INTRODUCCIÓN
La “Introducción” en los libros, con más fuerza cuanto más científicos, suele responder a pretensiones pedagógicas, al preceptivo y noble hábito académico de culto a la didáctica, en definitiva, a la voluntad de enseñar, que incluye siempre cierta desconfianza respecto a la lectura libre y pretende ayudar, guiar, dirigir, y a veces incluso imponer o dominar. Como esto no es historia, sino simple glosa, me siento liberado de ese reconocido hábito académico; no diré cómo está estructurado el texto, su orden de razones, su método, qué se ha de esperar del mismo…, ni nada de eso. No tiene mucho sentido codificar, sistematizar y hermeneutizar una glosa.
Esto no es un libro de historia, hecho con la metodología de esta ciencia; es glosa, que aquí toma la forma de comentario, paráfrasis, evocación, ambientación emocional. Glosa como género literario que aquí tiene como objetivo secreto aportar densidad y sentimiento a la historia, cargar de rabia, de ira, de miedo, de añoranza las palabras que cuentan la historia para hacerla nuestra, elevar el pasado a consciencia y voluntad y convertirlo en subjetividad. Aquí la glosa está al servicio de la historia, pero no para enriquecer sus conocimientos ni aumentar su verdad, sino sólo para aportarle trama emocional, carga emotiva. Sí, cada género literario cumple una función en la comunicación; cada uno cumple mejor que los otros una función, la suya, la que le es propia, su razón de ser. La glosa cumple la suya, o debería cumplirla, es lo que de ella se espera, que aporte emoción, color, tono, efectos especiales directamente enfocados a la sensibilidad que subyace al concepto, al alma que vibra bajo el espíritu. Debería aportar a la verdad carga “erótica”, en su sentido etimológico originario, platónico, de fuerza que arrastra, pasión, coraje; y hacerlo sin restarle potencia cognitiva, veracidad, sino al contrario, subordinada a su servicio, volviéndola productiva, creadora, poiética. En este marco de significados mi glosa aparece irónica y triste, sin duda; pero también tiene otras músicas, otras ondas, otras vibraciones que el lector sabrá captar a su medida.
En tanto auxiliar de la historia (ancilla historiae), gira en torno a su alma, a su carga de sentimientos y emociones; pero sin olvidar su servicio al espíritu, su compromiso con el conocimiento, pues en la glosa también late la voluntad de saber. Voluntad de saber que al fin es manifestación de la voluntad de ser, substancia de la especie humana y tal vez de toda especie viva. La misma que me ha llevado a la lectura de los legajos, buscando en ellos de forma genérica información biográfica sobre mi abuelo, y de modo muy particular el desciframiento de algunos enigmas en torno a su muerte; no sobre el modo o razón de la misma, pues hubo siempre acuerdo universal que fue asesinado por los falangistas, sino sobre las circunstancias, sobre la confusión en torno al lugar y la fecha, respecto a cuyos temas los historiadores actuales mantienen algunas diferencias.
En consecuencia, me limitaré en esta introducción a hacer unas reflexiones contextualizadoras sobre las circunstancias que me llevaron a bucear en este mundo de los expedientes judiciales de la represión franquista, por si pudieran servir de algo. Reflexiones bastante íntimas y por encima de todo sinceras, muy subjetivas, que refieren a los motivos sentimentales que me llevaron a escribir este texto y las razones por las que elegí la glosa como el modo de expresión adecuado para la lectura de los sumarios, para recorrer el particular paisaje de los legajos. Unos objetos, dicho sea sobre la marcha, que considero formal y materialmente libros, sin duda peculiares, pero con todos los elementos del género narrativo. Sí, los trato como libros, pues los legajos son relatos, cuentan historias, a su manera, pero lo hacen. Lo sé y lo comparto, un subgénero particularmente feo y sospechoso en el mundo de las letras, habitualmente segregado de la literatura, y no obstante libros por su forma y su materia: sucesiones de folios escritos, combinaciones de letras que cuentan cosas, narraciones de trozos de la historia…, y que de modo privilegiado nos revelan el alma de sus autores reales e intelectuales, del escribiente al autor y al editor. Un género narrativo considerado marginal o subliterario, pero que, a mi entender, y a juzgar por los sumarios que aquí he utilizado, son verdaderos yacimientos de restos de naufragios de la historia; verdaderas fuentes y paisajes literarios a visitar para acercarnos a las creaciones más sombrías del alma humana.
Todas estas reflexiones tienen un objetivo único e inclusivo, que aporta el sentido a la totalidad: rescatar la historia de su mal intrínseco -su maldición ontológica-, de su tendencia inexorable a caer en el olvido. Sí, la historia se debate en la dialéctica trágica entre sus dos determinaciones necesarias e irrenunciables, la de crear lo nuevo y conservar lo viejo; entre diluirse mirando al futuro y permanecer disecada, cosificada, convertida en anacrónica estatua del pasado. Nietzsche lo decía con profundidad al poner al ser humano en la siguiente alternativa: hacer la historia (sin el lastre del pasado, diluyendo la identidad, entregándose al devenir) o conservar el ser (encadenarse al pasado, densificar la identidad, sumirse en la ficción de eternidad). Sabemos su preferencia, que al fin triunfaría en nuestras sociedades capitalistas; sabemos la seducción de su máxima: “hacer la historia para que otros no la hagan por ti”. Pero las soluciones románticas a las contradicciones trágicas suelen ser bellas, pero no posibles. Tal vez lo que está al alcance del hombre -en su condición de “proyecto inútil” que decía Sartre- sea el articular ambas salidas, viajar entre ellas, soportar su desgarro; tal vez lo humano de nuestro destino resida en ese trabajo de Sísifo de eterna lucha contra lo imposible.
Estoy convencido de que la historia es devenir, cambio constante, y que ello implica inexorablemente el creciente olvido de los muertos; pero también creo que se puede seguir el viaje mirando hacia atrás, sabiendo que tienes camino recorrido a tus espaldas que se conserva mientras lo mires y sientas la necesidad de llevarlo contigo; y, en definitiva, creo que esa autoconsciencia define un peculiar modo de ser, a mi entender el específicamente humano, la diferencia humana, que nos ata a la historia de tal modo que la emancipación, romper la cuerda y dejarse ir, es entregarse, caer y disolverse en el vacío. En esa perspectiva interpreto estas glosas como una forma de lucha contra el olvido del pasado, instrumento que mantiene nuestra ilusión de ser, de autodeterminarnos frente a la fuerza invencible que rige la pérdida del sentido
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Luchamos contra el olvido, contra la historia devenida silencio; es nuestro sino. La historia narra el pasado de nuestra gente, nuestros pueblos, nuestras instituciones; cuenta nuestras hazañas, nuestros progresos, nuestros sufrimientos, nuestros crímenes, nuestras glorias y nuestras miserias; cuenta nuestras actuaciones en el mundo, unas más dignas que otras. Hay muchas formas de narrar el pasado, muchos géneros literarios se disputan esa función. De la ficción a la arqueología, de las épicas y las églogas a nuestra historia científica, con voluntad de rigor y respeto al método, hay mil modos de acercarnos al pasado, de aspirar a su construcción, reconstrucción o deconstrucción. Tal vez en conjunto responden a una necesidad del ser humano, a una determinación de nuestra consciencia -con más precisión, de nuestra “autoconsciencia”- que nos exige arrastrar nuestro pasado, llevarlo puesto como seres nómadas; cargarlo a cuestas o arrastrarlo como las manadas de las distintas especies animales arrastran a sus crías, cada una a su modo. Tal vez todas esas formas colaboran a su manera en la construcción de la historia -de las personas, las familias, las naciones, los pueblos, los continentes, las especies, el género humano-, ese espejo de feria multicolor en el que podamos vernos, sentirnos, reconocernos y -en la medida en que somos humanos- juzgarnos. Seguramente todas las especies vivas tienen su memoria -¿no es la vida mero recuerdo?-, pero la nuestra es poderosa, constituyente, pues una vida vacía de historia es… eso, vacío, ciega inmediatez, nuda existencia en la superficie del ser de las cosas.
El objetivo que aquí me ocupa tiene que ver con esa necesidad o modo humano de ser. Trato de recuperar -o de colaborar en la recuperación- una breve y densa página de nuestro pasado. Sí, de “recuperar”, de cargar en la autoconsciencia, de mantener esa página de la historia como elemento de nuestro modo de ser, de nuestra posición del mundo. Un momento concreto, delimitado, de dolor y muerte, de venganza y luto. Su tiempo cronológico es el que sigue a las elecciones de la República de febrero de 1936; su espacio topográfico queda circunscrito a la provincia de Cáceres; su contenido refiere a algunos hechos seleccionados que marcaron de modo real y simbólico los cuerpos (modos de vida), las almas (modos del sentimiento) y las consciencias (formas del pensamiento) de ya al menos tres generaciones de nuestro pueblo. Lo decía antes, la historia arrastra y mantiene activo el pasado; leer estos legajos ayuda a ver mejor lo que ahora somos, a conocer lo que nos ha hecho ser así, con nuestros odios y rencores, con nuestro orgullo y nuestros valores, con los agujeros e indigencias aferrados a nuestra identidad.
La tradición oral y los historiadores ya se han encargado de narrar esa historia con la potente carga emocional que desprende la verdad, y sobre todo con la consistencia de la racionalidad, lograda con el valioso tesón del método; pero nunca es suficiente, siempre hemos de recargar y engrasar la memoria con nuevos hechos, renovarla con nuevas relecturas de los mismos, con nuevas perspectivas, nueva sensibilidad, nuevas esperanzas. Sólo así conseguiremos que sigan formando parte de nosotros, que se hagan y dejen sentir en nuestros posicionamientos éticos y políticos, que formen parte de nuestros ideales, de nuestra autoconsciencia, en fin, como ya he dicho, de lo que realmente somos. Sólo así conseguiremos que las muertes de quienes dieron su vida en defensa de la justicia, la decencia y el progreso de nuestra sociedad no fueran del todo en vano. Porque eran los “nuestros”, sí, pero por suerte en este caso, porque eran como nosotros queremos ser, poque murieron por lo que consideramos decente luchar.
Como advierto en el subtítulo, lo que aquí me propongo aportar es una mirada irónica y triste de aquella barbarie, que cubra sin ahogarlas la ira y la rabia que sigue brotando de ella, con la particularidad técnica o metodológica de que intento construirla a partir de la lectura rigurosa, página a página, de unos legajos, ese patito feo de la literatura, apenas reconocido en su seno, pero que es letra, es palabra, es huella de la consciencia y la acción del hombre, es rastro de su subjetividad y su acción.
Tomar los legajos como objeto no es nada innovador. De hecho, la historia no cierra los ojos, no puede hacerlo, ante esta fuente documental; al contrario, investiga este campo, y cada vez más y con mayor rigor. Al fin, los legajos son como restos arqueológicos que constituyen la parte ósea de los “expedientes” que, siendo crónicas de un presente, para nosotros son narraciones biográficas del pasado, de la vida humana en sociedad, aunque en este caso se trate de su lado oscuro, de la barbarie que con tanta frecuencia deja ver. En este caso se trata de crónicas trágicas, de un tipo o modelo de expediente usado como vil instrumento de limpieza ideológica y política que el ejército de los generales sublevados contra la República incoaba a sus enemigos.
Como no podía ser de otra manera, los legajos son yacimientos de huellas ampliamente usados por el historiador. Cierto, no son las únicas marcas -y tal vez tampoco las mejores- para reconstruir aquel trozo de historia, no pretendo decirlo; pero son sin duda huellas fósiles que debemos leer, descifrar, interpretar e incorporar a la reconstrucción histórica, a la construcción de nuestra memoria, que es una forma de decir “a la construcción de nuestra identidad”. Sí, a la construcción de lo que realmente somos, aunque no siempre nos gustemos en la imagen, aunque a veces prefiramos una imagen encantada de paz y reconciliación, aunque nos tiente esa tendencia a envolver nuestro pasado en sahumerios de incienso, romero o sándalo.
La lectura de los legajos se articula en torno a la voluntad consciente de reincorporar la historia a nuestra existencia, de mantenerla viva y activa; y no por sacralización de la misma, en un acto de inmolación ritual, sino como la única manera humana de estar vivos, caracterizada por la autoconsciencia, es decir, por la consciencia de quienes somos, que logramos sólo al saber de dónde venimos y, en lo posible, hacia dónde vamos. Y en esta perspectiva me ha parecido la glosa el género de expresión literaria más apto, más apropiado para cargar la historia en nuestra autoconsciencia, no sólo como saber -la historia ya la conocemos- sino como sentimiento y voluntad, como emotividad.
Dicho lo cual he de añadir enseguida que no he renunciado en modo alguno al conocimiento, que he buscado en los juzgados información sobre la vida de mi abuelo, en definitiva, que he perseguido y persigo la verdad. Y lo hago con consciencia de que buscar la verdad histórica por mediación de los legajos es una opción poco o nada innovadora. En realidad, y con las limitaciones puestas por mi inexperiencia, no hago otra cosa que seguir la idea de los historiadores, que han entendido que en los legajos judiciales de esa época se encuentra una buena fuente de nuestra historia.
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El origen de esta reflexión se extiende y pierde en el trayecto de mi vida y de mi familia y de mi ámbito social. Algunas heridas de la historia nos acompañan siempre. Por tanto, aunque de modo indefinido, seguramente siempre sentí -no siempre de modo consciente- el conatus de conocer algo más sobre la muerte de mi abuelo, una muerte nada trivial, aunque lamentablemente no insólita en aquellos tiempos, pues al fin se trataba de un asesinato más a mano de los fascistas. El origen de esta glosa, por tanto, extiende sus raíces por ese trozo de historia. Incluso si me limitara a establecer el eslabón cercano, la causa u origen próximo, habría de reconocer que la voluntad de actuación apareció o tuvo lugar al socaire del movimiento social en torno a la memoria histórica, y particularmente, por ponerle fecha, con la ley de Memoria Histórica de 31 de octubre de 2007, que acentuó la necesidad subjetiva de reconocimiento y reparación de la dignidad de tantos y tantos asesinados y dañados por la rebelión militar y el fascismo, al tiempo que se facilitaba el acceso a información judicial básica, hasta entonces sellada a cal y canto. Como en tantas otras familias, en la nuestra preparamos la documentación requerida, elaboramos la “memoria” exigida y presentamos los papeles para reivindicar el honor y respeto a nuestros muertos. Hoy podemos contemplar orgullosos, colgando en las paredes de la casa de Rafael Bermudo Ardura, un documento firmado el 21 de agosto de 2009 por el Ministro de Justicia del Gobierno de España, Sr, Francisco Caamaño, que dice;
No es mucho, pero es un signo de reparación; y en estas cosas de justicia y dignidad, los gestos son casi todo. Aunque muchos con infinita razón sigan clamando a los asesinos la petición de perdón, por mi parte me basta con el reconocimiento de la gente decente y de las instituciones nobles. Sí, ha sido un gesto noble y de gran belleza moral. La dignidad secuestrada sólo puede restaurarla la democracia, que con esta ley ha abierto el camino para que al fin podamos sentirnos algo más dentro en esa vieja y sufrida nación que sigue bajo un Estado-Monarquía cuya mera existencia simboliza la escisión, la exclusión, la eterna negación de la forma política republicana -aunque ahora se haga en formas y maneras democráticas. Escisión y exclusión reproducida a lo largo de la historia y que se manifiesta también en los expedientes que aquí nos ocupan, donde se expresan de forma cruel y generalizada.
En ese proceso de “reparación y reconocimiento personal”, al recoger la información que mostrara la condición de mi abuelo, víctima del levantamiento militar fascista, me di cuenta de que sabía pocas cosas de su vida; y que las que sabía eran casi todas en torno a su muerte, de las circunstancias y autores de su asesinato. Conocía las macabras peripecias para encontrar y enterrar su cuerpo, relatos reales, incansablemente reafirmados, que retaban la ficción. Pero de su vida poco, muy poco, a pesar de que pasé con mi abuela la infancia y buena parte de mi juventud. El silencio cubría esos aspectos existenciales; el silencio y el miedo fueron el paisaje en que tuvimos que ahogar los sentimientos, impregnaron nuestra educación, caparon nuestra espontaneidad. La familia apenas hablaba del abuelo asesinado; el silencio y el miedo expresaban el acatamiento de la prohibición de acogerlo y darle asilo en el hogar, como deportado.
Lo poco, y en voz baja y oteando las puertas, que se hablaba clandestinamente de aquellos muertos versaba sobre las circunstancias trágicas y las sinrazones de aquella barbarie, tan espantosa y exhaustiva que ocultaba sus vidas. El miedo instalado en las entrañas de las víctimas, y en general de los vencidos -cada uno con sus heridas-, había impuesto un silencio salvaje, depredador de la memoria y de la identidad. Sólo algunas grietas de la represión permitieron que, en los márgenes, en la oscuridad, en la clandestinidad, se mantuviera fragmentado el recuerdo, se conservaran y reprodujeran los secretos repitiéndose sus relatos continuamente en voz baja y con silenciosos gestos.
Como digo, al poner en marcha la documentación me di cuenta de lo poco que sabía de la vida de mi abuelo. Al redactar la memoria exigida por la ley constaté sin engaños mi ignorancia y sentí bastante vergüenza; sentí la pulsión de saber más cosas y más consistentes de mi abuelo y me propuse -tal vez demasiado tarde- corregir lo corregible. Conservaba intactos en la memoria -estas cosas son las últimas en ser olvidadas- los relatos y valoraciones de la familia, en especial los de mi abuela, pero también los de mis padres y tíos, y de los amigos, vecinos y paisanos del pueblo en general, cargados de información y sentimientos que generaron y guardaron a lo largo del tiempo, como un extenso secreto compartido, como un poderoso vínculo de comunidad. Pude constatar -así al menos lo interpreté- que sus narraciones y juicios no estaban dirigidos a conservar la imagen del familiar, vecino o amigo, a recordar su vida como se recordaba la de los muertos, sino que en este caso -y el de algunos otros del pueblo que compartieron ideas, luchas y destino- la memoria funcionaba sólo para que no se olvidara su muerte. La losa de silencio que impuso la dictadura sobre la voz y sobre las almas lograba asfixiar en la memoria las imágenes de las vidas de los muertos; por suerte las consciencias heridas lograron mantener viva sus muertes, ayudadas por el odio, ese odio que juega su papel no siempre reconocido en la resistencia y por tanto en la sobrevivencia, ese odio sin perdón a sus asesinos. Comprendí que si ya era muy tarde para recopilar restos de su biografía -ya escaseaban los testigos de platea, ya los recuerdos estaban sepultados por un par de generaciones-, aún estaba a tiempo de reconstruir enriquecido el paisaje social de su muerte.
Y me aferré a esta idea: en casos como éste, comprender con densidad la sinrazón de la muerte es tan válido como recuperar bellas y apacibles páginas de la vida. Solemos pensar que lo mejor que podemos hacer por los muertos es recordarlos; tal vez sea lo más piadoso. Pero yo creo también que, a los asesinados, a quienes unos miserables les robaron la existencia, les debemos el esfuerzo para conseguir que su muerte no haya sido en vano. Y en ese deber, bajo ese imperativo moral, formulado en abstracto, caben muchas cosas, muchos comportamientos, actitudes, posiciones, que cada uno sabrá concretar y añadir.
En ese momento de preparación de la documentación sobre la reparación moral está el origen de esta reflexión. La tarea no fue fácil. Algún funcionario nos exigía cosas tan peregrinas como certificados o declaraciones juradas de testigos de su asesinato por los falangistas; sí, debíamos encontrar testigos de hechos ocurridos hacía setenta años, y testigos de un asesinato, cosa nada fácil, pues los asesinatos solían hacerse sin testigos, aparte de los autores y sus cómplices; y, para más inri, encontrar testigos cuando la gente de su tiempo en su mayor parte descansaba en paz, fuera en el camposanto o ilocalizada en alguna cuneta. Gracias a otros funcionarios, más comprensivos, o más de izquierdas, o con ambas cualidades a la vez, pudimos superar los obstáculos añadidos por el fanatismo fascistoide nada residual en el funcionariado de entonces.
Como he insinuado, la prensa de aquella época guardaba un silencio sepulcral, silenciando cualquier información no sólo de las circunstancias sino sobre el hecho de su muerte; no había manera de encontrar la noticia escrita de la misma, ni en la prensa local ni en las actas de las instituciones donde trabajó en sus últimos años, el Ayuntamiento de Trujillo, la Diputación de Cáceres, el Congreso de los Diputados. Silencio absoluto. Ni un acta ni una carta que lo mencionara. Aquello parecía el jerem de la comunidad judía contra Spinoza. La única información oficial pública sobre la fecha de su muerte, del Juzgado Municipal de Cáceres, recogida en general por investigadores e instituciones ya en tiempos recientes, cuando se abrió el acceso a los archivos, resulta que era formalmente enigmática y manifiestamente falsa, y tal vez por ello se había mantenido guardada en silencio desde su origen. Incluso meses después, puestos en marcha los expedientes contra Rafael Bermudo, en los diversos juzgados de la ciudad se “ignoraba” ese asesinato y se dictaban providencias para buscar al encausado.
Sí, los datos del Registro eran enigmáticos y falsos, pues constaba su muerte el día 12 de agosto en el rio Guadiloba cuando era vox populi bien conservada en el silencio y el miedo que fue asesinado la madrugada del 20 de julio en Torrejón el Rubio. Pero, aun siendo información falsa, no deja de sorprender el silencio en que fue sumergida durante décadas; y la capacidad de contaminación del relato que mostraría cuando, tras la caída de la dictadura, la apertura de los archivos y la intensa investigación sobre la memoria histórica, fue divulgada por los historiadores. Se mantuvo allí, clandestina, en los legajos del Registro Civil, y cuando pasó el largo invierno salió a la luz para contaminar la frágil recuperación de la verdad histórica. Y la carga de enigma y falsedad que contenía se expandió a través de la páginas de los libros de los historiadores y de las publicaciones institucionales, de entidades y organismos con potentes certificaciones de credibilidad en el caso, como el Congreso de Diputados, su último lugar de trabajo, o el PSOE, su partido, que hasta hace poco seguían arrastrando en su web esa adulteración.
Los historiadores, por razones obvias y conocidas, hasta fechas recientes habían guardado silencio sobre estas cosas, especialmente respecto a personajes como mi abuelo, con proyección política meramente local. Sólo muy recientemente, desde hace unas décadas, al ritmo de ese espléndido movimiento de recuperación de la memoria, se ha dado un gigantesco salto adelante en la producción de relatos con método, rigor e información. No obstante, las referencias de los historiadores actuales, hasta hace poco privados de fuentes documentales potentes, se han visto afectadas de esas carencias: pocas informaciones oficiales y de escasa fiabilidad. Además, como es lógico, suelen estar muy centradas en el hecho y las condiciones de su fusilamiento, y en este ámbito hay enigmas que están por descifrar.
En fin, ante las dificultades que me ofrecían otras vías, por mi parte me convencí de que un posible camino de acceso a su vida enterrada y su muerte silenciada la constituían los sumarios, los procesos civiles y militares a los que fue sometido. No era optimista, la vida política de mi abuelo había sido corta, demasiado corta; comenzó cuando fue posible para un trabajador y hombre de izquierdas hacer política, tras el fin de la dictadura de Primo de Rivera, y acabó ante los primeros tiros que anunciaban la otra, la de Franco. Apenas media docena de años, pero suficientes para que lo asesinaran y, a posteriori, post mortem, le incoaran diversos “sumarísimos". Como se adelantaron los fascistas y con ello privaron de la caza a sus jefes militares, éstos siguieron persiguiendo, juzgando y condenando a su fantasma.
Consecuencia: en los diversos sumarios donde aparece, lo hace conforme a su ser, quiero decir, a su condición de ausente, como ya he dicho, de fantasma. En mi viaje por los sumarios he aprendido mucho más de los otros compañeros de viaje y de los guardianes - jueces, secretarios, coroneles, gobernadores…- que de mi abuelo. De sus compañeros encausados he leído sus declaraciones, sus explicaciones, sus escritos de defensa, avales y cartas de solidaridad…, y de los guardianes judiciales y militares sus providencias, sus diligencias, sus autos, sus informes acusatorios…. De los primeros he podido sentir sus angustias, sus resistencias, sus escasas esperanzas, su soledad, su miedo, su dignidad…, y de los guardianes sus odios, sus resentimientos, sus cobardes sumisiones, su desalmado refugio en la positividad de la ley hecha ad hoc para destruir al enemigo. Sí, especialmente he visto a ratos el alma de los vencedores, de los jueces y secretarios -militares, militarizados, o subordinados-, de los gobernadores civiles y militares, de los coroneles jefes y auditores, de los oficiales acusadores y defensores, e incluso de los generales en su constante presencia desde la lejanía …. Han llegado a serme familiares sus gestos, sus caras, sus voces, sus almas enajenadas en los algoritmos de la disciplina.
¿Que todo eso es imaginario? ¿que no son ellos? Bueno ¿y quién los conoce mejor? Uniformizados por dentro y por fuera, encerrados en los inconfesables secretos que pudrían sus consciencias, escondidas a los ojos de los suyos y disfrazadas en el sacrílego ritual del simulacro de amor a la patria… ¿hay otro modo mejor de conocerlos que en la anatomía de su obra? Y si es cierto que “lo que cada hombre es se revela en lo que hace bajo la tormenta”, en la angustia, en las situaciones límites, el escenario parece el apropiado para conocerlos. Y ahí, bajo la explosión de miedo y odio, inmersos en una guerra civil, cada palo aguanta su vela. Y en la retaguardia, en el frente judicial, la obra por excelencia fue esa, producir sumarios que expandían el miedo, el sufrimiento y la muerte. Esa es su obra, cargada del odio que sentían y que en vano querían extirpar o disimular a ritmo de carta-orden, providencias, diligencias y autos, dispositivos jurídicos que anticipaban y embellecían los estruendos de los fusiles.
Casi se me escapó mi abuelo; ya se me había escapado apenas comenzado el baile, mientras los militares rebeldes rubricaban la traición saliendo en formación por las calles -confusos, ambiguos o cínicos, a los sones del himno de Riego, dicen algunos - para acompañar el espectáculo de sus “bandos de guerra”. Mi abuelo no llegó a encontrarse con ellos –“ni falta que hace”, dirían en mi pueblo-; pero esta vez fue por mala suerte. Se encontró con la Negra en el camino, en forma de falangistas carroñeros y militares sectarios, todos uniformados, éstos de vestuario degradado como sus consciencias. Los fascistas, que no habían pasado por las academias militares, odiaban los procedimientos judiciales, a diferencia de aquellos generales que habían aprendido que el orden y la disciplina es poder, y éste produce jerarquía y ésta se visualiza en el respeto al uniforme -y a sus canónicos ornamentos- y a los protocolos para-judiciales de los atestados programados a las órdenes del día. Una manada de esos fascistas se interpuso en su camino y en la madrugada del 20 de julio lo asesinaron. “¿Pa qué juicio?”, pensarían. “Ya lo juzgarán después”.
Y sí, intentaron juzgarlo, intentaron matarlo legalmente, tras la liturgia de una causa sumarísima, como a tantos de sus compañeros. Y en parte lo lograron, lo condenaron a muerte en ausencia, “en rebelión”, decían una y otra vez. Y entraba en cada casting como obligada figura de reparto, y se dictaban y publicaban requisitorias para que se presentara ante el juez… Pero el fantasma era fantasma y hacía de fantasma, y como tal nunca aparecía, ni hablaba, ni declaraba, ni escribía; nadie nunca intervino en su defensa, hablando de su honestidad republicana, de su dignidad socialista, de su decencia cívica…Nadie le prestó la voz. ¿Pa qué? No habría servido de nada. Tampoco escucharon los gritos de sus compañeros en la cárcel, ni las voces compasivas de amigos y vecinos que intentaban defenderlos frente a condenas bárbaras y trágicas.
Yo pensaba que en los sumarios lograría encontrar la información que buscaba; creía que podría acercarme a los legajos y rellenar algunas lagunas de su vida, dar más extensión y diversidad a la imagen recibida y conservada en la tradición oral familiar. Por otro lado, también esperaba que al menos podría descifrar algunos enigmas post mortem en torno a la desaparición de su cuerpo en un erial y su reaparición más de tres semanas después, repartidas entre julio y agosto, a docenas de grados de verano extremeño y decenas de kilómetros de la tierra que bebió la sangre de sus heridas…, en un rio…. No fue posible, no lo conseguí, aunque me puse a buscar rastros con intensidad, y aunque la localización de los distintos sumarios fue posible y relativamente fácil atrapar a los fantasmas.
El resultado queda recogido en estas cuatro glosas sobre otros tantos procesos. Legajos de prisión, legajos a veces de muerte y siempre legajos de expolio. Las incautaciones eran una constante de los expedientes, hasta presentarse como el verdadero fin, al que la responsabilidad civil o política servía de justificación. Acompañadas o no de cárcel o de tragedia, las incautaciones eran siempre crueles. De todas las formas del mal social el expolio fue tal vez la más generalizada. Sin la espectacularidad de los sumarios que llevan a fusilamientos, los expedientes de incautación de bienes suelen quedar desplazados a un segundo plano, como en rigor merecen; no obstante, aun reconociendo que no les pertenezca encabezar la lista de los dispositivos de destrucción de la barbarie militar fascista, considero que no debieran menospreciarse, y mucho menos ser relegados al olvido. Las incautaciones durante y después de la guerra fueron muy importantes en la estrategia y en la victoria de los militares que traicionaron a la República. El expolio legal era la forma más general y masiva de opresión, de humillación y desprecio a la dignidad; y, en todo caso, el expolio formó parte de la estrategia militar de gestión del terror, de instauración del dominio inmediato y mediato, no debiéramos olvidarlo. Sus efectos caían directamente sobre las familias y contribuían a extender la incertidumbre y el miedo entre la población bloqueando o debilitando la resistencia. La historia nos rebela que, con mucha frecuencia, el expolio fue el complemento del asesinato. Expolio, prisión, muerte…, son procedimientos con el mismo fin, que llevaron a la nación al mismo destino: una larga y cruenta dictadura fascista.
La barbarie fascista venció por la generalización del miedo, por la universalización del enemigo. Oficialmente se consideraba culpable a cuantos ofrecieran resistencia al “Movimiento”; y oficialmente se definía como resistencia a la no colaboración, a la falta de fe y fervor en su destino, a la indiferencia. El fascismo imponía la sumisión del cuerpo y del alma, la entrega de la cabeza y el corazón a la causa; imponía la “unidad de destino” como imperativo universal. Quienes quedaran fuera, o en la línea, pertenecían al enemigo. Comunistas, socialistas, republicanos, judíos, masones…. Y mujeres, también las mujeres eran el enemigo.
Es cierto que los encausados en centenares de miles de expedientes, los fusilados en causas sumarísimas, los asesinados en los “paseos” y las “sacas” eran en su mayoría hombres; es cierto que en las escalofriantes listas de asesinados que manejan los historiadores -en torno a los cien mil en la etapa bélica y cincuenta mil en la dictadura franquista- una mayoría gruesa eran hombres. Pero no es menos cierto que también había mujeres, y en los últimos años van saliendo a la luz pública sus nombres y sus trágicas historias personales. Aparecen en las listas de las prisiones, en las de fusilados, en las de los asesinatos nocturnos de los fascistas. Sí, están presentes en todas las listas, en todos los tipos de represión, compartiendo el destino común de quienes defendieron la República, de quienes lucharon por una vida decente. Y también aparecen en listas particulares de represión de género. Sí, fueron muchas las que violadas y torturadas aparecieron en cunetas y barrancos; y fueron muchas más las que, rapadas y vilipendiadas por ser mujeres -madres, esposas o hermanas- de rojos fueron obligadas a recorrer las calles en medio de insultos y obscenidades; muchas las que sufrieron exclusión, ostracismo, expulsión de su pueblo. Son muchas las mujeres que sufrieron el odio y rencor de los vencedores, las que se vieron sometidas a múltiples vejaciones, ultrajes, violaciones, humillaciones…; las que tuvieron que soportar el secuestro de sus niños. Cada pueblo guarda su particular lista de mujeres sometidas al escarnio público, al dolor y la desesperación; la guarda en su memoria, en su tradición oral, refugio tanto más útil cuanto que sus penas y sufrimientos dejaron escasas huellas en los archivos oficiales. Es conveniente, es necesario, que por fin les llegue el día de nuestro reconocimiento, de incorporar su sacrificio a nuestros valores, a nuestra ética.
Conocemos algunas de ellas por sus nombres, pero el dolor, el sufrimiento y la desesperación afectaba a otras muchas, a centenares de miles, a millones de ellas, cuya lucha personal contra el fascismo sigue cubierta por la densa niebla del espeso silencio en que quedaron envueltas. Mujeres conocidas más por las tragedias de sus maridos, hijos, padres o hermanos encarcelados y asesinados, por su familias destrozadas por la barbarie fascista, que por su propia tragedia, su sufrimiento personal, su represión, su reclusión en el silencio, su heroica defensa de la memoria, por ese “hambre y sed de justicia” que alimentaba la memoria y guardaba los restos del pasado para que en su día se reincorporaran a la historia. Las tragedias nunca son individuales; son comunes, afectan a los pueblos, en ellas cada miembro recibe su parte indivisa. También las suyas fueron vidas truncadas; también a ellas les robaron el futuro, los sueños tempranamente sustituidos por el odio, que de algo hay que vivir.
En fin, no podía ser de otra manera, la tragedia implica la diferencia y reparte funciones incluso entre quienes las sufre: unos mueren y otros entierran y lloran a sus muertos; unos condenados al silencio eterno y otros condenados para siempre a recoger, guardar y extender los ecos de sus voces. Pero todos, unos y otros -y aquí es más apropiado decir unos y otras-, dentro de la tragedia, resistiéndose a la derrota que a unos y otras ésta les había asignado. Nadie duda hoy que esas trágicas páginas de la historia las escribieron también las mujeres, que su sangre, su llanto y su luto impregna la densa trama de ese relato, de su verdad. No obstante, además de pertenecer a la escena y al coro, además de actor en el relato, la tragedia asignó otra función a las mujeres: la de relatoras, la de guardadores y difusoras del secreto de la historia, la de autoras y reveladoras del guion.
Quiero decir que esa tragedia, esa barbarie militar fascista, al menos en la perspectiva vivida por las víctimas, se ha conservado en gran medida gracias a las mujeres, fueron ellas quienes guardaron el dolor y el horror de los hechos. Sí, aquellas mujeres vestidas de negro, a quienes les habría gustado cerrar los ojos para no ver la muerte y la desesperación de los suyos, cargaron con la herida de la historia y decidieron en silencio, como parte de su luto, conservar en su memoria las páginas de la historia que ésta, avergonzada de sí misma, se esforzaba en borrar. Fueron las mujeres, aquellas mujeres de negro, las que conservaron los relatos de la tragedia, los guardaron en silencio, para sí, como su deber, en la larga noche de la dictadura, esperando la alborada que, aunque tarde, llegaría.
La memoria de aquellas mujeres saldría cuando ellas, nuestras abuelas, habían perdido la voz; la historia no les concedió esa recompensa, pero ellas supieron engañarla. Su voz con su memoria saldría a la luz del día y se haría pública en diferido, retardada; aquellos susurros inquietos, clandestinos, se dejarían oír por mediación de sus hijos o nietos, que habían recogido y guardado sus palabras llenas de complicidad, sus relatos al oído. Sin ellas la historia habría sepultado en el silencio absoluto del no ser esas páginas de la que unos sienten miedo y otros vergüenza; pero las mujeres, aquellas mujeres, quisieron que la muerte de los suyos no fuera en vano y retaron a la historia para que, en pago de lo que permitió, reabra y reescriba aquel dolor, aquel luto. Y es que la historia, gestora de nuestras vidas, no reconoce jerarquía entre esas dos funciones: morir en defensa de la vida, la igualdad y la libertad y conservar y narrar esos hechos. A la historia le da igual, ambas actuaciones le son necesarias para avanzar, para seguir adelante; ambas tareas están a su favor, ambas del mismo lado de la historia, del lado bueno. Ninguna es mejor que otra; en la historia la diferencia convive con la igualdad.


