión, donde Marx, sin decir claramente que dicha situación exista, afirma rotundamente que si se diera habríamos de concluir que “la teoría del valor resulta incompatible…con el movimiento real, incompatible con los fenómenos efectivos de la producción”, lo que implicaría en buena lógica que deberíamos renunciar “a comprender estos últimos” [33]. Esa es su posición conscientemente ambigua, en la que no es inocente que silencie la otra alternativa existente en abstracto, que sería la de rechazar la teoría del valor. No lo dice, sólo sugiere que, ante la contradicción, deberiamos resignarnos a no comprender la realidad. Mejor, perlocucionariamente dice, busca en nosotros, que asumamos el reto de pensar las cosas sin renunciar a la teoría y sin dejar de comprender el mundo; posición filosóficamente consistente, pues no hay que abandonar ante las primeras dificultades.
A igual plusvalor producido, garantizado por la homogeneidad de las variables p´ y q, debería darse igual ganancia…si sólo rigiera la ley del valor, si dicho plusvalor permaneciera en manos de quien lo ha producido; pero por lo que venimos viendo resulta evidente que no es así, que al actuar la g´m en el momento de la redistribución se reparte de otro modo el plusvalor, y la ganancia –plusvalor tras la redistribución- desigual que queda para cada capital rompe con la ley del valor.
Se entiende fácilmente que el equilibrio de mercado, el reinado de la ley general de la ganancia media, exige que los capitales tengan p´ y q iguales; para Marx esto ya está “demostrado”, como lo está que esas son condiciones de intercambio necesarias para que rija la ley del valor. No tiene dudas en que si no se dan esas condiciones la ley de la ganancia media parece cuestionar la ley del valor; y en que sin ésta se aboliría “todo el sistema de la producción capitalista”.
La verdad, y este punto no lo enfatiza Marx, es que el sistema capitalista peligra tanto si no rige la ley del valor como si no rige la ley de la tasa media de ganancia; si lo primero, porque se pierde la especificidad de la apropiación capitalista del plustrabajo, la especificidad del mecanismo capitalista de la explotación del trabajo; si lo segundo, porque pierde todo el sentido la competencia y la infinita voluntad de valorización. Por consiguiente, ambas son necesarias, ambas han de estar operativas, aunque parezca que se contraponen. Sin Tv el capitalismo no sería una producción “mercantil”, y sin Tg no sería “capitalista”. En consecuencia, el reto que según Marx habríamos de asumir es el de justificar que ambas leyes no se oponen, que ambas son constituyentes del capitalismo y fundamento de una ciencia del mismo.
3. El tiempo de Ricardo y el tiempo de Marx.
Por fin llegamos al momento de descifrar el enigma de la transformación. Nos ha costado y no estamos seguros del acierto, pero hemos llegado y hemos de asumir el riesgo. Y vamos a iniciar este final de etapa partiendo de unas consideraciones sobre la tasa de explotación o plusvalor, la p´, la variable más importante y que Marx mantiene maniatada en su teoría, al convertirla casi siempre por razones del cálculo en variable fija. Todas nuestras reflexiones anteriores pretendían, aunque no lo hayamos explicitado convenientemente, esclarecer que el problema de la transformación de valores en precios no tiene solución, pero es susceptible de disolución; es decir, sin confesarlo hemos reflexionado bajo la sospecha de que es un pseudoproblema, que se desvanece con una nueva formulación conceptualmente más apropiada, en suma, con un uso más coherente de la ontología marxiana. Ya es hora de que comencemos a aproximarnos a este asalto final.
3.1. Hasta ahora hemos llegado, por un lado, a concretar y circunscribir el problema de la transformación en mostrar la posibilidad de coexistencia en la producción capitalista de los dos principios, el Tv y el Tg; y, por otro, en explorar e investigar como el lugar adecuado para mostrar esa compatibilidad la categoría de valor de cambio. Ahora daremos un paso más para mostrar que la incompatibilidad entre ambos principios que constituía el problema no existe, o sea, que era y es un “falso problema”. Por tanto, más que resolverlo lo que intentaremos es disolverlo. Un falso problema es una deficiente formulación de la realidad, con conceptos inapropiados, con léxico impreciso; en definitiva, los falsos problemas nacen de las carencias lingüísticas, por tanto, de las confusiones ontológicas.
En la cita marxiana anterior, al final, se nos revela este hecho, cuando Marx viene a decir que hemos de elegir entre la Tv, que ofrece una base científica objetiva a la economía capitalista, y la Tg, que se ajusta a los fenómenos, que describe el movimiento de la realidad, que reproduce los hechos. Hay que elegir entre una u otra teoría, parece ser la alternativa trágica, entre una teoría vacía de intuición, sumergida en la profundidad, reñida con el fenómeno, y otra teoría ciega de esencia, atrapada en la superficie de los hechos. Pero ¿realmente es así? ¿hay que elegir una teoría y sacrificar la otra? ¿No hay otra salida? Al menos tenemos una sospecha. Si queréis formularlo de modo más clásico, una hipótesis, una conjetura. Y la misma nos la proporciona ni más ni menos que la ontología marxiana.
El largo y enojoso debate sobre la transformación es un debate ontológico que, por haberse planteado en la teoría económica, ha encontrado dificultades insuperables; los economistas han buscado la solución desde la teoría económica, y al no encontrar propuestas satisfactorias desde la misma a los problemas, ante la imposibilidad de responder a las anomalías, han hecho lo habitual: una nueva teoría que entierra la vieja. Ante las contradicciones y anomalías como las planteadas por la transformación, han buscado el “nuevo paradigma”, término que ante el abuso que del mismo se ha hecho en el medio siglo que lleva de vida en el reino epistemológico ha pasado a ser el oportuno refugio del guerrero.
Hoy día cuando se invoca aquí o allá, en gnoseología o estética, un “nuevo paradigma” se expresa algo tan poco claro como cuando se invoca “otro modo de hacer política”; lo único que se percibe es que se intenta huir del lugar y buscar otro reino, más perfecto, y sobre todo más nuevo. No puede dejar de referirme a aquí al notable y loable esfuerzo de L. Althusser en aquellas felices décadas epistemológicas, en las cuales se creía que bajo toda ciencia había una filosofía, lo que el pensador francés llamaba “philosophie spontanée des savants”; una filosofía que no se proponía un control el lenguaje, cual “semáforo del saber”, sino que ejercía de ontología de las ciencias, proporcionando categorías de uso científico junto a manuales del usuario. Mi recuerdo a Althusser viene a cuento porque tal vez hemos olvidado que toda ciencia tiene una ontología, y los problemas de aquella, algunas veces, pueden ser resueltos -o disueltos- desde ésta. Y es que, a estas alturas, no es impostura pensar que, en la perspectiva marxiana, los problemas de la transformación tal vez podrían disolverse revisando la propia ontología marxiana. Veamos si es posible.
Desde la perspectiva global, de la relación capital-trabajo, en definitiva, de la relación de clases, las leyes del valor y de la tasa media de ganancia son concordantes; su enfrentamiento inexorablemente aparece al tratar los capitales individuales de una totalidad compleja, sea una rama, sector o esfera de la producción, pues aquí la ley del valor se ve conmocionada por la de la tasa de ganancia media. En todo caso, como las teorías sirven para lo que sirven, y no sirven para todo, la de Marx no pretendía clarificar y potenciar la contabilidad de los capitalistas; pretendía desvelar los mil mecanismos de ocultación de la explotación. Y ese objetivo está bastante bien resuelto.
Si recordamos nuestras fórmulas, en especial g´= p´/(q + 1), resulta intuitivo que si dos esferas de producción tienen la misma p´ y distinta q, entonces g´ es distinta; y como es un factum que q se muestra distinta en cada sector de la economía, por tanto, una de dos: o bien se renuncia a la teoría del valor por contrafáctica, lo que llevaría a renunciar a la comprensión de la producción capitalista y tal vez al poderoso argumento práctico de la explotación, o al menos a la concepción de la misma como expresión de una relación social y no como mero resultado técnico y naturalizado del irrenunciable proceso de intercambio; o bien se mantiene dicha teoría del valor asumiendo el cargo de la prueba que muestre su compatibilidad con la teoría de la tasa media de ganancia, sin obviar la dificultad añadida derivada del reconocimiento por la teoría de la diferencia conceptual y cuantitativa entre p y g,
Claudio Napoleoni ha descrito bien este problema teórico de Marx: “Así pues ¿cuál es el dilema ante el cual se encuentra Marx? Que el movimiento real, o sea la naturaleza y las leyes de la economía capitalista, han sido representadas y descritas por él hasta este momento mediante la ley del valor; ahora se viene a descubrir que este movimiento real, tal como se expresa en la realidad de la competencia, es inconciliable con la ley del valor. Pero si es inconciliable con la ley del valor -que por otra parte sigue siendo para Marx el fundamento de la producción capitalista- entonces quiere decir que el movimiento real es incomprensible, o sea, no es reducible a una ley. Este es el problema al que se enfrenta Marx” [34].
Efectivamente, se enfrentaba a este problema, nos muestra su conciencia del mismo y aporta conceptos y criterios metodológicos que ayuden a comprender la “compatibilidad” entre ambas teorías. Pero, dicho todo esto, es difícil pasar por estas lecturas y reflexiones sin un cierto regusto a insatisfacción. Porque si se trata de determinar el procedimiento “mediante el cual los precios son deducidos de los valores”, nos gustaría que la teoría marxiana respondiera incluso a aquellas cuestiones para las que no fue construida. En concreto, nos gustaría que no dejara en la impotencia o insolubilidad el problema de calcular el valor oculto o transmutado en los precios.
Sabemos que Marx ha mostrado que el Pc y el Pp refieren a valores, son valores expresados en precios, valores-precios; y sabemos que habla de precios en cualquier cálculo de valor que esté mediado por la ganancia, en que ha intervenido la competencia del mercado, como cuando nos dice
“Los precios que se originan extrayendo el promedio de las diversas tasas de ganancia vigentes en las diferentes esferas de producción, agregándose ese promedio a los precios de costo de las diversas esferas de la producción, son los precios de producción” [35].
Y ya hemos mostrado que la ganancia interviene cuando las p´ y/o las q de los distintos capitales de una talidad de capital compleja son desiguales, imponiéndose en el mercado una redistribución del plusvalor.
Pues bien, Marx tiende a considerar en sus reflexiones y cálculos las q diferentes entre sí, como de facto suelen serlo; en cambio, suele considerar, aunque sea ciertamente por razones analíticas o comodidad operativa, la p´ idéntica en todos los capitales (y con valor 100%, para mayor comodidad). En otras palabras, Marx convierte p´ en variable fija por motivos operacionales, y aunque esto sea analíticamente razonable, convendría ver también qué efectos ocultos –o de ocultación- conlleva, cosa que sólo podremos advertir liberándola, es decir, haciendo el análisis un poco más concreto al suponerla, como suele ser empíricamente, distinta en cada capital. Veámoslo así.
En el mecanismo de transformación usado por Marx, siempre se opera a partir de valores. La g´ de cada capital y la g´m del conjunto esa calculada con unidades de valor; y los Pp, aunque distintos de los Vp, también están expresados en unidades de valor, en tiempo de trabajo. Si no fuera así, si la unidad de medida no fuera homogénea, no podrían compararse, y no surgiría el problema de la transformación, cuya esencia no es otra que parece haber una redistribución del valor que altera la ley del valor. Por tanto, si hay “problema” es porque el Pp se expresa en valor y, así, puede compararse con el Vp y constatar los presuntos cambios en el valor de las mercancías; si hay tema es porque son dos “formas de expresión” del valor cuantitativamente diferentes. O sea, porque al pasar de una a otra forma ha cambiado la magnitud.
A partir de aquí se trata, pues, de exponer un proceso de cálculo que ilustre que pueden “deducirse” los precios de los valores, que pueden correlacionarse. La cuestión es, dadas las dificultades ya señaladas de conocer los valores del Pc y del Pd, si podríamos determinar los precios de las mercancías sin recurrir a los valores, incluso sin conocerlos. Marx cree que no, como expresa en la anterior cita; y por mi parte pregunto ¿de qué serviría eso? La posición de Marx es razonable en el marco de su teoría, pues, como hemos visto, los precios se calculan aplicando a los capitales individuales una g´m media del sistema; pero esta g´m media la ha calculado a partir de los plusvalores de los capitales; sin conocer éstos, no sería posible establecerla. Sin conocer los plusvalores no se pueden conocer los precios, al menos en el marco conceptual de una ciencia económica con pretensiones de fundamento objetivo.
Ahora bien, la fórmula de la ganancia liga diversas variables, dos que aparecen explícitas en la fórmula g´= p´/(q + 1), y algunas otra implícitas. También el tr interviene, y a veces Marx lo explicita como ilustración de sus argumentos, pero con frecuencia lo subsume en q, procedimiento teóricamente correcto si por q se entiende la composición de capital realmente en producción. Por lo tanto, a efectos prácticos g´ y g´m derivan de p´ y de q. Pero como Marx tiende, por los efectos operativos ya comentados, a considerar p´ uniforme en todas las totalidades de capital considerados, tanto la g´ como la g´m al final parecen depender únicamente de las q.
Tengo la impresión de que, sin proponérselo, por esa comodidad en los cálculos, Marx ha tratado el valor como lo hiciera Ricardo, como simple tiempo de trabajo invertido en producir la mercancía M; en vez de ser coherente con su propio concepto del mismo y considerarlo como “tiempo medio socialmente necesario para producir M”, concepto producido frente al de Ricardo y desde el que ejerciera su crítica al mismo. Y así, como consecuencia de ese uso ricardiano del concepto de trabajo, ese te, el plustrabajo, el trabajo impago, viene expresado implícitamente en tiempo real, tiempo empírico, y no en el abstracto tiempo medio social.
Claro está, al verse afectado el Vp (que también expresa su valor en horas reales) por la re-distribución del plusvalor que pone en marcha la g´m, en su devenir Pp se pierde de vista el valor en cuanto a su magnitud. A partir de ese momento, en las sucesivas trasformaciones de los diversos elementos, el valor se supone allí pero la traducción a precios se vuelve imprecisa e incluso indescifrable. Es imposible prácticamente seguir el rastro de esas sucesivas conversiones. Al final, como Marx reconoce, el capitalista (o el economista, o el mismo Marx) no puede tener ante sus ojos la visión completa del travestismo del valor, que exigiría la visión completa y cuantitativa de su genealogía. Sabemos que está allí y que está en una cantidad tal que, si pudiéramos tener su completa génesis y metamorfosis de cada uno de sus elementos…podríamos determinar su magnitud. Pero prácticamente se nos escapa y, ante ese hecho, surge el escepticismo e incluso se debilita el sentido de seguir refiriéndonos a una magnitud que sí, que está allí, pero que no podemos determinar, mientras que otras, las de los precios, más operativas y empíricas, totalmente a nuestro alcance, nos invitan a adoptarlas como signos de lo mismo.
3.2. Pero ¿por qué introduce en la escena la g´m? Marx la hace pivotar –por comodidad operativa- sobre dos variables, los tr y las q diferentes en las distintas totalidades de capital. Ahora bien, así se neutraliza el hecho de que distintas q determinan, en igualdad de las otras variables, distintas p´; es decir, se oculta el efecto de las q sobre las p´. Así se hace pivotar tota la creación de plusvalor sobre el v de la q, como si este variable midiera el valor del tn. Y hace desplazarse el p de los capitales con más v, con las q = c/v más bajas, hacia los de menos v o q más alta.
Intuitivamente podemos comprender esta dirección del movimiento del plusvalor en su reparto: va hacia los capitales de mayor p´= te/tn, los de mayor productividad (menos tn), los de mayor q, los de mayor c, los más tecnológicos, y por tanto con tendencia a menor g´= p/Ci. Intuitivamente, sigue la dirección desde los capitales con menor productividad a los de mayor productividad; de los que producen más caro a los que producen más barato. Es comprensible, pues una M con más valor es más cara según la ley del valor; y lo que hace la ley de la tasa de ganancia media es “compensar” ese décalage.
Ahora bien, ese movimiento podría ser interpretado como la rectificación del concepto de valor usado en el cálculo, el de Ricardo, por el enunciado por Marx. Al fin ese movimiento de la M1 más cara, con más valor acumulado, a una M2 más barata, con la peculiaridad de que esta es una mercancía de valor medio, Mm, ¿no expresa la “rectificación” del Vp? Hasta ese momento en que Vp se ve sustituido por el Pp, ni el capitalista ni el economista conocen la intensidad del cambio (recordemos, no conocen ni el valor de cambio de su mercancía); sólo a posteriori puede “calcular” la variación en valor. Marx tiene razón cuando, al nivel de su análisis y centrado en lo que le interesa, despacha la cuestión diciendo: la ley del valor sigue válida, no importa que el plusvalor se lo repartan entre los capitalistas… Y tiene aún más razón dado que él mismo ha corregido a Ricardo poniendo como valor de una mercancía el tiempo medio socialmente necesario para su producción, lo que ya de por sí es una magnitud incalculable [36]… hasta que no se realice el valor, hasta que no se recalcule y fije el cambio por medio de la g´m. El tiempo medio socialmente necesario para producir x no se mide como tm =∑t1-n/n; ese tm se ha de medir desde el Vc, el que corresponde al valor de cambio de x. Ya lo sé, no ignoró que esto puede parecer paradójico, como si invirtiera la relación. Lo “lógico” sería calcular el tm y con él fijar el Vc. Pero en la ontología marxiana del capital las cosas no funcionan así, sino a la inversa; ya lo hemos visto en numerosos contextos.
Por tanto, si usamos el concepto marxiano de valor-tiempo, y no el ricardiano, podríamos interpretar que el Vp expresa un cálculo provisional, imaginario, del valor de M, como si este capital fuera un capital global, en cuyo caso sus tn y te serían a la vez sus tiempos y los tiempos sociales medios (y lo mismo podemos decir de p). En este caso la diferencia entre los conceptos de valor-tiempo de trabajo de Ricardo y de Marx pasaría ser irrelevante. En cuando lo consideremos un capital particular confrontado a otros, estas variables del tiempo ya no sirven para determinar el plusvalor, pues el tiempo de trabajo invertido es una determinación social, que habría de calcularse teniendo en cuenta los tiempos de los otros capitales; y, en todo caso, para establecerla desde el valor de cambio, también habríamos de reconocer la presencia de los diversos capitales en la generación del valor de cambio de la mercancía. Por tanto, entre capitales individuales sí es relevante la distinción conceptual del tiempo de trabajo ricardiano y marxiano.
Nótese que si supiéramos los tiempos medios de cada unidad de mercancía podríamos pensar que, en ese caso, y sólo en ese caso, podríamos calcular el valor creado según Marx, y sólo a partir de aquí conoceríamos el Vp. Pero, como no lo conocemos -y no podemos obtenerlo como media aritmética de resultados empíricos, sea por impotencia práctica, sea por desviación conceptual- hasta que no aparezca a nuestros ojos, y esto será cuando se manifieste en la superficie, en el mercado, resulta fácil caer en la seducción del tiempo ricardiano, que promete conocer el valor de cambio en tiempo real, aunque sea mediante una intuición confusa.
Es así, y así funcionan las cosas; el concepto de tiempo ricardiano, dado que nos ofrece un procedimiento de cálculo de la magnitud del tiempo de producción sencillo e intuitivo, aunque sea prácticamente imposible determinar esa magnitud, nos parece más operativo y sólido; pero en realidad es un concepto tosco, grosero y engañoso, responde a una ontología empirista mistificadora. El concepto de tiempo de producción marxiano, en cambio, por su sutileza y por responder a una sofisticada ontología dialéctica transgresora de la esencialista dominante en nuestro pensamiento, encuentra resistencias en el conocimiento científico que lo desprecia por metafísico. Para comprender esta resistencia, y las dificultades a superar, basta recordar que no es una ontología adaptada a la relación causa-efecto, en que la causa es anterior en el orden lógico y el histórico al efecto; en la ontología marxiana esas relaciones determinantes se invierten y desplazan, se mueven y transforman; el ser se revela sólo al final, y no siempre. Por eso no es fácil comprender, habituados a una ontología esencialista, que una mercancía que no sea intercambiada no es, ni fue nunca mercancía, aunque nuestra representación reificadora así lo imponga. Pero tampoco nos resulta fácil pensar ciertas representaciones de la física cuántica y, en cambio, no las cuestionamos, asumimos nuestras limitaciones y no las cargamos en el debe de la ciencia.
La ontología marxiana nos obliga a cambiar nuestras representaciones de raíz. Por ejemplo, nos exige asumir que el ser de una cosa o una relación necesita de la existencia. La idea aristotélica de “ser en potencia” no tiene sentido; sólo es, sólo fue, lo que llegó a ser. El ser aparece en su actualización; y en ese devenir ser, en el mismo acto, legitima su ser anterior, y no antes. La mercancía, que es mercancía a partir del momento de intercambio, en la transacción mercantil, al recibir título determina que toda su existencia anterior fuera la de una mercancía. Hemos de esperar que la luz de la estrella llegue a nosotros, para ser estrella; y que se acabe su luz para que deje de serlo, aunque en uno y otro caso transcurran millones de años.
Hemos de ver aparecer el plusvalor en el mercado, para saber de su existencia; hasta entonces era virtual, una ilusión. Suponemos que está allí, que viaja en la mercancía, incluso soñamos su cantidad, pero todo ello es imaginario. Sale a la existencia en ese momento enigmático del ciclo del capital en que el valor aparece bajo la figura de valor de cambio. Es el momento de la verdad material, donde el capitalista constata el valor que trasportaba su carga. El valor de cambio se cuantifica en la tasa de ganancia media, que por fin ilumina el valor creado. Se acabó el misterio. Los cálculos hechos con el tiempo ricardiano se revelan ahora ilusorios, de mero tanteo; y se imponen los que ahora podemos hacer con el tiempo de Marx. El mercado es el encargado de revelarlo por mediación del valor de cambio, desde el que se construye la tasa de ganancia media, y con ella la redistribución del plusvalor y la configuración definitiva de las variables que estructuraron el capital. Ahora la g´m deja de ser amenaza o negación de la ley del valor para devenir la manifestación y legitimación empírica de la ley del valor en la concepción marxiana.
Si nuestra reflexión es correcta, el Pp es el que expresa en rigor el valor teórico de M ya ajustado por la g´m; es el que expresa el Vp cuando el plusvalor de éste corresponde al tiempo de producción social medio, y no al tiempo empírico consumido en un capital particular. Y al mismo tiempo se nos revela la función de g´m, nada más y nada menos que la de ser el mecanismo que fija el valor-verdadero de las mercancías, que ahora pensamos como el “verdadero valor”, calculado no en base al tiempo empírico invertido sino al tiempo social necesario. La g´m, por consiguiente, es el mecanismo que pone la segunda socialización del valor, que lo establece como producción social del capital, o producción del capital social.
Soy consciente de que esta reflexión será insatisfactoria para quienes exijan una “verificación”; o sea, para quienes exijan descender de la reflexión ontológica a la “científica”. En todo caso, difícilmente se le negará atractivo, incluido el plus de seducción que implica ese reto: el de encontrar una deducción matemática, que de momento no veo imposible aunque no esté en posesión de la misma.
3.3. Nos entregaremos ahora a apoyar con números –aunque aquí lo que deberían contar son los conceptos- nuestra propuesta de sustituir el tiempo ricardiano por el marxiano como vía de disolución del problema de la transformación. Repito, no lo haré con voluntad de demostración; no creo que sea con cálculos como se debe argumentar nuestra propuesta ontológica; de todas formas, si la misma es consistente debería reflejarse también en la consistencia de los cuadros de variables.
Comenzaremos por cuantificar los efectos de una p´ variable en la estructura del capital. Para ver los efectos cuantitativos que se ocultan al identificar las tasas de plusvalor de todos los capitales, hagamos varias simulaciones, comparando el cálculo de Marx, con p´ uniforme, y el que proponemos de p´ variable libre. Comenzamos por dos casos, ambos de tres capitales. En el Cuadro 2º tienen la misma q, es decir, el mismo v. En el Cuadro 3º mantenemos las q idénticas y las p´ diferentes. Después haremos un Cuadro 4º con q y p´ diferentes.
| c | v | p’% | p | g’% | g’m% | Pc | Vpr | Pp | Λ | |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| C1 | 80 | 20 | 100 | 20 | 20 | 20 | 100 | 120 | 120 | 0 |
| C2 | 80 | 20 | 100 | 20 | 20 | 20 | 100 | 120 | 120 | 0 |
| C3 | 80 | 20 | 100 | 20 | 20 | 20 | 100 | 120 | 120 | 0 |
| C1-3 | 240 | 60 | 100 | 60 | 20 | 20 | 300 | 360 | 360 | 0 |
| Cg | 80 | 20 | 100 | 20 | 20 | 20 | 100 | 120 | 120 | 0 |
En este cuadro 2º me interesa subrayar lo siguiente. Conforme al cálculo de Marx, serían v = p = g´ = g´m, y por consiguiente, Vp = Pp, interpretando el valor de producción en su sentido ricardiano, por eso lo simbolismos en el cuadro por Vpr. Todo correcto. Pero notemos también que el plusvalor medio, pm, -que nos viene dado por el del Cg, con pg = 20- es igual al de los capitales individuales tomados separadamente. Por tanto, el Vp es el mismo tanto si se aplica el valor-tiempo de Ricardo, Vp = Pc + p, que opera con el plusvalor de cada capital, como si se aplica el valor-tiempo de Marx, que opera con el plusvalor medio social, Vp = Pc + pm. De ahí que no haya desviaciones, las λ= 0, y que la redistribución no modifique el plusvalor que corresponde finalmente a cada capital.
Para reforzar intuitivamente la argumentación imaginemos que la unidad de producción del cuadro 3º representa una inversión de capital, Ci = 80c + 20v, necesario para producir una unidad de mercancía. Como p´= 100%, el Vpr será igual al valor del Pc, o sea, al capital invertido, más el plusvalor añadido y no pagado. Ese plusvalor correspondiente al plustrabajo es, en el caso que representa el cuadro, igual para todos los capitales individuales y para el capital global, o sea, Vp = 20. Es decir, el Vp carga el valor del tiempo necesario y del excedente. Como aquí se trata de capitales con p´, q, tn y te iguales, son iguales los Pc e iguales los p de los capitales; por tanto, son iguales los Vpr, que son iguales al Vpm del Cg. Y como esta igualdad de capitales y condiciones de producción determina que sean iguales las g´, g, y g´m de los tres capitales, lo serán también sus Pp. Pero, además, como siempre es p = g, y en este caso pm = gm, resulta que los Vpr y los Pp coinciden.
Claro está, si los capitales tuvieran estructuras diferentes, sus respectivos p serían diferentes del pm y este plusvalor medio sería diferente de la gm. Y en este caso sí que aparecería la función redistributiva de la gm. Ahora bien, si en lugar de considerar, con Ricardo, que cada capital tiene su p, que quiere decir que tiene su tn y su te propios, particulares, o sea, que ha invertido en la producción de la unidad de mercancía un tiempo diferenciado del de los otros capitales, consideramos, conforme al concepto marxiano de valor-trabajo, que todos los capitales producen la mercancía con el mismo tiempo de trabajo, el tiempo social medio, tms, entonces volvemos a la identidad entre las variables de los capitales, volvemos a la identidad entre Vp y Pp.
No es necesario decir que en el mundo empírico las cosas son como son, cada capital produce con tiempo propio y diferenciado; lo que dice Marx es que por eso, porque tiene su tiempo de reloj, porque usa tiempo de Kronos diferente, las mercancías con igual valor de uso no pueden cambiarse por el tiempo empírico empleado en ellas; el mercado exige cambiar el concepto de tiempo, considerar los productos no por el valor-trabajo medido en tiempo empírico sino por el valor-trabajo virtual, determinado como tiempo medio social de producción. Y, conforme a este concepto, lo que antes hacía figuradamente la redistribución, la guadaña niveladora de la g´m, con el efecto secundario del problema de la transformación, ahora lo hace en origen el concepto, que impide pensar que las mercancías salen de fábrica con la carga de tiempo empírico propio como valor y obliga a pensar que salen con la carga indeterminada del tiempo virtual medio social. Así, todo queda igual, se corrige en el origen lo que antes se corregía en el final. Lo que sí se ha desvanecido es la poética del capital justo y solidario; ahora las “restricciones” y “correcciones” se hacen en origen, cada uno carga con sus carencias a la hora de conseguir un tiempo-valor de producción competitivo.
Veamos ahora el segundo ejemplo, recogido en el cuadro 3º. Se mantienen los capitales con su valor inicial y con igualdad de las q, pero hemos introducido una variación muy relevante, a saber, la p´ es diferente en ellos. Veámoslo.
| c | v | p’% | p | g’% | g’m% | Pc | Vpr | Pp | Vpm | |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| C1 | 80 | 20 | p’1 | 20 p’1 | 20 p’1 | 20/3∑p’n | 100 | 100+20 p´1 | 100+20/3∑ p’n | 100+20/3∑ p’n |
| C2 | 80 | 20 | p’2 | 20 p’2 | 20 p’2 | 20/3∑p’n | 100 | 100+20 p´2 | 100+20/3∑ p’n | 100+20/3∑ p’n |
| C3 | 80 | 20 | p’3 | 20 p’3 | 20 p’3 | 20/3∑p’n | 100 | 100+20 p´3 | 100+20/3∑ p’n | 100+20/3∑ p’n |
| C1-3 | 240 | 60 | 1/3∑p’n | 20∑p’n | 20/3∑p’n | 20/3∑p’n | 300 | 300+20∑p’n | 300+20∑p’n | 300+20/3∑p’n |
| Cg | 80 | 20 | 1/3∑p’n | 20/3∑p’n | 20/3∑p’n | 20/3∑p’n | 100 | 100+20∑p’n | 100+20∑p’n | 100+20/3∑p’n |
Podemos apreciar que se mantiene la igualdad de p y g´ en valor absoluto, pero no ya con la g´m, como es lógico, la cual ha variado al depender de p´. Y, por tanto, se genera la diferencia entre Vpr y Pp de cada capital, por diferir sus respectivos p de la g´m. En cambio, ahora el pm = 20/3∑p´n. Por tanto, si añadimos una columna al cuadro para representar el valor de producción revisado o “marxiano”, Vpm, en el cual en vez del plusvalor de cada capital individual conforme al valor tiempo de trabajo empírico que encierra se tiene en cuenta el valor tiempo medio social, vemos que los valores de producción revisados correspondientes a cada capital son idénticos a sus respectivos precios de producción. En este ejemplo, además, son iguales entre sí, Vpr = 100 + 20/3∑p´n, por tener iguales q y tr, pero es una excepción; en cambio, la igualdad entre el Vprm y el Pp es una consecuencia general de la aplicación del concepto valor tiempo marxiano, en lugar del ricardiano.
Efectivamente, si comparamos los valores de estas dos variables vemos que en ambos casos resultan de sumar al Pc una cantidad de plusvalor. En el cálculo de Marx: el Vp de cada capital se obtiene sumando a su Pc una cantidad que se correspondería con el plusvalor generado por él de acuerdo con la definición ricardiana de valor, pues se le suma el plusvalor del capital, o sea, el valor del plustrabajo, del trabajo impago, el valor producido en el te, que aquí es igual al producido en el tn por ser p´= te/tn = 100; y el Pp se obtiene, en cambio, sumando a su Pc una cantidad, la g´m, la ganancia media, que resulta de distribuir la ganancia global, el plusvalor global, proporcionalmente a las magnitudes de los capitales. En el cálculo que sugerimos: los Vpm se obtienen de sumar a sus Pc el plusvalor medio, la media aritmética ponderada entre ellos, que no difiere en magnitud de la ganancia media ponderada. Por eso en nuestro cálculo la diferencia cuantitativa entre el Vp y el Pp de cada capital desaparece y queda sustituida por la igualdad Vpm = Pp; o sea, desaparece el problema de la “transformación” del valor en precio.
¿Por qué en el cálculo del Vpm hemos sustituido el sumando p de cada capital por el pm de todos ellos? Porque, como decimos, se corresponde con la idea marxiana del plusvalor, que es valor generado en el tiempo de plustrabajo, como en Ricardo, pero que deja de ser tiempo empírico, particular en cada capital, para ser tiempo social medio, determinado en una totalidad compleja de capital. O sea, nuestro cambio ha sido para adaptar el concepto de valor de producción a la teoría marxiana del valor. Y al hacerlo, si no hemos cometido algún error garrafal [37], resulta que las dos leyes, la del valor y la de la competencia, que en Marx aparecían contrapuestas y amenazándose, ahora aparecen reconciliadas. Ahora la ley de la tasa de ganancia no genera una distribución del valor diferenciada de la teoría marxiana del valor, sino que es el instrumento para que ésta se realice, poniendo a cada uno en su lugar, imponiendo que cada capital renuncie a su espejo encantado y acepte la imagen del espejo común de la producción social, donde el maquillaje no oculta las arrugas. El mercado no impone una distribución distinta o en paralelo a la del intercambio igual de las mercancías; se limita a hacer visible la ley del valor-trabajo en el sentido estricto, marxiano, de la misma, es decir, viendo el valor de las mercancías como una determinación social, como un índice que se genera en la confrontación de la totalidad productiva.
La representación que incluso el mismo Marx usaba según la cual la ley de la tasa media de ganancia redistribuía el valor entre los capitales, que salvaba la producción como lugar de la creación del valor pero adjudicaba al mercado la adjudicación definitiva del mismo, deberíamos revisarla para ser coherentes con la ontología marxiana del capital. Desde la idea ricardiana “parece” que sí, que el plusvalor realmente producido se redistribuye por la competencia, conforme a la g´m; y cuantas veces Marx menciona esa función está cayendo en el discurso que él mismo rectificó. Porque sólo en coherencia con su versión rectificada de la teoría del valor-trabajo puede comprenderse que no es propiamente así, que el Vp así pensado es cuantitativamente erróneo por ser conceptualmente confuso, que es una idea ficticia, que solo existe en la imaginación del economista ricardiano (la del capitalista opera con otras ilusiones, la de añadir al Pc la mayor ganancia posible que considera “justa”). Sólo desde Marx, desde su ontología –que es la que aquí reivindicamos incluso si fuera necesario frente al mismo Marx- puede pensarse que el producto, en el orden lógico, en su concepto, queda afectado de la “redistribución” del plusvalor antes de devenir mercancía, antes de llegar al mercado, aunque su propietario no lo sepa o reconozca; es duro reconocer que lo propio tiene menos valor, que el tiempo real no se tiene en cuenta y se sustituye por un canon social; pero las cosas son como son, y en el capitalismo manda el capital.
Al pensar el valor como “trabajo abstracto producido en el tiempo social medio” ya estamos incluyendo en su concepto las determinaciones que aún no conocemos, que sólo podremos conocer cuando devengan fenómeno, cuando salgan a la superficie, o sea, cuando ya en el mercado ese valor se transforme en valor de cambio. Es decir, que su verdadero valor de producción, el Vpm, el valor que le pertenece conforme a su concepto, no es el ilusorio Vpr ricardiano, conocido en tiempo real, sino el enigmático Pp, que añade al Pc un plusvalor medio, una tasa media de plusvalor p´m. En realidad deberíamos decir “el ayer enigmático Pp”, rememorando aquellos momentos en que nos creaba el terrible problema de buscar su fundamento y sus credenciales; pero hoy, si no nos equivocamos, perfectamente el Pp es una figura reconocida y descifrada, pues aparece como otro nombre del Vpm, como un “alias” para enmascarar el original, o como un rebautizo a consecuencia de una larga amnesia. Además, este Pp cuenta nada más y nada menos que con las credenciales heráldicas del valor de cambio, el olvidado y denostado Vc, figura poderosa de los Padres Fundadores del reino del capital, que sale así a testimoniar de forma rotunda en favor de esta unidad dialéctica entre Vpm y Pp.
4. Difuminando las últimas sombras.
Creo que así hemos conseguido que desaparezca el misterio del Pp, de la trasformación de los valores en precios, o del plusvalor en ganancia…El Pp es el valor de producción de la mercancía, y punto; diferenciar entre precios y valores en el ámbito de la transformación deviene irrelevante; si quiere mantenerse la distinción será por su utilidad para distinguirlos del Pv, en cuyo dominio tal vez sea útil mantener el concepto de precio. Aunque parezca obvio, recordemos que el Pv siempre seguirá generando sombras en el capital y su desarrollo. Pero esto ya pertenece al ámbito de las contingencias y la subjetividad, no al de la ciencia económica. O, en todo caso, si se considera susceptible de cierto tratamiento científico, pertenece a la estadística y a la psicología.
4.1. Como en rigor no hay “transformación”, sólo cambio en la forma de expresión, los precios pasan a ser meras expresiones dinerarias del valor. Lo que ya se sabía para el Cg de una pluralidad de capitales, ahora lo sabemos para cada uno de ellos: no es que el valor viaje de los capitales con menor q a los de mayor q (o de mayor v a los de menor v); no es que haya un “trasvase” de valor real de unos capitalistas a otros en el momento de la realizar el valor; no es que haya solidaridad o justicia distributiva entre socios; lo que ocurre, por el contrario, es que ya al producir el valor, al invertir el tiempo de trabajo, éste ha de medirse con una medida diferente al tiempo de reloj, a saber, con la del tiempo social medio. Por decirlo literariamente, en lugar del cronómetro de Kronos, cuantitativo, serial, ha de usarse el reloj sin esfera de Kairós, que mide el tiempo adecuado, el “tiempo de Dios” que decían los teólogos cristianos, magnitud indefinida, semidesconocida, necesaria como la idea kantiana. Por tanto, insisto, nos liberamos de la épica de la redistribución del plusvalor, en la que el capital se revestía de ética solidaria y de justicia igualitaria; y en su lugar, al final del recorrido, ponemos al capital en figura justiciera burocrática, -no ya como Maiestas domini, sino como controlador de calidad- sacando a su súbditos del ensueño de la experiencia e imponiéndoles la buena nueva: la carga que traéis no vale lo que creéis; no cuenta lo que os ha costado, sino lo socialmente estipulado.
Desde esta perspectiva se aclaran, de paso, otras incógnitas, como la de la g´m y la del Pc. Efectivamente, la g´m no tenía fundamentación ontológica; se enunciaba como determinación empírica, efecto de la competencia, de la lucha por el plusvalor. Se presentaba como un efecto empírico “justo” de la lucha por el plusvalor; o como una situación ideal, de equilibrio, en torno a la cual se lograba la estabilidad. Ahora sí podemos ver que esa g´m es simplemente el mecanismo técnico que realiza el concepto de valor de cambio concreto de la mercancía, que determina que el valor no sea el tiempo de trabajo empleado sino el socialmente necesario. Y por “socialmente necesario” no puede entenderse el tiempo mínimo histórico de producción que permite la tecnología, ni tampoco en rigor el tiempo social medio necesario, aunque así daríamos un toque de positividad y calculabilidad bien valoradas en las ciencias ansiosas de empiricidad. Aunque pudiéramos interpretarlo así, creo que no es ni necesario ni pertinente. Preferiría mantener la idea de tiempo de producción social medio en cierto estatus de inconcreción, como tiempo de producción socialmente posible. Al fin, forzar la exactitud cuantitativa del concepto, reducirlo a una fórmula, es irrelevante por su imposibilidad práctica; su concreción es inútil, pues no vendrá del cálculo, sino de su manifestación fenoménica posterior, por mediación de la revelación del valor de cambio. Y eso es lo que expresa en nuestro planteamiento el Vpm = Pp, la determinación social de la ganancia-plusvalor de los diversos capitales.
También se desvela el enigma del Pc, pues su valor es ahora el Pp del proceso anterior, y en consecuencia igual al Vpm en ese mismo proceso; es decir, del proceso de producción de los medios de trabajo, materias primas, fuerza de trabajo, etc. Por lo tanto, su valor es el verdadero valor de producción de los elementos de la producción, que entran en el nuevo proceso productivo sin estar afectados por ninguna transformación. El capitalista ahora sabe lo que paga, y sobre todo sabe que paga el verdadero valor, que compra medios por su valor; la incerteza en todo caso le vendrá de si será o no capaz de producir su plusvalor con tasas de ganancia, o sea, de plusvalía, razonables, que al menos ronden la media.
Para visualizar la función precisa de estas variables, y su sentido dentro de nuestra propuesta, veamos un cuarto cuadro, que ofrece una “imagen” más concreta de los efectos de considerar p´ una variable libre. Ofrecemos dos versiones.
| c | v | p’% | p | g’% | g’m% | tr | Cc | Pc | Vpr | Pp | Vpm | |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| C1 | 80 | 20 | p’1 | v1p’1 | v1p’1 | 1/5∑(vnp’n) | 1 | 80 | 100 | 100+v1p’1 | 100+1/5∑(vnp’n) | 100+1/5∑ (vnp’n) |
| C2 | 70 | 30 | p’2 | v2p’2 | v2p’2 | 1/5∑(vnp’n) | 2 | 35 | 65 | 65+v2p’2 | 65+1/5∑(vnp’n) | 65+1/5∑(vnp’n) |
| C3 | 60 | 40 | p’3 | v3p’3 | v3p’3 | 1/5∑(vnp’n) | 2 | 30 | 70 | 70+v3p’3 | 70+1/5∑(vnp’n) | 70+1/5∑(vnp’n) |
| C4 | 85 | 15 | p’4 | v4p’4 | v4p’4 | 1/5∑(vnp’n) | 5 | 17 | 32 | 32+v4p’4 | 32+1/5∑(vnp’n) | 32+1/5∑(vnp’n) |
| C5 | 95 | 5 | p’5 | v5p’5 | v5p’5 | 1/5∑(vnp’n) | 10 | 9,5 | 14,5 | 14,5+v5p’5 | 14,5+1/5∑(vnp’n) | 14,5+1/5∑(vnp’n) |
| C1-5 | 390 | 110 | 1/5∑p’n | ∑vnp’n | 1/5∑(vnp’n) | 1/5∑(vnp’n) | - | 171,5 | 281,5 | 281,5+(vnp’n) | 281,5+∑(vnp’n) | 281,5+∑(vnp’n) |
| Cg | 80 | 20 | 1/5∑p’n | n1/5∑(vnp’n) | 1/5∑(vnp’n) | 1/5∑(vnp’n) | - | 34,3 | 56,3 | 56,3+1/5∑(vnp’n) | 56,3+1/5∑(vnp’n) | 56,3+1/5∑(vnp’n) |
| c | v | p’% | p | g’% | g’m% | tr | Cc | Pc | Vpr | Pp | Vpm | |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| C1 | c1 | v1 | p’1 | v1p’1 | v1p’1 | 1/5∑(vn)p’n | 1 | c1 | c1+v1 | Pc1+v1p’1 | Pc1+1/5∑(vnp’n) | Pc1+1/5∑(vnp’n) |
| C2 | c2 | v2 | p’2 | v2p’2 | v2p’2 | 1/5∑(vnp’n) | 2 | 1/2c2 | c2+v2 | Pc2+v2p’2 | Pc2+1/5∑(vnp’n) | Pc2+1/5∑(vnp’n) |
| C3 | c3 | v3 | p’3 | v3p’3 | v3p’3 | 1/5∑(vnp’n) | 2 | 1/2c3 | c3+v3 | Pc3+v3p’3 | Pc3+1/5∑(vnp’n) | Pc3+1/5∑(vnp’n) |
| C4 | c4 | v4 | p’4 | v4p’4 | v4p’4 | 1/5∑(vnp’n) | 5 | 1/5c4 | c4+v4 | Pc4+v4p’4 | Pc4+1/5∑(vnp’n) | Pc4+1/5∑(vnp’n) |
| C5 | c5 | v5 | p’5 | v5p’5 | v4p’5 | 1/5∑(vnp’n) | 10 | 1/10c5 | c5+v5 | Pc5+v5p’5 | Pc5+1/5∑(vnp’n) | Pc5+1/5∑(vnp’n) |
| C1-5 | c1-5 | v1-5 | 1/5∑p’n | ∑vnp’n | 1/5∑(vnp’n) | 1/5∑(vnp’n) | - | ∑ccn | ∑(cn+vn) | ∑(Pcn+vnp’n) | ∑(Pcn+vnp’n) | ∑(Pcn+vnp’n) |
| Cg | cg | vg | 1/5∑p’n | 1/5∑(vnp’n) | 1/5∑(vnp’n) | 1/5∑(vnp’n) | - | 1/5∑ccn | 56,3 | 1/5∑(Pcn+vnp’n) | 1/5∑(Pcn+vnp’n) | 1/5∑(Pcn+vnp’n) |
En la primera versión hemos asignado valores numéricos concretos a algunas variables, como veníamos haciendo hasta ahora, para facilitar la comprensión. En la segunda versión todas las variables se interpretan de forma abstracta, para mostrar que las relaciones no dependen de los valores numéricos convencionales que les asignemos. Quisiera llamar la atención sobre las dos columnas de los valores de producción, la Vpr, conforme a lo que venimos llamando valor-tiempo ricardiano, y la Vpm, que sería coherente con el concepto de valor-tiempo marxiano, aunque como venimos señalando se olvidara de usarlo en estas representaciones. La comparación de ambas con la correspondiente a la del Pp nos expresa la vía de “(di)solución” del problema de la transformación de valores en precios.
En ambos cuadros puede observarse que en este caso los plusvalores no coinciden con los variables, conforme a la fórmula p´= p/v, por tener los capitales p´ distintas. Cada capital tiene su p´ y su p propios. La g´m, dado que los capitales son de igual magnitud, puede calcularse de dos maneras; por un lado, como expresión de la ganancia media, es la suma de los plusvalores dividida por el número de totalidades de capital con que se opere, en nuestro caso 5, pero en el límite n tendiendo a infinito; como la g´ se expresa en tanto por ciento, será g´m = 1/5∑vnp´n. Por otro lado, como tasa de ganancia del capital global, tomado como unidad, puede calcularse según la fórmula g´m = p/Cg.
Si nos fijamos ahora en los Vp y Pp de cada capital observamos que su diferencia es la que existe entre el p producido por cada uno de ellos y la g´m, pero como ésta es el sumatorio de los p de los diversos capitales, se visualiza claramente que g´m hace lo que se espera de ella, redistribuir el plusvalor. No hemos incluido una columna de las desviaciones, λ, por no sobrecargar la tabla; pero podríamos añadirla fácilmente, como hemos hecho en diversas ocasiones; basta restar en cada fila el correspondiente p de la gm.
Notemos que en el planteamiento habitual de Marx parecía que el Vp expresaba el valor real del producto y el Pp establecía el “precio” en el equilibrio; de este modo, aunque conceptualmente refiriera al valor, parecía distanciarse e incluso desconectarse de éste tanto cualitativa como cuantitativamente; en cambio, en nuestra propuesta, no sólo se identifican conceptualmente valor y ganancia sino que en su magnitud queda fijada la proporción: la gm es claramente el plusvalor medio, pm; por tanto gm = pm = ∑(p´nvn)/n. La g´m ejecuta -ya deberíamos decir “simula la ejecución”- el reparto solidario, tal que cada capital individual se realiza con un plusvalor acumulado diferente al que produjo. Veámoslo en la tabla, en la fila del C4. Debido a sus características resulta que su Vp = Pc4 + v4 p´4, que no coincide con su Pp = Pc4 + 1/5 ∑(p´nvn). En el Vp se suma al precio de costo el plusvalor producido por el propio capital, p4= v4p´4, totalmente dependiente de sus determinaciones v4 y p´4; en cambio en el Pp se suma la gm, con valor de 1/5 ∑(p´nvn), diferente al plusvalor p4 y que ya depende de las tasas de plusvalor y las magnitudes de la parte variable de los otros capitales. No sabemos si saldrá o no ganando, si el Pp será mayor o menos que el Vp; eso aquí no nos interesa ahora. Lo que sí sabemos es que el capitalista, gane o pierda, sólo ilusoriamente puede regresar a casa con la convicción de que la redistribución le ha premiado o castigado. Nada de eso, no ha habido redistribución del valor; lo que ha ocurrido en el Juicio Final del Mercado es que le ha permitido u obligado a conocer y reconocer que se lleva a casa lo que realmente aportó, pues su cálculo del Vp como Vpr era erróneo; el mercado, gran juez, le ha dictado el verdadero valor de su mercadería, el valor de producción debidamente revisado, según el concepto marxiano del valor-trabajo; y ese valor, en el caso del C4 al que nos referimos, es Vprm = Pc4 + 1/5 ∑(p´nvn), exactamente igual al Pp. Además de hacerle ver que ese es el verdadero valor de su producto, que ese es el valor realmente producido por su capital, y no las horas de trabajo gastadas, le enseña la fuente de sus sospechas y desilusiones: lejos de ser una decisión arbitraria del juez Mercado, en rigor no es ni siquiera una decisión personal de un juez, pues éste simplemente se limita a leerle la ley. Sí, la ley sagrada de la Tv, que todos los economistas ricardianos veneran, la cual prescribe universalmente llevarse del mercado un valor igual, “equivalente”, al que cada uno trae. Pero le enseña a leer la ley en el texto legal, donde se explicita que esa ley de la teoría del valor exige calcular el valor de las mercancías no por el tiempo que le cuesta su producción empírica a un capitalista concreto, sino por el tiempo medio que emplearía la sociedad.
Si en el planteamiento “ricardiano" de Marx el Vp era el verdadero valor producido por un capital, siendo el Pp el valor realizado por el mismo después de la redistribución, en el enfoque “marxiano” de Marx se representa desde otra perspectiva, se reforman los conceptos, y el cálculo, conforme a la propia ontología marxiana del valor-trabajo. Efectivamente, ahora podemos ver el viejo y ricardiano Vp como meramente un valor virtual, que sólo tiene sentido aplicado al Cg (en cuyo caso coincide, como observaba Marx, con el Pp de ese capital), pero que en la combinación de capitales que impone la vida al capital deviene una figura ilusoria y falsa: ilusoria por inexistente, porque el capital nunca pasa por ese momento de valor, excepto como figura analítica imaginaria en la mente de economistas amantes de la positividad; y falso, porque se determina sumando Pc+p, pero considerando p como el plusvalor generado en el proceso del capital particular, por acumulación en la mercancía del tiempo de plustrabajo, lo que implicaría que en el mercado fueran “equivalentes" mercancías elaboradas con distintos tiempos de trabajo.
Al mismo tempo podemos ver que el Pp, que en la descripción de Marx aparecía como una desviación del Vp al ser afectado por la redistribución implicada por la ley de la tasa media de ganancia, ahora deviene el verdadero valor producido por el variable, que según el concepto marxiano no es el tiempo de trabajo empírico empleado, sino el tiempo de trabajo medio socialmente necesario. Por eso se calcula sumando al Pc la cantidad 1/n∑(p´nvn), que no es el plusvalor virtual particular del capital individual en cuestión, sino el plusvalor que consigue en la imaginaria “redistribución” conforme a la ley de la Tg, por mediación de la g'm, que exige ganancias proporcionales en la situación ideal de equilibrio. No hay distribución, pero sí se da ese momento en el que se fija la ganancia de cada capital, el momento en que reaparece el valor de cambio testimoniando cuál es el verdadero valor de producción: el Vc es la medida del Pp, que así se reconoce como el verdadero valor de producción, no el Vpr sino el el Vpm. O sea, si no erramos en la argumentación, el Pp se revela como el Vpm cuando se toma por valor de una mercancía no el tiempo empírico invertido en su producción sino el tiempo medio socialmente necesario para producirla.
Si ahora calculamos en el cuadro anterior el valor de producción conforme al concepto marxiano de valor-trabajo, obtendríamos los resultados: Vp1 = 100 + 1/5 ∑p´nvn; Vp2 = 65 + 1/5 ∑p´nv; Vp3 = 70 + 1/5p∑p´nvn; Vp4 = 32 + 1/5 ∑p´nvn ; y Vp5 = 14,5+ 1/5∑p´nvn. Valores que coinciden plenamente con sus respectivos Pp, y que muestran que la distinción valor de producción versus precio de producción ha desaparecido. A partir de esto, los precios son los valores “de origen”. El mercado no crea ni redistribuye nada, sino que da a cada uno lo suyo, a cada capital el valor que generó; sólo exige que la determinación del mismo, su cálculo, se haga en base al concepto de valor-tiempo marxiano, no referenciada al ricardiano. O sea, exige que se haga conforme a la teoría del valor, y no desde representaciones confusas.
Podríamos pensar, entonces ¿la competencia no sirve para nada, no tiene efecto alguno? Claro que sí, como el telescopio que nos permite ver los astros tal y como “fueron”. Del mismo modo que la imagen actual de la estrella que aparece en el telescopio revela lo que es para nosotros, en nuestro tiempo, sin olvidar que es imagen de lo que fue, del mismo modo en el mercado el valor aparece realmente, se revela empíricamente tal como ya era en el concepto, su tiempo lógico pasa a tiempo histórico. Así embellecemos el castigado mundo de las apariencias y los fenómenos, que la metafísica siempre disuelve en lo irreal o ilusorio; la ontología marxiana, al contrario, dejando bien clara la distinción entre realidad y apariencia, nos exige pensar éstas como forma de existencia de lo real, como su forma de expresión o aparición. Supongo que pensáis que Hegel está en el horizonte burlándose de quienes lo habíamos superado…; cierto, el concepto necesita aparecer como el sol necesitaba del águila y de Zaratustra. ¿Qué sería de los dioses si siempre estuvieran absolutamente ocultos? ¿Os lo imagináis? Cada uno podría fingirlos a su manera.
Para cerrar este apartado, veamos un cuadro en el que introducimos aún más diversidad; consideramos los cinco capitales desiguales, con desiguales q, p´ y tr, o sea, con la máxima especificidad, para comprobar que los efectos en el Vpr, el Pp y el Vprm serían cualitativamente los mismos. Consideramos que cada C = k(c+v), asiendo k un factor expresado en centenas. Veamos los resultados:
| kc | c | v | p’% | p=g | g’% | p’m=g’m% | tr | Cc | Pc | Vpr | Pp | Vpm | |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| C1 | k1 | 80 | 20 | p’1 | k1v1p’1 | v1p’1 | 1/5∑(k1vnp’n) | 1 | 80 | 100 | 100+k1v1p’1 | 100+1/5∑(k1vnp’n) | 100+1/5∑(k1vnp’n) |
| C2 | k2 | 70 | 30 | p’2 | k2v2p’2 | v2p’2 | 1/5∑(k2vnp’n) | 2 | 35 | 65 | 65+k2v2p’2 | 65+1/5∑(k2vnp’n) | 65+1/5∑(k2vnp’n) |
| C3 | k3 | 60 | 40 | p’3 | k3v3p’3 | v3p’3 | 1/5∑(k3vnp’n) | 2 | 30 | 70 | 70+k3v3p’3 | 70+1/5∑(k3vnp’n) | 70+1/5∑(k3vnp’n) |
| C4 | k4 | 50 | 50 | p’4 | k4v4p’4 | v4p’4 | 1/5∑(k4vnp’n) | 5 | 10 | 60 | 60+k4v4p’4 | 60+1/5∑(k4vnp’n) | 60+1/5∑(k4vnp’n) |
| C5 | k5 | 40 | 60 | p’5 | k5v5p’5 | v5p’5 | 1/5∑(k5vnp’n) | 4 | 10 | 70 | 70+k5v5p’5 | 70+1/5∑(k5vnp’n) | 70+1/5∑(k5vnp’n) |
| C1-5 | 180 | 60 | 40 | 1/5∑p’n | ∑knvnp’n | 1/5∑(vnp’n) | 1/5∑(knvnp’n) | - | 165 | 365 | 365+∑(knvnp’n) | 365+∑(knvnp’n) | 365+∑(knvnp’n) |
| Cg | 1 | 60 | 40 | 1/5∑p’n | ∑vnp’n | 1/5∑(vnp’n) | 1/5∑(knvnp’n) | - | 60 | 100 | 100+1/5∑(vnp’n) | 100+1/5∑(vnp’n) | 365+1/5∑(vnp’n) |
La p´ la dejamos sin cuantificar, totalmente libre. A p = g le asignamos el valor conforme a su concepto, kvp´; g´ es la expresión porcentual de g, o sea, g´= vp´. El plusvalor medio y la ganancia media es la media aritmética de los plusvalores de los capitales. El resto de variable se obtienen, como sabemos, a partir de éstas.
En cuanto a nuestras dos variables problemáticas, el valor de producción y el precio de producción, ahora tenemos dos opciones para calcularlas. Podemos seguir haciendo conforme a lo que Marx solía hacer, a saber, considerando como p de cada capital el que le corresponde tratándolo aislado, tal como aparece en la columna p = g; en este caso los resultados del Vp los simbolizaremos por Vpr, donde la r remarca su origen ricardiano. Pero también podemos pensar el plusvalor conforme al concepto marxiano, que corregía el anterior, según el cual el valor añadido a las mercancías no se corresponde con el tiempo empírico empleado en producirla, sino con el tiempo medio socialmente necesario para ello. En este caso obtendríamos otro valor de producción, al que simbolizaremos por Vpm, donde la m del subíndice apunta al autor del concepto. Obviamente, el Pp no se ve afectado, es el mismo en los dos casos, pues ya se calculaba haciendo intervenir la ganancia media. El resultado, como se ve en el cuadro, no puede ser más explícito: entre Vpr y Pp se mantiene la diferencia, esa diferencia que alimenta el problema de la transformación de valores en precios; en cambio, entre Vpm y Pp se establece la igualdad, con lo cual desaparece el problema. Así de sencillo.
¿Así de sencillo? La verdad es que parece mágico, y me cuesta creerlo. ¿Cómo es posible que con una simple reformulación conceptual del concepto de valor-trabajo pueda desaparecer un problema tan emblemático? La verdad, temo que se me haya escapado el duende y haya hecho sus travesuras. De momento, así lo expongo, esperando vuestros controles de calidad.
Lo vuelvo a formular, para que os sea cómoda la crítica. Parece obvio, pues es universalmente conocido, que el Vrp, el valor de producción calculado con el criterio ricardiano de valor-trabajo es diferente en valor del correspondiente Pp de cada capital; en cambio, el Vmp, en cuyo cálculo introducimos el valor-trabajo en su concepto marxiano, es idéntico a su correspondiente Pp. Por tanto, el problema de la transformación parece haberse esfumado. Todo cambia cuando en la fórmula Vp = Pc + p, intuitivamente diferente de la Pp = Pc + gm, dejamos de usar un p abstracto, sólo válido en un escenario de capitales aislados, en cuyo caso su valor en el ejemplo del cuadro anterior es pn = knvnp´n, y pasamos a usar un p concreto, generado en un escenario de competencia de capitales y lucha por el plusvalor, en cuyo caso su valor es pm = 1/n ∑ (knvnp´n), es decir, el sumatorio del producto de la parte variable por la tasa de plusvalor de cada capital dividido por el número de ellos, o sea, la media aritmética de sus plusvalores. Como se ve, el problema de la transformación se esfuma al revelarse la identidad en valor de Vp y Pp. Hemos de concluir, por tanto, que no se trataba de un problema de la teoría o el cálculo económicos; era un problema ontológico.
4.2. A veces la insistencia en unos conceptos marginan u oscurecen otros también relevantes. Quiero aludir al hecho de nuestro impremeditado olvido de que el precio es una transformación del valor de cambio. Tal vez debiéramos haber dado más protagonismo a este Padre Fundador del capital, desde su tarea constituyente de la mercancía hasta su ayudita actual para hacernos ver que, al fin, hasta que él no sale a escena, se deja ver en el fenómeno, y muestra el valor con sus determinaciones cualitativas y cuantitativas, en definitiva, hasta que no aparece para realizar, todo había sido virtual, todas las figuras del capital habían sido más caras en pos del reconocimiento, personajes en busca de un autor. Sí, deberíamos haberle dado lo suyo; suele pasar así, te entregas al César y te olvidas de Dios, decían los cristianos en otros tiempos. Hoy la Trinidad se monta en torno al Capital.
De cualquier forma, no es hora de volver la vista atrás; ya habrá ocasión para reivindicar a Solón. Fijémonos mientras tanto, y para terminar, en el proceso competitivo originado por el desequilibrio del mercado y representado en el último cuadro. Todo se debe a que hemos escenificado una reunión de capitales donde reina la más absoluta diferencia. Son diferentes las magnitudes invertidas; también las q de los capitales, que al ser diferentes hacen que lo sean las g´, pues éstas se deben a los p generados en cada capital, condenados a la diferencia en tanto que, según p = p´v, y siendo p´ y v diferentes en cada uno de ellos… ¿Seguimos? No hace falta, es el baile de las diferencias.
Aquí aludimos a las diferencias para radicalizar la competencia; ésta, como lucha, suele ser parcialmente entendida, ya que se olvida que su función no menor es la socialización. Recordad aquello de la “insociable sociabilidad”, de la cual según Kant se servía la naturaleza para realizar la Razón, para llevar a la humanidad al reino del Derecho. Pues bien, la competencia, como los vicios privados respecto a las virtudes públicas de Mandeville, hace que la situación de desorden y desequilibrio haga reinar la igualdad; todos los capitalistas empujados, condenados, a buscar su diferencia y el efecto universal es que se ven abocados a igualar sus ganancias. Lo impone el Vc y se vale de un buen alfil, la gaya g´m.
Pues bien, en este escenario así adornado el debate se focaliza, como casi siempre en filosofía, en los límites y legitimidades de la prosopopeya, que aquí se concreta en torno a la siguiente alternativa a la hora de pensar la tasa de ganancia media: ¿es una determinación externa y aleatoria, ligada a los secretos del adusto Hado o a los juegos de traviesas y divertidas Moiras, o es una determinación intrínseca, inmanente, que el valor de cambio se encarga de revelar? Nótese que digo “revelar”, no “imponer”; el Vc sólo revela el ser para que las cosas existan, no les hace ser, ni les da el ser, sólo posibilita que existan. En prosa, lengua que gusta más al capital, se trata de decidir si, aparte de la ya asumida intervención de factores contingentes y subjetivos, y sin anular éstos, hay una determinación objetiva de esa tasa. Esta es la cuestión, y la posición de Marx al respecto es fija e inquebrantable: sí, toda lucha tiende al equilibrio, lo alcance o no, y la tasa de ganancia media expresa esa situación ideal siempre retrasada pero a la que la economía capitalista tiende indefectiblemente. Y ese punto de equilibrio no está dictado desde ninguna transcendencia, sino arraigado en la inmanencia, afincado irrevocablemente en las condiciones objetivas de la producción, en las relaciones sociales que la subsumen; por decirlo de manera abstracta pero contundente, en la forma capital. Su razonamiento podemos reescribirlo así: la cuota de ganancia que se realizará tendencialmente como cuota general, y por tanto como cuota presente en todos los sectores, será una cuota de ganancia media, o sea no será ni una ni otra de las cuotas de ganancia originales de los capitales, sino que será una estrella ecuatorial que ilumina la media aritmética entre ellas.
Es importante esa idea porque formalmente coincide con su concepto de los tiempos de trabajo o valores de las mercancías, que también dependen de las condiciones generales de la producción. Su concepto de tasa de ganancia media, en su expresión superficial usual, tiende a identificarse con la media aritmética de los tiempos empíricos particulares y concretos de los distintos capitales, ramos o esferas; pero creo que remite a un concepto más abstracto, más teórico, como ya he dicho en otro momento, más parecido a la idea de “voluntad general rousseauniana”, irreductible a las voluntades empíricas incluso en el caso de unanimidad. Esa g´m es como el límite al que un capitalismo bien ordenado tiende, incluso al que debe tender como expresión del capitalismo pacificado, equilibrado, autocontrolado, autodeterminado.
En todo caso, sea en su expresión teórica normativa o sea en su expresión empírica y aritmética, lo cierto es que hay coherencia con su idea de ver la producción capitalista como una totalidad en la que todas sus unidades quedan enlazadas, entrelazadas, subsumidas, en una forma determinante; o sea, coherente con la idea marxiana, no siempre bien subrayada, del capitalismo como un modo de producción poderosamente socializador. Sí, ya sé que puede extrañar, pero así lo pensaba; y creo que acertaba al hacerlo. Pensadlo vosotros también antes de rechazar la idea.
Si bien todas las formas de producción que supongan un intercambio –o sea, todas- son sociales, el capitalismo es la forma que lleva la “socialización” a su máxima intensidad y generalización. El capitalista, el productor individual, sueña con su autonomía; ser “autónomo” equivale a salir de la sumisión, a ser señor de sí mismo. Pero se trata de eso, de una ilusión, pues hasta en la elección de la tarea productiva sufrirá la determinación de la totalidad: al fin ha de producir para el mercado, al ritmo de éste, bajo las condiciones generales de éste, subsumido en éste. Por tanto, no debe extrañarnos que su ganancia del capital, y no sólo el salario del trabajador, esté condicionada por la ganancia media, subordinada a ésta. La subsunción impone esa exigencia de colaborar en el cumplimiento del fin de la totalidad, y ésta, como la ciudad perfecta ideada por Platón, no tiene por finalidad hacer felices a unos individuos, los aristoi, ni siquiera a todos ellos, al demos; su destino es tender a perdurar en el ser, pues nada hay más perfecto que acercarse a la eternidad.
Cuando al calcular la ganancia media echamos mano de datos del sistema productivo, poniendo en relación las distintas variables de su estructura, estamos reconociendo la dependencia de aquella de las condiciones de éste. Ilustrémoslo en un cuadro sencillo, de dos capitales, en el que hemos introducido dos nuevas variables, m y n, así definidas: m = Vpr1/Vpr2 y n = Pp1/Pp2).
| c | v | p’% | p | g’% | gp | gr | q | Pc | Vpr | Vpm | Pp | m | n | Λ | |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| C1 | 8 | 2 | 100 | 2 | 20 | 2 | 2,5 | 4 | 10 | 12 | 12,5 | 12,5 | 4 | 5 | +0.5 |
| C2 | 1 | 1 | 100 | 1 | 50 | 1 | 0,5 | 1 | 2 | 3 | 2,5 | 2,5 | 1/4 | 1/5 | -0,5 |
| Cg | 9 | 3 | 100 | 3 | 25 | 3 | 3 | 3 | 12 | 15 | 15 | 15 | - | - | 0 |
Hemos tomado una totalidad con dos capitales desiguales en magnitud y en sus q, pero con idénticas p´. A partir de aquí hemos ido calculando las demás variables. Los valores de las p quedan directamente determinadas en cada capital, pues p = p´v. En todos los capitales ha de ser p = v, por ser p´ = 100%. A su vez, la variable que expresa la g´= p/Ci, o g´ m = p/(c+v), queda establecida en cada capital, deducida desde las características de éste, sin recurrir para nada al mercado, como si operara ensimismado.
De las variables nuevas, dos de ellas son formas distintas de expresar la ganancia. Una de ellas es la g, que ya conocemos de los anteriores cuadros; me refiero a la g usada por Marx habitualmente en sus cálculos, presente en la igualdad p = g, y que obviamente coincide con el plusvalor generado por ese capital. Pues bien, ahora la llamamos ganancia potencial, y la representamos por gp. Es una ganancia imaginaria porque deriva de una g´ ilusoria, que espera obtener cada capital, calculada antes del intercambio. “Cumpliéndose la ley del valor, piensa por él su propietario, ganaré el valor del plusvalor, el valor que no he pagado, el p, que repartido entre el capital invertido me dará una ganancia g = p/Ci”. Así, antes de salir del mercado, ya tiene el cálculo de la ganancia, ya tiene en su expectativa esa ganancia potencial. La consideramos ilusoria porque no se realiza, porque es una mera construcción teórica. Pero en nuestro análisis nos sirve al menos para compararla con la otra figura de la ganancia, la que hemos llamado ganancia real, gr, que se fija posteriormente, en el intercambio, aunque el cálculo también pueda hacerse “a priori”, ya que se obtiene de aplicar al capital adelantado la g´m, la tasa de ganancia media. Claro que para poder adelantar esos cálculos tendríamos que conocer las g´ imaginarias de todos los capitales….
Se observa también en el cuadro que la fijación definitiva de la gr se hace por desplazamiento de parte de la ganancia potencial del C2 a la del C1, en concreto, de 0,5 unidades de valor; al igualarse las g´r las g´p intercambian “solidariamente” magnitudes. Puede apreciarse aquí también que este flujo de valor va del capital menos tecnologizado, con menor q (el C2 con q = 1) al más tecnologizado y de mayor q (el C1 con q = 4); el plusvalor viaja hacia el capital que con menos parte de variable pone en marcha más medios de trabajo. Ese flujo de la “redistribución”, lo que llamábamos con cierta ironía flujo de la solidaridad o de la justicia redistributiva, se percibe ahora como movimiento entre dos figuras de la ganancia, la gp y la gr.
Pues bien, aquí también podemos ver que la diferencia entre ambas figuras de la ganancia, que fijan el origen y el destino del imaginario viaje del plusvalor en la representación que la ciencia económica clásica se hace del mismo, y cuya diferencia de potencial está en la base de ese flujo, obedece a la incorrecta consideración del tiempo de trabajo. Porque, efectivamente, no sólo gp es imaginaria, mero efecto de un cálculo abstracto que analiza los capitales funcionando aisladamente, sin intercambio; también es ilusorio el viaje del plusvalor entre estas figuras de la ganancia, gp y gr, como en su momento vimos que era ilusorio el desplazamiento entre Vp y Pp. Sólo es apariencia, el plusvalor no viaja, se mueve el tren, no los árboles; se mueven los conceptos, que van del valor-trabajo de Ricardo al valor-trabajo de Marx.
4.3. Veamos con más detenimiento el juego de estas figuras de la ganancia para ver en el mismo ese deficiente uso del concepto de valor-trabajo. Hemos llamado a la g´ aplicada al Ci aislado como tanto por ciento de éste, “ganancia potencial”, que hemos representado por g´p; y hemos dicho que es ilusoria porque no se realizará, pues no coincidirá con la g´r, que se calculará teniendo en cuenta a los otros capitales, a su confrontación en el mercado y presuntamente como efecto de esta confrontación. ¿Cuál es la base técnica de esa ilusión? Podríamos pensar que el error surge de fijar p´, pues una variable tan importante fijada condiciona mucho la representación. La verdad es que ver ahí la causa del problema no sería correcto; la fijación de una variable es una atribución del analista, que ha de ponderar los efectos que ello tiene en el cálculo.
Fijar p´ no es una incorrección, lo que no evita que tenga un efecto metodológico nocivo, el de inducir un efecto de ocultación. Cuando operamos con la fórmula p´= p/v, usamos una fórmula correcta en la teoría marxiana en un escenario de máxima abstracción, en que se analiza el capital como una totalidad cerrada. Ahora bien, en esa totalidad está operando otra relación que es el fundamento lógico e histórico de la anterior, pues es constituyente del concepto. Me refiero a la relación, p´= te/tn, expresión que define el concepto mismo de explotación. Sin duda alguna es cuantitativamente válida la fórmula p´= p/v; pero p´= te/tn es la genuina expresión de p´, pues refiere directa e inmediatamente a la relación de explotación, que es la proporción entre el trabajo excedente, no pagado, y el trabajo necesario, pagado con el salario.
Claro está, por un lado, en el tn el trabajador aporta en forma de trabajo abstracto la cantidad de valor necesario para que el capitalista le pague su salario; además, en el circuito del capital este valor toma la forma de capital variable; y, por otro lado, el te es el tiempo de plustrabajo, que en el circuito del capital toma la forma de plusvalor. En consecuencia y por ambas razones resulta casi natural, o casi forzado, unir ambas expresiones e identificar p´= te/tn = p/v. Tanto más cuanto que, aparte de “parecer” impecable en cuanto a las magnitudes, conceptualmente es una correlación correcta. Pero las apariencias, ya se sabe, están tanto para enseñar como para engañar; y aquí nos engañan. El fallo procede, a nuestro parecer, de que se toman como iguales respectivamente las magnitudes de las variables te y p, y tn y v. Y esta identificación responde, pues sólo bajo este supuesto tienen sentido las igualdades te = p y tn = v, a que se está usando el concepto ricardiano de valor-trabajo. Sólo pensando con la teoría del valor ricardiana pueden establecerse legítimamente ambas igualdades; con la versión marxiana de la misma tal cosa no sería posible.
Efectivamente, aunque al tratar de un capital aislado son válidas las igualdades te = p, y tn = v, pues las igualdades matemáticas solo igualan cantidades, los conceptos no lo son en la perspectiva marxiana. Por eso, cuando se pasa a un escenario de mercado, donde interactúan diversos capitales, esas ecuaciones generan errores o, con más precisión, revelan su error. Si en lugar del concepto ricardiano que sirve de base a esas ecuaciones usamos el marxiano, las expresaríamos así: p´ = tes/tns = pms/v. O sea, usaríamos tiempos “excedente” y “necesario”…sociales, tiempos medios; y también usaríamos “plusvalor”…medio, plusvalor social medio.
En consecuencia, al calcular la ganancia de cada capital individual, en vez de usar g' = p/Ci, en que de nuevo se deslizaría por mediación de la p el concepto de valor-trabajo ricardiano, calcularíamos con g´= pms/Ci, notación que especifica que estamos usando explícita y conscientemente el concepto marxiano de valor-trabajo . Desde esta fórmula, desde este concepto, desaparece la base del error, pues pierde todo su sentido la distinción que hacíamos entre gp y gr, ya que en ambos casos, las dos figuras de la ganancia, antes máscaras que representaban u ocultaban esa figura solitaria del capital individual aislado que simboliza la g', resultan impresentables en la teoría; ahora han sido sustituidas ambas por una figura nueva y común, la gm, ganancia que se ha formado socialmente, por la mediación de todos los capitales. Cosa que puede observarse en el cuadro, donde es la gm la que se suma al Pc para obtener tanto el Vpm como el Pp, con lo cual ya siempre coinciden: Vpm = Pp = Pc + gm = Pc + pm.
Desde esta conceptualización, -que, insisto, es la marxiana, aunque Marx se viera afectado por la contaminación ricardiana-, decir que la ganancia, y el valor de cambio, se ha formado en el mercado, por la competencia, conforme a la ley de la tasa media de ganancia, o que se ha formado en la producción, según la ley del valor-trabajo en su versión marxiana, son dos formas de decir lo mismo. Disuelta la diferencia económica, lo único que permanece, si acaso, es la diferencia ontológica. Y una prueba que parece contundente es que, -y para ello los hemos diferenciado en sus respectivas columnas- las dos expresiones del valor de producción, la Vpr conforme al concepto ricardiano y la Vpm conforme al marxiano, expresan la misma diferencia que gp y gr; por ello el Vpr siempre será diferente al Pp y el Vpm siempre igual al mismo.
4.4. Fijémonos ahora en dos columnas nuevas y hasta ahora silenciosas, las encabezadas por las variables m y n. La m expresa la relación entre los valores de producción de los capitales, o sea, m1 = Vp1/Vp2 = 4 y m2 = Vp2/Vp1 = 1/4. Por su parte la columna de las n representa las relaciones de los precios de producción: n = Pp1/Pp2 = 5 y n2 = Pp2/Pp1 = 1/5. Puede apreciarse que la relación entre los valores de producción de los capitales particulares es distinta que la relación entre los precios de producción. ¿Podemos concluir que, por tanto, “los precios son distintos de los valores”? No exactamente. Lo que correctamente podemos concluir es lo que mismo que venimos diciendo, a saber, que conforme a las reglas del cálculo aplicadas, las de la teoría ricardiana del valor-trabajo, la relación de cambio entre las mercancías de capitales particulares en condiciones de equilibrio, que establece los precios de producción, no se corresponde con la comparación entre ellas antes de confrontarse en el mercado y valoradas conforme a la ley del valor, conforme a la relación entre las cantidades de trabajo incorporadas a las mismas, que establece los valores de producción. Esa es la única conclusión correcta, totalmente subordinada a las “reglas de cálculo”. Basta cambiar éstas para que desaparezca la diferencia. Y la mejor prueba es comparar las relaciones entre los precios de producción con los valores de producción correspondientes a la teoría marxiana, o sea, los Vpm. En este caso m1m = Vpm1/Vpm2 = 5 y m2m = Vpm2/Vpm1 = 1/5. O sea, valores exactamente iguales a las relaciones entre los Pp.
De nuevo aquí la diferencia en valor entre Vp y Pp aparece como efecto de dos valoraciones desiguales; queremos que sean idénticos, y lógicamente debieran serlo, pero los calculamos de manera diferente, y así se cuelan falsas diferencias. En un caso el valor de producción responde al concepto representado por Vpr, y se obtiene sumando al Pc la g´ calculada en abstracto, en el escenario de un capital solipsista, y que hemos llamado gp; que aquí vemos que refleja claramente que es otro nombre del plusvalor, del tiempo de plustrabajo pensado en clave ricardiana; y el otro, el Pp, se obtiene de la suma del Pc y la gr; y aunque esta ganancia real parece una creación de la competencia y del mercado, aquí se nos revela como la magnitud real del plusvalor, del tiempo de plustrabajo pensado en claves marxianas, como simple media aritmética de los tiempos sociales de producción.
Por tanto, no sólo no parece haber ruptura con la teoría del valor en esta “aparente” redistribución del plusvalor, en tanto que, en el fondo, éste sigue estando ahí y la ley del intercambio por su valor es la que está determinando esa redistribución concreta, exigiendo que realmente las mercancías se calculen por su valor social de producción, conforme al tiempo social medio de su producción. La ley del valor está ahí, está operativa y está garantizando la objetividad del proceso y la racionalidad de los resultados.
Tanto es así que si ahora añadimos a los capitales anteriores un tercero, cuya peculiaridad sea que su q particular coincida con la q del Cg, es decir, en nuestro ejemplo q = 3, nos daría [Siendo m = Vp1/Vp2 y n = Pp1/Pp2)].
| c | v | p’% | p | g’% | gp | gr | q | Pc | Vpr | Vpm | Pp | m | n | Λ | |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| C1 | 8 | 2 | 100 | 2 | 20 | 2 | 2,5 | 4 | 10 | 12 | 12,5 | 12,5 | 4 | 5 | +0.5 |
| C2 | 1 | 1 | 100 | 1 | 50 | 1 | 0,5 | 1 | 2 | 3 | 2,5 | 2,5 | 1/4 | 1/5 | -0,5 |
| C3 | 6 | 2 | 100 | 2 | 25 | 5 | 5 | 3 | 20 | 25 | 25 | 25 | - | - | 0 |
| Cg | 15 | 5 | 100 | 3 | 25 | 5 | 5 | 3 | 20 | 25 | 25 | 25 | - | - | 0 |
Podemos observar, en primer lugar, que ni el mercado, ni la competencia, han afectado para nada a este capital. Podríamos decir que, aunque interviene al cien por cien en el cambio, se lleva lo suyo, el valor que produjo; y aunque afecta a los datos globales, y a las variables del Cg, que para su cálculo han de tenerlo en cuenta como uno más en la partida, este C3 parece “neutral”, no altera el orden, no afecta a las tasas de ganancia, no interviene en el reparto solidario. Es decir, ni afecta a la estructura del conjunto ni se ve afectado por éste. En su caso, como mantiene la identidad de su p´ y su q con las del Cg, no interviene en el reparto; y su Vpr = Vpm = Pp. El motivo de esta neutralidad no es otro que la peculiaridad de este capital de haber empleado en la producción un tiempo igual al tiempo social medio, como reflejan y garantizan su p´ y su q. Y en ese caso Ricardo y Marx coinciden al cien por cien.
No le afecta la competencia, no está sometido a ninguna determinación externa a la producción, pero no porque esté exento de la ley de la tasa media de ganancia; nadie se escapa a ella en el mercado. Queda impune porque su gp y su gr coinciden, porque hizo bien los deberes, porque produjo valor en la producción (que es donde se produce) con el ritmo y la potencia media que le exigía el mercado, el tiempo histórico.
Por otro lado, y también es relevante, si a C3 no le afecta el paso por el mercado, él a su vez no afecta a los otros capitales y sus flujos; dialoga con los otros, los interpela, los reta, los afronta, pero no incide en sus cambios; ni quita ni pone rey. Goza de los privilegios virtuosos del “aurea mediocritas”. Si miramos el último cuadro notaremos que, efectivamente, C1 y C2 obtienen los mismos efectos y cambios que en el anterior, cuando estaban solos los dos: no han variado ninguna de sus variables, ni sus Vp, sus Pp, sus gp, sus gr, sus g´, sus g´m ... Ellos intercambian en más o en menos, valor o ganancias, como si no estuviera presente C3. Lo cual refuerza nuestra tesis de que más que “redistribuir” el plusvalor lo que ocurre es que hay un “recálculo” del mismo. Y ese recálculo, cual si fuera un reconocimiento social del valor, no quita ni pone nada, sino que da a cada uno lo suyo conforme a su participación en un proceso productivo que, aunque lo imaginaran individual, en el fondo era colectivo, social. ¿No es esa la forma de fetichismo que constantemente denunciaba Marx, que llevaba a pensarse libres y autónomos a unos sujetos cada vez más socializados por la división del trabajo? ¿Y no era esa socialización el referente histórico objetivo en que depositar la esperanza, si no la certeza, de la vía al socialismo?
5. Del origen del olvido al origen de la rectificación.
Quisiéramos ahora, y con ello cerrar este ensayo, reconstruir el origen de este problema de la transformación, que nos ha absorbido durante todo este tiempo; quisiera que nos hiciéramos ahora una pregunta por el origen, mejor, por el otro origen. No por ese origen que hemos identificado como el olvido por Marx de su propia corrección a Ricardo, que si nuestra reflexión ha sido correcta ha originado todo este largo debate, tal vez estéril para la ciencia económica, pero fecundo para la filosofía, acostumbrada a tierras áridas e improductivas. Preguntémonos por el otro origen, por el origen de esa rectificación. O sea, no por el origen del olvido marxiano sino por el origen de aquello que parece que olvidó, y no descarto que sea mera apariencia de olvido.
Tal vez parezca mera especulación, pero creo que puede ayudarnos a comprender algunos flecos de la cuestión que venimos planteando. Preguntémonos, pues, cómo se le ocurrió, de donde surgió su necesidad de corregir la teoría ricardiana; igual la respuesta nos ayuda incluso a comprender por qué se olvidó de ser coherente con su corrección al maestro Ricardo.
A Marx le gustaba ver los hechos, detenerse en los fenómenos; no porque cultivara el positivismo, ni mucho menos; sus raíces hegelianas le empujaban a bucear en el interior de las cosas, reconocía que era allí donde se decidía su ser; pero también estaba convencido de que en el conocimiento científico no hay ser si no aparece, si no se mueve, si no se toca, si no da señales de vida. Por tanto, había que esperar la aparición en los fenómenos. ¿Conocéis algún dios que, de una u otra forma, en persona o por representación, no se haya visto obligado a aparecer en este mundo? Su presunta omnipotencia les permitía ahorrárselo, pero ninguno, absolutamente ninguno, prescindió de hacerlo. Tal vez porque hasta los dioses, para ser, han de cumplir con los buenos modales del ser, entre los cuales está el aparecer, el hacerse presente.
Bueno, volvamos a lo nuestro. Decía que a Marx le gustaba buscar las manifestaciones del ser en el mundo empírico; y el capital no era una excepción, travestido o enmascarado, en ésta o en aquella figura, había de aparecer. Por ejemplo, como estudioso de la economía capitalista, observaba el mercado, el lugar privilegiado de las apariencias y las apariciones del capital. Y veía que allí, cosa obvia, las cosas no se intercambiaban por lo social y habitualmente considerado su verdadero valor, su valor de uso; pero tampoco las mercancías se intercambiaban conforme a lo que la ciencia económica consideraba su valor, el tiempo empleado en producirlas, criterio razonable y justo para el sentido común, que entendía que el esfuerzo y los sacrificios en su producción son una buena base objetiva de intercambio. No, en realidad el precio de venta dependía de factores subjetivos y contingentes diversos; no sólo porque en el consumo las cosas realmente valiosas eran menospreciadas frente a fetiches intranscendentes, sino porque en el mercado las mismas cosas un día valían más y otro menos. Marx, amante de los conceptos pero respetuoso con los fenómenos, no podía conformarse con la falta de evidencia.
Pero estos hechos también los veían los economistas de las diversas escuelas, muchos de ellos satisfechos porque así probaban su verdad, a saber, que el mundo del mercado no responde a ninguna objetividad, que todo se decide desde la subjetividad y sus juguetonas veleidades. Y, apuntando más al fondo, reforzaban su idea al considerar el mundo, al menos el mundo humano, constituido y producido por los hombres, como es el caso del mundo económico, como obra y gracia del sujeto. El capitalismo, lo sabemos, necesita protegerse con la sacralización de la subjetividad, elevando al hombre a sujeto universal, moral o político, ontológico o epistemológico; como se ha dicho hasta la saciedad, el capitalismo lleva en su sangre el desencantamiento del mundo y el encantamiento o divinización del sujeto. Por tanto, una ciencia basada en la subjetividad, aunque hubiera de sustituir la teoría por la estadística, tenía buenas cartas para jugar su partida.
Obviamente, esta posición subjetivista en la economía tenía serios efectos en una ciencia que apenas acababa de nacer; una ciencia que, además de nueva, jugaba con un concepto de verdad fuerte, material, y aspiraba como todas en aquellos tiempos a representar y describir la realidad. Aquel capitalismo aún no había universalizado y absolutizado su deriva subjetivista, aún sentía y sufría los límites de lo real objetivo, aún pesaba en su consciencia la idea del saber como poder en los huecos de las leyes naturales a respetar. Eran tiempos muy lejanos a nuestro tiempo, en que consideramos un triunfo de la humanidad poner en el puesto de mando la subjetividad de los individuos, en coherencia con nuestro poder para controlar las ya desacralizadas “leyes naturales” (¡y qué decir de las divinas, inmoladas en la historia!).
Ricardo y toda la escuela del valor-trabajo significaban, en aquel paisaje, una razonable y seria opción por la objetividad. Y creyeron encontrarla en nuestra conocida amiga, la teoría del valor-trabajo. Por debajo de las apariencias buscaron y encontraron las relaciones constantes, por debajo de los fenómenos buscaron y encontraron una realidad con esencia que permitía instituir una ciencia. Por muy “metafísico” que fuera el valor, convertido en tiempo de trabajo ganaba empiricidad y consistencia frente al juego de las preferencias de las voluntades emancipadas. Por otro lado, pues seguían observando el mercado, esa dosis de objetividad estaba en consonancia con la resistencia del mercado a la subjetividad, como se observaba en la tenacidad y persistencia de la ley de la tasa media de ganancia, que desafiada la indeterminación e imponía un orden aparentemente inexorable. Los efectos de la g´m se dejaban sentir en las cuentas de resultado, se apreciaban empíricamente, bastaba abstraer del mercado los elementos contingentes para descubrir que la ley describía los hechos, se ajustaba a ellos. Lo cual no quiere decir que no surgieran problemas, retos a la potencia teórica de aquellos científicos sociales; y Marx, que iba rápido en el dominio de aquel léxico, entró pronto en sus entrañas.
Uno de los problemas, de los muchos problemas, pero que es relevante para nuestro empeño, era el siguiente: ¿podía pensarse la ganancia media como simple efecto de la competencia en condiciones ideales, es decir, de equilibrio? Esa competencia, nos dice Marx, puede explicar que se configure un horizonte de ganancia media; es lo que mostraba la experiencia, los fenómenos, y había que asumirlo; pero la competencia no sirve para justificar el skyline, el nivel de esa ganancia; las preferencias subjetivas no pueden justificar que la ganancia media sea un 15% o un 150%. La experiencia permite ver la constitución de la tendencia a una ganancia media en situación de equilibrio; pero la experiencia no permite contestar a la cuestión que plantea el pensamiento. Subrayo este aspecto: es el planteamiento el que plantea la cuestión que la experiencia no puede responder, a saber. Y esa cuestión es ni más ni menos que la pregunta por la razón de que el horizonte de equilibrio sea uno u otro, que la ganancia media sea una u otra. El skyline no obedece a la subjetividad, no responde a la imaginación o al deseo, sino a determinaciones físicas exteriores al sujeto, determinaciones que lo constituyen en todo caso como sujeto sujetado, limitado. En consecuencia, no es cuestión de experiencia, y mientras no se establezca y fije con razones la ciencia económica no habrá encontrado su objetividad, ni su objeto.
Que en la fijación de la g´m haya un límite, y que éste pueda calcularse en base a relaciones entre las variables que intervienen en el proceso, obliga a pensarlo como algo que va en la cosa, en la carga de la mercancía; de nuevo es la necesidad del concepto lo que aparece ante nosotros. El ser aparece en el fenómeno, en la experiencia, sin duda; esa aparición es una condición de su modo de ser. Pero para poder aparecer ha de encontrar los conceptos en los que dejarse ver, en los que dejarse pensar. Por eso la ciencia ha de ser, más que recolección de hechos, productora de conceptos. Así lo entendió pronto Marx.
Entonces, si es así, llegamos a comprender la reformulación marxiana del problema: al decir que las mercancías se intercambian por su valor no se está estableciendo esa carga de valor como una magnitud fijada conforme a un canon grosero, el cronómetro, sino conforme a un patrón mucho más sofisticado, casi inverificable empíricamente, que sólo aparece al final: el valor de cambio. La carga de valor de una mercancía se mide por el valor de cambio que revela en el mercado. Sí, lo sé, parece contradictorio con buena parte de los supuestos que hemos venido manteniendo, especialmente con nuestra insistencia en que el valor se crea en la producción, no en el mercado. Parece contradictorio, pero no lo es desde la ontología marxiana. No afirmamos que el valor de cambio crea el valor; afirmamos que el valor se revela o manifiesta a través del valor de cambio. A semejanza del reloj, que no crea el tiempo, sino que es éste el que se deja sentir y medir por su mediación.
La sorpresa surge cuando el valor que revela y mide el valor de cambio no coincide con el valor de producción ricardiano, el Vpr, medido con el tiempo de producción empírico gastado, sino con el valor de producción marxiano, Vpm, medido con el tiempo de producción socializado, que da cuenta de la socialización de la producción capitalista, mediada por la ganancia media. Esta es la base de la rectificación marxiana de la teoría de Ricardo; rectificación que en modo alguno cuestionaba el fondo de la teoría del valor, pero la pulía, le daba mayor profundidad teórica y, por tanto, mayor potencia explicativa de los hechos.
Si lo miramos con distancia aséptica encontramos que, ante esta anomalía de la teoría, cuya igualdad entre p = g no parece cumplirse, cualquier actitud científica opta por revisar la teoría, revisar sus fórmulas. Aunque estemos especulando, como digo, es verosímil pensar que Marx sospechara: ¿y si no es verdad que el valor que las mercancías material y formalmente idénticas (en valor de uso) cargan sea igual al tiempo empleado en producirlas? Al fin, sea cual sea éste, en el mercado aparecen con igual valor, no pueden exhibir su genealogía como mérito o título para reconocimiento de su diferencia cuantitativa, han de ser iguales. Por tanto, ¿por qué no pensar que su valor, el que realmente cargan, no es su tiempo propio de producción sino la media del tiempo social empleado? Y si fuera así, diría Marx, Ricardo no tenía razón; había de corregirse su concepto.
Ahora bien, si el valor en el nuevo concepto marxiano es valor social medio, es decir, la media del valor de esa mercancía en los diversos capitales que compiten, su valor no es p, esa variable abstracta que refiere a capitales individuales, sino pm, una variable concreta que expresa su carácter social. Y fijémonos que de este modo sí que se cumple siempre, en cualquier situación, para uno o para muchos capitales, la igualdad pm = gm. Y así siempre se identificarán Vp y Pp, que como hemos visto resultaban de sumar al Pc, común a ambos, el plusvalor medio y la ganancia media. Y el problema se ha disuelto.
O sea, creo que la corrección marxiana a Ricardo pudo nacer de esta necesidad de ajustar el precio y el valor de la mercancía. Si no, ¿para qué? Podríamos pensar que pudiera deberse a la exigencia de coherencia de Marx al ver la dimensión social en todas las determinaciones y relaciones; y ciertamente esta presión ontológica se nota en su discurso. Pero en este caso particular también estaría, según nuestra interpretación, esa otra necesidad de adaptar la teoría a la realidad. Sobre todo, cuando la realidad, la formación del valor de cambio, se mostraba como una relación social, la lucha en el mercado, mientras que el valor como carga propia de la mercancía implicaba pensar la producción de ésta en abstracto, aislada de la realidad social.
En definitiva, la corrección de Marx a Ricardo venía dada por exigencias de la coherencia de su ontología, poniendo el mercado como el momento en que se hace visible el valor creado anteriormente y en otro lugar. Esto puede ser pensado desde una ontología como la marxiana, pero no desde la ricardiana. Lo paradójico es que Marx lo olvidara, o nos dejara creer que lo olvidara, y cayera en el olvido de sí mismo. Claro, esto es una manera retórica de decirlo, que espero ayude a comprender el pseudo-problema de la transformación.
En fin, para cerrar de momento la reflexión, he de confesar que siento cierta inquietud de que toda nuestra reflexión obedezca a algún error en ella que no acierto a ver; pues no deja de ser insólito -a no ser que nos confesáramos heideggerianos- que un debate tan intenso y extendido sea sólo eso, una confusión u “olvido” ontológico. Ahora bien, mientras ese error se nos revela, y se nos trunca la ilusión, lo admitimos sin voluntad de defenderlo sino con sana actitud popperiana falsacionista, que os invito a practicar. Era de las pocas enseñanzas envidiables que nos dejó este empedernido liberal conservador. Una enseñanza con sabor marxiano, basta degustarla con la siguiente pregunta: condenadas a ser falsadas, ¿son mientras tanto las teorías verdaderas o falsas? Popper, ya vemos, sabía también dinamitar las esencias.
